El futuro pasa por los cuentos - Marga Pérez

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Desde todos los medios nos están bombardeando con el descubrimiento de la vacuna contra la estupidez. Todo un éxito sin duda. Insisten en que evitará también la corrupción de quienes la utilicen por eso de la inmunidad cruzada, al menos en un 80%. ¡Fantástico! España ha estado al frente del descubrimiento. Laboratorios financiados con fondos públicos serán los encargados de fabricarla.

Personas sensatas de todos los colores, partidos, ideologías y creencias respiran aliviadas al intuir que por fin ha llegado el final de la normalidad política a la que nos han acostumbrado desde que apareció el virus. Todos apuntan a que ellos, los políticos, serán los primeros en ser vacunados junto con los expertos asesores de los distintos ministerios. Ya se habla del número de dosis, de la inmunidad, de tantos por ciento, de calendarios …

Pero... ¿no pecan de ingenuos al echar las campanas al vuelo?

Su efectividad pasa por hacerla obligatoria, será el primer escollo a superar... los políticos son los que tienen que votar los cambios en la actual legislación para poder imponerla.

Vacunarse de manera voluntaria implica no estar afectado… ¡Nuestro gozo en un pozo! el dinero de los contribuyentes otra vez a la basura, bueno, a los bolsillos de alguien...

Seguiré con mi librería infantil , contando cuentos a los más pequeños, transmitiendo valores, generando ilusión, formando ciudadanos… el futuro es de ellos.

 

 

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Librería Verónica -Marian Muñoz

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Nos pasamos la vida buscando felicidad y cuando menos lo piensas la hallas. Trabajando en la frutería creí haber encontrado mi sitio, se me daba realmente bien aunque mis inicios no fueron nada fáciles. En la escuela iba fatal, cada día me daba cuenta que los números y las letras no eran lo mío, lo demostraba al entregar las notas en casa, por ello cumplidos los catorce, mis padres me llevaron a la Frutería Marquínez del barrio de toda la vida y bajo tutela de su dueña aprendí a diferenciar lo que era un kilo, de un cuarto o tres cuartos, que los huevos se vendían en docenas o medias, los nombres de todas las frutas y hortalizas, incluso aquellas que en casa nunca catábamos. También aprendí con sólo tocar el culo cuando un melón podía estar listo para comerse. El sueldo no era mucho pero sentirme una pizca independiente y poder gastar algo de lo que había ganado, me hacía sentir muy feliz.

A los dieciocho la señora Marquínez me pagó el carnet de conducir para ir sola con la furgoneta a Mercacentral, levantarse a las cuatro de la madrugada para estar allí a las cinco y ser de las primeras en adquirir el género requería mucho esfuerzo y ella se estaba haciendo mayor. Me había enseñado a regatear, a diferenciar calidades, a reconocer qué producto venía de fuera y cual era del país, con esos conocimientos y mi don de gentes casi llevaba solita el negocio. Cuando entré a trabajar su cónyuge se dedicó exclusivamente a la llevanza de la contabilidad, facturas, pedidos, albaranes y también a llevar al banco los ingresos del día. La señora Marquínez andaba mosqueada pensando que su maridito tenía demasiado tiempo libre entre tanto papel y pronto me dejaron sola a la hora de comer, menos mal que la moderna caja registradora siempre me chivaba el importe a devolver al cliente y así no romperme la cabeza.

En aquel negocio discurrió mi adolescencia, sufrí la pérdida de mis padres, cargando cajas dejé pasar mi juventud y aunque era conocida en el barrio ningún muchacho se interesó por mí, siempre consideré que mi sonrisa y mi voz cantarina sería del agrado de alguno, pero se ve que mi sino no era el de esposa ni madre. Durante veinte largos años reí, lloré, sufrí y me congratulé con las vidas de mis clientas, siempre creí ser como una hija para los dueños de la frutería pero al llegar la fuerte crisis económica el hijo de mis patronos quedó en el paro, su empresa había cerrado y con cuarenta años le costaba encontrar otro empleo. Empezó a rondar por el local, recogía alguna caja, sonreía a las señoras y poco a poco comenzó a tener responsabilidades. En mi mente se forjó la ilusión de hacernos novios y casarnos llevando la frutería como negocio familiar, pero la realidad a veces resulta cruel. Empezó a sonreírme, a guiñarme el ojo y a decirme cosas bonitas cuando conseguíamos estar a solas, un día intentó propasarse conmigo y lo rechacé de inmediato, pero él siguió con esa táctica, tanto me incomodó y tanta vergüenza me daba que se supiera, que decidí pedir el finiquito y marcharme. Tonta de mí, ese era su propósito, pues si me despedían tendrían que indemnizarme pero al irme voluntariamente les salía más barato y por fin su hijo se quedaría en la tienda ayudando a su madre, todo quedaba en casa.

Durante unos meses me entretuve renovando un poco el piso de mis padres a la par que echaba curriculum en todas las fruterías que pillaba, incluso en grandes superficies, pero la crisis golpeaba fuerte. Decidí darme de plazo un mes más y si no encontraba trabajo al menos alquilar una habitación para poder sobrevivir. Pinté los muebles de madera maciza con colores modernos dando un aire más acogedor al que había sido mi dormitorio, cambié apliques y cortina en el baño para hacer atractivo el entorno de la futura inquilina, porque un hombre no iba a meter en casa. En esas cábalas andaba cuando llegó carta del párroco de Valtueña, me indicaba que le visitase para recibir la herencia de Verónica, una prima de mi madre a la que no veía desde pequeña cuando íbamos al pueblo para comer con ella dos veces al año, el día de la fiesta y el de su cumpleaños. Recordaba que era una mujer sonriente y cariñosa, pero su rostro se había desdibujado con el paso del tiempo. Llamé por teléfono para concertar cita e indagar en los últimos años de la finada, me alegré de encontrar a un cura amable quien prefirió dejar la información para nuestro encuentro.

Mi madre y Verónica eran primas y como tal se habían comportado siempre, tuvieron una relación tan cercana que fue mi madrina de pila, entre las dos tejieron fuertes lazos y al no tener ella descendencia ni parientes cercanos me dejaba su herencia. Los bienes eran una pequeña cantidad en el banco, algunas joyas y un par de tierras de poco valor entorno a su casa, la cual ya había registrado a mi nombre cuando cumplí los dieciocho. La angustia que me rondaba desde que hablé con el párroco era no disponer de suficiente dinero para impuestos de la herencia y se esfumó por completo, según el buen hombre la casa que era lo más valioso ya era mía desde hacía unos cuantos años, así habían acordado entre las primas. Me explicó que Verónica llevaba diez años ocupándose de él desde que su madre había fallecido, eran amigos de toda la vida y en vez de tener que ocuparse de dos hogares se trasladó a la parroquia, por lo que mi casa estaba bastante descuidada. Me entregó las llaves acompañándome hasta la misma, un edificio de dos plantas y buhardilla en la esquina de la plaza mayor, aquel día a pesar del brillante sol la casa tenía una pinta muy lúgubre, ventanas negras por una espesa capa de polvo, persianas bajadas y un abandono total, al entrar las telarañas y suciedad no desmerecían del exterior, a pesar de ello logré evocar la decoración de las habitaciones, la alegría que brotaba de las risas y las charlas del encuentro. Regresé a la ciudad con una duda en la cabeza, vender o arreglar, si vendía sería por poco dinero no solucionándome nada, si arreglaba me gastaría todos mis ahorros y aún no tenía trabajo ni pensión, era todo un dilema. Siempre había pensado que era mujer urbanita, pero quizás era el momento de replanteármelo.

El piso de mis padres acababa de remozarlo, paredes recién pintadas, muebles retocados, cortinas nuevas, un aire más moderno del que tenía le hacía buen candidato para alquilar una familia, tal vez una pareja de recién casados, el edificio estaba bien conservado y los vecinos de toda la vida tranquilos y serviciales. Decidí alquilarlo y mudarme al pueblo, con ese dinero podría mantenerme, arreglaría aquella casa poco a poco y quizás pusiera un hostal o una frutería en el bajo, quien sabe, pero me pareció la mejor opción. Aparecieron media docena preguntando por el alquiler, sólo acepté al nieto de la del tercero, un muchacho formal y trabajador que conocía de hace tiempo y quien pretendía independizarse a la par que tener a su abuela cerca para comer con ella.

Empaqueté mis pertenencias, alquilé una furgoneta y me trasladé a Valtueña el pueblo de mi madrina. La primera tarea fue limpiar un dormitorio, cocina y baño, no estaba acostumbrada a lidiar con tanta mugre y acabé agotada. Los días siguientes continué con el resto de habitaciones, escaleras y la zona abuhardillada la dejé para mejor ocasión. Empecé a relacionarme con vecinos y dueños de comercios, carnicería, panadería, supermercado, el pescadero venía dos veces por semana en una furgoneta algo que me hacía añorar mi vida en la ciudad. Cuando ya tuve todo limpio me plantee redecorar la casa, cambiar muebles de sitio, pintar de colores las paredes, todo un reto que me llevaría meses, tal vez años, pero no tenía nada mejor que hacer y me puse a ello. En la planta baja según se entra existe una habitación grande que Verónica usaba de recibidor pero decidí poner la biblioteca llena de libros antiguos y clásicos en aquella pieza, un gran ventanal propiciaba entrar la luz necesaria para leer. Vaciar estanterías fue fácil y cansado, pero desarmarlas para bajarlas y volver a instalarlas me resultaba imposible. Pregunté por alguien que lo hiciera y Pedro el mesonero se ofreció, lo fue haciendo a ratos perdidos costándole lo suyo porque los tornillos oxidados de tan viejos eran u dificultad añadida al peso de los estantes. El trabajo lo realizó impecable y al ofrecerme a pagarle me pidió que lo hiciera con un libro. No podía menos que dejarle escoger y se llevó uno muy grande del Quijote. Mi relación con los vecinos era cordial pero con la cuarentena no tuvimos más remedio que distanciarnos. Cuando salía a la calle tras la mascarilla no se apreciaba si sonreían o estaban enfadados, pero no cabe duda que fue la mejor arma para combatir al virus. La mayoría trabajan en el campo o con animales al aire libre, pero aún así toman sus precauciones. Entretuve ese período colocando libros en las estanterías manteniendo el ventanal bien abierto para no respirar polvo y airear la estancia, al pasar la gente por delante se paraban un instante a saludarme y observarme ya que estaba a pie de calle, al notar su curiosidad les ofrecía prestarles alguno por si querían entretener el encierro, uno a uno los vecinos fueron pasando en busca de algo para leer. Había libros de aventuras, de historia, de religión, de misterio y por supuesto los clásicos, los prestaba y en cuanto lo terminaban regresaban a por otro, trayéndome como agradecimiento alguna fruta, verdura, bizcocho casero o galletas, empecé un trueque vecinal y aquella habitación la nombré Librería Verónica, no tenía puerta sino un gran ventanal por el que la gente observaba, pedía y devolvía, me hacían tanta compañía que realicé un pedido online de cuentos infantiles y de aventuras para adolescentes, una mesa de roble me hizo de mostrador y en dos días aquellos libros corrieron por las casas pues los niños se engancharon a la lectura y apenas salían al exterior. Siempre tenía mucho cuidado de desinfectarlos para evitar problemas de contagio, las gentes me traían de todo y casi ni pisaba los comercios tal era la cantidad de alimentos recibidos. Algunos se ofrecieron a pintar o a cambiar los sanitarios del baño, reparar el tejado o limpiar canalones, aquellos libros me permitían disfrutar de una mano de obra que nunca podría pagar y sobretodo sin salir de casa.

Pese a todo ese trajín de mi ventana, nadie en el pueblo se contagió del virus, fuimos un pueblo libre de covid y el alcalde se ufanaba de ello. Pero fue el señor párroco en una homilía quien anunció muy orgulloso a sus feligreses que no teníamos ni un solo caso por haber encontrado la mejor vacuna contra el virus chino: la mascarilla en la boca, lavado de manos continuo, distancia de seguridad y un libro de Librería Verónica que entretenía, lograba hacer viajar y soñar sin salir de casa permaneciendo seguros en ella. En verano el pueblo se volvió a llenar de gentes que viven fuera, algunas permanecieron más tiempo del habitual por las restricciones de movimiento en las ciudades, en cuanto la segunda ola circuló por todo el país y el frío comenzó, alguien llamó a mi ventana, se acercaba por si podía prestarle un libro. ¡Cómo no! le dije, siendo el comienzo de un interesante trueque entre mis vecinos. Incrementé mi biblioteca con libros más actuales que también presto y además de distraer mi tiempo en ello he conseguido integrarme y ofrecer un servicio para sobrellevar esta pandemia. Algunos me han solicitado recomendaciones para comprarse libros y hasta el señor alcalde me ha encargado los trámites para iniciar una biblioteca pública en un local vacío cerca del ayuntamiento, en ello estoy ahora muy atareada y contenta por ser una más de este querido pueblo. La frutería Marquínez tuvo que cerrar porque enfermaron del virus, mi inquilino vive con su novia y sigue pagándome puntualmente. La felicidad esta en las cosas más pequeñas pero también en los gestos más insospechados.


 

 

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Sanación - Dori Terán

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  Siempre la habían acusado de tener una mente muy matemática. Acusado sí. No se lo señalaban como una cualidad, un tributo, un defecto, la etiqueta se la colgaban como un delito. Es verdad que corrían esos tiempos raros donde tanto se hablaba de lo importante que era el respeto a la diversidad, al contrario, al no acuerdo. Pero eran también unos tiempos en los que esas teorías eran solo eso, teorías. Se atacaba con saña, con insultos y amenazas las opiniones contrarias o distintas incluso en pequeños matices. Se atacaba todo aquello no coincidente con la verdad suprema y personal que uno sostenía poseer fuese del color que fuese. Es más se enjuiciaba con argumentos y acusaciones severas llegando a calificativos ofensivos y obscenos. En el fondo estos colectivos y estos individuos sentían en sus tripas unos celos descomunales y una envidia flaca y amarilla por la manera en que vivía María. Estaban además a años luz de comprender que más allá de su intelecto lo que predominaba en su corazón y la guiaba tanto en la florida primavera de la vida como en los largos y oscuros inviernos, era, el espíritu, el entendimiento, el propósito, la intención y la voluntad de fluir en la paz. Estaba plenamente convencida que la misión de todos los humanos en el planeta Tierra era y es experimentar el aprendizaje del amor. Aprendizaje harto difícil ya que ha de ir precedido de un desaprendizaje largo y complejo. Mentiras llenas de ñoñerías y sentimentalismos conduciendo al género humano lejos muy lejos de los comportamientos que nos conectan con el amor y transcienden los apegos, la posesión, la manipulación. Querer no es amar.

Aquella mañana se había levantado llena de energía. Clara, serena y alegre. El paseo de los domingos la esperaba como el mejor regalo de la semana. Tenía un trabajo duro. Las miserias humanas estaban en sus manos y en su quehacer todos los días. Al hospital llegaban las personas con dolor y a menudo también con sufrimiento. Y miedo, mucho miedo. Consciente del poder que circulaba por sus venas y se expandía por sus manos y sus ojos, aliviaba estas penurias no solo con las técnicas médicas y farmacéuticas de las que disponía. Una mirada, una sonrisa, un gesto que escucha, una mano que enlaza la de otro. Y el aire se llenaba de serenidad y armonía sanadora que multiplicaba el efecto de fármacos y tratamientos. Hoy tocaba llevar todas las dolencias al río, El hermano agua todo lo limpia, todo lo sana. Como un juego y ritual de esos que tanto necesitamos para darle forma y materia a lo que nos resulta intangible, en un trozo de papel de aluminio sacudió las manos llenas de las dolencias ajenas que transportaba y agitó el corazón que rebosaba padecimientos de otros. Cerró los bordes y le dio forma a una pequeña pelota de plata. Junto al cauce caudaloso y cantarín, apoyándose en el tronco fornido del viejo roble, lanzó con fuerza la pequeña y brillante bola contenedora de tanta desventura. Y como si el cielo quisiera darle un mensaje de esperanza y gratitud, en ese mismo instante saltó graciosamente una trucha refulgente que capturó el envío y desapareció bajo el agua dejando en la superficie la perfección de unas ondas concéntricas mientras en el fondo el papel de plata se lavaba, se lavaba y se lavaba.

 

 

 

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La lista de la compra - Pilar Murillo


 

 

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(Una mujer de hoy en día, moderna, de las que tienen dos trabajos, llevar la casa y el trabajo fuera de ella.

Sale de su portal con cierta prisa, hasta pararse en un semáforo donde se queda la mayor parte del tiempo hasta terminar de pensar.)

¡Ay! ¡madre mía que malita estoy y qué poco me quejo! (sonándose los mocos). Nada, hoy en día no se puede ni estornudar, que luego todo el mundo te mira mal y se aparta más de tres metros. Es llegar el invierno y de inmediato contagiarme de gripe. En estos tiempos que nos toca vivir es demasiado frecuente que las personas al verte resfriado o con gripe ya piensan en el tema tan manido, que se trata de la pandemia que asola el mundo. La televisión solo habla de muertos e infectados, de prohibiciones y restricciones. Los periódicos, más de los mismo y los escritores por no escribir del presente escriben cuentos de Hadas que lanzan polvos mágicos y luego todas se quedan preñadas. Yo cuando me pongo a hablar, como ahora… Bueno como ahora no. Ahora no lo estoy haciendo, ahora estoy exteriorizando mis propios pensamientos. No es hablar sola. Esto es monologar… (Le dan ganas de estornudar y se lo ahoga tapando la nariz) ¡Madre mía! Casi me hago pis con el intento de estornudo. Bueno, pues como iba diciéndome a mí misma… antes que, de una pandemia, yo prefiero hablar del pan, o de la pandereta. No quiero mencionar ni al páncreas ni al panteón. Al pantalón tan ajustado que lleva ese chico sí se puede decir, es más, es de obligación mirarlo y decirlo. Otra palabra que voy a mencionar. Pandora. Por cierto, acaba de cruzarse en mi camino, toda pancha y ni me ha mirado. Hace años que me prestó un libro y no se lo he devuelto, quizás sea por eso. En cuanto llegue a casa pienso buscar en la librería a ver por dónde anda, aunque… ahora que lo pienso, no recuerdo qué libro me dejó. No recuerdo ni título ni autor. Probablemente no me impactó como tantas otras cosas que pasan por mi vida. Como aquel novio que tuve a los diecisiete años….

Sé que hubo un primer novio, luego un segundo novio y un tercero a los que recuerdo gratamente, ¿pero el cuarto? Pues no sé, en mi memoria sólo está el momento de dejar al cuarto plantado para volver con el tercero. En fin, son cosas del pasado.

¡!Qué mala memoria tengo! ¿Será porque la voy perdiendo cada temporada que me da la gripe? Decididamente el año que viene tendré que ponerme la vacuna.

Con todas estas cavilaciones me estoy olvidando de la lista de la compra. (Mete sus manos en los bolsillos, y también en el bolso que lleva colgando estilo bandolera) ¡¿Dónde coño he dejado mi lista de la compra?! Soy tan despistada… Una vez buscaba las gafas, · ¿dónde estarán mis gafas?” me decía a mi misma. Busqué en la mesilla de noche, fui al salón y miré sobre la mesa. Me palpé la cabeza, que no sería la primera vez en buscarlas y resultó que las tenía puestas a modo diadema. Cuando desistí en buscarlas, me fui a por un refresco a la nevera y… allí estaban, justo en el hueco de reservado para la mantequilla. Así que no me extrañaría nada que mi lista de la compra esté ahora mismo… haciendo las funciones del salva slip, por ejemplo.

Voy a salir de dudas entrando al baño de una cafetería. ¡Pero si está toda hostelería cerrada por culpa de la puñetera pandemia! Y yo me meo, vamos que me voy a mear. (estornuda) Ya sé dónde está la lista de la compra. Sí. Literalmente me acabo de hacer pipí. Me lo digo así finamente para disimular un poco lo guarra que me siento. Haber parido es lo que tiene, que en cuanto a una le da una risa floja o un estornudo algo más fuerte de lo normal… Ala, para casa a cambiarme y ducharme que debo tener unos churretones de tinta entre las piernas… Si es que lo que no me pase a mi….

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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A salvo - Esperanza Tirado

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Llevaban una semana viajando con rumbo indeterminado. Y se estaba desesperando y angustiando. A lo mejor es que nadie de los que estaban al mando de aquella nave sabía a dónde iban, pensaba cuando su angustia crecía.

No había libros allí. Ni uno. Ni siquiera una breve guía de navegación espacial para dummies.

Para calmarse sacaba el manojo de llaves de su librería y lo tocaba y lo hacía sonar. Su librería, su tesoro, su vida. Que había dejado atrás, en la Tierra, en su país, en su ciudad, en su calle, al lado de su casa… con la firme promesa, por parte de las autoridades sanitarias, de que dentro de esa nave estarían a salvo. Los doctores que viajaban con ellos les examinarían periódicamente.

Dentro de aquella burbuja aséptica y extrañamente setentera, donde todo era estrictamente desinfectado, viajaban los elegidos, los primeros que probarían la vacuna del milagro. Esa que les libraría de todas las enfermedades conocidas y venideras.

Ella, sin familia, sin pareja, sin hijos, sin ataduras, rellenó el formulario y se presentó voluntaria. Un viaje de una semana, unas pocas pruebas, un pinchazo y a casa, pensó. Sería fácil.

Ahora que ya lleva allí una semana, tal vez algo más, dentro en una órbita desconocida, rumbo a algo más desconocido todavía, no sabe cuánto aguantará sin tener un libro entre sus manos. Sin leerlo, sin olerlo, sin pasar sus páginas… Hasta un aséptico e-book le serviría. Algo en lo que hallar escrito cualquier cosa, negro sobre blanco o gris.

En la nave no huele a nada, no hay nada para poder leer. Todo está inmaculadamente ordenado y controlado por los médicos y los especialistas cubiertos con un traje blanco, como astronautas. Lo único que da un poco de alegría es la comida, que se toma en cápsulas color arco iris. Aunque no distingue los sabores; y antes de tragárselas hace dibujos y letras con ellas.

Al resto de voluntarios ya parece darle igual todo, y como borregos o anestesiados miran hacia la gran negrura afuera de la bóveda acristalada de la nave.

En cuanto la vacunen pedirá un permiso especial para volver a la Tierra en una cápsula individual. Ya ha averiguado que hay diez de ellas. Tal vez los de la tripulación se las hayan reservado; pero ya lo ha planeado: se colará cual polizón y regresará a la Tierra. Vacunada y posiblemente con secuelas. Pero no le importa con tal de regresar.

Porque necesita regresar. Por su librería, por sus libros, por ella misma. No quiere convertirse en uno de esos zombies que miran sin mirar hacia la negrura exterior.

Cuando la sensación de angustia dura más de la cuenta, y se le han acabado las píldoras de colores, saca el manojo de llaves. Y, como un bebé con sus primeros juguetes, las huele, las toca, las hace sonar y se acuna.

Pronto volverá a casa. A su librería. A su casa. A su calle. Allí sí que estará a salvo.





 

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Deseos de cosas imposibles - Gloria Losada




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Se acerca la Navidad, qué bien, qué felicidad, esa época maravillosa y tremendamente absurda en la que todos somos estupendos, buenos por naturaleza, y deseamos al prójimo felicidad, alegría, salud y bla, bla, bla…. Y vamos a los comercios, a las librerías, a las tiendas de música y regalamos esto y lo otro…. Pues ya estoy harta, pero harta. Este maldito año ha sacado lo peor de mí y mientras no exista vacuna que lo remedie voy a ser mala… o mejor, mala no, voy a ser yo misma. Así que a todos los que se hayan comportado conmigo de manera normal, que fue la mayoría, les voy a desear salud y trabajo y al cabrón de mi ex, que después de tres años diciéndome que me quería me ha mandado a tomar por saco, además de la salud y el trabajo le voy a desear que algún día llegue a querer a alguien como yo le quise a él (dudo mucho que sea capaz) y que le hagan sufrir todo lo que él me ha hecho sufrir a mí, para que compruebe lo bien que se pasa. Ya sé que no me va a servir para nada, pero me voy a quedar tan a gusto que hasta brindaré con champán. Ya luego en las Navidades del 2021 volveré a ser hipócrita si eso.


 

 

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Ama y haz lo que quieras - Dori Terán

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Las rutinas diarias no conseguían detener los pensamientos que la asaltaban y dialogaban entre ellos creando una autentica marabunta de ruidos y voces, de planes y argumentos que se peleaban entre sí. De poco habían servido los cursos de meditación que recibió en su día con la ilusión de ponerle para a la maquinaria de su mente, con el anhelo de gozar de libertad. –“Escuchad los latidos de vuestro corazón”- decía el maestro,-“no dialoguéis con las ideas que os llegan. Mirad, si pensáis “mañana guisaré lentejas”, dejadlo correr, no sigáis con adornos como “voy a ponerles chorizo, aunque con mis niveles de colesterol no debiera ponerlo etc. etc. Sois respiración y corazón”. Estaba convencida que la energía mental de los hombres, puede estar a su servicio o ser el enemigo número uno de su vida. Comprendía el afán, la premeditación y planificación inteligente y sutil de los que manipulando la psique humana dirigían a las personas hacía los caminos que les convenía crear para mantener unos intereses elitistas que sumergían a la mayor parte de la población en la pobreza y esclavitud, en la miseria física y material, en la inconsciencia del ser. Liberarse de todo ello era su deseo. Le resultaba muy complicado. No era una jovencita que acabase de descubrir la pluralidad, la diversidad, los mil senderos distintos para vivir desde la plenitud y la paz. Los tiempos de actualidad, revueltos, caóticos, desconcertantes, tenían la virtud de empujar a las almas contra el paredón y hacerlas por rebeldía, por derecho, por justicia, despertar. Hoy es la ruina y destrucción, el desastre que precede al derrumbe sobre el que se ha de construir lo atipico, lo diferente, la nueva Humanidad Ayer fue años de manejos y engaños, el alimento intangible de todos los aspectos y todos los momentos de su biografía. En lo más profundo de sus entrañas, sentía el bienestar que conquistaba con cada uno de sus avances. A menudo Ana se reía de sus teorías y ella le replicaba:-“No Ana, no. No son teorías, son experiencias. Me aplico el principio “no creas nada, prueba” y ahí descubro” La tarea requería un trabajo muy personal e interno, un encuentro de sí misma más allá de la proyección a todo lo externo. Observación propia e individual, conocimiento y entendimiento de un inconsciente colectivo que deja una huella fehaciente en todos y cada uno de nosotros. Con tal disposición e intención se levantaba cada mañana alegre ante el hallazgo de su misión en la vida y los frutos de paz y amor que por ello recibía. Supo e incorporó en su agenda que ni la paz, ni el amor llueven del cielo, que todo en la vida son consecuencias. Y bebió para esta evolución cotejar cuanto acontecía, a la luz de la luz. Y en tiempos de vacunas salvadoras de enfermedades mortales, busco la suya en la librería donde se guardan escritas todas las experiencias que los hombres han querido contar a través de historias reales o personajes ficticios pero no por ello inexistentes. Nada la encasillaba y todo la lanzaba a comprender. Cómo evoluciona el mundo, evolucionaron sus cadenas de ADN y su cuerpo energético con el propósito de contagiar tal maravilla, se plasmó en el libro que pronto se editará como entrega de la auténtica felicidad: “Ama y haz lo que quieras”.




 

 

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