Te maté, lo reconozco- Cristina Muñiz Martín



  Relato inspirado en la fotografía

 

 

Te maté, lo reconozco. Pero fue sin querer. Y me echarás en cara que no te lloré. Es verdad, pero habías cambiado tanto… Llevaba años añorando al hombre de manos suaves y amorosas con el que me había casado. Siempre las cuidaste mucho y como nunca clavaste un clavo eran perfectas: estrechas, con dedos largos de nudillos pequeños, la piel sin manchas y sin pelos. Hasta te eligieron para aquel anuncio de manos en televisión, ¿te acuerdas? ¡Menudo viaje hicimos con el dinero que te dieron! Cuando me entra la nostalgia miro las fotografías y me parece mentira que haya pasado tanto tiempo. Pero me estoy desviando del tema... Te decía que añoraba al hombre de manos suaves y amorosas. Te gustaba recorrer mi rostro con ellas: mis párpados cerrados, mis mejillas, el perfil de mis labios, mi barbilla. Y yo me sentía flotar en una nube de felicidad infinita.

Luego, no sé cuándo ni cómo ni por qué, tus manos se volvieron ariscas. Era como si un cardo se restregara contra mi rostro, un cardo áspero y afilado como la vieja guadaña que tu padre se empeñaba en seguir utilizando pese a regalarle un corta-césped. Tu padre, un buen aliado. Siempre lo echaré de menos. Su buen carácter y sus amenas conversaciones que a ti te resultaban insoportables. Ahora que lo pienso, Cardo, sí, porque durante muchos años en mi mente fuiste Cardo, no Ricardo como al principio, no Ricardo como te llamaban los demás. Cardo. Pues eso, que ahora que lo pienso todo empezó, o más bien desempezó cuando murió tu padre. Siempre viviste buscando su conformidad porque su buen carácter con los demás se tornaba exigente y autoritario contigo. Creo que fuiste Ricardo mientras que él vivió para que te viera como un buen marido porque me quería como a la hija que nunca tuvo. A la vuelta del cementerio empezaste a convertirte en Cardo. Fueron años malos en los que pasaba noches enteras llorando por mi amor perdido aunque te tuviera cerca. Y ya ves, ahora estás muerto. Y no veas el trabajo que me costó cortarte el brazo. Igual te parece mal, pero no me importa porque ya no puedes decir nada. Me sentía tan sola que no podía apartar de mi mente el recuerdo de tus caricias de los primeros tiempos.

Al principio sacaba el brazo del congelador a media tarde para recibir las caricias por la noche, antes de acostarme. Pero no me acababa de gustar del todo porque tenía que pasarme yo la mano por la cara y no sé, no era eso lo que quería. Un día tuve la feliz idea de plantar tu brazo en una maceta. Una muy bonita ¿eh?, no vayas a creer que te planté en una de esas de los chinos que sé que no soportabas ese tipo de tiendas. La compré grande y con la ayuda de una gran cantidad de tierra dejé el brazo bien erguido y afianzado. La coloqué al lado de la televisión para no perderla de vista mientras veía películas y series. Luego, antes de acostarme arrimaba mi rostro a tu mano y sentía su tacto, su cariño… bueno, el cariño lo ponía yo. Y vuelta al congelador hasta el día siguiente. Pero una noche se me olvidó guardarlo. No veas el susto que llevé por la mañana. Temí que tu brazo se estuviera descomponiendo. Sin embargo, mis ojos no podían creer lo que veían. ¡Había echado raíces! Sí, ¿parece increíble verdad? Pues desde que echó raíces, tu brazo recuperó el color, la tibieza y hasta la vida. Solo tengo que acercar mi cara a tu mano y ella me acaricia como antes, recorriendo mis párpados cerrados, mis mejillas, el perfil de mis labios, mi barbilla... La cuido bien ¿sabes? He comprado una crema muy buena, y muy cara también, y todos los días por la mañana y por la noche les doy al brazo y a la mano un suave masaje con ella. Tu piel ya es otra vez de seda. Ya no raspa como los cardos, Ricardo. Sí, ya ves, he vuelto a llamarte Ricardo. Qué bien estamos así, cariño. Y hasta hice un montaje con una foto mía de cuando era joven y tu brazo en el tiesto acariciándome. ¡Me encanta mirarla! La tengo colgada en el salón, encima de la maceta. Lo único malo de todo esto es que he tenido que dejar de viajar. Mira tú, con lo que a mí me gustaba. Y ahora que tengo más dinero que nunca, porque entre tu pensión y la mía y sin tanta ropa que comprabas y toda esa comida gourmet que te encantaba, al final me sobra un buen dinero todos los meses. Estoy buscando una solución, porque ya que no puedo hacer viajes turísticos me gustaría vivir cada mes en un lugar diferente pero no acabo de encontrar la manera de trasladar tu brazo. Es que siempre fuiste de dar problemas, Ricardo. Y hasta después de muerto me complicas las cosas. Dirás que puedo usar una nevera portátil. Para el brazo estaría bien, aunque no para la maceta porque es demasiado grande. Y ahora que echó raíces no es cuestión de estropearlo que ya se sabe que las plantas al pasarlas de unas macetas a otras muchas veces se mueren. Y yo no quiero que se muera tu brazo, Ricardo, y mucho menos tu mano. Pensé en quedarme solo con ella, con la mano, que sería más fácil de transportar, pero la idea de rebozármela por la cara no me atrae, me gusta más sentirla unida a tu brazo, moviéndose ella sola. Además, tengo miedo de que se enfade si la separo del brazo y se quede quieta. No. No puedo correr riesgos. También me da miedo que haya un corte de luz y empieces a oler mal y venga la policía y se arme la gorda. Si pudieras hablar me dirías que no te hace gracia estar metido dentro de un arcón congelador y encima con un brazo de menos, pero si lo piensas, estás bien conservado, mucho mejor que comido por los gusanos o reducido a cenizas, ¿no te parece? Lo único que me reconcome es haberte matado. Aunque fue sin querer. Y también fue culpa tuya. Si hubieras tenido más cuidado te habrías dado cuenta de que yo había cambiado tus pastillas por otras. Es que como siempre dejabas las cosas de cualquier manera al abrir la puerta del armario del baño cayeron dos cajas y, como estaban abiertas, los blisters se desparramaron por el suelo. Los recogí y sin darme cuenta confundí las cajas. Es que las pastillas eran tan parecidas... Y claro, tú sin fijarte tragaste lo que no debías, que no fue más que un exceso de vitamina D. Lo malo fue que no tomaste las que tenías que tomar y te quedaste frito de un día para otro, bueno más bien de una noche para un día. Qué suerte tuviste, Ricardo. Morir durmiendo. ¡Qué cosas tiene la vida!, con lo que les cuesta morirse a otros. Bueno, te dejo que con tanta cháchara han dado las tantas y estoy muerta de sueño. Buenas noches, mi amor, mañana seguiremos hablando.












 

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No quiero crecer solo - Marga Pérez

                                       

Relato inspirado en la fotografía


Abrazado al tronco de su árbol, Hugo echa la vista atrás y se ve hace años echo un mocoso… tímido... siempre con miedo, buscando la atención y el cariño de los suyos…

Sintiendo su humedad rugosa en la cara vuelve a escuchar la voz atiplada de su padre: “Si tienes una rana y no te gusta que salte, cómprate una tortuga…” Hugo siempre recibía esta contestación cuando demandaba atención. Cuando se quejaba de no tener amigos. Cuando se enfadaba por algo. Querían que se hiciese autónomo, un hombre...además eran muy prácticos y no tenían tiempo para el. Todos en su casa estaban tan ocupados… Hugo los necesitaba más de lo que ellos estaban dispuestos a darle y no siempre porque no quisieran, no, no, ¡no tenían tiempo! Esa era la realidad. Así que Hugo, siguiendo los consejos paternos, se fue en busca de la tortuga, con la suerte de encontrarla enseguida y muy cerca. La tortuga estaba dos casas más allá de la suya.

- ¿Necesita ayuda? -Le pregunta a don Ramón que poda un árbol frente a su casa.

- Hola. No, no necesito ayuda pero si quieres... Hacer estas tareas entre varios es más entretenido.

Hugo cogió la indirecta y como un rayo entró y se puso a su lado.

Don Ramón era un señor bastante más mayor que su padre. Estaba casado con Fina y no tenían hijos pero si mucho tiempo y ganas de compartirlo . Y Hugo lo aprovechó.

Cada día, después de terminar sus tareas, Hugo corría a casa de don Ramón y Fina como si tuviera que fichar. Sabía dónde estaban las herramientas . Era diligente, con ganas de aprender, obediente. Era un buen rapaz. Don Ramón, cada día, lo recibía más alegre. Se le notaba en los ojos. Le brillaban joviales. Fina enseguida se lo notó y arrimó el hombro para que Hugo quisiera seguir yendo. Tener un crío en casa era para ellos una bendición del cielo. Fina cocinaba muy bien y los bizcochos, torrijas y frixuelos volvieron a formar parte del menú diario. Después de trabajar en la huerta, un buen tazón de cola-cao con algo dulce para mojar entraba a las mil maravillas y, con la barriga llena, ya podían sentarse a jugar a las cartas, a pintar conchas de la playa, a leer cuentos o a hacer castillos de naipes. Hugo encontró allí toda la atención y el amor que necesitaba pero, no duró mucho. Don Ramón, sin contar con nadie, murió, prácticamente de repente, pasados unos seis meses. Fina desconsolada, decidió ir a vivir con una hermana a otra comunidad. Hugo quedaría desolado sin sus amigos si no fuera porque antes de irse, Fina le regalara una bonita planta con el encargo de que la cuidase, ella no podía llevársela.

Aquella planta se convirtió para Hugo en mucho más que una planta. Fue el mejor regalo que le podía haber hecho. La tenía en su dormitorio, en el alféizar de la ventana, y cada noche Hugo la ponía en la mesilla de noche y le hablaba. Le contaba de sus andanzas en el cole, de sus alegrías que no eran muchas pero, sobre todo, de sus miedos. Se convirtió en el hermano que no tenía. En el confidente que siempre quiso tener. En el amigo con el que soñaba… Muchas noches durmió abrazado a ella, con cuidado de que la tierra no cayese en la cama pero... nunca lo conseguía. Antes de ir a desayunar sacudía las sábanas, amontonaba la tierra bajo la alfombra y ponía sobre el alféizar a su amiga con un guiño de complicidad. Antes de cerrar la puerta Hugo la miraba con cariño y sentía que ella también lo hacía .

La planta creció a mayor velocidad que Hugo y, aconsejado por su padre, le buscó un sitio en el pequeño jardín que rodeaba la casa. Cavó cerca del muro que los aislaba de sus vecinos, en la parte más abrigada y menos visitada, frente a su ventana. Tenía miedo de que quedase visible, de que alguien la estropease o tal vez de que alguien se hiciese amigo suyo. Era su planta y sólo suya.


Los años pasaron y Hugo creció. Se hizo casi un hombre a la sombra de aquel árbol que un día plantara frente a su ventana. Su planta pasó a ser su árbol. El lo cuidaba con cariño. No podía ver cómo hormigas y arañas trepaban por su tronco y hacían nidos en sus recovecos. Lo desparasitaba regularmente y con cuidado limpiaba sus hojas. Brillaba cuando le daba el sol como si estuviera encerado. Varias familias de pájaros anidaron en él atraídos por su brillo. Cantaban felices cada amanecer y Hugo se sentía orgulloso de su amigo. Se estaba convirtiendo en un gran árbol lleno de trinos, vida y frescor.

Pero un día recibieron la visita de su vecino. El árbol que estaba plantado muy cerca del muro, amenazaba con tirarlo. Desde su jardín se veían mejor los desperfectos. Las raíces tomaron la dirección de su casa y … había que tomar una decisión. El padre de Hugo propuso tirar esa parte del muro y volver a construirlo salvando el perímetro del árbol. El vecino no atendía a razones, sólo aceptaría que se talase. La guerra estaba declarada. Fueron varios años de denuncias, juicios, voces, malas artes y… por fin llegó el veredicto: Tenían que talar el árbol y rehacer el muro.


Hugo lloraba abrazado al tronco de su árbol. Sintiendo su dolor pudo viajar con serenidad por su infancia y despedirse de ella. Le agradeció todo el tiempo que le había dedicado cuando más lo necesitaba , y se fue.


Se fue porque no quería ver cómo caía lo único que quedaba de aquella época . Estaba preparado para avanzar sin él pero no para ver cómo lo talaban.

Había llegado el momento de independizarse.

De seguir creciendo lejos de su familia .

Si, estaba preparado ,

ya olía la primavera.




 

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La maceta de la tía Noelia - Pilar Murillo


 Relato inspirado en la fotografía

 

 

Me he quedado sola. Me siento totalmente perdida, desamparada, desprotegida, incluso incomprendida.

Hace tiempo que sueño con ella, pero su nombre no es Noelia, ojalá lo fuese porque ahora sabría que se trataría de mi tía que desde el otro mundo me manda mensajes en forma de cariño.

Mi tía Noelia me dejó por herencia una maceta rustica, de esas que son tamaño grande hechas de barro. En principio tenía una planta muy bonita, pero ya sea por la tristeza o porque yo para las plantas soy un desastre. A la planta la ignoré por completo. No la miraba ni le hablaba, ni un triste vaso de agua le eché y al no recibir tan preciado líquido indispensable para sobrevivir, la plantita se secó. Yo no volví a sembrar nada y tampoco retiré la maceta de su sitio, en un rincón de la terraza, lo que hice fue llorarle al tiesto, hablar con él como si fuese mi tía. No importaba la hora, en cualquier momento del día ahí estaba llorando, en definitiva, desahogándome.

Salía, miraba al tiesto vacío lloraba, hablaba, como ya dije y un buen día sin saber cómo ni por qué comencé a sembrar abrazos y caricias. Primero una caricia, luego un abrazo. Amaba esa maceta y creí ser amada porque me escuchaba, claro, ¿A dónde iba a ir la pobre?

Comencé a regarlo, al principio con mis propias lágrimas, otras veces me sentaba a su lado con mi vaso de agua y otro para la maceta. Yo como es lógico no esperaba que allí nada creciese, ni se asomase, tan solo me sentía cómoda e imaginaba a la más bonita de las flores cuidada por la tía Noelia.

Uno de tantos días en los que me acerqué a abrazar a la maceta observé que algo asomaba, no podía saber qué era, aún se veía muy poco y pensé que tal vez algún pájaro en su pico trajo una semilla y me puse loca de contenta, ya no lloré más, pero la maceta y yo bebíamos juntas nuestro vaso de agua diario. Aquello cada día asomaba más y crecía con más cariño. Parecía un puño, sí, el puño de una mano, ¡Una maceta de izquierdas!, mira que bien. Seguía creciendo y se asomó otro puño. Yo no podía contar esto a nadie, me tratarían de loca, tampoco tenía a quien contarlo, no podía salir de casa. Sólo me asomaba a la ventana a que me diese el aire, o a la terraza a ver a mi querida maceta.

Por fin los puños se abrieron al sol, y cuando me abracé a mi maceta, recibí el primer abrazo por su parte y yo le di el primer abrazo a alguien, mejor dicho, a algo en mucho tiempo. Era un abrazo de sol, de lágrimas y sal, era un abrazo de amor y ya no sentí más soledad. A las ocho de la tarde la maceta y yo aplaudimos al azar. Solo es un sueño que se repite, día a día. Hace tiempo que sueño con mi maceta, la pobre sigue tan seca como la vez primera que se murió su planta. Hoy por fin saldré de casa y lo primero que haré es ir a comprar un geranio, que duran más y son bonitos.


 

 

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Allá donde estés te sigo queriendo - Marian Muñoz

 


 Relato inspirado en la fotografía

 

 

Sabía que era la otra, que era desgraciado en su matrimonio, que tenía mujer florero aunque no lucía margaritas ni petunias precisamente sino flores más caras, era consciente que sólo le tenía en contadas ocasiones a pesar de habitar una vivienda suya, era consciente y lo sigo estando pero mi amor era incondicional y sé que el suyo también. Cuando estábamos juntos nos amábamos, disfrutábamos del momento a escondidas del resto del mundo. Nuestra historia transcurría maravillosamente hasta aquel aniversario, cumplíamos dos años de encuentros, dos años de felicidad intermitente, dos años de pasión secreta, nos deseábamos como dos jóvenes recién descubierto el amor a pesar de sus cincuenta años, aquel día me sorprendió, no podría decir gratamente pero me conmovió aquel cuadro.

A los demás ocultaba su destreza para la pintura, para el dibujo, tan sólo yo era capaz de inspirarle trazos con auténtica nitidez que plasmaba en el papel. Su exitosa carrera y su familia legal atrapaban toda su energía que sólo conmigo podía explayar, podía idear y pintar. Conmigo creaba porque le motivaba, según decía, aquel cuadro me sorprendió por la belleza de líneas, mi imagen tan detallada con aquel vestido que tanto le gustaba, mis reflejos dorados brillando sobre mi cabeza, mi cara reflejando armonía y placer proporcionados con sus caricias. Sólo que aquella caricia no la estaba dando su mano y en aquel instante nació en mi subconsciente la duda de quién sería el propietario de ese brazo, cual habría sido su modelo o si tal vez lo había dibujado igual que a mí, sin enterarme, sin verle observarme, así recaló la duda dentro mi.

Era abstracto del todo, imaginativo y un poco atrevido, también escandalizaba porque yo no tenía mano con las plantas y recrearme con el fruto de una maceta no me resultaba pertinente, teniendo en cuenta además que los brazos no se plantan. Las caricias sí se riegan con cariño, con paciencia y con mucho amor para que florezcan. No supe qué decirle, no pude elaborar una respuesta adecuada y al mirar mi gesto dubitativo se rió, esperaba sorprenderme, lo había logrado y eso no fue impedimento para agradecerle el retrato y el amor que con todo ello demostraba. Sus palabras me parecieron tan extrañas como el cuadro “cuando yo no esté, encuentra la maceta y seguiré estando contigo” apenas le presté atención porque comenzamos el juego erótico del amor, uno nuevo así la rutina no nos alcanzaría.

Tres meses más tarde tuve que hacer las maletas y desaparecer durante un tiempo, un accidente de coche le quitó la vida y su gran secreto podría salir a la palestra, no debía permitirlo, rota de dolor y de tristeza empecé a recoger mis cosas, a borrar las huellas de mi presencia en aquella casa, alquilé una furgoneta y me marché allá donde nada me lo recordara, la pena fue que el cuadro viajó conmigo y todos los días le añoraba. Leía en la prensa los pormenores sobre su fallecimiento, su vida, los homenajes que continuamente le daban y los testimonios de aquellos que tanto le apreciaron mientras vivía. Inicié una nueva vida sin su presencia pero con su esencia, un trabajo me permitía mantenerme ocupada y superar su añoranza, por fin al cabo de unos meses conseguí recordarle sin pena ni dolor sino con una gratitud inmensa. Pude descubrir nuevamente sentimientos de amistad y de placer con una nueva compañía aunque en esta ocasión ese amor no me satisfacía porque no daba la talla, pero me sentí en la obligación de vivir para que su recuerdo perviviera.

La rutina del trabajo, pareja y amistades llenaba mis horas hasta que un programa de televisión cutre entrevistó a un supuesto amante. Aquella noticia me revolvió por dentro, no podía creerlo, era imposible, debía ser mentira seguro que lo hacía para sacar dinero sin importarle desprestigiar su memoria ni escandalizar a su familia. No tenía intención de saltar a la palestra para desmentir a aquel energúmeno, pero la rabia me reconcomía por dentro. Aquel tipejo no cesaba de salir en revistas, era un insulto que invadía el inmenso amor que aún tenía por él, pero fue una de aquellas imágenes la que me dejó helada, su brazo, aquel brazo tenía un pequeño lunar justo en el mismo lugar que en el brazo de mi cuadro. Intenté pensar que sería casualidad, ya en su día me extrañó la precisión del dibujo y quedé intrigada de a quien pertenecería aunque dicha suspicacia la relegué debido a la felicidad que mi amante me proporcionaba, sin embargo ahora me entró la duda sobre la veracidad de esa historia.

Recordé sus palabras al entregarme el cuadro “cuando yo no esté, encuentra la maceta y seguiré estando contigo”. No entiendo nada de jardinería ni de plantas pero un tiesto con esas características no debía ser común e inicié su búsqueda en floristerías, grandes superficies o pequeñas tiendas de plantas, luego seguí con jardines públicos, colegios o parterres circundantes a la casa, quizás no estuviera cerca nuestro sino en la del otro, así que empecé a leer todo lo que aquel sujeto había contado sobre su relación, incluso donde se veían y hacia allí me encaminé. Un pequeño edificio de apartamentos no era lugar para tener macetas tan grandes como la que buscaba, al merodear por los alrededores tropecé con una casa abandonada su jardín estaba repleto de tiestos secos y sucios, observándolos hallé lo que buscaba, clavado, único, se le veía ajado por el tiempo pero reconocía que era el mismo del cuadro. Entré en el jardín fijándome si alguien me observaba, sopesé llevarme la maceta pero al estar llena de tierra seca pesaba demasiado, opté por vaciarla y ver si contenía algo más en su interior.

Una llave, era un tanto peculiar, no creía que abriera una puerta, la cogí y escapé corriendo del sitio. Ya en casa y más tranquila busqué por internet qué clase de llave era y qué podría abrir, así fue como supe que era de una caja de seguridad, seguí buscando y di con el banco al que pertenecía, tenía la adrenalina a tope, me arriesgaría a acudir al banco y abrir la caja o la guardaría como recuerdo toda mi vida. No, si él había sido infiel a su familia conmigo y con un hombre, no debía dudar en acudir al banco y recuperar lo que me pertenecía. Por si guardaba joyas o dinero llevé un bolso bien grande y un abrigo con bolsillos interiores, para disimular. Muy nerviosa entré en la sucursal solicitando acceder a las cajas de seguridad, me pidieron datos y me llevaron a una en concreto, algo que no había previsto por mi desconocimiento de cómo funcionan, pero una de ellas estaba registrada a mi nombre, me dejaron sola y la abrí.

¡Qué decepción! Sólo había dos cartillas de banco por lo demás estaba vacía. No me hacía falta tanto bolso pero a pesar de ello las guardé en él y me marché. Luego en casa tras unos lingotazos de vodka las miré con calma y comencé a reír, a saltar, a gritar cuanto le amaba, las dos cartillas estaban a mi nombre, una de ellas custodiaba títulos de propiedad de cinco mil acciones de su empresa y la otra aunque llevaba tiempo sin actualizar, contenía cinco millones de euros y una vez al mes ingresaban diez mil de intereses por las acciones. Al día siguiente bien temprano me presenté nuevamente en la sucursal para ponerlas al día y casi me desmayo de la cifra que figuraba en sus hojas, el director salió a recibirme, me ofreció un café y estuvo hablándome de donde invertir para sacar el máximo rendimiento a mis ahorros, le agradecí su amabilidad pero soy la mejor inversión para mi dinero.

Amor mío allá donde estés te sigo queriendo.




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Primer sol de juventud - Esperanza Tirado


Relato inspirado en la fotografía

 

Dicen que los primeros amores, sobre todo los de verano, nunca se olvidan. Es un tópico eso del sol, la playa, el verano, los helados, las miraditas,…

En mi caso cumplí con todo el tópico.

La semilla de mi amor inocente se fue a posar en uno de tantos chicos que pasaban aquellos largos veranos de entonces con sus familias, en las capitales del norte de más renombre. Cuando lo de ir a la playa era cosa de unos pocos, ricos y distinguidos.

Fue una casualidad encontrarnos, puesto que él, Eduardo, así se llamaba, había suspendido más de medio curso del bachillerato y apenas bajaba a la playa. Tenía que estudiar.

Yo, mejor estudiante, teniendo en cuenta el nivel del internado para señoritas en el que estaba matriculada, me podía permitir largos paseos y entretenimientos sin obligaciones.

Salvo las horarias. Las comidas y cenas eran de cumplimiento estricto en mi familia. Mi padre, como cuasi decimonónico militar de rango que era, no permitía faltar a las normas. Se comía a las 14 horas en punto y se cenaba a las 21 horas en punto. Eso casaba también con sus veleidades de gourmet, heredadas de su año sabático francés. Y ni un minuto te podías retrasar. Si no, castigo paterno. Que los veranos consistían en no bajar a la playa con las amigas y acompañar a mi madre y a mis tías en la veranda del casino del hotel. Mientras ellas hacían punto, leían revistas de moda o cotilleaban sobre las familias que se instalaban en el Gran Hotel, yo me aburría como una ostra sin abrir.

Paulina, hija… ¿No vas a la playa con tus amigas hoy?

Mi madre, entretenida con su cháchara ya no recordaba que el día anterior había llegado tarde a la comida y estaba castigada. Cinco minutos me entretuve buscando a una doncella del hotel para que me ayudara a limpiar mis blancos zapatos veraniegos llenos de caca de perro. Desde entonces odio a los perros.

No, madre. Estoy castigada ¿Recuerda? Por entonces se trataba de usted a los padres, otra herencia decimonónica familiar.

Mis tías, todas tan buenas comedoras y orondas como mi padre, eran sin embargo de costumbres no tan rígidas, y ponían orejas y cerebros a funcionar.

Pero, qué lástima, Dolores… –le decían a mi madre– Con lo joven que es. Lo que necesita es salir con sus amigas y airearse.

Eso, eso, y buscarse novio que ya está en edad de merecer.

Mis tías eran terribles. Las quería pero a veces prefería no escucharlas. Y me sonrojaba y escondía mi cara entre las revistas ya leídas.

Bueno –terciaba mi madre- por esta vez te levanto el castigo. Ya hablaré yo con tu padre.

Y me daba un beso y un empujoncito tierno.

Y yo corría como loca hacia el paseo de la playa, buscando a mis amigas.

Mi madre y mis tías me decían adiós efusivamente, mientras seguían haciendo sus cuentas de la lechera conmigo como protagonista de un cuento con príncipe azul. Y oteaban el paisaje, en busca de posibles candidatos, adecuados a mi estatus de señorita bien.

Mis únicos intereses entonces eran que mis preciosos zapatos blancos no se volvieran a llenar de caca de perro y encontrar a mis amigas para comer helados mientras dábamos paseos de un lado a otro.

Nadar en el agua era cosa de hombres y muchachos. Las señoritas bien no podíamos ir enseñando según qué partes de nuestra tierna anatomía en público. No estaba bien visto en esos tiempos post decimonónicos que aún coleaban.

Aunque envidiábamos a las locales, las hijas de las doncellas del hotel y las chicas del pueblo que, embutidas en pesados trajes de rayas, heredados de padres o hermanos, hacían locuras en el agua. Zambulléndose o alejándose hasta las boyas que marcaban los límites permitidos. Eran unas valientes.

Nosotras, desde un banco del paseo marítimo, intentábamos adivinar hasta cuál llegarían. La que acertaba se llevaba un helado de premio.

Pero los helados y las amigas se me esfumaron del pensamiento una mañana en la que, harta de estar dando vueltas en la cama, me dio por madrugar y me atreví a bajar a la playa y caminar por la arena.

Qué sensación tan maravillosa. Nunca he vuelto a pisar una arena igual de suave.

No había nadie, solo gaviotas piando en un cielo azul resplandeciente de luz.

Y entonces lo vi. Era Eduardo. Bueno, vi a un chico que venía hacia mi dirección, corriendo; y vestido con un bañador de esos que llevaban los hombres y los jóvenes locales.

Noté que él se fijó en mí también porque su carrera se detuvo. Caminó despacio, pero con paso firme hasta que estuvimos frente a frente.

No supimos qué decirnos y a la vez nos lo dijimos todo.

Sonreí. El me devolvió la sonrisa.

Estaba moreno, más que yo. A pesar de las pocas veces que bajaba a la playa. Por los suspensos. Eso lo supe después. Supimos muchas cosas uno del otro ese verano.

Me entró un escalofrío tonto que me recordó a cuando con las amigas comíamos helados y apostábamos, más helados, a ver quién era la que más rápido se los comía.

Él me acarició suavemente, con su mano morena y firme. Hasta entonces solo un hombre, mi padre, me había tocado.

Me llamo Eduardo –se presentó.

Yo soy Paulina –respondí aún sintiendo su caricia en mi cara.

No dijimos nada más entonces. Temíamos, o más bien era mi temor, romper la magia de aquel momento, al que las olas y las gaviotas ponían música.

El sol empezaba a calentar y la playa se iba llenado de gente. Me inquieté por si el hechizo se rompía o alguien conocido nos descubría, y nos despedimos. Desde aquel día hasta el fin del verano establecimos nuestros códigos y nuestros horarios para vernos a solas, sin que nadie nos molestase.

El siguió con sus estudios para aprobar en septiembre. Pero no aprobó. Creo que yo le entretuve demasiado.

Y yo seguí yendo con mis amigas a comer helados y cumpliendo a rajatabla con los post decimonónicos horarios familiares.

A veces, cuando las amigas estaban castigadas o aburridas de todo, acompañaba a mi madre y a mis tías en la veranda. Y me asaltaba a preguntas indiscretas.

¿Y qué? –mi tía la más mayor, que nunca se había casado, tenía puestas sus esperanzas en mí -¿Ya has conocido a alguien?

Con lo guapa que te estás poniendo, en dos o tres otoños tenemos boda. –Mi tía las más joven, pero no mucho más puesto que ya rozaba los sesentaymuchos, intentaba hacer de adivina -Antes de que termines en el internado, estoy segura.

Ay, ay, ay, por favor, no le digáis esas cosas. –Mi madre se agobiaba pensando en preparativos de boda, y eso que hacía ya cinco años desde la última que se celebró en casa, la de mi hermana mayor. Aunque estaba tan ansiosa como mis tías.

Yo cerraba los ojos y sentía la caricia del sol y la arena, y la mano suave de Eduardo en mi cara.

Hay que esperar para que las semillas del amor crezcan para florecer- respondía yo para mis adentros.

Si hubiera dicho algo semejante delante de aquellas mujeres no hubiera vuelto a ver el mar. Ni la luz de la calle, ya puestos. Eran otros tiempos.

Aunque mi recuerdo de Eduardo a día de hoy es difuso. Han pasado muchos años, muchos veranos, no volvimos a coincidir en la misma playa, que ya no es como antes…

Fueron otros tiempos. Una vez tuve un gato al que llamé Edu, que enseguida se me escapó. Cosas del destino o una mala elección de nombre. Los perros siguieron sin gustarme.

Ahora, cumplidos ya los setentaymuchos, cuando me despierto por las mañanas y abro el balcón de par en par para que entre el sol y dar de beber a mis macetas sedientas, de vez en cuando pienso en él, en nuestras confidencias durante aquellos paseos por aquella playa de arena suave. Y en aquellas primeras caricias sembradas al sol de juventud.











 

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Amor - Gloria Losada



 

  Relato inspirado en la fotografía

 

Así que quiere que le hable de mí, quiere que le cuente mi vida. Pues no sé yo si le va a resultar muy interesante, la verdad, es todo bien triste porque siempre me sentí muy sola ¿sabe? Siempre echando de menos el cariño de alguien, una caricia, un beso… Y es que crecí en un orfanato y, como usted comprenderá, las monjas que lo regentaban no estaban para muchas carantoñas. Fui a parar al orfanato porque mi madre me abandonó, pero de eso me enteré mucho más tarde, cuando las monjas decidieron que no podían hacerse cargo de mí y me entregaron a mi tía Rolindes, que me acogió a regañadientes y me contó toda la historia de mi madre sin que yo le preguntara. Me hablaba de ella como reprochándome que yo estuviera en este mundo, como si yo tuviera la culpa y hubiera nacido con la exclusiva misión de joder la vida al personal, en especial a ella. A mí la historia de mi progenitora me importaba tres pitos, nunca me paré a pensar si me había abandonado o no, si se había muerto o no, qué más daba. Pero la idiota de Rolindes se empeñó en contarme que mi madre era puta y mi padre el cura del orfanato en el que me crié, que por eso me acogieron en él, si no me hubiera criado en la calle. Pues mira tú que me hubiera importado mucho a mí criarme en la calle. Ya me buscaría la vida.

Yo era una niña tímida y buena, lo único que pretendí siempre fue que alguien me quisiera. Las monjas nunca me trataron mal, que conste. Yo tampoco les di mucha guerra, hacía lo que me mandaban, iba a la escuela, aprendía a bordar… esas cosas. En cuanto supe leer, las tardes me las pasaba con un libro entre las manos. Las monjas tenían una biblioteca curiosa, aunque la mayoría de los libros eran vidas de santos, o de niños ejemplares, pero era igual, a mí me entretenían. La encargada de la biblioteca era la hermana Caridad, la más buena de todas, y me daba de vez en cuando una caricia o me revolvía el pelo mientras sonreía. Luego estaba Don Raúl, el cura, no mi padre, otro que vino después, porque al parecer a mi padre lo trasladaron a otra ciudad cuando hizo lo que hizo. Don Raúl me sentaba a veces en sus rodillas y también me acariciaba y me daba besos… pero no sé, no me gustaba, porque de pronto se ponía a temblar y respiraba muy fuerte. Ahora ya sé lo que hacía, pero por aquel entonces me desconcertaba, porque él me decía que me quería mucho pero a mí me daba asco.

Un día apareció Rolindes, hermana de mi padre, el cura. Las monjas me mandaron hacer las maletas y marcharme con ella. Yo tenía 14 años y no la había visto en mi vida. No quería irme con nadie y menos con aquella mujer con cara de vinagre. La hermana Caridad me había dicho que cuando cumpliera la mayoría de edad me iba a colocar de asistenta en la casa de un señor que ella conocía, que era maestro y con el que podría aprender muchas cosas, pero al aparecer mi tía todo se iba a ir al tacho.

Rolindes me dijo que había tenido que ir a buscarme porque las monjas la habían llamado diciéndole que me portaba muy mal y que o me recogía ella o me echaban a la calle. Yo sabía que aquello no era verdad, pero nada podía hacer al respecto. Durante todo el tiempo que estuve con ella me dio a entender que yo no era más que una pesada carga. Me lo decía una y otra vez mientras me obligaba a trabajar como una negra. A veces me pegaba. Nunca me dejó ir a la escuela. Cuando cumplí los 18 me puso a servir en casa de un matrimonio mayor que era igual que ella. Me trataban como una esclava y encima no me pagaban. Decían que con alimentarme y vestirme hacían de más.

Un día apareció por la casa un caballero muy bien vestido preguntando por mí. Los señores no le querían dejar entrar pero él les replicaba que no se marcharía de allí sin antes hablar conmigo. Como hacían mucho jaleo me acerqué a la puerta y así ya no les quedó más remedio que dejarlo entrar. El hombre en cuestión era un notario que me estaba buscando desde hacía tiempo, pero mi tía nunca le quiso decir dónde me había colocado. Me comunicó que mi padre, el cura, había muerto hacía unos años y me había dejado una sustanciosa herencia. Ya que no se ocupó de mí en vida, al menos lo hizo a su muerte. Mi tía Rolindes, la muy cabrona, se enteró y por eso me fue a buscar al orfanato, con la única y simple intención de quedarse con mi dinero. Pero mi padre el cura lo había dejado todo bien atado y por mucho que lo intentó no fue capaz, por eso cuando cumplí los 18 me largó con viento fresco. Ya no podía seguir intentando nada y por eso yo no le valía para nada tampoco. Me colocó en casa de alguien que sabía que me iba a tratar mal y se quedó tan ancha. Pero más ancha me quedé yo cuando mandé a tomar por saco a aquellos dos negreros. La cantidad de dinero que me dejó mi supuesto padre era sustanciosa, porque al parecer el tío no solo era cura sino que ocupaba un cargo en el Seminario como no sé qué de latín y debía de ser ahorrador, seguro que el único vicio que tuvo en su vida fue follar. El caso es que me hubiera dado para vivir holgadamente una temporada larga si no me hubiera topado con dos sinvergüenzas. Me explico. Cuando recibí la herencia me alquilé una casita y me apunté a un curso de corte y confección. Mi idea era con el tiempo abrir una mercería y un taller de costura. El curso lo organizaba el Ayuntamiento y lo daba una tal Agripina Montes, la mejor costurera de la ciudad, según decía la gente. Buena costurera era, pero también era una aprovechada. Como yo también era buena, la mejor diría yo, entabló cierta amistad conmigo. Charla va, charla viene, se enteró de que acababa de recibir una herencia y no se lo pensó demasiado. Inició sus argucias para dejarme en la ruina. Me presentó a su hijo Crispín, más que presentar me lo metió por los ojos, porque a mí Crispín no me gustaba anda, bajito, calvo y gordo como un cachalote, ya me dirá usted. Pero la tía erre que erre, que si era muy buen chico, que no iba a encontrar a nadie tan trabajador como él, que yo tampoco podía aspirar a mucho más y unas cuantas barbaridades más. Yo como soy, o más bien era, medio imbécil le hice caso y me ennovié con Crispín. A él no le gustaba salir, lo que le gustaba era venir a mi casa y ver la tele. No follábamos ni nada, cosa que yo casi que agradecía porque me daba un poco de asco, solo ver la tele, nos pasábamos las tardes delante de la tele, o eso creía yo, porque cuando yo me cansaba y me levantaba para estirar las piernas o salía a hacer un recado, el tío aprovechaba para entrar en mi cuarto y hurgar en los cajones, hasta que dio con parte del dinero de la herencia que yo había guardado en casa para ir tirando. Eran bastantes cuartos y me los robó casi todos, poco a poco. Cuando me di cuenta lo espié y lo vi con mis propios ojos. Ni que decir tiene que lo eché de casa y no volví por el curso de costura. La madre, la muy ladina, todavía tuvo la desfachatez de venir a llamarme la atención por la manera que yo había tenido de tratar a su hijo y en revancha no me quiso dar el título del curso. Luego conseguí arreglarlo con el Ayuntamiento y terminaron dándomelo. Y finalmente pude abrir mi negocio, como puede usted ver. No me quedó mucho dinero pero para esto sí me dio, y me va bien, la verad ¿Que le asombra esta maceta con una mano? Bueno, la mano es de goma, es de mentira, como puede suponer, pero me la mandé hacer porque cuando necesito cariño me acerco a ella y me acaricia la cara. Como comprenderá, después de mis experiencias con el genero humano si quiero amor me lo voy a tener que buscar en algo artificial. Por cierto me llamo Amor, fíjese usted qué ironía. ¿Cómo dice? ¿Que usted me puede dar amor de sobra? ¿Pero no venía a comprar hilos para su sastrería? Déjelo, ande, tome los hilos y márchese, no quiero saber nada de amoríos, ni siquiera sé por qué le conté mi vida. Siguienteeee.

 

 

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Cuarentena y daños colaterales - Marga Pérez

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Cuando digo mi nombre todos saben que nací en el dos mil veinte. Tiempo convulso y de pandemia. De estar en casa, de negacionistas, de bulos y de estafas… Me llamo Confinada. Si, sé que es raro pero a mi me parecía que era de lo más normal, al menos hasta que empecé en el colegio. Cuando pasaban lista veía las risitas bajo las mascarillas que aún llevábamos por aquel entonces. No sabía muy bien por qué. Me entró el gusanillo de la curiosidad. Mamá miró para otro lado cuando le pregunté por él y acusó a mi padre de ser el responsable. Papá cantó de plano. Le echó la culpa al momento que estaban viviendo y a lo jóvenes que eran… Con los años descubrí que los porros, el alcohol y las pastillas también tuvieron algo que ver… Según parece no tenían nada mejor que hacer estando encerrados en casa… O eso creían. No entendían tampoco lo que estaba pasando. Era una época rara y llegaba yo, antes de tiempo y sin tan siquiera tener claro cómo me iba a llamar.

En el registro la cola crecía sin que papá se decidiese, debió de celebrar la paternidad de lo lindo porque cuando el funcionario, un tanto desesperado tras decirle los nombres más habituales, apunta un confinada, papá no sabe bien si se refería a un nombre o a otra cosa, pero no le sonó mal. Creyó que era el nombre más adecuado en el momento en el que estaban. Un nombre muy especial para su niñita.

Con el tiempo valoré haber nacido durante el confinamiento y no haberlo hecho en rebajas, por ejemplo. ¿Sería llamada Rebajada? ¿Oferta? ¿Retal?… Me encanta ser Confinada, no conozco otra, aunque, tengo que reconocer que soy de las que se les cae la casa encima ¡Viva la libertad!

 

 

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