Relato inspirado en la fotografía
Dicen
que los primeros amores, sobre todo los de verano, nunca se olvidan.
Es un tópico eso del sol, la playa, el verano, los helados, las
miraditas,…
En
mi caso cumplí con todo el tópico.
La
semilla de mi amor inocente se fue a posar en uno de tantos chicos
que pasaban aquellos largos veranos de entonces con sus familias, en
las capitales del norte de más renombre. Cuando lo de ir a la playa
era cosa de unos pocos, ricos y distinguidos.
Fue
una casualidad encontrarnos, puesto que él, Eduardo, así se
llamaba, había suspendido más de medio curso del bachillerato y
apenas bajaba a la playa. Tenía que estudiar.
Yo,
mejor estudiante, teniendo en cuenta el nivel del internado para
señoritas en el que estaba matriculada, me podía permitir largos
paseos y entretenimientos sin obligaciones.
Salvo
las horarias. Las comidas y cenas eran de cumplimiento estricto en mi
familia. Mi padre, como cuasi decimonónico militar de rango que era,
no permitía faltar a las normas. Se comía a las 14 horas en punto y
se cenaba a las 21 horas en punto. Eso casaba también con sus
veleidades de gourmet, heredadas de su año sabático francés. Y ni
un minuto te podías retrasar. Si no, castigo paterno. Que los
veranos consistían en no bajar a la playa con las amigas y acompañar
a mi madre y a mis tías en la veranda del casino del hotel. Mientras
ellas hacían punto, leían revistas de moda o cotilleaban sobre las
familias que se instalaban en el Gran Hotel, yo me aburría como una
ostra sin abrir.
Paulina,
hija… ¿No vas a la playa con tus amigas hoy?
Mi
madre, entretenida con su cháchara ya no recordaba que el día
anterior había llegado tarde a la comida y estaba castigada. Cinco
minutos me entretuve buscando a una doncella del hotel para que me
ayudara a limpiar mis blancos zapatos veraniegos llenos de caca de
perro. Desde entonces odio a los perros.
No,
madre. Estoy castigada ¿Recuerda? Por entonces se trataba de usted a
los padres, otra herencia decimonónica familiar.
Mis
tías, todas tan buenas comedoras y orondas como mi padre, eran sin
embargo de costumbres no tan rígidas, y ponían orejas y cerebros a
funcionar.
Pero,
qué lástima, Dolores… –le decían a mi madre– Con lo joven
que es. Lo que necesita es salir con sus amigas y airearse.
Eso,
eso, y buscarse novio que ya está en edad de merecer.
Mis
tías eran terribles. Las quería pero a veces prefería no
escucharlas. Y me sonrojaba y escondía mi cara entre las revistas ya
leídas.
Bueno
–terciaba mi madre- por esta vez te levanto el castigo. Ya hablaré
yo con tu padre.
Y
me daba un beso y un empujoncito tierno.
Y
yo corría como loca hacia el paseo de la playa, buscando a mis
amigas.
Mi
madre y mis tías me decían adiós efusivamente, mientras seguían
haciendo sus cuentas de la lechera conmigo como protagonista de un
cuento con príncipe azul. Y oteaban el paisaje, en busca de posibles
candidatos, adecuados a mi estatus de señorita bien.
Mis
únicos intereses entonces eran que mis preciosos zapatos blancos no
se volvieran a llenar de caca de perro y encontrar a mis amigas para
comer helados mientras dábamos paseos de un lado a otro.
Nadar
en el agua era cosa de hombres y muchachos. Las señoritas bien no
podíamos ir enseñando según qué partes de nuestra tierna anatomía
en público. No estaba bien visto en esos tiempos post decimonónicos
que aún coleaban.
Aunque
envidiábamos a las locales, las hijas de las doncellas del hotel y
las chicas del pueblo que, embutidas en pesados trajes de rayas,
heredados de padres o hermanos, hacían locuras en el agua.
Zambulléndose o alejándose hasta las boyas que marcaban los límites
permitidos. Eran unas valientes.
Nosotras,
desde un banco del paseo marítimo, intentábamos adivinar hasta cuál
llegarían. La que acertaba se llevaba un helado de premio.
Pero
los helados y las amigas se me esfumaron del pensamiento una mañana
en la que, harta de estar dando vueltas en la cama, me dio por
madrugar y me atreví a bajar a la playa y caminar por la arena.
Qué
sensación tan maravillosa. Nunca he vuelto a pisar una arena igual
de suave.
No
había nadie, solo gaviotas piando en un cielo azul resplandeciente
de luz.
Y
entonces lo vi. Era Eduardo. Bueno, vi a un chico que venía hacia mi
dirección, corriendo; y vestido con un bañador de esos que llevaban
los hombres y los jóvenes locales.
Noté
que él se fijó en mí también porque su carrera se detuvo. Caminó
despacio, pero con paso firme hasta que estuvimos frente a frente.
No
supimos qué decirnos y a la vez nos lo dijimos todo.
Sonreí.
El me devolvió la sonrisa.
Estaba
moreno, más que yo. A pesar de las pocas veces que bajaba a la
playa. Por los suspensos. Eso lo supe después. Supimos muchas cosas
uno del otro ese verano.
Me
entró un escalofrío tonto que me recordó a cuando con las amigas
comíamos helados y apostábamos, más helados, a ver quién era la
que más rápido se los comía.
Él
me acarició suavemente, con su mano morena y firme. Hasta entonces
solo un hombre, mi padre, me había tocado.
Me
llamo Eduardo –se presentó.
Yo
soy Paulina –respondí aún sintiendo su caricia en mi cara.
No
dijimos nada más entonces. Temíamos, o más bien era mi temor,
romper la magia de aquel momento, al que las olas y las gaviotas
ponían música.
El
sol empezaba a calentar y la playa se iba llenado de gente. Me
inquieté por si el hechizo se rompía o alguien conocido nos
descubría, y nos despedimos. Desde aquel día hasta el fin del
verano establecimos nuestros códigos y nuestros horarios para vernos
a solas, sin que nadie nos molestase.
El
siguió con sus estudios para aprobar en septiembre. Pero no aprobó.
Creo que yo le entretuve demasiado.
Y
yo seguí yendo con mis amigas a comer helados y cumpliendo a
rajatabla con los post decimonónicos horarios familiares.
A
veces, cuando las amigas estaban castigadas o aburridas de todo,
acompañaba a mi madre y a mis tías en la veranda. Y me asaltaba a
preguntas indiscretas.
¿Y
qué? –mi tía la más mayor, que nunca se había casado, tenía
puestas sus esperanzas en mí -¿Ya has conocido a alguien?
Con
lo guapa que te estás poniendo, en dos o tres otoños tenemos boda.
–Mi tía las más joven, pero no mucho más puesto que ya rozaba
los sesentaymuchos, intentaba hacer de adivina -Antes de que termines
en el internado, estoy segura.
Ay,
ay, ay, por favor, no le digáis esas cosas. –Mi madre se agobiaba
pensando en preparativos de boda, y eso que hacía ya cinco años
desde la última que se celebró en casa, la de mi hermana mayor.
Aunque estaba tan ansiosa como mis tías.
Yo
cerraba los ojos y sentía la caricia del sol y la arena, y la mano
suave de Eduardo en mi cara.
Hay
que esperar para que las semillas del amor crezcan para florecer-
respondía yo para mis adentros.
Si
hubiera dicho algo semejante delante de aquellas mujeres no hubiera
vuelto a ver el mar. Ni la luz de la calle, ya puestos. Eran otros
tiempos.
Aunque
mi recuerdo de Eduardo a día de hoy es difuso. Han pasado muchos
años, muchos veranos, no volvimos a coincidir en la misma playa, que
ya no es como antes…
Fueron
otros tiempos. Una vez tuve un gato al que llamé Edu, que enseguida
se me escapó. Cosas del destino o una mala elección de nombre. Los
perros siguieron sin gustarme.
Ahora,
cumplidos ya los setentaymuchos, cuando me despierto por las mañanas
y abro el balcón de par en par para que entre el sol y dar de beber
a mis macetas sedientas, de vez en cuando pienso en él, en nuestras
confidencias durante aquellos paseos por aquella playa de arena
suave. Y en aquellas primeras caricias sembradas al sol de juventud.

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