Puro teatro - Esperanza Tirado

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No llego, no llego, no llego.

A ver… Maleta OK. Abrigo OK. Bolso OK. Paraguas… ¿Paraguas? Si voy a Canarias no necesito paraguas. Bueno, o tal vez sí. A la vuelta puede que aquí esté diluviando. Nunca se sabe. Venga. Paraguas OK.

Móvil OK. Cargador OK. Pastillas contra el mareo OK. Mascarilla del demonio OK. Y un paquete nuevo lleno de ellas por si acaso también OK. Gafas de sol OK. Llaves en la mano OK.

Hace diez minutos que llamé para pedir un taxi y no acaba de llegar. Mira que hay coches blancos en Madrid...

Tampoco hay tanto tráfico. Si es domingo y está todo cerrado… O eso dicen. Que ya de las noticias no te puedes fiar.

¿Y si saco la esterilla y hago el saludo al sol para relajarme? No, venga, céntrate. El yoga ya lo dejo para la vuelta. Debería tomarme una copa, un orfidal, o algo, para el avión, que a veces esas turbulencias… válgame la Macarena… ¡aaaah!

¡Taxi! ¡Ya! ¡Por fin! ¡Bajo!

El ascensor no sube ¿A quién se le ha ocurrido bajar al sótano a media tarde? Al sótano se baja en Navidad a buscar la caja del Belén, el árbol y esas cosas. Joder, que la maleta no me entra. Debí haber cogido la mediana. Bueno, ya está. A empujones, cabemos bien. Creo que me he cargado una rueda al sacarla. Da igual. Ya lo miraré a la vuelta.

Buenos días, caballero. Sí, yo pedí el taxi. Calle Del Sol 25, aquí estamos. Destino aeropuerto. Correcto. Cuidado que la maleta pesa un poco. Sí, sí, claro. Una tasa especial por la maleta. Pesa mucho, sí. Y otra por llegar hasta el aeropuerto. Lo entiendo. Está pandemia nos va a volver locos a todos. Horroroso todo lo que sale en las noticias.

Sí, señor, hace bien, yo tampoco las veo. Música para el camino, mejor, que dicen que amansa a las fieras.

No, no señor. No voy de vacaciones. Ojalá pudiéramos. De momento vienen los alemanes. Voy a trabajar.

Sí, sí, mucha suerte tienen, con la que está cayendo, sin duda.

¿Dónde? Sí, claro que puede preguntármelo. Trabajo en el teatro. No, no, actriz no soy. Por eso no le suena mi cara. Sí, mucha gente trabaja en el teatro pero no es actriz ni actor.

Por todos los dioses, ¿Por qué no te callas y conduces? Y me dejas escuchar la música. Me da igual que sea El Fary o Maluma. Bueno, Maluma, puede que no.”

Sí, ya se ve la torre de control ahí delante. Ya llegamos, casi.

Soy figurinista. No sabe lo que es, claro. Una especie de sastra. Arreglo los trajes de las funciones por si se descose algo, para que los actores vayan cómodos. Sí, eso costurera, algo así.

Bueno, usted conduce un coche, pero ¿acaso es un Fernando Alonso? ¿O conoce todas las piezas que forman un coche? Si le pregunto dónde va la junta de la trócola y para qué sirve a ver qué me cuenta...”

Sí, claro. Es lo bueno de no ser actriz. Que los paparazzis no te persiguen. No sé, no conozco a todos los actores. No sé si todos llaman al periodista de turno para avisar dónde están.

Sí, a muchos les gustará salir en las revistas. Cuando se bajan del escenario yo ahí ya no me meto.”

Por favor, debería ir ya subida en ese avión… Om… Om… Saludo al sol… Un orfidal… Un whisky… OM…”

Ya, ya, la gente se interesa con las vidas de otros. Si, será eso, que nos gusta hablar más de la cuenta de los demás.

Y en su caso ya es DEMASIADO. Cállese la p… boca y písele fuerte.”

¿La obra? Pues es una revisión de un clásico del Siglo de Oro, en torno a la figura de Lope de Vega.

Ah, que usted es más de fútbol. Y como hoy no hay partido pone música. Ya, una pena que la gente no pueda entrar en los estadios. Sí, al teatro va un tercio del aforo. ¿Injusto? Pues no sé, son actividades diferentes, no me lo había planteado.

¿Y, dígame usted, cuánto gana un futbolista por dar cuatro patadas y lucir tatuajes o anunciar colonias? Que los del teatro ahora cobran una mierda. Y ahí siguen. Actuando. Resistiendo. Una copa, un tranquilizante, algo. Pero que se calle YA.”

No, actriz no quise ser nunca. Aunque hice mis pinitos de joven.

Por todos los dioses, ¿Es que me ha tocado el taxista más parlanchín del mundo? Qué dolor de cabeza. No puedo con la vida.”

Bien, ya llegamos.

Un autógrafo. Espere que le pague y mientras sáqueme la maleta... Sí, pesa mucho, ya. Sí, la rueda está rota, tengo que cambiarla.

Me llamo Tere. Gracias. Hasta la vuelta. Gracias por la tarjeta. Le llamaré.

Y una mierda. No quiero que me zumben los oídos ni que me hagan otro tercer grado. Ya he tenido bastante.”

AAARRHHHGGGG. No sé si me he dejado el DNI en casa. Mierda. Mierda. Mierda. Y faltan 35 minutos para mi vuelo. A ver, que vacíe el bolso en este banco….

Buenos días, señores agentes. Sí, sí, ya he visto la señal. No, no me iba a sentar.

Lo que me faltaba… No llego, no llego…”

Es que mi vuelo sale en 30 minutos. Buscaba el DNI, para tenerlo a mano, ¿Sabe?

Sí, a Canarias, al teatro.

No, no soy alemana, ni tampoco actriz. Soy… ¡Lo encontré!

Disculpen los nervios. Sí, aquí está mi DNI. Esa de los pelos soy yo. Un mal día para hacerme la foto, ya. Y los datos de mi vuelo, ida y vuelta, en el móvil.

No llego, no llego…

¿En Madrid? No lo sé, no llevo esas cosas. Eso depende de producción. Y todo según cómo vaya la pandemia. Sí, ustedes también lo están pasando muy mal, entiendo.

Como todos, no te jode. ¿Otros que no se callan justo ahora? No tengo nada contra polis ni taxistas pero es que vaya ejemplares que me han tocado. Y justo hoy. Con el pánico a volar que tengo...”

Sí, sí, gracias. Recordaré tener el DNI a mano siempre.

Que tengan un buen día ustedes también.

Uf,… debería tomarme algo fuerte antes de subirme a ese avión.”

Y saludo al sol corriendo con la maleta coja hacía el mostrador de facturación.

 

 

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Existe realmente libertad de expresión - Marian Muñoz

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¿Por qué no te callas? El mundo civilizado rió la frase políticamente incorrecta pero sensata expresada por un rey campechano a un dictador narcisista que se regodeaba en su propia verborrea.

Desde aquel día, hace catorce años, la oratoria ha cambiado brutalmente, ya no es privilegio de la casta política sino que los gurús de internet la utilizan para su propia subsistencia o enriquecerse mayoritariamente a costa de sus seguidores, la palabra ha cobrado valor económico y ha perdido el valor moral, la palabra dada ha perdido el valor de la honestidad, incluso los pactos acordados por escrito no son más que papel mojado, las gentes influyentes en nuestro país, no sólo los políticos, se prostituyen a quien mejor les pague, bien con un cargo bien con un trabajo cómodo en una buena empresa.

En defensa de la libertad de expresión se miente, se ataca, se confunde, se humilla y sobre todo se mata, o no pensáis en que muchos de los suicidios son consecuencia de palabras. La falta de respeto al contrincante ha dado paso al todo vale con tal de conseguir la parcela de poder deseada. Los políticos son buena imagen de lo que genera esta sociedad en sus discursos ya no nos cuentan sus proyectos, ya no nos cuentan sus ideas, ya no nos cuentan nada sobre sí mismos sólo se dedican a exponer los fallos, trapos sucios y chanchullos de sus competidores, dejando de reconocer que lo que achacan a otros también son fallos suyos por permitirlo y no estar atentos denunciando a tiempo las malas actuaciones.

Claro ejemplo lo tenemos estos días con el “quítate tú pa ponerme yo” o pensáis que las mociones de censura las hacen con el ideal de buen gobierno, seguro que no, los que me estáis escuchando sois inteligentes y despiertos, quizás entre uno de vosotros haya algún futuro gobernante, algún futuro youtuber, algún futuro pastor de almas descarriadas o algún creador de tendencias, seáis lo que seáis, ante todo os ruego seáis honestos, seáis honrados y sobre todo trabajar por dejar mejor el planeta tierra no sólo vuestros bolsillos porque al fin y al cabo la fortuna no la podéis llevar al otro mundo pero dejar una buena huella pervivirá durante siglos en la sociedad que mejoréis.

No penséis que los nombres de calles de algunos políticos se escogieron al azar o como reconocimiento a su trayectoria, esos nombres se escogieron por otros políticos que preferían poner el suyo pero al no ser políticamente correcto decidieron recordar a gentes que ni un siglo hubieran aguantado en la memoria de la sociedad. Como bien dice el refrán “el movimiento se demuestra andando” y lo que todos los ciudadanos quieren sean del bando que sean, piensen o sientan diferente, es que el político al gobernar sirva, no que se sirva a sí mismo o a su partido ilegítimamente de los bienes de sus votantes, supongo que estaréis de acuerdo conmigo, todos queremos calles asfaltadas, hospitales, parques, vivienda digna para todos y por supuesto un trabajo con el que mantenernos, porque un trabajo con salario digno da estabilidad y engrandece a la persona al proporcionarle un sentimiento de utilidad y valía, los que perviven de subsidios o son jetas vividores o son personas que arrastran carencias por sus limitaciones económicas, debido al desconcierto de que hoy estos me pagan pero mañana no sé si lo seguirán haciendo.

Ojalá nunca seáis victimas ni cómplices de información manipulada, intentar discernir si lo que os cuentan tiene una buena base de verdad o simplemente es una parrafada para tener algún tipo de sentimiento de animadversión hacia otros. Si la información que os facilitan ayuda a crecer o intenta arruinar, si lo que achacan a otros también lo están haciendo a escondidas, hay que andar muy espabilados y sobre todo dudar, siempre dudar y pensar antes de actuar si mi abuela lo aprobaría, nuestras abuelas trabajaron duro, criaron con escasa ayuda a una gran familia, pasaron penurias y muchas dificultades hasta llegar a conocer a sus nietos a los que daban pequeños caprichos que no pudieron dar a sus propios hijos, seguro que sabéis de lo que hablo, seguro que tenéis un gran recuerdo de vuestra abuela, seguro que le pondríais una calle en vuestra ciudad como auténticas heroínas, estoy seguro que ellas nunca perderían el tiempo hablando, siempre tenían algo que hacer porque ciertamente el movimiento se demuestra andando no con palabras, esas se las lleva el viento y donde dije digo ahora digo Diego.

No se oía ningún ruido entre los asistentes a la charla en el ateneo, hombres y mujeres jóvenes escuchaban con atención al orador, entre el público había diferentes formas de vestir, de peinarse o incluso de sentarse sobre las duras sillas del salón de actos. Se miraban entre sí sin hablar, asintiendo o negando con la cabeza, pero todos en silencio escuchando atentamente las palabras del famoso autor del momento, sus novelas de aventuras o sus libros de historia eran bien recibidas por los adolescentes que ahora llenaban el local, respetuosos con sus ideas al terminar la charla comenzaron a levantar las manos para preguntar, todos ansiosos por recibir respuestas de su admirado escritor, pero un fuerte ruido interrumpió el acto entrando un gran número de policías que expulsó a los participantes hacia la calle. Nadie protestó, nadie habló, salieron en silencio sin precipitación, hicieron un corro en el exterior del edificio esperando que saliera la policía deteniendo al novelista, sus manos estaban entrelazadas de tal manera que sólo ellos podían desatarlas, las fuerzas del orden intentaron abrirse paso primero sin violencia y después pegando porrazos, más apenas levantaban el instrumento para golpear caían desmayados sobre la fría acera, ante tal desconcierto los jóvenes aprovecharon y rescataron al escritor llevándolo en volandas hacia un coche que lo sacó del lugar, acto seguido todos desaparecieron y las ambulancias fueron recogiendo uno por uno a los policías tendidos en el suelo sin comprender cuál había sido el motivo de su caída.

La mente es más poderosa que la palabra, no lo dudéis jamás.



 

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Sobre la libertad de expresión - Pilar Murillo


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__ ¿Por qué no te callas? - Le dijo un niño de apenas cinco años a su abuelo de unos sesenta. Al abuelo le hizo mucha gracia, pero decidió contestar al pequeño.

__ Porque no me da la gana. – Fue cuando me acordé de las veces que mi madre me contaba lo que su abuela decía cada vez que oía a un niño perder el respeto a un mayor. Mi bisabuela decía: “¿Por qué el niño es mal hablado? Porque el viejo es mal contestado”. Tenemos la costumbre de echar la culpa a los demás, y nadie nace enseñado. Lo vamos mamando en casa, luego crecemos, nos hacemos adolescentes y creemos que lo que nos han enseñado es una puta mierda y creemos en nuestros amigos, algunos con mala educación y por entrar en el grupo o porque nos gustan más esas ideas, seguimos al cabeza del grupo como borregos. Hablamos de más, creyéndonos que estamos en nuestro derecho no le perdonamos ni una a los mayores y les contestamos con la primera lindeza que se nos ocurre. “Un vete a la mierda” puede ser lo más recurrido, pero podemos ir a más expresiones soeces y mal sonantes porque tenemos libertad de expresión y no solo la utilizamos para insultar, la libertad de expresión la podemos utilizar para meternos en la vida de otras personas, opinar libremente y salir impunes.

Pienso que la libertad de expresión se acaba cuando se pierde el respeto, cuando se hace daño gratuitamente a otra persona. Pienso que cuando se pierde el respeto a niveles salvajemente grandes, la libertad de expresión es mala educación y deja de ser libre para ser libertina. Es muy fácil decir yo puedo hablar de asesinos y alabarlos porque estoy en contra de la policía porque hay libertad de expresión, es lo más fácil. ¿Dónde queda la empatía, el dolor por las familias que han perdido a sus seres queridos?

Hablar de alguien que nos engaña a la sociedad española y es demostrable que es delito es fácil y hay libertad para decir la verdad.

Sobre este tema no tengo mucho más que decir, aunque me siento libre para decir lo que quiera con el debido respeto.

 

 

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Te maté, lo reconozco- Cristina Muñiz Martín



  Relato inspirado en la fotografía

 

 

Te maté, lo reconozco. Pero fue sin querer. Y me echarás en cara que no te lloré. Es verdad, pero habías cambiado tanto… Llevaba años añorando al hombre de manos suaves y amorosas con el que me había casado. Siempre las cuidaste mucho y como nunca clavaste un clavo eran perfectas: estrechas, con dedos largos de nudillos pequeños, la piel sin manchas y sin pelos. Hasta te eligieron para aquel anuncio de manos en televisión, ¿te acuerdas? ¡Menudo viaje hicimos con el dinero que te dieron! Cuando me entra la nostalgia miro las fotografías y me parece mentira que haya pasado tanto tiempo. Pero me estoy desviando del tema... Te decía que añoraba al hombre de manos suaves y amorosas. Te gustaba recorrer mi rostro con ellas: mis párpados cerrados, mis mejillas, el perfil de mis labios, mi barbilla. Y yo me sentía flotar en una nube de felicidad infinita.

Luego, no sé cuándo ni cómo ni por qué, tus manos se volvieron ariscas. Era como si un cardo se restregara contra mi rostro, un cardo áspero y afilado como la vieja guadaña que tu padre se empeñaba en seguir utilizando pese a regalarle un corta-césped. Tu padre, un buen aliado. Siempre lo echaré de menos. Su buen carácter y sus amenas conversaciones que a ti te resultaban insoportables. Ahora que lo pienso, Cardo, sí, porque durante muchos años en mi mente fuiste Cardo, no Ricardo como al principio, no Ricardo como te llamaban los demás. Cardo. Pues eso, que ahora que lo pienso todo empezó, o más bien desempezó cuando murió tu padre. Siempre viviste buscando su conformidad porque su buen carácter con los demás se tornaba exigente y autoritario contigo. Creo que fuiste Ricardo mientras que él vivió para que te viera como un buen marido porque me quería como a la hija que nunca tuvo. A la vuelta del cementerio empezaste a convertirte en Cardo. Fueron años malos en los que pasaba noches enteras llorando por mi amor perdido aunque te tuviera cerca. Y ya ves, ahora estás muerto. Y no veas el trabajo que me costó cortarte el brazo. Igual te parece mal, pero no me importa porque ya no puedes decir nada. Me sentía tan sola que no podía apartar de mi mente el recuerdo de tus caricias de los primeros tiempos.

Al principio sacaba el brazo del congelador a media tarde para recibir las caricias por la noche, antes de acostarme. Pero no me acababa de gustar del todo porque tenía que pasarme yo la mano por la cara y no sé, no era eso lo que quería. Un día tuve la feliz idea de plantar tu brazo en una maceta. Una muy bonita ¿eh?, no vayas a creer que te planté en una de esas de los chinos que sé que no soportabas ese tipo de tiendas. La compré grande y con la ayuda de una gran cantidad de tierra dejé el brazo bien erguido y afianzado. La coloqué al lado de la televisión para no perderla de vista mientras veía películas y series. Luego, antes de acostarme arrimaba mi rostro a tu mano y sentía su tacto, su cariño… bueno, el cariño lo ponía yo. Y vuelta al congelador hasta el día siguiente. Pero una noche se me olvidó guardarlo. No veas el susto que llevé por la mañana. Temí que tu brazo se estuviera descomponiendo. Sin embargo, mis ojos no podían creer lo que veían. ¡Había echado raíces! Sí, ¿parece increíble verdad? Pues desde que echó raíces, tu brazo recuperó el color, la tibieza y hasta la vida. Solo tengo que acercar mi cara a tu mano y ella me acaricia como antes, recorriendo mis párpados cerrados, mis mejillas, el perfil de mis labios, mi barbilla... La cuido bien ¿sabes? He comprado una crema muy buena, y muy cara también, y todos los días por la mañana y por la noche les doy al brazo y a la mano un suave masaje con ella. Tu piel ya es otra vez de seda. Ya no raspa como los cardos, Ricardo. Sí, ya ves, he vuelto a llamarte Ricardo. Qué bien estamos así, cariño. Y hasta hice un montaje con una foto mía de cuando era joven y tu brazo en el tiesto acariciándome. ¡Me encanta mirarla! La tengo colgada en el salón, encima de la maceta. Lo único malo de todo esto es que he tenido que dejar de viajar. Mira tú, con lo que a mí me gustaba. Y ahora que tengo más dinero que nunca, porque entre tu pensión y la mía y sin tanta ropa que comprabas y toda esa comida gourmet que te encantaba, al final me sobra un buen dinero todos los meses. Estoy buscando una solución, porque ya que no puedo hacer viajes turísticos me gustaría vivir cada mes en un lugar diferente pero no acabo de encontrar la manera de trasladar tu brazo. Es que siempre fuiste de dar problemas, Ricardo. Y hasta después de muerto me complicas las cosas. Dirás que puedo usar una nevera portátil. Para el brazo estaría bien, aunque no para la maceta porque es demasiado grande. Y ahora que echó raíces no es cuestión de estropearlo que ya se sabe que las plantas al pasarlas de unas macetas a otras muchas veces se mueren. Y yo no quiero que se muera tu brazo, Ricardo, y mucho menos tu mano. Pensé en quedarme solo con ella, con la mano, que sería más fácil de transportar, pero la idea de rebozármela por la cara no me atrae, me gusta más sentirla unida a tu brazo, moviéndose ella sola. Además, tengo miedo de que se enfade si la separo del brazo y se quede quieta. No. No puedo correr riesgos. También me da miedo que haya un corte de luz y empieces a oler mal y venga la policía y se arme la gorda. Si pudieras hablar me dirías que no te hace gracia estar metido dentro de un arcón congelador y encima con un brazo de menos, pero si lo piensas, estás bien conservado, mucho mejor que comido por los gusanos o reducido a cenizas, ¿no te parece? Lo único que me reconcome es haberte matado. Aunque fue sin querer. Y también fue culpa tuya. Si hubieras tenido más cuidado te habrías dado cuenta de que yo había cambiado tus pastillas por otras. Es que como siempre dejabas las cosas de cualquier manera al abrir la puerta del armario del baño cayeron dos cajas y, como estaban abiertas, los blisters se desparramaron por el suelo. Los recogí y sin darme cuenta confundí las cajas. Es que las pastillas eran tan parecidas... Y claro, tú sin fijarte tragaste lo que no debías, que no fue más que un exceso de vitamina D. Lo malo fue que no tomaste las que tenías que tomar y te quedaste frito de un día para otro, bueno más bien de una noche para un día. Qué suerte tuviste, Ricardo. Morir durmiendo. ¡Qué cosas tiene la vida!, con lo que les cuesta morirse a otros. Bueno, te dejo que con tanta cháchara han dado las tantas y estoy muerta de sueño. Buenas noches, mi amor, mañana seguiremos hablando.












 

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No quiero crecer solo - Marga Pérez

                                       

Relato inspirado en la fotografía


Abrazado al tronco de su árbol, Hugo echa la vista atrás y se ve hace años echo un mocoso… tímido... siempre con miedo, buscando la atención y el cariño de los suyos…

Sintiendo su humedad rugosa en la cara vuelve a escuchar la voz atiplada de su padre: “Si tienes una rana y no te gusta que salte, cómprate una tortuga…” Hugo siempre recibía esta contestación cuando demandaba atención. Cuando se quejaba de no tener amigos. Cuando se enfadaba por algo. Querían que se hiciese autónomo, un hombre...además eran muy prácticos y no tenían tiempo para el. Todos en su casa estaban tan ocupados… Hugo los necesitaba más de lo que ellos estaban dispuestos a darle y no siempre porque no quisieran, no, no, ¡no tenían tiempo! Esa era la realidad. Así que Hugo, siguiendo los consejos paternos, se fue en busca de la tortuga, con la suerte de encontrarla enseguida y muy cerca. La tortuga estaba dos casas más allá de la suya.

- ¿Necesita ayuda? -Le pregunta a don Ramón que poda un árbol frente a su casa.

- Hola. No, no necesito ayuda pero si quieres... Hacer estas tareas entre varios es más entretenido.

Hugo cogió la indirecta y como un rayo entró y se puso a su lado.

Don Ramón era un señor bastante más mayor que su padre. Estaba casado con Fina y no tenían hijos pero si mucho tiempo y ganas de compartirlo . Y Hugo lo aprovechó.

Cada día, después de terminar sus tareas, Hugo corría a casa de don Ramón y Fina como si tuviera que fichar. Sabía dónde estaban las herramientas . Era diligente, con ganas de aprender, obediente. Era un buen rapaz. Don Ramón, cada día, lo recibía más alegre. Se le notaba en los ojos. Le brillaban joviales. Fina enseguida se lo notó y arrimó el hombro para que Hugo quisiera seguir yendo. Tener un crío en casa era para ellos una bendición del cielo. Fina cocinaba muy bien y los bizcochos, torrijas y frixuelos volvieron a formar parte del menú diario. Después de trabajar en la huerta, un buen tazón de cola-cao con algo dulce para mojar entraba a las mil maravillas y, con la barriga llena, ya podían sentarse a jugar a las cartas, a pintar conchas de la playa, a leer cuentos o a hacer castillos de naipes. Hugo encontró allí toda la atención y el amor que necesitaba pero, no duró mucho. Don Ramón, sin contar con nadie, murió, prácticamente de repente, pasados unos seis meses. Fina desconsolada, decidió ir a vivir con una hermana a otra comunidad. Hugo quedaría desolado sin sus amigos si no fuera porque antes de irse, Fina le regalara una bonita planta con el encargo de que la cuidase, ella no podía llevársela.

Aquella planta se convirtió para Hugo en mucho más que una planta. Fue el mejor regalo que le podía haber hecho. La tenía en su dormitorio, en el alféizar de la ventana, y cada noche Hugo la ponía en la mesilla de noche y le hablaba. Le contaba de sus andanzas en el cole, de sus alegrías que no eran muchas pero, sobre todo, de sus miedos. Se convirtió en el hermano que no tenía. En el confidente que siempre quiso tener. En el amigo con el que soñaba… Muchas noches durmió abrazado a ella, con cuidado de que la tierra no cayese en la cama pero... nunca lo conseguía. Antes de ir a desayunar sacudía las sábanas, amontonaba la tierra bajo la alfombra y ponía sobre el alféizar a su amiga con un guiño de complicidad. Antes de cerrar la puerta Hugo la miraba con cariño y sentía que ella también lo hacía .

La planta creció a mayor velocidad que Hugo y, aconsejado por su padre, le buscó un sitio en el pequeño jardín que rodeaba la casa. Cavó cerca del muro que los aislaba de sus vecinos, en la parte más abrigada y menos visitada, frente a su ventana. Tenía miedo de que quedase visible, de que alguien la estropease o tal vez de que alguien se hiciese amigo suyo. Era su planta y sólo suya.


Los años pasaron y Hugo creció. Se hizo casi un hombre a la sombra de aquel árbol que un día plantara frente a su ventana. Su planta pasó a ser su árbol. El lo cuidaba con cariño. No podía ver cómo hormigas y arañas trepaban por su tronco y hacían nidos en sus recovecos. Lo desparasitaba regularmente y con cuidado limpiaba sus hojas. Brillaba cuando le daba el sol como si estuviera encerado. Varias familias de pájaros anidaron en él atraídos por su brillo. Cantaban felices cada amanecer y Hugo se sentía orgulloso de su amigo. Se estaba convirtiendo en un gran árbol lleno de trinos, vida y frescor.

Pero un día recibieron la visita de su vecino. El árbol que estaba plantado muy cerca del muro, amenazaba con tirarlo. Desde su jardín se veían mejor los desperfectos. Las raíces tomaron la dirección de su casa y … había que tomar una decisión. El padre de Hugo propuso tirar esa parte del muro y volver a construirlo salvando el perímetro del árbol. El vecino no atendía a razones, sólo aceptaría que se talase. La guerra estaba declarada. Fueron varios años de denuncias, juicios, voces, malas artes y… por fin llegó el veredicto: Tenían que talar el árbol y rehacer el muro.


Hugo lloraba abrazado al tronco de su árbol. Sintiendo su dolor pudo viajar con serenidad por su infancia y despedirse de ella. Le agradeció todo el tiempo que le había dedicado cuando más lo necesitaba , y se fue.


Se fue porque no quería ver cómo caía lo único que quedaba de aquella época . Estaba preparado para avanzar sin él pero no para ver cómo lo talaban.

Había llegado el momento de independizarse.

De seguir creciendo lejos de su familia .

Si, estaba preparado ,

ya olía la primavera.




 

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La maceta de la tía Noelia - Pilar Murillo


 Relato inspirado en la fotografía

 

 

Me he quedado sola. Me siento totalmente perdida, desamparada, desprotegida, incluso incomprendida.

Hace tiempo que sueño con ella, pero su nombre no es Noelia, ojalá lo fuese porque ahora sabría que se trataría de mi tía que desde el otro mundo me manda mensajes en forma de cariño.

Mi tía Noelia me dejó por herencia una maceta rustica, de esas que son tamaño grande hechas de barro. En principio tenía una planta muy bonita, pero ya sea por la tristeza o porque yo para las plantas soy un desastre. A la planta la ignoré por completo. No la miraba ni le hablaba, ni un triste vaso de agua le eché y al no recibir tan preciado líquido indispensable para sobrevivir, la plantita se secó. Yo no volví a sembrar nada y tampoco retiré la maceta de su sitio, en un rincón de la terraza, lo que hice fue llorarle al tiesto, hablar con él como si fuese mi tía. No importaba la hora, en cualquier momento del día ahí estaba llorando, en definitiva, desahogándome.

Salía, miraba al tiesto vacío lloraba, hablaba, como ya dije y un buen día sin saber cómo ni por qué comencé a sembrar abrazos y caricias. Primero una caricia, luego un abrazo. Amaba esa maceta y creí ser amada porque me escuchaba, claro, ¿A dónde iba a ir la pobre?

Comencé a regarlo, al principio con mis propias lágrimas, otras veces me sentaba a su lado con mi vaso de agua y otro para la maceta. Yo como es lógico no esperaba que allí nada creciese, ni se asomase, tan solo me sentía cómoda e imaginaba a la más bonita de las flores cuidada por la tía Noelia.

Uno de tantos días en los que me acerqué a abrazar a la maceta observé que algo asomaba, no podía saber qué era, aún se veía muy poco y pensé que tal vez algún pájaro en su pico trajo una semilla y me puse loca de contenta, ya no lloré más, pero la maceta y yo bebíamos juntas nuestro vaso de agua diario. Aquello cada día asomaba más y crecía con más cariño. Parecía un puño, sí, el puño de una mano, ¡Una maceta de izquierdas!, mira que bien. Seguía creciendo y se asomó otro puño. Yo no podía contar esto a nadie, me tratarían de loca, tampoco tenía a quien contarlo, no podía salir de casa. Sólo me asomaba a la ventana a que me diese el aire, o a la terraza a ver a mi querida maceta.

Por fin los puños se abrieron al sol, y cuando me abracé a mi maceta, recibí el primer abrazo por su parte y yo le di el primer abrazo a alguien, mejor dicho, a algo en mucho tiempo. Era un abrazo de sol, de lágrimas y sal, era un abrazo de amor y ya no sentí más soledad. A las ocho de la tarde la maceta y yo aplaudimos al azar. Solo es un sueño que se repite, día a día. Hace tiempo que sueño con mi maceta, la pobre sigue tan seca como la vez primera que se murió su planta. Hoy por fin saldré de casa y lo primero que haré es ir a comprar un geranio, que duran más y son bonitos.


 

 

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Allá donde estés te sigo queriendo - Marian Muñoz

 


 Relato inspirado en la fotografía

 

 

Sabía que era la otra, que era desgraciado en su matrimonio, que tenía mujer florero aunque no lucía margaritas ni petunias precisamente sino flores más caras, era consciente que sólo le tenía en contadas ocasiones a pesar de habitar una vivienda suya, era consciente y lo sigo estando pero mi amor era incondicional y sé que el suyo también. Cuando estábamos juntos nos amábamos, disfrutábamos del momento a escondidas del resto del mundo. Nuestra historia transcurría maravillosamente hasta aquel aniversario, cumplíamos dos años de encuentros, dos años de felicidad intermitente, dos años de pasión secreta, nos deseábamos como dos jóvenes recién descubierto el amor a pesar de sus cincuenta años, aquel día me sorprendió, no podría decir gratamente pero me conmovió aquel cuadro.

A los demás ocultaba su destreza para la pintura, para el dibujo, tan sólo yo era capaz de inspirarle trazos con auténtica nitidez que plasmaba en el papel. Su exitosa carrera y su familia legal atrapaban toda su energía que sólo conmigo podía explayar, podía idear y pintar. Conmigo creaba porque le motivaba, según decía, aquel cuadro me sorprendió por la belleza de líneas, mi imagen tan detallada con aquel vestido que tanto le gustaba, mis reflejos dorados brillando sobre mi cabeza, mi cara reflejando armonía y placer proporcionados con sus caricias. Sólo que aquella caricia no la estaba dando su mano y en aquel instante nació en mi subconsciente la duda de quién sería el propietario de ese brazo, cual habría sido su modelo o si tal vez lo había dibujado igual que a mí, sin enterarme, sin verle observarme, así recaló la duda dentro mi.

Era abstracto del todo, imaginativo y un poco atrevido, también escandalizaba porque yo no tenía mano con las plantas y recrearme con el fruto de una maceta no me resultaba pertinente, teniendo en cuenta además que los brazos no se plantan. Las caricias sí se riegan con cariño, con paciencia y con mucho amor para que florezcan. No supe qué decirle, no pude elaborar una respuesta adecuada y al mirar mi gesto dubitativo se rió, esperaba sorprenderme, lo había logrado y eso no fue impedimento para agradecerle el retrato y el amor que con todo ello demostraba. Sus palabras me parecieron tan extrañas como el cuadro “cuando yo no esté, encuentra la maceta y seguiré estando contigo” apenas le presté atención porque comenzamos el juego erótico del amor, uno nuevo así la rutina no nos alcanzaría.

Tres meses más tarde tuve que hacer las maletas y desaparecer durante un tiempo, un accidente de coche le quitó la vida y su gran secreto podría salir a la palestra, no debía permitirlo, rota de dolor y de tristeza empecé a recoger mis cosas, a borrar las huellas de mi presencia en aquella casa, alquilé una furgoneta y me marché allá donde nada me lo recordara, la pena fue que el cuadro viajó conmigo y todos los días le añoraba. Leía en la prensa los pormenores sobre su fallecimiento, su vida, los homenajes que continuamente le daban y los testimonios de aquellos que tanto le apreciaron mientras vivía. Inicié una nueva vida sin su presencia pero con su esencia, un trabajo me permitía mantenerme ocupada y superar su añoranza, por fin al cabo de unos meses conseguí recordarle sin pena ni dolor sino con una gratitud inmensa. Pude descubrir nuevamente sentimientos de amistad y de placer con una nueva compañía aunque en esta ocasión ese amor no me satisfacía porque no daba la talla, pero me sentí en la obligación de vivir para que su recuerdo perviviera.

La rutina del trabajo, pareja y amistades llenaba mis horas hasta que un programa de televisión cutre entrevistó a un supuesto amante. Aquella noticia me revolvió por dentro, no podía creerlo, era imposible, debía ser mentira seguro que lo hacía para sacar dinero sin importarle desprestigiar su memoria ni escandalizar a su familia. No tenía intención de saltar a la palestra para desmentir a aquel energúmeno, pero la rabia me reconcomía por dentro. Aquel tipejo no cesaba de salir en revistas, era un insulto que invadía el inmenso amor que aún tenía por él, pero fue una de aquellas imágenes la que me dejó helada, su brazo, aquel brazo tenía un pequeño lunar justo en el mismo lugar que en el brazo de mi cuadro. Intenté pensar que sería casualidad, ya en su día me extrañó la precisión del dibujo y quedé intrigada de a quien pertenecería aunque dicha suspicacia la relegué debido a la felicidad que mi amante me proporcionaba, sin embargo ahora me entró la duda sobre la veracidad de esa historia.

Recordé sus palabras al entregarme el cuadro “cuando yo no esté, encuentra la maceta y seguiré estando contigo”. No entiendo nada de jardinería ni de plantas pero un tiesto con esas características no debía ser común e inicié su búsqueda en floristerías, grandes superficies o pequeñas tiendas de plantas, luego seguí con jardines públicos, colegios o parterres circundantes a la casa, quizás no estuviera cerca nuestro sino en la del otro, así que empecé a leer todo lo que aquel sujeto había contado sobre su relación, incluso donde se veían y hacia allí me encaminé. Un pequeño edificio de apartamentos no era lugar para tener macetas tan grandes como la que buscaba, al merodear por los alrededores tropecé con una casa abandonada su jardín estaba repleto de tiestos secos y sucios, observándolos hallé lo que buscaba, clavado, único, se le veía ajado por el tiempo pero reconocía que era el mismo del cuadro. Entré en el jardín fijándome si alguien me observaba, sopesé llevarme la maceta pero al estar llena de tierra seca pesaba demasiado, opté por vaciarla y ver si contenía algo más en su interior.

Una llave, era un tanto peculiar, no creía que abriera una puerta, la cogí y escapé corriendo del sitio. Ya en casa y más tranquila busqué por internet qué clase de llave era y qué podría abrir, así fue como supe que era de una caja de seguridad, seguí buscando y di con el banco al que pertenecía, tenía la adrenalina a tope, me arriesgaría a acudir al banco y abrir la caja o la guardaría como recuerdo toda mi vida. No, si él había sido infiel a su familia conmigo y con un hombre, no debía dudar en acudir al banco y recuperar lo que me pertenecía. Por si guardaba joyas o dinero llevé un bolso bien grande y un abrigo con bolsillos interiores, para disimular. Muy nerviosa entré en la sucursal solicitando acceder a las cajas de seguridad, me pidieron datos y me llevaron a una en concreto, algo que no había previsto por mi desconocimiento de cómo funcionan, pero una de ellas estaba registrada a mi nombre, me dejaron sola y la abrí.

¡Qué decepción! Sólo había dos cartillas de banco por lo demás estaba vacía. No me hacía falta tanto bolso pero a pesar de ello las guardé en él y me marché. Luego en casa tras unos lingotazos de vodka las miré con calma y comencé a reír, a saltar, a gritar cuanto le amaba, las dos cartillas estaban a mi nombre, una de ellas custodiaba títulos de propiedad de cinco mil acciones de su empresa y la otra aunque llevaba tiempo sin actualizar, contenía cinco millones de euros y una vez al mes ingresaban diez mil de intereses por las acciones. Al día siguiente bien temprano me presenté nuevamente en la sucursal para ponerlas al día y casi me desmayo de la cifra que figuraba en sus hojas, el director salió a recibirme, me ofreció un café y estuvo hablándome de donde invertir para sacar el máximo rendimiento a mis ahorros, le agradecí su amabilidad pero soy la mejor inversión para mi dinero.

Amor mío allá donde estés te sigo queriendo.




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