Guateque nostalgia - Esperanza Tirado

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De sus tiempos... últimamente esa coletilla se repite mucho en nuestras conversaciones. Será la ola nostálgica que nos invade, que cualquier tiempo pasado fue mejor... O que entonces eran jóvenes y tenían toda la vida y el mundo por delante para volar y hacer todo tipo de locuras y descubrimientos.

Reviso su discoteca: LPs de los de antes con los que ponían banda sonora a sus guateques. Hasta la palabra suena vintage, como dicen ahora. Mucha canción melódica italiana.

¿Qué tendrán los italianos y el amore? Será el calor del verano, pero hasta yo me estoy poniendo nostálgica.



Canción: Volare, de Domenico Modugno

https://www.youtube.com/watch?v=t4IjJav7xbg

 

 

 

 

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El rugido del volcán - Marian Muñoz

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Más vale escabullirme entre la muchedumbre y pasar desapercibida porque si me pilla un periodista no me aguantaré soltar el cabreo monumental que tengo y saldré por la tele como una chiflada. Que sí que me alegro por mis convecinos de que el volcán esté echando una siesta de otros cincuenta años, pero es que manda narices cuando tiró aquel pedo y empezó a escupir lava me fastidió la vida que tenía tan felizmente encauzada con un buen trabajo, y ahora que se ha apagado me hace lo mismo tras haber ideado un negocio para salir a flote económicamente. Por eso estoy que me llevan los demonios y súper enfadada.


Durante estos meses hemos sufrido todos el rugido del maldito volcán, al principio los temblores, luego el apestoso vaho acompañado de lava, cenizas y pyroclastos, además de bombas volcánicas, fumarolas y según el momento la erupción podía ser estromboliana, hawaiana, vesubiana, en fin, además de aprender multitud de palabras técnicas sobre la naturaleza de nuestro enemigo también hemos ganado terreno con las fajanas, por no hablar del malpaís que quedará encima de muchas casas, un horror y un terror que será difícil de olvidar ni siquiera por los más pequeños que aún se despiertan sintiendo los temblores que ya cesaron, el volcán se apaga pero la angustia y el desconcierto durará muchos años más.


Aquel 19 de setiembre iba para cinco años que residía en la isla gracias a un error garrafal en la compra del billete de avión. Quería ir a Las Palmas de Gran Canaria y pillé uno barato para La Palma. Cuando salí del aeropuerto tropecé con un entorno inesperado y totalmente perdida, la intención era trabajar en algún complejo turístico de los que están plagados en aquella isla, por el contrario sólo veía viviendas pequeñas, pueblos recogidos y coquetos a lo largo de la falda de la montaña. Únicamente había comprado ida, el presupuesto no daba para más y coger otro vuelo era impensable. Tras dos días llorando en una pensión decidí tirar para adelante y buscarme la vida. Gracias a mi don de lenguas me ofrecí en hoteles, apartamentos, agencias de viajes y fue en una de éstas donde me aceptaron y enseñaron a ser una buena guía de La Palma.

Con el ahorro de los primeros sueldos compré una cuadra acondicionada como vivienda con un trozo de terreno y el baño fuera de las cuatro paredes que la componían. En ratos libres la fui remozando y convirtiéndola en un hogar, diminuto pero acogedor. La agencia turística me ocupaba tres días a la semana y tras hacer un curso intensivo me registré como free lance de aventura llevando grupos de hasta diez personas para hacer senderismo, parapente, buceo o rutas en barco, obtenía pingües ganancias que permitieron reformar mi hogar e incluir entre las cuatro paredes el baño exterior.

El albañil fue recomendado por su hermana, mi jefa en la agencia de turismo, un tío majo y afable como todos los isleños. Me había escapado de un padre maltratador y una madrastra drogadicta así que cualquier muestra de educación o amabilidad me hacía sentir bien. Tras la inclusión del baño llegó el ampliar la cocina, una obra que duró más tiempo del debido y tuvimos ocasión de conocernos mejor y congeniar, al terminarla se mudó conmigo. Sus manos como albañil eran diestras y certeras pero como amante eran mágicas y tiernas, su sola sonrisa ya iluminaba el día estando siempre de buen humor, la lástima era que pasaba bastantes semanas en otras islas al tener fama de ser uno de los mejores del archipiélago. Sus ausencias no me disgustaban porque sus retornos eran tan deseados como satisfactorios, él pertenecía a la isla y siempre volvía.

Dos días antes de la erupción y preparando la bolsa de viaje entre temblor y temblor me cuenta que no sabe vivir sólo y mucho menos en una habitación de hotel, así que tiene una novia en cada isla con la que convive mientras está trabajando. Con ninguna está casado ni tiene descendencia al haberse hecho la vasectomía hace mucho por no ser adecuado tener un hijo en cada isla. -No sabía si me estaba lanzando un órdago o estaba sincerándose, opté por seguir escuchándole-. Confesaba que quería envejecer conmigo, siempre volvería a la isla porque era su hogar y ninguna de las otras conocía la verdad, sólo me amaba a mí y por esa razón me lo contaba. Quedé tan traspuesta que se despidió dándome un beso y no pude decirle nada.


Los temblores en la isla eran cada vez más fuertes y frecuentes, comenzando a temer lo peor su hermana me aconsejó hacer las maletas con lo más imprescindible: documentación, recuerdos, joyas, dinero, todo aquello que considerase importante y depositarlo en su casa al otro lado de la isla donde la vida se llevaba con más normalidad. Menos mal que le hice caso al dejarle también las dos mascotas, dos perritos recogidos de la calle, juguetones y cariñosos que aliviaban mi soledad porque en cuanto el volcán escupió aquella fumarola y luego la lava por sus laderas tuvimos que abandonar nuestras viviendas rápidamente, más por precaución que por otra cosa ya que mi barrio no parecía peligrar según la dirección de las coladas, pero la caída de tanta ceniza podía provocar derrumbes de tejados por lo que me alojé en casa de ella viéndome obligada a cesar toda actividad turística, tanto por el cierre del aeropuerto y ferris como por ser peligroso respirar en muchas ocasiones aquel aire cargado de azufre.


No podía estar de brazos cruzados y me apunté como voluntaria, mi cuenta bancaria estaba adelgazando al seguir pagando hipoteca, luz, agua, teléfono y no tener ingreso alguno, me veía otra vez como al principio de llegar con una mano delante y otra detrás aunque con amigos y vecinos a los que consolar y ayudar. Una noche mientras leía las noticias se me ocurrió una idea. Hay gente que vende por internet sus bragas usadas, sujetadores o envasa pedos, yo tenía acceso a algo inusual que podía interesar: ceniza. Por turnos nos permitían acudir a limpiar los tejados y las casas de tanta acumulada debiendo depositarla en contenedores del ayuntamiento. Pues bien, empecé a quedarme las bolsas, alquilé un pequeño local, encargué quinientos tarros pequeños y otros trescientos más grandes, creé un logo que imprimí y monté una página web ofertando tarros con ceniza del volcán Cumbre Vieja. Los vendía a tres euros más gastos de envío, los grandes a seis y si incluían una pequeña piedra de la isla subían un euro más. Me los quitaban de las manos, inventé un sistema para protegerlos y no se rompieran en la manipulación, cada día enviaba entre ochenta y cien tarros. El importe no era mucho pero las ganancias eran casi totales ya que los envases los había conseguido baratos y la materia prima caía del cielo. Cuando no tenía ceniza casera ofrecía mi ayuda a otros y me guardaba las bolsas sin que se enterasen. Por fin había conseguido sacar rédito al volcán ya que todos los días llovía ceniza, llevándolo en secreto para que nadie me quitara el negocio.

Por desgracia para mí pero alivio para mis convecinos el volcán comenzó a mostrar signos de cansancio, dejó de escupir lava, la tierra se fue calmando y finalmente se ha apagado. Mi casa sigue en pie, bastante sucia pero aún la conservo, mis ingresos están a punto de terminarse porque no puedo disimular más la recogida de ceniza y cuando un volcán se apaga deja de interesar a los foráneos. Por eso ando cabreada ya que aún tardaremos unas semanas en retomar las excursiones turísticas o la práctica de senderismo, parapente o buceo, eso sí, al menos conseguí darle un buen mordisco al enemigo de la isla para seguir sobreviviendo a sus destrozos.


Con el silencio del volcán llegó mi amor, ha retornado para echarme una mano en la limpieza y trabajar reconstruyendo en otro lugar los pueblos sepultados, en cuanto a las otras he pensado que no me importan, lo que interesa es el hoy y el ahora mientras le tenga a mi lado disfrutaré con su presencia, pero ya le avisé que vaya pensando en el matrimonio que quiero tener hijos con él aunque no sean suyos.

 

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Campo de estrellas - Gloria Losada

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A los que ayer se durmieron para siempre.

A los que hoy han podido ver la luz de un nuevo día.

A los que prestaron su ayuda desinteresada.

A los que colapsaron los hospitales por donar su sangre.

A mi pueblo... que hoy sufre.


Siempre había recordado sus años en Santiago con especial cariño. Y quién no lo haría. La ciudad iba ligada a su juventud, a los años de estudiante, a la vida libre de las ataduras de la familia por vez primera... Hacía tiempo que estaba pensando en regresar, aunque fuera por unos días, después de lo mal que le habían ido las cosas sentía que necesitaba reencontrarse con una pasado que, para ella, desde luego, había sido mejor que el presente.

En algún momento se le ocurrió que podía hacer el Camino, en soledad, sin nada ni nadie que entretuviera su mente, teniendo todo el tiempo del mundo para meditar, para renovar su alma. Jamás había sido muy religiosa, el creer o no en un ser superior era algo a lo que no daba demasiada importancia, pero la verdad era que, de un tiempo a esta parte, necesitaba sentir, palpar, esa espiritualidad de la que hablaban todos los que habían hecho el camino.

Así pues una mañana, cargada con una mochila llena de algo de ropa y muchos desengaños, emprendió la marcha hacia su ciudad mágica, hacía ese pasado siempre latente, hacia su lejana juventud. Y así, teniendo como compañeros, al sol, a la lluvia, al viento del nordeste y al polvo del camino, se fue sintiendo mejor y fue creciendo de ella la ilusión por vivir de nuevo, por creer, por recuperar todo aquello que había ido perdiendo.

Un día se acordó de Fran, aquel amigo que había conocido en la universidad, con el que había compartido tardes de café, de apuntes y de cigarrillos y del que, sin él saberlo, había estado perdidamente enamorada, y pensó que no estaría mal volver a verle y tener alguien con quién recordar. Cierto es que habían pasado muchos años y tal vez ya sus vidas no tuvieran nada qué ver, pero al fin y al cabo para tomar unas cañas y charlar un rato tampoco hacía falta mucho más que una agradable compañía. Cuando le llamó él se alegró de escucharla y le hizo prometer que estaría en la ciudad en el día del Apostol para pasar juntos la jornada de fiesta. Ella así se lo prometió y fue por eso que el día anterior, sabiendo que no le daría tiempo a llegar a la ciudad caminando, tomó aquel tren para poder estar con su amigo el día convenido.

Fueron unos pocos kilómetros, apenas media hora de viaje, durante la cual se sintió nerviosa y expectante, exultante su ánimo ante la perspectiva de volver a vivir la algarabía de un día de celebración. La noche, los fuegos artificiales iluminando la fachada de la catedral, la música en las calles, la gente.... y aquella luna llena que comenzaba a adivinarse por un rincón del cielo… y las estrellas esparcidas en el campo celeste del universo...

Entonces ocurrió. Fueron unos minutos, unos segundos tal vez. Se escuchó el estruendo, los bandazos del vagón de un lado a otro, los gritos aterrorizados de la gente y la total oscuridad que se apoderó de ella en un intento firme de arrebatarle la vida...

Despertó al día siguiente en una cama de hospital y fue entonces cuando se enteró de la tragedia, de los muertos, de la solidaridad de la gente... Y supo que alguien o algo había decidido darle una segunda oportunidad. Tal vez el apóstol, tal vez simplemente su propio destino.

. Todavía no lo sabe, pero dentro de un año volverá a hacer el camino y una noche cálida de verano, desde el Monte do Gozo, apoyada en una vara de avellano y contemplado las torres iluminadas de la catedral, mirará hacia el manto de estrellas que iluminará el cielo y recordando el día de hoy, dará las gracias, al apóstol, o tal vez a su propio destino, por algo muy simple: por vivir.

 

 

 

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Ella y El: Un momento - Marga Pérez



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Ella quería saber y llamó al departamento correspondiente y preguntó.

El recibió la pregunta sin saber qué contestar pero se comprometió con ella en que la buscaría y la llamaría.

Indagó con unos y con otros. Llamó a varios superiores pero ninguno supo darle respuesta, así que la llamó para hacerle saber que había fracasado en su compromiso.

No sabía lo que ella necesitaba y se disculpaba por ello.

Ella agradeció que la llamase, era la primera vez que alguien lo hacía para disculparse y valoró su amabilidad más que su eficacia. Le dio efusivas gracias.

El era la primera vez que recibía un agradecimiento tan efusivo por no realizar bien su trabajo, tan sólo por haber sido amable.

Ambos fueron felices durante aquel momento.

Si lo recuerdan aún lo siguen siendo… Y tan solo fue un momento.


 

 

 

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Algún día - Esperanza Tirado

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Vive fascinada por los lugares más remotos del Globo, intrigada y asqueada a partes iguales por las comidas más exóticas, aprendiendo idiomas que ya nadie habla, apenada por los animales salvajes en peligro de extinción y conociendo culturas y costumbres milenarias. Disfruta volando por el cielo azul, surcando mil mares y haciendo kilómetros por carreteras desiertas.

Como fan total de Lonely Planet sueña con recorrer todos los rincones del planeta. Y mientras su trasplante de pulmón no se haga realidad seguirá soñando, pegada a una pantalla donde siempre emiten documentales de viajes muy lejanos para ella.





 

 

 

 

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Un agujero de bala - Cristina Muñiz Martín


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Me dieron un uniforme con un agujero de bala a la altura del pecho. Supe que su anterior propietario estaba muerto. Durante toda la guerra cargué con el peso de ese otro cuerpo que ya no existía. Los latidos de mi corazón escapaban por el agujero siniestro. Mi mente se unió a la suya. A cada instante pensaba en qué habría hecho él en ese momento. ¿Sería valiente? ¿De los valientes que arriesgan su vida? ¿O quizá cobarde? De los cobardes que se quedan atrás y se encuentran de repente con un enemigo oculto o con una bala perdida. Nunca lo sabría, pero en los momentos más duros, cuando el agotamiento físico y mental me habían reducido a un ser con ansias de comida intentando mantenerse con vida, hablaba con él. No sabía su nombre, pero reconocía su olor, su silueta, su consistencia. Sentía su cuerpo en mi cuerpo, mis brazos y sus brazos unidos sostenían el fusil, mi estómago y su estómago recibían con alegría una sopa aguada donde flotaban pedazos inciertos de carne. Mis piernas y sus piernas corrían fusionadas. Y cuando roto por dentro y por fuera encontraba unos momentos de descanso inquieto hablábamos de nuestros sueños antiguos sin esperanza de futuro. La guerra acabó y yo sobreviví. Nunca me lo perdoné. Él estaba muerto y yo vivo llevando el mismo uniforme, soportando las mismas calamidades. ¿Qué me hacía a mí diferente? Nada, concluí. Éramos dos en uno. Uno muerto, otro vivo. ¿Qué sentido tenía todo aquello? Al regresar a casa de mis padres vi el pánico reflejado en sus ojos. Mi madre se derrumbó en el suelo y mi padre se agachó para abrazarla. ¿Por qué lloraban con ese desconsuelo? Intenté acercarme a ellos pero alguna fuerza oculta me lo impedía. ¿Qué estaba pasando? Me sorprendí al ver mi uniforme en los brazos de mi madre que, como si estuviera fuera del mundo, pasaba su dedo amoroso y tembloroso por el agujero que había hecho una maldita bala.

 

 

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Pandemia y cochinitos, mala mezcla - Marian Muñoz

                                    



Quien me iba a decir que a mis años estaría trabajando en una granja, además de voluntaria, ver para creer, con lo que me ha gustado siempre la limpieza y me encargan de la parte más sucia.

Cuando me jubilé en febrero del año pasado saltaba de alegría, era una etapa deseada al perder de vista a jefes y compañeros envidiosos, por fin iba a ver mundo.

Mi primera intención viajar a Italia en primavera, Milán, Florencia, Bolonia, Génova y por último la gran Roma con visita al Papa incluida, soy muy católica. A Venecia no quería porque tanta agua estaría plagada de mosquitos y les tengo alergia. Tras estudiar detenidamente folletos, rutas y hoteles, a punto de contratarlo veo en las televisiones que precisamente Italia estaba sufriendo graves contagios de un nuevo virus llamado COVID. Cancelé todo quedando a la espera de ver como transcurrían las semanas. Llegó el confinamiento, estados de alarma y yo quietina en casa, saliendo una vez por semana a comprar y contemplando desde mis ventanas un paisaje desolador ya que no tengo balcón ni terraza.

Pasaron los meses, un año y nos plantamos en este verano pasado que la pandemia comenzó a dar un respiro aunque no me convencía lo de la nueva normalidad. Empecé a notar agobio por tanto encierro cuando coincidí con mi vecina de puerta al recoger la ropa en la azotea, le pasaba algo parecido y me habló de una sociedad que hacía cumplir sueños a personas mayores, niños con enfermedades graves o adultos con problemas de movilidad. Uno de esos casos era llevar a una familia de granjeros que nunca habían visto el mar durante dos semanas, necesitaban gente para atender la granja en ese período, unas diez personas, alojamiento en caravana individual, zona comedor y de descanso al aire libre, con la única premisa de encargarse de una tarea.

Me apunté, vivir al aire libre unos días resultaría divertido, cosa rara me escogieron y formé parte de los diez elegidos. A finales de julio partimos rumbo a lo desconocido, un autobús cargado con todo el material necesario más nuestras cosas tomó rumbo primero autopista, luego carretera comarcal para terminar en un camino de cabras todo el rato cuesta arriba, árboles, bosques, praderas, montañas y un cielo infinito lleno de aves volando, empecé a sentirme una Heidi urbanita.

Una granja grande, con caballos, vacas, gallinas, perros, cabras y cerdos, no muchos pero los suficientes para que fueran mi tortura diaria al ser la encargada de alimentarlos y limpiar su entorno. La caravana estaba bien, de tamaño justo para descansar, la zona de comedor y descanso muy amplia, tanto que los compañeros apenas se me acercaban, aún teniendo buen tiempo por las noches caíamos rendidos en la rulot. En un par de días adquirimos una rutina y en mi cabeza empezó a sonar una musiquita, como si fuera una canción, por el día aún estando concentrada en mis tareas me surgía. Un atardecer vi como los cochinillos se agolpaban mirándome en la valla del corral y a mi memoria acudió la canción que me rondaba.

Los cochinitos ya están en la cama, muchos besitos les dio su mamá

Y calentitos todos en pijama, dentro de un rato los tres roncarán

Por alguna razón empecé a sentir cierto nerviosismo, no sé qué recuerdos me traía pero no me gustaba. Poco a poco recordando la letra la intranquilidad me invadía, salvaba que apenas tenía contacto con los demás excepto saludos de cortesía o algún comentario trivial, mi capacidad de socializar había desaparecido repentinamente.

Uno soñaba que era rey y de momento quiso un pastel

Su gran ministro hizo traer quinientos pasteles sólo para él

En principio la cancioncilla no me significaba nada, solamente que los protagonistas eran cochinillos como los que atendía, todas las noches trataba de recordar la canción entera porque posiblemente mi subconsciente intentaba decirme algo.

Otro soñaba que en el mar en una lancha iba a remar

Más de repente al embarcar se cayó de la cama y se puso a llorar

Poco a poco fui recordando una parte de mi vida oculta en mis recuerdos, la canción la cantaba mi madre al acostarme de niña, una mujer dulce y cariñosa, hasta que poco después de cumplir siete años desapareció de mi vida y fue mi abuela quien me acogió en su casa. Ella continuó cantándomela al acostarme así tenía un nexo más fuerte con mi madre y con ella en los instantes de soledad antes que el sueño me alcanzara. No todo salió bien debido a la avanzada edad falleció cuando yo tenía trece años llevándome con una familia de acogida.

El más pequeño de los tres, un cochinito lindo y cortés

Ése soñaba con trabajar para ayudar a su pobre mamá

No eran una familia al uso pues nos tenían a todos atemorizados, obligándonos a pedir en la calle además de abusar sexualmente de las chicas, en cuanto cumplí los dieciocho me escapé y me busqué la vida como pude, la incertidumbre era mejor que aquella vida. A mis sesenta y cinco tenía ya olvidada aquella parte de mi vida. Intenté alejar de mí sentimientos de rabia, odio, ira y terminar mi trabajo en aquella granja, los demás debían ignorar mis demonios, volvería a casa e intentaría planear algún viaje que me permitiera ocultar el pasado en mi memoria. Era fuerte, soy fuerte, nadie notará nada.

Y así soñando sin despertar, los cochinitos pueden jugar

Ronca que ronca y vuelta a roncar, al País de los sueños se van a pasear

Nuestro último día íbamos a encontrarnos con la familia granjera, querían agradecer nuestra labor y contar su aventura junto al mar. Urbanitas que éramos esperábamos el encuentro y conocer a quienes habíamos ayudado durante dos semanas. Aparecieron morenos y sonrientes asombrados de lo limpio y cuidado que estaba todo, lo bien que se desenvolvían los animales y tras dejar sus cosas en la casa acudieron a la carpa para hablar con nosotros. Padre, madre, tres niños revoltosos y una abuela encanecida que caminaba ayudada por un bastón nuevecito. Nos dieron las gracias y una de las pequeñas me cogió de la mano para ayudarla a traer de la casa unos regalos para todos. En todo ese tiempo nadie había entrado ya que cada uno tenía su propia caravana. Subimos las escaleras agarradas y llegamos a un pequeño distribuidor que daba paso a una cocina bastante vieja, justo al lado un pequeño salón y un dormitorio, había observado que el baño lo tenían en la parte de atrás separado de la casa. Me llevó hasta el dormitorio para coger un par de bolsas llenas, la ayudé con una y cuando cogí la otra vi un retrato colgado en la pared, lo volví a mirar y miré otros que había allí. Me concentré y ayudé a la niña con los regalos, todo era fiesta y diversión hasta que el autobús nos llevase de vuelta a nuestra rutina.

Antes de marcharme entablé conversación con la abuela, a pesar de las canas y arrugas aún lucía unos ojos bonitos y un habla dulce que le daba apariencia de hada. Nos acercamos hasta la pocilga donde ya estaban encerrados los cerdos, separados los grandes de los pequeños porque se los podían comer. Al aproximarnos al cercado interior la empujé y cayó dentro encima de barro, le costaba levantarse y vi en sus ojos el miedo, sangraba por una rodilla, no era nada, pero el olor atrajo a los cerdos mayores e intentaban morderla comenzando a gritar, con su propio bastón la golpeé en la cabeza y se desmayó, tiré el bastón en una esquina y me fui a la celebración.

La vuelta en autobús fue silenciosa debido al agotamiento general, pero en mi cabeza sonaba la cancioncilla de los tres cochinitos que aquella mujer me cantaba de niña, no se había muerto y subido al cielo, sino que se marchó, me abandonó formando otra familia lejos de mí, la familia a la que yo había ayudado durante dos semanas.

¿Soy un monstruo? Tal vez, pero ella tuvo la culpa.

 

 

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