Lista de espera - Marian Muñoz

                                        Hombre, Supermercado, Compras

 

 

A pesar de ir bien la empresa y pagarnos puntualmente resultaba tarea ardua llegar a fin de mes. El 2,5% de subida no compensaba el incremento de la electricidad, el agua, el móvil, la cesta de la compra o el alquiler. La solución la dio un compañero en la pausa del café: vivir en el extrarradio. Contaba que los alquileres son más baratos, la alimentación aún aguanta el tirón de subidas y el autobús si sacas un bono por diez viajes regalan dos, y si lo coges antes de las ocho o después de las diecinueve horas cuesta la mitad.

Tras mucho buscar encontré un apartamento coqueto a las afueras, sus grandes ventanales me permiten disfrutar de luz natural hasta última hora de la tarde además de tener tiendas de alimentación y supermercados aún con precios de antes de la guerra de Ucrania. Por fin tengo superávit que estoy ahorrando para irme unos días de vacaciones.

En el edificio de enfrente hay un local con productos frescos y envasados de buena calidad, un día al comprar y pasar por caja el empleado me cobra sólo cuatro artículos y pide que los pague. Me queda uno más, respondí. Insistió en que pagara los cuatro ya pasados, le volví a señalar que quedaba otro, pero al ver que su frente se perlaba de sudor y su cara se contraía, le pagué desconcertada. En cuanto cerró la caja escapó haciendo eses como una serpiente hacia la puerta que ponía Privado. Cuando regresó con otro semblante cobró mi pack de Estrella Galicia y con mi compra fui para casa.

Había olvidado el incidente y al abastecerme un viernes para el finde me pongo a la cola de caja, por cierto, bien larga, me asomo por un lateral y veo con sorpresa que el cajero sólo cobra de cuatro en cuatro artículos, cierra la caja y huye ondulante hacia la puerta de privado, vuelve a los cinco minutos cobrando otros cuatro artículos, haciendo siempre la misma maniobra. Pienso en voz alta “¿Qué le pasará a este hombre?” y la señora de delante se gira y me responde que anda mal de la próstata y en lista de espera para operarse. Salgo de la cola dejando los productos menos necesarios y quedándome solamente con cuatro, hay que ser solidarios.

De eso hace ya unos tres años, el cajero continúa instalado en esa rutina, me fijo en los clientes de la cola y apenas hay alguno que le sobre peso, incluso yo he tenido que arreglarme ropa porque pronto empezó a quedarme floja. Los bloques de edificios de este barrio fueron construidos a mediados del siglo pasado, ninguno tiene ascensor y el trajín de ir con la compra hasta casa y volver a por más productos nos hace subir y bajar escaleras continuamente manteniéndonos en forma, así que lo siento mucho por el cajero, pero ¡Viva la lista de espera!

 

 

 

                                                    Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.

Estrellas - Cristina Muñiz

                                       Constelaciones, Galaxia, Estrellas

 

 

Vio las estrellas resplandecientes de esa hermosa noche primaveral y pensó que ir a reunirse con ellas sería la única manera de deshacerse de la serpiente que le atenazaba la garganta.


 

 

 

                                                Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.

Fui estrella - Gloria Losada

                                           Mujer, Sentado, Luz De Sol, Sentar


Cuando era pequeña pasábamos los veranos con los abuelos. Vivían cerca del mar, en una casa muy grande, rodeada de hierba. A mí me gustaba, por las noches, echarme sobre esa hierba y mirar las estrellas. Yo quería ser una de ellas y contemplar el mundo desde tan arriba. Una de aquellas noches me mordió una serpiente venenosa. Estuve a punto de morir y lo que nadie sabe es que durante unos minutos, fui estrella. Luego me inyectaron el antídoto y volví al mundo real.

 

                                                   Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.

Interconexión - Dori Terán


                                      Serpiente Negra De Vientre Rojo


La serpiente se arrastraba con agilidad y presura sin perder por ello el movimiento acompasado y rítmico. Un halo de repugnancia se pintaba en la cara de Isabel. Los reptiles siempre le habían causado aversión en el sentimiento y un respigo en la piel. El polvo del suelo creaba en torno al alargado y sinuoso cuerpo del bicho una aureola brumosa propiciada por el incansable serpenteo. Isabel sin despegar los pies del suelo, elevó los ojos al cielo un instante para recuperar una visión más agradable y noble. La mirada ávida de la altura celestial fue interrumpida por un buitre de gran tamaño que en un escandaloso y vertical vuelo dejó de planear con sus alas para precipitarse decidido y veloz a estamparse contra el polvoriento suelo. El gesto desafiante, la mirada helada y segura y el pico entreabierto fueron la antesala de un ataque sin piedad sobre la elegante culebra y en una lid retadora y vencedora la fue engullendo de forma rápida y segura a pesar de las sacudidas y espasmos de la victima.

Isabel contempló la escena inmóvil y petrificada mientras en su pensamiento nacía la consciencia de la conexión eterna que existe y se ejerce entre todo lo creado y vivido.

Equilibrio sublime en la unicidad que somos. Allá en la bóveda nocturna una estrella asentía e iluminaba toda la escena con sus guiños mensajeros.

 

 

 

 

                                                  Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.

El pasado no acaba nunca - Marga Pérez

                                          Sütterlin, Escritura A Mano, Tipografía



La gente cree que me crié en una familia feliz. Hubo un tiempo en que yo también lo creía. Parecía feliz, éso si, lo admito. Era una familia acomodada que vivía en lo mejor de Madrid, en una casa fantástica con jardín y servicio doméstico . La posición familiar merecía todo tipo de comodidades. Mi padre era un militar de alta graduación y, por lo que supe más tarde, afín al régimen del generalísimo. Su cargo debía de ser de mucha responsabilidad porque muchos días me acostaba sin que él hubiese llegado. Siempre estaba reunido o de viaje . Mi madre tenía otras responsabilidades, según ella, sociales: El ropero de san Antonio, Cáritas, María de los sagrarios… y un largo etcétera que poco a poco dieron paso al club de tenis y al de golf. Allí compaginaba la práctica de ambos deportes con comidas, cócteles, fiestas y juegos de mesa. Siempre tenía algo que hacer pero nunca sabíamos el qué ni el dónde. Menos mal que estaba Paquita, la tata que ya fuera de mamá, que suplía con creces su ausencia. Era como la abuela que no tenía . Paqui, como yo la llamaba, era mi tabla de salvación. Siempre estaba cuando necesitaba oídos, abrazos, caricias, pasteles o un vaso de leche caliente cuando ya todos dormían. Pero no era mi madre. ¡Me sentía tan sola! Con seis años les pregunté que por qué no tenía hermanos, mis compañeras del colegio los tenían ¿por qué yo no? Entonces era muy pequeña para ver en sus ojos todo lo que ocultaban y que después, poco a poco, fui averiguando.

Necesité mucha terapia para entender que los dolores de barriga, el no querer ir al colegio, la timidez y el miedo a estar sola venían de lo mismo. Cuando empecé a devolver tras las comidas, y a adelgazar, Paqui se preocupó mucho y animó a mamá a que me llevase al médico. Si no fuera por ella igual ni se habría dado cuenta. Yo ya no podía con los huevos, como ella exclamaba. Era una expresión que sólo ella decía y con la que había recibido una bofetada de mi padre, la única, que yo recuerde. Quedé petrificada ante las miradas silenciosas de sus amigos. Sólo tenía ocho años y no entendía nada. Papá quería que tocase el piano ante la expectación de todos. ¡Qué vergüenza! No se me ocurrió mejor disculpa “es que no puedo con los huevos”… Aprendí que éso no podía decirlo en público, sólo con la tata. Ella y yo nos entendíamos. Aquel día no toqué el piano y me tuve que ir a la cama sin cenar. Antes de tener puesto el pijama Paqui ya me había subido un cola-cao con un bollo suizo. No pude reprimir las lágrimas. Entre sus brazos sé que me quedé dormida. Cuando desperté ya la tenía a mi lado contándome historias de cuando ella era pequeña. ¡Era genial! Cuánto la eché en falta cuando murió. No lo vi venir. Creí que era un catarro sin más, o que, como otras veces, no podía con los huevos y tenía que estar en la cama. Así, sin darle más importancia, se fue y me dejó sola. Pero sola, sola. Aquí ya vi que la familia empezaba a hacer aguas. Y a los dos años, cuando murió papá, comprobé que el boquete que había abierto la ausencia de Paqui, se agrandaba peligrosamente. El agua subía y subía… en el entierro me llamaron la atención tres mujeres. No las conocía. Lloraban con tanto desconsuelo como si mi padre fuese también algo de ellas. Me enteré que eran una madre y sus dos hijas. Una sería más o menos como yo y la otra bastante más pequeña. ¡Cómo lloraban, dios! Lo entendí enseguida cuando supe que también eran hijas de papá y, su madre, su amante. Creo que todos, menos yo, lo sabían. Tenía dos hermanas y nadie me había dicho nada. Empecé a ir al psicólogo. El agua ya llegaba al cuello. Me ahogaba… Creía que tenía una familia feliz y lo que iba descubriendo lo desmentía ¿Qué pasó? ¿Cuándo empezó todo a hundirse?

Saber que habíamos vivido una farsa no cambió para nada el ritmo social de mi madre. Yo ya era mayor de edad, y, si siendo menor no entraba en casa, ahora menos. Con veintidós años enfermé y los riñones se dañaron. Necesitaba un trasplante. Mamá estuvo conmigo en todo momento en el hospital. Creía que ella sería la donante, era mi madre. Se negó en redondo a hacerse las pruebas. Las excusas que daba eran incomprensibles para una hija que lo esperaba todo de ella. Acabó cantando de plano. No podía ser la donante porque no era mi madre biológica… Habría dado cualquier cosa porque Paqui estuviera conmigo cuando me lo dijo. El naufragio era ya inminente. El boquete se había agrandado tanto… la necesitaba para poner a salvo mi infancia, para agarrarme a algo inamovible, para no ahogarme…pero Paqui no estaba y me hundí.

Los problemas físicos se arreglaron bastante antes que los anímicos. Ingresé en un centro de salud mental. No sabía quien era. Estaba hundida y necesitaba salir a flote. Seis meses me llevó y sólo conseguía flotar. Encontrar a mi verdadera madre sería el camino para empezar a reconstruir mi vida. El psicólogo así lo creía y empecé la búsqueda.

Fueron años de investigación, puertas cerradas, silencios. Entre los papeles de papá encontré documentos que abrieron nuevos caminos… Ahora tengo cuarenta y ocho años y sólo sé que fui un bebé robado. El pasado es una caja de sorpresas. Sé que encontrar a mi verdadera madre es muy difícil. Estudié derecho y estoy implicada de lleno en una asociación de familiares que buscan a sus bebés … no puedo hacer otra cosa. Tuve que morir a la que había sido para reconstruirme. Hoy no tengo nada que ver con la que fui. Tampoco con mi madre. No tengo familia, sin embargo, no les guardo rencor, haber conocido a Paqui compensa con creces lo que hicieron. Tampoco me siento culpable. Noto con alegría que cada día los huevos me pesan menos. El futuro sigue abierto y hasta los caracoles acaban llegando, lo sé, me lo digo a menudo, hay tiempo.


 

                                               Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.

Reflexión primaveral - Pilar Murillo

                                         Hombre, Hierba, Acostado, Descansando


Tal vez no te lo creas pero yo voy en contra de las corrientes marinas, con gran esfuerzo. Me he salvado al naufragio de todas las calamidades de mi vida, cuando veo que me estoy ahogando a deudas, que me ahogo porque sentimentalmente no me quieren ni como amiga, me ahoga la soledad, pero soy una naufraga que ha llegado a una isla, a mi isla.

Soy tonta de lo buena que soy o soy buena de lo tonta que soy. Ninguna de las dos cosas. Yo lo que pienso es que cada uno tendrá su conciencia y en caso de que no, yo creo en el karma.

Naufragar en la vida no es hundirse, es estar viva, es tener una segunda oportunidad para no meter los mismos fallos. Si te quieres a ti misma sabrás querer a los demás ❤️ y quien no te quiera... Déjalo marchar.

 

 

                                                  Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.

Deshabitado en la Tierra - Esperanza Tirado

                                         Montañismo, Hombre, Rastro, Sendero

 




Nunca se me dio bien vivir en comunidad. Cosa extraña, viniendo de una familia numerosa, de esas de las de antes. De las que necesitabas sacar tres o más fotos para unirlas después como un desplegable para reconocer a todos sus miembros.

Quizá sea eso. Que en secreto añoraba una soledad y un silencio que nunca tuve. Rodeado de voces y cuerpos allí donde pusiera un pie. La ‘oveja callada’ me decían en la casa familiar. Me sentía fuera de sitio. Aunque entonces solo conociera ese. Apenas hablaba, por no llenar aún más el espacio diminuto que compartíamos con otra voz.

A veces hasta soñaba que las voces del día se juntaban de noche y caían sobre nosotros como una losa de piedra; para callarnos por siempre jamás.

Desde entonces voy buscando rincones tranquilos, como tablas de salvación de ruidosos naufragios sociales.

He vivido aquí y allá, en grandes ciudades, en pueblos de apenas veinte habitantes, en diversos países. La palabra, escrita y hablada, en distintos idiomas ha estado cerca de mí. Pero casi no me he molestado en aprender más allá de un ‘gracias’ o un ‘por favor’ en sus distintas variantes.

No he llegado a conectar con nadie de manera verdaderamente humana. Porque no quise… porque no supe... tal vez porque no me crucé con la persona correcta para mí. O yo no era el correcto para quien se cruzaba conmigo. He sido un deshabitante, más que un habitante de este mundo.

¿Quién sabe? Tal vez ese era mi destino. O lo que yo he ido buscado siempre.

Algún psicólogo diría que padezco el síndrome del náufrago en tierra, que se siente perdido y no sabe orientarse para pedir ayuda a sus iguales; y quizá por eso se mueve continuamente.

Pero es que yo no quiero ayuda. No estoy en peligro. Tal vez de extinción, cuando me muera. Pero eso no me preocupa. Al fin y al cabo es nuestro destino final. El de todos.

Que no me guste vivir con otros no quiere decir que sea un insolidario. Así que en algún momento de mi deambular me hice donante de sangre y de órganos, para casos de naufragios sanitarios, fueran leves o severos. También he ido soltando el lastre de mis libros en mis frecuentes viajes. Dejando historias de salvación o condena por los rincones más insospechados. Para quien necesitara algo más que unas monedas, un pitillo o un bocadillo grasiento.

Leer es una forma de curar el alma y el cuerpo. Si bien es cierto que hay que dar con la lectura correcta. Como debe pasar con las personas. Aunque como a mí no me ha ocurrido aún no puedo decir mucho más sobre este asunto.

Como dijo un gran poeta, mi equipaje, un macuto y unas botas, es lo que me lleva ligero por el mundo.

Para huir en caso de naufragio.

No soy una rata. Pero no me gusta quedarme en barcos, llenos de ruidos, voces o experiencias, en los que me veo como un intruso o no me siento cómodo.

Prefiero saltar y a veces nadar contracorriente. Hasta cambiar de rumbo o volver al punto de partida.

Allí, a mi primer lugar que deshabité. No diré hogar porque mi memoria es muy traicionera. A veces he vuelto por curiosidad, por inercia, porque no tenía otro rincón planeado en el mapa.

Aunque ya no queda nadie. Y los que están ni me recuerdan. Tanto he cambiado que a veces ni yo mismo recuerdo quien soy o por qué cargo con esta mochila incesantemente.

Cuando me detengo y permanezco demasiado tiempo sólo en un mismo lugar, me inquietan mis preguntas y mis dudas. Porque llenan el hueco que antes llenaban las voces de otros. Y me ahogo en mi inquietud de deshabitado, de desubicado.

A veces me siento un impostor o alguien maldito, condenado a moverse sin fin.

Nunca quise ser una copia de aquello que conocí, ya digo; porque necesitaba huir de esa falta de silencio.

Pero tanto caminar no me ha enseñado un modelo a seguir en el que ubicarme al fin. Estoy cansado.

Quizá debería detenerme en algún momento. Soltar la mochila. Liberarme. Sentirme ligero realmente. Conocer de verdad a alguien. Mirarle a la cara. Preguntarle cómo es vivir de ‘esa’ manera. Habitar de verdad. Y empezar a latir.

Sentirme humano dentro de este caos que me rodea. Y del que siempre he huido.

Sí. Debería probar. Nunca es tarde para que los náufragos echen el ancla a tierra y habiten en un rincón agradable.

Y escuchar a los demás.

Y escucharme de verdad. Con los oídos y con el corazón.



 

 

 

 

                                                    Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.