Menos lo que buscaba, todo lo encontré con los ojos cerrados - Marga Pérez

                                      Niña, Rostro, Ojos Cerrados, Media Cara

 

 

 

Quiero cerrar los ojos y al abrirlos quiero ver algo distinto. Tan solo quiero parpadear, microscópica posibilidad de un cambio, y hoy es el día. Me decido por la música. Reir a borbotones y llorar a carcajadas… Siento que el futuro se congela en el presente, hoy, en la mañana en que todo comenzó… Mejor la música que morir o no hacerlo. Parpadear . Cambiar... todo un privilegio.

¿Qué hay detrás de la oscuridad de los ojos cerrados?

Me zambullo en las olas del pasado. No me resisto. Sé que me van a dejar salir indemne, aunque me vapuleen. Cierro los ojos y llegan los recuerdos. Preparo el corazón para mirarlos desde ahí. Siento en él el calor de tus manos y la punta de tus besos… No quiero llenar mi corazón de palabras, ni mi cabeza, ni mi vientre… Palabras, palabras, palabras. ¿Sentimientos?

Dicen que hablando se entiende la gente. Mentira. Escuchando quizá sea posible. La vida no es un derecho y yo estaba equivocada… Ojalá papá estuviese aquí. Se hacía querer… Inhala, exhala… “ No te puedo llevar, quedo aquí al lado…” Un recuerdo que me emociona. Una chorrada y, así y todo ,lo guardo en el lugar de las que no quiero perder. Iba al Instituto, temprano, y, como todos los días, esperaba el bus. Un mini pasó por delante y frenó pasados unos metros. Una mujer se bajó y vino corriendo hasta mi para decirme que no me podía llevar, que se quedaba ahí al lado. Era la dueña de una tienda de mi barrio. Yo pasaba casi a diario por delante de su puerta. Siempre me saludaba cariñosa y sonriente. Adelaida se llamaba. Alguna vez había entrado en su tienda a hacer fotos de carnet pero muy de tarde en tarde. Me vio y me quiso llevar en su coche… Se hacía querer. ¿Derecho a vivir o privilegio de estar vivo…? Quizá estar vivo sea perseguir instantes que mueren. Instantes llenos de belleza tras un parpadeo que guardamos para recordar el privilegio que tuvimos de haberlos vivido.

¿Qué hay detrás de la oscuridad de los ojos cerrados?

Un espacio vacío entre un ya no y un todavía es posible. Humanidad. Dos cerebros que quieren entenderse. Un paquete dispuesto para ser abierto y hurgar en él. Un grito ahogado ante el precipicio. La bondad cansada. Latidos desbocados al cruzar meta. Dimes y diretes. La suavidad de tus besos. La fuerza de tus manos. El silencio . El cielo que nos envuelve. El miedo al fracaso. La música. La sonrisa. La paz.

¿Qué hay detrás de la oscuridad de los ojos cerrados?

Un yo que bulle. Miedo. Ilusión. Un ya sí pero todavía no. Un no huir de mí misma. Nuevos sueños . Cambios. Generosidad. Silencio. Buscar lo que no hay. Imaginación. Buen humor. Tus besos. Tus manos. El amor. Tu. Yo.

¿Qué hay detrás de la oscuridad de los ojos cerrados?

El infinito. Nada. Todo .

 

 

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Violeta - Gloria Losada

                                          Violeta bouquet Aislado en blanco - foto de stock

 

Ocurrió por primera vez cuando cumplió los cincuenta. Al abrir la puerta de la casa para ir a la compra, estaba allí, sobre el felpudo, un ramito de violetas, sus flores preferidas, como eran las de su madre, de hecho, a ellas debía su nombre. Recogió el pequeño manojo de flores e instintivamente se lo acercó a la nariz. Un dulce aroma envolvió su pituitaria y la hizo sonreír. Pero qué cosas tenía Fabián. En treinta años de casados y dos de novios jamás le había regalado nada y ahora, ya cuando la madurez asomaba a sus vidas, se le daba por aquellas bonitas tonterías.

Volvió sobre sus pasos y entró de nuevo en la casa para poner el ramo en un jarroncito con agua. Entonces se le ocurrió aquella idea peregrina ¿Y si no había sido Fabián? Quería mucho a su marido, siempre lo había querido, desde el primer día que lo vio en la fiesta del pueblo, con aquel porte de galán, alto y espigado, y aquellos ojos negros como el carbón que parecían escarbar en el alma. Se habían hecho novios pronto y a los dos años se casaron. Vivían bien. No habían tenido hijos, pero ni a uno ni a otro les había preocupado mucho, eran felices juntos. A pesar de que su marido era un hombre de pocas palabras, a veces huraño y desde luego nada detallista, ella sabía que la amaba. Y ella también lo quería, eso le bastaba para ser feliz, aunque, por qué no admitirlo, echaba de menos esos pequeños detalles que muchos maridos tenían con sus esposas. Para Fabián esas cosas no existían, por eso aquellas flores... ¿Y si no eran suyas? ¿Y si era algún admirador secreto? A lo mejor alguien la observaba todos los días y la quería en silencio. Aquella noche saldría de dudas. Pondría el jarroncito con las flores bien a la vista de su esposo para ver su reacción. Y así hizo. Y no hubo reacción. Fabián llegó del trabajo y se sentó a leer el periódico mientras ella hacía la cena, como siempre.

Pero no, nada era como siempre. Un día el marido de Violeta se dio cuenta de que su mujer estaba a punto de entrar en la cincuentena y de que siempre se había comportado con ella como un energúmeno, un tipo sin sentimientos que parecía compartir su vida con una criada en lugar de con una esposa. Había llegado la hora de hacer algo para verla feliz, pero feliz de verdad. Había llegado el momento de hacer que su sonrisa iluminara su rostro y sus ojos brillaran ilusionados. Y así fue. Comenzó por el ramito de violetas y continuó dejando notas en el buzón cargadas de poesía escrita de manera torpe y deshilachada. Y mientras Violeta se imaginaba al hombre que la colmaba de emociones, no sin cierta culpabilidad, su marido la observaba por el rabillo del ojo y era testigo mudo de una felicidad casi infantil que la hacía sonreír sin motivo.

Así pasaron los años, uno, dos, tres... y el 9 de noviembre en que Violeta cumplió los cincuenta y cuatro, al abrir la puerta de casa para salir a la compra, no estaba el ramito de flores sobre el felpudo, estaba Fabián sosteniéndolo.

¿Eras tú? –preguntó ella abriendo mucho los ojos.

¿Quién si no? –contestó él sonriendo de forma nueva y casi desconocida.

Y Violeta cogió el ramito de violetas y abrazó con fuerza a su marido, feliz de que fuera él su admirador secreto y no aquel hombre imaginario que tantas veces había dibujado en su mente y al que, indefectiblemente, si algún día aparecía y le pedía amor, tendría que decirle que su amor ya tenía dueño.

 

 

 

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Leyendas - Esperanza Tirado

                                            Espada dispuesta por diagonal - foto de stock

 


Recorro su cabecita con mis membranosas manos y se remueve entre sueños. Quizá él no sea como su padre, sé que odia las espadas. Yo también las odio. Debido a una yo no conocí a mi padre. Su padre lo mató y lo hicieron santo. O quizá fue por otra cosa. Esa parte oscura nunca se cuenta. Quisiera cumplir lo del ojo por ojo, pero mi madre no me educó para ser vengativa. Espero al lado de la cama, velando su sueño. Me gustaría que algún dia pudiÉramos ser amigos. Pero las leyendas son como son.

 

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Estrategias - Esperanza Tirado

                                          Las Manos, Amistad, Amigos, Niños, Niño

 

Al nuevo inquilino de la puerta de enfrente no le salen las cuentas. Siete días tiene la semana. Con la jornada laboral, se le reduce el tiempo. El finde pone todo su empeño. Por mucho que lo intenta, no cuela. Al menos conmigo. Él insiste, preparando la siguiente estrategia con la vecina que toque. Que si te pido sal a deshoras, que si me dejas un destornillador, que si te acompaño a bajar la basura. Aunque las inquilinas solteras del bloque somos duras de pelar. Y, cada vez que termina, agotado, con el turno del primero A al cuarto D, nosotras nos reunimos para preparar nuestro contraataque.

 

 

 

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Yo me apunto - Marian Muñoz


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La mañana era primaveral, el sol brillaba doblemente al penetrar por las vidrieras y hacer refulgir los detalles dorados del retablo. Ese mismo sol daba calidez al antiguo edificio, engalanado con flores para tan alegre ocasión. Los contrayentes y sus padrinos irradiaban felicidad a pie del altar mientras el oficiante leía los textos sagrados o hablaba amablemente a los feligreses reunidos para tan grato acontecimiento.

Carmina y Pedro eran dos novios talluditos, viudos con hijos y nietos quienes les acompañaban vistiendo sus mejores galas, además de otros familiares y amigos, junto con curiosos como yo que sólo les conozco de vista del vecindario. Me pueden llamar cotilla, pero me preocupo por los demás estando al tanto de sus idas y venidas, de sus trifulcas o momentos de mimos mostrados en público, no puedo evitar mirar y comentar con otras.

La Iglesia estaba repleta, no cabía un alma, también es cierto que es pequeña y enseguida se llena. La ceremonia discurría con normalidad, no me perdía gesto ni palabra de los novios al estar colocada en una esquina del altar. Llega el momento en que el sacerdote dice “Si alguien conoce algún impedimento por el que no se puedan casar, que hable ahora o calle para siempre”, no se oía un murmullo, estábamos expectantes. Pasado un rato volvió a repetir “Si alguien conoce algún impedimento por el que no se puedan casar, que hable ahora o calle para siempre” Sorprendiendo a los presentes, se miraban unos a otros indagando con la mirada. Al estar relativamente cerca y mirar al cura, noto que me hace un gesto animándome a hablar.

Pero que iba a decir yo si sólo los conozco de vista, no sé nada de sus vidas salvo los arrumacos callejeros o los paseos con familiares o amigos, no sé qué esperaba el clérigo de mí. ¡Claro! Rápidamente se me encendió la lucecita: seguro que la semana pasada les dio el cursillo prematrimonial y ayer les escuchó en confesión, posiblemente es conocedor de algún impedimento que no puede contar y quiere que le eche un cable. ¡Yo! Dije levantando la mano, acto seguido todos me miraron a la par que mis mejillas y mi cuerpo ardían por la vergüenza.

Advertí un gesto de alivio en el sacerdote quien con un gesto de su mano me animaba a hablar. ¿Y qué puedo decir yo si no los conozco? ¡Ah ya sé! “Ellos saben de sobra el motivo”. Un murmullo crecía entre los asistentes, el oficiante con sus manos pedía respeto al lugar sagrado en el que nos encontrábamos, gesto que aprovechó Carmina para decir “Bueno, no soy viuda, pero hace más de 17 años que mi marido se fue a comprar tabaco y no volvió, ¡tengo derecho a ser feliz!” Las voces se elevaron y el murmullo creció, algunos asistentes abandonaron la iglesia, pero los más curiosos nos quedamos.

Nuevamente el sacerdote conminaba a calmar al personal, gesto aprovechado por Pedro para decir “la verdad es que aún soy pareja de hecho de Miguel, hace año y medio que nos separamos, pero no he tenido tiempo ni ocasión de acercarme al Ayuntamiento para anularlo”. Aquello era el no va más, ya nadie me miraba, los cuchicheos llegaron a nivel de conversación de taberna y los ánimos se caldearon. Nuevamente el oficiante con sus manos hizo el gesto de bajar el volumen a la par que decía “Lo siento, pero hace dos días que me suspendieron de mis funciones, nunca he oficiado una boda y me hacía ilusión, aunque luego no tuviera efectos legales”.

Ahora sí que el follón era tremendo, familiares y amigos indignados y alterados por la farsa. Gradualmente la calma se recuperó ante los gestos, esta vez del supuesto novio, para acallar al personal. “El matrimonio podrá no ser legal, los regalos no los vamos a devolver porque tras esta no ceremonia nos iremos a disfrutar de un banquete real y legal, ¡prosiga padre!”. Los ánimos se sosegaron, la no ceremonia continuó como si no hubiera pasado nada y por fin el sacerdote dijo “Yo os declaro no marido y no mujer, puedes besar a tu novia”.

Aplausos, risas, felicitaciones y los novios salieron de la iglesia cogidos de la mano mientras sonaba la marcha nupcial. En la calle tiraron confeti, pétalos de flores y algún despistado, arroz, dirigiéndose posteriormente en procesión al restaurante dos calles más abajo. Yo les acompañé, pues, aunque no estaba invitada, alguno que sí lo estaba hizo mutis por el foro ante el primer contratiempo. Me apunté a la comilona, que oye fue opípara, creo que desde hoy voy a hacerme profesional de las no bodas.

 

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Intermitentes - Esperanza Tirado

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Entre el tanatorio y la oficina de objetos perdidos, entre el Cielo y el Infierno, entre rosas y espinas, entre el amor y el miedo, entre la espada y la pared. Así estamos, sin remedio ni solución. Tú escondiéndote de mí en cualquier rincón. Y yo, las manos siempre arma en ristre, buscándote. Hasta que te encuentro. Y bajo mis manos ante tus lágrimas. Somos inseparables, intermitentes. Como la muerte sigue a la vida.

 

 

 

 

 

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Clientas no - Marian Muñoz


                                        Intervenciones más frecuentes que realizan los fontaneros – Alerta Digital

 

 

 

Reconozco que de chaval fui bastante trasto, no era sólo culpa mía sino de la pandilla en la que navegaba, comandada por Pipo quien jamás tenía idea buena. El Instituto sufrió nuestras peores gamberradas sobretodo su directora, la llamábamos Martina Cuchufleta, no nos daba clase tan sólo vigilaba recreos, estudios o la biblioteca, aun así, fue el objeto de nuestras peores burlas. No estoy orgulloso de aquello, en más de una ocasión fui castigado doblemente pues al llegar a casa me caían buenos palos. Nunca conseguí averiguar la fijación que tenía Pipo por ella, una mujer joven de estatura mediana pero su físico redondo la hacía parecer más pequeña, llevaba gafas con cristales gordos de esas que llamábamos de culo de botella y su melena corta era rala.

Pintadas en el despacho, en las sillas o pegamento para que al sentarse se manchara, pincharle las ruedas de la moto en la que se desplazaba, menos mal que de aquella no teníamos móviles ni internet sino hubiera sido la hecatombe. Dos años antes de acabar el Instituto despareció, no supimos más de ella y su sustituta fue la Caimana, resultando distinta por lo estricta que era, nos tenía tan vigilados que no había opción a armarla, si durante la jornada no teníamos educación física nos ponía en el recreo a correr o juegos de balón por equipos. Al recordarlo creo que lo hacía para agotarnos y quitar energías de discurrir gamberradas, en el fondo era lista la tía.

Mientras unos nos fuimos cumplidos los dieciséis otros aguantaron hasta los dieciocho, éramos del mismo barrio, pero el trato se fue perdiendo y sólo nos saludamos por educación, es lo que tiene hacerse mayor, supongo. Mi padre no me dio opción y en cuanto recibí las notas con todo aprobado ni siquiera me permitió unos días de relax, me cogió por banda y me llevó de aprendiz a su empresa de fontanería, al principio con él para aprender el oficio y tenerme bien atado, luego con oficiales de confianza hasta que año y medio después me dejó acudir sólo a las averías. Vestido con mi mono de trabajo con el logo de la empresa y mi caja de herramientas voy por domicilios, negocios, garajes o donde haga falta cambiando tuberías o poniendo parches.

Agacharme o tirarme por el suelo localizando fugas o llaves para cortar el suministro es algo cotidiano, todas las mañanas luzco mono limpio que dura hasta la tercera casa, después estoy tan manchado que al cabo del día parezco haber salido de un cubo de basura, es lo que hay, no en todas las familias la limpieza o el orden se entiende por igual. Mi tarea es arreglar la avería por la que nos han llamado, ser educado y amable con quien me reciba y cobrarles la tarifa estipulada bien en metálico bien por tarjeta. Una vez hecho eso mi salida de las casas no es siempre igual, en algunas me ofrecen un café o un refresco que acepto si aún tengo margen para el siguiente aviso, en otras ocasiones las mujeres se insinúan y según como ande de tiempo o estén de apetitosas les hago un bonus y todos tan contentos. Creo que el mono me queda un poco ajustado y no sólo marca paquete sino también mis músculos juveniles aún en forma, aparte que mi cara risueña y amable suele resultar atractiva.

En cierta ocasión la llamada fue en casa de un anciano, había que cambiar el grifo del fregadero, tarea sencilla, al ponerme en faena apareció su hija metiéndole prisa para ir a la consulta médica y quedarse ella vigilando mi trabajo. La mujer estaba de toma pan y moja, rondaba la cuarentena, su cuerpo musculado mostraba actividad en el gimnasio, sus facciones agradables las completaban unos ojos almendrados muy risueños y su cabello rubio y abundante la daban un plus de atractivo. Terminé mi tarea enseguida, cobré lo estipulado y con un “buenos días” seco nos despedimos. No tengo novia, tampoco soy un libertino, respeto al sexo opuesto y comprendo las necesidades humanas mejor que algunos.

Unos días más tarde acudo a un aviso, era el domicilio de la susodicha hija del anciano, tras informarme de la avería me cuenta haber quedado contenta con mi trabajo en casa de su padre, confiando en el mismo resultado. No fue tarea sencilla, tuve que realizar algunas llamadas logrando solucionarlo. Tras cobrarle me estaba despidiendo, va y me pregunta si tengo tiempo para un café. La mujer estaba cañón y cómo iba a decirle que no, el caso es que al servirme la taza el acercamiento fue tan estrecho que mi miembro se notó por demás, ella que lo ve empieza un contoneo sexy que no puedo aguantar, me quito el mono, debajo suelo ir en ropa interior, estábamos ya en una situación efervescente, cuando me baja el calzoncillo y empieza a reírse.

Menudo flash, no sabía si seguir con la faena o vestirme y salir por pies, ante mi sorpresa continúa riéndose mientras me dice que nunca la había visto tan pequeña. ¿Pequeña? Nunca he pensado estar bien dotado pero pequeña jamás. Como no paraba de reírse mi lívido desaparece y entonces sí que se hizo pequeña, me visto apresuradamente, cojo nervioso mi equipo y corro hacia la entrada mientras oigo sus risas. Al abrir la puerta en el mueble del hall veo una foto de graduación de una joven redonda, con gafas cuello de botella y pelo ralo, comprendí perfectamente la jugada, nunca más intenté enrollarme con una clienta, por si acaso.



 

 

 

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