Costó convencerles de mi inocencia, ni siquiera mis logros o investigaciones cerradas con éxito sirvieron de indulgencia hacia mi pasado, un pasado ignorante pero cómplice, según decían. Hubo momentos en los que pensé que hubiera sido mejor callarme y haberme forrado con los contactos extraoficiales, pero no, el cuajo no me daba para ello e hice lo que en justicia debía hacer.
El destino me llevó a un puesto
no buscado, aunque luego terminó por gustarme.
Mi vocación ser policía, eso de investigar molaba y atrapar a los malos
era un subidón importante. En el colegio
primero y luego en el instituto preparé mi condición física:
carrera, salto de vallas, lanzamiento de martillo, además de las artes
marciales en actividades extraescolares.
Era mi sueño, un sueño secreto que no conté al estar convencido que mis
abuelos, quienes me criaron, no aprobarían.
Mi madre falleció siendo yo un
bebé y mi padre, un amor de verano, no sabían nada de él. El abuelo atendía un quiosco de periódicos y
golosinas, muy popular en el barrio y a quien todos contaban sus problemas al
tener todo el tiempo del mundo para escuchar.
La abuela se dedicó a criarme y cuidarnos a los dos, era su orgullo,
según me repetía una y otra vez. Buen
estudiante y deportista, no hacía gamberradas ni bebía o fumaba. Mi plan estuvo trazado desde muy pronto y
esos vicios no entraban en mi vida, al contrario, podrían fastidiar mi futuro
soñado.
Con sacrificios me dieron una
buena educación, unos estudios apropiados para conseguir un buen trabajo, pero
llegando a la universidad y decir que deseaba estudiar filología germánica se
llevaron un buen susto. Les expliqué mis
facilidades para los idiomas y al manejar el inglés y francés en el instituto,
quería ampliar mis conocimientos con otro más.
Mi meta ser policía de la interpol, pero no lo podía contar, se hubieran
llevado un disgusto.
Nuestra casa era vieja, una
vez al año pintábamos la pared de un dormitorio o salón y ya estaba, muebles
viejos, suelos viejos, ventanas de madera con carcoma por las que entraba mucho
frío en invierno, todo en ella era viejo excepto yo, lo más nuevo que había en
ella. Colchas de ganchillo tejidas por
la abuela, cortinas con flores chillonas estampadas, sillas que cojeaban o
electrodomésticos que fallaban cada dos por tres. Pero lo que abundaba en casa eran los
cuadros, muchos y diversos, con marcos gruesos y tallados con aspecto de muy
viejos, serían bonitos si en ellos hubiera lienzos, pero no, lo que había eran
imágenes de calendarios, diferentes tamaños, diferentes paisajes y diferentes
estilos, pero al fin y al cabo calendarios, los cuales a primeros de año se
cambiaban actualizando la decoración.
Tenían más valor los marcos que su contenido.
Me avergonzaba la poca modernidad
que me rodeaba, no invitando a ningún amigo a visitarme, ni siquiera venir a
buscarme, era yo quien salía primero. El que me avergonzase no implicaba que lo
hiciera de ellos, para nada, nos queríamos mucho y nos llevábamos bien, a pesar
de mis sueños ocultos.
Antes de terminar el último
curso en la facultad comencé a preparar los exámenes para el cuerpo, aunque compartíamos
el mismo techo llevaba una vida bastante independiente, siendo permisivos con
mis entradas y salidas. Dos días antes
de la graduación salieron las oposiciones y presenté la instancia. Las fotos, la orla, la despedida de los
compañeros de estudio, fue un vendaval de emociones y satisfacciones, pero al
presentarme al examen y aprobarlo, fue tarea difícil de explicar. A pesar de nuestro cariño inmenso, surgió una
barrera entre nosotros, intuí que no era tanto el disgusto del secretismo sino
que había algo más por debajo de ese enfado que prefería no descubrir porque
quizás sería doloroso.
La instrucción fue dura lejos
de casa, debía madurar o rendirme, estaba preparado para lograr mi sueño,
aunque no fuera fácil, con mucho esfuerzo lo conseguí. Al principio una ciudad ruidosa llena de
delincuentes nocturnos, en cuanto pude optar a otra plaza me trasladé a una
provincia tranquila donde poder seguir preparándome para ser investigador.
Mientras trabajaba y estudiaba iba de vez en cuando a visitarles, ya se les
notaba la edad. Ofrecí pagarles una
persona para que los atendiese, pero se negaban a tener un extraño en casa, me apenaba
ver su deterioro físico y su cambio de conducta. Un día el abuelo se cayó y la abuela no pudo
con él. Los servicios sociales
decidieron ingresarlos en una residencia de la que me hice cargo, porque no
quería meterlos en una cualquiera.
Nuestro hogar se quedaba vacío, la venta iba a ser su destino, costó
tres años decidirme.
Mientras tanto me trasladaron a
la Brigada de Patrimonio Histórico, mi dominio de idiomas resultaba útil
tratando con organismos internacionales o delincuentes extranjeros, me
especialicé en obras de arte pictóricas gracias a tener buenos maestros entre
mis jefes además de asistir a cursos o conferencias, me gustó el tema y lo cogí
con ganas. Sin darme cuenta comparaba
los marcos de las obras robadas con los que había por casa, algunos similares
otros mejores y antes de desprenderme del piso decidí quedármelos, no sé qué
podría colocar en su interior, pero imágenes de calendarios no, eso lo tenía
claro.
Pensaba que un mes de
vacaciones iba a ser suficiente para desmantelar mi casa, bueno la de los
abuelos, alquilé un trastero y llevé todo aquello que quería conservar o
revisar con calma, los cuadros también, pesaban más de lo que parecían, eran
macizos, no entendía como el abuelo podía sujetarlos cada año al cambiar su
decoración. Vendí el piso y el dinero lo destiné a pagar la residencia de
ambos, luego sólo de la abuela y al cabo de cinco años también murió. Me quedé sólo en el mundo. Me había hecho policía para buscar a mi padre
y mis pesquisas aún no habían dado sus frutos, me sentía frustrado y no cejaba
en el empeño. Durante una operación de
tráfico de obras robadas tuve un accidente, un maleante me disparó en un pie,
resultando una baja de tres meses hasta que la herida curara.
Decidí emplear el parón en
revisar el trastero y tirar todo lo viejo inservible, el sentimentalismo lo
había dejado de lado siendo más práctico que otra cosa. Pasé semanas mirando papeles, fotos viejas y
objetos de poco valor que a la vista de mi experiencia actual dejaron de ser
viejos para ser antiguos. Algo no
cuadraba en todo aquello, lógicamente no podía acceder a la red informática del
ministerio, pero sabía dónde buscar en internet, llevándome el mayor susto de
mi vida. Jarrones, copas de porcelana,
fruteros o imágenes religiosas eran valiosas, tan mosqueado estaba que empecé a
quitar los calendarios de los cuadros, bajo ellos había lienzos auténticos,
obras de arte de artistas de renombre.
El agobio me impidió seguir con la labor, cogí un paquete de documentos
y me los llevé a casa. Cuanto más leía
más me daba cuenta que todo lo guardado en el trastero era un botín, un botín
robado en la Alemania nazi. No conseguía
descifrar cual era el papel de mis abuelos en el asunto, hasta que vi cartillas
de racionamiento y pasaportes a nombre de una pareja alemana cuyas fotos eran
las de ellos.
El querer estudiar alemán
debió ser un shock, acabarían entendiendo que lo llevaba en los genes. El hacerme policía otro varapalo, menos mal
que nunca se enteraron de mi labor recuperando obras de arte robadas, del susto
les habría dado un síncope. Mientras
continuaba de baja seguí investigando por mi cuenta y al reincorporarme, fui directo
a mi superior, le entregué un dossier con fotos y documentos hallados en el
trastero y me aparté de la investigación.
Encontraron a varios de los descendientes de sus propietarios, preferí
no saber el valor de todo aquello, aunque necesitaba conocer el papel de mis
abuelos en aquel saqueo, eran buenas personas y dudaba de su conocimiento sobre
lo que guardaban en casa.
La investigación fue dura, muy
dura, tuve que enfrentarme a quienes creían en mi complicidad algo que siempre
negué, por suerte el resultado fue benévolo y por parte de la diáspora judía me
condecoraron al haber devuelto parte del expolio nazi, honor que decliné al no
creerme merecedor, sólo cumplía con mi trabajo y aunque fueran objetos cotidianos
de mi familia, saber que eran robados me entristecía grandemente.
Sigo en mi puesto de trabajo,
ayudo a encontrar obras de arte robadas o desaparecidas, mientras tanto y en
secreto investigo la vida de mis abuelos, de mi madre y cómo no, la de mi
supuesto padre cuyo motivo me llevó a ser policía.

Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.
No hay comentarios:
Publicar un comentario