Calendarios - Marian Muñoz



Costó convencerles de mi inocencia, ni siquiera mis logros o investigaciones cerradas con éxito sirvieron de indulgencia hacia mi pasado, un pasado ignorante pero cómplice, según decían.  Hubo momentos en los que pensé que hubiera sido mejor callarme y haberme forrado con los contactos extraoficiales, pero no, el cuajo no me daba para ello e hice lo que en justicia debía hacer.

El destino me llevó a un puesto no buscado, aunque luego terminó por gustarme.  Mi vocación ser policía, eso de investigar molaba y atrapar a los malos era un subidón importante.  En el colegio primero y luego en el instituto preparé mi condición física: carrera, salto de vallas, lanzamiento de martillo, además de las artes marciales en actividades extraescolares.  Era mi sueño, un sueño secreto que no conté al estar convencido que mis abuelos, quienes me criaron, no aprobarían. 

Mi madre falleció siendo yo un bebé y mi padre, un amor de verano, no sabían nada de él.  El abuelo atendía un quiosco de periódicos y golosinas, muy popular en el barrio y a quien todos contaban sus problemas al tener todo el tiempo del mundo para escuchar.  La abuela se dedicó a criarme y cuidarnos a los dos, era su orgullo, según me repetía una y otra vez.  Buen estudiante y deportista, no hacía gamberradas ni bebía o fumaba.  Mi plan estuvo trazado desde muy pronto y esos vicios no entraban en mi vida, al contrario, podrían fastidiar mi futuro soñado.

Con sacrificios me dieron una buena educación, unos estudios apropiados para conseguir un buen trabajo, pero llegando a la universidad y decir que deseaba estudiar filología germánica se llevaron un buen susto.  Les expliqué mis facilidades para los idiomas y al manejar el inglés y francés en el instituto, quería ampliar mis conocimientos con otro más.  Mi meta ser policía de la interpol, pero no lo podía contar, se hubieran llevado un disgusto.

Nuestra casa era vieja, una vez al año pintábamos la pared de un dormitorio o salón y ya estaba, muebles viejos, suelos viejos, ventanas de madera con carcoma por las que entraba mucho frío en invierno, todo en ella era viejo excepto yo, lo más nuevo que había en ella.  Colchas de ganchillo tejidas por la abuela, cortinas con flores chillonas estampadas, sillas que cojeaban o electrodomésticos que fallaban cada dos por tres.  Pero lo que abundaba en casa eran los cuadros, muchos y diversos, con marcos gruesos y tallados con aspecto de muy viejos, serían bonitos si en ellos hubiera lienzos, pero no, lo que había eran imágenes de calendarios, diferentes tamaños, diferentes paisajes y diferentes estilos, pero al fin y al cabo calendarios, los cuales a primeros de año se cambiaban actualizando la decoración.  Tenían más valor los marcos que su contenido.

Me avergonzaba la poca modernidad que me rodeaba, no invitando a ningún amigo a visitarme, ni siquiera venir a buscarme, era yo quien salía primero. El que me avergonzase no implicaba que lo hiciera de ellos, para nada, nos queríamos mucho y nos llevábamos bien, a pesar de mis sueños ocultos.

Antes de terminar el último curso en la facultad comencé a preparar los exámenes para el cuerpo, aunque compartíamos el mismo techo llevaba una vida bastante independiente, siendo permisivos con mis entradas y salidas.  Dos días antes de la graduación salieron las oposiciones y presenté la instancia.  Las fotos, la orla, la despedida de los compañeros de estudio, fue un vendaval de emociones y satisfacciones, pero al presentarme al examen y aprobarlo, fue tarea difícil de explicar.  A pesar de nuestro cariño inmenso, surgió una barrera entre nosotros, intuí que no era tanto el disgusto del secretismo sino que había algo más por debajo de ese enfado que prefería no descubrir porque quizás sería doloroso.

La instrucción fue dura lejos de casa, debía madurar o rendirme, estaba preparado para lograr mi sueño, aunque no fuera fácil, con mucho esfuerzo lo conseguí.  Al principio una ciudad ruidosa llena de delincuentes nocturnos, en cuanto pude optar a otra plaza me trasladé a una provincia tranquila donde poder seguir preparándome para ser investigador. Mientras trabajaba y estudiaba iba de vez en cuando a visitarles, ya se les notaba la edad.  Ofrecí pagarles una persona para que los atendiese, pero se negaban a tener un extraño en casa, me apenaba ver su deterioro físico y su cambio de conducta.  Un día el abuelo se cayó y la abuela no pudo con él.  Los servicios sociales decidieron ingresarlos en una residencia de la que me hice cargo, porque no quería meterlos en una cualquiera.  Nuestro hogar se quedaba vacío, la venta iba a ser su destino, costó tres años decidirme.

Mientras tanto me trasladaron a la Brigada de Patrimonio Histórico, mi dominio de idiomas resultaba útil tratando con organismos internacionales o delincuentes extranjeros, me especialicé en obras de arte pictóricas gracias a tener buenos maestros entre mis jefes además de asistir a cursos o conferencias, me gustó el tema y lo cogí con ganas.  Sin darme cuenta comparaba los marcos de las obras robadas con los que había por casa, algunos similares otros mejores y antes de desprenderme del piso decidí quedármelos, no sé qué podría colocar en su interior, pero imágenes de calendarios no, eso lo tenía claro.

Pensaba que un mes de vacaciones iba a ser suficiente para desmantelar mi casa, bueno la de los abuelos, alquilé un trastero y llevé todo aquello que quería conservar o revisar con calma, los cuadros también, pesaban más de lo que parecían, eran macizos, no entendía como el abuelo podía sujetarlos cada año al cambiar su decoración. Vendí el piso y el dinero lo destiné a pagar la residencia de ambos, luego sólo de la abuela y al cabo de cinco años también murió.  Me quedé sólo en el mundo.  Me había hecho policía para buscar a mi padre y mis pesquisas aún no habían dado sus frutos, me sentía frustrado y no cejaba en el empeño.  Durante una operación de tráfico de obras robadas tuve un accidente, un maleante me disparó en un pie, resultando una baja de tres meses hasta que la herida curara.

Decidí emplear el parón en revisar el trastero y tirar todo lo viejo inservible, el sentimentalismo lo había dejado de lado siendo más práctico que otra cosa.  Pasé semanas mirando papeles, fotos viejas y objetos de poco valor que a la vista de mi experiencia actual dejaron de ser viejos para ser antiguos.  Algo no cuadraba en todo aquello, lógicamente no podía acceder a la red informática del ministerio, pero sabía dónde buscar en internet, llevándome el mayor susto de mi vida.  Jarrones, copas de porcelana, fruteros o imágenes religiosas eran valiosas, tan mosqueado estaba que empecé a quitar los calendarios de los cuadros, bajo ellos había lienzos auténticos, obras de arte de artistas de renombre.  El agobio me impidió seguir con la labor, cogí un paquete de documentos y me los llevé a casa.  Cuanto más leía más me daba cuenta que todo lo guardado en el trastero era un botín, un botín robado en la Alemania nazi.  No conseguía descifrar cual era el papel de mis abuelos en el asunto, hasta que vi cartillas de racionamiento y pasaportes a nombre de una pareja alemana cuyas fotos eran las de ellos. 

El querer estudiar alemán debió ser un shock, acabarían entendiendo que lo llevaba en los genes.  El hacerme policía otro varapalo, menos mal que nunca se enteraron de mi labor recuperando obras de arte robadas, del susto les habría dado un síncope.  Mientras continuaba de baja seguí investigando por mi cuenta y al reincorporarme, fui directo a mi superior, le entregué un dossier con fotos y documentos hallados en el trastero y me aparté de la investigación.  Encontraron a varios de los descendientes de sus propietarios, preferí no saber el valor de todo aquello, aunque necesitaba conocer el papel de mis abuelos en aquel saqueo, eran buenas personas y dudaba de su conocimiento sobre lo que guardaban en casa.

La investigación fue dura, muy dura, tuve que enfrentarme a quienes creían en mi complicidad algo que siempre negué, por suerte el resultado fue benévolo y por parte de la diáspora judía me condecoraron al haber devuelto parte del expolio nazi, honor que decliné al no creerme merecedor, sólo cumplía con mi trabajo y aunque fueran objetos cotidianos de mi familia, saber que eran robados me entristecía grandemente.

Sigo en mi puesto de trabajo, ayudo a encontrar obras de arte robadas o desaparecidas, mientras tanto y en secreto investigo la vida de mis abuelos, de mi madre y cómo no, la de mi supuesto padre cuyo motivo me llevó a ser policía.





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