Decisión drástica - Marian Muñoz




Primero me enfadé mucho con él, luego llegó una tristeza inmensa para después sentirme tan culpable que no era capaz de perdonarme.  No estaba preparada para algo así, costándome asimilarlo, de ahí mis diferentes estados de ánimo, mi alma y mi mente eran un revoltijo hasta que tomé una decisión, no compartida ni comprendida pero no había vuelta atrás.

Se murió, de repente, un día como otro cualquiera, estábamos en casa cada uno por su lado, él tumbado frente al televisor yo atareada ordenando, limpiando y recogiendo, para variar. 

Mira que se lo dije muchas veces, muévete algo, sal a la calle, deja de comer porquerías de bolsa, cuídate que ya estamos mayores.  Nada, no sólo no me hizo caso, sino que enfadado protestaba, ejercitaba eso de “un buen ataque es mejor que una defensa” y así le fue. 

Sus análisis siempre eran mejores que los míos, no tenía dolores de reuma como yo ni dolores de cabeza por una mala digestión, se creía eterno hasta que se murió sin enterarse, de un infarto.

Me había acostado como siempre y él continuaba en el salón, tumbado con la televisión puesta.  Me desperté a las doce y seguía igual.  Me dormí otro rato y al comprobar que no estaba en la cama me levanté para despertarle.  Estaba dormido con la pantalla encendida y el móvil en la mano.  Sólo que no estaba dormido sino muerto, al tocarle estaba frío, con lo caluroso que fue siempre, reñíamos por las mantas, qué tontería me parece ahora.

Rápidamente llamé a emergencias e intenté reanimarle, cuando llegaron en tromba no pudieron hacer nada, según el informe de la autopsia llevaba cuatro horas muerto, y yo durmiendo apaciblemente en la habitación de al lado.

En el tanatorio refugiándome en la pequeña capilla no quise ver a nadie.  Se había marchado y me dejaba sola, sin avisar, mira que se lo dije muchísimas veces, pero ni él ni yo éramos conscientes de su final.  Estaba muy enfadada, no se lo perdonaba.

El primer mes los chicos llamaban a diario, sus vidas andaban algo lejos y querían hacerme sentir su cercanía.  Se turnaban y me contaban sus cosas intentando indagar como me encontraba.  Aturdida y sola, muy sola, aún no se lo perdonaba, luego el enfado mutó en tristeza.  Las amigas me animaban a acompañarlas un rato, pero el verlas con sus maridos me entraba una congoja irrefrenable, regresando a casa a la carrera, el cielo me pesaba más que nunca.

De la tristeza surgió la culpa, evidentemente no le cuidaba, él en el salón muerto y yo gruñendo porque aún seguía viendo los deportes.  Si me hubiera levantado e intentado despertarle quizás hubieran llegado a tiempo los sanitarios, pero no, se había convertido en un incordio y mi egoísmo le mató, estaba convencida que se murió por mi culpa, por mi ausencia.

En el día a día encontré momentos de pensar, de cavilar cual iba a ser mi futuro, qué hacer con mi vida.  Una idea empezó a instalarse en mi mente.  Los chicos tenían sus familias, mis amigas también y yo debía encontrar algo que hacer, el voluntariado estaba bien, pero al final del día seguía tan sola como siempre, no, yo quería compañía además de ser útil y tomé una decisión drástica.

Empecé a vender los enseres de mi hogar por internet: jarrones, figuras de porcelana, platos decorativos e incluso los disfraces de carnaval con los que tanto me había divertido. Iba a vaciar mi casa, venderla y repartir el dinero entre mis nietos cuando fuesen mayores de edad.  Estaba decidida, había encontrado un convento de monjas de clausura en un paraje de climatología benigna, no quería agravar mi reuma, sería la solución perfecta, estaría acompañada además de ayudar, me cuidarían cuando fuese mayor y cuidaría de las mayores.  Las monjas suelen ser generosas y muy cariñosas entre sí, era consciente que las condiciones de vida no son como en casa, me aclimataría y sería feliz además de expiar mi culpa por la muerte de mi marido.

Lo difícil fue el cabo de año, familia y amigos acudieron a la iglesia, pero al pasar por casa y ver el piso prácticamente vacío, pensaron que me había vuelto loca, convencerles que mi decisión era la mejor me costó, se ofrecían a cuidarme, a alojarme en sus casas atendiendo a los nietos, a buscarme un piso cerca de ellos, de todo me ofrecieron, pero con mucho dolor lo rechacé, seguir cada uno su camino era lo más acertado, podrían visitarme una vez al mes y mantendríamos el contacto.  Obvié contarles lo culpable que me sentía por la muerte de su padre y la clausura redimiría mi calvario.

Estoy feliz, todas son muy amables, el trabajo no es tan duro como aguantar a un jefe o correr en pos de un autobús, lo único que echo en falta es un colchón más cómodo, mis huesos ya empiezan a estar viejos y aunque el trote diario los mantiene en forma, también los va desgastando, sé que fue una decisión drástica, pero de momento no me arrepiento.




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