Nacidos para el arte - Marga Pérez

                                             


   

 


Encontré hace tiempo en el buzón una publicidad que me descolocó por lo directo del mensaje. Me dejó rumiando el resto del día. Iba dirigida a mi. Sabía de mi algo que hacía tiempo que tenía olvidado:


NACISTE ARTISTA ¿TE ATREVES A SERLO?

LLÁMAME, PRIMERA CLASE GRATUITA


Y un teléfono… nada más.

Siempre quise pintar pero en casa nunca hubo interés por el arte. Papá decía que éso del arte era cosa de maricas superfluo melifluo . Lo decía así todo seguido y lo repetía así, todo seguido, cada vez que algo le parecía que no era propio de hombres. Para mi padre había muchas cosas propias de maricas superfluas melifluas…

Como entonces los hombres, según mi padre, tenían que dedicarse a cosas de hombres, seguí sus pasos y aprendí el oficio de zapatero . Estuve diecisiete años poniendo suelas y tapas sin acordarme para nada de la pintura pero, se conoce que lo tenía dentro porque esa publicidad me recordó lo que siempre supe : quería pintar. Me lo recordó con tanta intensidad que después de rumiarlo un par de días decidí que iba a llamar.

-Un viaje largo comienza con un pequeño paso, me dije. Lo di . Llamé.

Era una Academia que acababa de abrir en el barrio. Estaban dispuestos a dar clase de aquella disciplina artística en la que cada uno estuviese interesado: dibujo, pintura, escultura, música, baile, instrumentos, canto, bolillos, patchwork, orfebrería, cocina… lo que fuera. Si no lo tenían programado lo iban a programar. Dicen que la necesidad crea el órgano. En esta academia la necesidad crearía la clase.

Mi barrio era un barrio dormitorio, triste y anodino, lleno de cemento y poco árbol. Había tres bares, un supermercado, farmacia, cuatro tiendas, colegio, centro de salud, hogar del jubilado... y poco más. Entre ellos yo, el zapatero. Era un barrio de trabajadores, no un barrio de artistas. O al menos éso era lo que yo creía…

El primer día que fui a la Academia de arte quedé asombrado de la cantidad de gente que había, no penséis que todos eran niños, adolescentes… No. Había muchos como yo, adultos convencidos de que aún no era demasiado tarde.

El primer curso se me pasó en un santiamén. Fue una toma de contacto con pinceles, colores, bocetos, técnicas, profesores, compañeros… Yo estaba encantado con la clase. El trabajo con los zapatos, que hasta entonces había sido el único motivo de interés de mi existencia, pasó a ser el trabajo que me daría de comer. Nada más. La pintura llenó el resto.

Cada día corría como un poseso para terminar, cerrar el negocio y ponerme a pintar…

El tiempo entonces se detenía.

Cuando cogía el pincel, cerraba los ojos y veía entre colores cómo el infinito se me acercaba. Me daban las tantas dale que te pego a la brocha sobre el lienzo. ¡Ni cuenta me daba !. Entraba en un sin tiempo en el que flotaba como si hubiera sido abducido por una nave extraterrestre, claro que sin haber tenido nunca esa experiencia... en realidad creo que me estaba volviendo un tanto marciano.

¡Era mágico! tengo que aceptarlo... No había sentido nunca algo así.

Lo pensé mucho por mi padre, sabía que no lo iba a entender. Al final dejé que mis emociones fueran las que decidieran. Estaba preparado. ME ATREVÍA A SER ARTISTA

Después de años de trabajo estoy preparando mi primera gran exposición en una importante sala de la ciudad. Les ha gustado mucho el trabajo que realizo y me han presentado como firme promesa del actual panorama cultural. Tengo ya varios cuadros vendidos y otros tantos apalabrados. Me dicen que será todo un éxito.

Pero no he sido el único artista que salió de la Academia. Jaime, jubilado eléctrico, descubrió que su cariño y atención a las plantas llegaba al nivel de arte cuando las combinaba con frutas, troncos secos, botellas… cualquier cosa le servía para formar centros de mesa, conjuntos florales para decorar tiendas, balcones, parterres… Se convirtió en todo un referente en el barrio. Todos querían aprender a hacer aquellos centros tan bonitos. Y el barrio cambió. Cada espacio en barbecho , sucio, con malas hierbas… se llenó de arte floral, de esculturas, de color, de magia.

La música empezó a sonar en las calles . De balcones abiertos salían notas trémulas y ya no tanto, de instrumentos musicales. Niños, mujeres, hombres, guitarras, violines, panderos… hasta con el piano se atrevió alguno. Grupos de mujeres reunidas haciendo prendas de punto, colchas de patchwork, bolsas, manualidades. Bajos comerciales, antes vacíos, cobijaron grupos de bailes regionales, de teatro, restauración de muebles, un coro. Piezas antiguas y viejas, que antes se iban a la basura ahora se valoran . Felisa es la responsable del cambio. Tiene manos de artista y gusto exquisito, todos se la rifan. No se tira nada sin consultar con ella. Todo sirve para decorar.

Se contó también con varios jóvenes grafiteros para pintar un muro que da a la plaza. Zorba, uno de ellos, fue fichado por la Academia para dar clases a un grupo de estudiantes interesados en este arte urbano. Se convirtieron en uno de los grupos más activo y colaborador del barrio…

¿El secreto de todo esto? Todos los que empezamos en la Academia nos atrevimos a ser artistas porque nuestros profesores estaban convencidos de que ya lo éramos. Sólo había que sacarlo a la luz. Nosotros nos convencimos de que lo traíamos de nacimiento. Ya habíamos nacido siendo artistas… Y lo asumimos . Y el arte nos cambió. Y el arte cambió nuestro barrio. Y el arte seguirá y seguirá cambiándonos.



Homenaje a aquellas personas que han nacido para inspirar a otras y regalan belleza y arte.

25 de Octubre día internacional del artista”


 

 

 

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El cielo en la tierra - Dori Terán

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Aunque el sol no lucia la mañana, Inés no estaba dispuesta a seguir viviendo con la pesadilla que envenenaba el aire a tiempo completo, a espacio absoluto.

Hacía ocho meses que el mal sueño fue ganando terreno en la mente y en los corazones de los hombres, en el dolor que generaban las muertes contadas a millares, a millones, en la guerra sorda entre hermanos, en las bocas amordazadas que no podían expresar nada, absolutamente nada que contradijera la versión oficial. Versión ,por otro lado, que continuamente cambiaba de argumentos, de medidas, de informes de expertos unas veces reconocidos mundialmente por sus títulos universitarios que los consagraban como sabios y otras simplemente desconocidos pero celebrados, aceptados y creídos porque el solo nombre de experto sentaba la cátedra de sabiduría y honestidad corroborable. Ah! Y los estudios, los prestigiosos estudios que también con solo decir “según un estudio” eran verdad verdadera que es lo único que puede ser una verdad pues no conocía Inés una verdad que pudiese serlo sin que su esencia fuese verdadera.

Y el miedo, esa emoción que paraliza, que impide toda búsqueda.

Hecha un guiñapo, acurrucada en el sofá, alimentando recelos y pronósticos terribles desde la televisión que en todas sus cadenas repite y compite por presentar las historias de terror más inverosímiles e inciertas. Y ese teléfono que la conecta con mensajes de whatsapp donde el morbo compasivo de tanta gente publica artículos de los periódicos colaboracionistas de esta referencia. Paginas en redes que acusan a diestro y cuando ya está confinado a siniestro y cuando ya está hundido a este y después al otro. Alguien cuelga una cuerda de una lámpara y balancea un cuerpo inerte…mientras otro alguien juega no se sabe bien a qué.

Poco se hablaba de las colas del hambre. Un hambre nuevo, no el que se ha mantenido siempre en un número considerable de la población mundial sin que nadie, incluida ella, se rasgase las vestiduras por ello. Este era el hambre de los que no pueden trabajar porque se cierran a cal y canto sus lugares de trabajo acusados de ser nidos del mal. Nidos que siguen pagando rentas de alquiler, pagos que no gastan de luz y agua, impuestos para mantener a los más espléndidamente mantenidos. Hambre y sed de justicia, hambre de pan y de paz.

Ana le ha contado que los judíos antes de ser llevados a los campos de concentración fueron cerrados en sus barrios…guettos. Seguramente en pos de seguridad, judíos peligrosos. Ana recuerda la guerra.

El día que Inés conoció a Roberto, estaba muy lejos de imaginar cuanta consciencia de vida iba a aportar a su existencia. Llevaba dos años siguiendo sus enseñanzas. Cuestionándolas, sin creencias. Guiada por el mensaje de Roberto: “…nunca creas ni descreas nada, solo experimenta…y quédate con lo que te sirva…” se había lanzado a la aventura, tal cual. Era ya el tiempo en el que la humanidad se convirtió en una y griega Y Un camino que se divide en dos y todos eligen una u otra dirección y a la elección le ocurre como a la ley, el desconocimiento de la misma no te exime de su cumplimiento y las consecuencias de que la cumplas o no. El camino implica búsqueda.

De forma consciente comprendió que ya llegó el momento. Iba a experimentar el impacto de la energía creadora unida a la de tantas personas que se sentían Uno. Despertó de una larga siesta en la que había depositado toda su voluntad e intención en voluntades e intenciones externas.

La niebla que la envolvía se quedó en el exterior. Muchas veces había sospechado que vivía en una realidad virtual que secuestraba su Yo esencial, que no la dejaba ser.

Con pensamientos, sentimientos y acciones comenzó a proyectar el mundo que soñaba y quería crear. Contaba con la fuerza y la fe en la divinidad que reside en la esencia de todos los hombres creados con polvo de estrellas y que tan sutilmente han tratado de borrar los oscuros empañándola incluso con sucedáneos como la religión. Y ahí anda experimentándolo y observándolo en su proyección creadora. Y la embarga una paz que antes añoraba, elevando la vibración de su persona y la del planeta en calidad de amor, sabiendo con certeza que los oscuros se irán un día no muy lejano a vivir a otro lugar más conveniente para ellos y sintiendo en su sensibilidad lúcida que, en algún cercano lugar del Universo, Seres de Luz nos acompañan en el experimento cuyo éxito en un futuro próximo nos permitirá celebrar el Cielo en la Tierra

 

 

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Niebla - Cristina Muñiz Martín

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La niebla se ha adueñado de mi mente, apresando en sus garras mis ansias y mis pensamientos, como si se tratara de una sábana blanca ocultando un piano hermoso en una casa deshabitada.

Todos mis sentidos se expresan a través de esa bruma espesa y blanca. Ya no hay claridad, ni sol, ni luna, ni sonrisas. Solo una especie de tristeza infinita acompañada de una apatía desconocida. Pero sé que esto es un paréntesis, quizá un tiempo necesario para volver a la vida con más fuerza, como ese piano hermoso al que le quitan la sábana que lo cubre, y lo limpian, y lo afinan, cuando regresan sus dueños cargados de maletas de verano y sus notas vuelven a danzar en el aire animosas y alegres.


 

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Desconexión - Dori Terán

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Cada mañana la rutina la llevaba a la estación. El sol aún dormía y la luz fría de las farolas alumbraban el camino. No necesitaba ninguna luz, aunque hubiese cerrado los ojos podría llegar a su destino. El recorrido diario se había grabado en sus pies como un implante inconsciente, seguro y manipulador de cada uno de sus pasos. A veces se preguntaba cómo había llegado a este nivel de automatismo. A menudo intentaba recordar si había cerrado con llave la puerta de su casa, si había bajado la basura, si tal vez la plancha quedó enchufada…si, si, si…, pero no lo conseguía. Todo estaba ejecutado de forma mecánica. Se quedaba tranquila sin dar más vueltas a la mente en el intento de recordar. Tenía asumido que todo se había realizado correctamente de forma mecánica.

Los acontecimientos presentes envueltos en bruma de incertidumbre e incredulidad, llevaban demasiado tiempo sucediéndose, existiendo como una amenaza que se cierne con premeditación y alevosía sobre la vida. Un virus inteligentemente asesino había llenado de miedo el aire que respiramos y los fallecidos se contaban a miles en todo el planeta. El hombre poderoso sediento de más y más poder se veía abatido y desbordado por nano partículas desconocidas en su origen y causando estragos diferentes en el funcionamiento de los aparatos y órganos del cuerpo humano. Dolor, sufrimiento, muerte.

Sabios, investigadores, científicos, virólogos, epidemiólogos, médicos y tantos titulados más con prestigiosas etiquetas y curriculum, no acertaban a explicar, a contener, a sanar la explosiva infección. La desorientación y el caos se fue adueñando de las mentes y los delirios de todo tipo invadieron la subsistencia de las personas. Temor, enfrentamiento, separación…suicidio.

La gente fue aislada en sus casas como fortaleza inexpugnable para el microbio. No se podía trabajar y pronto no se pudo comer. No se podía abrazar y pronto no se pudo amar. Los juicios y los prejuicios ocuparon el lugar del amor. Libertinos, irresponsables, asesinos.

Ella no quedó libre de subir cada día al tren. Su tarea laboral era necesaria según el B.O.E. Todo su ser, su corazón, su espíritu, su psique…necesitaba protección. Incapaz de solventar el terror que la acompañaba, lejos muy lejos de la calma y la lógica, sin saber cómo adquirir tan preciados tributos, decidió sin dudarlo DESCONECTAR. Y como un zombi se pone cada día la mascarilla obligatoria, lava sus manos compulsivamente y las llena de gel hidroalcohólico varias veces en la jornada a pesar del color rojizo de la piel que le avisa de la destrucción de las bacterias protectoras. No se percata. Duerme en la muerte del alma.

 

 

 

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Sus nombres en las piedras ( Los hijos de Santiago) - Esperanza Tirado

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Entre la niebla que envuelve la ciudad varias figuras caminan por sus calles. Algunas con prisas, otras despacio. Todas embozadas, pues el frío de la noche aún se acurruca en las piedras que conforman estas calles. Su historia está escrita en ellas. La de cada nacido entre esos muros, también hechos de piedra. Da igual su origen, todos tienen una piedra, su piedra, que habla de ellos. Su historia entera se puede leer en ella. Desde la casa más humilde a las paredes de la Catedral, siempre majestuosa.

Y la niebla susurra y acoge los secretos de todos, como otro habitante más. Guardando la piedra con un manto blanco y verde de humedad, que a veces protege y a veces daña, sin querer, a su ciudad; llena de piedras, llena de caminos, llena de historias, llena de sueños.

Con la niebla de la mañana suena la campanilla del torno. Hace demasiado frío, apenas si ha salido el sol; así que ha de ser alguien con gran necesidad.

La monja portera se levanta pesadamente de su silla, se arrebuja en su raída manta y a través de la puerta del torno musita un ‘Ave María Purísima’, que nadie responde. Espera unos minutos, hasta que el llanto de un bebé la despierta del todo.

¡Madre de Dios, una criatura! ¡Pobriña mía!

Y da la vuelta al torno para recoger un capazo raído en el que un bebé de apenas días llora, de hambre o frío. Da igual. Envuelto entre trapos es acogido en el hospital, que llaman. El Hospital Real, que es para todos los que vienen a esta ciudad, que a todos acoge, y a todos da calor y comida. Esa es su misión. Las piedras dan calor.

La monja envuelve entre sus mangas el capazo y camina por los fríos pasillos. Cruza el Claustro de San Marcos, donde el agua de la fuente está escarchada haciendo figuras en los caños. Siempre se detiene a mirar y siempre se asombra de esa magia de la mañana. Pero esta mañana es diferente. Tiene prisa.

Con el niño arrebujado corre lo más que le permiten sus cargadas piernas, enredadas entre sus gruesa saya; y por fin, llega a una sala enorme con camas, cunas y alacenas llenas de botes con puré y jarras de leche de granjas cercanas para alimentar a las criaturas que, como él, son llevadas hasta el torno. Hasta ellas, que cuidarán de todos los que lleguen.

La desesperación es mucha. Hay poco trabajo, poco dinero y casi siempre muchas bocas que alimentar. Algunos a veces mueren de pura necesidad. Los padres cargarán con esa cruz toda su vida, viviendo en una niebla perpetua. Pero la vida sigue y hay que buscar alimento y abrigo para los que quedan. Y para los que puedan venir después.

Y en el hospital, las monjas, aunque pobres, algo más tienen para mantener a esas criaturas desgraciadas. Como es un Hospital Real ellas tienen permiso para permanecer allí alojadas. Aunque no pueden moverse libremente por las dependencias. Tan solo por sus celdas, las cocinas, el refectorio menor, donde comen y rezan, la inclusa y la hospedería de mujeres.

Para asistir a misa tienen permiso para salir fuera, a la Catedral, el edificio más grande de la ciudad, que preside la Plaza principal. Que a las siete en punto abre sus puertas para ellas y para todos los peregrinos que llegan.

Pero en esta mañana no hay tiempo de misas. Santiago las perdonará después. El niño sigue llorando. La monja es asistida por otras dos compañeras más. Que enseguida abren armarios y sacan mantas y ropa menuda para que el bebé no pase más frío.

Una novicia, a la que le toca el turno de mañana, prepara el biberón con la leche bien caliente. Mientras el llanto de pequeño despierta a los que duermen en sus cunitas de la inclusa. Algunos tuvieron suerte de cruzar el torno. Siguen con vida años después. Y de vez en cuando, ya hombres de provecho, visitan a sus ‘primeras madres’ con regalos y víveres para que la cadena de cuidados siga su curso.

No solo la de afuera, la más visible y que protege a todos los que entran en el edificio. La invisible, la que nadie ve porque nadie entra en esa zona, es casi más poderosa. Y hace que los cuidados de las monjas hagan fuertes a esos niños y niñas que llegan en los huesos.

Madre de Dios, hermanas, ¿Qué tenemos aquí?

Una monja, de mayor edad que las demás, entra con paso firme. Todas se quedan quietas, alrededor de la hermana portera que sigue sosteniendo al bebé.

Hermana, es un expósito recién recogido.-le responde.

Tiene hambre. -La vocecilla de la novicia se hace un hilo de voz ante la mirada de la monja.

Hambre y Sed de Justicia, como tantos en esta ciudad. Y en el Orbe entero. ¡Ay, Santiago! ¡Cuándo detendrás esta desgracia! ¡Oh, pecadores del Mundo! ¡Tantas criaturas infelices!

Su letanía de lamentos y maldiciones asusta a los que dormían en cunas y camitas. Algunos llantos alertan a las monjas. Que no dan abasto para tranquilizar a sus pequeños.

Un niño de unos ocho años, de grandes ojos negros como el azabache, aparece por la puerta con un gran cubo de leche. Mira a la monja que maldice con los ojos aún más grandes. De milagro se ha librado de un pescozón suyo, como es costumbre.

Hermanas, Padre está en el carro esperándome. Si quieren más, háganme las rayas que quieran en la mano.

Dejando el cubo, enseña las palmas de sus manos sucias y sonríe mostrando un gran hueco en su boca.

Gracias, Yago. De momento no necesitamos más. Tenemos la alacena hasta arriba. Dile a tu madre que si puede, nos guarde calabazas cuando os salgan de sobra en el huerto. Que las papillas son buenas para los que aún no tienen dientes.

Sí, hermana -La sonrisa de Yago se torna seria cuando se da cuenta del pequeño que sostiene la monja. -¿Es nuestro?

Sí, hijo. Es nuestro. Es otro hijo de Santiago. Es de la ciudad. Es de todos. Entre todos lo cuidaremos.

Ha tenido suerte ¿A que sí, hermanas?

Antes de que reciba respuesta, una voz y un par de silbidos le hacen girarse.

Me tengo que ir, hermanas. Es Padre. Hoy toca reparto general. Y tenemos que estar en casa de vuelta antes de la anochecida.

Y, sin casi decir adiós, sus ojos del color del azabache se esfuman. Afuera, en la calle fría y desierta, unos caballos relinchan y las ruedas de un carro repiquetean contra las piedras, cortando la niebla.

El bebé sigue llorando. La monja lo acuna un poco más fuerte, mientras otra novicia ha puesto sábanas y mantas limpias en una camita. Lo depositan con cuidado en ella y le desvisten.

Entre los llantos, un grito:

¡¡Su pie!! –La novicia primera no puede contenerse- ¡¡No está!!

¡Jesús, María y José! ¡No hace falta gritar así, niña! –Riñe la monja de edad que ha regresado– Todas lo hemos visto. Criatura... Por eso te han traído aquí.

Y su voz se torna cálida, mientras se hace hueco en la cuna y es ella la que cambia al bebé, sucio de varios días. Con buena maña lo arropa y lo saca de la camita. Con la mano libre recoge el biberón de manos de la novicia, que hace una reverencia y escapa lejos de la habitación y de la monja.

A veces se pregunta por qué ha de estar aquí en lugar de corriendo por el empedrado de la ciudad, como su hermano. Luego recuerda que su padre, en algún tipo de negocio con hombres de alto rango, la cedió a ella con su dote al Hospital Real. Ser mujer en estos tiempos resulta injusto y hasta un estorbo piensa para sí a veces.

Pero al menos yo tengo dos pies. Y puedo ayudar aquí. Y si no tomo los votos tal vez podría casarme… Qué será de este pobre rapaz…

Ave María Purísima. -Al llegar a la hornacina se santigua y se arrodilla mientras siguen bullendo pensamientos en la cabeza.

Alguien la llama desde alguna parte del edificio. Las piedras hacen ecos. Y se queda un momento escuchando. Siempre le resulta mágico y las monjas le riñen, que parece una alelada mirando a la niebla sin ver nada, y que el Diablo se la va a llevar sin que nos demos cuenta, le dicen siempre. Pero ella disfruta esos segundos antes de obedecer y hacerse de nuevo invisible en sus quehaceres.

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Ego te baptizo in Nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti, amen.

La fórmula de las palabras en latín, de boca de la voz profunda del cura, resuena en la capilla. Las monjas y las novicias asistentes se santiguan y besan por turnos al pequeño Andrés.

Algún día habrá de visitar a su Patrón, aquel por el que recibió su nombre en las aguas bautismales. Todos los congregados desean que sea posible, puesto que ‘A San Andrés de Teixido vai de morto o que non foi de vivo’. Y este pequeño tiene menos posibilidades que los otros hijos de Santiago de sobrevivir sin ayuda.

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Pero a veces se obran milagros. Y tal vez Santiago y San Andrés, en una extraña alianza santa hacen que Andresiño crezca sano. Lo del pie a medio formar no pareció ser un problema; excepto para lograr ser adoptado por alguna familia. Nadie quiso a un bebé incompleto.

Pero el pequeño fue cumpliendo años, y corría y jugaba y ayudaba en las cocinas, en la inclusa y hasta iba a las canteras con los trabajadores a ayudarles o a recoger lo que ellos dejan para las monjas y para sus hermanos, todos hijos de Santiago. Muchos canteros recordaban su humilde origen y seguían devolviendo a las monjas el favor y la ayuda de haber sobrevivido.

La primera vez que fue a la cantera a llevarles algo de comida y ropa de abrigo Andresiño se asustó. No se veía nada. Solo piedra pelada cubierta por una densa capa de niebla. Sintió que algo se lo tragaría y se escondió tras los capazos de las herramientas. Las carcajadas de los hombres hicieron que se avergonzara, de su miedo y de su pie a medio hacer.

Chico, no nos tengas miedo. Y no te avergüences de tu pie.- Habló uno de los hombres, el de más edad, dándose cuenta del problema del niño.

-¿Cómo te llamas? – preguntó otro, animándolo a acercarse.

Andrés,… Andresiño… por el Santo de Teixido.

Tienes dos manos y parece que eres fuerte, Andresiño. –le animó otro de ellos- Si quieres puedes quedarte con nosotros y aprender a ser un buen canteiro.

¿Un qué? – Andresiño perdiendo su miedo, miraba a la cara al grupo de hombres de cuerpos rudos y sucios de tierra y manos callosas.

Un canteiro, un trabajador de las piedras. –Le explicó el hombre mayor- Santiago es exigente. Siempre hay que lograr que esté presentable para los peregrinos y para los de aquí. Un par de brazos siempre vienen bien. Trabajo no falta.

Y le entregó una pequeña herramienta y una piedra marcada con una T del revés. Que Andresiño examinó con curiosidad.

No sabemos escribir, pero sabemos tallar. Esos signos que ya conocerás son nuestros nombres en las piedras. Vivimos rodeados de ellas. También los habrás visto por las calles de toda la ciudad, en el suelo y en las paredes de las casas. Este oficio viene de antiguo. –continuaba explicando ante los ojos atentos de Andresiño- El Maestro Mateo fue nuestro primer jefe de obra. No llegamos a conocerle, eso fue hace muchos años... –la nostalgia invadió su relato- Pero sigue siendo venerado. En ese cuadrado imperfecto, que veces cuesta encontrar, se esconden la belleza y el misterio de la vida… ¿Me entiendes, rapaz? ¿Has entrado a la Catedral por el Pórtico de la Gloria?

Andresiño asentía fuerte, moviendo la cabeza arriba y abajo, aunque la perorata del hombre a veces le confundía. Recordaba esas mañanas tempranas de densa niebla, yendo a oír misa a la Catedral de la mano de las monjas, y mirar hacia arriba. Los colores de las caras de los santos siempre le fascinaban.

Pues bien –continuó otro de los canteiros– Él fue quien lo diseñó. Y muchos como nosotros fueron los que con sus manos tallaron esas figuras hasta que se convirtieron en las personas en piedra que ves ahora. Gracias a sus colores los peregrinos llegaban a la Catedral a través de la niebla. El Pórtico les acogía. Y allí finalizaban su Camino después de muchas jornadas de sendas pedregosas, lluvia, densas nieblas, frío y otros infortunios. Algunos ni siquiera llegaban a abrazar al Santo...

Y esas marcas –señaló un nuevo canteiro que se unió al círculo que ya rodeaba a Andresiño– son todas distintas, no hay una igual a otra. Cuentan una historia. Nuestra historia. La historia de cada canteiro que fue haciendo grande a la Casa de Santiago, que es la de todos. Hay que saber leerlas aunque no hayas ido jamás a una escuela ¿Me entiendes? – Andresiño volvió a cabecear arriba y abajo- Protegen a la Catedral de la niebla, del mal, de las calamidades. Y nos protegen a todos nosotros.

Y delante de la cara de Andresiño hizo como unos juegos malabares, sacando una nueva piedra tallada. Esta vez era negra y alargada.

Esto es una figa –se la colocó alrededor del cuello con un fino cordón de cuero- Tiene magia, poder, la fuerza de la tierra. Y te protegerá siempre. De cualquier mal, de la niebla que te aceche y te confunde y que te hará desviarte de tu rumbo.

Todos tenemos una –En la pechera de todos Andresiño descubrió una diminuta y brillante sombra negra.

Y el canteiro de mayor edad añadió:

Recuerda esto Andresiño… Andrés, pues ya eres uno más de entre los nuestros: Los nombres grabados en las piedras te guiarán siempre por el camino correcto. Ellos, Santiago, las monjas del Hospital y San Andrés, de quien recibiste el nombre, serán por siempre tu Guía. Con la figa al cuello y las almas de todos los canteiros, hijos de Santiago velando por ti, ni el Diablo ni la niebla más densa te atraparán jamás.







NOTA: La frase que aparece en rojo y en cursiva está tomada de la página

https://www.monasteriordearmenteira.es/os-canteiros-y-el-misterio-de-la-piedra/

 

 

 

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Niebla - Marian Muñoz

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Tal vez algún día logre despejar la incógnita que me tortura más he de aprender a convivir con la duda, esperando poder resolverla sin siquiera proponérmelo.

Mi historia es una más de tantas, en aquella época la necesidad era tan natural como el respirar y al morir mi padre fue aún mayor. Madre debía sacarnos adelante trabajando para otras familias y Tonia, mi hermana mayor, cuidaba de nosotros. Soy la cuarta de siete hermanos y la más espabilada, según dijeron, al explicarme la razón de regalarme a una familia británica alojada en la costa. Una boca menos era una posibilidad más de salir adelante. Mi encomienda era cuidar de tres niños muy cercanos en edad que carecían del mínimo contacto personal con sus progenitores, gente de alto status que preferían fiestas y reuniones a malgastar su tiempo con ellos.

En cuanto el motivo de su estancia terminó, volvieron a Londres y me llevaron con ellos, era imprescindible para mantener el buen ambiente familiar al encargarme de los pequeños, mis pequeñines, a los que ayudé a crecer en contacto con el cariño humano y una educación exquisita procurada en los mejores colegios. Por decirlo de alguna manera, mi espabile me ayudó a dominar el idioma, comprender las costumbres de una sociedad que no era la mía y a ser consciente de que esa gente jamás sería mi familia por mucha sonrisa, amabilidad y regalos que me colmaran. Mientras les ayudaba con sus tareas escolares conseguía memorizar y aprender variados conocimientos que me permitieron sacar el certifícate, un título que no me iba a ser útil realmente pero me satisfacía personalmente sabiéndome poseedora de una mente igual de inteligente que la de ellos y mis patronos.

No me costó esfuerzo acostumbrarme a mi nueva situación, aunque la melancolía y la tristeza inundaba mi espíritu cada vez que la niebla cubría las calles, la humedad, la contaminación atrapada en las aceras y una oscuridad tenebrosa se convirtió en algo tan habitual que decidí odiarla de por vida.

Dediqué mis años juveniles a cuidar de los tres vástagos, en cuanto se alejaron al acudir a la universidad o realizarse viendo mundo, mi cometido se centró en los abuelos, tres seres gruñones, solitarios y engreídos que disfrutaban tratándome con malos modos siendo esa la única forma de saberse superiores y sobrellevar la vergüenza de depender para casi todo de mí. El ambiente húmedo y triste de la ciudad mermaba sus capacidades día a día, al convivir bajo el mismo techo con sus hijos y no tener contacto con ellos también era un duro varapalo para una convivencia armoniosa, pero poderoso caballero es don dinero y aprendí que cuanto más se tenía menos afecto existía. Esa etapa me resultó más dura que con los nietos, su personalidad arisca no les ayudó a vivir mucho tiempo y en un período de cinco años uno tras otro fueron falleciendo. Me topé con la duda de mi posible futuro, me regresarían a mis orígenes o me mantendrían con ellos como una más de la familia sin realmente serlo. La duda se despejó cuando la vida tan ajetreada y mal llevada de mi patrón le provocó un ictus. Él fue mi siguiente trabajo. De estar en la cima de los negocios alternando con los más insignes magnates de la City a que tuvieran que ayudarle para todo fue un mazazo difícil de digerir, sobre todo porque intuía que su mujer estaba liada con otro.

En la casa existía personal encargado de su llevanza, cocinera, una par de limpiadoras, ama de llaves, conductor, jardinero, pero la única que podía deambular sin cortapisas por las plantas nobles era yo, no dependía de ninguno de ellos y tampoco les hacía gracia que una extranjera tuviera tanta cercanía con sus patronos. Si bien accedían a mis peticiones disimulando servilismo, era consciente de su crítica rastrera a mis espaldas. Que culpa tenía yo de mi posición, en medio de nada porque ni era familia ni empleada alejada de sus señores. Muchos disgustos y noches en vela sufrí aquellos años, hasta que por fin mi cometido terminó al morir mi patrón, el cabeza de familia. No fui consciente de la nueva situación hasta que la casa se quedó vacía y yo dentro esperando que me ordenaran una nueva tarea.

La triste viuda se largó con su amante, los hijos tenían encarrilada su vida y el personal de servicio fue encontrando otros destinos de los que volver a ocuparse. Sólo yo permanecí en la casa a la espera, no sabía muy bien de qué, pero desde mis catorce años había sido una mandada ocupándome de ellos y en ese momento no conseguía plasmar un pensamiento independiente sobre mi futuro. No había pasado ni una semana del fallecimiento cuando en el buzón apareció una carta, una firma de abogados me concedía el plazo de quince días para desocupar la vivienda ya que prescindían de mis servicios. Treinta y cinco años de mi vida los había dedicado a aquella familia y ni siquiera una llamada, una visita, para decirme que me echaban por no tener a quien cuidar. Renuncié a tener una familia por ellos, nunca disfruté de vacaciones o descansos, siempre ahí para todos y ahora con una simple misiva, fría y distante de un bufete de abogados, me largaban. Tras pasarme toda la noche llorando, decidí acabar con mi vida tirándome al Támesis, no tenía adonde ir tampoco con quien, llevaba años sin noticias de mi verdadera familia, sintiéndome más británica que española. Se me vino el mundo abajo decidiendo que era mejor acabar así, de golpe. Entre lágrimas escribí una carta echándoles la culpa y maldiciendo el hambre que me avocó a llevar aquella vida. La dejé en el recibidor de la entrada y salí en dirección al río. La persistente niebla que tanto odiaba me atontó, caminaba llorando, callejeando a oscuras por una ciudad inhóspita. No sé si fue la oscuridad, el desconsuelo que me embargaba o el destino pero no alcancé el agua, me había perdido y en el banco de un parque me acurruqué y dormí. Cuando desperté empezaba a clarear el día y unos rayos tímidos de sol asomaban por entre los árboles, la opresión de la tarde anterior había desaparecido y como por arte de magia logré razonar con más claridad.

Regresé a casa pues aún tenía en mi bolsillo la llave de entrada, rompí la misiva de suicidio y llamé a los abogados para apelar a su buen corazón y me informaran como solicitar una pensión tras tantos años de trabajo y esfuerzo en aquel país. La fortuna empezó a asomar al conseguir apiadar a mi oyente y tras un rato de espera se ofreció solicitármela y avisarme cuando estuviera todo listo. Busqué por la casa maletas que sirvieran para guardar mis escasas pertenencias de todos esos años, también rebusqué en los álbumes la fotos en las que aparecía, no quería dejar rastro de mi presencia en aquellos desgraciados. Poseía bastante dinero en el banco al ahorrar casi todo mi sueldo teniendo los gastos cotidianos cubiertos. Repentinamente recordé que mi patrón ocultaba dinero a su mujer en un cajón secreto, ¡vaya si le ocultaba!, me pareció una fortuna que algún guinda iba a quedarse sin habérselo ganado como yo y me lo apropié. Si todo salía bien volvería a mi país siendo una mujer libre y rica, el subidón me hizo reír tanto que me dolieron las costillas unos cuantos días.

En una agencia de viajes contraté el vuelo de regreso a mi Málaga querida, enviando mi equipaje al hotel donde iba a alojarme provisionalmente. La maleta más lujosa de la casa me acompañaría en el viaje. La notificación de una pequeña pensión alivió mi inquietud por mi futuro económico. Tomé rumbo a mi añorada España, dejando atrás la persistente odiosa niebla, anhelando el encuentro con el sol y el calor además de a mi familia española.

En el aeropuerto de Málaga tomé un taxi hasta Fuengirola mi primer destino. Miraba extasiada y confundida por la ventanilla del vehículo, tanto había cambiado mi tierra que era incapaz de reconocerla, cientos de edificios altos, grandes avenidas, coches yendo y viniendo por todas partes y mucha mucha gente por las calles con pintas raras. Había escogido un hotel de apartamentos con una gran piscina, me sentía eufórica como una gran señora de vacaciones. Que me pillasen en la aduana con tanto dinero era mi gran temor pero fui cauta enviando la mitad con mis uniformes de criada, seguro que a nadie se le ocurriría fisgarlos.

Tras los primeros balbuceos con el idioma callejee en busca de mi casa y de mi familia, a duras penas conseguía recordar la situación y de sopetón di con ella, era inconfundible, se mantenía como siempre, casas bajas pequeñas y encaladas bordeando un patio central con jardincillos. Me dirigí a la que creí era la mía, pero una placa en su puerta con nombres extranjeros me indicó lo contrario. Atontada por la situación me hizo fijarme que en todas aquellas casas donde habían vivido mis vecinos también figuraban nombres alemanes e ingleses, no cabía duda nos habían colonizado. Desalentada regresé al apartamento. En mi imaginación había dibujado la escena de un encuentro alegre y emotivo con mi madre o con alguno de mis hermanos, pero ahora no sabía dónde buscar, no sabía a quién preguntar que habría sido de ellos. Decidí darme un respiro y relajarme en el spa del hotel, me vino bien porque de tarde acudí al cementerio para visitar a mi padre y preguntarle lo que podría hacer.

No estaba preparada para comprobar que estaba junto a mi madre y mi hermana pequeña Lara, fue tan grande la decepción que lloré desconsoladamente. Triste y solitaria me encerré en el apartamento sin cenar. Al día siguiente volví a plantearme mi viaje, tras haber consultado con la almohada me encaminé en busca de una nueva vida en mi tierra, con mi sol, mi calor y la alegría de mis gentes a pesar de la muchedumbre extraña que tropezaba continuamente en las calles.

Una agente inmobiliario me ayudó a comprar una casita de pescador en la cercana playa de La Carihuela, poco a poco la fui renovando a mi gusto, la amplia terraza del dormitorio y el pequeño jardín de la planta baja me permitían tostarme al sol oscureciendo mi piel tanto tiempo encerrada, disfrutando a la vez del aire y la brisa marina. En ningún momento cesé de buscar a mis hermanos dedicando dos horas cada día a consultar las redes sociales, periódicos o cualquier información que me pudiera poner en contacto con ellos, a pesar que mi perseverancia no daba frutos no caí en el desaliento. Cuando iba por la calle buscaba con quien me cruzaba algún rasgo que me hiciera reconocer a Puri, Manolito, Macarena, a cualquiera de ellos, pero tras una dura lucha interna decidí seguir con mi vida, tarde o temprano los abrazaría.

Conseguí dos buenas amigas en clase de baile y la sincronización perfecta con Raúl, un madurito divorciado que estaba de buen ver y quien me enseñó a nadar en este Mediterráneo tranquilo. También iba dos días por semana como voluntaria a una ONG impartiendo clases de inglés. Tenía la vida tan ocupada que cuando recibí por wasap un video felicitándome la Navidad por los niños a los que cuidé, me liberé mandándoles al cuerno tras enviarles uno mío bailando salsa con Raúl y felicitándoles el Año Nuevo con imágenes de la playa y los chiringuitos llenos de turistas. Por si acaso querían volver a contactarme y alojarse en mi modesta casa, di de baja mi número inglés e hice contrato con una empresa española.

Sigo en busca de mi familia española y tengo fe de encontrarles pero mientras tanto intento vivir lo mejor que pueda. He hecho testamento a favor de la ONG, que puedo cambiar cuando quiera, y no sólo vivo bien con mi pequeña pensión inglesa sino que de vez en cuando cambio las libras esterlinas de mi fallecido patrón en euros para darme algún caprichito y vivir como una reina. Mis horas se van llenando con amistades que van surgiendo, mis vecinos son muy cordiales, pero mi mayor ilusión es encontrar a mi familia española.



 

 

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Agapito el cortacuernos - Gloria Losada

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Agapito Molina era un hombre de aspecto extraño que poseía una fuerza descomunal. De escasa estatura, casi más ancho que alto, con el cuello de toro y unos rasgos faciales que recordaban a un mandril. Asustaba a todo desconocido que se cruzara en su camino, aunque luego, si se le oía hablar, se daba uno cuenta al instante de que no tenía muchas luces, más bien ninguna y que se trataba de un ser del todo inofensivo a pesar de su apariencia.

Vivía en un pueblo perdido de la dehesa extremeña, y se dedicaba a los más variados oficios. Era el enterrador, limpiaba la maleza de los caminos y sobre todo la tarea que más le gustaba realizar era cortar los cuernos a los cabestros y a los toros defectuosos que por cualquier razón no servían para la lidia. De ahí le venía el apodo de “el Cortacuernos”. Los cortaba con una maestría fuera de lo común, con un golpe de hacha certero y limpio, cosa que nadie había conseguido hacer. Se enfrentaba a la fiera con valentía, cual maestro del ruedo, aunque fuera el toro más bravo de la dehesa, lo dominaba como si en vez de toro fuera un gato o un perro, ante el asombro de todos aquellos que lo veían por vez primera. Era tal su buen hacer en estas lides que enseguida se corrió la voz, convirtiéndose su trabajo en espectáculo, y una vez al mes, cuando se organizaba la cortada de cuernos, acudía gente de los pueblos vecinos y no tan vecinos a presenciar el arte de Agapito.

Pero he aquí que una noche de niebla espesa, estando en la única tasca del pueblo tomando unos chatos con el capataz de una de las ganaderías para las que trabajaba, se le vino a la cabeza una visión espeluznante, que no era otra que la de la esposa del capataz retozando en la era con el sacristán del pueblo. De cuernos iba el asunto. El muchacho se mosqueó un poco, a ver a santo de qué tenía él semejantes visiones, y recordando que su bisabuela había sido expulsada del pueblo por bruja y vidente, pensó que igual había heredado él parte de sus facultades, y ni corto ni perezoso se decidió a comprobarlo. Salió de la taberna y enfiló camino de la era. A pesar de que con la niebla no se veía un burro a cuatro pasos supo seguir el camino recto, sin equivocarse y ya cuando se acercaba al punto exacto de su visión pudo oír los gritos de la Bernarda, a la postre la mujer del capataz, que estaba gozando cual perra en celo. El “Cortacuernos” se quedó quieto y callado, hasta que al poco rato pasó por su lado el sacristán subiéndose los pantalones. Afortunadamente debido a la espesa niebla no lo vio, y en ese instante, Agapito, que era tonto pero no tanto, decidió sacar tajada de la situación. Regresó a su casa y durmió como un lirón y al día siguiente bien temprano salió al encuentro de la Bernarda, que trabajaba de portera en el Ayuntamiento, y sin mucho preámbulo le dijo que estaba al corriente de su relación con el sacristán, que puesto que era corta cuernos de toros también lo iba a ser de otro tipo de cuernos en pos de la decencia del pueblo y que o le daba 200 euros o en menos que canta un gallo, su marido iba a estar enterado de su traspiés. Soltó la pasta la Bernarda, no le quedaba otra, peso se juró a sí misma vengarse de aquel idiota.

Las visiones de Agapito fueron en aumento. Sólo se presentaban las noches de niebla, que por fortuna para los infieles no eran muchas, pero aun así fastidió los encuentros de unas cuantas parejas. La mujer del Alcalde con el hijo del médico (que dicho sea de paso acababa de cumplir los 16), el notario con la modista, el marido de la modista con el Alcalde… y unas cuantas más. Todo ello fue observado de cerca por la Bernarda, dispuesta como estaba a poner en su sitio a aquel imbécil, y de manera discreta fue contactando con los infieles para ver si, ente todos, ideaban la manera de darle un escarmiento al cortacuernos.

Se reunieron un anochecer en el olivar, al amparo de miradas indiscretas, y aunque al principio se mostraron cohibidos, pues ninguno pensaba que hubiera tanta gente en el pueblo en su misma tesitura, al cabo de un rato ya hablaban con soltura dando opiniones y aportando ideas, cada cual más peregrina, puesto que si bien consideraban que el cortacuernos era un poco idiota, su fuerza descomunal era el principal obstáculo a la hora de plantearse un enfrentamiento cara a cara. Propinarle una paliza fue desde el principio una posibilidad descartada. La Bernarda opinaba que algún punto débil tenía que tener y que era ahí donde tenían que darle. Entonces la mujer del Alcalde, que era una viciosilla de cuidado, después de aclarar la garganta con un carraspeo dijo:

-Quiere ir de virtuoso pero no lo es tanto. Hace tiempo….bastante tiempo, me encontré con él una noche de niebla en la era, yo creo que me estaba espiando, y como el hijo del médico no apareció aquella noche, él me alivió los calores y me confesó que le gustaba mucho retozar, tanto que casi siempre tenía el mástil erguido y a veces no sabía qué hacer para disimularlo.

Pensó la Bernarda puede que hubieran dado con la manera de vengarse. Era posible que si lo capaban, le desapareciera la fuerza bruta. No perdían nada por probar. Contactó con un médico amigo suyo que se dedicaba a actividades clandestinas y se mostró dispuesto a llevar a cabo el plan. Una noche en la taberna emborrachó a Agapito y con la misma le fue fácil llevarle a la era y sustituirle los huevos por unas prótesis de silicona. Lo hizo con tal maestría que el susodicho apenas se dio cuenta salvo por un leve pero persistente picor. Supieron del resultado de la operación el primer día que se puso delante de un toro para cortarle los cuernos. El bicho le dio una cornada que lo dejó en el sitio, ante el asombro de la multitud que había acudido al evento. Nadie se explicó lo ocurrido salvo el club de los infieles.

El día que lo enterraron era un día de niebla espesa

 

 

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