Estridencias - Gloria Losada




     El día que Juan y yo acordamos casarnos, ni por asomo pensamos que semejante decisión provocara la revolución que provocó. Vivíamos juntos desde hacía cinco años y estábamos bien, pero comenzamos a darle vueltas a la posibilidad de ser padres y siempre habíamos dicho que en tal caso, antes de traer un hijo al mundo, legalizaríamos nuestra situación. Evidentemente no buscábamos ninguna celebración, nosotros queríamos una boda sencilla, tan sencilla como ir a firmar con los testigos al juzgado y poco más, si acaso una cena en casa con nuestros padres y hermanos y por sorpresa. 
   Así pues pasamos por el Juzgado a preguntar lo que necesitábamos y cómo andaban de fechas. Nos atendieron amablemente y después de darnos una hoja en la que detallaban todo lo necesario para comenzar el expediente, nos dijeron que, puesto que estábamos a principios de junio y en el mes de agosto no se celebraban bodas, no había fecha hasta septiembre. Nos pareció bien, dejamos reservada el 15 de septiembre para la boda, con la intención de ir la semana siguiente a llevar los papeles y los testigos. Uno de los testigos tenía que ser familiar de cualquiera de nosotros. Se nos había fastidiado el asunto de llevarlo lo más discretamente posible. Pensamos en los hermanos de Juan, pues cualquiera de ellos se haría cómplice de nuestro secreto, pero ninguno estaba disponible por la mañana, la que sí lo estaba era mi hermana,  a la que la moderación en esto de airear asuntos no se le daba demasiado bien, pero visto lo visto no nos quedaba más remedio que acudir a ella. 
    La llamé aquella misma tarde y la puse al corriente de nuestros planes, no sin antes advertirle, por activa y por pasiva, que no dijera nada a nadie, en especial a mamá.
     --Quiero una boda sin estridencias –le dije-. Y  si se entera mamá no va a poder ser, ya sabes cómo es.
     Mi madre era la mejor madre del mundo, pero tenía debilidad por dos cosas, por mandar y por la fiesta, si lo uníamos a mi boda podía resultar una hecatombe. Mi querida hermana me juró y me perjuró que mantendría la boca cerrada y yo le creí, y confié, y como siempre, me equivoqué.
     Unos días después de venir con nosotros al juzgado me llamó por teléfono. Apenas descolgué y escuché su voz lastimera decirme, “ay nena no sabes lo que me pasó” sonó el timbre. Abrí la puerta y me encontré a mi madre y a mi suegra, las dos con cara de circunstancia. Les regalé la mejor de mis sonrisas y antes de dejarlas entrar me di la vuelta y le dije a mi hermana:
    -No me digas más, te mereces que te cosa la lengua, ya nos veremos las caras – y colgué.
     Mamá y mi suegra, que desde que se habían conocido eran uña y carne, entraron en mi casa cual toro embravecido reprochándome no haberles dicho que me casaba  y a continuación, cómodamente sentadas en el sofá del salón, se pudieron a organizar la boda, véase un resumen:
     “El vestido en Pronovias, que tiene diseños preciosos, ay sí a mí me encantan los de Rosa Clará, aunque hay un Boutique en la calle Magdalena, cerca del Ensanche, que también los tiene monísimos, pero seguramente no serán de firma; bueno, qué más da, si con el tipo que tiene Merceditas (esa soy  yo) estará guapa de todas maneras; uy eso desde luego, se ponga lo que se ponga, yo creo que un palabra de honor de corte recto le quedaría genial, ¿tú qué opinas? Pues opino que le quedaría maravilloso, aunque uno estilo ibicenco así medio hyppie iría mucho con su forma de vestir; ah pues tienes razón y la melena con unas flores aquí y allá, ya la estoy viendo; tampoco hay que olvidarse de Juancito eh, que es muy buen mozo y tiene que lucirse, yo creo que un traje de pingüino…; a mí también me encantan, pero mi hijo es más sencillo, a él lo podemos vestir en El Corte Inglés, que para caballero tiene cosas monísimas; sí, tienes razón, y luego el convite, yo me decanto por el restaurante La villa, se come magníficamente y al lado del mar…; ay a mí también encanta, pero antes habrá que hacer la lista de invitados, a ver cuántos nos salen, porque los comedores de La villa no son muy grandes y nosotros tenemos muchos compromisos; en eso tienes razón, además en septiembre suele hacer buen tiempo, pero si se le da por venir un día malo ya  puede hacer algo de frío y a la orilla del mar…”
     Ese era su parloteo, a grandes rasgos, todo ello salpicado por mis “pero es que”, “no hace falta”, “si es que yo”, palabras a las que aquellas dos no hacían ni puñetero caso, yo allí era una estatua a la ni siquiera miraban. Hasta que pegué un grito:
    -¡Que os calléis ya de una vez!
     Por fin fui capaz de hacerlas callar. Me miraron sorprendidas, casi asustadas, pues no era yo mujer de gritos.
   -Queremos una boda tranquila –dije – sin estridencias.
    -No, si de eso no queremos nosotras tampoco ¿verdad consuegra? Ni en el menú ni en nada, nada de estridencias. Por cierto ¿eso qué es? ¿algo de marisco?
      -No, mamá, no es marisco. Significa que quiero una boda tranquila, una comida tranquila con mi familia, ni traje de novios ni leches ¿Vale?
     -Bueno mujer, una cosa no quita la otra, que uno solo se casa una vez en la vida… o casi…
     Desistí. Luchar contra ellas era una batalla perdida, al menos peleando cuerpo a cuerpo, pero desde luego iba a ganar yo, simplemente tenía que utilizar la astucia.
      Me dieron la vara unas cuantas veces más, que si el vestido, que si el menú, que si el restaurante, apremiándome porque el tiempo pasaba y yo no movía ficha. Yo no decía nada, sonreía como una estúpida y hacía lo que me daba la gana.
      El día 30 de julio nos casamos en el ayuntamiento. Juan, yo, y como testigos dos compañeros de trabajo. Esa misma noche, con la excusa de celebrar un ascenso que no existía, organizamos una cena en casa con padres y hermanos. A los postres les dimos dos noticias, la de la boda y la de mi embarazo de tres semanas.
     Mi madre y mi suegra me miraron entre la emoción y la desilusión.
    -Lo siento chicas, pero solo así pudimos conseguir una boda sin estridencias – les dije. Y respiraron resignadas.

Estridencias - Marián Muñoz




No hace ni un mes celebramos la boda de mi hermano, y digo bien celebrar porque el hecho de casarse tuvo lugar seis meses antes, una pequeña reunión de seis personas en el salón de actos del Ayuntamiento y otros cuatro esperando afuera, el protocolo mandaba a pesar de ser un día de celebración. Ni besos, ni arroz (está prohibido porque ensucia) ni abrazos, todos con la cara tapada como bandoleros de mirada sonriente, nos chocamos los codos y hasta más ver. Fotos las justas y en actitud separada, para los diez que éramos abultábamos como treinta, además con prisa por dejar la entrada de la casa consistorial libre pues detrás había otro casorio.

Al regreso a casa vi tristeza en la mirada de mis padres no por perder a un hijo puesto que hacía cinco años que vivían juntos en otra ciudad, sino porque una jornada de dicha y felicidad estaba tapada por mascarillas y reglas separatistas de convivencia. Yo me atrevo a deducir que fue tan distinta a la suya o a la de mis abuelos que más que alegría daba pena. Sin que me vieran saqué una vieja caja de latón donde mamá guarda fotos de mis abuelos, entre ellas las de su boda, fotos pequeñas en blanco y negro si no es porque miles de veces la abuela me cantó los nombres de los retratados no sabría deducir quienes eran. Por parte de la abuela nueve hermanos con sus consortes e hijos, cuatro el que menos tenía. Por parte del abuelo seis hermanos de ellos cinco casados y con otros tantos niños apenas algún amigo. Todos juntos posando, o pegaditos en grupos familiares, se veía arroz por el suelo, flores en las manos y el jolgorio natural de una celebración, a pesar que el testimonio era en blanco y negro se adivinaban las mejores galas de cada uno incluso del más pequeño. Entre tanta foto apareció el recordatorio del menú del banquete: Consomé de Ave, pollo asado y para rematar helado con un trozo de tarta nupcial.

Las guardé enseguida pues no quería que me pillaran y evitar comparaciones. Seguí después la consulta al álbum de boda de mis padres. Fotos grandes con esplendido color, caras sonrientes, besos, serpentinas y arroz por el suelo, abrazos y todos apiñados para salir en la foto. Teniendo en cuenta que mi madre tenía cinco hermanos y papá tres, al ser los últimos en casarse había muchos niños y adolescentes además de amigos de los abuelos, amigos de mis padres, hasta el señor cura que los casó y otro más estaban por allí. Calculé que unos noventa o cien personas dispuestas en mesas redondas de diez, algunos muy juntitos posaban sonrientes en las fotos, la alegría era palpable, sobre todo al final de la comida y antes del postre, el tío Valentín casi se carga la tarta nupcial por un tropezón. También guardan como recuerdo el menú del banquete: Entrante de mariscos con ñoclas, centollos, langostinos y vieiras, Crema de bogavante, Lubina al champán, ternera asada y para repetir cordero asado, de postre además de la tarta nupcial biscuit glasé. Agua, vinos, cafés, chupitos y a las nueve de la noche unos canapés acompañados de langostinos y tarta charlota más cafés. Me pareció brutal tanta comida, menudo saco debían tener para probar de todo.

Dejé el álbum en su lugar y me dediqué a pasar las fotos que había tomado con el móvil al ordenador, tenía en mente hacer una composición para cuando celebrásemos la boda de mi hermano. Ese día llegó, también nos pusimos nuestras mejores galas, el restaurante tenía un entorno maravilloso, un pequeño palacete con carpas abiertas en los jardines, mesas de cuatro personas separadas convenientemente según la normativa vigente. Una mesa presidencial donde figuraban los novios y los padres, el resto dispersos aunque nos sentíamos juntos. Hubo fotos con cada grupo de convivencia invitado y mascarilla puesta. Algunos mayores de la quinta de mis abuelos supervivientes de la pandemia, algún tío mío y de la novia que a pesar de las circunstancias se animó a compartir la fiesta porque la gran mayoría declinaron la asistencia, tan reciente el final del estado de alarma muy pocos se lo creían. Algún amigo de los novios y los de casa, a pesar de estar al aire libre sólo había cabida para el cincuenta por ciento de aforo. Sólo hubo dos niños porque tal y como están las cosas es difícil tenerlos. El menú he de decir que fue original: Entrantes.- Dos crujientes de langostinos, dos croquetas de chipirón, dos saquitos de almejas en salsa verde, cecina con dulce de manzana y tostas de paté de cabracho (en platos individuales); sopa de miso y calabaza con queso trufado y cebolletas; rosbif a la inglesa con puré de manzana y pudding de Yorkshire; para terminar tarta nupcial con helado de mango e higos; bebidas y café además de chupitos sin alcohol post comida. Lo más gracioso fue acercarme a las mesas de los mayores haciendo fotos a la vez que contaba los pastilleros posados sobre ellas, unos cuantos la verdad, ahora entiendo porque dicen que estamos sobre medicados, ni siquiera en una celebración olvidamos la medicación.

No ha pasado ni cien años entre las tres celebraciones y el cambio me parece preocupante, algunos detalles de la comida hasta chirrían con tanto nombre y tan poca cantidad, por demás la pandemia está modificando no sólo hábitos sino la forma de relacionarnos, es notorio que las familias son cada vez más pequeñas, cuando antes había cinco, siete o diez hijos, ahora hay dos si es que los hay. El ritmo de vida, nuestras exigencias mundanas de bienestar y la dificultad de sacrificarnos unos años en aras de criar a nuestros vástagos está llevando a la desaparición de nuestra sociedad tal y como la conocíamos por otra que viene de fuera y cuyas preocupaciones son bien diferentes.

Cuando contemplo esas fotos añoro aquellos tiempos en que lo importante era la familia, entre todos se ayudaban cuando había dificultades, el trajín tranquilo que hervía en las casas. Los vecinos eran como familiares al tener trato diario afable y servicial, lástima que todo se pierda. Los ruidos de los que nos rodeamos mientras vivimos actualmente son tan estridentes que no nos permiten apreciar la vida sino pasar por ella hasta que paramos por enfermedad, una desgracia o un alejamiento bien ganado de la actividad, es entonces cuando la disfrutamos sin estridencias.


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Yo me piro - Cristina Muñiz Martín






Mirad chicas, ya sé que no es así, que debería cumplir con vosotras escribiendo los relatos que acordamos, pero qué queréis que os diga, estoy harta de tanto confinamiento, de tanta humedad, de tanto frío, de levantarme bajo una capa de nubes grises y bajas, de no poder comer en una terraza porque llueve o porque hace viento, de ahorrar. Nunca en la vida había ahorrado tanto y me di cuenta de lo mucho que se gasta saliendo. Pero lo que se disfruta qué. Eso no tiene precio. Una cerveza en una terraza, una comida con familia o amigos, un café a media mañana o a media tarde en compañía e incluso en soledad. Además están los estragos que ha hecho la pandemia en el sector hostelero. Así que una voz en mi cabeza comenzó a decirme con insistencia “vamos lárgate, vete en busca del sol, del verano anticipado, y gasta, gasta en alojamiento, en comidas, en cervezas a media tarde, en cenas, cómprate ropa nueva, gafas de sol, toallas para la playa… ¡Ayuda a los demás! ¡Ayuda! No os podéis imaginar chicas, lo que es luchar contra la voz de tu propia conciencia. De verdad que resulta agotador. Así que lo siento, chicas, pero durante un mes dejaré de mandaros mis relatos, porque hay que sacar a la gente de las colas del paro, hay que consumir, sin desmesura claro está, que tampoco es ponerse a gastar sin ton ni son, pero si gastar todo o una parte de ese dinero ahorrado para que los demás sobrevivan. En fin, pues todo eso, que entre escribir los relatos o ayudar a los demás, me quedo con lo último, así que sintiéndolo mucho ( expresión de cortesía, porque la verdad es que no lo siento nada) yo me piro.

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Octavio y el decano . Gloria Losada




Siempre fui un poco rara, sé que no es la mejor carta de presentación, pero es la pura verdad. Nunca tuve amigos y tampoco me importaba no tenerlos. Yo era feliz con mis cosas, me gustaba leer, escribir relatos y poemas que después guardaba en el fondo de un cajón, dibujar a carboncillo, sentarme a mirar el mar... Durante la semana iba al instituto y estudiaba mucho, los fines de semana seguía estudiando y dedicaba unas horas a mis pasatiempos. Así transcurrió mi vida, tranquila y sosegada, hasta que comencé a estudiar Medicina en la Universidad y conocí a Octavio.

Octavio era el profesor de Medicina legal y forense, un tipo extraño tanto en su aspecto como en sus ademanes. Su indumentaria era descuidada, a veces sucia, vaqueros desgastados y jerseys roídos aquí y allá. Los pelos con esa largura que va necesitando un corte porque no se acomodan ni queriendo, las barbas de quince días que a veces lucían alguna miga de pan o incluso restos de salsa reseca. Los ojos pequeños, duros, oscuros, como dos puñaladas, escondidos detrás de unas gafas de pasta demasiado gruesas... a mi me provocaba una sensación entre el miedo y el asco. Además Octavio era famoso en la facultad por su arbitrariedad a la hora de calificar los exámenes, motivo por el cual todo el alumnado rogaba, por activa y por pasiva, que no le tocara como profesor. Algunos, evidentemente, no tenían suerte. Cuando llegué al curso en el que se impartía la asignatura Octavio entró en mi vida cual mosca cojonera para ponérmela patas arriba.

Tengo que decir que a aquellas alturas, a pesar de seguir con mis cosas, yo de tonta no tenía un pelo, sabía defenderme cuando era necesario y bajo ningún concepto dejaba que me pisaran. Por otra parte, mi expediente académico debía de estar entre los tres primeros de la facultad, raras veces bajaba del sobresaliente, así que tenía claro que nadie iba a joder mi carrera, ni siquiera un profesor medio chiflado, o más bien, él menos que nadie.

Octavio nos ponía exámenes sorpresa cada dos por tres, como si fuéramos niños de instituto, a mí me daba igual, yo estudiaba todos los días, así que cuando me suspendió el primero me llevé el mayor disgusto de mi vida. Después de llorar por activa y por pasiva, llegó la hora de ir a protestar. Me presenté en su despacho y le exigí que corrigiera el examen delante de mis narices, que tenía derecho a comprobar in situ lo que había hecho mal. No me hizo ni puto caso. Sonrió estúpidamente y me dijo que no me preocupara, que no era para tanto, que si me aplicaba un poco más no tendría problema en sacar un aprobado al final de curso. ¿Un aprobado? Si se pensaba que su maldita asignatura iba a manchar mi expediente académico lo tenía claro el tipo.

Al tercer examen suspenso ya decidí ponerme seria. De nuevo me presenté en su despacho y le dije que no me iba de allí si no me enseñaba el examen. Intentó echarme, pero como vio que me mantenía firme, me hizo una propuesta.

–Sé que eres una buena alumna, pero te falta...no sé, iniciativa tal vez, pero te propongo algo. Estoy haciendo un experimento, ven conmigo abajo y te lo mostraré, si accedes a colaborar conmigo y tu aportación es buena te apruebo la asignatura, e incluso estudiaría la posibilidad de ponerte nota.

Su proposición no me pareció muy ortodoxa, pero no le dije nada y me limité a seguirle. Se dirigió al sótano, donde estaban los cadáveres y las salas de disección, y finamente abrió una puerta que yo y probablemente gran parte del alumnado, no habíamos atravesado jamás. El espectáculo que se presentó ante mis ojos fue dantesco. Había cuatro cadáveres, cada uno en su mesa de disección, dos de hombres y dos me mujeres. Los de hombres tenían el pene y los testículos cortados, su lugar lo ocupaba un remiendo mal hecho; a los de mujeres les faltaban los pechos. Lo peor era que los hombre lucían los pechos de las mujeres y éstas los aparatos genitales de los hombres. ¿Qué significaba todo aquello?

–Experimentos sobre cambios de sexo –dijo aquel chiflado, como si me hubiera leído el pensamiento–, me encantaría que me ayudaras, y si quieres probamos antes...

Caminaba hacia mí mientras se bajaba la cremallera de su sucio pantalón vaquero. Yo me largué de allí cual alma que lleva el diablo. Me fui directamente a mi casa y me encerré en mi habitación. Me encontraba en un estado de nerviosismo extremo y debía calmarme para decidir qué hacer con la cabeza fría. Cuando finalmente conseguí serenarme pensé que lo mejor sería no armar escándalo. Ir al Decano y contarle lo ocurrido con la mayor discreción posible y por supuesto dejar de acudir a las clases de aquel degenerado. Así hice, al día siguiente concerté cita con el señor Decano y le conté de “pe a pa” lo que me había ocurrido con el profesor Octavio, mas me quedé estupefacta ante sus respuesta. Según él los experimentos que hacía el profesor eran perfectamente lícitos, aprobados por la comunidad médica y lo de bajarse la cremallera de la bragueta seguro que eran imaginaciones mías, luego me invitó a largarme, que tenía mucho que hacer, no sin antes recomendarme que estudiara un poco más la asignatura de Don Octavio. Salí de aquel despacho totalmente estupefacta, allí había gato encerrado sin duda alguna, y yo lo iba a liberar sí o sí.

Observé el panorama durante unos días y me di cuenta de que entre el decano y Octavio había una complicidad un tanto sospechosa, o a lo mejor no lo era, pero sabiendo lo que sabía a mí me lo pareció. Así que decidí descubrir lo que ocurría realmente dentro de la sala horrorosa. Robé la llave en un descuido de la chica de la limpieza y una vez dentro coloqué entre unos libros una vieja cámara de vídeo que había pertenecido a mi padre y que hacía siglos que no se usaba, pero funcionaba y me venía de perlas en aquellos momentos. Los dos primeros días no ocurrió nada, pero al tercero obtuve mis frutos y lo que vi fue asqueroso. El señor decano y Octavio echando un polvo, entre ellos, con los cadáveres y finalmente aparecieron dos muchachas que resultaron ser dos alumnas amenazadas como seguramente pretendieron hacer conmigo. No lo dudé un instante, fui con la cinta a la policía. Sin quererlo destapé a aquellos dos degenerados que se dedicaban a hacer orgías asquerosas amenazando a chicas y chicos con suspenderlos si no participaban en sus fiestas. A algunos incluso les pidieron dinero.

Los detuvieron en la facultad, fue todo un espectáculo que no se me olvidará en la vida, ni  tampoco la mirada de Octavio sobre mí, cuando se dio cuenta de lo que ocurría e intentó escaparse dos segundos antes de que le pusieran las esposas, diciendo con estúpido orgullo “yo me piro”.


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Anita la cabrera - Marián Muñoz



No me place hablar de mi misma y mucho menos de mi vida, pero haré el esfuerzo en honor a la señorita Amapola, y a todas las profesoras que como ella luchan porque sus alumnos puedan desarrollar con total libertad su potencial intelectual.

Mi nombre es Ana Roncel, aunque durante dieciocho años fui Anita la cabrera. Como podréis suponer mis padres eran cabreros y lo siguen siendo, a pesar de no considerarme ya su hija. Desde que tengo recuerdos siempre tuve que echar una mano en la granja dentro de mis capacidades, algo tan sencillo como ocuparme de los cerdos y las gallinas fue siempre mi cometido. Mi padre y mis dos hermanos mayores cuidaban de las cabras, unas ciento cincuenta si no recuerdo mal. Mi madre la encargada de vender los productos, llevar el papeleo y la quesería. Mi abuela paterna se ocupaba de la casa y el huerto del que nos abastecíamos y en tiempos de bonanza vendíamos.

Vivíamos a las afueras de Sequeros un pueblo pequeño en la provincia de Salamanca, entorno idílico para urbanitas pero para alguien que siempre tiene que estar con las manos sucias no lo era tanto. Mi rutina sólo cambiaba cuando tenía vacaciones en la escuela o en fin de semana. No tenía tiempo libre, ni siquiera para jugar con otros niños, aunque francamente nadie quería hacerlo conmigo. Cuando mi padre salía de casa de madrugada para sacar a los animales al monte me levantaba y aún en pijama iba a la pocilga a echar comida a los cerdos, a continuación me acercaba al gallinero y tras recoger los huevos recién puestos limpiaba un poco la suciedad del suelo. Corría a casa con la cesta y me lavaba bien, vistiéndome para ir a la escuela, tras un ligero desayuno preparado por la abuela cogía mis cuadernos y libros e iba corriendo antes de que cerraran la puerta, como alguna vez me pasó por entretenerme al ayudar en casa.

En la escuela todos se mofaban de mí, decían que olía mal y nadie se me acercaba, claro cómo iban a hacerlo si bien la ropa estaba limpia mis zapatos eran los mismos dentro de la cochiquera que allí, por más que los restregaba el olor no se iba. Me sentaba en una esquina de la última fila del aula intentando pasar desapercibida. En el recreo todos me expulsaban de sus juegos, pronto tuve que aprender a entretenerme sola o aprovechar el tiempo haciendo deberes o repasando lecciones. Debido a ello fui la más aplicada de clase, aparte que estudiar se me daba bien, tengo buena memoria y la comprensión por las matemáticas o las ciencias era mi punto fuerte. Sé que me odiaban, sobre todo Pedrito, el hijo del alcalde y mandamás del pueblo, creía que su mérito era ese, ser hijo de, pero don Anselmo, el maestro, sólo se fijaba en los exámenes y en si sabías la lección en el encerado, a pesar de sacar siempre sobresalientes tampoco me tenía aprecio. La vuelta a casa después de la escuela empezaba con un tazón de potaje y un trozo de pan acompañado de un vaso del agua cristalina de nuestra fuente, en cuanto terminaba me acercaba al huerto y de los frutales cogía una pieza para rematar la comida, ya que hasta la cena no probaría bocado y tenía bastante tarea por delante. Volver a echar de comer a los cerdos además de limpiar a fondo la pocilga, ocuparme nuevamente de recoger huevos, cambiar la paja de las camas de las gallinas y limpiar sus excrementos. Una vez terminadas mis obligaciones ayudaba en casa o en la quesería, según hiciera falta, hasta la hora de la cena en que todos nos reuníamos en torno a la mesa y la comida dejaba de ser frugal. De noche en mi pequeño cubículo bajo la tímida luz de una vela seguía haciendo deberes o estudiando lecciones, ya que en casa tardamos en tener electricidad.

La obligación de estudiar hasta los dieciséis años me vino de perlas, porque mis hermanos lo hicieron hasta los catorce ya que mi padre pronto los reclamó para trabajar con él. Una vez terminada la escuela pasamos al instituto situado en una población cercana cabeza de partido, donde nos concentrábamos niños de toda la comarca. El inicio de esa etapa me llenó de ilusión, el autobús salía muy temprano y no tenía tiempo de ocuparme de mis labores en la granja, algo que fastidió a mi hermano Germán al encargárselo, tan a desgana lo hacía que al regresar por la tarde tenía trabajo doble por su culpa. Aún así estaba encantada con mi nueva situación, para mis compañeros nuevos sólo era Anita, si bien seguía oliendo mal, no era tan intenso al no caminar por barro antes de clase, pudiendo hacer amigas con total normalidad.

Mi tutora de esa etapa se llamaba Amapola, una mujer joven, alegre y simpática muy guapa, al menos para mí lo era. Enseguida destaqué en clase debido a mi costumbre de aprovechar recreos para hacer deberes. Pero la mejor época sobremanera en aquellos años fue en invierno, cuando el frío y las nieves caían sin recato, ¿Por qué? Pues muy simple, en cuanto el autobús tenía problemas para circular, nos alojaban por semana en un albergue cercano al instituto y hasta el viernes de tarde, si es que se podía, nos devolvían a nuestras casas. Mis padres protestaron mucho pero era increíblemente feliz, aquellos encierros me permitieron hacer amistades además de pasar largas horas en la biblioteca del centro, donde no sólo consultaba o leía libros, sino que según turno, permitían manejar algo tan novedoso como un ordenador, aprendí tan rápidamente que me pidieron ayudar a otros niños.

La señorita Amapola pronto se fijó en mí, tomándome como su pupila teníamos largas conversaciones en las que me instruía sobre las cosas más elementales de la vida y de la sociedad, algo que en casa no podía hacer. Me tomó gran cariño y yo la adoraba e idolatraba por su gran dedicación a la enseñanza. Fui pasando cursos y capeando como podía el tema de mis obligaciones en la granja. Al notar en casa mi espabile intelectual empezaron a encargarme del papeleo y documentos que mi madre manejaba, además por supuesto de cuidar los cerdos y las gallinas. Empecé a notar que mis hermanos se ponían celosos a pesar que ya llevaban tiempo tonteando con las novias y el mayor estaba decidido a casarse.

Mi etapa en el instituto llegaba a su fin en su parte obligatoria y cada día estaba más triste al tener que dejarlo, Amapola lo intuía y en una de nuestras charlas lo sacó a relucir, también estaba preocupada por mi futuro, un futuro tan cierto como el de trabajar en la quesería con mi madre. Consideraba que no era mal negocio, pero con mis aptitudes si continuaba estudiando podría llegar a sacar una carrera universitaria y tener un trabajo mejor. El problema era que mis padres no disponían del suficiente capital para enviarme a estudiar fuera y mis dos manos eran imprescindibles para mantener su modo de vida. Aprovechando la boda de mi hermano mayor, la profesora se acercó para hablar con mi familia, pidiéndoles y rogándoles que me permitieran terminar los dos años de bachiller, redundaría en una formación más cualificada con vistas a llevar en un futuro el negocio familiar. Tras una larguísima conversación logró convencerles, prometiendo por mi parte volcarme con ahínco en mis labores y echar una mano en todo lo que pudiera.

El primer paso ya estaba dado, ahora tocaba a Amapola mover los hilos para encontrarme un sponsor que me permitiera vivir y estudiar fuera de casa. El milagro se hizo gracias a la beca Santa Ana de las monjas Dominicas del convento de Las Dueñas, quienes viendo mi historial de estudios se ofrecieron a darme alojamiento y comida en Salamanca a cambio de ayudar en la biblioteca del convento. La beca del ministerio era una buena solución para la matricula de la universidad y gastos de material de estudio, pero se necesitaban datos familiares y la firma de los padres ¿lo conseguiríamos? No dudé y cuando llegó el momento falsifiqué los papeles robando la información necesaria, no sentí ningún remordimiento, tenía la imperiosa necesidad de seguir estudiando, era algo que me fascinaba, siempre quise destacar para no ser sólo Anita la cabrera sino simplemente Anita.

El dinero para la prueba de acceso a la universidad me lo prestó Amapola, asegurándole que con mi primer sueldo lo devolvería. Mis padres no tuvieron conocimiento de nuestro proyecto, si se lo decía se enfadarían muchísimo y nunca me permitirían salir de la granja. Opté no contarles nada hasta los hechos consumados y cuando no hubiera posibilidad de vuelta atrás. No me lo perdonarían nunca pero era mi decisión y mi vida, tarde o temprano lo entenderían. Llegado el momento recibí la carta de admisión en la facultad y tras la difícil tarea de matricularme en secreto llegó el día en que tuve que marchar, posiblemente para no volver jamás. Poco a poco sin que se fueran dando cuenta, sacaba de casa algo de ropa, algún libro o fotografías que quería mantener conmigo en la nueva singladura, una maleta prestada por Amapola escondida en una esquina del gallinero era donde guardaba mis más preciadas posesiones. Cumplí dieciocho años justo una semana antes de mi marcha, no podrían obligarme a quedarme y sí a no volver, pero mi decisión y mi temor a una nueva situación estaba dispuesta a afrontarla. Lo último que me llevé de allí fueron gritos y una fuerte bofetada, mis hermanos me escupieron y mi abuela se escondió en su habitación para no verme. Se hizo duro, muy duro, pero la ilusión por una vida mejor me ayudaba a superarlo y así fue como salió de casa Anita la cabrera y a Salamanca llegó Ana Roncel, antes de irme eché un último vistazo al pueblo y con lagrimas en los ojos grité al aire ¡yo me piro!.


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EL desconocido - Cristina Muñiz Martín





Un hombre que no llamaba la atención ni por su aspecto ni por sus ropas, entró en un antro de Estambul, miró a su alrededor, buscó la mesa más alejada, se sentó y pidió vino.

Lo siento, no os lo puedo servir, ya sabéis cuáles son las órdenes, dijo el tabernero desconfiando de ese individuo alto y corpulento pues nunca lo había visto en su cuchitril donde antes servía vino y ahora solo té. El desconocido insistió, acercándole unas monedas que el tabernero rehusó, nunca se podía saber quien se tenía enfrente y menos con los rumores que corrían por todas las esquinas como pájaros espantados.

El hombre se conformó con un té que fue bebiendo a pequeños sorbos mientras su mirada de águila astuta se posaba sobre las mesas, los vasos y los movimientos de la concurrencia, algo que no pasó desapercibido al tabernero que sintió escalofríos temiendo, y estaba en lo cierto, que el mayor de los peligros había traspasado la puerta de su casa.

El viajero tenía hambre y sed pero no estaba dispuesto a comer nada en ese lugar inmundo. Además, otro apetito mucho más grande que el que residía en su estómago habitaba en su mente. Y era un apetito voraz. Se había propuesto cazar a cinco y ya solo le faltaba uno. Algo en su interior le decía que estaba en el lugar idóneo para acabar por esa noche su deambular por las calles de Estambul.


El tiempo pasaba sin que nada sucediera. El tabernero lo vigilaba con cautela. Lo notaba nervioso, limpiando de continuo un exceso de sudor con manos temblorosas. Esperaba con ansia que se marchara por donde había venido, pero no parecía tener prisa.

De pronto el viajero observó un movimiento furtivo en uno de los clientes. Estaba sacando algo de un bolsillo. ¡Por fin! ¡Era tabaco! Presa de una excitación incontrolable se levantó de un salto sacando el arma que ocultaba bajo su manto y de un tajó certero cortó la cabeza del fumador que rodó a los pies de una concurrencia espantada y paralizada. El desconocido limpió la sangre de la hoja en la ropa del muerto y tal como había llegado desapareció.

Ya en palacio, el sultán pidió que le sirvieran de comer y de beber. Estaba satisfecho, hambriento y sediento. Una abundancia de platos diversos se dispusieron de inmediato sobre la gran mesa, así como una cantidad importante de alcohol, una de sus grandes pasiones. Mientras la bebida iba haciendo su efecto se preguntaba por qué la gente no obedecía sus órdenes, ya había tenido que ejecutar a unos cientos, se veía que no tenían miedo, igual debía aumentar las penas, aunque ¿qué pena puede ser peor que la muerte? La idea se la había dado el zar Miguel I de Rusia que el año anterior había ordenado amputar la nariz a quienes esnifaran rapé. El era Murad IV, el sultán del gran Imperio Otomano y no iba a ser menos que el zar. Por eso había decidido prohibir el alcohol además del tabaco bajo pena de ejecución inmediata y temiendo que sus servidores no actuaran con la diligencia debida se deleitaba patrullando él mismo las calles e inspeccionando cafés, bares y tiendas de vino. Así no solo sería temido si no que evitaba también que se hablara mal de él, consciente de que el alcohol consumido en las tabernas mataba el miedo y soltaba la lengua. Cuando ya se sintió ahíto continuó bebiendo hasta perder la consciencia, siendo trasladado por los sirvientes a su alcoba. Unos sirvientes que no podrían evitar que su señor acabara muriendo con apenas veintisiete años de una cirrosis alcohólica.

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Diagnóstico - Gloria Losada




El Doctor Amalio Cantero entró en su consulta con gesto cansado media hora antes de comenzar a atender al público. Se dejó caer en la silla, que basculó peligrosamente hacia un lado, pues estaba medio rota desde hacía tiempo pero la administración no tenía dinero para cambiarla, y encendió el ordenador, operación que a simple vista puede parecer simple pero que todas las mañanas le ocupaba al menos diez minutos. Cuando por fin el aparato arrancó, abrió la lista de los pacientes que aquella mañana requerían de sus servicios, eran unos cuantos, calculó que cincuenta y siete o así. Se fijó en el primero, Agustín Rosales, que venía a buscar el resultado de unas pruebas realizadas unos días antes y que se le habían hecho como consecuencia de una tos persistente y rebelde que a simple vista no presagiaba nada bueno. Abrió el historial y comenzó a leer. El tipo era fumador empedernido y consumidor social del alcohol. Consumidor social, dice, seguro que era un alcohólico declarado. Amalio Cantero se preguntaba por qué la gente era tan reacia a confesar sus malos hábitos, al menos cuando ello era necesario por problemas de salud, pero bueno, estúpidos siempre los hubo y no iba a dejar de haberlos, es más, cada vez iban en aumento.

No estaba de muy bien humor el doctor Cantero aquella mañana. Sus pacientes lo apreciaban puesto que era acertado en el diagnóstico, no era excesivamente amable, pero sí correcto, salvo cuando estaba de mala hostia, porque entonces era capaz de soltar por aquella boca lo que fuera con el propósito de convencer al enfermo de que tenía que cuidar su salud. Aquel era uno de esos días, así que ya podía pillar Dios confesados a los que iban a tener el infortunio de pisar su consulta durante las siguientes horas.

A las nueve de la mañana entró el primer paciente, Agustín Rosales, según la lista,que tenía los pulmones más negros que el carbón y el hígado llevaba camino de convertirse en algo parecido a un corcho. Lo iba a oír, vaya que sí.

–Buenos días, así que venía usted a recoger los resultados de sus pruebas, ¿no es así? Pues déjeme decirle que en el fondo está usted de suerte, y ¿sabe por qué? Pues porque a pesar de todo está vivo. Cuatro paquetes de cigarrillos diarios, a su edad, bueno a cualquier edad, son un seguro de muerte prematura, además yo me pregunto cómo cojones se pueden fumar cuatro paquetes de cigarrillos al día. ¿Qué hace? ¿Enciende uno con el otro? ¿Le da tiempo a hacer otras cosas? No sé, trabajar en algo, entretenerse en algo que no sea echar humo todo el puto día como si fuera una chimenea. ¿Sabes usted? Hace años, muchísimos años, cuando yo era apenas un chaval, estaba en casa con mis padres y los visitaron unos amigos. Él era médico, un prestigioso cardiólogo. Por aquel entonces mi padre fumaba, no demasiado, pero fumaba el muy insensato. Mi madre quería que lo dejara porque era asmática y le hacia mucho daño el humo, pero él nada, todo lo más se retiraba a fumar a la ventana o al balón. Aquella tarde, durante la charla con esa pareja, salió a colación el deplorable hábito de mi padre y el famoso cardiólogo osó decir que fumar era una costumbre muy buena porque calmaba la ansiedad, y los daños que los cigarrillos causaban en los pulmones no eran ni comparables a los que producía la contaminación de los coches. ¡Maldito imbécil! Mi padre confiaba en él y le hizo caso, cada vez fumaba más y años más tarde murió de cáncer de pulmón, que es lo que le pasará a usted si no deja el tabaco ya, pero ya, no mañana, ni pasado, ya. Tiene los pulmones más negros que el carbón, los bronquios medio atascados y las arterias en peligro de atascarse, así que no solo le ronda el cáncer, también lo hace un infarto, fulminante, de esos que no le da tiempo a uno ni a decir hasta luego Lucas. ¿Sabe usted, se ha parado a pensar en algún momento, el dinero que gasta el estado en los malditos fumadores? Ese dinero, el que todos pagamos con nuestros impuestos y que podía ir a parar a causas un poco más nobles que la de curar a gente que se empeña en envenenarse a sí misma, es mucho, muchísimo, tanto como ocho mil millones de euros, sí, sí, no ponga esa cara, ocho mil millones, vaya tela eh. Y no se vaya a creer que aquí va a pasar como en América, que la familia de los fumadores muertos demandan a las tabacaleras y consiguen indemnizaciones millonarias, no, hijo, no, aquí somos estúpidos, pero no tanto. Nadie le pone una pistola en el pecho para que fume. En fin, me temo que le tengo que recetar unas cuantas medicinas que deberá de tomar de por vida, y eso sí, repito, tiene que dejar de fumar, de lo contrario nada de lo que yo le pueda dar le hará efecto, ¿entendido?

El doctor por fin se calló la boca y comenzó a escribir en el ordenador, mirando el reloj, porque ya se había comido un trozo del tiempo que le correspondía al siguiente paciente. El de ahora, que había escuchado estupefacto sin decir ni mu, por fin se percató de que iba a poder hablar y no dejó escapar la oasión.

–Disculpe, doctor –dijo a la vez que carraspeaba en un intento inútil de aclarar una voz que no necesitaba aclaración–, yo es que venía a buscar el resultado de unos análisis que me hago todos los años, me cuido bastante, de hecho, no he fumado un cigarro en mi vida y el alcohol no me gusta, una copa de vino si acaso y muy de vez en cuando.

Amalio Cantero miró al muchacho que tenía en frente y lo observó durante un rato. La verdad es que su aspecto no podía ser más saludable.

–Entonces... ¿no es usted Agustín Rosales?

–No señor, yo soy Ernesto Cifuentes, tenía cita para las 9 y 10, pero me dijo la enfermera que pasara, que el primer paciente había anulado la cita por ingreso en el hospital a consecuencia de un infarto.

Amalio Cantero no sabía dónde meterse, no era la primer vez que aquella bocaza le jugaba una mala pasada.

–Pero hombre, ¿cómo no me lo ha dicho antes?

–Lo intenté en varias ocasiones, pero como usted no callaba...

El médico no dijo nada, abrió el historial del paciente y miró los resultados.

–Está usted como una rosa –le dijo– siga cuidándose así. Buenos días.

Cuando el muchacho marchó a Amalio poco le faltó para salir a fumar un cigarro. En lugar de ello respiró profundamente un par de veces.

–El siguienteeeeee...

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