Ser
capaz de escuchar lo que no se oye, es un arte que se puede aprender.
Koqué
va hacia la estación de autobuses. Desde hace cuatro años, cuando
empezó a trabajar, pasa más de siete horas semanales en el
transporte colectivo. Al principio, hablar con quien fuese sentado a
su lado, tenía su encanto, sobre todo si sus compañeros eran del
sexo masculino . No, el matrimonio no estaba entre sus planes,
simplemente no tenía tiempo para socializar ni divertirse.
Koqué
va a la estación de autobuses a tomar el que la llevará a su
trabajo aunque no le importaría conocer ahí a alguien que le diese
un poco de vidilla.
Con
los años fue perdiendo interés en conocer gente nueva. Siempre lo
mismo, las mismas preguntas, el mismo falso interés, las mismas
respuestas típicas y el mismo esperado final: “bueno, hasta otra”
cosa que nunca llegaba a suceder. Ninguno repetía.
Tras
casi diez minutos de espera, por fin el conductor abre la puerta
delantera. Ella sube las escaleras, enseña el billete y se dirige
hacia los asientos traseros donde elige uno al lado de la ventanilla,
sin importarle quien se fuese a sentar a su lado. Hacía meses que
viajaba en silencio. Si alguien se dirigía a ella, los monosílabos
que propinaba decían a las claras “no quiero hablar”.
Quien
entonces camina hacia su asiento, despierta en ella algo que hasta
ese momento había estado oculto en sus más secretas fantasías. A
su lado se sienta un “pacato” y además completamente
impresionado por ella. Cuando piensa en pacato ve al timorato,
ingenuo, inocentón. Al pueblerino e ignorante. Al clásico chavalón
de pueblo frente a una mujer de ciudad, hecha y derecha.
Ella
no tiene ningún interés en el. No quiere saber si trabaja o
estudia, si vive donde ella o es de dónde ella trabaja, si está al
tanto de la actualidad o es de los ignorantes ignorantones. Sólo
quiere jugar un rato. Llenar de adrenalina el viaje. Hacer realidad
una fantasía ... Acerca su pierna a la de él mientras mira
distraída por la ventanilla. Está hecho. Deja su rodilla contra la
suya, siente su calor, su presión. No quiere ir más allá, sólo
eso. Por el rabillo del ojo ve cómo sube la tensión en su
compañero. El no dice nada. Tampoco retira la pierna. Los dos siguen
en silencio.
A
Koqué le atrae el juego de la ambigüedad, del decir sin decir. Le
atrae el roce, la sutileza. Le excita estar en la frontera entre el
gesto descuidado y la provocación, entre la ingenuidad y la
grosería. No quiere cruzar raya rojas, sólo jugar, no va a ir más
allá. Para ella es otro modo de llenar cuarenta y cinco minutos de
aburrimiento. Las rodillas no se separan hasta que ella percibe
movimientos inequívocos de acercamiento por parte de él.
Bruscamente retira la pierna, se gira y se concentra en lo que sucede
en el exterior. La ventanilla es su aliada en este juego. Cuando ve
que el peligro ha pasado vuelve a acercar la rodilla. Con este juego
llegan al destino, él, sin decir nada, la mira como preguntando ¿y
ahora qué? Koqué hace como que no lo ve, se cuelga el bolso al
hombro y se levanta obligando a su compañero a hacer lo mismo y
salir al pasillo sin emitir señales . En fila india atraviesan el
autobús hasta llegar a la puerta, se bajan y Koqué se diluye entre
la multitud de la estación.
A
pesar del éxito del juego, piensa que con una partida tuvo
suficiente. Le entra miedo ¿Y si al llegar no me pudiera despistar
entre la gente y me sigue? ¿Y si quiere cobrarse lo que se imagina
de mis insinuaciones?…
Vuelve
a sus viajes aburridos. Deja de hablar y de jugar. Vuelve a sumirse
en el silencio.
Los
meses pasan sin pena ni gloria hasta que un día, en la cola para
subir al bus, ahí estaba él. En cuanto la ve se acerca…
-Hola,
otra vez coincidimos
-¿Perdón?
-Hace
unos meses coincidimos en este mismo trayecto…
-Creo
que me confunde con otra persona. Hace años que no viajo en autobús
El
se resiste e insiste
-Te
invito a tomar algo... cuando quieras si hoy no puedes… podemos
conocernos
-Por
favor, déjeme en paz. Le he dicho que se equivoca
El
se pone serio, la mira defraudado y vuelve a su lugar en la cola.
Koqué
no llegó a saber que lo que para ella había sido un juego para el
había sido un punto de inflexión en su vida... y un torbellino de
dudas. No llegó a saber que estaba hecho un lío pero ilusionado,
que desconocía qué esperaba ella de él. Que le atraía su belleza.
Su elegancia. Que su larga melena rubia esparcía un olor excitante
que lo tenía obnubilado. Que al sentir su pierna contra la suya no
dejaba de preguntarse pero ¿qué coño es lo que quiere?. Que sabía
que no era un roce casual pero, lo que aquella rodilla decía, lo
desmentía el resto de su cuerpo. Veía a aquella mujer que sólo
miraba hacia el exterior, que no buscaba conversación ¿Querría
sólo sexo?
Que
intentó dirigirse a ella para saber su nombre, hablar de algo,
compartir algo más que sus piernas… que se giró. Ella de forma
brusca retiró su pierna y encontró fuera algo que captó su
interés. Que creyó que todo había acabado ahí hasta que volvió a
sentir su pierna contra la suya. Que se puso nervioso, tenso. Que no
estaba acostumbrado a que una mujer llevase la iniciativa del cortejo
o de lo qué coño fuera éso. Que estaba desconcertado. Que no sabía
qué era lo que tenía que hacer... que se dejó llevar. Que quiso
sentir su presión, su dominio, su calor, su olor, su interés,su
cercanía...y mucho más. Que creía que al final del trayecto iba a
pasar algo entre ellos. Que esperó sentado a que le indicase cual
era el siguiente paso. Que quedó desarmado cuando vio que se
levantaba y en silencio le obligaba a salir al pasillo. Que pensó
que quizá una vez fuera...ya en la calle, podría ser el momento del
encuentro, mirarse, hablar, ir a tomar algo, quedar para otro
día...algo. Que no sabía cómo la estación la había engullido de
aquella manera.
Koqué
no llegó a saber que el se había quedado petrificado, quieto en
mitad del andén buscando inútilmente su pelo dorado. Que desde
entonces pensaba en ella, en encontrarla, en lo que le diría cuando
la viese. Que cada día que puede, acude a la estación de autobuses,
a distintas horas, también en la que coincidieran. Que acudía a
buscarla. Que así llenaba la soledad que su novia de toda la vida
le había dejado al irse con un compañero de trabajo. Que su novia
se había ido mientras todo iba bien entre ellos, mientras que el era
feliz a su lado. Que...
Tras
varios meses buscándola ve su melena dorada en el andén. El corazón
se le pone a cien. Todo lo que había preparado se le agolpa y,
cuando se ve frente a ella, sólo es capaz de decir obviedades: que
si habíamos viajado juntos, que si podíamos tomar algo… No se
había preparado para que le dijese que estaba equivocado, que ella
no era la persona que buscaba. Y otra vez quedó desarmado sin saber
qué hacer, ni qué decir. Y se retiró sin decir más. Había jugado
mal sus cartas. La tenía en bandeja y la había perdido.
Ambos
jugaron a huir. Ella del aburrimiento, el, del fracaso amoroso que lo
tenía hundido.
En
Koqué nació la determinación de dejar el transporte de
estudiantes, buscar un coche, con otros compañeros, sola... Sin
pensar en el, ella consiguió que en el naciese el deseo de pasar
página, de mirar hacia adelante. Algo en el interior de ambos había
cambiado, sin poner nada de su parte, sin buscarlo ni tenerlo
previsto… Ninguno de los dos llegaron a entender aquel viaje, qué
coño había pasado en aquel asiento.
Ser
capaz de escuchar lo que no se oye, es un arte que se puede aprender.
Ser
capaz de escuchar el silencio y además entenderlo, es bastante más
que un juego.

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