Más
que un deseo de desconectar, salir de vacaciones era auténtica
necesidad para nosotros . La pandemia con su miedo, aislamiento,
mascarillas y distanciamiento social había hecho estragos en nuestra
relación. No estábamos preparados para éso… ni Juan ni yo, y
empezaba a pasarnos factura.
Después
de dos años sin salir habíamos organizado un veraneo a lo grande.
Todo se había contratado con mucha antelación para no perdernos
nada, pero una semana antes de la fecha de salida Juan dio un
traspiés y rompió tibia, peroné, rótula y no sé cuantos
ligamentos… escayolado hasta casi la ingle, y, como mínimo, mes y
medio. Creí que me iba a dar algo cuando tuve que reprogramar lo ya
programado. Cambiar las actividades previstas en el Caribe por otras
que pudiésemos hacer en casa... no fue nada fácil porque me
resistía a tener que estar en casa otro verano.
Los
primeros días estaba incómoda y aburrida, y Juan, además,
sintiéndose fatal por haber estropeado un viaje tan preparado por mi
desde hacía meses. Un día me levanté con ganas de cambiar la
situación y ni corta ni perezosa bajé al trastero a buscar las
cosas de la playa. La terraza que creía minúscula, resultó el
espacio ideal para acomodar dos tumbonas, la sombrilla, una mesita
auxiliar y una nevera pequeña que en algún momento habíamos
quitado de la cocina, encajó a las mil maravillas en una de las
esquinas. ¡Perfecto! Cómo no se me había ocurrido antes… era un
rincón fantástico para veranear en casa. Con cuidado acomodé a
Juan en una tumbona y, después de seleccionar varios libros de la
estantería, ocupé la otra dispuesta a lo que surgiese. Cada uno
escogió su libro con la idea de compartirlo, como hacíamos cuando
éramos novios. No teníamos prisa, eran libros ya leídos, podíamos
parar cuando nos pareciese para comentar palabras, frases,
expresiones, ideas...Juan leía tranquilo esperando a que yo le
interrumpiese para poder charlar con la mirada puesta en mis ojos. A
mi me llamaban la atención las palabras que tenían música, ritmo,
sonoridad… Siempre había sido así. Algunas no sabía ni si quiera
lo que significaban pero me gustaba oírlas en alto, repetirlas,
cantarlas. No sé que palabras eran ni cómo nos fueron llevando a
otras pero acabamos hablando de nosotros, de la infancia, de nuestros
recuerdos, de la familia…
Nuestro
trozo de playa urbana se fue convirtiendo en un espacio muy
atractivo. Cada día encargaba la comida en un restaurante diferente
y comíamos bajo la sombrilla con un fondo musical. Allí recibimos a
amigos que pasaban a vernos al saber de la situación de Juan y que
repetían después de veladas muy agradables al atardecer, cuando la
temperatura había bajado. Era nuestro espacio de vacaciones.
Acordamos no llevar los móviles. Sólo tenía cabida la palabra, la
nuestra, la de nuestros amigos y la de los libros que inspiraban
conversaciones cada vez más animadas.
Juan
era un gran conversador. Su forma de decir me había enamorado nada
más conocernos, lo había olvidado entre horarios, objetivos y
presiones. El trabajo era así, cada vez más y más exigente... hubo
muchos días en los que olvidé que Juan estaba ahí, y dejé de
hablarle. Dejé de escucharme cuando olvidé que era yo también la
que estaba.
No
encontrábamos tiempo para nosotros y juntos pasamos a un segundo y a
veces tercer plano. Y nos acostumbramos.
Alguien
dijo que acostumbrarse es otra forma de morir… Una exageración
para mi gusto pero si, es verdad que algo se fue muriendo en nuestra
relación : ¿ganas? ¿ilusión? ¿alegría? ¿dedicación?.
Aquel
verano diferente fue el crucial para recuperarnos. La pandemia nos
había metido en casa, pienso ahora que a aprender a vivir de otra
forma. Ese era el objetivo. Nosotros no solo no aprendimos sino que
nos estresamos más. La informática no era lo nuestro y entonces
tocaba teletrabajar. Estuvimos encerrados cada uno en una habitación,
horas y horas. Dormir era lo siguiente.
La
pierna rota de Juan fue necesaria para cambiar el ritmo y
encontrarnos. Dudo ahora de que en el Caribe lo hubiéramos
conseguido. Recordar cómo nos habíamos conocido, volver a ver el
mismo brillo en sus ojos, reírnos como entonces, escucharnos como la
primera vez que nos dirigimos la palabra. Me sigue enamorando su
forma de hablar y me horroriza descubrir cómo lo tenía casi
olvidado...
Aquel
verano diferente fuimos capaces de cambiar el rumbo porque recordamos
lo que nos había enamorado, lo volvimos a sentir . El amor es sólo
una palabra hasta que la llenamos de significado y día a día la
fuimos llenando. Para no olvidarlo hicimos un álbum virtual con
cantidad de fotos en la tumbona, con palabras llenas de música, con
recortes de periódicos, con amigos…
Aquel
verano marcó otro ritmo en nuestra relación. Aprendimos a ritmo de
escayola pero aprendimos. Si, aprendimos, no fueron necesarios más
accidentes.

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