Es tiempo de amar - Dori Terán


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Su energía femenina se perdía en brazos del caos generado en el mundo. Emociones en su corazón se distraían y contaminaban con sucesos que empañaban la alegría de vivir. Un virus asesino que cuentan mutando para sobrevivir, un pueblo invadido por la guerra política armada, por la religión fanática, por la avaricia económica…matando. Eléctricas que argumentan y justifican la ruina, el frío, la pobreza de tantas formas de vida…y mucho, mucho más Todo parece embargado por la injusticia y la corrupción…por la mentira. Cada día busca dentro de su alma envuelta en tristeza y dolor la esencia humana y sobre todo su esencia de mujer.

Esta mañana necesita sentir la libertad. Se ha puesto un vestido holgado sobre su cuerpo desnudo. Se le dibujan las formas que sus células han moldeado y así liviana y decidida se encamina a la playa. Le salpica en la cara el viento cargado de gotas marinas, la espuma que rompe en las olas golpea sus pies y la música del agua en su vaivén llena el ambiente con la magia de la paz. Respira el salitre mientras los rayos del sol le acarician la piel. Todo su ser se colma de consciencia y luz. La naturaleza en su sabiduría le obsequia con el mensaje que tanto ha buscado. Ahora sabe que los vientos velocípedos bautizados con nombre de mujer barreran el miedo y la crueldad gestada por la oscuridad. Sabe que la guerra se gana amando y se ha propuesto comenzar el ensayo del amor en su pequeño espacio y tiempo. Eso es lo único que ella puede cambiar.

Dejar de proyectar sobre el exterior culpas y desdenes. Existir aprendiendo a escuchar el corazón donde habita la fuerza creadora de ti y de mí, mujer. Busquemos y aprendamos el amor. Es tiempo de amar!!


 

 

 

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Buscando libertad - Esperanza Tirado


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Su viaje por carretera por fin tomaba forma. No tenía ruta definida, simplemente rodar hacia ninguna parte, pensando en escapar, en alejarse del peso de un entorno asfixiante, buscando un lugar en el que esconderse, o donde ser más libre.

Metió ropa en una bolsa, subió a su viejo y destartalado coche y, carretera adelante voló.

Un viaje solitario con el que desconectar: el aire en la cara, música en la radio, soledad, paz,...

Un ruido extraño, volantazo, derrape, ropa por los aires, visión borrosa...

Ya era libre.

Su último pensamiento en soledad.



Canción: The Weight, de The Band

https://www.youtube.com/watch?v=FFqb1I-hiHE



 

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El ático - Gloria Losada

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 Me llamo Carlos Villarroel y necesito ayuda urgente. Si estás leyendo esto, por favor, acude al ático b del número 6 de la calle Real. Estoy atrapado y no sé cómo salir de aquí.

Todo empezó hace unos meses, cuando llegué a la ciudad. Apenas había terminado la carrera de medicina y había conseguido que el jefe del departamento de neurología pediátrica del Hospital Universitario tuviese la deferencia de dirigirme la tesis doctoral que llegaba dispuesto a realizar. No había sido fácil, era un médico de mucho renombre y estaba muy solicitado, pero el tema que le propuse, relacionado con los tumores cerebrales en la infancia, le atrajo especialmente, según me contaría después, lo cual resultó determinante a la hora de ser elegido su pupilo. Fue entonces cuando me decidí a buscar un piso donde poder no sólo residir, sino también estudiar y trabajar con la mayor tranquilidad posible. Se me presentaban por delante dos o tres años de dura tarea y no quería que nada me distrajese. Deseché por completo los típicos pisos de estudiantes y por supuesto la idea de compartir no entraba en mis planes, así que pensé que debía armarme de paciencia y buscar con tino hasta encontrar lo que deseaba. Contrariamente a la idea que tenía apenas tardé en dar donde caerme muerto. Una tarde, de regreso a la pensión, vi el cartel anunciando el alquiler que parecía estar llamándome a gritos. Era un edificio en la parte vieja de la ciudad, antiguo, pero bien conservado, con las escaleras de madera y sin ascensor. Todavía conservaba el puesto de portera, una mujer mayor bastante agradable, que se ofreció en seguida a enseñarme el ático en cuanto entré a preguntar.

El piso no era muy grande, pero suficiente para mi, dos habitaciones, salón, cocina y baño, extremadamente cuidado y recién pintado de un blanco impoluto, tanto las paredes como las puertas y ventanas. A cualquiera podría parecerle demasiado aséptico, pero a mi me pareció el lugar perfecto, sobre todo cuando pregunté por el precio del alquiler y la mujer me informó que los dueños pedían doscientos euros.

-Como verá usted es bastante barato –me dijo– pero los señores no tienen falta de dinero, sólo quieren tenerlo ocupado con alguien que se lo cuide.

No lo dudé un instante. Soledad, la portera, me informó de que el pago debía de hacerse entre el uno y el cinco de cada mes.

-Usted me paga a mí, yo ya me encargo de todo. Si quiere le puedo enseñar la autorización de los dueños.

Rehusé tal ofrecimiento, pues no me parecía que aquella mujer mayor albergara malas intenciones y le pregunté si podía trasladarme al día siguiente, a lo que me contestó que me trasladara cuando quisiera, como si quería hacerlo en aquel mismo instante.

-Si no estoy aquí me timbra en el bajo, yo misma le ayudaré a subir sus cosas.

Se lo agradecí, aun a sabiendas de que no iba a solicitar su ayuda y me fui más contento que unas castañuelas. Al día siguiente hice el traslado y me instalé.

La habitación que elegí como dormitorio era la más luminosa de la casa. Un amplio ventanal recorría la pared de lado a lado permitiendo la entrada de luz a raudales y dejando a la vista un mar de tejados y antenas de televisión. En su extremo izquierdo se podía contemplar, no obstante, parte de la fachada de los edificios de enfrente, que daban a la calle. El paisaje no era muy bello, todo sea dicho, pero a mi no me importaba, es más, lo prefería así, pues suponía un elemento de distracción menos.

Así empecé una vida que creí sería rutinaria. Me pasaba la mañana en el hospital o en el departamento de la facultad; por las tardes me dedicaba al estudio o a la lectura, me acostaba temprano y me levantaba igualmente temprano y sólo los fines de semana me permitía alguna licencia, saliendo a tomar unas copas con los amigos y si se terciaba, disfrutando de una noche de pasión sexual con alguna muchacha que se prestara a ello.

Llevaba ya unas semanas viviendo en mi nuevo hogar cuando lo escuché por primera vez. Era de noche y llovía con fuerza. Entremezclado con el ruido de las gotas de agua al golpear los cristales y el tejado pude oír el arrullo de unas palomas. No le di demasiada importancia, incluso estoy seguro de que no me hubiera dado cuenta si no fuera porque la lluvia me despertó, mas el caso fue que después de aquella primera noche algo, no se qué, me despertaba todas las madrugadas y me hacía escuchar no sólo el arrullo, sino también el leve aleteo de aquellas aves que siempre se me antojaron repulsivas. Con la llegada del día cesaban los sonidos, hasta que comenzaron a verse paseando con tranquilidad por los tejados. No me molestaban lo más mínimo, más no sé bien por qué, sentía una extraña inquietud cuando se acercaban demasiado a mi ventana y hacía todo lo posible por espantarlas.

Una tarde, al llegar a casa después de mis quehaceres diarios, comprobé con gran consternación por mi parte que una de aquellas asquerosas aves se había colado en la cocina. Había dejado puertas y ventanas bien cerradas, siempre lo hacía, así que por más que le di vueltas no fui capaz de dilucidar por qué hueco había conseguido entrar. Pensé que tal vez la portera hubiera tenido que acudir al piso por algún motivo, así que bajé a preguntarle.

-No, no he entrado en su casa, pero ándese con ojo, esas aves son muy falsas, muy astutas y se cuelan por el hueco más pequeño que encuentran. Además son un foco de infecciones. Si encuentra usted el agujero por el que entran yo tengo yeso con el que taparlo, pase por aquí y se lo daré. – me contestó la vieja sin dejar de barrer una y otra vez el pequeño espacio de la portería.

-Pero dígame –insistí yo- ¿alguno de los inquilinos anteriores se quejó de lo mismo?

-Que yo sepa no –me contestó la mujer encogiéndose de hombros y dando por zanjada la conversación.

Me subí de nuevo a mi casa y me puse a buscar como un loco el posible hueco, pero no conseguí dar con él. Sin embargo, y como no volví a encontrar ninguna de aquellas aves pululando por mi vivienda, pronto me olvidé del tema y continué con mi vida de siempre, que bastante ajetreada era ya como para tener semejante estúpido motivo de preocupación.

Semanas más tarde conocí a Janeth, una muchacha inglesa de piel blanca y suave e increíbles ojos verdes que me encandilaron. Janeth estaba de paso por la ciudad haciendo un curso de español, lo cual me pareció fantástico, pues había de permanecer a mi lado el tiempo necesario para poder pasar ratos agradables sin darme tiempo a enamorarme como un imbécil, corriendo el riesgo de desatender mi ocupación principal, que no era otra que mi tesis doctoral.

Aquel sábado Janeth y yo nos mostramos especialmente cariñosos el uno con el otro, tanto que nuestra temperatura subió hasta límites insospechados, lo que nos llevó a buscar un lugar tranquilo y lejos de miradas indiscretas en el que poder dar rienda suelta a toda la pasión que pugnaba por estallar en nuestros cuerpos. Así fue que mi aséptica alcoba se convirtió en nuestro nido de amor por unas horas, después de las cuales caímos rendidos en un sueño profundo del que me despertaron los arrullos de las palomas bien entrada la mañana.

Al principio creí estar soñando, tan espantado me quedé con lo que estaba viendo, más en seguida comprendí que todo era real, sorprendentemente real. Cinco palomas campeaban a sus anchas por mi cuarto, mientras un número indefinido de ellas permanecía fuera, sobre el tejado, tan arrimadas a las ventanas que parecía que en cualquier momento el cristal cedería y todas se colarían en la habitación.

Desperté a Janeth muerto de miedo y de asco, pero ella se limitó a soltar una carcajada burlándose de mi alarmismo, calificando la situación de pintoresca. Sólo cuando al intentar levantarse de la cama las palomas la atacaron, llenando sus piernas de picotazos, cambió de opinión. Nos deshicimos de aquellos pájaros medio salvajes como pudimos, golpeándolos con cualquier objeto que estuviera a nuestro alcance, y cuando lo conseguimos Janeth salió de mi casa como alma que lleva el diablo, recomendándome que me buscara otro lugar en el que vivir si no quería ser pasto de semejantes monstruos.

En cuanto hube recogido los cadáveres de las palomas bajé de nuevo a la portería a presentar mis quejas a la vieja Soledad. Consideraba que la situación no era ya anecdótica, y menos después de haber observado la ferocidad con la que atacaban a mi femenina acompañante.

-Le dije que buscara al agujero por el que se cuelan ¿lo hizo? –se limitó a preguntar después de escuchar mis protestas con bastante indiferencia.

-Lo hice a conciencia y no encontré agujero alguno. No tengo idea de cómo consiguen colarse en mi casa, pero si esto no se soluciona no me quedará más remedio que buscarme otro sitio dónde vivir. Esta situación se está volviendo insoportable.

Doña Soledad no contestó, simplemente se limitó a lanzarme una mirada extraña que yo no supe interpretar y a la que no di demasiada importancia, al fin y al cabo era una vieja a la que en ocasiones, como había tenido ocasión de comprobar, se le iba la cabeza.

Me volví a mi casa y pasé aquel domingo entre el estudio y la observación del enjambre de palomas de pululaban sin cesar por los tejados y cuando de noche llegó la hora de irme a la cama, me aseguré de que todas las puertas y ventanas quedaran bien cerradas, de manera que fuera absolutamente imposible que se colara ni siquiera un mosquito. Pero esta mañana, cuando desperté, el panorama con el que me encontré fue el peor posible. El suelo de mi cuarto no se veía. Estaba absolutamente cubierto de palomas. Eran tantas que no las hubiera podido contar aunque quisiera. En cuanto hice ademán de levantarme de la cama ellas lo hicieron de picotearme las piernas. Comprendí que no tenía mucha salida. Aquellos bichos no tenían otra intención que devorarme y yo no podía pedir ayuda por ningún lado.

Cuando miré la mesita de noche y vi el cenicero de cristal se me ocurrió la idea. Escribí el mensaje en una hoja de una revista que también andaba por allí, envolví con ella el cenicero y lo lancé con fuerza contra los cristales, con la esperanza de que fuera rodando por los tejados, cayera en la calle y alguien lo viera. Espero que haya ocurrido así. Ahora sólo me queda esperar.


*

La vieja portera barría la acera pasando la escoba por el mismo sitio una y otra vez, limpiando donde ya no había nada que limpiar. Cuando escuchó el ruido de los cristales al hacerse añicos volvió la cabeza y se dirigió hacia el objeto que, envuelto en un papel de revista, había caído rodando de los tejados. De inmediato supo que era del inquilino. Leyó la nota y, sonriendo, la tiró directamente al contenedor de la basura.

-Como si mis palomas no tuvieran derecho a comer. En unas semanas prepararé de nuevo el cartel de “se alquila”, cuando hayan terminado su festín.


 

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Cromados deslumbrantes - Esperanza Tirado

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Un Cadillac rojo con cromados brillantes en los que reflejarse. Ese era su gran sueño desde que tenía uso de razón.

Ansiaba sacarse el carnet, tener su vehículo y, motorizado, deslumbrar a todas las chicas del barrio.

Y llegó SU Cadillac, pero no las chicas. Curiosamente, ellos sí se fijaban más. En el automóvil. Y en el dueño.

Intentó aprovechar la situación y probó a dar una vuelta a su sexualidad.

Pero estaba claro. Sería un solitario. Con Cadillac o sin él, ellas no se le acercarían. A no ser que les pagara sus viajes hasta el amanecer.



Canción: Cadillac Solitario, de Loquillo & Trogloditas

https://www.youtube.com/watch?v=vvitGvSA1EI

 

 

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Canción de adiós - Gloria Losada

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Las primera luces del alba se cuelan por la ventana entreabierta. Miro el reloj. Pasan unos minutos de las seis de la mañana y el calor ya se está haciendo insoportable, ni siquiera la tenue brisa que se cuela por la rendija logra aliviar un poco la sensación bochornosa. La habitación huele a sudor rancio y a humedad. Tu cuerpo yace en la cama, a mi lado. Tu respiración lenta y acompasada me dice que estás plácidamente dormido. Contemplo tu bello rostro y por un segundo se adueña de mí una infinita ternura. Me gusta tu piel blanca, tu cabello rizado, tus ojos color avellana, tu nariz recta y afilada, tu sonrisa de dientes blanquísimos y perfectos. Me entristezco al pensar que pronto podré verlos tan sólo en mi recuerdo. Me levanto y enciendo un cigarrillo, me acerco a la ventana y me siento en el alféizar. Me entretengo un rato en observar el humo que sale de mi boca, después de haber ensuciado un poco más mis pulmones. Sonrío al recordar que no fumaba hasta que te conocí. ¿Te acuerdas? una noche de verano, casi tan calurosa como ésta, en aquella playa de Ibiza. Era la primera vez que salía de casa sin mis padres y estaba ávida de experimentar emociones desconocidas. Acababa de cumplir dieciocho años, tú tenías veinte. Yo por aquel entonces era una chiquilla ingenua y enamoradiza, por eso puedo decir sin tapujos que me enamoré de ti en cuanto te vi, aunque muchos se empeñen en afirmar que eso no puede ser. Salías del agua vestido con unos pantalones vaqueros empapados. Pesaban tanto que apenas te permitían caminar. Tu torso, atlético y cubierto de bello, desnudo, mojado, atrajo mi mirada y despertó en mí un deseo que jamás había sentido. Al pasar por mi lado me miraste y me premiaste con tu sonrisa, una sonrisa que me encandiló de tal forma que te perseguí de forma inconsciente durante toda aquella noche de fiesta. No sé si fue el azar, la casualidad o la misma vida que hace de las suyas, pero al día siguiente estabas en la playa. Esta vez te acercaste a mí con el descarado propósito de ligar conmigo. Y el "cómo te llamas", "estudias o trabajas", nos fue llevando la conversación hacia otros derroteros mucho más interesantes. Por la noche viniste a buscarme al hotel y me llevaste a otra fiesta. Fue allí donde me ofreciste el primer cigarrillo, que yo acepté por la vergüenza que me daba decirte que no había probado el tabaco nunca en mi vida. Ya ves, con el tiempo se ha ido convirtiendo en mi único vicio, un vicio que no quiero abandonar porque me une a ti, a esas tardes de invierno que tantas veces hemos pasado charlando entre cigarrillos y café. Nos hicimos inseparables, amigos, colegas… pero ambos queríamos más y terminamos por dárnoslo. La última noche de mi estancia en la isla me tomaste de la mano y nos fuimos a pasear por la playa donde nos habíamos visto por primera vez. Yo sabía que eran nuestros últimos momentos juntos, que el amor que sentía por ti tenía las horas contadas por fuerza, no por voluntad propia, y mientras caminábamos descalzos, dejando que las olas que rompían en la orilla acariciaran nuestros pies, pugnaba por no llorar delante de ti, para que no te dieras cuenta de la pena tan grande que sentía al tener que dejarte. Al mismo tiempo mi cuerpo te pedía, insinuante, que le dejaras algún recuerdo, alguna huella que quedara perdurable pegada a mi piel recién salida de la adolescencia. Años después me confesarías que tú sentías lo mismo, que deseabas unirte a mí como un animal en celo. Por eso me llevaste a la esquina más oscura y allí nos amamos con pasión desenfrenada, sabiendo que era la primera y la última vez que nos regalaríamos las caricias y los besos que salían de nuestras manos y de nuestras bocas.

Ya te he contado mil veces las lágrimas que derramé por ti en el avión de vuelta a casa. Ahora lo pienso, después de pasado el tiempo, y hasta me siento estúpida. Estúpida por pensar que lo nuestro tendría que ser como los amores eternos que sólo existen en las películas, en las novelas rosa que devoraba en la soledad de mi habitación en los fríos y grises días del invierno. Y es que cuando se tienen dieciocho años, el amor soñado y no conseguido se convierte en una tragedia que amenaza nuestra existencia haciéndonos creer que ya jamás podremos volver a amar. Metida en aquel avión, encerrada en aquel aparato a muchos kilómetros del suelo, eso era lo que yo pensaba: que a nadie volvería a querer como te había querido a ti, que nadie podría paliar mi sufrimiento.

Pensé que jamás volveríamos a estar juntos, por eso no me llevé de ti recuerdo alguno, ni siquiera un número de teléfono, era mejor perder todo contacto para así hacer más rápido el olvido. No podía imaginarme que sólo unos meses más tarde volverías a mi lado, que estarías esperándome una lluviosa tarde de enero a la salida de la facultad, para decirme que el amor que sentías por mí te había desbordado, que era tan intenso que no podías dejar de pensar en mí, que querías que pasáramos el resto de la vida juntos. Creo que aquel fue el momento más feliz de mi existencia. Volver a estar contigo colmaba todos mis deseos, que sintieras por mí lo mismo que yo por ti significaba la realización de todos mis sueños.

Sí, debo de reconocerlo, tuvimos una vida plena, el camino andado juntos ha tenido más rosas que espinas y los años que hasta hoy han pasado lo han hecho demasiado rápido tal vez, pero ha llegado a su fin, ya no hay lugar hacia dónde ir, ya no hay ruta que tomar, que elegir. No sé en qué momento me envolvió el desencanto, no sé cuál fue el instante preciso en que tu presencia empezó a molestarme, en que la pasión abandonó nuestro lecho. Supongo que la rutina se instaló entre nosotros y poco a poco dejamos de ser diferentes a los demás, empezamos a hacer las mismas cosas, a tener sus mismos problemas, a vivir su misma vida insulsa.

Y un día te miré y me pareciste un extraño. Por más que quise recuperar nuestra historia pasada, no fue posible, no es posible, precisamente por eso, porque ya ha pasado, porque sus protagonistas han cambiado, porque tú y yo ya no somos los mismos de antes. Así es que he decidido irme, antes de que el amor que aun queda entre nosotros se termine y acabemos convertidos en enemigos. Te lo he intentado explicar y no lo entiendes, niegas lo evidente una y otra vez, aunque sabes que tengo razón. Por eso he elegido este momento para irme, mientras duermes, sin que te des cuenta, para que no intentes retenerme, para no tener que enfrentarme a esos ojos que me pedirán con insistencia que me quede. Sé que irme así no es sino un acto de cobardía, pero no me siento con fuerzas para una despedida cara a cara. Me gustaría hacer el amor contigo por última vez, regalarte de nuevo besos y caricias, pero no es posible, no serían sinceros.

Me voy, mi vida, me voy sin rumbo fijo, a algún lugar donde poder refugiarme para olvidarte. Te dejaré esta carta encima de tu mesilla para que la leas cuando despiertes. Por favor, no me guardes rencor.

Cojo mi pequeña maleta y pongo en ella cuatro cosas. Te miro por última vez. Al cerrar la puerta de la habitación me viene a la memoria esa canción que tantas veces he escuchado últimamente pensando en ti: fuiste todo, pero fuiste, yo no sé si me entendiste, que te estoy diciendo adiós.



 

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Guateque nostalgia - Esperanza Tirado

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De sus tiempos... últimamente esa coletilla se repite mucho en nuestras conversaciones. Será la ola nostálgica que nos invade, que cualquier tiempo pasado fue mejor... O que entonces eran jóvenes y tenían toda la vida y el mundo por delante para volar y hacer todo tipo de locuras y descubrimientos.

Reviso su discoteca: LPs de los de antes con los que ponían banda sonora a sus guateques. Hasta la palabra suena vintage, como dicen ahora. Mucha canción melódica italiana.

¿Qué tendrán los italianos y el amore? Será el calor del verano, pero hasta yo me estoy poniendo nostálgica.



Canción: Volare, de Domenico Modugno

https://www.youtube.com/watch?v=t4IjJav7xbg

 

 

 

 

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El rugido del volcán - Marian Muñoz

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Más vale escabullirme entre la muchedumbre y pasar desapercibida porque si me pilla un periodista no me aguantaré soltar el cabreo monumental que tengo y saldré por la tele como una chiflada. Que sí que me alegro por mis convecinos de que el volcán esté echando una siesta de otros cincuenta años, pero es que manda narices cuando tiró aquel pedo y empezó a escupir lava me fastidió la vida que tenía tan felizmente encauzada con un buen trabajo, y ahora que se ha apagado me hace lo mismo tras haber ideado un negocio para salir a flote económicamente. Por eso estoy que me llevan los demonios y súper enfadada.


Durante estos meses hemos sufrido todos el rugido del maldito volcán, al principio los temblores, luego el apestoso vaho acompañado de lava, cenizas y pyroclastos, además de bombas volcánicas, fumarolas y según el momento la erupción podía ser estromboliana, hawaiana, vesubiana, en fin, además de aprender multitud de palabras técnicas sobre la naturaleza de nuestro enemigo también hemos ganado terreno con las fajanas, por no hablar del malpaís que quedará encima de muchas casas, un horror y un terror que será difícil de olvidar ni siquiera por los más pequeños que aún se despiertan sintiendo los temblores que ya cesaron, el volcán se apaga pero la angustia y el desconcierto durará muchos años más.


Aquel 19 de setiembre iba para cinco años que residía en la isla gracias a un error garrafal en la compra del billete de avión. Quería ir a Las Palmas de Gran Canaria y pillé uno barato para La Palma. Cuando salí del aeropuerto tropecé con un entorno inesperado y totalmente perdida, la intención era trabajar en algún complejo turístico de los que están plagados en aquella isla, por el contrario sólo veía viviendas pequeñas, pueblos recogidos y coquetos a lo largo de la falda de la montaña. Únicamente había comprado ida, el presupuesto no daba para más y coger otro vuelo era impensable. Tras dos días llorando en una pensión decidí tirar para adelante y buscarme la vida. Gracias a mi don de lenguas me ofrecí en hoteles, apartamentos, agencias de viajes y fue en una de éstas donde me aceptaron y enseñaron a ser una buena guía de La Palma.

Con el ahorro de los primeros sueldos compré una cuadra acondicionada como vivienda con un trozo de terreno y el baño fuera de las cuatro paredes que la componían. En ratos libres la fui remozando y convirtiéndola en un hogar, diminuto pero acogedor. La agencia turística me ocupaba tres días a la semana y tras hacer un curso intensivo me registré como free lance de aventura llevando grupos de hasta diez personas para hacer senderismo, parapente, buceo o rutas en barco, obtenía pingües ganancias que permitieron reformar mi hogar e incluir entre las cuatro paredes el baño exterior.

El albañil fue recomendado por su hermana, mi jefa en la agencia de turismo, un tío majo y afable como todos los isleños. Me había escapado de un padre maltratador y una madrastra drogadicta así que cualquier muestra de educación o amabilidad me hacía sentir bien. Tras la inclusión del baño llegó el ampliar la cocina, una obra que duró más tiempo del debido y tuvimos ocasión de conocernos mejor y congeniar, al terminarla se mudó conmigo. Sus manos como albañil eran diestras y certeras pero como amante eran mágicas y tiernas, su sola sonrisa ya iluminaba el día estando siempre de buen humor, la lástima era que pasaba bastantes semanas en otras islas al tener fama de ser uno de los mejores del archipiélago. Sus ausencias no me disgustaban porque sus retornos eran tan deseados como satisfactorios, él pertenecía a la isla y siempre volvía.

Dos días antes de la erupción y preparando la bolsa de viaje entre temblor y temblor me cuenta que no sabe vivir sólo y mucho menos en una habitación de hotel, así que tiene una novia en cada isla con la que convive mientras está trabajando. Con ninguna está casado ni tiene descendencia al haberse hecho la vasectomía hace mucho por no ser adecuado tener un hijo en cada isla. -No sabía si me estaba lanzando un órdago o estaba sincerándose, opté por seguir escuchándole-. Confesaba que quería envejecer conmigo, siempre volvería a la isla porque era su hogar y ninguna de las otras conocía la verdad, sólo me amaba a mí y por esa razón me lo contaba. Quedé tan traspuesta que se despidió dándome un beso y no pude decirle nada.


Los temblores en la isla eran cada vez más fuertes y frecuentes, comenzando a temer lo peor su hermana me aconsejó hacer las maletas con lo más imprescindible: documentación, recuerdos, joyas, dinero, todo aquello que considerase importante y depositarlo en su casa al otro lado de la isla donde la vida se llevaba con más normalidad. Menos mal que le hice caso al dejarle también las dos mascotas, dos perritos recogidos de la calle, juguetones y cariñosos que aliviaban mi soledad porque en cuanto el volcán escupió aquella fumarola y luego la lava por sus laderas tuvimos que abandonar nuestras viviendas rápidamente, más por precaución que por otra cosa ya que mi barrio no parecía peligrar según la dirección de las coladas, pero la caída de tanta ceniza podía provocar derrumbes de tejados por lo que me alojé en casa de ella viéndome obligada a cesar toda actividad turística, tanto por el cierre del aeropuerto y ferris como por ser peligroso respirar en muchas ocasiones aquel aire cargado de azufre.


No podía estar de brazos cruzados y me apunté como voluntaria, mi cuenta bancaria estaba adelgazando al seguir pagando hipoteca, luz, agua, teléfono y no tener ingreso alguno, me veía otra vez como al principio de llegar con una mano delante y otra detrás aunque con amigos y vecinos a los que consolar y ayudar. Una noche mientras leía las noticias se me ocurrió una idea. Hay gente que vende por internet sus bragas usadas, sujetadores o envasa pedos, yo tenía acceso a algo inusual que podía interesar: ceniza. Por turnos nos permitían acudir a limpiar los tejados y las casas de tanta acumulada debiendo depositarla en contenedores del ayuntamiento. Pues bien, empecé a quedarme las bolsas, alquilé un pequeño local, encargué quinientos tarros pequeños y otros trescientos más grandes, creé un logo que imprimí y monté una página web ofertando tarros con ceniza del volcán Cumbre Vieja. Los vendía a tres euros más gastos de envío, los grandes a seis y si incluían una pequeña piedra de la isla subían un euro más. Me los quitaban de las manos, inventé un sistema para protegerlos y no se rompieran en la manipulación, cada día enviaba entre ochenta y cien tarros. El importe no era mucho pero las ganancias eran casi totales ya que los envases los había conseguido baratos y la materia prima caía del cielo. Cuando no tenía ceniza casera ofrecía mi ayuda a otros y me guardaba las bolsas sin que se enterasen. Por fin había conseguido sacar rédito al volcán ya que todos los días llovía ceniza, llevándolo en secreto para que nadie me quitara el negocio.

Por desgracia para mí pero alivio para mis convecinos el volcán comenzó a mostrar signos de cansancio, dejó de escupir lava, la tierra se fue calmando y finalmente se ha apagado. Mi casa sigue en pie, bastante sucia pero aún la conservo, mis ingresos están a punto de terminarse porque no puedo disimular más la recogida de ceniza y cuando un volcán se apaga deja de interesar a los foráneos. Por eso ando cabreada ya que aún tardaremos unas semanas en retomar las excursiones turísticas o la práctica de senderismo, parapente o buceo, eso sí, al menos conseguí darle un buen mordisco al enemigo de la isla para seguir sobreviviendo a sus destrozos.


Con el silencio del volcán llegó mi amor, ha retornado para echarme una mano en la limpieza y trabajar reconstruyendo en otro lugar los pueblos sepultados, en cuanto a las otras he pensado que no me importan, lo que interesa es el hoy y el ahora mientras le tenga a mi lado disfrutaré con su presencia, pero ya le avisé que vaya pensando en el matrimonio que quiero tener hijos con él aunque no sean suyos.

 

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