Pasos perdidos - Esperanza Tirado

                                       Resultado de imagen de carrera mujer

 

Dorsal listo. Un paso más. Calzando las zapatillas de siempre. Dos pasos más. Porque correr es bueno. Otro paso más. Aunque volver a correr después de un año es raro. Hay que tener esperanza. Un paso más.

Pero… ¿y si algo falla? Dos pasos menos ¿Y si el virus rebrota entre la marea de corredores? Dos pasos menos.

Ya en la línea de meta. Un paso más. Gran ambiente de fiesta. Dos pasos más. Aunque echo de menos tantas caras conocidas… Dos pasos menos.

Aprieto dientes y zapatillas contra el asfalto. Dos pasos más. Pinchazos en las piernas y en el corazón. Dos pasos más. Ya casi estoy ahí. Los colores me envuelven y me mareo. Un paso menos. Abro los ojos. En la línea de salida de ¿2019? Pasos perdidos.


 

                                                   Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.

Adiós, agur, au revoir - Marian Muñoz

                                         Woman relaxing on a Brazilian beach in sunny day with a caipirinha glass on the side. Only the feet appearing in the photo. In the background coconut palms and a beautiful beach in northeastern Brazil


¡Me voy! Le dije, se dio media vuelta riéndose y fue lo peor que hice, el temor a lo desconocido a un futuro incierto en un lugar quizás más difícil, el sentimiento del reproche familiar o la falta de dinero para mantenerme fueron quizás las razones por las que no me fui y a partir de ese momento aprovechó mi cobardía torturándome con su desprecio, con sus silencios, con sus ausencias y su frialdad, menospreciándome como persona o peor aún como esposa. Me quedé y empezó mi calvario, a olvidarme de mi para subsistir a su maltrato psicológico, comencé a no pensar convirtiéndome en un autómata cumpliendo con las labores de casa, le preparaba comidas que nunca probaba al hacerlo fuera, a saludar por la calle sin ver realmente a quien, mi cabeza se embotó, se acorchó y dejé de pensar de sentir y razonar para solamente seguir viva un día más.

Nunca me puso una mano encima aunque lo hubiera preferido porque demostraría algún sentimiento por su parte. No me hablaba sólo lanzaba miradas de desprecio o burla doliéndome más que cuando salía temprano por la puerta y ni regresaba a dormir. Me convertí en una zombi escondiendo mis sentimientos al huir de la confrontación, al sentirme satisfecha con escuchar el televisor hablándome de vidas de otras gentes, me conformé durante no sé cuánto tiempo pero hubiera seguido así mientras viviera, al menos no me quitaba la tarjeta del banco para mis necesidades.

Un día de verano tendiendo la ropa en la azotea del edificio chorreaba de sudor, el sol caía a plomo y tocaba lavar sabanas y toallas, el calor molestaba tanto que ansiaba terminar para bajar al frescor de la vivienda pero apareció él, él que nunca se dignaba a subir para nada se acercó y con su sonrisa sibilina me espetó que al terminar de tender me marchara de casa, había encontrado una mujer mejor que yo, más guapa, más inteligente y graciosa sobre todo mejor cocinera y amante que yo. Hice como siempre oírle sin escucharle, pero él insistió diciéndome que ya era hora de que me fuera tal y como había dicho hace un año. No sé si la culpa la tuvo el sol o su actitud chulesca e impertinente que noté calor subiendo y bajando por mi cuerpo, una especie de fuerza interior que asumía sin saber qué era. Mientras terminaba de tender la última prenda él se acercó al muro de la azotea asomándose hacia abajo, nunca me arrimaba por tener vértigo y un séptimo piso me da pavor, puse la última pinza, cogí el barreño de plástico que unos segundos antes contenía la ropa y dirigiéndome a él que en ese instante se volvía hacia mí se lo arrojé tan fuerte que perdió el equilibrio y cayó hacia atrás, mientras su cuerpo sobrepasaba el murete no me quitaba ojo y en su mirada leía una única pregunta ¿qué haces?

Oí el golpe seco sobre el asfalto, en esa parte del edificio la acera es estrecha pues el ayuntamiento se empeñó en construir una vía de servicio para que el autobús regresara más rápido hacia el centro en donde antes había un descampado disfrutado por los niños. Me di media vuelta sin sentir nada, el calor me seguía agobiando y deseaba cuanto antes llegar al frescor de casa. Bajé tranquilamente las escaleras, entré y sentí un burbujeo en el estomago, en la cocina cogí un puñado de avellanas y me senté ante el televisor para ver mi novela favorita. Hubo un momento en que oía más el ruido de sirenas en la calle que los diálogos de los actores, me asomé a la ventana por ver qué ocurría pero lo que fuera sucedía en la otra fachada del edificio de la que no tenía visión, los reflejos de las luces y un corrillo de personas indicaban que algo había pasado. De repente oí sonar imperiosamente el timbre de la puerta y al abrir apareció el vecino de abajo todo sofocado diciéndome que algo muy grave había pasado en la calle. Rápidamente apareció a su lado una mujer vestida de policía preguntándome si era la mujer de Juan, al responderle que sí sugirió que me sentara, que instante tan surrealista se supone que debo ser yo quien les invite a pasar y sentarse, pero eran ellos los que me pedían que lo hiciera, les hice caso y utilicé la silla descalzadora del recibidor.

Ha ocurrido una desgracia, decía la policía, su marido se ha caído desde la azotea, el barreño de la ropa amortiguó el golpe y no se mató pero al intentar ponerse de pie un autobús urbano lo atropelló y está muerto. La risa quería salir de mi garganta no sé ni cómo aguanté, pensar que no murió al caer desde la altura de siete pisos sino que lo remató un autobús, como pude disimulé e intenté mostrar alguna lágrima pero no salían. Para ganar tiempo mostré mi asombro e incluso sugerí si se trataba de una broma de mal gusto o de algún programa de esos de la tele, pero no, seguían afirmando que mi marido estaba muerto, entonces aparecieron unas tímidas lágrimas a mis ojos y después un llanto desmesurado, una llorera que no era capaz de apaciguar al liberar toda la presión padecida desde hacía meses. El médico del SAMU me puso una inyección relajante y me facilitó una pastilla para tomar antes de acostarme por la noche. Mucha gente había presenciado la caída y el atropello avisando rápidamente a mi cuñada y demás familiares. El vecino no paraba de decirme que su primo abogado gratuitamente me ayudaría a denunciar al conductor del autobús y todo iría bien al haber tantos testigos que estaban prestando declaración en el atestado.

Mi cuñada fue la primera en presentarse, una arpía que jamás me invitaba a cumpleaños o celebraciones familiares tan sólo a su hermano, luego mis suegros y por último mis padres, el ambiente estaba descontrolado, todo eran sollozos, gritos de dolor y echarme las culpas por dejar que tendiera la ropa él, un hombre, pero la inyección estaba cumpliendo bien su cometido porque todo me daba igual, los míos y los otros nunca me ayudaron ni me escucharon así que ese día yo iba a hacer lo mismo, además tenía la excusa perfecta, la inyección. Ellos arreglaron el funeral, el entierro y el primo abogado del vecino me ayudó con los trámites administrativos de mi nuevo estado, viuda. Cómo no lo iba a hacer gratuitamente si mi marido le había prestado dinero para abrir su despacho y ahora él confiaba en que yo no le pidiera reintegrar nada por desconocerlo, pero eso de ser viuda me abrió la mente tan acorchada que padecía, encontré el escondrijo de los papeles ilegales de Juan y además de la pensión y la indemnización por el remate del autobús, contraté a un matón para que todos los deudores reintegraran por la vía rápida lo prestado.

Hoy, en todos los aspectos, me encuentro mejor y mejor, esta caipiriña esta de muerte.




 

                                                      Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.

Julieta y Romeo - Marga Pérez

                                            Resultado de imagen de romero y julieta

 

 

Julieta nació con una historia de amor bajo el brazo. Nació a los nueve meses de que su madre flipase frente al televisor con “Romeo y Julieta” en versión película. Quedó tocada por aquella historia y decidió que llamaría así a su hija, aunque aún no sabía que estaba embarazada de ella.

Julieta creció con Shakespeare como parte de la familia. En la estantería de su dormitorio se multiplicaban versiones infantiles, juveniles y adultas de la tragedia. Crecían con ella al mismo ritmo que sus ilusiones hasta convertirse ella misma en parte de la historia que tantas veces había repetido. Encontrar a Romeo pasó entonces a ser su objetivo prioritario.

Creció dando calabazas a cualquiera que se le acercase y no se llamase como su enamorado ideal. Tuvo varios enamorados que por ella se habrían casado en secreto, envenenado, matado… pero Julieta se reservaba sólo para Romeo. Sólo en él podía ver ese amor que da fuerza, que apasiona, que empuja a la audacia y a la valentía, que hace soñar...

Creció soñando. Los chicos con los que convivía eran sosos, les faltaba arrojo, valor, osadía. Los veía pusilánimes, egoístas, infantiles, caprichosos, inmaduros. No tenían nada que ver con Romeo. Necesitaba encontrar a un Romeo que, como ella, creciese impregnado de los valores del auténtico. Un Romeo a la altura de la Julieta en la que ella se había convertido.

No penséis que Julieta no estudió, si lo hizo, y también empezó a trabajar y se rodeó de amigos y salió de fiesta. Nada había en ella que la distinguiese de cualquier otra joven de su edad. Hoy vive en una ciudad moderna, a años luz de la medieval Verona, donde espera conocer algún día a Romeo.

Pero los años pasan y a Julieta no se le pone a tiro ningún Romeo, así que aprovecha las redes sociales para solicitar amistad a los pocos que encuentra antes de que se le pase el arroz.

A los italianos los descarta de entrada. Unos cuantos no responden a su solicitud, cuatro o cinco son demasiado jóvenes, otros tantos viven bastante lejos de ella...-Tiene que ser este, a una hora de coche- Julieta lo tiene claro, es su Romeo, hay señales inequívocas: sobre la marcha acepta su solicitud de amistad, es de su quinta, está cerca… no puede ser otro, seguro que el también espera encontrarse un día con ella, con Julieta..

No hay tiempo que perder y después de intercambiar varios mensajes deciden quedar para conocerse. Julieta está ilusionada, se ve a su lado recitando diálogos y frases que de memoria repite desde niña…

Una despedida es tan triste que te diré “hasta mañana” hasta el amanecer”

Es al separarse cuando se siente y se comprende la fuerza con que se ama”

Si tengo que guardarme un objeto tuyo para recordarte, significa que te voy a olvidar”

Es casi ley, que los amores eternos son los más breves”

Creía conocer el amor hasta que tu belleza sedujo a mis ojos”…

Ojos, mirad por última vez. Brazos, dad vuestro último abrazo. Y labios, que sois puertas del aliento, sellad con un último beso”


Se le acelera el pulso imaginando el encuentro con su amado y no deja de repetir aquellas frases que recuerda, una y otra vez , ocupan sus pensamientos mientras se arregla para la cita.

Las arreboladas mejillas, el brillo febril de sus ojos y la verborrea de su discurso expresan con claridad el estado anímico de Julieta cuando se encuentra con el en la cantina de la estación.

Romeo aparece ante sus ojos en un halo de irrealidad cercano al paroxismo. No hay gente, ni ruido, sólo el en medio de una nebulosa onírica y su corazón desbocado a punto de abandonarla.

Seguro que hablaron, Julieta tenía tablas suficientes para mantener el tipo, hablar de cualquier cosa sin que se notase del todo su agitación. Hablaron, éso seguro, pero imposible saber de qué y cómo siguió el hilo de la conversación. Lo que si sabemos es el momento exacto en que Julieta regresa a la realidad del momento…

- Parece que estábamos predestinados a conocernos- Le dice Julieta sonriente y feliz

- ¿Ah si? ¿Por qué lo dices?

- Romeo, Julieta…- La cara de no saber qué es lo que quiere decir, hace que Julieta deje de ver halos, nebulosas y despierte en medio del barullo de gente que les rodean.

-Shakespeare… La tragedia de Romeo y Julieta…- No entiende nada, ella tampoco.

-Ahhh, Romeo… -dice el al fin – Me lo pusieron por mi abuelo, estuvo en Italia en su juventud y desde entonces le llamaron el italiano. Mi madre pensó que era mejor ponerme un nombre italiano para recordarlo que no el suyo, se llamaba Robustiano, pero nadie lo llamaba ya así... Romeo creo que le gustaba más… Y ¿qué dices de una tragedia?

Julieta ya ve a Romeo con total claridad. Ve su incultura, su atuendo hortera,su pelo grasiento, sus manos toscas, su barriga... y lo que ve no le gusta. Se da cuenta que pertenecen a dos mundos incompatibles y sin decir nada, se levanta y se dirige hacia la salida. Ya casi había cruzado la puerta cuando rectifica, vuelve a la mesa que ocupa Romeo y le deja el paquete que con sus propias manos había envuelto con tanto primor. Desaparece sin esperar a su reacción cuando ve el libro de Williams Shakespeare: Romeo y Julieta.

Romeo antes de subir al tren tira el libro en una papelera – Estoy yo para tragedias...- murmulla mientras otra cita ya concertada ocupa todos sus pensamientos.

 

                                                         Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.

En las mazmorras del castillo - Gloria Losada

                                         Resultado de imagen de mazmorra medieval

 

Encerrada entre las cuatro paredes de una oscura mazmorra, voy deshojando las horas, o tal vez los días que me quedan para que mi vida se consuma finalmente entre las llamaradas de la hoguera a la que he sido condenada. Nadie se apiada de mi, únicamente Rodrigo Sepúlveda, el fraile que me trae una jarra y un mendrugo de pan todas las mañanas como único sustento diario, ha tenido la deferencia de hacerme llegar los útiles con los que poder dejar por escrito el testimonio de mis últimos días.

Juro por Dios que soy inocente y ruego a ese mismo Dios que me acoja en su seno con benevolencia y piedad, pues de la misma manera he intentado vivir durante los pocos años que se me ha permitido disfrutar de esa vida que pronto me tocará abandonar.

Me llamo Carmen Sordo González y he tenido la mala suerte de caer entre las garras de Don Nuño Freyre de Andrade, señor Feudal de los territorios de Ferrol y Pontedeume, sanguinario y cruel donde los haya, no en vano lo apodan “O mao” porque a malo y déspota no hay quien le gane. Pero quizá sea mejor que comience a contar mi historia, cuyo final se prevé triste y desventurado, por el principio de mis días.

Mi padre era Gonzalo Sordo Ventureira, siervo que fue de Don Fernando Perez de Andrade “O Bo” (El Bueno), primer señor feudal de Pontedeume, en virtud del privilegio otorgado en Burgos por Enrique de Trástamara en recompensa por su apoyo en la guerra contra el rey Pedro I el Cruel. Decía mi difunto padre que Don Fernando era un buen hombre y así debió ser, pues se ganó el apodo de “El Bueno” por las grandes obras que hizo, sobre todo con los campesinos, a los que ayudaba cuando las cosechas no venían como era debido, perdonándoles, en muchas ocasiones, la renta estipulada.

Mi padre contrajo matrimonio con Jimena Gonzalez, una muchacha procedente de Burgos, sirvienta personal de la esposa de Don Fernando, y fue por ello que entre ambos se estableció una relación de cordialidad que traspasaba con creces la mera relación entre el señor y su siervo. Mi madre, a pesar de que dejó su trabajo para dedicarse a los quehaceres de la casa, no dejó de visitar con frecuencia a la señora del castillo, de carácter tan bueno y dulce como el de su esposo, atendiendo a los ruegos de la misma, y en muchas de aquellas visitas mi padre la acompañaba y mantenía gratas conversaciones con Don Fernando

Justo un año después de su matrimonio nací yo. El parto fue difícil y mi madre salvó la vida seguramente por la intervención divina, si no no se explica, pero jamás llegó a recuperarse del todo y cuando yo tenía cinco años murió de unas fiebres que un buen día hicieron acto de presencia para no abandonarla jamás, debilitando su menudo y frágil cuerpo hasta conseguir llevarla a la tumba. De nada sirvieron los remedios que ella misma se aplicaba, pues gustaba de pasear por el campo y recoger hierbas medicinales con las que curaba las más diversas dolencias, mas no pudo con la suya, seguramente más grave de lo que nadie pudiera imaginar. Durante los cinco años que pasé a su lado la acompañé con frecuencia en sus escapadas campestres, llegando a aprender lo que quiso y pudo enseñarme sobre remedios con aquellas hierbas que con tanto cariño recogía, y tal fue mi interés que cuando me hice mayor no dudé un instante en continuar con su labor, que llegó a convertirse en mi único modo de sustento cuando mi padre, que jamás volvió al ser el mismo a partir de la muerte de su esposa, se fue al otro mundo a hacerle compañía.

Dieciocho años tenía yo cuando mi padre me abandonó para siempre y sola en el mundo me quedé con la única compañía de una gata y dos perros que aliviaban un poco mi soledad con sus juegos y su cariño. Tuve la suerte de que, a aquellas alturas, mi fama de curandera ya había traspasado los límites del pueblo y poseía una considerable clientela que acudía a mí a curarse de sus dolencias. No obstante, aunque a priori ello parezca lo mejor que podría haberme ocurrido, por algunos círculos comencé a ganarme fama de bruja y meiga, atributos que estaban bien lejos de mi persona, y contra los que me tuve que enfrentar en más de una ocasión, pues generaban cierta desconfianza, sobre todo entre los que acudían a mí por primera vez, influenciados por los comentarios de las lenguas viperinas que no dudaban en vilipendiarme sin razón.

A aquellas alturas, fallecido Don Fernando, el señorío de Pontedeume y Ferrol había pasado a manos de Nuño Freyre de Andrade, después del reinado efímero de su tío Pedro Fernández de Andrade, que murió sin sucesión. Tuvo Don Nuño cinco hijos varones y una sola hembra llamada Teresa, un ángel de piel blanca, dulce sonrisa y rostro melancólico, único ser en el mundo que, a decir de las habladurías, lograba suavizar un poco el agrio carácter de su padre.

Ocurrió que un buen día, o tal vez debiera decir un mal día, la muchacha cayó enferma. Todo comenzó cuando la melancolía y la tristeza se asentaron en su alma, por lo que en el castillo todos pensaron que no era sino mal de amores lo que la muchacha padecía, pero el caso es que cada vez estaba más débil y los doctores no lograban encontrar solución a lo que fuera que la estaba corroyendo por dentro. Teresa se iba sin que nadie pudiera hacer nada por evitarlo, ante la desesperación de su padre que veía como el ser que más quería en el mundo se iba consumiendo poco a poco. Fue entonces cuando alguien en el castillo habló de mí, de Carmen, la curandera del bosque a la que acudían gentes de todas partes de Galicia para curar sus dolencias. No había enfermedad que no aliviara ni herida que no curara y con Teresa no podía ser diferente. Ese fue el discurso que me soltó el propio señor del castillo cuando una tarde se presentó en mi casa con su séquito y, sin darme opción, me condujo hasta los aposentos de su pequeña. La muchacha estaba echada en su cama con el rostro lívido y demacrado. Los ojos hundidos, surcados por unas ojeras violáceas que le daban aspecto espectral, suplicaban a la muerte que la viniera a liberar de su sufrimiento. Me acerqué a ella y levanté un poco la ropa de la cama. Entonces pude ver lo que nadie había sido capaz de descubrir. Sus brazos estaban llenos de pústulas rojas y supurantes. Teresa tenía viruelas y ningún remedio había para aquella enfermedad mortal de necesidad. Así se lo dije a su padre y él, enfurecido ante mi noticia, desenfundó su espada y me la puso en la garganta.

-Todo el mundo habla de ti – me dijo con aquella voz ronca y cavernosa – de todas partes acuden a ti gentes a las que curas de sus males. Si puedes hacerlo con ellos también lo harás con mi hija. De lo contrario te arrepentirás toda tu vida.

No me atreví a contestarle y salí de allí temblando como una hoja, presintiendo que mi final estaba cerca, pues nada, ningún remedio conocido por mí, tenía la virtud de curar tan maligna enfermedad.

Indagué todo lo que pude entre los libros que mi madre me había dejado por toda herencia, y no pude encontrar solución alguna al mal de Teresa. Durante los días siguientes, presionada por las insistencias y amenazas de su padre, probé una y otra vez, primero con esta hierba, después con aquella otra, pero todo fue inútil y al tercer día Teresa falleció, condenándome son su muerte a pagar con mi vida la tozudez de su padre.

Don Nuño me echó del castillo dando grandes voces, loco de dolor por la muerte de su hija, amenazándome con condenarme a la hoguera, pues mis malas artes no eran sino las de una bruja y como las brujas había de morir. Y aunque pasé los días siguientes temerosa de ver aparecer a sus secuaces dispuestos a acabar conmigo, la calma debió de imponerse en su corazón y me dejó en paz, aunque, como pude comprobar más tarde, esa paz fuera sólo ficticia.

Todas las mañanas, cuando bien temprano me levantaba y comenzaba mis tareas diarias, dirigía mi mirada expectante hacía el castillo de Don Nuño, que se levantaba altivo en la cima de la colina, por si pudiera adivinar algún movimiento extraño indicador de que mi señor estaba dispuesto a cumplir su amenaza mas, por fortuna, nada ocurría y poco a poco mi alma fue encontrando sosiego, pues atribuí su castigo al fragor del momento.

Semanas más tarde comenzaron a correr rumores por el pueblo sobre la formación de una revuelta de campesinos contra el señor del castillo motivada por la opresión a la que estaban sometidos y por las continuas subidas de impuestos con las que Don Nuño los sangraba, sumiéndolos en la pobreza y la miseria como en un profundo agujero del que cada vez era más difícil salir, por no decir imposible. No le di demasiada importancia a las habladurías, pues otras veces los campesinos habían intentado revelarse y todo había quedado en nada, más en esta ocasión resultó ser cierto lo que la gente murmuraba.

Una noche alguien llamó a mi puerta. Desperté sobresaltada y pude escuchar, además de los golpes, una jaleo desmesurado , un ir y venir de gente. Abrí la puerta temerosa y me encontré a mi primo, el hidalgo Ruy Sordo, que me suplicaba que lo dejara entrar. Así lo hice y después de ofrecerle un poco de comida le pedí que me explicara lo que estaba ocurriendo. Al parecer él mismo era el dirigente de una hermandad compuesta por tres mil hombres, en su mayoría labriegos, aunque también había artesanos procedentes de otras villas, cuyo único fin era derrocar al señor Don Nuño y terminar con su despótico reinado. Pero nada había salido como se esperaba y el ataque al castillo había sido repelido con firmeza. Ahora lo buscaban probablemente para enviarlo a la horca. Me pedía que le diera cobijo y no me que quedó más remedio que hacerlo. Ruy era mi única familia y no podía dejarlo en la estacada aun a sabiendas de que si daban con él en mi casa, podía darme por muerta.

Dos días tardaron en dar con Ruy, supongo que no era muy difícil. Ni él tenía otro sitio a dónde ir, ni yo otro lugar donde esconderlo y por supuesto, con él caí yo también. Nos llevaron a presencia del señor, que fue implacable. A mi primo lo acusó de traidor y alborotador y a mí, después de fijar sus fríos ojos en los míos, me habló con firmeza:

-No quisiste curar a mi pequeña y ahora colaboras en una revuelta contra mí. La primera vez te perdoné, pero ahora no podrás librarte. Ruy Sordo morirá en la horca y tú.....tú morirás en la hoguera, pues no te mereces una muerte tan rápida. Debes sufrir, como sufrió mi hija.

De nada sirvieron mis ruegos y mis lamentos. En nada me favorecieron las palabras de mi primo intercediendo por mí, atestiguando una y otra vez que yo no había tenido nada que ver en la Hermandad. Dos hombres me trajeron a esta mazmorra húmeda y oscura donde ya he perdido la cuenta de los días, de las horas, de los minutos que me quedan para que el fuego devore mi cuerpo por algo de lo que soy completamente inocente.

 

 

 

                                                       Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.

 

Encuentro - Dori Terán

                                          Resultado de imagen de felicidad


Cuando fui capaz de hacer una “parada” en mi vida, observarla sin prisa, desnudar mi ser de las capas de cebolla que cubrían mi alma, entonces comprendí.

Fue el encuentro de algo olvidado y que aletargado se refugiaba en mi subconsciente.

Comprendí que en este discurrir del tiempo, en este paso por la tierra, todos venimos a experimentar la realización de una misión, una tarea que impregnará todo aquello que existe porque los vínculos y lazos entre todo y todos son una realidad palpable y evidente más allá de nuestra ceguera…ese famoso “efecto mariposa”.

¿Realizar algo que hemos pactado antes de encarnar?...Tal vez. ¿Descubrir cuál es la emoción que la escuela de la Tierra nos brinda para aprender y crecer en ella?...Quizá.

Y supe cuando rompí el velo de la inconsciencia, que esa emoción era el amor. Siiiiiii, el amor, ese gran desconocido que hemos maquillado y enrarecido y al que hemos suplantado por algo que en nada se le parece.

Por primera vez me importaron con prioridad todas esas cuestiones que en la cotidianidad las aparcas, las espantas si llegan a tu mente o a tu corazón. Asuntos materiales, de supervivencia primero y de progreso dentro del sistema después desgastan todo el interés y la energía de tus días. Y las ganas, las ilusiones, los sinsabores…la existencia.

Con las necesidades básicas sobradamente cubiertas, la escala por esos derroteros, me conducían al vacío y la insatisfacción.

La sabiduría del Universo, como un regalo inapreciable porque suele doler, sacudió mi vida y su falso confort. Y el camino cambió de dirección. Comenzó la búsqueda de la esencia del existir.

Movimientos que llegaron a marearme en ocasiones, sucesos dolorosos y otros alegres y gratificantes, la intención y voluntad de alinearme con los dictados del corazón me llevaron a lo más conveniente que en nada es afectado por lo que llamamos bueno y malo. Descubrir, comprender, sentir, aceptar, transformar…otra manera de vivir

Y me enamoré, me enamoré de la vida, me enamoré del amor. Buscándome me encontré. Autobservación y aceptación sin juicios, transformación sin enfrentamientos.

Y comencé a contar la aventura. A menudo desde el silencio de la acción y cuando hablo buscando afanada la palabra precisa. Así nace esta narración y las que vendrán.

La primera premisa y premisa mayor para comenzar el maratón y por esa influencia que mi yo ejerce y ejerció sobre el Todo Somos Uno, es pedir perdón a todos los que unas veces consciente y otras inconscientemente manipulé en su camino. Perdón por faltar al respeto de las elecciones, los aciertos y errores en la vida de otros. Por creer que mi verdad era la única verdad.

Desde la independencia, el desapego, la libertad propia y ajena, individual y colectiva, en esa intención comienzo otro ciclo de mi historia, de nuestra historia. Desde el aprendizaje del Amor.

 

 

 

                                                     Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.

El sueño - Gloria Losada

                                         Resultado de imagen de la voz de la conciencia

 

Jesús llegó a casa cansado y de mal humor, como casi todos los días últimamente. Posó las llaves en la bandeja del recibidor y fue directo al salón, donde se dejó caer con desgana en el mullido sofá de terciopelo azul. Desde el baño le llegaban las voces de Lola, su mujer, y de la pequeña Sara, la hija de ambos. De la cocina surgía el agradable y apetitoso  aroma que emanaba de una cacerola hirviente.

Cerró los ojos. Esa tarde, al salir del colegio, se había encontrado de nuevo con su amigo Ramón. Realmente no sabía si aquellos últimos encuentros eran puramente casuales o era su amigo el que los forzaba. Se habían visto de nuevo unos dos meses atrás, después haber pasado muchos años sin saber nada el uno de el otro, y sentados a la mesa de un viejo bar de barrio, frente a unas cañas de cerveza, se habían puesto al día de lo acontecido durante aquel tiempo de ausencia. Al parecer a Ramón la suerte le había sonreído y las cosas no le podían marchar más a derechas.

   -Tuve un golpe de suerte y me tocaron unos cuantos millones en la quiniela. Con ese dinero monté mi primer negocio. Un concesionario de venta de coches de segunda mano. Los compraba en el extranjero, Alemania, Suiza, ya sabes, coches buenos y potentes, y los vendía aquí casi por el doble de lo que me habían costado. Luego monté una empresa inmobiliaria y fue entonces cuando me hice de oro. Sigo con ambos negocios, claro que mucho más ampliados que al principio. La verdad es que no me han ido las cosas mal. ¿Y tú? ¿cómo te ha ido a ti la vida?

   Jesús se revolvió incómodo en su silla antes de contestar. Hasta entonces nunca se había cuestionado ni un pedacito de su felicidad, y sin embargo en aquel momento, escuchando las andanzas de su amigo, se estaba dando cuenta de que en realidad él no había conseguido ni la mitad.

   -Bueno, a mí tampoco me ha ido mal. Terminé mi carrera de magisterio, aprobé las oposiciones y soy maestro. Me casé....

   -¿Que te has casado? ¿que te has casado tú, con lo juerguista que eras? No me lo puedo creer- repuso Ramón soltando una risotada chulesca e impertinente- ¿Y quién es la afortunada? ¿la conozco?

    -Claro. Es Lola, ¿te acuerdas? Aquella muchachita tímida que en clase siempre ocupaba las primeras mesas.

    -¿Lola?, pues....la verdad es que no caigo.

    -Ya... la verdad es que era una chica muy tímida y discreta, con el pelo marrón claro y los ojos oscuros, de gafas....

    -¡Ah, si, Lola! Claro, ya me acuerdo. Era muy poquita cosa, y se le notaba a las leguas que estaba loca por ti.

    A Jesús no le hizo ni pizca de gracia el comentario de su amigo, pero lo pasó por alto, no era cuestión de discutir por naderías. Era posible que Lola físicamente no fuera gran cosa, pero para él era la mejor compañera del mundo, la mejor amante y la mejor amiga, y lo que existía entre ambos, esa complicidad que había nacido de la nada, era algo muy superior a cualquier otra cosa

    -No sé si estaba loca por mí, pero nos hicimos novios en la Universidad y somos felices. Hace siete años que nos casamos, tenemos una niña de tres y otro viene en camino.

    -Uf, demasiadas responsabilidades te has echado tú encima. Yo ni me he casado ni lo haré jamás, y por supuesto tener descendencia no entra en mis planes. Me gusta demasiado mi libertad. Me muevo de un lado a otro sin tener que dar cuentas a nadie. Cuando quiero mujeres, las tengo. El dinero lo puede todo y, aunque tal vez no esté bien decirlo, a mí pasta no me falta.

    Jesús miró al que un día había sido su amigo con una expresión de asombro en sus ojos que pasó desapercibida para aquél. No era el Ramón que él había conocido. Está claro que la gente es muy cambiante, y que de pronto quien crees conocer se vuelve un completo extraño

-No creo que sea así – repuso tímidamente – el dinero no lo es todo en la vida.

    -Eso dicen muchos, pero están equivocados. Por mi experiencia sé que todo, absolutamente todo, tiene un precio.

    -No lo creo, Lola y yo no nadamos en la abundancia, pero somos muy felices.

    -¿Felices? estoy seguro de que habéis tenido que renunciar a más de uno de vuestros sueños, el sueldo de un maestro no da para mucho.

   -Pues no, pero...

   -Mira Jesús, yo estoy ahora aquí para ampliar mis negocios inmobiliarios. Busco un socio que me permita abrir en esta ciudad nuevas oficinas. Ese socio deberá hacer una pequeña aportación de capital, pero las ganancias posteriores compensarían con creces el desembolso inicial. ¿Por qué no te animas?

    -Que va, yo tengo mi trabajo y no lo voy a dejar – contestó de inmediato Jesús ante la que consideraba descabellada proposición de Ramón.

    - Eres funcionario, puedes pedir una excedencia, si las cosas van mal, que no van a ir, siempre te queda la posibilidad de regresar a tu puesto. Piénsatelo Jesús. Nada me gustaría más que tenerte conmigo en mis negocios. Voy a estar una temporada larga en la ciudad. Si cambias de opinión no tienes más que llamarme.

  Durante los días siguientes Jesús no paró de darle vueltas a la propuesta de su amigo. Era cierto, como él le había dicho, que muchos sueños se habían quedado por el camino. A su esposa y a él les hubiera gustado tener una casa mejor y más grande, les hubiera encantado poder viajar cada verano a un sitio diferente y conocer mundo, pero finalmente habían optado por otras cosas, por otras satisfacciones. Lola, que también era maestra, había pedido una excedencia para cuidar de sus hijos. Era una decisión tomada por ambos de común acuerdo. Vivían con el sueldo de él. No les daba para mucho, pero tampoco estaban en la miseria. Claro que si aceptaba  la propuesta de su amigo, esos proyectos incumplidos tal vez pudieran llevarse a cabo. Quizá no fuera tan mala idea.

   La loca carrera de su hija entrando en el salón lo sacó de su ensimismamiento. La niña, recién duchada, se echó en brazos de su padre dispuesta a despedirse de él antes de irse a la cama.

    -Hola ratoncita, ¿ya te vas a la cama?

    -Si papi, ¿pero me leerás un cuento?

    -Claro que si, preciosa, pero cortito eh, que tienes que dormir.

   -Vale, vale- gritaba entusiasmada la pequeña dando saltitos.

   Jesús la tomó en sus brazos y la besó. Ella rodeó su cuello con sus pequeños bracitos.

   -Te quiero mucho papá.

   -Y yo a ti, tesoro.

    Lola, entretanto, ponía la mesa para la cena. Los miró entrar en la habitación y por un segundo sonrió. Luego su expresión se tornó preocupada. Su marido no era el mismo desde hacía unas semanas, desde el maldito día que se había encontrado con aquel amigo suyo que le había hecho una descabellada propuesta de trabajo. Ella, por supuesto, opinaba que no debía aceptar. Pero sabía que él seguía dándole vueltas a la estúpida idea. Llevó a la mesa la olla con las apetitosas albóndigas que había cocinado y una fuente con ensalada de lechuga y se sentó a esperar por su marido. Al rato llegó él y también se sentó a la mesa, sin decir nada, cabizbajo. Lola intuía que de nuevo acabarían discutiendo por el tema de siempre.

    -¿Qué tal en el colegio esta tarde? ¿Habéis terminado con las evaluaciones?- preguntó mientras servía la cena.

    -Si, por fin hemos terminado.

    -Habéis estado hasta muy tarde ¿no?

    -Es que cuando salí, Ramón me estaba esperando. Fuimos a tomar un café y a hablar.

    Lola se puso tensa.

    -¿De qué?

    -De negocios.

   La mujer no dijo nada. Entre los dos se instaló un  silencio cargado de malestar contenido. Ella daba vueltas a la comida sin probar bocado

    -¿Por qué no comes? -le preguntó su marido.

    -Porque me imagino de qué habéis estado hablando Ramón y tú.

    -¿Otra vez a vueltas con lo mismo?

    -Eso digo yo. Ya te dije que esa propuesta era absurda del todo. Tú tienes tu propio trabajo, un trabajo que te gusta. No necesitas otro. Además, no tenemos dinero para hacer una inversión en negocios.

   -Pero podemos pedir un crédito.

   -¿Un crédito? ¿no crees que son suficientes los seiscientos euros que tenemos que pagar de hipoteca todos los meses?

   -Tendríamos más dinero para pagarlo. Además podríamos comprarnos la casa que siempre hemos soñado y viajar y....

   - Jesús, por favor, para de decir tonterías. Te estoy escuchando y no te conozco. Yo no necesito una casa, me encanta este piso ¿o ya te olvidaste de la ilusión  con la que lo compramos y lo decoramos a nuestro gusto? Y tampoco necesito viajar, ni tener mucho dinero, ni todas esas estupideces que estás diciendo. Yo soy feliz contigo, con nuestra hija y con este otro que viene en camino, no quiero nada más.

   -Joder Lola, si hay meses que casi no llegamos a fin de mes. Cuando tenemos algo ahorrado, se nos va en pagar el seguro del coche o se estropea la lavadora o cualquier otra tontería.

    -Tonterías son las que estás diciendo tú. Hasta hace poco nada de eso te importaba demasiado. Si quieres más dinero yo puedo volver a trabajar. Metemos a los niños en una guardería y punto. Pero te recuerdo que ambos decidimos que por lo menos uno de los dos debería estar con ellos mientras fueran pequeños, y en ese momento ya sabíamos que durante unos años no nadaríamos en la abundancia. Y lo aceptamos, por eso no entiendo por qué vienes ahora con estas monsergas.

    -Tal vez porque me da coraje que Ramón haya llegado tan alto y yo me haya quedado a mitad del camino.

    -¿Eso es lo que crees? ¿Sara y yo somos tan poca cosa para ti que sólo significamos la mitad del camino? ¿Pues sabes lo que te digo? que hagas lo que te dé la gana, pero conmigo no cuentes para realizar tus estúpidos negocios. Estoy harta de discutir todos los días por lo mismo

    Se levantó de la mesa y se marchó a la cama. Jesús suspiró con resignación y una vez más pensó que su mujer había agarrado una rabieta sin sentido. No había manera de convencerla, pero estaba seguro de que cuando los resultados de sus negocios con Ramón fueran visibles ella cambiaría de opinión e incluso le daría las gracias.

Recogió los platos y después de ver un rato la televisión se acostó. Al entrar en el cuarto escuchó la respiración lenta y acompasada de su mujer, señal inequívoca de que estaba completamente dormida. El también tenía que dormir. Al día siguiente debía de estar en el banco a primera hora para negociar lo del crédito. Al poco tiempo se sumió en un profundo e inquieto sueño, un sueño, que sin él saberlo, le mostraría el camino adecuado.

De repente se vio envuelto en una espiral que parecía no tener fin, una especie de bucle que lo arrastraba hacia abajo, como si se adentrara sin remedio en las entrañas de la tierra. Giraba cada vez más rápido, de tal forma que su mente perdía por momentos todo contacto con la realidad, hasta que terminó cayendo bruscamente en un suelo blando y ligeramente caliente. Se frotó los ojos y miró a su alrededor. Se encontraba en medio de la nada. Salvo una tenue luz que iluminaba el mínimo espacio donde él había ido a dar, lo rodeaba la negrura más absoluta. Intentó levantarse, pero no pudo, pues cada vez que hacía un esfuerzo para ponerse en pie aquel maldito suelo se movía como si estuviera asentado encima de una masa líquida. Comenzó a ponerse nervioso. No entendía nada, ni qué hacía en aquel extraño lugar, ni cómo había ido a parar a él. De pronto escuchó atónito una voz que lo saludaba.

    -Buenas noches, Jesús, ¿qué tal el viaje?

   Jesús miró a su alrededor, pero no vio a nadie. Asustado contestó.

    -¿Quién eres? ¿dónde estás? ¿por qué sabes mi nombre? ¿y de qué viaje me hablas?

   -Muchas preguntas me haces a la vez. Tranquilízate y vamos por partes. Te contestaré tus preguntas, pero con calma, sin prisas, tenemos toda la noche por delante y muchas cosas  por mostrarte.  Me preguntas quién soy y esa tal vez sea la respuesta más difícil de responder, no porque yo no conozca mi identidad, evidentemente, sino porque a ti te va a ser difícil comprender la respuesta. Yo no soy, ni más, ni menos, que dios. Pero no te inquietes, no tengo nada que ver con el dios que a ti te han enseñado. No soy ese dios omnipotente y castigador, capaz de premiar o de arrasar la humanidad, yo no soy así y eso es fácilmente demostrable. Yo simplemente soy la energía moderadora del universo.

   -No te entiendo.

   - Bueno, con eso ya contaba. Verás, el universo, el mundo real, tal como vosotros lo entendéis, no fue creado por un dios, fue creado por un cúmulo de energías que se fueron cruzando, mezclando, hasta hacer surgir la vida tal y como hoy es y como fue a lo largo de los siglos. Esas fuerzas ya no están aquí, se han ido a crear otros mundos, otros universos, otras vidas, en definitiva, y yo me he quedado aquí, digamos.... vigilando, porque es poco más de lo que puedo hacer. Cuando creamos este mundo conocido por ti jamás pensamos que llegara hasta el punto de autodestrucción en que hoy se encuentra y al que se ha ido encaminando poco a poco, pero irremediablemente, a lo largo de su existencia. A mí, como ente hasta cierto punto encargado de vuestro cuidado, me corresponde la tarea, a veces de todo punto imposible, de evitar vuestra autoaniquilación. No tengo poder para pararla del todo, sólo para, de vez en cuando, mostraros el camino adecuado. Eso es lo que intento hacer contigo, aunque confieso que me lo estás poniendo difícil.

    -Sigo sin entender nada, ¿por qué me tienes que mostrar a mí ningún camino? ¿tan importante soy yo para evitar la destrucción del mundo?

    Una sonora risotada llenó el espacio donde Jesús permanecía medio tirado en el suelo. Intentó de nuevo encontrar la fuente de donde provenía la misma, sin conseguirlo.

    -No te equivoques -prosiguió la voz del tal dios - lo tuyo no tiene nada que ver con el resto del mundo, tiene que ver sólo contigo. Yo no sólo soy el encargado de velar por el mundo en su conjunto, sino por cada unos de los seres que lo componen y tú eres unos de ellos, eso es evidente.

    -Pero ¿qué he hecho yo mal para que tengas que corregirme?

    -Hasta este momento, casi nada. Pero últimamente piensas demasiado en el dinero, en unos negocios que te han propuesto y que a tu mujer no le gustan. Y discutes mucho con ella por ese motivo.

   -Si, tienes razón, pero sólo son riñas sin importancia. Ella terminará convenciéndose de que tengo razón.

    -No estoy autorizado para decirte lo que va a pasar con tu vida, entre otras cosas, porque ni yo mismo lo sé. Ese destino escrito del que hablan muchos en tu mundo no existe. Vuestro destino os lo labráis vosotros mismos. Es por eso que no puedo rebelarte si tu mujer  aceptará o no tus propuestas, aunque, como conozco sus pensamientos, tengo una vaga idea.

    -Todo lo que me estás diciendo me confunde, no sé a dónde quieres llegar. Por cierto, no me has respondido a mi última pregunta, ¿qué viaje he hecho? ¿dónde estoy?

    -Realmente no creo que importe eso demasiado pero ya que insistes, te lo voy a decir. Estás dentro de tu propia mente. Has hecho un viaje al interior  de ti mismo.

    -Entonces, tú eres mi conciencia.

    -Ya te he dicho quien soy, no empieces de nuevo. Y también te he dicho que estoy aquí para ayudarte.

    -¿Ayudarme a qué? Yo no necesito tu ayuda, además nunca he creído en Dios.

    -Ni una cosa, ni la otra son demasiado ciertas, pero da igual. Ahora quiero mostrarte algo.

    El espacio delante del hombre se iluminó levemente y apareció, suspendida en la nada, la imagen de Lola, su mujer. Estaba levantándose de la mesa y dirigiéndose al dormitorio, tal y como había hecho aquella noche.

    -Es Lola - dijo Jesús, sorprendido.

    -Efectivamente, ella es -corroboró la voz - una ser verdaderamente adorable. Tiene sus fallos, como todo el mundo, pero es uno de los poco habitantes de la tierra con el alma limpia. Tienes mucha suerte de que esté a tu lado.

    -¿Y qué me quieres mostrar de ella?

    -Esta noche, durante la cena, habéis vuelto a discutir.

    -Ya te he dicho que no tiene importancia.

    -Eso es lo que piensas tú. Yo me voy a limitar a mostrarte los pensamientos de tu mujer cuando se fue a la cama. Escucha.

     La voz de su mujer se dejó oír firme y fuerte, mientras él la veía ponerse el pijama y acostarse.

    "Estoy empezando a estar realmente harta de toda esta historia. No entiendo la actitud de Jesús, este interés absurdo y repentino por tener mucho dinero, de verdad que no lo entiendo. Con lo felices que éramos. Siempre habíamos pensado que era mucho mejor tener poco y ser mucho, ser personas íntegras, honestas, estar con nuestros hijos, disfrutar de su infancia, educarlos en el amor hacía los demás, en el respeto y la libertad, alejándolos del consumismo exagerado del que también renegamos nosotros mismo. Éramos tan felices....... y ahora esto. Ahora precisamente que nuestro pequeño viene en camino, ahora que se iba a materializar nuestro gran sueño de completar la familia, ahora se le da por pensar en esos estúpidos negocios. No entiendo qué poder de persuasión ha tenido su amigo Ramón para hacerle cambiar de opinión en tan poco tiempo. Además, ese tipo no me gustaba en absoluto cuando estábamos en el Instituto y seguro que no habrá cambiado mucho. La gente de su calaña siempre es igual de mezquina. Todavía recuerdo aquella tarde que se coló en los baños cuando estaba yo sola, me acorraló contra la pared y comenzó a sobarme los pechos. Si no llega a entrar en aquel momento una chica, no sé que hubiera sido de mí. Es un sinvergüenza. Jamás había pensado esto, pero si Jesús insiste en llevar a cabo esos negocios con él voy a tener que marcharme. Me llevaré a Sara una temporada a casa de mis padres.  Estando yo lejos de él y él lejos de mi, tal vez ambos podamos reflexionar sobre lo que está ocurriendo"

    La voz de Lola cesó y la imagen desapareció, dejando a Jesús confuso y asombrado.

    -¿Se va a ir de casa? no me lo puedo creer. Pero si... no es para tanto.

    -Eso es lo que tú piensas - repuso dios- pero ya ves que ella no lo cree así.

    -No puede irse, no puede dejarme, yo no entendería mi vida sin ella ni sin mis hijos. Además....Ramón quiso.....abusar de ella ¿por qué nunca me lo dijo?

    -El porqué no te lo dijo, no importa ahora Jesús. Lo que realmente importa es que tus ojos se abran a la realidad que estás queriendo vivir. Pon atención a las imágenes que ahora voy a mostrarte.

   Frente a sus ojos pareció entones Ramón en conversación con un grupo de hombres. No se escuchaba lo que parecían estar hablando.

   -Tu amigo Ramón. ¿Sabes quiénes son los que están con él?

   -Jamás los había visto.

   -Pues yo te lo voy a decir. Son unos narcotraficantes, no te voy a decir sus nombres porque no te incumben, sólo te voy a informar de que Ramón forma parte de ellos.

   -¿Me estás diciendo que Ramón trafica con droga?

   -Has entendido bien. No te engañó cuando te dijo que poseía una gran fortuna, pero sí lo hizo cuando te habló de sus negocios. Lo que a ti te mostró es sólo la tapadera de algo sucio. Ramón se dedica a traer droga del otro lado del océano y a distribuirla en tu país.

    Mientras la voz se dejaba oír, las imágenes que Jesús veía de su amigo no podían ser más relevantes. El mismo, en algunas de ellas, se encargaba de cargar  los fardos de droga en un vehículo.

    -No me lo puedo creer -dijo Jesús asombrado - ¿Y ese desgraciado pretendía introducirme en sus negocios sucios?

    -A esa pregunta no te puedo contestar. No sé si pretendía meterte en los sucios o en los limpios. Aunque de estos últimos no tiene muchos.

    Las imágenes desaparecieron y el espacio quedó en silencio. Jesús meditó durante unos segundos, luego habló a la voz.

    -¿Por qué haces esto conmigo?

    -Lo hago porque así como te he dicho que tu mujer es un alma limpia, tú hasta ahora también lo has sido. Porque entre ambos, aunque no os dierais cuenta, estabais colaborando en la construcción de un mundo mejor, mucho más justo. Y tú estás a punto de torcerte. Esto es todo cuando tenía que decirte. Espero que te sirva de algo, pero quiero que entiendas que la última decisión es tuya. Yo he sido objetivo. Simplemente te he abierto los ojos a una realidad que desconocías. Ahora en tus manos está tomar la decisión correcta. Por cierto, cuando despiertes, no recordarás nada de lo acontecido.

    Dicho esto Jesús fue de nuevo absorbido por una extraña fuerza que tiraba de él hacia arriba, dando vueltas y más vueltas, hasta que despertó sobresaltado en la penumbra de su dormitorio.

  El despertador sonó con estruendo a las siete  y media de la mañana. Jesús se levantó perezosamente y miró por la ventana. El cielo se empezaba a teñir de rojo  y las estrellas que lo poblaban hacían presagiar un frío y soleado día. Miró a Lola. Parecía dormir apaciblemente a juzgar por el tranquilo y rítmico vaivén de su pecho.

Jesús se duchó con calma y después se preparó un frugal desayuno a base de algo de fruta y un café con leche. Había quedado con Ramón a las ocho y media en el Banco Internacional así que salió de su piso y tomó el ascensor que lo llevó hasta el garaje. Montó en su coche  y lo encendió, pero antes de emprender la marcha una extraña sensación recorrió su cuerpo. Se sentía como, cuando era un niño, estaba a punto de hacer algo que sabía a ciencia cierta que no estaba bien. De pronto pensó en Lola, en Sara, en el bebé que dentro de pocos meses formaría parte de su familia y se dio cuenta de que ellos eran el mayor tesoro que iba a poseer en toda su vida, de que el dinero que le ofrecía ganar su amigo no tenía más valor que el del vil metal. No iba a dejarse cegar por los lujos que él le había ofrecido, no merecía la pena. Su mujer tenía razón, eran felices tal y como estaban, no necesitaban más. Apago el coche y regresó de nuevo a su hogar. Entró en el dormitorio y se sorprendió al encontrar a su mujer con los ojos abiertos.

    -¿Te has despertado? Hace un momento, cuando me fui, dormías como un tronco.

    -Ya estaba despierta. Esta noche no he dormido muy bien, y tú también has tenido un sueño agitado.

    -¿Yo? Pues no me he dado cuenta, he dormido como los ángeles.

    Lola pasó por alto el comentario. Estaba preocupada.

    -¿Por qué has vuelto a casa? ¿no tenías que estar hoy más temprano en el colegio?

    -Me ha llamado a última hora el director y han suspendido la reunión -mintió - además, quiero decirte algo. Siento mucho mi actitud de las últimas semanas, cariño, creo que tienes toda la razón del mundo. Ambos elegimos esta forma de vida y somos felices así. No voy a aceptar la proposición de Ramón.

    La mujer suspiró y sonrió.

    -No sabes cuánto me alegro de escucharte decir eso. No sé lo que te ha hecho cambiar de opinión pero sea lo sea, le doy las gracias.

    -Yo tampoco lo sé. Tal vez haya sido Dios- se acercó a su mujer y la besó con ternura, sin entender muy bien qué le había impulsado a meter a Dios en todo aquello.

  

 

 

  

  

 

 

                                                 Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.

Girando - Esperanza Tirado


                                          Resultado de imagen de habitacion despues de fiesta

 

 Me despierto en la habitación de un hotel. Cualquier hotel, ya todos me dan igual. Sabor metálico en la boca y dolor lacerante en las sienes. Miro alrededor y veo los restos de la juerga de anoche. Ropa desperdigada, botellas semivacías, colillas alrededor de los ceniceros... Será por eso que ya todas las ciudades, todos los hoteles, todos los aviones, todos los escenarios me parecen iguales.

Debería cuidarme más, pero siempre lo pospongo para cuando termine la gira.

Bebo lo que queda de una de las botellas de bourbon de la noche pasada.

Algo se mueve dentro de mi cabeza.



Canción: Seven Cities, de Herman Düne

https://www.youtube.com/watch?v=Hfnlah3qDRk



 

 

                                                   Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.