Otras perspectivas - Esperanza Tirado

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La cucharilla de café cayó al suelo, dejando un eco extraño en la salita en la que mi familia y la de mi futuro prometido estábamos reunidos para terminar de afianzar el contrato. En efecto, querían venderme. O así lo veía yo.

El eco metálico ahogó mi respuesta a alguna pregunta dirigida a mí, y me abstraje, durante lo que yo pensé fueron un par de segundos, de la conversación.

De pronto me vi, desde una extraña perspectiva aérea, sentada en un sofá rococó, la mar de incómodo, vestida con un traje de satén, color verde menta, tieso y más incómodo que el sofá, con semblante pálido, cual muñeca de cera, y los labios pintados de rojo carmín; obligada por mi madre tres semanas atrás, bajo ‘pena de castigo de no pisar la biblioteca de tu padre jamás de los jamases’.

Y los vi a todos: A mis padres, a mis dos hermanos mayores, a mi hermana pequeña, a mis futuros suegros y a mi futuro marido, pomposamente vestidos, al igual que yo; y en sillones tan incómodos como en el que yo estaba.

¿De verdad nos habíamos reunido para ‘celebrar’ nuestros (MIS) futuros esponsales?

El ángulo de visión giró, como si yo moviera los mandos de algún aparato misterioso y le vi. A él, a mi prometido. Un intento de petimetre, embutido en un traje morado, bigotillo fino y rubio pelo ralo, sujetando una taza de té con el meñique estirado. Un gordinflas, venido a más gracias a los esfuerzos de su padre.

Mi futuro suegro. Gordinflas también, calvo del todo, adornado su elegante traje negro con cadena de oro para su reloj, gemelos dorados en las mangas de la camisa, y un alfiler de corbata de oro y tres rubíes; que le otorgaban, decía él, porte y distinción.

Según cotilleos de las criadas, que callaban como muertas a mi paso (qué casualidad) le había costado lo suyo subir peldaños hasta conseguir su sueño. Ya que empezó desde abajo, siendo un mozalbete de poco más de diez años, cargando y descargando sacos en barcos del puerto; y terminó dirigiendo un emporio de buques de transporte.

Que también incluía esclavos. Punto negativo gigantesco. Que su esposa, mi futura suegra, oronda ella como su parentela y siempre pañuelito de encaje en mano, intentaba minimizar con la frase ‘Benditos del Señor, pero fuera de esas selvas están mucho mejor, dónde va a parar...’

Algo crujió. Sería mi cuello, o el sofá, bajo el peso de tanto oro y tantos kilos.

Y vi a mi padre, fumando un puro de esos gordos que daban mucho humo y que apestaban la tapicería. Lo tenía prohibidísimo por mi madre, pero esta ocasión lo merecía todo, al parecer. Sonreía y fumaba mientras escuchaba las historias de su futuro consuegro.

Mi madre parecía cansada, o es que desde esta perspectiva los rostros se veían distorsionados. Disimulaba de vez en cuando bostezos con su abanico de nácar, regalo de bodas de mi padre, que siempre llevaba encima.

Ese sería uno de los beneficios de ser una mujer casada, me decía. Y yo pensaba, ‘Bueno, si lo vendo o lo cambio por libros al buhonero que viene al parque los domingos, a lo mejor saco algo positivo’. Pero, claro, ¿Cómo iba a decirle yo eso a mi madre? Se me hubiera caído al suelo de un soponcio.

Y seguía disimulando, porque su futura consuegra, como buena nueva rica se daba grandes aires, relatando sus veladas y bailes en las casas de grandes señoras de la alta sociedad. Lo que a mi madre molestaba soberanamente. Pero por una hija, lo que fuera. Y dejaba los bostezos y ponía su falsa sonrisa de perlas, que adornaba y engañaba a todos.

El petimetre gordinflón pareció decir algo, pero mi atención se dirigió a mis hermanos, ya hartos de formalidades. Deseaban estar en los billares del club, haciendo de las suyas y presumiendo de conquistas ante sus amiguetes. Pero, de nuevo, las obligaciones ante la familia estaban primero. Y le seguían las bromas al petimetre, con risotadas tan falsas como las de mi madre. Buena profesora, y buenos alumnos.

A la que aún no habían engañado, afortunada ella, era a mi hermana pequeña. Con su libro de cuentos y su chocolate miraba embobada a los reunidos.

Mi máquina de giros me ofreció una nueva perspectiva. ¿Quizá ella sí estaba encantada con lo que allí ocurría? No, no podía ser. Eso era por el chocolate, que solo podía comer en Navidades. Hoy, domingo, día de la reunión, se permitía otro extra, para mantenernos a todos contentos.

A todos no. Yo muy contenta no estaba. Ya hacía semanas que rumiaba por los pasillos, en mi cuarto mientras mi doncella me peinaba, en la modista, haciéndome pruebas para el horrible vestido verde menta, que casi ahogaba con verlo, a solas, escondida entre el sillón del escritorio de mi padre y las gruesas cortinas que quitaban el sol a su preciosa colección de libros.

Me tendría que marchar de mi casa, me quedaría sin esos libros, sin mis paseos por el parque en bicicleta. ‘Las damas casadas no montan en bicicleta.’, advertencia materna a la que no respondía tampoco, no fuera a producirse un soponcio no deseado.

Y, lo más grave para mi, o eso sentía yo desde mi perspectiva. Dejaría de ir a la escuela y nunca pisaría la universidad. A la que a mis hermanos, vagos como ellos solos, regalarían su asistencia solo por ser hombres, hijos de mi padre (yo soy hija de mi padre, ay, ese matiz…) y jóvenes hacedores del futuro del país.

Mis perspectivas eran otras, muy diferentes a las de un ‘Sí, quiero’, vestida de blanco. Yo no quería… Y ellos lo sabían. Aún así…

Hija, mía. Responde. Te está preguntando Edward.

Al escuchar la voz de mi madre desperté y regresé a la perspectiva real, a la que no quería volver.

Disculpen, siento no haber escuchado su pregunta… Creo que el humo del puro de papá me ha mareado… ¿Decía? –Yo también era buena discípula en el arte de los disimulos.

Mi padre puso cara de circunstancias, pero el puro siguió entre sus manos.

Edward, el gordinflas petimetre, mi pretendido futuro esposo, repitió la pregunta que había quedado entre el aire espeso del puro.

Decía, mi querida señorita Charlotte, que podríamos asistir a un baile de temporada el próximo domingo. Acompañados de mis padres, por supuesto. Para introducirla en nuestros círculos sociales y así presentarnos como… pareja… oficialmente.

Sí… bueno… gracias… Sería… un… placer… Pero… –mis balbuceos se combinaron con una tosecilla- Sería un placer, repito… Pero… tenía otras… perspectivas… más… literarias…, digámoslo así.

Mis palabras de negativa ante el ofrecimiento hicieron saltar todos los resortes.

Mi padre dejó, por fin, el puro y empezó a toser. El gordinflas padre arrancó a sudar, encharcando todo el oro que llevaba encima. Lágrimas de oro. Qué poético en otras circunstancias. Mi madre se abanicó tan fuerte, amenazando soponcio, que varias esquirlas de nácar saltaron hasta la barriga del gordinflas petimetre. Quien, al tocarlas para intentar retirarlas de su preciado traje, se hizo un corte en la mano.

Al ver la sangre de su retoño su madre chilló, mi madre chilló, mi hermana pequeña chilló por chillar, mientras seguía comiendo chocolate. Mis hermanos chillaron también, muertos de risa, imaginando la historia que contarían al día siguiente en el club. Todo el personal de servicio, alarmado, sin necesidad de campanilla, entró en tropel abriendo la puerta del salón, prestos a asistir a quien fuera menester.

No pasa nada –dije yo con voz firme, aliviando las caras de pánico de los recién llegados –No habrá boda. Ya dije hace mucho tiempo que tenía en mente otras perspectivas.

Y, por fin, mi madre nos obsequió con un soponcio de los que hacen época. Dejando a los gordinflas sin palabras, sin baile, descompuestos y sin novia.




 

 

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Adela - Marga Pérez


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La cucharilla de café cayó al suelo cuando Aaquila abrió el paquete que el mensajero acababa de entregarle. No lo podía creer. ¡Por fin! Creía que nunca iba a ser posible... La emoción la iba acelerando mientras rasgaba el papel. Sus manos temblaban sin control. De pie apretaba una y otra vez el envoltorio como si le fuera la vida en ello. No podía dejar de mirar su contenido. Era un libro. Un libro pequeño pero un libro de verdad. Como los que había visto, tocado y anhelado durante tantos años: Las tapas duras; el papel blanco oscuro, reciclado, medio áspero; la letra cursiva ... Con prólogo y también epílogo. En el centro de la portada, ADELA, en letras blancas, grandes… sólo su nombre, nada más. Su nombre en blanco sobre fondo negro. No había un título mejor … Las lágrimas acudieron a sus ojos mientras el café se enfriaba sobre la mesa y el desayuno pasaba a un plano ya olvidado… Aaquila sólo podía llorar...


Adela era una mujer afgana, fuerte, sensible y reivindicativa y además, escribía poemas maravillosos. Fue maltratada, humillada y silenciada por poderes religiosos y políticos, por hombres y también por mujeres que no podían permitir que su voz se escuchase en aquella sociedad de luchas intestinas e intereses inconfesables. La poesía no pertenecía entonces a la mujer afgana, no era su espacio y no le estaba permitida. Adela quería que su voz llegase a todos los rincones de su amado pueblo. Quería que, a través de sus poemas, sus compatriotas pudieran armarse de la fuerza necesaria para revertir la cultura en la que les habían metido los talibanes… pero Adela tenía hijos, aún pequeños, que dependían de ella y a los que amaba sobre todas las cosas. Por ellos, sólo por ellos, debía callar, dejar de publicar, debía de esconderse en el anonimato de su gran familia para salvar su vida. Y así lo hizo. Se convirtió, escondida en un burka, sólo en esposa y madre afgana , como cualquier otra mujer de su país . Y aunque dejó de ser una persona molesta, no dejó de hacer hermosos poemas, a pesar de recibir más de una paliza de su esposo por ello. Para evitar que la matasen y que se perdiesen decidió esconderlos donde nadie pudiese encontrarlos. Los guardó en la memoria de los suyos, sobre todo en la memoria de las mujeres: hermanas, amigas, hijas, cuñadas... Cada una se comprometió a recordar y transmitir alguno de la larga lista que tenía. Ella en persona se encargó de hablar con cada una y asignarle los poemas que debería recordar. No estaba dispuesta a que se perdiesen. Sabía que eran importantes para su pueblo y ellas también lo sabían…


Aaquila memorizó los poemas como todas las demás. Cada noche ella y sus hermanas escuchaban de labios de su madre y tías los que ellas sabían y, a fuerza de escucharlos, acabaron aprendiéndolos. Llegaron mezclados con cuentos de ratoncitos y brujas; con leyendas de diosas, héroes y aventureros; con historias de familia alegres, trágicas y felices. Llegaron sin saber de su importancia pero llegaron para quedarse. Según ellas crecían, ellas mismas se convertían en transmisoras.

En casa de sus primos al cumplir los trece años, en cada fiesta familiar, una se encargaba de recitarlos cuando los hombres se retiraban. Era un orgullo hacerlo. Aaquila fue la última de sus hermanas en incorporarse a esta tradición, era la benjamina y año tras año lo hizo hasta que pudo huir en la Gran Revuelta del 63. Ella y unas dos mil afganas más, salieron a pie hacia Pakistán dejando atrás años de miseria, sometimiento y dolor. Salieron maltratadas por un régimen que difundió que habían sido desterradas por ser infieles a sus maridos . Salieron humilladas con el desprecio de los suyos. Salieron masacradas bajo protección internacional de la ONU… Los talibanes cedieron ante el cerco que se les impuso. Aaquila, gracias a un programa de ayuda , llegó a Europa donde recuperó una vida que había sido enterrada en el presidio de su hogar… Le llevó años recopilar cientos de poemas de su abuela Adela escondidos en la memoria de muchísimas personas que, como ella, habían recibido el encargo de no olvidarlos. Fue su cruzada particular. No quería morir sin darles visibilidad. Sabía que la vida de su abuela y la de todas las que habían participado en tamaña protección, dejaría de estar ninguneada cuando aquel poemario saliese a la luz. Y Aaquila, con el libro de Adela entre sus manos, lloró por tantas vidas de silencio, amargura, soledad, tristeza, frustración, opresión…y se sintió orgullosa, por primera vez, siendo mujer y siendo afgana.


No deseo abrir la boca (Nadia Anjuman)

¿A qué podría

cantar?

En mi, a quien la

vida odia,

tanto da cantar que

callar.

¿Acaso debo hablar

de dulzura

cuando siento

tanta amargura?

Ay, el festín del

opresor

me ha tapado la

boca.

Sin nadie al lado en

la vida

¿a quien dedicar mi

ternura?

Tanto da decir,

reír,

morir, existir.

Yo y mi forzada

soledad

con mi dolor y mi

tristeza.

He nacido para

nada,

mi boca debería

estar sellada.

Ha llegado,

corazón, la

primavera,

el momento

propicio del

festejo.

¿Pero que puedo

hacer si un ala

tengo ahora

atrapada?

Así no puedo

volar.

Llevo mucho

tiempo en silencio,

pero nunca olvidé

la melodía

que no paro de

susurrar.

Las canciones que brotan de mi

corazón

me recuerdan que algún día

romperé la jaula.

Volando saldré de

esta soledad

y cantaré con melancolía.

No soy un frágil

álamo

sacudido por el

viento.

Soy una mujer

afgana

Entiéndase pues mi

constante queja.

 

 

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La abducida - Pilar Murillo

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La cucharilla de café cayó al suelo a causa de un leve temblor de tierra. El susto que me proporcionó hizo que saliese de mi insimismamiento. No parecía un seísmo, ni había aire y de repente se presentó una ventolera como si proviniese de un helicóptero. Miré al cielo y no vi nada,.

Tuve la sensación de que alguien me observaba.

La idea de tomar el café en el porche de mi casa ya no me pareció tan buena. Entré dentro de casa y cerré la puerta de cristal, Sin dejar de mirar al cielo. Se habían formado unas nubes extrañas y entre ellas asomó primero un objeto volante no identificado y luego se sumaron otros dos.

-¡Nacho! ¿Puedes venir?

Dije sin moverme ni un milímetro del espacio que ocuparon mis pies dentro de casa y sin poder cambiar mi mirada del objetivo.

Nacho llegó primero, a paso despreocupado. Cristián, nuestro hijo de ocho años vino corriendo después y se frenó en seco cuando nos vio a los dos parados mirando al cielo.

-Papà, mamà ¿Qué os pasa?

Reaccionamos al oír al niño y por décimas de segundo lo miramos y nos miramos.

El miedo nos hizo salir del modo estatua, esta vez en lugar de quedarnos pegados al suelo, fue todo lo contrario y como si fuésemos a cámara rápida cogimos al niño para dirigirnos por la puerta que comunicaba la casa con el garaje donde guardamos nuestra ranchera. Entramos los tres al vehículo practicamente a la vez. Nacho que se había puesto al volante me miró después de rebuscar en sus bolsillos.

-¿Y la llave?

-¿Qué llave Nacho?

-La del encendido del motor! _dijo con gran nerviosismo mi marido y seguidamente salió veloz del coche, entrando a casa y mientras yo me pasé al volante para cuando Nacho regresase con la llave él se sentase a mi lado. Como así lo hizo en menos de un minuto y me la entregó. Arranqué el vehículo, abrí la puerta automática y salimos echando leches lo más lejos del lugar.

Pero todos los intentos de huir del miedo a lo desconocido fueron en vano, porque al abrirse la puerta, ante nosotros había un ser parecido a una persona pero aquello no podía ser humano, pues era más alto que un jugador de balóncesto, con el pelo largo muy lacio y plateado, su tez como la leche y unos ojos almendrados y salientes de color casi negro.

De repente esa cosa algo hizo. Se comunicaba con nosotros sin mover los labios y no sé cómo, pero cambiamos de escenario.

Me encontré en una sala muy iluminada, con una luz blanca que no molestaba a los ojos.

Estaba recostada en una camilla y cuando intenté incorporarme me di cuenta que algo como correas metálicas me retenía. Quise gritar pero no salía la voz. Miré a mi alrededor y había más gente que no le veía sus caras.

Un ser de esos se me acerca y…

-¡No por favor!”

El grito que soltó Débora fue tan atronador que me erizó el vello de los brazos. Débora me estaba relatando todo con mucho miedo y con todo lujo de detalles, desde el traje de un tejido especial que graciosamente se le notaban el bulto que marcaban el tamaño de los genitales. Estaba claro que no era un ángel.

Conté tres y salió de la hipnosis. Quedaría grabada toda la sesión en la cámara de vídeo. La próxima sesión será la semana que viene a ver si puede decirnos de una vez dónde están su marido y su hijo.






 

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Demasiadas excusas - Cristina Muñiz Martín

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Salí de casa dando un portazo para dejar clara mi posición una vez más, por mucho que no me quedara más remedio que agachar la cabeza y ceder. Llevaba mi mochila para ir a la playa a darme un chapuzón. Necesitaba relajarme. Pero al poco de entrar en el agua me picó una medusa. ¡Menudo dolor! Si no lloré fue por vergüenza. Me atendieron los de salvamento y, aunque con extremada lentitud, tanto el dolor como el enrojecimiento de la pierna fueron cediendo. Tras esa terrible experiencia, agotado, quedé dormido. Cuando desperté tenía la espalda tan roja como la nariz de un payaso. Abandoné la arena con la camiseta rozándome como si en lugar de haber sido confeccionada con tela lo hubieran hecho con cuchillas afiladas. La mochila la llevaba colgando de la mano con mi aromático bocadillo de chorizo dentro. Fue entonces cuando un perro que me pareció tan grande como un caballo se abalanzó sobre ella, tirándome al suelo. Yo traté de defenderme, dándole en el morro con la mochila y, como resultado, recibí un mordisco en la misma pierna y en el mismo lugar de la picadura. Llegué al hospital en ambulancia. Me curaron la mordedura, el esguince, una herida en el brazo, la quemadura de la espalda y me llevaron a casa. Llegué justo cuando ella estaba a la puerta hablando con su madre que vive en el piso de abajo. Mi suegra ya se iba, menos mal. Ya en casa, Maite comenzó a gritar sin preguntarme por mi evidente mal estado. ¿Se puede saber dónde te has metido? Ibas a la playa un par de horas y han pasado nada menos que siete y encima ni coges el móvil. ¿El móvil? ¿Dónde estaba mi móvil? Comencé a buscarlo por todos los huecos posibles de mi ropa. No lo encontré. ¡Y encima pierdes el móvil de quinientos euros! continuó chillando Maite. Pero, cariño, musité temeroso, mira como vengo. Le enseñé el pie vendado, las heridas del brazo y de la pierna, la espalda quemada. Me miró mosqueada y fue hacía mí como un toro de miura ¡Ya está! ¡Queda todo muy claro! Yo, toda la tarde haciendo las maletas, la tuya y la mía, y tú buscando excusas para no ir de vacaciones. No, si ya lo sabía yo, que con tal de no ir con mi familia eres capaz hasta de suicidarte. Pero mira que te digo, como mañana a las seis en punto no estés en la puerta listo para salir te pido el divorcio. ¡Te juro que te lo pido!,recalcó cruzando el dedo corazón sobre el índice y besándolos con rabia.. Quedé callado, más me valía. Llevábamos meses de discusión en discusión desde que sus padres tuvieron la brillante idea de celebrar sus bodas de noséqué con un crucero familiar. Nos acostamos pues ya era muy tarde pero no logré dormir porque la espalda me escocía, sentía la herida de la pierna como si el perro continuara mordiéndome, la del brazo me rozaba, el pie no sabía donde ponerlo. Si al menos estuviera en la cama podría estirarme o dormir boca abajo, pero en el sofá… Me levanté a las cinco de la madrugada, me arreglé y a las seis estaba a la puerta tan tieso como un guardia de seguridad. Bueno, dijo Maite sin mirarme, voy a llamar un taxi para ir al aeropuerto ¿llevas contigo toda la documentación? ¡Ehhhh? ¿La documentación? Mi cuerpo quedó envuelto de pronto por un sudor más que frío gélido. ¿La tienes o no?, preguntó mi mujer de muy malas maneras. Bueno, yo… espera… Mi mente iba a mil por hora, dónde tenía la documentación, es más, dónde estaba mi mochila con el DNI, el pasaporte, el móvil, el bocadillo de chorizo… Pero ¿cómo no me había dado cuenta antes de su falta? Comencé a ver negro y no sé qué paso a partir de entonces. Desperté en el hospital con un brazo roto y una conmoción cerebral. Y allí apareció la mochila con todas mis pertenencias, excepto el bocadillo de chorizo. Cogí el móvil con ansia para hablar con mi mujer de la que mi madre, mi única acompañante, no sabía nada. No me contestó pero comenzó a mandarme montones de fotos de lo mucho que se estaba divirtiendo en el crucero donde debía de estar yo aunque no me apeteciera nada y hubiera puesto muchas pegas para acabar cediendo de mala gana y al que, al final, no había podido ir en contra de mi voluntad. Por un lado me sentía feliz por haberme librado de unas horrendas vacaciones con toda la familia de mi mujer, incluyendo dos niños aspirantes al título de diablos. Pero por otro lado, que Maite me hubiera dejado abandonado en mis condiciones me dolía un poco. ¿Cómo lo había hecho? ¿Me había dejado a las puertas del hospital o en el portal de casa? Además, no contestaba a mis llamadas, ni respondía los wasaps, tan solo me enviaba fotos. Bueno, estaría un poco molesta pero ya se le pasaría, al fin y al cabo yo no tenía culpa ni de la medusa ni del perro ni del desmayo. De eso no podía acusarme. En unos días a mí me daban el alta, ella regresaría a casa y recobraríamos la normalidad en nuestras vidas hasta la próxima celebración familiar. Es que mi mujer tiene unos prontos de agárrate, pero se le pasan enseguida y seguro que llega feliz de sus vacaciones aunque yo no haya ido. Ay, esperad un momento que acabo de recibir un correo, a ver si es de Maite.

La habitación de Fidel se vio de pronto invadida por una multitud de personal médico y de enfermería; el paciente se ahogaba y se desmayaba a un tiempo, no sabían si de un ataque de ansiedad o de un infarto. En el suelo, el móvil con la pantalla rota dejaba ver las dos manos de Maite con los dedos corazones mirando al cielo, sosteniendo un papel donde se podía leer con nitidez: Solicitud de divorcio.


 

 

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Hiel y miel en vacaciones - Dori Terán

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El final del verano siempre dejaba impreso en el sentir de María una dulce- amarga nostalgia que no encontraba como describir. Desde muy temprana edad aquellos largos vacacionales veranos acababan con un sabor envolvente de alegría y pena a la vez. La confundía esta amalgama de emociones tan ambivalentes y dispares que conseguían la mezcla brumosa de los opuestos. Algunas veces paraba el motor de su veloz vida y buscaba una explicación racional a tan extraña conmoción.

Hoy lunes diez de octubre embebida en la contemplación del paisaje y de los arboles otoñales que muestran ya su vestido nuevo volvió a sentir la punzada de esa rara sensación. Quiso fundirse en el rojo cobrizo del arce y del serbal, en los ocres y marrones del abedul, en el amarillo del haya y el nogal… Siempre había deseado vivir como ellos, raíces ancladas en la tierra avanzando y creciendo bajo ella para abrazar y compartir a sus hermanos más cercanos y tronco y ramas apuntando al cielo, erguidos en busca de la luz, del sol, de la vida. Hoy lunes diez de octubre recompondría el recuerdo de sus veranos en la búsqueda de esa evolución y el origen de esta melancolía.

Desde muy pequeñitos, todo lo pequeñitos que puede evocar la memoria de María, mamá partía todos los veranos con ella y su hermano Juan, a Fuentesbravas. Los abuelos vivían en el pueblo y las labores agrícolas del verano eran pesadas y fatigosas, pero allí estaban las manos incansables de mamá que lo mismo segaban la mies que bieldaban los cereales o preparaban el cocido que todos compartían en la era. Vacaciones infantiles llenas de risas, juegos y cantos, de amigos y compinches, de imaginación al poder y exentas de la más mínima tristeza y que hacían desear la estación del verano durante todo el año.

Y llegó la adolescencia y los primeros amores tiñeron de ilusión el corazón de María y seguramente en esa experiencia se fijó también parte de ese sabor amargo que aún perdura. Carlos le ofreció un mundo romántico adornado por frases que la fascinaban al mismo tiempo que las manos del enamorado recorrían su cuerpo despertando en ella sensaciones desconocidas bajo besos apasionados. Pero un día María se encontró a Carlos besando a Lucia, la bella de la pandilla. Esa sensibilidad intensa que María siempre pone al respeto por la verdad, dejó una huella en su persona y en todas las relaciones amorosas que siguieron en sus días y la impronta de la desconfianza la acompañó siempre nublando la dicha.

¡Que sutilezas nos cambian la vida!

Fue en la juventud explosiva en belleza y vigor cuando María conoció a Román. Vivía en el pueblo y cuidaba sus ovejas. –“No es pastor”- decía su madre,-“Es ganadero”-. Pronto surgió entre ambos la llama de un amor sosegado como Román, ardiente como María. La paz y la ternura que inspiraba Román le devolvió a María la fe en la fidelidad de los hombres. Y durante muchos, muchos veranos, las vacaciones fueron una balsa de serena pasión, de espera ansiosa por el estío ya que Román se quedaba al final del verano atendiendo a sus ovejas y Fuentesbravas era el lugar de su felicidad y de la desventura de su separación pues María volvía a esa ciudad lejana donde se desenvolvía su vida entre la rutina cotidiana y la dulzura de los recuerdos.

Este último verano Román ya no cuidaba sus ovejas, mientras ellas balaban felices al abrigo del casar, el invierno crudo enfermó el cuerpo de su cuidador y su alma voló a otros lugares. María llegó a tiempo de tomar sus manos y así enlazados él pasó el túnel oscuro que lleva a la luz. Todos los años cuando la primavera termina de detonar sus colores, María vuelve a Fuentesbravas y revive toda su historia de amor. La alegría de los amantes y todos sus momentos felices, la tristeza de un adiós que yendo más allá del próximo verano deja abierta una puerta a la esperanza de un encuentro algún día, en la eternidad.

Ya conoce la procedencia de su nostalgia vacacional. La miel y la hiel de la vida la experimentó profundamente siempre en vacaciones.

Lleva su sabor.

 

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No quiero realismo... dame magia - Marga Pérez


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¡¡Por fin a Kenia !! ¡¡vacaciones!!...

No les tengo miedo, de verdad, me encanta África… los animales salvajes... Siempre quise ir de safari ¿Es que no te acuerdas?

...

Siempre soñé con ir en Land Rover entre jirafas, elefantes, cebras... ver hipopótamos, entre barro, pájaros raros...

Si, si, ¡claro! Los guías buenorros, muy buenorros: Negros, brillantes, musculosos... El sexo en la selva va a ser salvaje…

Si, todos tíos, pa chorba basto yo… ya…¡ son mis vacaciones!… Si, todo un mes ... ¡Qué menos! siempre puteadame las merezco ¿o no?

¿Es que quieres venir conmigo?... Voy yo sola…

Tu te lo pierdes… Voy a subir en globo. Entre nubes voy a flipar con el buenorro¿Qué coño quieres que te diga?… ¡Ya! Soy así…¡ Hazte un porro !… Hasta puede que me entiendas...

Pues no, no tengo miedo a nada…¡ Qué emoción! Bajaré por un río con cocodrilos … Nooo, no hace falta que sepa nadar, éso si, el agua ni tocarla no sea que me quede sin manos¡ja ja ja!¡No, no hay peligro! Tranqui, los guías son expertos, saben lo que se hacen ¡faltaría más !…

Si,si, estoy convencida ¡las vacaciones de mi vida!... ¿Sabes que voy a traer un mono?… ¡qué mal pensada!... como animal de compañía... son tan cariñosos…

Si mamá, te contaré ce por be todo lo que vea… Cuando vuelva... de lo que haga ni pío, ¡buena eres tu!… No hace falta que te rías con tanto descaro, sé que me criticas digo lo del sexo … Vale, vale, como siempre… Vale, cambiamos de tema…

- ¡¡Me voy de vacaciones!!… ¡¡A Kenia!!… - Grita entusiasmada.

- ¡Ehhhh, Carmela! ¡déjalo ya! quiero dormir…

- ¿Y qué coño haces tu ahí? Ni soñar puedo sin testigos...


Carmela regresa a la realidad mientras sus vacaciones se disipan, como fuegos de artificio, en la oscuridad de la celda. Las drogas y el aislamiento hacen que, llegada la noche, hable sin saber que lo hace ni que sea escuchada.

Y Carmela pasa así condena flotando entre fantasía, oscuridad, magia...¡ La realidad pa quien la quiera.

 

 

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La vida sobre ruedas - Esperanza Tirado

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Me gusta escuchar el traqueteo de las ruedas de las maletas nuevas. Suenan a ilusión, como a primer día de colegio pero sin colegio.

A vacaciones. A eso suenan.

Disfruto viendo la cantidad de tamaños, modelos y colores que hay. Cada viajero tiene la suya, casi igual a él. Como las mascotas, que dicen que siempre acaban pareciéndose a sus dueños.

La mía, mi maleta, que para mascotas no me da el sueldo de limpiadora en el hotel, es heredada de mi padre. De cuando se vino a trabajar a la ciudad, en la construcción. Es de esas de cuero duro, que pesa un quintal, de color marrón oscuro, y con dos cinchas gordas como cinturones de abuelo fofo. Está en el trastero, criando polvo, con los chismes que estorban en casa.

A veces subo; a ordenar, por nostalgia, por quitarme de las voces de la tele, que Juan parece que está disparando también al malo de la peli, y de las peleas de los chiquillos. Que los quiero mucho a todos, para eso los tuve y para eso me casé. Pero a veces un ratito a solas conmigo misma y mis pensamientos… Y una cervecita bien fría. O dos. Pero a ver quién me cogía escaleras abajo después. Un quinto piso sin ascensor.

Ya no estoy para juergas ni rondas de cervezas interminables con las amigas.

Ay, qué tiempos… A veces nos cruzamos por el barrio, nos saludamos, pero corriendo que tengo que ir a por el pan o a recoger a los chiquillos del cole, que mi Paco tiene turno de noche. Ya otro fin de semana nos juntamos.

Pero pasan fines de semana y pasa el tiempo y cada una a su vida.

Más tiempo y más vida hace que esa maleta llegó aquí. Vino para seis meses, lo que duraría la obra, le dijeron a mi padre. Pero aquí se quedó con ellos dos. Casi cincuenta años, o más. Ya ni me acuerdo cuando dejaron mis padres el pueblo. Puede que ni ellos mismos se acuerden. Yo ya nací aquí.

A veces imagino que cojo esa maleta y hago el viaje de vuelta. Como homenaje a ellos dos. Un recuerdo a su –nuestro- pasado del que no tengo imágenes, solo fotos antiguas de personas muy serias, vestidas de negro y con cara de hambre.

Pero esa maleta me cuenta que podría viajar, volver, pasear por el campo, conocer lo que mis padres dejaron atrás, Y saludar por las mañanas con un ‘¡Buenos días!’ bien alto. Aquí nadie te da los buenos días. Van todos con tanta prisa…

Pero ese pueblo, que no es mío, y ya casi ni de ellos, se quedó en la memoria de los tiempos.

Y ahora los tiempos son otros. Van aprisa, demasiado. Por eso todas las maletas llevan ruedas. Aunque estén de vacaciones, todos van corre que te pillo.

Madrugan mucho, desayunan tres veces por lo menos (eso nos cuenta Fran, el encargado de recoger las mesas cuando termina la hora del buffet, en la salita común a la hora del descanso) y ¡ale! a patear mundo.

Eso es lo mejor, los clientes madrugadores; porque mi compañera Elvira y yo entramos con el carrito de la limpieza y dejamos las habitaciones hechas en un santiamén.

Lo primero que vemos son las maletas, que se quedan siempre descansando a los pies de la cama. A veces, pocas, cuelgan la ropa en el armario para que se le quiten las arrugas.

Elvira es más curiosa que yo y abre puertas y cajones.

Mira Luisi, qué vestidazo. Qué maravilla. –Y hace como que se lo pone y baila.

Siempre se imagina historias de los clientes. ¿Para qué vendrán? ¿A dónde irán tan elegantes? ¿Qué comerán? ¿De bocatas o serán de pico fino y cinco tenedores? ¿Comprarán souvenirs para la familia? ¿Irán a ver El Rey León? ¿O serán cinéfilos gafapastas de versión original? ¿Gastarán el sueldo en ropa de marca?

Si están solo un día no abrimos el armario, nunca cuelgan nada. Pero si es un fin de semana largo, o un puente de esos de cinco días, descubres preciosidades. Y hasta la caja fuerte está cerrada. ¡Qué misterio!

Elvira se pirra por los tacones, pero ya casi nadie trae. Para alguna boda, pero ya se van viendo menos. Era gracioso verla pasearse con el bote de limpiabaños, el plumero y unos taconazos imposibles, desfilando habitación arriba y abajo.

Lo mejor son los pijamas a juego con las zapatillas. La gente se ha vuelto tonta con tanto muñequito de dibujos animados. Pero, sobre todo, las colonias. Me chiflan. A veces me echo un toquecito, un flus flus, que se esconde con el olor del desinfectante del baño. Se siente una como Marilyn Monroe, casi en una película.

Pero la peli dura poco. ¡Qué guarros son algunos! Hay que ver. A sus casas quisiera ir yo, a ver si dejaban los baños como si hubiera pasado Atila con trescientos caballos con la barriga suelta. Esos no traen maleta, sino mochila con mil bolsillos. Que luego vete saber dónde han puesto el agua, o la crema protectora o las tiritas para los pies. ¿Y qué más me dará a mí? Qué tonta soy a veces…

Los hay más curiosos, doblan las toallas que ya no quieren usar para que se las cambies, y te dejan una nota en la mesilla de noche.

Muchas gracias. Una estancia estupenda. Un hotel muy limpio y acogedor. Volveremos.’

No lo hacen, pero se agradece el detalle. Ya que te deslomas haciendo camas y limpiando váteres a mil por hora, que te den una palmadita en el hombro siempre reconforta. Si te pagaran quinientos euros más al mes, mucho mejor. Pero eso ya es una utopía.

Con esos sí que me iría de viaje, aunque fuera con la maleta vieja sin ruedas que mi padre se trajo del pueblo.

Me tomaría unas cañas, como antes, y hasta visitaría todos los museos que se me pusieran por delante. Lo que fuera, con tal de no estar escobilla en mano o riñendo en casa.

Menudas vacaciones me podría pegar.






 

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