Martes y trece - Pilar Murillo

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Como cada mañana me levanté sin saber en el día que vivo, bueno decir esto es generalizar bastante, pues a veces, por lo que sea, ya por poner la radio o ver televisión, o fijarme de verdad en el móvil, sé la fecha en la que me encuentro. Por lo general me acompaña una despreocupación y una falta de interés en todo lo que es el paso del tiempo. Porque debe estar instalado en mi subconsciente que el paso de los días hace que mi cuerpo se oxide lentamente. Bueno estas son mi elucubraciones.

Como fuere yo no sabía qué día de la semana ni que fecha era. Me preparé un café y antes de nada la taza se me resbala de la mano y se rompió en mil pedazos, fui a barrer y el mango de la escoba se salió, estando agachada me levanté y me di un golpe en la cabeza con la mesa de la cocina.

¿Qué me estaba pasando? Entonces cogí mi móvil y vi que era martes trece. “Ni te cases ni te embarques” dicen las tradiciones. ¿A qué es debido este cumulo de acontecimientos nefastos? ¿Sólo porque en martes y trece dicen que se tiene mala suerte? Martes es Marte, el dios de la guerra romano y un martes trece dicen que se produjo la confusión de las lenguas en las torres de Babel. ¿Y ya está? ¿Me voy a quedar con explicaciones que no son ciertas más que en las tradiciones orales?

Poniéndome a analizar, me di cuenta de que todo lo que me había pasado había sido por la falta de sueño, por una falta de ganas de levantarme y hacer nada y cuando eso ocurre es fácil que te ocurran accidentes caseros.

Un martes y trece es como cualquier otro, si quieres atribuir la falta de tu concentración a una fecha porque tradicionalmente alguien dijo que daba mala suerte, seguirás sin evolucionar. Yo voy a avanzar.

 

 

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Al aire - Marian Muñoz

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 Estaba enfadado y muy furioso, aquel cheque apenas cubría los gastos médicos del accidente y el juzgado tasaba su tara en una ridícula cifra.

Estaba enfadado y muy furioso, tanto que no podía controlarse y la rabia le hizo arrojar al aire el maldito cheque.

El destino aún más cruel hizo que el cheque volador aterrizara desafortunadamente en el interior de la chimenea encendida.

Enfadado y furioso intentó rescatarlo del fuego, pero el papel reseco ardió rápidamente.

 

 

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Mi chimenea me relaja - Cristina Muñiz

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Mi rabia se esfuma por la chimenea. Cuando me siento mal, cuando me sacan de quicio, aguanto la rabia hasta llegar a casa y una vez allí, meto la cabeza dentro de la chimenea y grito. Grito como si me estuvieran desollando vivo. Y resulta. No hay nada que consiga relajarme más. Pero la última vez mi chimenea se derrumbó sobre mi cabeza, aunque logré salir ileso. Además, como si se tratara de un castillo de naipes, las chimeneas de mis vecinos también se fueron desplomando sobre los tejados, salones y aceras. El técnico habló de defectos de construcción agravados por la temporada de lluvias y vendavales que estábamos padeciendo. Algunos vecinos comentaron haber escuchado a menudo unos ruidos extraños que parecían venir del más allá, a lo que el técnico no le dio la más mínima importancia. Así que mis vecinos estaban inquietos por mis gritos ¡Bien! Eso aún me aliviaba más. Es lo que tienen los adosados, con sus paredes pegadas, sus jardines pegados y sus chimeneas pegadas por no sé qué sistema que no logré entender por mucho que me explicaron. He de aclarar que soy de Letras. Y que, pese a todo lo anterior, aunque durante un tiempo me contuve, en el día de hoy, irritado por asuntos de trabajo, cabreado por un incidente de tráfico e indignado por la cagada de un perro que acabó en mis zapatos, esperé la llegada de la medianoche, metí la cabeza dentro de la chimenea y pegué un grito tan gigantesco que yo mismo me asusté. Ahora, los vecinos de mi fila de adosados, están mirando por la ventana, inquietos e incluso aterrados, algunos con las caras deformadas aún por sus pinturas de Hallowen.

 

 

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Abraza tu rabia - Dori Terán

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 La mirada inquieta y penetrante se posaba sobre las llamas que en un chisporroteo constante y desigual realizaban un misterioso baile dotando a la fogata de formas energéticamente vivas.

Marisa había vivido muchas veces la esencia de la felicidad sentada en el viejo sillón de mimbre apostado frente a la chimenea. También la tristeza de esos días en que la existencia nos hace experimentar dolor, esos días donde se esconden el vino y las rosas y el color se torna niebla y humedad.

Hoy un sentimiento desconocido embargaba su emoción, trataba de identificar que le estaba pasando, ¿Era pena?, ¿indignación?. Lo único que acertaba a entender era que cada vez estaba más acalorada, irritada y colérica y se recreaba en ello, era su derecho. Estalló en una conversación con la llama que en su danza se le antojó un hada hacedora de magia.-“A ver explícame tu qué demonios le ha ocurrido a Mateo para enamorarse de esa farandulera de Laura. Como ha podido cambiar lo nuestro por ese amorío vergonzante y escandaloso”. El fuego se retorcía pareciendo darle una respuesta. Dos llamas reían mientras se abrazaban, se soltaban, se volvían a abrazar…era el ritmo del amor apasionado y divertido. Era el amor de Mateo y Laura.

En la locura de sus elucubraciones Marisa fue presa de una furia indómita que llegó a provocarle humo en los ojos y entre resoplidos y maldiciones cogió el balde de fregar y llenándolo de agua lo lanzó contra el fuego con toda la fuerza y pasión del corazón herido y el cerebro ciego y sin juicio.

La lumbre respondió con una pequeña explosión que parecía resistirse al fin del idilio y las cenizas del amor quemado volaron en una nube de polvo que caló a Marisa desde la cabeza a los pies dejando en su boca un sabor pastoso y seco y una herida profunda en su espíritu.

Tal vez la vieja chimenea quiso hacerle sentir a que conduce el cultivo de la rabia. Apenas recobró la lucidez entre el llanto y el agua de la ducha, comprendió y se prometió a si misma que cuando la embargase la rabia ante cualquier aflicción, la tomaría en su alma como una madre toma en brazos a su bebé y lo mece con una nana para dormirle, ella entonaría letras y notas de sensatez y paz.

Adora Dori

19 de Octubre 2022



 

 

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Sueños de diseño - Esperanza Tirado


 


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Por más que grita, desgañitándose, no es capaz de soltar toda la rabia acumulada que le han dejado en el cuerpo las promesas de los guapos hermanos constructores. A los que ya no ve tan guapos. Aparte de que han hecho adelgazar su cuenta corriente, que está bajo mínimos históricos.

Pero desde que puso la vista en aquella casa, ‘única, para darse un capricho’, según rezaba el anuncio de la inmobiliaria, no pudo resistirse y se tiró a la piscina. Sin agua, porque aún no la habían construido.

Su maravillosa casa soñada, de diseño de revista, se quedó en un esbozo de ordenador, traspasado a un telón; que hacía las veces de valla ante ojos indiscretos. Los suyos incluidos.

Su dinero voló, su casa se convirtió en su ruina, su paciencia se fue lejos. Y los hermanos desaparecieron de su vida, trepando chimenea imaginaria arriba, cual malvados Papás Noeles. Volatilizando así sus sueños de diseño vanguardista.

De vuelta a la casa de sus padres, en su diminuta habitación de adolescente, llena de posters de otros que también eran guapos y que ya tampoco existen, sigue ojeando revistas de decoración, con el alma dolorida por lo que no pudo ser.

A pesar del engaño, a pesar de la rabia que aún no ha terminado de fluir, sus sueños de diseño de interiores continúan latiendo insistentes.

Paciencia, vuelve, susurra ella, cada vez que pasa una hoja y suspira deleitándose en un diseño más maravilloso que el anterior.


 

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Y a nadie le importa - Marga Pérez

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Ella decidió, después de años frente al televisor, que no volvería a ver noticias, ni programas de tertulia política, ni debates. Tampoco volvería a leer periódicos, ni a escuchar la radio, ni a admitir watsaps que la alteren, ni hablaría, además, con quienes no fuesen tolerantes ni tratasen de ponerse en su lugar…

La rabia es mucha. Está cansada de ir contra corriente, de sentir que está siempre en el mismo punto… de ver que nada avanza.

En medio de la rabia decidió cambiar el televisor por la contemplación de las llamas. Dormita frente a la chimenea y a ratos lee y se evade del malestar de su inoperancia . Sabe que todo irá a mejor. Sabe que sólo es cuestión de tiempo. Lo sabe… puede esperar.

 

 

 

 

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El último adios - Pilar Murillo

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Me llamo Saladina Escribano. Me acabo de separar de mi novio, bueno hace ya un año durante el cual estuve hundida.

Conseguí salir de aquél estado de tristeza y decidí mudarme a otra ciudad. Todo lo que fuese para enterrar el pasado.

En esta ocasión decidí vivir en una casa a las afueras de la ciudad, concretamente donde termina y comienza la aldea.

La casa era una ganga, era de principios del siglo pasado, demasiado grande para mí sola, pero siempre me han gustado las casas indianas.

La primera noche que pasé en ella había ruidos, pero me dije a mi misma que las casas viejas donde hay mucha madera meten ruido como si tuviesen vida propia.

Al día siguiente comenzaba una señora para ayudarme con la limpieza y me comentó que ella no dormiría jamás en una casa tan grande. Ni caso le hice, yo soy bastante escéptica para esas ideas de fantasmas, siempre encontré una lógica para todo ello.

Dentro de mi apareció la rabia hacia mi expareja. Estaba pasando de la negación a ese sentimiento de querer odiarlo.

Lo que voy a relatar va a parecer increíble porque yo misma no lo creería si no lo hubiese vívido.

Aquél día de otoño hacia bastante frío y hacia las ocho de la tarde comenzó una fuerte tormenta.

Había una chimenea en la biblioteca. La estancia era amplia, situada en el piso de abajo donde decidí ponerme a leer después de meterme entre pecho y espalda unos suculentos manjares. (Ensalada mixta). Tenía encendida la chimenea desde las siete de la tarde. En poco tiempo calentó la biblioteca.

A un metro del fuego y a tres cuartos frente a él había colocadas dos butacas de piel en color marrón. En una de ellas me había sentado a leer, y no sé cuándo me quedé dormida. Desperté con las doce campanadas de un reloj que desde hacía un mes que vivía allí, jamás había sonado, es más no funcionaba. Luego miré a la butaca de al lado y allí estaba Pablo, mi ex. Me sobresalté pero no pude articular palabra. Sentí un frío helado a pesar de que aún había rescoldos. Tenía que ser visible mi incómoda al verlo. Me sorprendí a mi misma quedándome muda. No pregunté qué hacia allí, me limité a quedar con cara de tonta y a escuchar, porque inmediatamente comenzó a decirme que necesitaba que lo perdonase por el daño que me había causado, que la vida es un soplo de aire y no merece la pena estar enfadados. Luego me dijo adiós y lo acompañé a la puerta, yo misma se la abrí para que se fuese. Ni se acercó a darme un beso, cosa que le agradecí enormemente en ese preciso instante.

Al día siguiente la alarma de la radio se activó y seguidamente se oyeron las noticias. Lamentaban la pérdida del famoso escultor Pablo Trancazo que se había estrellado con su coche a la media noche en la autopista.

¿Soñé que lo vi a la hora de su muerte? ¿Lo vi realmente? Estas incógnitas las dejaré para mí. Solo yo sé lo que ocurrió.

 

 

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