Fui estrella - Gloria Losada

                                           Mujer, Sentado, Luz De Sol, Sentar


Cuando era pequeña pasábamos los veranos con los abuelos. Vivían cerca del mar, en una casa muy grande, rodeada de hierba. A mí me gustaba, por las noches, echarme sobre esa hierba y mirar las estrellas. Yo quería ser una de ellas y contemplar el mundo desde tan arriba. Una de aquellas noches me mordió una serpiente venenosa. Estuve a punto de morir y lo que nadie sabe es que durante unos minutos, fui estrella. Luego me inyectaron el antídoto y volví al mundo real.

 

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Interconexión - Dori Terán


                                      Serpiente Negra De Vientre Rojo


La serpiente se arrastraba con agilidad y presura sin perder por ello el movimiento acompasado y rítmico. Un halo de repugnancia se pintaba en la cara de Isabel. Los reptiles siempre le habían causado aversión en el sentimiento y un respigo en la piel. El polvo del suelo creaba en torno al alargado y sinuoso cuerpo del bicho una aureola brumosa propiciada por el incansable serpenteo. Isabel sin despegar los pies del suelo, elevó los ojos al cielo un instante para recuperar una visión más agradable y noble. La mirada ávida de la altura celestial fue interrumpida por un buitre de gran tamaño que en un escandaloso y vertical vuelo dejó de planear con sus alas para precipitarse decidido y veloz a estamparse contra el polvoriento suelo. El gesto desafiante, la mirada helada y segura y el pico entreabierto fueron la antesala de un ataque sin piedad sobre la elegante culebra y en una lid retadora y vencedora la fue engullendo de forma rápida y segura a pesar de las sacudidas y espasmos de la victima.

Isabel contempló la escena inmóvil y petrificada mientras en su pensamiento nacía la consciencia de la conexión eterna que existe y se ejerce entre todo lo creado y vivido.

Equilibrio sublime en la unicidad que somos. Allá en la bóveda nocturna una estrella asentía e iluminaba toda la escena con sus guiños mensajeros.

 

 

 

 

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El pasado no acaba nunca - Marga Pérez

                                          Sütterlin, Escritura A Mano, Tipografía



La gente cree que me crié en una familia feliz. Hubo un tiempo en que yo también lo creía. Parecía feliz, éso si, lo admito. Era una familia acomodada que vivía en lo mejor de Madrid, en una casa fantástica con jardín y servicio doméstico . La posición familiar merecía todo tipo de comodidades. Mi padre era un militar de alta graduación y, por lo que supe más tarde, afín al régimen del generalísimo. Su cargo debía de ser de mucha responsabilidad porque muchos días me acostaba sin que él hubiese llegado. Siempre estaba reunido o de viaje . Mi madre tenía otras responsabilidades, según ella, sociales: El ropero de san Antonio, Cáritas, María de los sagrarios… y un largo etcétera que poco a poco dieron paso al club de tenis y al de golf. Allí compaginaba la práctica de ambos deportes con comidas, cócteles, fiestas y juegos de mesa. Siempre tenía algo que hacer pero nunca sabíamos el qué ni el dónde. Menos mal que estaba Paquita, la tata que ya fuera de mamá, que suplía con creces su ausencia. Era como la abuela que no tenía . Paqui, como yo la llamaba, era mi tabla de salvación. Siempre estaba cuando necesitaba oídos, abrazos, caricias, pasteles o un vaso de leche caliente cuando ya todos dormían. Pero no era mi madre. ¡Me sentía tan sola! Con seis años les pregunté que por qué no tenía hermanos, mis compañeras del colegio los tenían ¿por qué yo no? Entonces era muy pequeña para ver en sus ojos todo lo que ocultaban y que después, poco a poco, fui averiguando.

Necesité mucha terapia para entender que los dolores de barriga, el no querer ir al colegio, la timidez y el miedo a estar sola venían de lo mismo. Cuando empecé a devolver tras las comidas, y a adelgazar, Paqui se preocupó mucho y animó a mamá a que me llevase al médico. Si no fuera por ella igual ni se habría dado cuenta. Yo ya no podía con los huevos, como ella exclamaba. Era una expresión que sólo ella decía y con la que había recibido una bofetada de mi padre, la única, que yo recuerde. Quedé petrificada ante las miradas silenciosas de sus amigos. Sólo tenía ocho años y no entendía nada. Papá quería que tocase el piano ante la expectación de todos. ¡Qué vergüenza! No se me ocurrió mejor disculpa “es que no puedo con los huevos”… Aprendí que éso no podía decirlo en público, sólo con la tata. Ella y yo nos entendíamos. Aquel día no toqué el piano y me tuve que ir a la cama sin cenar. Antes de tener puesto el pijama Paqui ya me había subido un cola-cao con un bollo suizo. No pude reprimir las lágrimas. Entre sus brazos sé que me quedé dormida. Cuando desperté ya la tenía a mi lado contándome historias de cuando ella era pequeña. ¡Era genial! Cuánto la eché en falta cuando murió. No lo vi venir. Creí que era un catarro sin más, o que, como otras veces, no podía con los huevos y tenía que estar en la cama. Así, sin darle más importancia, se fue y me dejó sola. Pero sola, sola. Aquí ya vi que la familia empezaba a hacer aguas. Y a los dos años, cuando murió papá, comprobé que el boquete que había abierto la ausencia de Paqui, se agrandaba peligrosamente. El agua subía y subía… en el entierro me llamaron la atención tres mujeres. No las conocía. Lloraban con tanto desconsuelo como si mi padre fuese también algo de ellas. Me enteré que eran una madre y sus dos hijas. Una sería más o menos como yo y la otra bastante más pequeña. ¡Cómo lloraban, dios! Lo entendí enseguida cuando supe que también eran hijas de papá y, su madre, su amante. Creo que todos, menos yo, lo sabían. Tenía dos hermanas y nadie me había dicho nada. Empecé a ir al psicólogo. El agua ya llegaba al cuello. Me ahogaba… Creía que tenía una familia feliz y lo que iba descubriendo lo desmentía ¿Qué pasó? ¿Cuándo empezó todo a hundirse?

Saber que habíamos vivido una farsa no cambió para nada el ritmo social de mi madre. Yo ya era mayor de edad, y, si siendo menor no entraba en casa, ahora menos. Con veintidós años enfermé y los riñones se dañaron. Necesitaba un trasplante. Mamá estuvo conmigo en todo momento en el hospital. Creía que ella sería la donante, era mi madre. Se negó en redondo a hacerse las pruebas. Las excusas que daba eran incomprensibles para una hija que lo esperaba todo de ella. Acabó cantando de plano. No podía ser la donante porque no era mi madre biológica… Habría dado cualquier cosa porque Paqui estuviera conmigo cuando me lo dijo. El naufragio era ya inminente. El boquete se había agrandado tanto… la necesitaba para poner a salvo mi infancia, para agarrarme a algo inamovible, para no ahogarme…pero Paqui no estaba y me hundí.

Los problemas físicos se arreglaron bastante antes que los anímicos. Ingresé en un centro de salud mental. No sabía quien era. Estaba hundida y necesitaba salir a flote. Seis meses me llevó y sólo conseguía flotar. Encontrar a mi verdadera madre sería el camino para empezar a reconstruir mi vida. El psicólogo así lo creía y empecé la búsqueda.

Fueron años de investigación, puertas cerradas, silencios. Entre los papeles de papá encontré documentos que abrieron nuevos caminos… Ahora tengo cuarenta y ocho años y sólo sé que fui un bebé robado. El pasado es una caja de sorpresas. Sé que encontrar a mi verdadera madre es muy difícil. Estudié derecho y estoy implicada de lleno en una asociación de familiares que buscan a sus bebés … no puedo hacer otra cosa. Tuve que morir a la que había sido para reconstruirme. Hoy no tengo nada que ver con la que fui. Tampoco con mi madre. No tengo familia, sin embargo, no les guardo rencor, haber conocido a Paqui compensa con creces lo que hicieron. Tampoco me siento culpable. Noto con alegría que cada día los huevos me pesan menos. El futuro sigue abierto y hasta los caracoles acaban llegando, lo sé, me lo digo a menudo, hay tiempo.


 

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Reflexión primaveral - Pilar Murillo

                                         Hombre, Hierba, Acostado, Descansando


Tal vez no te lo creas pero yo voy en contra de las corrientes marinas, con gran esfuerzo. Me he salvado al naufragio de todas las calamidades de mi vida, cuando veo que me estoy ahogando a deudas, que me ahogo porque sentimentalmente no me quieren ni como amiga, me ahoga la soledad, pero soy una naufraga que ha llegado a una isla, a mi isla.

Soy tonta de lo buena que soy o soy buena de lo tonta que soy. Ninguna de las dos cosas. Yo lo que pienso es que cada uno tendrá su conciencia y en caso de que no, yo creo en el karma.

Naufragar en la vida no es hundirse, es estar viva, es tener una segunda oportunidad para no meter los mismos fallos. Si te quieres a ti misma sabrás querer a los demás ❤️ y quien no te quiera... Déjalo marchar.

 

 

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Deshabitado en la Tierra - Esperanza Tirado

                                         Montañismo, Hombre, Rastro, Sendero

 




Nunca se me dio bien vivir en comunidad. Cosa extraña, viniendo de una familia numerosa, de esas de las de antes. De las que necesitabas sacar tres o más fotos para unirlas después como un desplegable para reconocer a todos sus miembros.

Quizá sea eso. Que en secreto añoraba una soledad y un silencio que nunca tuve. Rodeado de voces y cuerpos allí donde pusiera un pie. La ‘oveja callada’ me decían en la casa familiar. Me sentía fuera de sitio. Aunque entonces solo conociera ese. Apenas hablaba, por no llenar aún más el espacio diminuto que compartíamos con otra voz.

A veces hasta soñaba que las voces del día se juntaban de noche y caían sobre nosotros como una losa de piedra; para callarnos por siempre jamás.

Desde entonces voy buscando rincones tranquilos, como tablas de salvación de ruidosos naufragios sociales.

He vivido aquí y allá, en grandes ciudades, en pueblos de apenas veinte habitantes, en diversos países. La palabra, escrita y hablada, en distintos idiomas ha estado cerca de mí. Pero casi no me he molestado en aprender más allá de un ‘gracias’ o un ‘por favor’ en sus distintas variantes.

No he llegado a conectar con nadie de manera verdaderamente humana. Porque no quise… porque no supe... tal vez porque no me crucé con la persona correcta para mí. O yo no era el correcto para quien se cruzaba conmigo. He sido un deshabitante, más que un habitante de este mundo.

¿Quién sabe? Tal vez ese era mi destino. O lo que yo he ido buscado siempre.

Algún psicólogo diría que padezco el síndrome del náufrago en tierra, que se siente perdido y no sabe orientarse para pedir ayuda a sus iguales; y quizá por eso se mueve continuamente.

Pero es que yo no quiero ayuda. No estoy en peligro. Tal vez de extinción, cuando me muera. Pero eso no me preocupa. Al fin y al cabo es nuestro destino final. El de todos.

Que no me guste vivir con otros no quiere decir que sea un insolidario. Así que en algún momento de mi deambular me hice donante de sangre y de órganos, para casos de naufragios sanitarios, fueran leves o severos. También he ido soltando el lastre de mis libros en mis frecuentes viajes. Dejando historias de salvación o condena por los rincones más insospechados. Para quien necesitara algo más que unas monedas, un pitillo o un bocadillo grasiento.

Leer es una forma de curar el alma y el cuerpo. Si bien es cierto que hay que dar con la lectura correcta. Como debe pasar con las personas. Aunque como a mí no me ha ocurrido aún no puedo decir mucho más sobre este asunto.

Como dijo un gran poeta, mi equipaje, un macuto y unas botas, es lo que me lleva ligero por el mundo.

Para huir en caso de naufragio.

No soy una rata. Pero no me gusta quedarme en barcos, llenos de ruidos, voces o experiencias, en los que me veo como un intruso o no me siento cómodo.

Prefiero saltar y a veces nadar contracorriente. Hasta cambiar de rumbo o volver al punto de partida.

Allí, a mi primer lugar que deshabité. No diré hogar porque mi memoria es muy traicionera. A veces he vuelto por curiosidad, por inercia, porque no tenía otro rincón planeado en el mapa.

Aunque ya no queda nadie. Y los que están ni me recuerdan. Tanto he cambiado que a veces ni yo mismo recuerdo quien soy o por qué cargo con esta mochila incesantemente.

Cuando me detengo y permanezco demasiado tiempo sólo en un mismo lugar, me inquietan mis preguntas y mis dudas. Porque llenan el hueco que antes llenaban las voces de otros. Y me ahogo en mi inquietud de deshabitado, de desubicado.

A veces me siento un impostor o alguien maldito, condenado a moverse sin fin.

Nunca quise ser una copia de aquello que conocí, ya digo; porque necesitaba huir de esa falta de silencio.

Pero tanto caminar no me ha enseñado un modelo a seguir en el que ubicarme al fin. Estoy cansado.

Quizá debería detenerme en algún momento. Soltar la mochila. Liberarme. Sentirme ligero realmente. Conocer de verdad a alguien. Mirarle a la cara. Preguntarle cómo es vivir de ‘esa’ manera. Habitar de verdad. Y empezar a latir.

Sentirme humano dentro de este caos que me rodea. Y del que siempre he huido.

Sí. Debería probar. Nunca es tarde para que los náufragos echen el ancla a tierra y habiten en un rincón agradable.

Y escuchar a los demás.

Y escucharme de verdad. Con los oídos y con el corazón.



 

 

 

 

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Pensionistas - Marian Muñoz

                                           Manos sosteniendo una pizarra de película Dirigiendo una escena de película - foto de stock




Corría kalendas augustas del 844, la mar embravecida dificultaba el viaje de 84 barcos vikingos con intenciones de arrasar la zona norte del país. A pesar de ser época estival la tormenta les había sorprendido. Vientos huracanados creaban olas tan inmensas que los drakares tan pronto parecían tocar cielo como hundirse en el fondo marino. El granizo y la lluvia dificultaba la visión de los patrones que deseaban llegar cuanto antes a tierra firme para tener algo de estabilidad bajo sus pies. La costa escarpada era un peligro y las zonas de playa se divisaban con dificultad, pero las ansias de arrasar y cargar un buen botín no arredraban a los valientes marinos acostumbrados a batallar contra los elementos o contra los hombres.

Entre los barcos había un knarr, más pequeño y más estable, lo guiaba el valiente Ragnar, no le habían aceptado en ninguna tripulación por una trifulca con el jefe de la aldea, pero en su afán de conquistar a la bella Loa con un buen botín construyó su propio barco, escogió tripulación no tan fornida y preparada como las otras, pero confiaba en su ingenio para lograr su objetivo. Alcanzó la costa y logró navegar por la desembocadura de un río suficientemente caudaloso, en busca de poblados no asaltados por sus compatriotas. El temporal dificultaba la navegación, el viento movía la nave como si fuera una pluma, corrían peligro de chocar con rocas o troncos caídos en las riberas. Por fin a lo lejos atisbó una columna de humo, todos se prepararon para el asalto mientras subían río arriba. A pesar del fuerte aguacero, en sus semblantes se instaló una sonrisa, pronto tendrían en sus manos un buen tesoro.

Debido a las fuertes rachas de viento un gran árbol cayó justo delante, atravesado en el río, tuvieron que ciar rápidamente y sopesar como esquivarlo. Mientras calculaban la maniobra, apenas unos segundos, una gran masa de agua retenida como una ola enorme, rebosó por encima del tronco alzándolos a tanta altura que se estrellaron contra un saliente rocoso, partiéndose en dos, las maderas astilladas por el brutal golpe atravesaron cuerpos, mutilaron brazos y piernas, falleciendo los hombres en lenta agonía que les transportó hasta Valhalla en un dulce sueño eterno.

       ¿Y ya está, se terminó la película?

  • No, se terminó mi participación en ella, era uno de los muertos del naufragio.

  • ¿Y cuánto tiempo estuviste de rodaje?

  • Dos días, aguantando la lluvia y el granizo de mentira más los sube y baja del barco por las olas, un incordio, para que luego te manchen de tinta roja y te mueras desangrado. Lo peor no fue eso, sino que pagaron 75 € por día, unos 150 € en total, y al cabo de seis meses, va la Seguridad Social y me manda una carta para revisarme la pensión, como he percibido rendimientos del trabajo sin declararlos tengo que devolver 5.000 eurazos. ¿Quieres creer que hay derecho a eso? Si lo sé no se me ocurre hacer de figurante.

  • ¡Vaya timo! Pues lo siento, menuda broma, espero que al menos te hayas divertido.

Al cabo de unos meses, Mario y Andrés se encuentran nuevamente en el bar, éste último está eufórico, ha cambiado mucho su semblante de la última vez que se vieron, al parecer ha sido nombrado para el Goya al mejor figurante por su gran interpretación de un moribundo y la devolución de la pensión ya no le parece tan agobiante.

  • ¡Mira que, si me dan el premio, eso podría lanzar mi carrera!

  • ¿Pero qué carrera si estas jubilado? Además, quien te va a contratar a tus 70 años.

  • Bueno, bueno, ahí tienes Harrison Ford que a sus ochenta y pico está rodando otra de Indiana Jones, ¡quién sabe si soy un talento por descubrir!

  • Pues hombre he visto actores en peor estado que tú, pero piénsatelo bien, si te llaman para una película o un cameo, que esté bien pagado y te compense perder la pensión que con tanto esfuerzo has ganado. Asesórate bien para escoger los papeles y por supuesto todo firmado, no sea que te llamen, lo hagas y luego no te paguen.

  • ¿Oye te interesaría ser mi manager? Estoy dispuesto a darte hasta un 30% de lo que gane.

  • Pues no sé, déjame pensarlo, he de mirar si puedo serlo sin que me quiten la paga y además me compre un nuevo audífono que este ya está viejo y empieza a fallarme, porque para negociar contratos hay que estar fino de oído y de labia.

  • ¡Venga, pues ya está! En dos semanas es la gala, me han enviado dos invitaciones ¿Quieres acompañarme?

  • No, hombre no, a quien tienes que llevar es a Remedios que está cañón y seguro que das la campanada con ella, aunque no ganes verás cómo se fijan en ti y te surge algún papel ya sea de televisión o de cine, hazme caso.



 

 

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Un par de naúfragos - Cristina Muñiz

                                            Foto de una pareja de ancianos consolándose mutuamente después de perder su casa por un incendio - foto de stock

 



Eran dos náufragos sin una tabla de salvación a donde agarrarse. Deambulaban como un par de sombras por la casa en penumbra o se sentaban a mirar sin ver la pantalla de colores a la espera de la llegada de la noche y con ella el fin de otro día desdichado. Salían a la calle lo imprescindible, cogidos de la mano, ausentes del mundo y de ellos mismos. Las visitas semanales de su sobrina y los viajes al pueblo eran su único contacto con el mundo exterior. Sofía llegaba todos los sábados cargada de comida y de un torrente de palabras cariñosas y alegres que ellos se esforzaban en no escuchar al igual que se alejaban del exceso de luz y del aire fresco que penetraba por las ventanas abiertas de par en par. Luego, cuando quedaban a solas, regresaban a su rutina diaria.

Era Semana Santa y su sobrina los llevó al pueblo. El viaje de tres horas se les hizo eterno, encerrados en su mutismo, Sofía centrándose en la carretera animada por una música tenue. Al llegar, antes de descargar el equipaje, se dirigieron al cementerio donde descansaban los muertos familiares, entre ellos los padres de Sofía y el único hijo de Adela y Fernando, fallecido en un accidente de tráfico dos años atrás.

Lo vieron ya a lo lejos, descansando plácidamente sobre la tumba de Alfonso, como si aquel fuera el lugar más cómodo de la tierra o quizá como si lo estuviera custodiando pensó su madre agradecida. El perro no se asustó con su presencia y clavó una mirada tierna y cariñosa en la de Adela que no pudo evitar emitir una leve sonrisa. Fernando le hizo un gesto con la mano para que marchara y el chucho descendió de la tumba con lentitud, hasta perderse en la lejanía.

–¿Por qué no adoptáis un perro, tía?

Adela y Fernando la miraron como si hubiera dicho la peor de las blasfemias.

–¿A qué viene eso? –preguntó Adela.

–Tía, no sé si te habrás dado cuenta pero ese perro te ha arrancado una sonrisa. Y hacía mucho tiempo que yo no veía una sonrisa en tu rostro. Un perro os hará compañía, alegrará la casa, os obligará a salir…

–No digas barbaridades –respondió Fernando molesto. Y vámonos a casa que ya son horas y estoy cansado.

La vida continuó donde la habían dejado, con las visitas semanales de Sofía, su insistencia en la adopción de un chucho y la obstinación de sus tíos en continuar viviendo como un par de náufragos.

En agosto regresaron al pueblo y al cementerio y en el corazón de Adela anidaba la esperanza de volver a encontrarlo sobre la tumba de su hijo, pero no estaba allí.

–¿Te acuerdas del chucho, Fernando?

–Sí –reconoció él, pues abrigaba el mismo deseo que su mujer por mucho que luchara por matarlo.

Y, esta vez, ante la tumba de su hijo, por fin, los dos, accedieron a regañadientes a los ruegos reiterados de Sofía.

Era una tarde calurosa y radiante de verano. Los animales, desde sus jaulas de la perrera municipal, los miraban ausentes. Una mirada compartida por Adela y Fernando que no se fijaban en ninguno en particular, como si hubieran decidido marchar con las manos vacías pese a una Sofía incansable “mirad este, qué mono, y aquel otro tan chiquitín, y ese de ahí es de un color precioso...” hasta que en una esquina, solo, tumbado. con las orejas gachas, lo vieron. Al sentir su presencia el chucho reaccionó, se levantó, estiró las orejas y moviendo el rabo se acercó a ellos con una mirada tan llena de paz que no pudieron negarse a aceptar a ese perro que parecía estar esperándolos, como si él los hubiera elegido.

Ha pasado un año y, desde aquel día, Adela y Fernando ya no se esconden entre las sábanas o entre las sombras de la casa. Se levantan temprano para pasear a Lucero, el pequeño ser peludo que ha espantado la soledad de sus corazones y les ha devuelto la sonrisa. Y cuentan, a quien quiera oírlo, que ese chucho de color marrón ha sido el salvavidas que los ha arrancado del más profundo y espantoso de los naufragios.

 

 

 

 

 

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