
“Ahorra,
ahorra, ahorra, por si vienen mal dadas”,
decía la doña. Mal dadas es lo que he tenido desde mi nacimiento,
diez bocas que alimentar en una pequeña granja a la fuerza pasaba
hambre. Para aliviarla mi madre llevó a servir a mi hermana Laura a
casa de unos primos y a mi dónde tía Remi. No era tía precisamente
sino prima segunda de mi abuelo, pero era una forma más cercana de
llamarla.
El
trato era asistir a clase hasta los dieciséis y posteriormente
trabajar en la casa por un sueldo. Cierto que fui a un colegio
cercano, las compañeras se burlaban continuamente de mi forma de
hablar o de moverme, rechazo que intentaba superar estudiando con
ahínco, si bien resultaba harto difícil debido a que al salir de
clase la doña me ponía un trapo en la mano o la escoba y a limpiar
todas las habitaciones, después me enseñaba a planchar, coser,
cocinar, incluso comprar en los comercios de alimentación, siempre
en su compañía. Cuando terminaba todas las tareas, que no me
pagaba porque al estar aprendiendo debía ser yo quien lo hiciera, se
acostaba y entonces era cuando a la luz de una vela conseguía hacer
los deberes o memorizar las lecciones.
Menos
mal que al colegio tuve que ir con uniforme, porque al estar
creciendo heredaba su ropa de cuando era joven, ropa vieja muy
gastada y pasada de moda. Avergonzada caminaba tras ella para ir a
la iglesia o acompañarla al casino mientras merendaba con las amigas
y desde una esquina contemplaba la ingente cantidad de pastelitos que
comían. Sólo se cocinaba una ración, la suya, y lo que le sobrara
era mi menú del día. Pronto empecé con disimulo a incluir una
patata o un trozo de verdura de más en el puchero, así al menos
podía alimentarme y no seguir pasando hambre como en la granja.
A
pesar de ser viuda no vestía de negro, tiesa como si hubiera tragado
el palo de una escoba, huesuda de piel cetrina, su nariz daba al
rostro imagen de ave rapaz. Siempre gritando con voz chillona decía
que debía educarme para ser buena trabajadora doméstica. Más que
trabajadora era esclava al estar veinticuatro horas a su servicio, ni
siquiera me dejaba dormir pidiéndome agua, abrir o cerrar la ventana
o poner una manta encima por el frío. Un agobio de mujer, lo único
positivo tener habitación propia con cama mullida y un techo donde
no pasar frío. Me enseñó modales para atender las visitas o los
encuentros ocasionales en la calle. Presumía de tratarme como a una
hija, algo que no reconocía recordando todavía el comportamiento
cariñoso de mi madre. Cuando cumplí los dieciocho comenzó a darme
una paga, siempre decía “ahorra,
ahorra, ahorra, para cuando vengan mal dadas”.
¡Cómo no iba a ahorrar si no salía de casa nada más que en su
compañía! Una vez al mes íbamos al banco, ella entraba y yo la
esperaba en la puerta, al regresar a casa se encerraba en su
habitación después de ordenarme hacer algo en la cocina, al otro
lado de la vivienda.
Los
años fueron pasando y sus achaques aumentando, no volví a tener
contacto con mi familia ni con compañeras de clase, un saludo
esporádico con vecinas al cruzarnos en el portal o algún guiño
cómplice con el hijo del charcutero, esas eran mis relaciones
sociales. Empezó a cansarse mucho y a visitarnos a menudo un médico
amigo quien me indicaba como cuidarla o que alimentación darle, pero
a pesar de todo, en mitad de una noche, se murió. Fue el galeno
quien avisó a sus hijos ¿hijos? En todo ese tiempo ninguno había
aparecido por allí ni tampoco ella los mencionó, pero fue un alivio
no tener que ocuparme del funeral ni del entierro, aunque sí de
atender a todo el que quería dar condolencias a los familiares.
Apenas tuve tiempo de asimilar lo ocurrido debido al trajín de
aquellos días, pero en cuanto se enterró los hijos iniciaron una
búsqueda desesperada por la casa de algo que no encontraban,
finalmente me preguntaron si conocía donde su madre guardaba los
ahorros y las joyas, lógicamente respondí que no. Fueron hasta mi
habitación que también registraron en malos modos y encontraron mis
ahorros, no eran muchos, pero con un gesto triunfante dijeron que
debían ser los de su madre y pretendía robarlos.
Sollozando
respondí que era mi paga, que ella me lo había dado mes a mes y
eran míos, que no tenía idea de joyas o dinero de la doña, pero no
atendieron a razones, dándome un día para largarme de allí.
Desesperada no sabía qué hacer, un llanto sucedía a otro y un
dolor inmenso me embargaba, no merecía aquel trato ni que me robaran
lo que era mío, estaba claro que actuaban con maldad, aunque no me
extrañaba después de haber convivido con su madre. Tenía miedo que
me denunciaran por ladrona así que metí mi ropa y objetos
personales en un par de bolsas de basura, y me acosté sin poder
dormir aquella noche.
Al
día siguiente llegaron temprano y al ver las bolsas de plástico
negras dijeron a gritos qué era lo que robaba en ellas, las rasgaron
y volcaron en la cama comprobando que sólo era ropa vieja, nada más.
Tras un tira y afloja les conté que nunca había tenido bolsa o
maleta y usé lo primero que se me ocurrió. Avergonzados fueron a
la habitación de su madre y de encima del armario cogieron una vieja
maleta llena de polvo, la pusieron encima de la cama y metieron en
ella todas mis cosas. Tras cerrarla me ordenaron irme. Me quedé
sentada y llorando a la vez que objetaba no tener dinero para volver
a mi casa porque ellos se lo habían quedado. El hijo sacó del
bolsillo un billete, arrojándomelo se marcharon. Unas horas después
salí de la casa para no volver, en el portal me encontré con una
vecina quien al verme tan desesperada me llevó a su piso y tras
contarle parte de mis cuitas me acompañó hasta la estación de
autobuses, así fue como dejé atrás mi primer trabajo de sirvienta.
Diez
años sin contacto son muchos años y para mi familia era una
extraña, los abuelos habían fallecido, de mi hermana Laura tampoco
sabían nada y conocí a una nueva hermana. Los chicos uno casado y
los otros con novia se encargaban de la granja junto con mis padres
aún así ni yo llevaba dinero ni ellos tenían suficiente para
mantenerme. Me afané en buscar trabajo en el pueblo justo en el
momento que el párroco necesitaba alguien que cuidara de él y de su
madre. Mi experiencia como doméstica la supieron apreciar y durante
tres tranquilos años les atendí con cariño. No dormía en la
parroquia por temor a las malas lenguas, pero ambos eran buena gente
pagando puntualmente y mucho mejor que tía Remi. La madre finalmente
tuvo que ser ingresada en una residencia y el cura pidió el traslado
para estar cerca de ella, por lo que nuevamente me vi sin trabajo.
Aquel
tiempo habitaba una esquina del pajar de casa, un jergón y dos
sillas eran mis compañías, ante esta nueva situación decidí
emigrar al sur, allí habría muchas ofertas, total no tenía nada
que perder. Decidí que con los pocos ahorros de que disponía me
compraría ropa más decente y tiraría la de doña, en todo ese
tiempo no había podido deshacer la maleta y me puse a la tarea.
Sacando una chaqueta de perlé, amarillenta por la antigüedad, se
enganchó en una cremallera, ni siquiera sabía que la había ni cuál
era la utilidad porque debajo sólo estaba la estructura metálica de
la misma. Se me ocurrió abrirla y ¡cielo santo! Allí había
muchos billetes, y joyas también, eran los ahorros de tía Remi, me
sentí ladrona, culpable de tenerlo, pero poco me duró el
sentimiento porque nadie, nadie sabría jamás que todo aquel capital
estaba allí. Volví a guardarlo sacando un billete por ver si era
de curso legal. Sí, sí que lo era y con él me compré algo de
ropa y una maleta nueva. Al día siguiente cogí el tren para
Málaga, con aquellos ahorros tenía para tirar una buena temporada,
eso sí las joyas sólo enseñar las más discretas ya vería qué
hacer con ellas.
Enseguida
encontré trabajo en un hotel modesto, compré apartamento en una
zona tranquila y llamé a mi hermana pequeña para vivir conmigo, no
quería que la pusieran a servir como a las demás, hambre no íbamos
a pasar y debía tener opción de ganarse la vida como ella quisiera.
Al principio siempre andaba con miedo a una posible denuncia por robo
de los hijos buitre, pero con el tiempo comprendí que ni ellos
sabían lo que su madre había hecho con sus ahorros, les está bien
merecido por haber robado los míos.

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