De
pura casualidad me enteré que mamá y sus hermanos iban a
desmantelar la casa de los abuelos, amenazaba con caerse desde hacía
años, justo el tiempo que el abuelo falleció y dos meses más tarde
la abuela al no poder soportar su ausencia tras una convivencia de
sesenta años.
Pedí
permiso para aportar dos manos más al trabajo y echar un último
vistazo nostálgico al hogar en el que transcurrieron mis veranos
infantiles, aquellos en los que todavía sacaba buenas notas y
disponía de todo el tiempo del mundo para divertirme en aquel
pueblo, apartado del mundo si no fuera por una estrecha carretera mal
asfaltada y que nadie tenía interés en arreglar, según supe de
adulta, era la única forma de preservar la autenticidad del lugar.
Quien
llevaba la voz cantante era Beni, había sido carpintero de joven y
conocía al dedillo que tornillos aflojar o clavos que quitar para
convertir en madera muebles que un instante antes lucían en las
habitaciones. El polvo y la carcoma los habían deteriorado de tal
manera que ninguno podía salvarse, a eso era a lo que yo iba, por si
podía rescatar alguno. Mientras mamá y las tías metían en bolsas
de plastico manteles, sabanas, mantas o pañitos que con tanto mimo
había tejido la abuela, los demás tirábamos a una hoguera maderas
carcomidas y sillas apolilladas porque hasta allí no llegaba el
camión de la basura para recogerlas.
Lo
último que se vació fue la cocina, la habitación que aportaba
calor los días fríos y donde íbamos a comer y tal vez cenar una
última vez antes de regresar a la ciudad. Las mujeres trabajaban en
silencio como si con esta tarea dieran carpetazo a un tiempo feliz
que no iba a volver. No había risas ni bromas, ni siquiera riñas
el silencio que ellas mantenían hablaba de respeto, tristeza y pena,
seguro que sí. Los hombres eran otra cosa, el esfuerzo que
realizaban les obligaba a gritar, a soltar tacos o cabrearse cuando
aquel armario o alacena no se destruía como ellos planeaban.
También es cierto que la suciedad y el polvo les tocaba más de
lleno que a sus esposas.
Creo
que mis dos manos fueron más útiles de lo que habían pensado y
escalera arriba escalera abajo ayudaba con puertas o mesas que no se
podían tirar por la ventana al no caber. Continuamente alejaba la
melancolía con una nueva orden o un nuevo encargo, el
desmantelamiento iba rápido, las paredes se quedaban desnudas
después de haber contenido tanta vida.
En
un primer momento había sopesado comprar la casa y arreglarla con el
tiempo, pero ni mi sueldo ni mi estabilidad económica lo iba a
permitir, además la falta de mantenimiento y la hiedra obligaban a
tirarla abajo, era lo que iba a hacer el nuevo propietario del solar
quien por una miseria lo había adquirido. Pulsé la opinión del
resto de primos por ver si entre todos encontrábamos una buena
solución, pero a ninguno le interesaba la casa ni el pueblo, una
lástima, al parecer era la única que aún guardaba bonitos
recuerdos familiares.
Cansados
y taciturnos compartimos la comida cocinada en casa, cada una su
especialidad y disfrutamos un momento de descanso para recuperar
fuerzas y terminar cuanto antes, enseguida anochecía y el transitar
por aquel camino podía sorprenderte algún animal deslumbrado por
las luces del vehículo. Mientras terminaban con muebles y objetos
de la bodega subí un momento a la galería donde tantas tardes había
sido castigada sin salir. Mis correrías por el pueblo con amigos me
hacían perder el sentido del tiempo, en la ciudad todo estaba más
controlado: las clases del colegio, el judo, la piscina, clases
particulares para mejorar notas y el no poder salir a la calle a
partir de cierta hora por si alguien te hacía daño. Esos problemas
en el pueblo no tenían cabida, los niños eran todos hijos de amigos
o parientes y la gente mayor siempre tenía puesto un ojo en que no
se metieran en líos los de su casa y los de la ajena, todos nos
cuidaban. Muchas veces llegué tarde a la comida entretenida con el
amigo que acababa de comer, la única hambre que tenía era de juego
y libertad de movimiento, qué tiempos aquellos ahora he de cuidar lo
que ingiero para no engordar.
En
la galería siempre estuvieron colgados tres cuadros de los
antepasados, hombres en actitud seria, no sabía muy bien si eran
fotos viejas o estaban pintados, fueron compañeros de castigo y les
tenía cariño, como nadie quería ver más a aquellos vejestorios me
los guardé, un toque vintage para mi recibidor y un cambio de aires
para que contemplaran mi nueva vida. El vaciado se produjo sin
grandes problemas, mamá se había quedado un jarrón y un mantel y
las tías algo similar. Yo iba ufana con mis viejitos en una bolsa
de rafia que usaba para la compra, aún no sabía dónde colocarlos,
pero tras una buena limpieza algo me sugerirían.
Tardé
un mes en volver a ellos, un ligero lavado les devolvió cierto
esplendor, lo peor era la trasera, había que cambiarla por estar
bastante deteriorada. Hice acopio de material dispuesta a ello,
primero al tatarabuelo Vicente, no me complacía la mirada que me
echaba cada vez que lo movía, menos mal que no podía protestar.
Luego fue el bisabuelo Rodrigo, un calvete como tío Jaime,
clavadito, esperaba que si algún día tenía hijos no se parecieran
a él. Le llegó el turno al tío abuelo Policarpo, no sé si era
cosa mía, parecía tener una mirada achispada, alegre, seguro que se
había tomado la foto después de pasar por la tasca, jajajaja.
Removiendo cartones de la trasera encontré un viejo papel sucio y
dibujado, lo observé con mayor detenimiento, me llevó un tiempo
comprender que era un mapa, no sabía cómo colocar el norte, me fui
rápidamente a internet por ver si alguna imagen del pueblo me
indicaba la situación. Estuve tres días y finalmente fue mi chico
quien con mucha maña colocó adecuadamente el norte y el sur,
habíamos encontrado el paraje, todo concordaba, unas líneas
sinuosas era la alameda del río, luego un montículo cercano,
después un camino que aún se podía ver finalizaba en ¡ni idea!
Qué sería aquello, el dibujo parecía cualquier cosa y en el mapa
sólo había un matorral bien tupido.
Decidimos
pasar un fin de semana en la casa rural del pueblo y visitar el
paraje del cuadro, no fue nada fácil pues la conexión a internet se
perdía constantemente y el GPS no funcionaba como era de desear,
pero no nos dimos por vencidos y la mañana del domingo antes de
volvernos descubrimos el secreto de Policarpo, el matorral tan
frondoso alejado del pueblo escondía un pozo, al no estar a simple
vista casi nos caemos ya que estaba a ras de suelo, parecía tener
bastante agua, era realmente un tesoro con lo cotizada que esta
últimamente tan preciado elemento. No sabíamos que hacer con dicha
información, consultamos las coordenadas en el catastro, intentamos
indagar quien era el propietario del terreno, por culpa de la ley de
protección de datos no nos daban información, no pensaba rendirme
así que fui hasta el ayuntamiento al que pertenece el pueblo. Quien
me atendió era una parienta lejana que al reconocerme, pues soy
clavadita a mi abuela, me enseñó en un plano la parcela y que aún
era nuestra, de la familia, era una herencia del abuelo.
Ninguno
de los mayores conocía la propiedad, guardándome para mí el contar
que en ella había un pozo. Hablaron de regalársela al nuevo
propietario pues no tenía ningún valor, no les dejé, pedí que en
caso de regalo me lo hicieran a mí, por tener un recuerdo de la
familia. No pusieron objeción, me hice con la titularidad. No
sabía muy bien cómo tratar la información que poseía, si podría
vender el agua al pueblo o estaría obligada a cederla, casualmente
el verano estaba siendo demasiado caluroso para lo que venía siendo
y tuvieron que cerrar fuentes y lavaderos por sequía. Sensibilizada
con el tema acudí a hablar con el Alcalde quien se sorprendió que
hubiera un pozo en aquel páramo, le ofrecí su uso en caso de ser
potable. Se interesó por mi sugerencia, envió técnicos a
buscarlo, analizar el agua y ver si era viable su canalización. Un
año más tarde me llama para firmar un contrato, me cuenta que el
agua es un bien público y que, aunque estuviera en mi propiedad no
era mía, pero tenía que pagarme un alquiler porque la canalización
discurría por mi tierra.
El
retrato del tío abuelo Policarpo lo tengo expuesto en el salón con
un foco iluminando su sonrisa, cada vez que lo miro sonrío también
por que cada mes recibo el alquiler del Ayuntamiento por utilizar mi
parcela.

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