Un asunto de narices - Marian Muñoz

                                                Un libro: Relatos cómicos de Edgar Allan Poe


Desde que recuerdo tanto mi mellizo como yo hemos sido siempre destino de burla y chanza a causa de nuestra abultada napia. De niños si éramos parientes de Dumbo o Pinocho, después si de Cyrano de Bergerac o Luis de Góngora, todos se pitorreaban incluso delante de profesores quienes tampoco mostraban piedad. Al pasar a secundaria preferimos el horario nocturno por tener compañeros más maduros que callaran lo que pensaban, excepto cuando recomendaban dedicarme al canto para competir con Brabra Streisand. En la adolescencia y aflorar las hormonas a mi hermano le fue mejor al aparentar ser más viril por su narizota, siendo en los escarceos amorosos una baza importante para proporcionar placer, mientras que a mis pretendientes les resultaba tan difícil besarme que desistían de un acercamiento.

Mi desaliento desapareció cuando en literatura nos recomendaron leer los Relatos Cómicos de Edgar Allan Poe, no sé si fue una indirecta, pero su lectura subió un peldaño mi autoestima al conocer a Robert Jones. “El primer acto de su vida fue agarrarse la nariz con ambas manos, su madre feliz considerando que era un genio y su padre le regaló un tratado de nasología”. A los 18 su padre, de una patada, le echó de casa, para seguir su nariz, cosa que hizo, tras publicar un panfleto y hacerse famoso en Fum-Fudge le invitaban a todas las fiestas, “la Duquesa de Dios-Me-Bendiga, el Marqués de Esto-y-lo-Otro, el Conde de Esto-y-Aquello, además de Su Alteza Real de Mírame-y-no-me Toques”. Tan alta era su fama que publicó un tratado de Nasología siendo envidiado por todos menos por Bluddenuff, a quien en un duelo le arrancó la nariz de un disparo. Al visitar a sus amigos le insultaron echándole de su lado, a la vista de aquello fue a ver a su padre quien le advirtió que él “tenía una nariz considerable, pero Bluddenuff ya no, él había sido condenado y el otro se convirtió en el héroe de la jornada, porque la grandeza de un león se mide en el tamaño de su probóscide, pero ¿cómo se puede competir con un león que no la tiene en absoluto?” Aquello me hizo darme cuenta que lo importante no es lo que aflora sino lo que uno posee en su interior.


 

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Lágrimas negras - Esperanza Tirado

                                          rosa roja en la tumba - tumba fotografías e imágenes de stock

 



Cuánto me echaba de menos, cuánto me había querido, que solo había estado en aquellos países lejanos, cuánto se arrepentía de no haber vuelto aquel año a casa por Navidad. Pero todo se le había complicado tanto… 

Sus amargas lágrimas mojaban el terreno bajo el que yo reposaba, tiñendo de negro lo que quedaba de mi mortaja.

 

 

 

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Cuentos - Esperanza Tirado

                                          ilustraciones, imágenes clip art, dibujos animados e iconos de stock de los tres pequeño cerdos 6 :  lobo y viento - cuento de los tres cerditos

 

 


Se apresuraron con el martillo y los clavos. Los ladrillos estaban guardados en sacos en el maletero de la furgoneta. Y diseñaron la otra casa con los palés de madera del antiguo granero. Pero como las noticias vuelan entre las ramas de los árboles, el lobo se les adelantó. Y los tres lloraron, viendo cómo la casita de paja se deshacía en el aire.

 

 

 

 

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Las horas más negras - Esperanza Tirado

                                         El misterio de la tumba de Edgar Allan Poe | Más allá de la muerte

 

 

 

 

Despierta, hecho una maraña de nervios, en su mugrienta buhardilla. Las sienes le palpitan con un dolor lento y torturante. Apenas puede entrever nada, en un amanecer fantasmal en el que aún no hay luz en la calle.

No recuerda nada de lo vivido en las horas previas. ¿Quizá esté soñando dentro de una de sus recurrentes alucinaciones?

Su memoria está salpicada por brochazos negros, tan negros como sus pensamientos. Como su alma.

Como la taberna del puerto en la que entró y bebió para no recordar lo que nunca olvidará. Algún marinero, con menos copas encima, debió llevarle hasta su mal llamado hogar y dejarle tumbado en su cama, cubriéndole con su raída capa militar.

A pesar de los efectos del alcohol, y posiblemente del láudano, el tenso dolor de su corazón le dice que algo, aparte de su salud, no está bien.

Y una pequeña, pero a la vez hermosa, luz brilla y se apaga en su mente: Su madre, que ya no está. Al menos no en este mundo. Las nauseas se apoderan de él, convulsionando su cuerpo en una postura deforme.

Días atrás leyó su nombre en la lista de fallecidos semanales de algún periódico. Y después en la lápida del cementerio, en el panteón de la familia.

Allí lo llevaron sus pasos y allí se quedó, bajo la lluvia. Llamándola a gritos. Ya no volvería a llamarla ‘Madre’ nunca más.

Maldijo a su padre por haber tardado tanto en comunicarle la fatídica noticia.

Maldito cuervo negro que no avisó a tiempo. Nunca más llamará ‘Padre’ a ese hombre, un ser sin corazón y sin escrúpulos para él. Aunque sí para otros hijos suyos.

Con Ella murieron también todas las mujeres que alguna vez le amaron y que él amó en su vida.

Tal vez podría volver a contemplar su maternal faz, retener ese rostro sereno en su memoria. Despedirse…

La idea sobrevolaba su mente, desequilibrada por los restos del láudano que agitaban su maltrecho cuerpo.

Abrir la tumba, sacar el ataúd, abrazarla por última vez…

Ya puede ver algo, el débil sol del invierno asoma con un tono amarillento, casi enfermizo, por el sucio ventanuco.

Se mira las manos, intentando reconocerse en su propio cuerpo.

Están sucias. Las uñas rotas, las manos cubiertas de sangre seca y restos de vómito La capa embarrada y destrozada. Su pelo negro, alborotado y húmedo, se pega a su rostro.

Ya recuerda, entre brumas, retazos de esas horas negras.

Aúlla, presa del dolor, solo en su buhardilla, por su madre muerta. Su último grito por Ella.

En un periódico local de Baltimore, al día siguiente aparecerá la noticia del fallecimiento del escritor atormentado. De la muerte inesperada de su madre. De las diferencias extremas entre padre e hijo. Del hijo que abrió su tumba para dedicarle un último adiós a su madre.

Del delirio de su último suspiro que le llevó con Ella.








 

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Ladrona por un día - Marian Muñoz


 

                                      Ladrón, Mujer, Robo, Estafador, Hurto







Mis padres se divorciaron cuando tenía 5 años, no recuerdo que fuera traumático porque mi vida empezó a sufrir cambios importantes. Mamá me internó en un colegio de monjas, sor Isolina nuestra tutora se encargaba de enseñarnos a mi y a mis tres compañeras de dormitorio a ser autónomas: asearnos, vestirnos, peinarnos, atarnos los zapatos, guardar nuestra ropa en el armario y hacer la cama, además de aprender los rezos necesarios para hacer la primera comunión.

En clase nos juntábamos con las externas aprendiendo a escribir, leer y algunos números además de los colores y otras cosas divertidas. Era notorio que las internas habíamos madurado antes que las otras y por las tardes después de la merienda y rato de juego, nos ayudábamos con los deberes y pequeñas responsabilidades.

Al empezar las vacaciones de Navidad mamá venía a buscarme para llevarme a casa de los abuelos donde pasaba todas las fiestas. La comida de la abuela estaba mucho más rica que la del colegio, aunque no era mala se notaba que en casa ponían más cariño y ganas en la cocina. Al día siguiente de Reyes aparecía mi madre para llevarme de vuelta al colegio.

En las vacaciones de verano era papá quien aparecía, disfrutando con él los tres meses veraniegos. Nunca hicimos lo normal como ir a la playa, al parque, a la piscina o de campamento, desde el primer día nos íbamos cada mañana al Museo del Prado. Es copista, pinta en un lienzo en blanco uno de los cuadros colgado en las salas del museo. Tenía un pase especial, nos dirigíamos a un pequeño armario donde guardaba sus utensilios de trabajo, una vez instalado tras abrir el caballete, colocado el lienzo y teniendo a mano los oleos, me ordenaba ponerme detrás de él espalda con espalda, y con mi cuaderno de dibujo y mis pinturas, copiara el cuadro detrás suyo.

Al principio no tenía idea de cómo hacerlo, intentaba de reojo observar como lo hacía mi padre para intentar copiarle yo. Así nos tirábamos todas las mañanas de mis vacaciones estivales. En esa época del año el museo suele estar lleno de visitantes, según qué horas el gentío es como una procesión en semana santa, si había mucha gente me sentaba en el banco y pintaba el cuadro de enfrente a mi manera, si la muchedumbre había amainado me tumbaba en el suelo y seguía pintando. Mis creaciones más se parecían a un Picasso o Miró, es decir, garabatos intentando poner algo de vida a la hoja de mi cuaderno. Al ser tan pequeña los vigilantes se apiadaban y a veces me llevaban con ellos a la zona de descanso donde me daban un chocolate o algo de bollería para sobrellevar la mañana. Como me portaba bien, alguno más amable me ilustraba con información de la obra que estaba intentando reproducir. Me hablaba del autor, de la escena representada, de la técnica pictórica, del estilo o época del artista, y yo que era un lienzo en blanco todo lo asimilaba y disfrutaba como una novedad.

Las vigilantes femeninas me caían mejor, me llevaban al interior del museo enseñándome la zona de embalaje de obras que salían a otras exposiciones, el taller de restauración o el almacén donde cientos de obras esperan a ser expuestas, me encantaban aquellos paseos, al menos podía moverme y no permanecer quieta mirando un cuadro. Quien no me caía nada bien era el responsable de seguridad, siempre me miraba como si fuera una amenaza y pudiera estropear algo cometiendo una trastada.

Esas fueron mis vacaciones estivales hasta los 13 años, los funcionarios ya eran amigos, el museo era mi segunda casa, estábamos fresquitos con la canícula que caía fuera del edificio. Siempre intentaba pasar desapercibida, con el tiempo mis dibujos empezaron a ser más precisos de manera que hasta papá me corregía trazos o me enseñaba como captar la esencia del artista. Aquel verano cambiaron al jefe de seguridad, era un hombre más joven y de mejor talante que el anterior, siendo bien conocida por todos al comportarme siempre impecablemente, según las indicaciones de mi padre, supongo que sería la razón por la que caí bien al nuevo, enseñándome los sistemas de seguridad que tenían en todo el museo. Me mostró las dos mesas de control de cámaras, unas de interior y otras del exterior para vigilar en todo momento que nada ni nadie perjudicara a las obras de incalculable valor que allí se cobijaban.

Tanto debió de gustarle mi compañía que incluso me contó un secreto, una vez al trimestre el jefe de policía del museo contrata a un caco para que intente entrar y robar alguna obra. Muy ufano contaba que siempre les cazaban a pesar de que los de seguridad desconocían quien era el contratado ladrón. Aquel asunto me hizo tanta gracia que hasta en sueños veía como un tipo de negro con capucha entraba en el museo y se llevaba las Meninas, aquel hombre presumía de la seguridad que allí imperaba, y pensé que bajarle los humos no estaría mal.

Después de tantos veranos en el museo conocía sobradamente las costumbres de los vigilantes, de los de seguridad, de mantenimiento, del personal de la entrada, en fin, que empecé a tramar un plan para darle un escarmiento y no se confiara. En mi mochila empecé a llevar un tubo de cartón como los que usan para transportar mapas o lienzos, tanto a la entrada como a la salida los vigilantes pensaban que en él llevaba mi copia, y así era, nadie me paró ni me preguntaron qué había dentro. Conocía los horarios del vigilante de sala, cuando venían a buscarle y quien, además de los paseos que se daba el de la sala contigua mientras éste estuviera en el descanso. También recordaba que las cámaras de vigilancia tenían un punto muerto justo en la puerta por donde se accedía al interior privado del museo, estuve unos días dándole vueltas cómo hacerlo y esperando que no me pillaran, decidí ejecutarlo.

Nada más llegar saludé afectuosamente a la vigilante, una joven muy cariñosa, en el abrazo le quité la tarjeta magnética que abría la puerta hacia el interior privado. Cuando llegó su media hora de descanso apareció una compañera, abriendo esta última dicha puerta. Bien, el plan iba según lo ideado. Al poco apareció para echar un ojo la vigilante de la sala contigua, en cuanto se fue me deslicé, abriendo la puerta con la tarjeta robada y cerrando despacio con los oídos bien atentos. La sala de descanso está en la planta baja, pues subí las escaleras hacia el taller de restauración, los trabajadores estaban tan absortos encima de sus obras que no se percataron de mi presencia. Con mucho sigilo me arrimé a la mesa más cercana y un lienzo allí posado, con sumo cuidado, lo enrollé y metí en el tubo de cartón de mi mochila. Despacito y sin meter ruido, volví a la sala rezando para que nadie me viera entrar. Después de asegurarme que no me habían visto, me puse en mi sitio a la espalda de mi padre y seguí pintando en mi cuaderno. La vigilante regresó del descanso, no había notado la ausencia de su tarjeta la cual devolví en un abrazo de despedida hasta el día siguiente.

Como pude disimulé mi nerviosismo, papá guardó sus cosas en el armario de siempre, nos despedimos como cada día y salimos a la calle sin ningún problema. No se lo conté a nadie, no tenía idea del valor de la obra o lo que fuera aquello, pero si no se enteraban, al día siguiente se lo iba a contar al jefe de seguridad, para que viera que su sistema no era tan seguro.

Esa noche apenas pegué ojo de lo excitada que estaba, a mis 13 años recién cumplidos y robando obras de arte, empecé a inquietarme por las repercusiones, pero ya estaba hecho y no podía hacer nada por volver atrás.

Llegó la mañana siguiente y entramos como cada día al museo, papá recogió sus bártulos del armario y nos encaminamos a la sala. El ambiente estaba intranquilo, mucho cuchicheo entre el personal, muchas miradas a todas partes y algunos paseos rápidos y veloces de policías de uniforme y seguratas varios, además de gente trajeada y muy seria. Estaba claro que lo habían descubierto, no deseaba que siguieran pasando aquel mal trago y pedí a la vigilante que llamara al jefe de seguridad pues quería hablar con él. Me despachó educadamente diciéndome que no estorbara y me pusiera a dibujar como siempre. Aun así, insistí en que le diera mi mensaje porque era muy importante. El hombre apareció a última hora de la mañana, unos minutos antes de que nos fuéramos, con el semblante preocupado y muy serio me preguntó lo que quería. Le llevé a una esquina de la sala y le di mi tubo de cartón para que mirara en su interior, al hacerlo no aguantó su rabia, me cogió fuertemente por un brazo llevándome a la zona privada del museo, allí dentro me preguntó sobre el robo, y con la mayor candidez le expliqué que su sistema no era tan seguro, que había un agujero por donde podría colarse cualquiera. No tenía intención de llevarme la obra, sino de demostrarle que debía estar más pendiente del público.

El jefe de Policía del Museo, el director, en fin, todos los jefazos me riñeron, me atemorizaron con ir a la cárcel, pero claro, como iban a explicar al mundo que una niña de 13 años había robado en el Museo del Prado sin que nadie se percatara. Nos echaron del museo y a mi padre le prohibieron la entrada durante 10 años. Menos mal que esa semana terminaba de copiar el cuadro y empezaba otro en el Museo Thyssen, donde pasé parte del verano entre sus paredes. Allí los vigilantes no eran tan amables y como me aburría soberanamente, papá me mandó de campamento donde pude jugar con otras niñas. Había terminado mi etapa de ladrona.


 

 

 

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Desafios a la vuelta de una esquina - Esperanza Tirado

                                       empresarios en línea - cola de ejecutivos fotografías e imágenes de stock

 

Aun no había amanecido, pero las voces de la calle le obligaron a abrir la ventana. La larga fila de pedigüeños, arribistas y menesterosos formada a la puerta de la Dirección General de Asuntos Interiores se perdía doblando la esquina. Ya se habían fundado grupos, pedido turnos, confiado secretos y hasta prometido futuras prebendas en cargos inexistentes. Cerró, se hizo un café aguado, se vistió y bajó a la calle, haciéndose el despistado.

Todavía no le había llegado la carta con el oficio de desahucio, estaría al caer.  La de despido le miraba desafiante cada vez que abría el frigo.  Mañana o pasado mañana, a no más tardar, se acercaría a los últimos, preguntando si alguno sabía de alguien que tuviera mano en aquella Dirección. 

 

 

 

 

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Solos no, diferentes - Marga Pérez


                                     

 

 

¿Se enamoró de él porque era diferente de los otros o el que ella fuera tan distinta a otras fue lo que le ayudó a que se fijase en ella?...

Ambos solían deambular solos por calles, cafés, cines y parques, y, precisamente en uno de éstos, sentados en un banco frente al estanque de los patos, fue donde se conocieron. Lanzaban con indolencia trocitos de pan duro a los animales como otras muchas personas hacían. A él le atrajo de ella sus ojos saltones, estáticos, casi ausentes de parpadeo. También le gustó su boquita de labios finos y picudos. Ella observaba con deleite la ausencia de vello facial en aquel rostro lampiño que, sin dejar de emitir ruiditos guturales, alimentaba de forma tan impecable a aquellas aves. El, algo gurgutó incomprensible, la miró, y ella respondió con un ¡caramba! enigmático y áspero que a él le gustó mucho. Ahí empezó todo. Se pusieron en pie y caminaron, uno al lado del otro, entre árboles, flores y piar de gorriones, sin tiempo estipulado ni rumbo fijo.

Ella se dio cuenta de que al andar el separaba las puntas de los pies igual que ella hacía. En su casa trataran de corregirla con insistencia pero sin ningún éxito. Su hermano pronto aprendió lo de palmípeda y así la llamaba cuando no había adultos delante, y a ella no le importaba, era así, ¿por qué tendría que ser de alguna otra forma?

El vio cómo ella mantenía una postura inclinada hacia delante, con los codos detrás de su cuerpo y los brazos separados, impulsándose con ellos al andar. Había recorrido consultas de traumatólogos sin encontrar la causa de tan peculiar forma de caminar. Ningún fisio consiguió modificarla. Ahora, después de tantos años, descubre que él no es el único, y le gusta, y se lo cuenta a ella sin poder dejar de mirar a aquellos ojos saltones y estáticos que solo miran a los suyos. No pueden dejar de caminar uno al lado del otro, cada vez más rápido, más inclinados, más rápido, más inclinados, más, más y más rápido… juntos, y sin ponerse de acuerdo ni hablar de ello, empiezan a agitar los brazos. Y los pies, sin saber cómo, se separaron del suelo y ambos salieron volando del parque para asombro de los que allí estaban. Y volaron por encima de los árboles, del estanque, de los patos, de los niños y los mayores. Y ya no volvieron allí, nunca más.

 

 

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