A salvo - Esperanza Tirado

                                          Resultado de imagen de libros

 

 



Llevaban una semana viajando con rumbo indeterminado. Y se estaba desesperando y angustiando. A lo mejor es que nadie de los que estaban al mando de aquella nave sabía a dónde iban, pensaba cuando su angustia crecía.

No había libros allí. Ni uno. Ni siquiera una breve guía de navegación espacial para dummies.

Para calmarse sacaba el manojo de llaves de su librería y lo tocaba y lo hacía sonar. Su librería, su tesoro, su vida. Que había dejado atrás, en la Tierra, en su país, en su ciudad, en su calle, al lado de su casa… con la firme promesa, por parte de las autoridades sanitarias, de que dentro de esa nave estarían a salvo. Los doctores que viajaban con ellos les examinarían periódicamente.

Dentro de aquella burbuja aséptica y extrañamente setentera, donde todo era estrictamente desinfectado, viajaban los elegidos, los primeros que probarían la vacuna del milagro. Esa que les libraría de todas las enfermedades conocidas y venideras.

Ella, sin familia, sin pareja, sin hijos, sin ataduras, rellenó el formulario y se presentó voluntaria. Un viaje de una semana, unas pocas pruebas, un pinchazo y a casa, pensó. Sería fácil.

Ahora que ya lleva allí una semana, tal vez algo más, dentro en una órbita desconocida, rumbo a algo más desconocido todavía, no sabe cuánto aguantará sin tener un libro entre sus manos. Sin leerlo, sin olerlo, sin pasar sus páginas… Hasta un aséptico e-book le serviría. Algo en lo que hallar escrito cualquier cosa, negro sobre blanco o gris.

En la nave no huele a nada, no hay nada para poder leer. Todo está inmaculadamente ordenado y controlado por los médicos y los especialistas cubiertos con un traje blanco, como astronautas. Lo único que da un poco de alegría es la comida, que se toma en cápsulas color arco iris. Aunque no distingue los sabores; y antes de tragárselas hace dibujos y letras con ellas.

Al resto de voluntarios ya parece darle igual todo, y como borregos o anestesiados miran hacia la gran negrura afuera de la bóveda acristalada de la nave.

En cuanto la vacunen pedirá un permiso especial para volver a la Tierra en una cápsula individual. Ya ha averiguado que hay diez de ellas. Tal vez los de la tripulación se las hayan reservado; pero ya lo ha planeado: se colará cual polizón y regresará a la Tierra. Vacunada y posiblemente con secuelas. Pero no le importa con tal de regresar.

Porque necesita regresar. Por su librería, por sus libros, por ella misma. No quiere convertirse en uno de esos zombies que miran sin mirar hacia la negrura exterior.

Cuando la sensación de angustia dura más de la cuenta, y se le han acabado las píldoras de colores, saca el manojo de llaves. Y, como un bebé con sus primeros juguetes, las huele, las toca, las hace sonar y se acuna.

Pronto volverá a casa. A su librería. A su casa. A su calle. Allí sí que estará a salvo.





 

                                                     Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.

Deseos de cosas imposibles - Gloria Losada




                                       Resultado de imagen de brindando con champán






Se acerca la Navidad, qué bien, qué felicidad, esa época maravillosa y tremendamente absurda en la que todos somos estupendos, buenos por naturaleza, y deseamos al prójimo felicidad, alegría, salud y bla, bla, bla…. Y vamos a los comercios, a las librerías, a las tiendas de música y regalamos esto y lo otro…. Pues ya estoy harta, pero harta. Este maldito año ha sacado lo peor de mí y mientras no exista vacuna que lo remedie voy a ser mala… o mejor, mala no, voy a ser yo misma. Así que a todos los que se hayan comportado conmigo de manera normal, que fue la mayoría, les voy a desear salud y trabajo y al cabrón de mi ex, que después de tres años diciéndome que me quería me ha mandado a tomar por saco, además de la salud y el trabajo le voy a desear que algún día llegue a querer a alguien como yo le quise a él (dudo mucho que sea capaz) y que le hagan sufrir todo lo que él me ha hecho sufrir a mí, para que compruebe lo bien que se pasa. Ya sé que no me va a servir para nada, pero me voy a quedar tan a gusto que hasta brindaré con champán. Ya luego en las Navidades del 2021 volveré a ser hipócrita si eso.


 

 

                                                      Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.

Ama y haz lo que quieras - Dori Terán

                                           Resultado de imagen de corazón latiendo

 

Las rutinas diarias no conseguían detener los pensamientos que la asaltaban y dialogaban entre ellos creando una autentica marabunta de ruidos y voces, de planes y argumentos que se peleaban entre sí. De poco habían servido los cursos de meditación que recibió en su día con la ilusión de ponerle para a la maquinaria de su mente, con el anhelo de gozar de libertad. –“Escuchad los latidos de vuestro corazón”- decía el maestro,-“no dialoguéis con las ideas que os llegan. Mirad, si pensáis “mañana guisaré lentejas”, dejadlo correr, no sigáis con adornos como “voy a ponerles chorizo, aunque con mis niveles de colesterol no debiera ponerlo etc. etc. Sois respiración y corazón”. Estaba convencida que la energía mental de los hombres, puede estar a su servicio o ser el enemigo número uno de su vida. Comprendía el afán, la premeditación y planificación inteligente y sutil de los que manipulando la psique humana dirigían a las personas hacía los caminos que les convenía crear para mantener unos intereses elitistas que sumergían a la mayor parte de la población en la pobreza y esclavitud, en la miseria física y material, en la inconsciencia del ser. Liberarse de todo ello era su deseo. Le resultaba muy complicado. No era una jovencita que acabase de descubrir la pluralidad, la diversidad, los mil senderos distintos para vivir desde la plenitud y la paz. Los tiempos de actualidad, revueltos, caóticos, desconcertantes, tenían la virtud de empujar a las almas contra el paredón y hacerlas por rebeldía, por derecho, por justicia, despertar. Hoy es la ruina y destrucción, el desastre que precede al derrumbe sobre el que se ha de construir lo atipico, lo diferente, la nueva Humanidad Ayer fue años de manejos y engaños, el alimento intangible de todos los aspectos y todos los momentos de su biografía. En lo más profundo de sus entrañas, sentía el bienestar que conquistaba con cada uno de sus avances. A menudo Ana se reía de sus teorías y ella le replicaba:-“No Ana, no. No son teorías, son experiencias. Me aplico el principio “no creas nada, prueba” y ahí descubro” La tarea requería un trabajo muy personal e interno, un encuentro de sí misma más allá de la proyección a todo lo externo. Observación propia e individual, conocimiento y entendimiento de un inconsciente colectivo que deja una huella fehaciente en todos y cada uno de nosotros. Con tal disposición e intención se levantaba cada mañana alegre ante el hallazgo de su misión en la vida y los frutos de paz y amor que por ello recibía. Supo e incorporó en su agenda que ni la paz, ni el amor llueven del cielo, que todo en la vida son consecuencias. Y bebió para esta evolución cotejar cuanto acontecía, a la luz de la luz. Y en tiempos de vacunas salvadoras de enfermedades mortales, busco la suya en la librería donde se guardan escritas todas las experiencias que los hombres han querido contar a través de historias reales o personajes ficticios pero no por ello inexistentes. Nada la encasillaba y todo la lanzaba a comprender. Cómo evoluciona el mundo, evolucionaron sus cadenas de ADN y su cuerpo energético con el propósito de contagiar tal maravilla, se plasmó en el libro que pronto se editará como entrega de la auténtica felicidad: “Ama y haz lo que quieras”.




 

 

                                                     Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.

¿Castigo o regalo? - Cristina Muñiz Martín

                                         Resultado de imagen de niña tumbada en la cama leyendo



Cuando se peleaban, su padre solía castigarlos en su cuarto de donde no podían salir hasta la hora de la comida o de la cena. Para Mauro era la peor de las penitencias, pues no soportaba la soledad. Necesitaba estar rodeado de gente, hablar, chillar, brincar... Dentro de su cuarto se aburría, no sabía a qué jugar si no era con la consola o con el ordenador, requisados por su padre como parte del castigo. Lo había mandado a su cuarto a las seis de la tarde cuando se pegó con Irene, y hasta las nueve, que era la hora de la cena, tenía ante sí un tiempo que le parecía una eternidad. Probó a jugar con los Lego, pero en cuanto se le cayó una pieza, desmoronándose parte de lo construido, les metió una patada dejándolos esparcidos por el suelo. Luego probó a leer un cómic pero no logró pasar de la primera página. Sacó los juegos de mesa, los juguetes del arcón, los secretos de su caja de hojalata, los cromos de futbolistas, los coches de carrera… Desesperado dio un manotazo a las cosas que había dejado sobre la cama y se echó a llorar con desconsuelo hasta quedar dormido. Despertó con la voz de su madre llamándolo para la cena. Miró su cuarto. Mejor bajaba rápido, porque como subiera alguien iba a estar castigado toda la semana. En cuando terminara de comer subiría rápido a recogerlo todo. Odiaba a Irene, la muy bruja, siempre empezaba ella, acababan peleándose y el castigo era para los dos.

Irene se cruzó con su hermano por el pasillo. Cada día era más tonto. Si se dejara no los castigarían y no lo pasaría tan mal. Se notaba que había estado llorando. En cambio ella había disfrutado de una tarde estupenda. Le encantaba la soledad de su cuarto, sentirse en su propio territorio sin que nadie la molestase. Y eso solo lo conseguía si su padre los castigaba. En caso contrario, tenía que soportar que su hermano entrara a chincharla, su padre a hacerle cualquier pregunta estúpida y su madre a ver si estaba bien.

Esa tarde, en cuanto cerró la puerta de su cuarto, cogió el último libro que le habían regalado y, tendida en la cama, se había dejado llevar por una historia maravillosa con la que no sintió el paso de las horas. La voz de su madre la había fastidiado; estaba en lo más interesante. Se portaría bien durante la cena y después volvería a su habitación para continuar leyendo. Se moría por saber lo qué iba a pasar. Gracias a su hermano, que se peleaba por la cosa más tonta, lograba pasar tardes enteras del fin de semana en la más absoluta y placentera soledad.




 

 

 

 

                                                      Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.

La soledad - Esperanza Tirado

                                       Resultado de imagen de pareja enfadada en sofa



El sofá de dos plazas se convirtió en uno para tres. Un vacío ocupó el hueco entre nosotros. Y yo me sentí aún más sola mientras tú ponías ojitos a veintidós tipos en pantalón corto.

-.-.-.-.-.-

El amor sale por la ventana cuando la puerta de la casa da el último portazo. Entonces el eco se queda en soledad mirando a la pared.

-.-.-.-.-.-

Sí, quiero, me dijiste. O más bien, se lo dijiste al cura. Yo también recuerdo haberlo dicho. Desde entonces no me has vuelto a decir nada. Yo tampoco me escucho ya decirnos.

-.-.-.-.-.-.

O la moto o yo, te di a elegir. Escogiste la moto. Tú fuiste libre. Y yo me sentí estúpida. Sola. Lenta.

-.-.-.-.-.-.

La soledad me quiere y me abraza con ternura; y yo me escapo.

-.-.-.-.-.-.



De madrugada somos unos extraños para nosotros mismos. A oscuras todavía no reconocemos que estamos solos.

-.-.-.-.-.-.



Cuando llegues al Sol dejarás de sentirte sola.

Quizá necesite la luz de la Luna, para que mi sombra brille. Ya estaré acompañada.

-.-.-.-.-.-.



Miro tus ojos, pero tus ojos no me ven. Escucho tu risa; tus oídos están sordos a mis ideas. Quiero tocar tu cuerpo, fundirnos dos en uno. Pero tú huyes y mi cuerpo se deshace en lágrimas. Y me voy al mar; allí me hundo, despacio, sola, muda, cansada.

-.-.-.-.-.-.



Tu deseo cambió de estrategia. Encontró a otra. Ahora mi deseo está solo. Y se muere.

-.-.-.-.-.-.



Ya es invierno, las luces se apagan, las almas vagan en la noche, perdidas entre hojas secas, llamándose. Ya nadie escucha. Ya está oscuro. Ya llegó el frío a todas las almas.

-.-.-.-.-.-.



Cuando ella te agarra con sus brazos fuertes ya no hay escapatoria. Aunque sueñes con los abrazos de otro, ella ya te ha cazado. Sola, enamorada de un sueño cálido.

-.-.-.-.-.-.



Cuando todo se quedó en silencio, algo luchó por salir de tus labios. Al borde de ti mismo quedaste. No pude ayudarte, temiendo caer al fondo del barranco. Tú caíste. Te quedaste allí abajo, solo. Como muerto. Yo, desde arriba, derramé una lágrima por ti. Sola. Y viva.

-.-.-.-.-.-.

Mi soledad y yo acompañamos al cubo de helado la tarde que tú decidiste que ya estabas cansado de vivir así.

  • ¿Así? ¿Cómo? ¿Conmigo?, le pregunté.

  • No, así,… Solos los dos. –respondió- Necesito algo.

  • ¿Un menage a trois?, inquirí.

  • No, es algo más profundo que eso.

  • Un psicólogo, tal vez…, sugerí entonces.

  • No, no estoy loco, ni depresivo, ni… Pero me falta…

Tal vez era él que sobraba en su soledad de dos.



 

 

 

 

 

                                                     Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.

Mejor en soledad - Marian Muñoz


 

 

                                          Resultado de imagen de hombre desayunando frente a la ventana


Un buen día sin saber porqué comencé a hacerlo, quizás por entretener el momento, quizás por vislumbrar un día soleado o lluvioso, el caso es que inicié una manía, costumbre o como quiera que se llame y durante ese instante me olvidaba de todo convirtiéndome en un voyeur, sano por supuesto no penséis raro, estoy mal pero tanto no.

Me gusta desayunar en pijama previa visita al baño, me como medio sándwich mixto y una taza de café caliente y humeante que disfruto agarrando entre mis manos mientras observo la calle a través de la ventana del salón. El rico vapor me despierta a la par que despeja mis fosas nasales y sin más pretensión observo a los viandantes que caminan apresurados calle arriba calle abajo, contemplo la lenta circulación de vehículos mientras esperan que uno más adelante termine de aparcar. El trajín mañanero cotidiano, carreras para llegar puntuales a sus destinos y aquí arriba desde un quinto piso viendo sin mirar o mirando sin ver.

Un buen día me fijé en ella, acababa de entrar a la calle tras doblar la esquina, hacia la mitad cruzó y continuó por la otra acera hasta perderse en la esquina opuesta al final de la misma. Reparé en ella posiblemente porque entre tanto trajín caminaba a buen ritmo pero sin prisa, su figura estilizada completamente de negro irradiaba armonía y decisión, su pelo correctamente peinado. Sin variar el ritmo de sus pasos navegó tranquilamente entre el maremágnum de madres con niños, hombres trajeados portando mochilas con portátiles y grupos de chavales.

Su efímero recorrido lo continuó en los siguientes días, en las siguientes semanas, en los siguientes meses. A las 8,45 como un reloj asomaba por la esquina, apenas duraba dos minutos pero era tan puntual que empecé a serlo yo. Ponía el despertador para que a menos cuarto pudiera contemplar con la taza humeante entre mis manos aquel esplendoroso paseo por mi calle y luego se perdía. Siempre vestía de negro, en invierno un tres cuartos con botones dorados que dejaban ver una botas de media caña apenas tapadas por un pantalón de buen corte. Si hacía mucho frío llevaba guantes y bufanda del mismo tono, cuando llovía un paraguas negro con ribete de lunares blancos. En verano también usaba pantalón negro con una chaqueta de punto flojo y zapatos con poco tacón, igualmente negros. Su andar pausado, su figura elegantemente estilizada y su cabeza suficientemente erguida sin aparentar soberbia, le daba aire de nobleza. Desde las alturas no apreciaba correctamente su rostro que aparentaba mediana edad, esa en que las mujeres han dejado de ser niñas pero aún no son señoras, el corte de pelo siempre el mismo una media melena recogida en una cola baja con mechas rubias perfectamente alineadas. Me cautivó y comencé a observarla a diario detenidamente desde la seguridad de mi ventana.

Nunca conseguía verla en su regreso si es que lo hacía por la misma calle, por más que fijé unas horas de vigilancia para observar su vuelta nunca lo logré, terminé pensando que quizás volvería en autobús o en coche con algún compañero de trabajo, no dudaba que su recorrido era para acudir al trabajo, solamente fallaba los domingos, así que en mi cabeza intenté encontrar cual sería su oficio o labor a la que se dedicaba. La negrura de su ropa me indicó que dependienta no era, un tono tan triste no anima las ventas. Limpiadora ni maestra me parecían oficios para ella, enfermera, periodista o confitera también los descarté, fuera cual fuese su labor no tenía duda que empleaba una bata para no mancharse, así que decidí que era doctora, a las nueve podía perfectamente abrir su consulta y atender sin despeinarse a sus pacientes.

Cada mañana la contemplaba. Puntual, nunca llevaba nada en las manos salvo los guantes o el paraguas, el bolso colgaba casi oculto de su hombro derecho no pudiendo ver su marca o tamaño, aunque seguro sería negro. ¡Me enamoró! soñaba con ella, con su mirada limpia, su sonrisa franca y sus ademanes de mujer de mundo segura de sí misma. Alguna vez sopesé bajar y verla pasar por mi lado, aspirando su perfume a la par que comprobar el color de sus ojos. ¿Me obsesioné? Tal vez, pero su sola visión alegraba mi jornada, me sentía acompañado y yo la arropaba con mi mirada, nada nos podía pasar y aquella rutina fue el impulso para continuar respirando.

No salía de casa ni siquiera cuando estaba enfermo era siempre el médico quien venía. Ocupaba las horas en mirar cuadros, libros, jarrones, cortinas y lámparas con las que mi querida madre había decorado el piso familiar. Cuando volví del cementerio tras su entierro decidí no salir nunca más y una enfermedad tan grave como la agorafobia me atrapó. Una pequeña pensión tramitada por la asistente social me bastaba para sobrevivir, comía bien poco y al no moverme apenas gastaba energía, con un menú del bar de enfrente que me traían a domicilio tenía para dos días, apenas consumía electricidad pues cuando la claridad del día ya no alumbraba solía acostarme y me levantaba cuando había amanecido. El microondas, el tostador o la cafetera eran los electrodomésticos que más consumían, al no moverme apenas ensuciaba y la lavadora la ponía una vez al mes. No veía televisión tan sólo a veces la radio, lo que entretenía mis días era observar desde la ventana, inventarme conversaciones ajenas o fisgar besos y abrazos que envidiaba. En eso gastaba mi tiempo hasta que ella apareció, por fin tenía un objetivo, mirarla, observarla, contemplarla con detenimiento y protegerla desde mi altura como un fiel guardián.

La suponía de luto por un marido amado ya que por otro familiar no dura tanto, aún era joven y podía rehacer su vida, ¿quizás a mi lado? ¡Qué tontería! Un adán como yo no podía pretender a un ángel como ella. Me fijaba en los hombres que pasaban por encontrarle una buena pareja ¡Qué tontería! Ilusiones de un solitario eso es lo que eran mis cábalas, pero al menos estaba entretenido sin pensar en mí ni en mis problemas y semana a semana mi soledad se suavizó, la angustia que sentía fue desvaneciéndose e inicié un lento proceso de recuperación hacia la normalidad. Dejé que el ánimo me llevara a asearme correctamente, a escuchar la radio para oír noticias, un día salí de casa a comprar pan y comprobé que la panadería había cerrado pero no pasó nada, pude caminar por mi calle y la gente no me miraba. Hice compra en el supermercado para cocinar, algo con lo que antes disfrutaba. Compré el periódico, algún pastel y chuches con que endulzar mi paladar. Encendí luces y consumí agua con normalidad, y mi vida caminó hacia otra realidad, aún así seguía observándola cada mañana a través de mi ventana.

Un buen día empezaron a llegar cartas, cartas del banco, cartas de la empresa de electricidad, cartas de la comunidad, al principio no las abría, hasta que me parecieron tantas que no tuve más opción. Números rojos en el banco, facturas devueltas por no tener saldo y notificaciones de morosidad. Acudí a la asistente social poniéndola al día de mis progresos y de mis cuitas, más como ya era una persona normal me quitaron la pensión y dejé de tener con que alimentarme. Una auténtica locura de embargos, de juicios y llegó el desahucio, me sacaron a la calle con mis enseres amontonados en la acera, nunca había trabajado, no tenía más oficio que haber cuidado de mi madre viuda y enferma.

Aquella mañana fría de primavera la vi, puntual como siempre giraba la esquina con paso ágil y decidido, pasó por mi lado y al cruzar nuestras miradas mi poca estima se desmoronó y sufrí un infarto. Aquella mujer a quien amaba y adoraba platónicamente era la implacable juez que me desahució.


 

 

                                                             Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.

Escapando de la soledad - Marga Pérez

                                         Resultado de imagen de firmando

 

 Alfredo no estaba en su mejor momento. Clara, su mujer, hacía varios meses que había decidido que estaría mejor viviendo con una amiga que con el. Ya no quedaba nada que les uniera. Llevaban vidas separadas desde hacía años. Alfredo entonces no estaba preparado para asumirlo y Clara permaneció a su lado hasta que consideró que había tenido el tiempo necesario para poder volar solo. Llegado el momento se fue. Se mudó a un apartamento fantástico al otro lado del río. Organizó su vida de otra manera. Alfredo quedó solo en el minúsculo ático que habían comprado cuando se casaron... No tenían hijos, ni padres dependientes, ni deudas bancarias, ni proyectos, ni pasión, ni ilusión, ni amor... No tenían nada más en común que su propia soledad.


Alfredo no estaba en su mejor momento. Llevaba meses viviendo solo en el ático que habían comprado cuando se casaron. Cada habitación, cada mueble, cada cuadro le recordaban a ella. A menudo se veía en la tienda con Clara, comprándolos. Colocándolos . Colgándolos. El armario del dormitorio seguía exhalando su olor cuando lo abría. Veía su sombra detrás suyo cuando se asomaba al espejo, cuando se perdía en el paisaje infinito de tejados y antenas tras los cristales del salón…

La radio le acompañaba cada noche que no podía dormir . Había un programa que le gustaba en el que personas como él llamaban para contar cosas de sus vidas. Alfredo cada noche sentía la tentación de llamar y contar lo solo que estaba, pero no lo hacía. Hasta un día en que, mientras degustaba un buen vino, se viene arriba y decide hacerlo.

- Buenas noches, ¿con quien hablamos? - La voz del presentador en su oído a través del móvil, le hace titubear.

- Soy Alfredo y… llamo por… porque no estoy en mi mejor momento.

-Hola Alfredo ¿qué es lo que te pasa?

- Mi mujer se ha ido... bueno, nos hemos separado… me siento solo. La casa que compartíamos me lo recuerda a diario… no sé cómo salir de esta situación.

- ¿Realmente quieres salir? ¿Qué estás dispuesto a hacer?…

Alfredo no supo contestar .

Esta pregunta se la repetía cada noche mientras escuchaba el programa . Mientras oía a otros oyentes que si estaban haciendo algo.

No había pasado una semana de su incursión en la radio cuando Alfredo recibe la llamada de una mujer, Carla. Lo había oído en el programa . Consiguió allí su número. Ella también estaba sola. Pensaba que podían hacerse amigos. Hablar cada vez que lo necesitasen. Llenar su soledad con la soledad del otro. Dejar de ser los infelices diagnosticados en los que se habían convertido... Enseguida congeniaron.

Carla, antes de que Alfredo se despidiera para ir al trabajo, le dice que pueden ser amigos pero con una condición: nunca se conocerán en persona. Tendrán una amistad telefónica, nada más.

Alfredo no está en su mejor momento y sin pensarlo dos veces, acepta esa relación tan original.

Al principio era ella la que más llamaba. Era amena, atenta, graciosa, dicharachera. Parecía incluso que intuía el momento exacto en el que Alfredo más la necesitaba. Siempre estaba ahí para él. Dispuesta a escuchar , a reir, a hablar, a aconsejar… incluso a cantar. Sabía todas las canciones que a el le gustaban. Carla era una mujer maravillosa. Alfredo se habituó a llamarla, con timidez al principio, y a todas horas a los pocos días. Las parrafadas nocturnas tumbado sobre la cama cada vez eran más largas.

Una noche Carla le sugiere que llene la bañera . Que haga mucha espuma . Que se zambulla a disfrutar como un niño. Que tenga una copa de vino a mano. Que la llame y charlen. Ella hará lo mismo en su casa... Fue el principio de muchas charlas pasadas por agua que pasaron enseguida a otros terrenos más íntimos.

Alfredo siente entonces que se está enamorando y desea con todas sus fuerzas conocerla . Traspasar la línea que le impuso. Verla. Tocarla. Hacerle el amor.

Carla le amenazó con no volver a hablar con el. Con salir de su vida. Con devolverle a la soledad…

Alfredo está dispuesto a cualquier cosa con tal de no perderla. No está en su mejor momento y se lo dice entre agua, espuma , alcohol y pasión desbocada a dúo. Nunca tuvo mejor sexo que en su bañera imaginándose a Carla desnuda sobre el susurrándole éso que tanto necesitaba oir para excitarse. Sentía que estaba con él. Que hacían juntos el amor. Que llegaban juntos al orgasmo… Era la mujer perfecta para él pero tenía todos los visos de ser un amor imposible.

Alfredo empezó a quejarse. A sentirse desgraciado. Presionaba a Carla cada día tratando de convencerla para que se viesen. Más de una vez le colgó el teléfono desesperado. Pasaba un par de días sin hablar con ella pero volvía dispuesto a aceptar lo que fuera.

Un día se presentó en su casa un caballero que quería contarle algo de Carla. Intrigado le hace pasar. Le dice que Carla es una mujer virtual. Una mujer programada para ser la pareja ideal de cualquier hombre. Para satisfacer todas las necesidades que el pudiera tener…

Alfredo se siente morir, no quiere creerlo. Necesita pruebas. Tiempo para asumirlo. Fuerzas para no derrumbarse, para recomponerse.

-¿A qué ha venido? - Le dice por fin

- A proponerle un contrato. Usted ya conoce el servicio. Y por lo que yo sé, está satisfecho con él.

-¿Un contrato de qué? Alfredo no acababa de caer del guindo

- Somos una empresa que ofrecemos soluciones a las necesidades de nuestros clientes. Usted tiene un problema de soledad y nosotros le ofrecemos una solución rápida, 100% efectiva, discreta , asequible, definitiva...

¿Qué me dice? …

Alfredo está aturdido. No entiende cómo pudo meterse en este laberinto... Desconocía la existencia de estas empresas... Se siente como si lo hubieran pillado con la muñeca hinchable... Quiere intuir que no es algo muy normal...

-A Carla le dijo que estaba dispuesto a cualquier cosa con tal de no perderla … ¿No es así? -Dice persuasivo el comercial poniendo ante el un documento- No hay prisa pero...

- ¿Dónde tengo que firmar? - dijo por fin Alfredo, que sin estar en su mejor momento quiere salir de su soledad. Sabe que la felicidad está en sus manos.


 

 

 

 

                                                   Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.