Miedo en la nieve - Pilar Murillo

                                        

 

Dicen que año de nieves, año de bienes, pero después de la nevada copiosa que cayó en Madrid, con sus consiguientes heladas, poco tendríamos que nombrar al bien o a los bienes de nadie.

Tantas rupturas de huesos como casi habitantes hay en la gran ciudad.

La presidenta de la comunidad no tuvo previsión de ello, a pesar de que llevaban una semana anunciándolo y la sal que compró para tirar en las carreteras y aceras más bien pareció una provisión de saco de sal por restaurante. (Aunque dicha sal no sirve para cocinar)

Así con este caos una madre y una hija salían de casa a las seis de la tarde. La madre, muy nerviosa y con miedo, la niña asustada.

La madre había recibido unos mensajes amenazantes de su expareja y nada más leerlos llamó al 006, teléfono de ayuda a las mujeres maltratadas. Recogió cuatro prendas de ropa de su hija y de ella, las metió en una mochila y salieron a toda leche de su casa. Apenas se podía andar y la niña de siete años iba aún más retrasada. La madre miró para todos lados, tenía la sospecha de que él la estaba observando, y así era, de una esquina salió hecho una furia y de un puñetazo la tiró al suelo con el labio partido tiñendo un trozo de nieve de rojo. Mientras la niña, asustada estaba de testigo.

No tardaron en bajar varios vecinos de los edificios, que al tiempo que miraban como nevaba, vieron la violenta escena. Uno que llegó el primero, recibió una puñalada que iba destinada a la pobre madre, inmediatamente llegaron mujeres y hombres que no se dedicaron a observar. Una señora apartó a la niña, otros se abalanzaron sobre el criminal reduciéndolo y retirándole el arma blanca. Otra señora desde una terraza estaba llamando a la policía.

Colaborando, todos podemos ayudar a erradicar la violencia machista

 

 

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Únete a él - Marian Muñoz

                                       

 


Fuimos temprano al centro comercial a comprar algo de ropa y calzado en rebajas además de reponer la despensa, allí picoteamos algo y al salir tan tarde del parking subterráneo nos topamos con una tremenda nevada que dificultaba la visión, despacio y con mucha precaución logramos llegar a casa sin contratiempos. Nada más entrar por la puerta y soltar las bolsas corrí a cerrar las ventanas que llevaban abiertas desde por la mañana cuando habíamos salido. Una por una entré en cada habitación y fui cerrándolas pero al llegar a la última me sorprendió que el suelo se hubiera llenado de nieve, se ve que la ventisca había soplado fuerte en esa parte de la casa. El vello se me erizó al fijarme en unas marcas de pisadas, instintivamente miré a mi alrededor, incluso debajo de la cama no pareciendo haber presencia humana más que la mía. Súbitamente me angustié y le grité a Toño que cerrara la ventana pues iba apurada al baño.

Era mentira pero tras comprobar que la cortina de la ducha no ocultaba a nadie me senté en el trono, había estado aguantando todo el día y por fin pude aliviarme. Asustada aún lavé mis manos y la cara para poder relajarme y pensar racionalmente la visión de las pisadas en la nieve. Estaba convencidísima que nadie había entrado en casa ya que en la fachada no hay balcones, ni salientes o tejadillos en que apoyarse para subir hasta el sexto piso, además las huellas iban en dirección a la ventana y no hacia el interior, por lo que el mosqueo fue aún mayor.

Cuando salí del baño le vi protestando fregona en mano recogiendo la nieve y secando el suelo con dos bayetas, mientras tanto me dediqué a meter los alimentos en la nevera o la despensa e intentar poner un poco de orden en la cocina. Desde hace tiempo tengo la sospecha de que en casa hay alguien más, una sombra misteriosa es la culpable de que mi churri se esté convirtiendo en un viejo cascarrabias, siempre de mal humor criticando constantemente lo que hago, intento llevarlo bien pero se ve que esa sombra se apodera de él y lo está mutando.

Comencé a investigar en internet de cómo librarme de ese espíritu atrapado entre las paredes de mi piso, sólo le percibía entre las sombras de la noche cuando caminaba por el pasillo mientras dormíamos. Alguna vez le comenté a Toño que al abrir los ojos para cambiar de posición le veía, pero quitándole importancia intentó convencerme que eran las luces del camión de la basura o las de algún coche que bajaba por la ladera del monte cercano, opté por no darle más importancia hasta aquel día en que vi sus pisadas.

Por más que busqué y busqué en multitud de páginas sobre el tema los rituales parecían tan complicados que era mejor desistir y aceptar finalmente su presencia. Me iba a dar por vencida cuando topé con una web argentina donde informaban que algo tan sencillo como agua bendita y unas oraciones podrían ayudar al ánima a seguir su camino.

Tengo buena relación con el cura de la parroquia desde mi etapa de catequista así que sin dudar cogí el bote pulverizador que uso con la ropa al planchar y llenándolo de agua me dirigí a la iglesia. Le encontré en la sacristía y tras saludos cordiales le pedí que bendijera el agua del frasco. Mostró sorpresa y al preguntar por el motivo le conté lo que me pasaba. No sé si por incredulidad o por curiosidad me pidió permiso para estar presente y ayudarme con los rezos. Aquella misma tarde ambos comenzamos a recorrer cuarto tras cuarto, él rezando y yo pulverizando agua, todo discurría sin problemas hasta que llegamos al dormitorio donde vi las pisadas. Nada más entrar sentimos un gélido frío y una corriente estática inusual en nuestro cabello, nos miramos asustados pero insistimos en los rezos y en el esparcimiento del agua bendita, por suerte la sensación desapareció poco después.

Sentí un alivio infinito y para reponernos de la sesión nos tomamos un chocolate con galletas caseras y luego se marchó. Menos mal que Toño tenía turno de tarde porque la presencia de un cura seguro que le habría incomodado. Ya más relajada decidí esperar a que volviera de trabajar y ver si apreciaba algún cambio en él. Ya lo creo que hubo cambio porque entró por la puerta eufórico al haberle trasladado a un puesto de mayor responsabilidad y con más sueldo, estaba tan contento que después de la cena decidimos celebrarlo en nuestra cama. Hacía tiempo que no disfrutaba de algo tan placentero y cuando por fin mi agitación logró apaciguarse al abrir los ojos pegué un brinco al contemplar al pie de la cama al sacerdote dándonos la bendición.

Tanto me impactó su presencia que abrí aún más los ojos, observando aliviada y apenada que en la cama yacía solamente yo, vestida con mi pijama gordo de invierno y los patucos, me había quedado dormida mientras le esperaba. Debido al desasosiego producido por aquel sueño tan extraño decidí esperarle levantada mirando la televisión. Cuando por fin él apareció tenía cara de cansancio y mala leche al haber tenido que trabajar una hora más de lo habitual.

Después de asimilar lo soñado, he pensado que prefiero lidiar con un vago cascarrabias que tener todas las noches a un sacerdote a los pies de mi cama, por muchas bendiciones que reparta. En cuanto a la presencia, sombra o fantasma le he puesto nombre, Manolo, comparto ratos de charla con él, si ya sé que no me responde, pero ¿sabes lo que dice el refrán? “Si no puedes con tu enemigo, únete a él”.


 

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El imbécil - Gloria Losada

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Siempre tuve la sospecha de que el marido de mi amiga Rosario era un poco imbécil, o un mucho. Lo llevaba escrito en la cara, siempre luciendo aquella sonrisa condescendiente, como si fuera el ombligo del mundo. Y ya no digamos cuando abría la boca. Las tonterías que soltaba con apariencia de cosas interesantes y verdaderas eran infinitas. No hacía falta ser muy listo para darse cuenta de que no decía más que burradas. Todo el grupo de amigos le tenía manía, pero como ella era tan maja, pues se soportaba.

Uno de sus temas de conversación preferidos era lo manipulable que era el género humano, menos él, claro está. Las personas de a pie éramos unas pobres estúpidas que nos creíamos todo lo que los poderosos nos contaban con la única intención de controlarnos. Así que cuando anunciaron la gran nevada para Madrid y comenzaron a recomendar salir de casa lo menos posible, pues ya comenzó su perorata, que si lo que querían era que no saliéramos vaya usted a saber el motivo, que si el calentamiento global era un cuento, que si las nevadas las provocaban los aviones, que ni era nieve de verdad ni nada…. Tanto me hartaron sus bobadas que no pude evitar contestarle:

-Claro que no es nieve, es poliestireno, altamente inflamable, cuando caiga la nevada acércale un mechero ya verás como arde y nos quedamos todos calentitos.

Perplejos fue lo que nos quedamos todos cuando el día de la nevada colgó una foto en las redes sociales siguiendo mi consejo y con el comentario siguiente: “Al parecer es nieve de verdad, pero provocada por los aviones o los satélites” Y se quedó tan ancho. Pues eso, imbécil.



 

 

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El poeta del clima - Esperanza Tirado

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-Corren malos tiempos, pero está tan hermoso el cielo en esta época del año que a veces te olvidas de lo que ocurre en la tierra…

-Perdonen, señores, continuamos con la rueda de prensa. Señor portavoz, cuando quiera…

-Ni confirmo ni desmiento que el calentamiento global sea el principal responsable de la nevada de este invierno. Cuando brille el sol veremos con claridad a dónde nos llevan las pisadas en la nieve. Y recordaremos a los que ya no están aquí.

El inspector del clima, portavoz del gobierno en funciones, dio por concluida la rueda de prensa con un brindis al aire.

-En verano, llegarán las oscuras golondrinas, y se aclarará todo. Miraremos a un cielo raso, azul marino y surcaremos rumbo a un nuevo destino. Y ni tan siquiera las estrellas podrán detener nuestro rumbo.

Ya la sospecha era más que evidente. Dos días después, el inspector/portavoz compareció de nuevo ante los medios para anunciar que presentaba su dimisión; por crear un clima insostenible a capricho de sus malas letras.

Nadie hizo acusaciones de plagio. Ya había tenido suficiente deshonra la que el tiempo le trajo, acompañada de una incertidumbre continua para el resto de los ciudadanos.

Los poetas muertos en sus tumbas respiraron aliviados. No cualquier juntaletras con ínfulas literarias, por muy aplicado que fuera, sería capaz de hacerles sombra.



 

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El molinillo roto - Cristina Muñiz Martín

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El molinillo de mi madre descansa sobre una de las estanterías de la cocina. Es de madera clara, aunque envejecida por el paso del tiempo, con las partes metálicas de un tono verde pálido. Cada vez que lo miro me acuerdo de ella y de las terribles circunstancias en las que los dos, mi madre y el molinillo, quedaron unidos en mi mente para siempre.

Sucedió una tarde de invierno, al calor de la lumbre. Ella repasaba calcetines ayudándose de su huevo de madera. Yo molía café. Me gustaba darle a la manivela mientras el aroma iba ascendiendo por mis fosas nasales. La radio emitía la novela Ana Rosa, con tropezientosmil capítulos. No nos la perdíamos ningún día.

Papá estaba al llegar y se deleitaba tomando una taza de café a pequeños sorbos, como si temiera acabarlo. Lo hacía solo los sábados, porque el domingo no tenía que madrugar. Era una especie de rito. Sabía que eso le quitaría el sueño, pero decía que no importaba mirando a mamá de una manera especial que yo no conseguía descifrar y que la vida me hizo entender.

Me encantaba moler el café. Echaba los granos por la parte superior del molinillo y comenzaba a darle a la manivela lo más rápido que podía. Era una especie de competición conmigo misma. Y claro, siempre ganaba, porque a medida que los granos se iban quebrando oponían menos resistencia y mis manos bailaban ágiles y alegres. Cuando el cajetín se llenaba vertía el café molido en un bote de hojalata. Al terminar lo limpiaba bien y se lo entregaba a mamá para que lo devolviera a su lugar en la parte alta del aparador, inalcanzable para mí.

Aquel día no fue distinto, salvo que cuando mi madre se levantó para recoger el molinillo, justo en el momento en que nuestras manos se rozaban, sin previo aviso, su cuerpo se desplomó chocando con violencia contra el suelo. No hubiera sucedido nada ni no se hubiera interpuesto en su camino el canto de la mesa que la golpeó con fuerza en la sien convirtiéndome en huérfana. Me arrodillé a su lado, llamándola con insistencia, llorando, asustada por su silencio y por el grueso hilo de sangre que brotaba de su cabeza. Salí a la puerta y grité pidiendo ayuda. Los vecinos, alarmados, corrieron presurosos a mi casa. Mi padre llegó al poco rato. Nunca olvidaré sus alaridos, su desesperación, el golpe que dio encima de la mesa dañándose la mano. Sacaron a mi madre de la cocina para llevarla al dormitorio. El médico no pudo hacer más que certificar la muerte, achacando la caída a un mareo ocasionado por el embarazo del que yo no tenía noticia. Quedé sola en la cocina, sin mi madre y con una mancha de sangre en el suelo y en el canto de la mesa. Entonces lo vi. Al molinillo. Tirado en el suelo como ella, panza arriba y con una esquina rota, como ella también. Lo recogí con mimo y me senté en una banqueta abrazada a ese trozo de madera que hacía breves momentos era el centro de mi felicidad. Tardaron en acordarse de mi. Cuando abandoné la cocina para ir a casa de una vecina, la vi. A mi madre. Tumbada sobre la cama matrimonial con su vestido nuevo, las medias buenas, las manos cruzadas sobre el pecho. Mi padre derrumbado en una silla, sujetando la cabeza entre las manos, como si le pesara mucho.

Volví con mi padre dos días después, sin haberme separado ni un momento de mi molinillo que trataron de arrancarme de los brazos sin conseguirlo.

Ya soy mayor, mucho mayor de lo que era mi madre cuando molí el café por última vez. Nunca más lo volví a hacer, pero el molinillo con una esquina rota me ha acompañado durante todos estos años, pese a mis continuos cambios de domicilio, y aunque debería odiarlo no puedo, porque en él sigue viviendo el aroma del café, la espera del regreso del trabajo de mi padre, el calor entrañable de la lumbre, el huevo de madera, la sonrisa y el tacto de las manos suaves y amorosas de mi madre; mi niñez entera y rota, como ellos.


 

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El molinillo roto - Marga Pérez

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Que el mundo echase el freno sin contar conmigo, tengo que decir , que no me lo tomé muy bien de entrada. Tenía muchas cosas entre manos inaplazables, vitales, imprescindibles, insustituibles e irreemplazables… planes , reuniones, citas, proyectos que no podía dejar aparcados así como así. Mi agenda echaba humo y el gobierno decidía confinarnos en casa… ¡Menuda hecatombe!

Durante dos días, cual tabardillo, limpié la casa como si no hubiera un mañana. Sentía en el cuerpo tal desazón que no podía estar quieta en ningún sitio, ni pensar en nada, ni disfrutar de lo que hacía, ni escuchar a los demás, ni sentir lo que me estaba pasando…

Como la casa enseguida pasó de limpia a impoluta, bajé al garaje dispuesta a ordenar un cuarto que desde siempre viene siendo el trastero, no solo mio, sino de mis padres, hermanos y algún que otro sobrino. Sé que estas cosas pasan por tener una casa grande, haber sido de siempre la casa familiar y además vivir en ella la tía solterona que siempre presume de que puede con todo. Me está bien empleado.

Pues bajé al garaje ¡ hice una limpieza…! Hacía años que no entraba tan hasta el fondo. No lo recordaba tan grande. Allí detrás, al fondo del todo, había cantidad de cosas de mis abuelos que seguro que mis padres desecharon después de quedarse ellos en la casa tras el fallecimiento del abuelo. Aquí nací yo y aquí me quedé después de que mis hermanos se independizaran, soy la más pequeña. Mis hermanos aún recuerdan cuando se mudaron y lo que disfrutaron teniendo una habitación para cada uno. El piso en el que vivían, según dicen, era bastante pequeño.

Entre las cosas que encontré de los abuelos había un molinillo de café. Era el molinillo de café en uso y utilizado hasta la saciedad antes de que el eléctrico se impusiese como más moderno. Estaba roto pero así y todo me hizo regresar a otra época en que me peleaba con mis hermanos por moler el café, en la cocina antigua, sin prisas. En aquella cocina en que varias mujeres se movían entre labores de mujeres, como si de un ballet se tratase. Una lavando en la pileta, otra entre fogones, humos y olor a comida. Otra en el fregadero, lavando ollas, platos… Mis hermanos atizando la caldera de carbón .. El aparato de radio siempre encendido esperando el consultorio de Elena Francis. Yo, sentada en la mesa de madera de la cocina, con el molinillo y el café. Giraba aquella especie de ala metálica y echaba los granos, lo cerraba, lo ajustaba y ya estaba preparado para moler. Siempre me recordaba a una mariquita, oscura y metálica en vez de una delicada y fina con alas rojas y motas negras …

Le daba vueltas y más vueltas al manubrio. Al principio con más resistencia, tenía que hacer más fuerza…la abuela a veces me ayudaba pero enseguida podía yo, era como coser y cantar. Dejaba de oírse aquel ruido de los granos huyendo de ser triturados pero, no podían resistirse, todos caían en forma de polvo al cajón. Me encantaba abrirlo y vaciarlo en una lata de cola-cao, metálica, color café con leche y lunares blancos que tenía en un lateral escrito: CAFÉ. Había latas de cola-cao, metálicas, medio oxidadas de todos los colores pero todas con lunares blancos. En el lateral el nombre cambiaba HARINA, AZUCAR, ARROZ, GARBANZOS… Qué recuerdos. La despensa estaba llena de esas latas… Ese olor a café recién molido me acompañó siempre sin que yo me diese cuenta hasta entonces en que volví a abrir aquel molinillo...Olía como el de la niñez a pesar de que hacía muchos años que no se usaba. Descubrí así que mi infancia olía a lo que olía aquella cocina, una mezcla de olor a madera lavada con arena, jabón lagarto, cera. Olor a despensa atiborrada donde el aroma a queso curado, el de los chorizos en grasa, el de las patatas en el cajón y el de las frutas y verduras se mezclaba con el de las herramientas, productos de limpieza , latas de cola-cao medio oxidadas y botes de pelargón.

Volviendo a aquella cocina del molinillo, empecé a darme cuenta de que las cosas que realmente tienen importancia no están en mi agenda, de esas puedo prescindir. De hecho estuve dos meses sin echarlas en falta. Si eché en falta el cariño, a mis amigos, a mi familia y sobre todo a mi abuela. Era una mujer muy especial que ahora empiezo a entender, quizá por compartir edad… cuando le decía que tenía miedo, normalmente cuando me acostaba y me apagaba la luz, ella me decía: “ cierra los ojos, respira, tienes todo lo que necesitas” Yo lo hacía pero la paz que siento ahora cuando lo hago no la sentí entonces. Gracias abuela, donde estés.

Si el confinamiento me enseñó a valorar lo que tengo y a vivir con más calma tengo que reconocer también que suelo practicar más a menudo las enseñanzas de mi abuela . Este virus y este mundo convulso en el que vivimos hacen que a menudo me tenga que parar , cerrar los ojos, respirar y decir : Tengo todo lo que necesito. ¡Qué bien me sienta!

 

 

 

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El molinillo roto - Esperanza Tirado

                                         

 

Todo empezó con una nevada. Pero ya no nieva como antes. Aunque en las noticias nos cuentan que una nevada con nombre propio ha puesto medio país patas arriba.

Antes no poníamos nombres a las nevadas. Nevaba. Y nevaba más. Y volvía a nevar. Y seguíamos con nuestras vidas. A duras y frías penas.

Y cuando salía el sol, los vecinos sacábamos las palas y las herramientas que usábamos para el campo y los animales y limpiábamos un poco el pueblo. Grandes y pequeños arrimaban el hombro. Como hacíamos en las sextaferias de primavera. Aquello sí que eran celebraciones.

Nos caíamos, claro. Con el hielo siempre se resbala la gente. Pero sería por las tropecientas capas de ropa que llevábamos encima que nadie se rompía nada. O llevaban el dolor como podían, con licores y brebajes caseros.

El médico, que vivía a treinta kilómetros, valle abajo, no subía. No tenía coche, venía en carromato, cuando se podía, luego ya en tractor. Las carreteras eran caminos sin asfaltar. Lo de los quitanieves es un invento moderno. Nos calentábamos con los animales, sobrevivíamos cada invierno y lo celebrábamos cada primavera.

En el pueblo, desperdigados entre tres valles, éramos trescientos vecinos. Bastantes para compartir tareas. Aunque con la nieve había inviernos que ni nos veíamos.

Quien no tenía vacas, tenía huerto, algún gocho, colmenas con abejas de verdad. Y hacían queso, miel, cera, sabía tejer lana,… Y todos teníamos nuestra reserva de la matanza y unas pocas pitas que andaban por las caleyas, picoteando lo que cayera. Incluso nieve. Bueno, cuando nevaba mucho mucho mucho, las pitas se quedaban en casa, con nosotros. No diré que debajo de la cama, pero casi. Y en primavera nos juntábamos todos los vecinos que habían sobrevivido al invierno, y repartíamos lo que teníamos, bebíamos, cantábamos y nos apañábamos.

Mi padre, que en gloria esté, construyó una especie de corral junto a lo de las vacas, que no llegaba ni a establo. Así todos teníamos nuestro sitio. Aunque las pitas iban siempre por libre, y más de una acabó en un caldo por irse de excursión durante una nevadona de esas que hacían historia en nuestro pueblo. Y es que ellas no sabían de avisos ni atendían a silbidos como los perros. Que viendo el frío ni asomaban el hocico a la puerta a ladrar, avisando de visitas.

En una de estas, no sabemos cómo lo lograría, apareció por la caleya que daba a mi casa un tipo greñudo y desdentado, subido en un mulo viejo, sucio y despeluchado que arrastraba un carromato aún más sucio y reparcheado. Fue una especie de hito durante la primavera siguiente, cuando todos los vecinos de los valles nos juntamos y se extendió la historia. Adornada de mil formas distintas según quien la contara.

El caso es que supimos de él por los gritos que daba mientras hacía sonar una campana abollada de tanto golpe.

A pesar del frío nos asomamos a ver quién formaba tanto revuelo.

Él, viendo que había público, gritaba más fuerte y aporreaba la campana con más fuerza.

¡¡Buhoneroooo!! ¡¡Comproooo!! ¡¡Vendooo!!! ¡¡Buhoneroooo!!!

Mi madre, que ya se había quedado viuda y con dos hijas, temía que el tipo entrara en casa y nos asaltara.

Con la excusa de que sus gritos iban a hacer caer la nieve de las montañas a las casas del pueblo, salió, entre enfadada y asustada, calzando las madreñas de mi padre y con la garrota de mi abuelo en la mano.

¡Eh, usted! ¡Qué gritos son esos! ¡Que se nos va a venir la nieve abajo! Y a ver quién nos socorre. Que hasta la primavera no vienen los de abajo. Ni los guardias ni nadie del mando.

El ‘mando’ era lo que en los valles conocíamos como el ayuntamiento de hoy día. Que de aquella no lo formaban más que el alcalde, que tenía tierras y muchos dineros, un par de chupatintas con algo de estudios y tres guardias civiles con mucha voluntad y pocos medios.

El tipo, envuelto en capas de mugre, lanas bastas de varios colores, pieles y todo lo que había encontrado en sus caminos, se bajó del burro.

Tosió un poco, bebió algo que sacó de entre las capas y volvió a gritar:

¡¡Buhoneroooo, señora!! ¡¡Vendoooo, cambiooo!!!

Parecía que su repertorio era bastante limitado.

Nosotras, unas crías, asomadas desde las ventanas, mirábamos el ‘espectáculo’ y le lanzábamos la nieve que se había acumulado en las ventanas de la casa.

El tipo, con cara de cansado y aterido de frío, nos ignoraba mientras cogía aire, bebía e intentaba repetir su perorata.

Pero mi madre, harta de escuchar lo mismo, se confió, decidiendo que solo era un inofensivo vendedor. Con ganas de entrar a casa a calentarse, habló alto y claro.

Pero, alma de Dios ¿Cómo se le ocurre venir con estos fríos? Ya que está aquí, ¿Qué es lo que vende que pueda servirnos? Ande, ande, deje el carro ahí fuera que nadie se lo va a quitar.

Y desatando el burro se lo llevó donde las vacas, para que el animal cogiera un poco de calor.

El tipo, agarrando el saco, la siguió y los dos entraron en casa.

Mi hermana había puesto el café de pota al fuego. Y el llar olía amargo y caliente. Mi madre se quitó las madreñas y las dejó en un rincón. La vara de mi abuelo no la soltó por si acaso.

El hombre sacó la botella de entre sus múltiples capas y echó un poco de aquello al café que mi hermana le servía. Y la lengua se le soltó.

Señoras, vengo de León. De allí traigo sartenes, ollas, mantas zamoranas, que son de lo mejor, platos, molinillos de café modernos…

Una de las vacas interrumpió su discurso. Un rebuzno quejoso la siguió.

No le hagan caso –dijo- es un bicho solitario, como su amo. Le gusta ir por libre.

Mi madre, garrota en mano, empezó a examinar todos los cacharros con gesto profesional. Nada parecía convencerla.

Mamá –Mi hermana había cogido el molinillo de café al que yo también había echado el ojo - ¿Y esto...?

Nos puede servir para cuando venga el médico –medié yo- Que ya sabes que no le gusta demasiado el café de pota.

Pues que se apañe con lo que hay, carajo –Mi madre se puso de pie y dio un garrotazo en el suelo. Todos temblamos, el hombre bajó la mirada y las vacas mugieron. Esta vez el burro no dio señales de vida. –Que aquí de toda la vida se tomó el café de la pota y todos llegaron a los noventaymuchos. Menos mi Antonio, que en Gloria esté…

Santiguándose con la mano libre, mi madre se aferraba a sus recuerdos, tan fuerte como a la garrota de mi padre.

Mi hermana miraba el molinillo y me miraba a mí. Y ambas pendientes del buhonero que, con la cara cada vez más colorada, no parecían quedarle fuerzas para repetir las virtudes de sus productos.

O, bueno, tal vez podríamos comprarle algo. –mi madre se estaba ablandando, cosa rara en ella- El molinillo ese, quizá. Pero mucho no podemos darle. Dinero como verá, no hay. Nieve, leña, pitas, huevos, una riestra de chorizos o leche. Escoja.

El hombre miraba a mi madre asintiendo. El calor del llar había entrado en su cuerpo, y poco a poco se fue quitando las capas que lo cubrían.

Debajo de todo aquello solo había un ser humano, enclenque, barbudo, apestoso; y un poco borracho.

Y pasar un anoche aquí, aunque sea entre las vacas… con eso ya estaría pagado el molinillo…

Sus ojos miraban la estancia, a nosotras y sobre todo al fuego del llar, que parecía haberlo hipnotizado con sus chispas saltarinas.

Sea –consintió mi madre, confirmando su decisión con el garrote del abuelo tronando contra la madera del suelo– Con las vacas se va.

Mi mano, más rápida que la de mi hermana, agarró entonces el molinillo como si fuera un tesoro. Mi hermana me echó una mirada que casi me heló el corazón.

El tipo se levantó despacio, arrastrando sus capas, abrió la portilla que daba donde las vacas y se fue con ellas. Aquello no llegaba ni a establo, ni a cobertizo. Bastante hizo mi padre. Pobres vacas. Pobre hombre. Pobres de nosotras.

Nos despertamos a la mañana siguiente de puro frío. El fuego ya se había apagado y me tocaba a mí ir a por leña. Mi hermana había cogido el molinillo mientras yo me calzaba las madreñas y me cruzaba la pañoleta de lana gorda, que picaba horrores, pero era lo mejor contra el frío.

Fui donde las vacas. Ni el burro ni el buhonero estaban ya. Me asomé un poco más. Ya no nevaba, pero estaba todo blanco. A pesar de ello el carromato también había desaparecido. Entré en casa con la leña y encendí el fuego.

Después, todo siguió como cada invierno. El molinillo de café en medio de la mesa quedó como testigo de aquella extraña visita.

Solo lo usamos una vez. Creo que se rompió cuando el cura vino a dar la extremaunción a mi madre. Y quisimos darle café de verdad.

Desde entonces no tomo café. Ese olor me recuerda a la muerte.

Nos hicimos mayores y mi hermana se fue a la capital y se casó con un ricachón. Yo estudié un poco gracias al médico y me coloqué en un banco.

No nos volvimos a ver hasta que un día me llegó una carta muy rimbombante con su nombre reclamándome la propiedad del molinillo roto.

Para mí era más que un recuerdo de mi niñez. Y, a pesar de que era un trasto roto, conseguí quedármelo tras una absurda y amarga disputa. Dejamos de hablarnos para siempre. Hace mucho de eso. Y mucho más desde que ninguna de las dos toma café.

Pero cuando lo saco del armario me vuelvo a ver en aquel pueblo perdido, entre la nieve, con mi padre arreglando la portilla de lo de las vacas y los olores de mi madre cocinando en el llar.

Y la nieve, la leña, las pitas correteando, la leche, el café de pota alimentan lo que queda de este maltrecho cuerpo, que sonríe recordando que la nieve de antes no era tan fría como ahora.








 

 

 

 

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