Allá donde estés te sigo queriendo - Marian Muñoz

 


 Relato inspirado en la fotografía

 

 

Sabía que era la otra, que era desgraciado en su matrimonio, que tenía mujer florero aunque no lucía margaritas ni petunias precisamente sino flores más caras, era consciente que sólo le tenía en contadas ocasiones a pesar de habitar una vivienda suya, era consciente y lo sigo estando pero mi amor era incondicional y sé que el suyo también. Cuando estábamos juntos nos amábamos, disfrutábamos del momento a escondidas del resto del mundo. Nuestra historia transcurría maravillosamente hasta aquel aniversario, cumplíamos dos años de encuentros, dos años de felicidad intermitente, dos años de pasión secreta, nos deseábamos como dos jóvenes recién descubierto el amor a pesar de sus cincuenta años, aquel día me sorprendió, no podría decir gratamente pero me conmovió aquel cuadro.

A los demás ocultaba su destreza para la pintura, para el dibujo, tan sólo yo era capaz de inspirarle trazos con auténtica nitidez que plasmaba en el papel. Su exitosa carrera y su familia legal atrapaban toda su energía que sólo conmigo podía explayar, podía idear y pintar. Conmigo creaba porque le motivaba, según decía, aquel cuadro me sorprendió por la belleza de líneas, mi imagen tan detallada con aquel vestido que tanto le gustaba, mis reflejos dorados brillando sobre mi cabeza, mi cara reflejando armonía y placer proporcionados con sus caricias. Sólo que aquella caricia no la estaba dando su mano y en aquel instante nació en mi subconsciente la duda de quién sería el propietario de ese brazo, cual habría sido su modelo o si tal vez lo había dibujado igual que a mí, sin enterarme, sin verle observarme, así recaló la duda dentro mi.

Era abstracto del todo, imaginativo y un poco atrevido, también escandalizaba porque yo no tenía mano con las plantas y recrearme con el fruto de una maceta no me resultaba pertinente, teniendo en cuenta además que los brazos no se plantan. Las caricias sí se riegan con cariño, con paciencia y con mucho amor para que florezcan. No supe qué decirle, no pude elaborar una respuesta adecuada y al mirar mi gesto dubitativo se rió, esperaba sorprenderme, lo había logrado y eso no fue impedimento para agradecerle el retrato y el amor que con todo ello demostraba. Sus palabras me parecieron tan extrañas como el cuadro “cuando yo no esté, encuentra la maceta y seguiré estando contigo” apenas le presté atención porque comenzamos el juego erótico del amor, uno nuevo así la rutina no nos alcanzaría.

Tres meses más tarde tuve que hacer las maletas y desaparecer durante un tiempo, un accidente de coche le quitó la vida y su gran secreto podría salir a la palestra, no debía permitirlo, rota de dolor y de tristeza empecé a recoger mis cosas, a borrar las huellas de mi presencia en aquella casa, alquilé una furgoneta y me marché allá donde nada me lo recordara, la pena fue que el cuadro viajó conmigo y todos los días le añoraba. Leía en la prensa los pormenores sobre su fallecimiento, su vida, los homenajes que continuamente le daban y los testimonios de aquellos que tanto le apreciaron mientras vivía. Inicié una nueva vida sin su presencia pero con su esencia, un trabajo me permitía mantenerme ocupada y superar su añoranza, por fin al cabo de unos meses conseguí recordarle sin pena ni dolor sino con una gratitud inmensa. Pude descubrir nuevamente sentimientos de amistad y de placer con una nueva compañía aunque en esta ocasión ese amor no me satisfacía porque no daba la talla, pero me sentí en la obligación de vivir para que su recuerdo perviviera.

La rutina del trabajo, pareja y amistades llenaba mis horas hasta que un programa de televisión cutre entrevistó a un supuesto amante. Aquella noticia me revolvió por dentro, no podía creerlo, era imposible, debía ser mentira seguro que lo hacía para sacar dinero sin importarle desprestigiar su memoria ni escandalizar a su familia. No tenía intención de saltar a la palestra para desmentir a aquel energúmeno, pero la rabia me reconcomía por dentro. Aquel tipejo no cesaba de salir en revistas, era un insulto que invadía el inmenso amor que aún tenía por él, pero fue una de aquellas imágenes la que me dejó helada, su brazo, aquel brazo tenía un pequeño lunar justo en el mismo lugar que en el brazo de mi cuadro. Intenté pensar que sería casualidad, ya en su día me extrañó la precisión del dibujo y quedé intrigada de a quien pertenecería aunque dicha suspicacia la relegué debido a la felicidad que mi amante me proporcionaba, sin embargo ahora me entró la duda sobre la veracidad de esa historia.

Recordé sus palabras al entregarme el cuadro “cuando yo no esté, encuentra la maceta y seguiré estando contigo”. No entiendo nada de jardinería ni de plantas pero un tiesto con esas características no debía ser común e inicié su búsqueda en floristerías, grandes superficies o pequeñas tiendas de plantas, luego seguí con jardines públicos, colegios o parterres circundantes a la casa, quizás no estuviera cerca nuestro sino en la del otro, así que empecé a leer todo lo que aquel sujeto había contado sobre su relación, incluso donde se veían y hacia allí me encaminé. Un pequeño edificio de apartamentos no era lugar para tener macetas tan grandes como la que buscaba, al merodear por los alrededores tropecé con una casa abandonada su jardín estaba repleto de tiestos secos y sucios, observándolos hallé lo que buscaba, clavado, único, se le veía ajado por el tiempo pero reconocía que era el mismo del cuadro. Entré en el jardín fijándome si alguien me observaba, sopesé llevarme la maceta pero al estar llena de tierra seca pesaba demasiado, opté por vaciarla y ver si contenía algo más en su interior.

Una llave, era un tanto peculiar, no creía que abriera una puerta, la cogí y escapé corriendo del sitio. Ya en casa y más tranquila busqué por internet qué clase de llave era y qué podría abrir, así fue como supe que era de una caja de seguridad, seguí buscando y di con el banco al que pertenecía, tenía la adrenalina a tope, me arriesgaría a acudir al banco y abrir la caja o la guardaría como recuerdo toda mi vida. No, si él había sido infiel a su familia conmigo y con un hombre, no debía dudar en acudir al banco y recuperar lo que me pertenecía. Por si guardaba joyas o dinero llevé un bolso bien grande y un abrigo con bolsillos interiores, para disimular. Muy nerviosa entré en la sucursal solicitando acceder a las cajas de seguridad, me pidieron datos y me llevaron a una en concreto, algo que no había previsto por mi desconocimiento de cómo funcionan, pero una de ellas estaba registrada a mi nombre, me dejaron sola y la abrí.

¡Qué decepción! Sólo había dos cartillas de banco por lo demás estaba vacía. No me hacía falta tanto bolso pero a pesar de ello las guardé en él y me marché. Luego en casa tras unos lingotazos de vodka las miré con calma y comencé a reír, a saltar, a gritar cuanto le amaba, las dos cartillas estaban a mi nombre, una de ellas custodiaba títulos de propiedad de cinco mil acciones de su empresa y la otra aunque llevaba tiempo sin actualizar, contenía cinco millones de euros y una vez al mes ingresaban diez mil de intereses por las acciones. Al día siguiente bien temprano me presenté nuevamente en la sucursal para ponerlas al día y casi me desmayo de la cifra que figuraba en sus hojas, el director salió a recibirme, me ofreció un café y estuvo hablándome de donde invertir para sacar el máximo rendimiento a mis ahorros, le agradecí su amabilidad pero soy la mejor inversión para mi dinero.

Amor mío allá donde estés te sigo queriendo.




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Primer sol de juventud - Esperanza Tirado


Relato inspirado en la fotografía

 

Dicen que los primeros amores, sobre todo los de verano, nunca se olvidan. Es un tópico eso del sol, la playa, el verano, los helados, las miraditas,…

En mi caso cumplí con todo el tópico.

La semilla de mi amor inocente se fue a posar en uno de tantos chicos que pasaban aquellos largos veranos de entonces con sus familias, en las capitales del norte de más renombre. Cuando lo de ir a la playa era cosa de unos pocos, ricos y distinguidos.

Fue una casualidad encontrarnos, puesto que él, Eduardo, así se llamaba, había suspendido más de medio curso del bachillerato y apenas bajaba a la playa. Tenía que estudiar.

Yo, mejor estudiante, teniendo en cuenta el nivel del internado para señoritas en el que estaba matriculada, me podía permitir largos paseos y entretenimientos sin obligaciones.

Salvo las horarias. Las comidas y cenas eran de cumplimiento estricto en mi familia. Mi padre, como cuasi decimonónico militar de rango que era, no permitía faltar a las normas. Se comía a las 14 horas en punto y se cenaba a las 21 horas en punto. Eso casaba también con sus veleidades de gourmet, heredadas de su año sabático francés. Y ni un minuto te podías retrasar. Si no, castigo paterno. Que los veranos consistían en no bajar a la playa con las amigas y acompañar a mi madre y a mis tías en la veranda del casino del hotel. Mientras ellas hacían punto, leían revistas de moda o cotilleaban sobre las familias que se instalaban en el Gran Hotel, yo me aburría como una ostra sin abrir.

Paulina, hija… ¿No vas a la playa con tus amigas hoy?

Mi madre, entretenida con su cháchara ya no recordaba que el día anterior había llegado tarde a la comida y estaba castigada. Cinco minutos me entretuve buscando a una doncella del hotel para que me ayudara a limpiar mis blancos zapatos veraniegos llenos de caca de perro. Desde entonces odio a los perros.

No, madre. Estoy castigada ¿Recuerda? Por entonces se trataba de usted a los padres, otra herencia decimonónica familiar.

Mis tías, todas tan buenas comedoras y orondas como mi padre, eran sin embargo de costumbres no tan rígidas, y ponían orejas y cerebros a funcionar.

Pero, qué lástima, Dolores… –le decían a mi madre– Con lo joven que es. Lo que necesita es salir con sus amigas y airearse.

Eso, eso, y buscarse novio que ya está en edad de merecer.

Mis tías eran terribles. Las quería pero a veces prefería no escucharlas. Y me sonrojaba y escondía mi cara entre las revistas ya leídas.

Bueno –terciaba mi madre- por esta vez te levanto el castigo. Ya hablaré yo con tu padre.

Y me daba un beso y un empujoncito tierno.

Y yo corría como loca hacia el paseo de la playa, buscando a mis amigas.

Mi madre y mis tías me decían adiós efusivamente, mientras seguían haciendo sus cuentas de la lechera conmigo como protagonista de un cuento con príncipe azul. Y oteaban el paisaje, en busca de posibles candidatos, adecuados a mi estatus de señorita bien.

Mis únicos intereses entonces eran que mis preciosos zapatos blancos no se volvieran a llenar de caca de perro y encontrar a mis amigas para comer helados mientras dábamos paseos de un lado a otro.

Nadar en el agua era cosa de hombres y muchachos. Las señoritas bien no podíamos ir enseñando según qué partes de nuestra tierna anatomía en público. No estaba bien visto en esos tiempos post decimonónicos que aún coleaban.

Aunque envidiábamos a las locales, las hijas de las doncellas del hotel y las chicas del pueblo que, embutidas en pesados trajes de rayas, heredados de padres o hermanos, hacían locuras en el agua. Zambulléndose o alejándose hasta las boyas que marcaban los límites permitidos. Eran unas valientes.

Nosotras, desde un banco del paseo marítimo, intentábamos adivinar hasta cuál llegarían. La que acertaba se llevaba un helado de premio.

Pero los helados y las amigas se me esfumaron del pensamiento una mañana en la que, harta de estar dando vueltas en la cama, me dio por madrugar y me atreví a bajar a la playa y caminar por la arena.

Qué sensación tan maravillosa. Nunca he vuelto a pisar una arena igual de suave.

No había nadie, solo gaviotas piando en un cielo azul resplandeciente de luz.

Y entonces lo vi. Era Eduardo. Bueno, vi a un chico que venía hacia mi dirección, corriendo; y vestido con un bañador de esos que llevaban los hombres y los jóvenes locales.

Noté que él se fijó en mí también porque su carrera se detuvo. Caminó despacio, pero con paso firme hasta que estuvimos frente a frente.

No supimos qué decirnos y a la vez nos lo dijimos todo.

Sonreí. El me devolvió la sonrisa.

Estaba moreno, más que yo. A pesar de las pocas veces que bajaba a la playa. Por los suspensos. Eso lo supe después. Supimos muchas cosas uno del otro ese verano.

Me entró un escalofrío tonto que me recordó a cuando con las amigas comíamos helados y apostábamos, más helados, a ver quién era la que más rápido se los comía.

Él me acarició suavemente, con su mano morena y firme. Hasta entonces solo un hombre, mi padre, me había tocado.

Me llamo Eduardo –se presentó.

Yo soy Paulina –respondí aún sintiendo su caricia en mi cara.

No dijimos nada más entonces. Temíamos, o más bien era mi temor, romper la magia de aquel momento, al que las olas y las gaviotas ponían música.

El sol empezaba a calentar y la playa se iba llenado de gente. Me inquieté por si el hechizo se rompía o alguien conocido nos descubría, y nos despedimos. Desde aquel día hasta el fin del verano establecimos nuestros códigos y nuestros horarios para vernos a solas, sin que nadie nos molestase.

El siguió con sus estudios para aprobar en septiembre. Pero no aprobó. Creo que yo le entretuve demasiado.

Y yo seguí yendo con mis amigas a comer helados y cumpliendo a rajatabla con los post decimonónicos horarios familiares.

A veces, cuando las amigas estaban castigadas o aburridas de todo, acompañaba a mi madre y a mis tías en la veranda. Y me asaltaba a preguntas indiscretas.

¿Y qué? –mi tía la más mayor, que nunca se había casado, tenía puestas sus esperanzas en mí -¿Ya has conocido a alguien?

Con lo guapa que te estás poniendo, en dos o tres otoños tenemos boda. –Mi tía las más joven, pero no mucho más puesto que ya rozaba los sesentaymuchos, intentaba hacer de adivina -Antes de que termines en el internado, estoy segura.

Ay, ay, ay, por favor, no le digáis esas cosas. –Mi madre se agobiaba pensando en preparativos de boda, y eso que hacía ya cinco años desde la última que se celebró en casa, la de mi hermana mayor. Aunque estaba tan ansiosa como mis tías.

Yo cerraba los ojos y sentía la caricia del sol y la arena, y la mano suave de Eduardo en mi cara.

Hay que esperar para que las semillas del amor crezcan para florecer- respondía yo para mis adentros.

Si hubiera dicho algo semejante delante de aquellas mujeres no hubiera vuelto a ver el mar. Ni la luz de la calle, ya puestos. Eran otros tiempos.

Aunque mi recuerdo de Eduardo a día de hoy es difuso. Han pasado muchos años, muchos veranos, no volvimos a coincidir en la misma playa, que ya no es como antes…

Fueron otros tiempos. Una vez tuve un gato al que llamé Edu, que enseguida se me escapó. Cosas del destino o una mala elección de nombre. Los perros siguieron sin gustarme.

Ahora, cumplidos ya los setentaymuchos, cuando me despierto por las mañanas y abro el balcón de par en par para que entre el sol y dar de beber a mis macetas sedientas, de vez en cuando pienso en él, en nuestras confidencias durante aquellos paseos por aquella playa de arena suave. Y en aquellas primeras caricias sembradas al sol de juventud.











 

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Amor - Gloria Losada



 

  Relato inspirado en la fotografía

 

Así que quiere que le hable de mí, quiere que le cuente mi vida. Pues no sé yo si le va a resultar muy interesante, la verdad, es todo bien triste porque siempre me sentí muy sola ¿sabe? Siempre echando de menos el cariño de alguien, una caricia, un beso… Y es que crecí en un orfanato y, como usted comprenderá, las monjas que lo regentaban no estaban para muchas carantoñas. Fui a parar al orfanato porque mi madre me abandonó, pero de eso me enteré mucho más tarde, cuando las monjas decidieron que no podían hacerse cargo de mí y me entregaron a mi tía Rolindes, que me acogió a regañadientes y me contó toda la historia de mi madre sin que yo le preguntara. Me hablaba de ella como reprochándome que yo estuviera en este mundo, como si yo tuviera la culpa y hubiera nacido con la exclusiva misión de joder la vida al personal, en especial a ella. A mí la historia de mi progenitora me importaba tres pitos, nunca me paré a pensar si me había abandonado o no, si se había muerto o no, qué más daba. Pero la idiota de Rolindes se empeñó en contarme que mi madre era puta y mi padre el cura del orfanato en el que me crié, que por eso me acogieron en él, si no me hubiera criado en la calle. Pues mira tú que me hubiera importado mucho a mí criarme en la calle. Ya me buscaría la vida.

Yo era una niña tímida y buena, lo único que pretendí siempre fue que alguien me quisiera. Las monjas nunca me trataron mal, que conste. Yo tampoco les di mucha guerra, hacía lo que me mandaban, iba a la escuela, aprendía a bordar… esas cosas. En cuanto supe leer, las tardes me las pasaba con un libro entre las manos. Las monjas tenían una biblioteca curiosa, aunque la mayoría de los libros eran vidas de santos, o de niños ejemplares, pero era igual, a mí me entretenían. La encargada de la biblioteca era la hermana Caridad, la más buena de todas, y me daba de vez en cuando una caricia o me revolvía el pelo mientras sonreía. Luego estaba Don Raúl, el cura, no mi padre, otro que vino después, porque al parecer a mi padre lo trasladaron a otra ciudad cuando hizo lo que hizo. Don Raúl me sentaba a veces en sus rodillas y también me acariciaba y me daba besos… pero no sé, no me gustaba, porque de pronto se ponía a temblar y respiraba muy fuerte. Ahora ya sé lo que hacía, pero por aquel entonces me desconcertaba, porque él me decía que me quería mucho pero a mí me daba asco.

Un día apareció Rolindes, hermana de mi padre, el cura. Las monjas me mandaron hacer las maletas y marcharme con ella. Yo tenía 14 años y no la había visto en mi vida. No quería irme con nadie y menos con aquella mujer con cara de vinagre. La hermana Caridad me había dicho que cuando cumpliera la mayoría de edad me iba a colocar de asistenta en la casa de un señor que ella conocía, que era maestro y con el que podría aprender muchas cosas, pero al aparecer mi tía todo se iba a ir al tacho.

Rolindes me dijo que había tenido que ir a buscarme porque las monjas la habían llamado diciéndole que me portaba muy mal y que o me recogía ella o me echaban a la calle. Yo sabía que aquello no era verdad, pero nada podía hacer al respecto. Durante todo el tiempo que estuve con ella me dio a entender que yo no era más que una pesada carga. Me lo decía una y otra vez mientras me obligaba a trabajar como una negra. A veces me pegaba. Nunca me dejó ir a la escuela. Cuando cumplí los 18 me puso a servir en casa de un matrimonio mayor que era igual que ella. Me trataban como una esclava y encima no me pagaban. Decían que con alimentarme y vestirme hacían de más.

Un día apareció por la casa un caballero muy bien vestido preguntando por mí. Los señores no le querían dejar entrar pero él les replicaba que no se marcharía de allí sin antes hablar conmigo. Como hacían mucho jaleo me acerqué a la puerta y así ya no les quedó más remedio que dejarlo entrar. El hombre en cuestión era un notario que me estaba buscando desde hacía tiempo, pero mi tía nunca le quiso decir dónde me había colocado. Me comunicó que mi padre, el cura, había muerto hacía unos años y me había dejado una sustanciosa herencia. Ya que no se ocupó de mí en vida, al menos lo hizo a su muerte. Mi tía Rolindes, la muy cabrona, se enteró y por eso me fue a buscar al orfanato, con la única y simple intención de quedarse con mi dinero. Pero mi padre el cura lo había dejado todo bien atado y por mucho que lo intentó no fue capaz, por eso cuando cumplí los 18 me largó con viento fresco. Ya no podía seguir intentando nada y por eso yo no le valía para nada tampoco. Me colocó en casa de alguien que sabía que me iba a tratar mal y se quedó tan ancha. Pero más ancha me quedé yo cuando mandé a tomar por saco a aquellos dos negreros. La cantidad de dinero que me dejó mi supuesto padre era sustanciosa, porque al parecer el tío no solo era cura sino que ocupaba un cargo en el Seminario como no sé qué de latín y debía de ser ahorrador, seguro que el único vicio que tuvo en su vida fue follar. El caso es que me hubiera dado para vivir holgadamente una temporada larga si no me hubiera topado con dos sinvergüenzas. Me explico. Cuando recibí la herencia me alquilé una casita y me apunté a un curso de corte y confección. Mi idea era con el tiempo abrir una mercería y un taller de costura. El curso lo organizaba el Ayuntamiento y lo daba una tal Agripina Montes, la mejor costurera de la ciudad, según decía la gente. Buena costurera era, pero también era una aprovechada. Como yo también era buena, la mejor diría yo, entabló cierta amistad conmigo. Charla va, charla viene, se enteró de que acababa de recibir una herencia y no se lo pensó demasiado. Inició sus argucias para dejarme en la ruina. Me presentó a su hijo Crispín, más que presentar me lo metió por los ojos, porque a mí Crispín no me gustaba anda, bajito, calvo y gordo como un cachalote, ya me dirá usted. Pero la tía erre que erre, que si era muy buen chico, que no iba a encontrar a nadie tan trabajador como él, que yo tampoco podía aspirar a mucho más y unas cuantas barbaridades más. Yo como soy, o más bien era, medio imbécil le hice caso y me ennovié con Crispín. A él no le gustaba salir, lo que le gustaba era venir a mi casa y ver la tele. No follábamos ni nada, cosa que yo casi que agradecía porque me daba un poco de asco, solo ver la tele, nos pasábamos las tardes delante de la tele, o eso creía yo, porque cuando yo me cansaba y me levantaba para estirar las piernas o salía a hacer un recado, el tío aprovechaba para entrar en mi cuarto y hurgar en los cajones, hasta que dio con parte del dinero de la herencia que yo había guardado en casa para ir tirando. Eran bastantes cuartos y me los robó casi todos, poco a poco. Cuando me di cuenta lo espié y lo vi con mis propios ojos. Ni que decir tiene que lo eché de casa y no volví por el curso de costura. La madre, la muy ladina, todavía tuvo la desfachatez de venir a llamarme la atención por la manera que yo había tenido de tratar a su hijo y en revancha no me quiso dar el título del curso. Luego conseguí arreglarlo con el Ayuntamiento y terminaron dándomelo. Y finalmente pude abrir mi negocio, como puede usted ver. No me quedó mucho dinero pero para esto sí me dio, y me va bien, la verad ¿Que le asombra esta maceta con una mano? Bueno, la mano es de goma, es de mentira, como puede suponer, pero me la mandé hacer porque cuando necesito cariño me acerco a ella y me acaricia la cara. Como comprenderá, después de mis experiencias con el genero humano si quiero amor me lo voy a tener que buscar en algo artificial. Por cierto me llamo Amor, fíjese usted qué ironía. ¿Cómo dice? ¿Que usted me puede dar amor de sobra? ¿Pero no venía a comprar hilos para su sastrería? Déjelo, ande, tome los hilos y márchese, no quiero saber nada de amoríos, ni siquiera sé por qué le conté mi vida. Siguienteeee.

 

 

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Cuarentena y daños colaterales - Marga Pérez

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Cuando digo mi nombre todos saben que nací en el dos mil veinte. Tiempo convulso y de pandemia. De estar en casa, de negacionistas, de bulos y de estafas… Me llamo Confinada. Si, sé que es raro pero a mi me parecía que era de lo más normal, al menos hasta que empecé en el colegio. Cuando pasaban lista veía las risitas bajo las mascarillas que aún llevábamos por aquel entonces. No sabía muy bien por qué. Me entró el gusanillo de la curiosidad. Mamá miró para otro lado cuando le pregunté por él y acusó a mi padre de ser el responsable. Papá cantó de plano. Le echó la culpa al momento que estaban viviendo y a lo jóvenes que eran… Con los años descubrí que los porros, el alcohol y las pastillas también tuvieron algo que ver… Según parece no tenían nada mejor que hacer estando encerrados en casa… O eso creían. No entendían tampoco lo que estaba pasando. Era una época rara y llegaba yo, antes de tiempo y sin tan siquiera tener claro cómo me iba a llamar.

En el registro la cola crecía sin que papá se decidiese, debió de celebrar la paternidad de lo lindo porque cuando el funcionario, un tanto desesperado tras decirle los nombres más habituales, apunta un confinada, papá no sabe bien si se refería a un nombre o a otra cosa, pero no le sonó mal. Creyó que era el nombre más adecuado en el momento en el que estaban. Un nombre muy especial para su niñita.

Con el tiempo valoré haber nacido durante el confinamiento y no haberlo hecho en rebajas, por ejemplo. ¿Sería llamada Rebajada? ¿Oferta? ¿Retal?… Me encanta ser Confinada, no conozco otra, aunque, tengo que reconocer que soy de las que se les cae la casa encima ¡Viva la libertad!

 

 

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Pobres bichos - Pilar Murillo

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Nunca entenderé la crueldad de algunos niños a maltratar a los bichos. Uno era mi hermano a la edad de ocho años. Cazaba saltamontes y le arrancaba las patas de saltar. A las moscas les arrancaba las alas y lo que hacía con las arañas era lo más cruel. Con un palo recogía la araña de cualquier lugar del campo. Daba igual qué tipo de araña era, cualquiera que fuese gorda le servía. Dejaba el bichejo en la acera y con otro palo en el cual había envuelto previamente un plástico, lo encendía con las cerillas que le había cogido a mi madre de la cocina y aquel plástico derretido goteaba sobre la araña que se retorcía de dolor.

Ahora que soy grande sé varias cosas, y sin haber estudiado psicología. La rabia acumulada de mi hermano por haber quedado sin nuestro padre tan pequeño hacía que explotase por algún lado y lastimosamente lo pagaba con los pobres bichos.



 

 

 

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No estás sola - Esperanza Tirado

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Eres peor que un bicho de esos que me traes en los bolsillos. No hay día que no llegues a casa llena de mugre y arañazos. No gano para lavadoras. A saber dónde te metes… Es imposible vivir así…’

Tere miraba a su madre que lloraba, sin comprender el por qué de aquellos negros enfados. Siempre le traía un regalo en un bote de cristal, o envuelto en un pañuelo de papel: Una mariposa, una hormiga grande, a veces con alas, una abeja de colores, o un gusano de mil pies. Había que mancharse para encontrarlos. Algunos no se dejaban atrapar a la primera. Sobre todo le encantaba seguir las filas interminables de hormigas que, una detrás de otra, iban siempre juntas a todos lados.

Pero su madre siempre ponía cara de asco.

Más bichos…

Y, sin contemplaciones, lo tiraba todo a la basura o por el váter. Ver sus regalos ahogándose sin remedio dentro del remolino de agua hacía que Tere se pusiera triste y se sintiera como una hormiga perdida y fuera de la fila.

Su madre no la entendía. O quizá es que ya no la quería.

Y no podía recurrir a su padre. Que se había ido a otra casa. Y tenía dos hijos nuevos con otra mamá. Y ahora Tere ya no lo veía nunca. Y a sus hermanos no los conocía.

Así que estaba ella sola, con su madre y sus negros enfados.

A veces su madre lloraba antes de dormirse. Cerraba la puerta de su dormitorio para que Tere no se enterase. Pero Tere sabía que su madre estaba triste por lo de su padre. Que ya no vivía con ellas y que se había ido a vivir con otra mamá.

Menudo bicho será esa. -decía a veces gruñendo al aire la madre de Tere.

Y Tere imaginaba que la otra mamá tenía mil patas, alas negras, un caparazón duro o forma de gusano de tierra, de esos que es difícil hacer salir y hay que escarbar y mancharse mucho para cogerlos.

Pero no podía ser. Porque las mamás eran buenas, guapas como las mariposas llenas de colores en las alas, hacían la comida, te llevaban al parque o a clase de ballet.

Eso hacía su mamá. Hasta que su papá se fue con esa otra mamá y con sus otros dos hijos, que sabía que eran sus hermanos pero que no conocía.

Tere también lloraba a veces, porque ya no iba con su mamá al parque ni la recogía de clase de ballet, a la que tuvo que dejar de ir sin saber muy bien por qué.

Solo le gustaban los sábados, porque no había que madrugar para ir al cole. Allí algunos profes la miraban con cara de pena desde que su papá se fue. Y le ponían notas en boli rojo. Antes de que su papá se fuera con la otra mamá siempre tenía notas en verde. Ahora le costaba mucho entender lo que sus profes le explicaban. Ya se había acostumbrado al color rojo de las notas. Igual que a la ausencia de su papá y a los negros enfados de su mamá.

Y cuando su madre estaba en habitación llorando o enfadada, Tere ponía la tele y veía historias de bichos de todos los colores, que construían sus madrigueras, volaban, hacían miel o telas de araña preciosas e iban juntos a todas partes. Así al menos no se manchaba y su madre no la regañaba. Y se sentía una hormiguita algo más feliz, dentro de la fila.

Un sábado su madre le dio dinero para ir a la panadería.

Hoy vas tú a por el pan. Ya eres mayor. Está aquí al lado. Pero no te entretengas buscando bichos, que nos conocemos.

Tere dijo que sí, que no buscaría bichos, que no perdería el dinero y que no tardaría nada. Y bajó las escaleras corriendo, con la mente puesta en la panadería, en el dinero que tenía en el bolsillo y en la cara que pondría su madre al verla volver con el pan, limpia y sin bichos en los bolsillos.

Pero a medio camino de la panadería estaba el parque. Siempre cruzaba y se entretenía entre los setos, buscando bichos y observando a las hormigas, juntas, siempre en fila.

Esta vez se quedó mirando a los columpios, con un sentimiento raro. Estaban llenos de niños con sus papás y mamás. Juntos, riendo. Felices.

Y allí estaba él. Hacía tiempo que no lo veía, pero era él. Su papá. Con sus dos hijos, sus dos hermanos a los que aún no conocía.

Algo la empujaba a cruzar, pero no se movió. Tuvo miedo. Quiso hacerse una bola como aquel bicho negro que encontró una vez y que llevó a casa y que su madre pisoteó con asco cuando el caparazón crujió, dejando un rastro de baba en la solería de la cocina.

Cerró los ojos y pensó ‘panadería, pan, dinero, mamá, volver a casa rápido’.

Al abrir los ojos se encontró a su padre frente a ella. Detrás, los otros dos hijos, sus hermanos, a los que ahora ya podía poner cara.

¿Es Tere? –preguntaron los dos a la vez.

Su padre se agachó hasta la altura de los ojos de Tere.

Hija. Te presento a tus hermanos, Pablo y Lena. A ellos también les gustan los insectos.

Tenemos una colección enorme de bichos –añadió Lena, alargando los brazos todo lo que pudo.

Tere abrió mucho los ojos.

¿Y vuestra mamá nos os riñe ni os los tira a la basura?

Su padre hizo un ruidito extraño, como un puchero de un niño, o eso le pareció a Tere. Y la abrazó muy fuerte. Tanto que Tere casi sintió que se ahogaba, como las hormigas que se salen de la fila, se despistan y caen en charcos de agua.

Mi niña. Perdóname. No estás sola. Hace tanto que debería…

Tere seguía sin entender el comportamiento de su padre. Debía ser que hacía tanto tiempo que no se veían que ahora hablaban lenguajes diferentes. Como si las abejas que encuentran el polen se lo indicaran a las arañas, que se pasan todo el día tejiendo sus trampas, y el polen les da igual porque solo piensan en atrapar moscas para comérselas.

Pero las sonrisas de los hijos nuevos de su padre, sus hermanos, a los que ahora sí conocía, la hicieron sonreír también. Y sentirse hormiguita en la fila.

Si quieres, y tu mamá te deja, puedes venir un día a ver nuestra colección.

Pablo, su hermano al que ahora conocía, era como su padre pero en pequeño y sin arrugas en los ojos.

Lena, su hermana, no se parecía a su padre. Era como una mariposa de colores, a punto de volar. Igual que la mamá de Tere antes de que se fuera con la mamá de Lena. Quizá la mamá de Lena era también una mariposa de colores.

Eso, y nos ayudarías a colocar la estantería nueva. Que ya no tenemos hueco ¿Podemos, papá, verdad?

El padre de Tere, Lena y Pablo se puso de pie. Se secó las lágrimas con un pañuelo y se quitó unas arrugas imaginarias de los pantalones.

Claro que podemos. Somos familia y la familia debería…

Los tres niños miraron a su padre sin entender.

Tere dudó.

Tengo que ir a por el pan, sin mancharme. Mamá me va a reñir si vuelvo tarde.

Su padre se quedó callado. Tosió un par de veces.

¿Por qué no vamos todos a la panadería? – Propuso Lena– Y luego vamos a casa de Tere y le pedimos permiso a su mamá para que venga los sábados a nuestra casa a ayudarnos con nuestra colección.

Es buena idea –terció Pablo -¿A qué sí, papá?

Su padre seguía mudo.

Tere miraba ilusionada a sus hermanos, a los que ya conocía. Y miraba a su padre, que no conseguía decir nada. Tal vez pensaba en la cara que iba a poner su madre al ver de nuevo a su padre, Quizá el tiempo le había convertido en un bicho bola, de esos que se esconden en su caparazón cuando algo no les gusta.

Tengo que ir a por el pan –repitió Tere.

De nuevo la secuencia ‘panadería, pan, dinero, mamá, volver a casa rápido’ llenó su cabeza y no pensó en nada más.

Y salió corriendo, dejando a su padre, convertido en un bicho bola asustado, y a sus hermanos a los que le hubiera gustado conocer mejor, camino de la panadería, para no llegar tarde y que su madre, convertida en otro bicho bola más grande, más negro y más enfadado, no la regañase.

Como una hormiga perdida y fuera de la fila, Tere seguía estando sola.





 

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Bichos - Cristina Muñiz Martín

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Los bichos están por todas partes. Se extienden por el suelo, por la cama, por los muebles, por la ropa, amenazando con devorarme. Si pudiera los aplastaría con las manos, pero los muy pillos son tan pequeños que no hay manera de verlos. Los que saben dicen que son verdes y que tienen cuernos, no un par de ellos como el diablo, qué va, montones de cuernos. Se sitúan en los sitios más inverosímiles y en cuanto pueden ¡zas!, se tiran a tumba abierta y penetran en los cuerpos por la nariz, por la boca, por las manos, por no se sabe bien dónde. Y empieza la batalla. Atacan a nuestras defensas que aunque luchan como fieras la mayoría de las veces no pueden con ellos porque son seres replicantes, como los de las pelis de ciencia ficción que hablan de un futuro lejano, aunque yo creo que ese futuro ya llegó o está llegando. Por eso llevo meses sin salir de casa, ni a la puerta me arrimo, y con las ventanas cerradas, no vaya a ser que me estén esperando armados hasta los dientes. Ahora trabajo y compro por internet y tengo almacenadas varias garrafas de lejía y un armario lleno de suero bactericida, desinfectante, antisépticos, gel hidroalcóholico… Al levantarme quito la ropa de la cama y la meto en la lavadora a noventa grados, pues dicen que así mueren. Ah, se me olvidaba, tengo que hacer un nuevo pedido de sábanas que con tanto calor me están quedando todas mustias. Luego aspiro el colchón y a continuación lo rocío con una buena dosis de desinfectante. Pongo las sábanas limpias guardadas al vacío y las cubro con la colcha. Al menos, por la noche me podré meter en la cama tranquilo. Con la cama lista echo un spray desinfectante por las paredes antes de fregar el suelo a rodilla con lejía. Cuando acabo cierro la puerta que no volveré a abrir hasta la noche. Con tanto esfuerzo ya me toca desayunar. Entro en la cocina y saco la cafetera metida en una bolsa de plástico bien cerrada con unas gomas. Froto con lejía la mesa de la cocina, la seco con papel que después tiro a la basura y ya seguro coloco la mantequilla, la mermelada, la tostadora, la taza, todo ello desinfectado del día anterior y dentro de bolsas herméticas. Después de desayunar me toca limpiarlo todo de nuevo y guardarlo en condiciones para el día siguiente. Me suelen dar las diez de la mañana, y eso que me levanto a las siete. Es hora de trabajar. Mejor dicho teletrabajar. Voy al salón donde tengo mi despacho. Pero antes tengo que limpiar y desinfectar el ordenador, la silla, las bandejas, las carpetas, los bolis, el techo, las paredes, el suelo... Ya me dan las once y todavía no empecé ni un informe. El jefe me llama a veces preguntándome la razón de mis continuos retrasos que trato de tapar con un “no me encuentro del todo bien”. En cuanto digo eso, me habla de hacer una PCR o de ir al hospital. Pero lo despisto diciéndole que es cosa de la alergia, de estar todo el día metido en casa. Desde las once hasta las dos consigo concentrarme un poco, aunque a veces me entra una angustia pensando en que puede caerme un bicho de esos desde el techo que tengo que dejar el trabajo y ponerme a limpiar el techo. Y como del techo pueden caer cosas no me queda más remedio que volver a limpiar las paredes, el ordenador, la silla, la mesa, las carpetas y hasta el suelo. Y el estómago ya me dice que es la hora de comer. Nada de cocinar, que no es cosa de andar sacando cacerolas y sartenes y a ver quién es el listo que me asegura que no estén llenos de bichos. Por eso prefiero la comida preparada. La caliento al microondas después de desinfectarlo bien, saco de su bolsa el plato, la cuchara o el tenedor, un vaso y listo. El agua de botella, que a ver si va a navegar la cosa esa por las cañerías. Termino de comer y dedico un par de horas a desinfectar bien la cocina y fregar todos los suelos de la casa con lejía. Bueno, todos no. Desde que empezó este lío, desarmé todos los muebles y los metí en una habitación. Así me quedó todo más despejado. En mi cuarto, solo la cama. En la cocina centralicé lo necesario en un mueble. En el salón solo dejé mi despacho y la tele encima de una caja de plástico que se limpia muy bien. El resto de las puertas cerradas, incluso la de la terraza. Cualquiera se atreve a abrir. Veo a muchos vecinos que pasan el día al aire libre, como dicen ellos. Ya, ya, al aire libre, no me extraña que acaben cayendo todos. Trabajo otro rato y la angustia vuelve a aparecer. Toca otra desinfección del salón. Cuando acabo ya es la hora de cenar. Voy a la cocina y repito las mismas operaciones que con la comida del mediodía. Ya, cansado, llega la hora de ver un poco la televisión. Pero antes tengo que desinfectar la pantalla, el mando, los cables, la caja donde se asienta la tele. Lo malo es que como quité el sofá, en la silla estoy un poco incómodo, pero es lo que hay, que las fundas del sofá no se pueden lavar todos los días y menos a sesenta grados. El otro día me dormí y ¡me pegué un trompazo! Encima me dio por pensar si dormiría con la boca abierta ¡entré en pánico! No me lavé la boca con lejía porque tuve un momento de lucidez, que si no... Me froté los labios, los dientes y la lengua durante veinte minutos con un cepillo nuevo que tiré de inmediato. Decidí ir a la cama, pero me acordé que no me había duchado, algo que suelo hacer por la noche. Desinfecté bien todo el baño y me di una ducha rápida, por el miedo de que puedan salir por la alcachofa. Me puse un pijama y una bata limpios y volví a desinfectar el baño cuando acabé. El resto de la ropa a la lavadora a noventa grados. Tengo que comprar también unos pijamas, unas batas y unas zapatillas. Esas las tiro todos los días. Las zapatillas. Porque lavé unas a noventa grados y quedaron hechas unos zorros. Por fin conseguí llegar a la cama. Levanté la colcha con cierta aprensión, porque a ver si había caído alguno del techo, aunque lo había limpiado bien por la mañana. Me metí entre las sábanas que estiro hasta que me cubran la cabeza, no sea cosa de que abra la boca durmiendo y me ataquen. Solo dentro de las sábanas me siento seguro. Seguro y agotado. Y eso me preocupa. Estar agotado. Porque además me duele todo el cuerpo, mi olfato no percibe más que el olor a lejía, la cabeza me da vueltas y tengo la piel de las manos muy rara, como agrietada. Lo miré antes de acostarme y son demasiados síntomas. Ah, también me pica la garganta. Y luego el insomnio, que de tanto pensar apenas pego ojo. ¡Qué horror! Me acabo de acordar que hoy vino el chico del supermercado. A ver si me contagió. No lo toqué, me dejó las bolsas en el suelo y luego lo limpié todo bien y desinfecté uno por uno todos los artículos y las bolsas las tiré y no creo que se me haya olvidado nada. La entrada la fregué a conciencia en cuanto cerré la puerta. ¡Ay mamina! ¡Se me olvidó limpiar la puerta! ¡Seguro que estoy contagiado! ¡Voy a llamar a urgencias!

 

 

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