Manuel - Cristina Muñiz Martín



Todo el pueblo, incluidas las madres, antes temerosas, fueron a despedirlo. Yo luchaba por sujetar las lágrimas. Era mi mejor amigo, al que siempre sabía dónde encontrar, el que me había regalado los mejores consejos. En su tumba solo un nombre “Manuel” y un epitafio “el barrio te echará de menos”. A mí el epitafio no me gustó nada, la verdad, me hubiera gustado algo más poético, más acorde con el carácter de Manuel, pero lo había ideado el alcalde y la tumba y la lápida las pagó el ayuntamiento. Nada más que decir.

Lo había visto por última vez dos días antes, sentado en su banco del parque, bajo un paraguas de un color negro desvaído al que le faltaban algunas varillas. Su cuerpo estaba encogido sobre sí mismo, como una seta antes de abrirse. El agua resbalaba por el paraguas inclinado formando una especie de catarata ante sus ojos llenos de vida. Lo conocía desde niño cuando mi madre, todas las madres, nos alertaron de la presencia de un desconocido en nuestro parque de juegos, haciéndonos prometer que no nos acercaríamos a él bajo ningún concepto, aunque nos ofreciera caramelos. Pero yo siempre fui un poco rebelde, lo reconozco. No un rebelde de esos que no hacen más que dar problemas en casa, no, más bien un rebelde mudo, de los que no siguen ciertas reglas establecidas, sobre todo las que considera estúpidas. Y a mí me pareció estúpido tener miedo de un hombre solo por el hecho de no saber nada de él. Sin embargo, había personas, vecinos cercanos e incluso parientes, a las que no me acercaría aunque me ofrecieran kilos de caramelos, precisamente porque los conocía bien. Así que no entendía ese miedo extraño de mi madre, pero asentí con la cabeza cuando me hizo prometer que tendría cuidado. Y los dos tan contentos.

Esa misma tarde, la tarde del día en que apareció Manuel, hice todo lo posible para que el balón fuera a caer justo delante de sus pies. Mis amigos quedaron paralizados pero yo me acerqué y se lo pedí con educación. También le di las gracias cuando me lo devolvió con una sonrisa de dientes perfectos. Era mayor. Todo lo mayor que es un hombre de cuarenta y ocho años para un crío de diez. Treinta y ocho años nos separaban. Podía parecer una eternidad pero no fue así. Con el paso de los años acabé cultivando una gran amistad con ese hombre en el que las madres acabaron confiando y que fue mi mejor profesor para afrontar la juventud primero y la madurez después.

Tras recuperar el balón continué jugando con mis amigos pero cuando llegó la hora de volver a casa me hice el remolón poniéndome a mear sobre unos arbustos y después haciendo que anudaba mis playeros, primero uno, después el otro, con tanta parsimonia que los demás se cansaron y me dejaron solo. Aproveché para acercarme a Manuel. Me presenté y le pregunté quién era y si pensaba quedarse en ese banco toda la noche. Me miró con esos ojos suyos tan limpios y profundos como un pozo de agua clara y con voz suave y cariñosa me dijo que ya hablaríamos otro día, que estaba oscureciendo y mis padres se preocuparían si me retrasaba. Le hice caso y por la noche, en la cama, le di vueltas a la cabeza pensando que un hombre que le dice a un niño que se vaya a casa para que su madre no lo riña y sobre todo para que no se preocupe no podía ser peligroso.

Manuel quedó esa noche y las siguientes en el banco del parque donde también pasaba el día. Los vecinos, en especial las madres y también los padres, esos padres y madres que nunca pisaban el parque, comenzaron a atravesarlo para calibrar el peligro que podía representar el desconocido que había llegado a sus vidas sin una palabra, en silencio. Un desconocido limpio y con buen aspecto Y eso era muy sospechoso. Si por lo menos fuera un mendigo tendrían a qué atenerse.

Pasaban los días y en nuestro campo de juegos, donde siempre habíamos corrido con libertad, siempre había un adulto al acecho. Al cabo de una semana los vecinos decidieron hablar con el cura para que los ayudara a poner remedio a esa peligrosa situación. Hasta fue mi padre que ni pisaba la iglesia ni se hablaba con el cura. Lo obligó mi madre, los escuché reñir en su cuarto. Ella estaba muy preocupada y descargó en su marido, como hombre de la casa, la obligación de proteger a su hijo. El cura habló con Manuel y le ofreció cobijo en unas dependencias abandonadas que pertenecían a la iglesia. Él aceptó, según me diría años después, más para tranquilidad del barrio que por él mismo, pues le gustaba vivir y dormir al aire libre, hiciera frío o calor. Pero sabía que si el cura se convertía en su protector de alguna manera, la gente respiraría tranquila. Manuel adecentó la estancia en la que había un catre para dormir, un retrete y una ducha estropeada, y donde dormía solo si el tiempo era especialmente malo. Si hacía bueno, e incluso en las noches frías pero despejadas de invierno, prefería su banco.

Los niños, especialmente yo, estábamos contentos libres ya del miedo de nuestras madres. Teníamos un parque donde podíamos jugar al fútbol y al baloncesto, unos columpios desvencijados, un tobogán oxidado y a Manuel. Y nunca nadie más se sentó en su banco, porque se convirtió en “el banco de Manuel”, no sé si por ciertos escrúpulos o por respeto.

Las madres, aunque no conseguían entender cómo un hombre de tan buen aspecto y trato afable viviera como un vagabundo, comenzaron a preocuparse por él y aunque nunca se lo daban directamente, ante la puerta de la dependencia abandonada de la iglesia solían aparecer bocadillos, fiambreras, bizcochos caseros, alguna toalla, pastillas de jabón y hasta algún frasco de colonia.

El cura, maravillado porque Manuel hubiera sido capaz de arreglar la ducha rota desde hacía siglos y dado un aspecto inusitado de limpieza al retrete, después de hablar con él acerca de sus conocimientos para buscarle un trabajo, algo que él rehusó, lo recomendó a los vecinos para realizar pequeñas chapuzas.

Las madres, aunque recelosas, fueron abriendo poco a poco las puertas de su casa a ese hombre del que nadie sabía nada pero que arreglaba con destreza enchufes rotos o la fuga de un fregadero, instalaba un tendedero nuevo o colgaba una lámpara, todas esas cosas para las que sus maridos nunca tenían tiempo.

El único que llegué a conocer su vida anterior fui yo. Manuel hablaba poco y solo cruzaba con los vecinos los saludos de rigor. No sé por qué me aceptó a mí, a un crío de diez años. Al día siguiente de su aparición me volví a acercar a él y seguí acercándome todos los días mientras dejaba de ser un niño para convertirme en un adolescente confuso y larguirucho primero, en un joven inquieto después y en un adulto, según dicen un tanto especial, más tarde. No es que sea raro, es que soy diferente. Mejor dicho, soy como los demás pero pienso un poco diferente. Por lo demás no se me distingue del resto de los mortales. Pero Manuel me decía que era especial y yo lo creía. Lo creía y me sentía feliz a su lado.

Manuel pertenecía a una buena familia, entendiendo por buena familia una familia con posición y dinero. Algo que siempre me llamó la atención ya en el colegio, cuando se decía que los hijos del médico, del alcalde o del farmacéutico eran hijos de buena familia. Luego conocí a Quique en la universidad, de familia rica, aunque no buena precisamente. Su padre es un animal sin sentimientos y su madre una estúpida ricachona a la que solo le importa la apariencia y lo que digan los demás. En cambio yo pertenezco a una familia humilde y tuve que estudiar con becas. Mi madre se dedicó toda su vida a la casa y a cuidarnos a mí y a mis tres hermanas pequeñas y mi padre a trabajar en la fábrica por un salario que nunca llegaba. Pero siento que pertenezco a una buena familia, porque mis padres son personas honestas, trabajadoras, amables y unos padres excelentes. Todo esto no lo pensé yo solo, me ayudó a pensarlo Manuel. El había huido de un mundo en el que no se encontraba a gusto. Un accidente mortal, cuando su madre se desnucó tras empujarla su padre, lo hizo tomar una determinación que vivía latente en su mente desde hacía años. Tras el entierro, abandonó su casa, su trabajo de despacho lujoso, su vida de apariencia feliz, de hipocresía. Abandonó un mundo del que abominaba. Por suerte no se había casado ni tenía novia, por lo que solo haría daño a su padre, al que le dolería más su ausencia, la ausencia del hijo único, del heredero de su imperio, que cualquier otra acción o palabra. Poseedor de una buena suma de dinero decidió viajar en busca de su lugar en el mundo. Recorrió y vivió en varios países de África, de Asia y de América del Sur. Nunca países ricos, no le interesaban. Ayudó a construir escuelas poniendo dinero y ladrillos, enseñó a leer y a escribir, financió los estudios de varios jóvenes, pagó y trabajó en la instalación de pozos de agua, concedió micro créditos a mujeres emprendedoras, cosechó amigos, se acostumbró a vivir con lo mínimo, aprendió a realizar todo tipo de chapuzas y se habituó a dormir al aire libre. Pero no acababa de encontrar su lugar en el mundo.

Un día, pasados veinte años desde la muerte de su madre, sintió la necesidad de volver al origen, a la tierra. Su padre había fallecido años atrás y a través de gestores había liquidado su herencia que invirtió en un par de hospitales. Aún le quedaba dinero pero no lo necesitaba. Recaló en nuestro barrio por casualidad. Me contó que esa mañana había caminado mucho y cuando se sentó en el banco sintió una sensación desconocida y placentera, como si el banco se amoldara a la perfección a su cuerpo. Supo que había encontrado lo que llevaba tanto tiempo buscando. Luego, cuando al salir del colegio mis amigos y yo fuimos al parque quedó encandilado viéndonos trotar por un terreno salvaje de tierra y piedras, arrastrando nuestro balón entre los pies o tratando de hacerlo pasar por el aro de una desaparecida canasta. Cómo le hubiera gustado a él tener una infancia así de sencilla y feliz. Su infancia, en cambio, había sido un encadenamiento de enseñanzas: la reglamentaria, el piano, el tenis, la natación, el saber estar en la mesa comiendo incluso el marisco con cuchillo y tenedor, el mostrase ante los demás como una familia perfecta y feliz mientras su madre utilizaba mil y una tretas para ocultar los moratones… Siempre se había sentido fuera del ambiente en que le tocó vivir, como si lo hubieran cambiado al nacer. A mí sus charlas me hacían pensar porque me pasaba lo mismo pero al revés. A mí me hubiera gustado pertenecer a lo que se entiende por una “buena familia”. Imaginaba mi niñez llena de libros con unos padres que me hablaban de Alejandro Dumas o de Charles Dickens, que me llevaban a museos a admirar la obra de los grandes pintores y que me pagaban clases de piano. Y con una chacha, de niño me llamaba mucho la atención lo de tener una chacha. No muchas criadas, ni siquiera una por horas, más bien una chacha de esas que acabas llamando tata y que forma parte de la familia. Aunque nunca serán familia, me decía Manuel. No te engañes Tato, las criadas, las llames como las llames, siempre serán criadas, las que sirven, las que visten la casa en una visita, las que molestan cuando finaliza la comida o la merienda y empiezan las conversaciones.

Manuel me abrió la mente y me enseñó a ver las cosas con otros ojos, a reconocer la suerte que había tenido con unos padres que no relegaban mi cuidado a otras personas, que me llevaban al cine o de paseo, que me permitían hablar y reír en la mesa, que me daban un beso de buenas noches…También el jugar con libertad en la calle con mis amigos, casi unos hermanos. Disfrutar de unos vecinos casi familia. Me hizo ver mi vida de otra manera. Al principio no lo entendía, no entendía que hubiera renunciado a una vida lujosa, que me dijera que yo era más rico que él. Muchas cosas que fui comprendiendo a medida que avanzaban los años y daba mis pasos independientes en la vida. Manuel se convirtió en mi mentor, en la persona a la que le contaba todos mis problemas, problemas que en su mayor parte desaparecían en cuanto salían de mi boca. Siempre lo recordaré. A él y a su banco, donde ahora estoy llorando porque se ha ido el mejor amigo que tuve y tendré nunca. Me queda el consuelo de que murió feliz, viviendo como eligió, sin imposiciones, con libertad, por mucho que resulte difícil entender que la felicidad de un hombre resida en un banco del parque. Pero si algo tengo claro gracias a sus enseñanzas es que cada persona tiene su lugar en el mundo y a menudo ese lugar es difícil de encontrar.

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Crónica de un traslado - Marga Pérez




Que el cielo es un lugar de paso lo sabe a la perfección nuestra protagonista de hoy. Nació en 1882 en el número 807 de la calle Franklin de San Francisco y es conocida popularmente como “The Englander House”. Si, hoy nuestra protagonista es una casa, pero no una casa cualquiera, es una enorme vivienda color verde pálido de dos plantas de estilo victoriano y casi 500 metros cuadrados de envergadura. ¡Qué bonita es ! La tenemos frente a nosotros. ¿Que por qué es nuestra protagonista? Pues porque su dueño ha decidido mudarse a un kilómetro de aquí, cambiar de barrio, y ha encargado que se la lleven tal cual está, sin desmontar ni plegar... con todo su volumen. Mañana temprano la trasladan. Hoy sus vecinos le han organizado una fiesta de despedida tras 139 años en el barrio. Benjamin García, de American Family Radio F.M. con todos ustedes desde el 807 de la calle Franklin tomando el pulso del barrio.

- Joven, por favor, ¿qué le parece esta fiesta de despedida? - pregunta colocando la alcachofa frente a un grupo de jóvenes que intercambian billetes

- Las fiestas siempre están bien pero… despedir a una casa es bastante heavy.

-Freaky más bien- Apunta otro del grupo

- Pero...¿ estabais haciendo una colecta para la fiesta… ? -Pregunta el locutor-

Todos rieron abiertamente y no les quedó más remedio que contarlo

- Estábamos apostando a que mañana la casa se viene abajo. Cuatro contra dos

- Si -dice otro con los pantalones y los párpados caídos- Una casa no es una seta que se pueda sacar de la tierra y plantar en otro sitio, y esta es una mole ¡Cae seguro!

-Parece que confían poco en la empresa que mañana llevará a cabo las labores de traslado, dice el locutor separándose del grupo y buscando a alguien más proclive al evento.

-Señora, por favor, para American Family Radio… ¿Qué le parece esta fiesta?

-Pues una estupenda idea. La Asociación de vecinos es muy activa y se ha currado esta despedida. Mire, están vendiendo camisetas .Y se estira la que lleva puesta para que se pueda leer el mensaje :”Que la fuerza te acompañe” y la foto de la casa grabada junto a personajes de Stars Wars.

-Chula ¿verdad? También tienen gorras, paraguas, bolsas…

- Menudo montaje tienen… Oyen decir a otra mujer que pasa a su lado

-¿Qué pasa? ¿Le molesta? -Le pregunta a bocajarro la de la camiseta-

- Pues ya que me lo pregunta le tengo que decir que si. Yo soy vecina de este barrio desde hace treinta y cuatro años y no soporto que se nos quiera sacar dinero a costa de lo que sea ¿sabe?.La casa esa es muy bonita, si, pero ¿sabe cuanto cuesta llevarla siete manzanas más allá? Me han dicho que 400.000$. ¿Sabe cuantos bancos, farolas, semáforos, árboles… han tenido que quitar? Ni le cuento. Tienen que parar el tráfico durante toda la mañana y hoy ¡¡ESTO!! -Gritó bastante alterada -

-Pero ¿Qué es lo que le molesta de esta fiesta? -Pregunta Benjamin viendo cómo la gente se iba arremolinando a su alrededor.

-Pues que quieran hacer negocio a nuestra costa, a costa de nuestra tranquilidad, de nuestro barrio. ¿Sabe por qué no la tiran? Pues porque con toda esta parafernalia el ricachón del dueño saca mucho más... es una treta para enriquecerse más todavía. Este terreno se ha revalorizado mucho, sin la casa ya puede construir en altura y sacar hasta sesenta viviendas que venderá en un periquete con toda la publicidad que le estamos dando, y a precio de oro. ¿La fiesta? Todos sacan algo en esta despedida

- ¿No le parece muy retorcido todo eso?

- Sé de lo que hablo. La Asociación fue por todos los negocios intentando nuestro apoyo. Querían que vendiésemos en plan ambulante, por las aceras…Seguro que “contratados” por el dueño

- A usted no le interesó¿no?

- La verdad es que no me veo con el puesto de marisco al raso como una pescatera cualquiera, pero si vendiese pipas tampoco habría participado, se lo aseguro.

-Pues a mi me parece estupendo este cambio - Dice una mujer mayor agarrando el micro antes de que se lo quiten- Los viejos sólo podemos aspirar al derribo... A mi también me gustaría una segunda oportunidad, que me trasladen a un nuevo ambiente, con otra gente, que me vuelvan a valorar por todo lo que los años han añadido de valor a mi vida… Yo brindo por ella. Es todo un ejemplo para los que ya no somos jóvenes...

El barullo se hace notar. La entrevista se hace ya imposible. Los altavoces atruenan a voz en grito en cada puesto y la música crece cada vez más destemplada . . Benjamin García despide la grabación y deja al barrio disfrutar de su fiesta.

Al día siguiente, a las seis de la mañana, entre restos evidentes del botellón que se celebrara pocas horas antes, se despliega el operativo que la llevará a su nueva ubicación. The Englader Hause, ajena a todas las especulaciones, dimes, diretes y maniobras que el traslado ha generado entre sus vecinos se va en silencio muy digna, sin dar explicaciones. Se va como una señora.


A las diez de la noche Benjamín, sin haber pisado el 807 de la calle Franklyn, manda por email su crónica de sociedad para la edición del día siguiente. El redactor jefe le contesta en cuanto la lee:“Benjamín, me gusta tu crónica, derrocha imaginación pero, no es creíble. Estamos en California no en tu España querida. A mi también me hubiera gustado que el barrio despidiese con una fiesta a esta casa pero… esas cosas aquí no pasan. Hazla de nuevo, porfi”.

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No puede ser - Gloria Losada






La mañana en que comenzó todo no me di cuenta de que la radio despertador había sonado con la misma cantinela que la mañana precedente, la canción de Los Beatles Let it bee, pero cuando fui al baño y vi el paraguas abierto dentro de la bañera me pareció extraño. El día anterior había hecho un sol reluciente, estaba segura de que no lo había usado. Había llovido el otro día más y sí, había dejado el paraguas abierto dentro de la bañera para que se secara, pero a la mañana siguiente lo había recogido, estaba segura. De todos modos quise continuar mi vida sin darle más importancia al asunto, mas cuando abrí la nevera y vi que el jamón york de la semana pasada que estaba comenzando a tomar un sospechoso color verde y que había tirado a la basura sí o sí anoche al ir a cenar seguía allí… entonces me preocupé. Evidentemente ni por asomo pensé que estaba metida en un bucle temporal, eso solo pasa en las películas o en los libros, lo que creí era que se me estaba yendo la cabeza y que mi mente imaginaba que habían ocurrido cosas que en realidad no habían pasado jamás. En resumen, que me estaba volviendo tarumba. Esa sensación se acrecentó a lo largo de la jornada. Todo se repetía. Manolo el carnicero me saludo cuchillo en alto cuando pasé por delante de su negocio, en el trabajo la mesa estaba ocupada con los mismos papeles, me torcí el pie en la acera al llegar a casa, el ascensor estaba estropeado y la vecina cotilla del segundo abrió la puerta justo cuando yo pasaba por delante, de comer tenía una ensaladilla que ya me había comido y en la televisión echaron la misma programación.

A la mañana siguiente, cuando me despertaron Los Beatles, intuí, como así fue, que todo comenzaba de nuevo. Ese día no fui a trabajar, en lugar de ello me dirigí al parque y me senté en un banco a pensar. Tenía que haber algo que yo pudiera hacer, alguna treta para burlar el tiempo, alguien a quién acudir que pudiera socorrerme. Recordé aquella película, “El día de la marmota”, pero no me ayudó en absoluto, porque el protagonista no había hecho nada por salir del bucle, simplemente salió. ¡Qué horror!

Transcurrieron varios días y yo seguía en semejante tesitura. Mi desesperación aumentaba por momentos. Comencé a hacer cosas diferentes en un intento vano por cambiar el tiempo. Un día quedaba con una amiga y faltaba a la cita. Quedaba de nuevo al día siguiente para ver si por un casual me decía algo así como “ayer no viniste”, pero nunca pasaba nada, para el resto de mundo la vida era nueva, solo se repetía para mí.

Una tarde, sentada otra vez en el banco del parque que ya era casi como mi segundo hogar, me dio por llorar desesperadamente. Me importaba un pito llamar la atención. La gente me miraba y me preguntaba si estaba bien, yo seguía llorando sin contestar, hasta que una mujer ya entrada en años se sentó a mi lado, me echó el brazo por los hombros e insistió tanto en saber cuál era el motivo de mi desesperación que se lo terminé contando, aun a sabiendas de que me tomaría por chiflada. Pero mi sorpresa fue mayúscula cuando me respondió tranquilamente, cual si le hubiera contado la cosa más simple:

–Lo mismo me ocurrió a mí hace unos años –dijo–, durante siete semanas estuve viviendo en el mismo día. Vaya mierda. En mi desesperación decidí suicidarme, pero no resultó, al día siguiente desperté en mi cama. Me maté tres veces y como seguía viviendo al final tomé la determinación de disfrutar en vez de morir, así que al cuarto día de ver que en el infierno o en el cielo, no recuerdo, me devolvían a casa, en lugar de suicidarme me follé al vecino del quinto, que estaba casado y tenía cinco hijos, pero a mí me ponía que no veas. Santo remedio, hija, al día siguiente salí del bucle. La vida es así de puta, en cuando se da cuenta de que te empeñas en pasarlo bien, ya se encarga ella de pararte los pies. Pues venga, guapa, a ver si tienes suerte y sales pronto de esta, y si no, ya sabes, a disfrutar.

Se largó la buena mujer por dónde había venido y yo me quedé allí limpiándome las lágrimas y pensando. Fijé la vista en una seta de colores vivos que crecía cerca del banco. Seguro que era venenosa. Podía comérmela y probar el suicidio, pero no me apetecía morirme, además si la cuestión era pasárselo bien, no tenía mucho sentido visitar el otro barrio ni siquiera en viaje de ida y vuelta. Pues a disfrutar se ha dicho.

Salí del parque y me dirigí a una agencia de viajes. Allí le dije a la muchacha que me atendió que deseaba un viaje al lugar más paradisíaco del mundo. Me ofreció varios, más cerca, más lejos, más paradisíaco, menos....al final me decidí por las Bahamas. Eso de estar al sol en una hamaca tomando un cóctel y escuchando las olas me llamaba mucho. Me gasté el sueldo de tres meses en el puto viaje. Después me fui a un restaurante y pedí marisco, mucho marisco y variado. El camarero flipaba, creo que no solo por cómo estaba engordando la cuenta, sino también por todo lo que cabía en mi estómago. En la comida me gasté el dinero que me quedaba. De camino a casa fui cavilando en a quién follarme. No tenía novio, ni siquiera follamigos, y pensando, pensando, el tío que más me ponía era Manolo el carnicero. Me ponía bastante verlo cortar la carne con sus cuchillos afilados y aquella sonrisa que me dedicada cuando me entregaba lo comprado. Claro que tenía mujer y dos hijos, pero total, nadie se iba a enterar, ni siquiera él, y aunque jamás me había dicho nada en plan insinuante sus miradas me decían que yo le gustaba un poco. Así que aquella misma tarde, cuando sabía que la carnicería iba a cerrar, allí me aposté. Manolo estaba recogiendo y me dijo que no eran horas, no de malas maneras ni mucho menos, al contrario, con resignación lo dijo. Yo le respondí que no quería carne, que esta vez se la iba a dar yo. No me anduve con mucho preámbulo, me metí detrás del mostrador y le estampé un beso en los morros que hasta a mí me sorprendió. Al principio se resistió un poco, pero enseguida se abandonó. Lo arrastré a la trastienda y allí echamos un polvo impresionante casi sin mediar palabra. Nunca había sido yo de “aquí te pillo, aquí te mato” pero confieso que fue el mejor polvo de mi vida. Cuando terminamos nos vestimos de prisa y yo me largué como alma que lleva el diablo. Cuando salía por la puerta lo oí preguntarme si nos volveríamos a ver. Sí claro, pensé, con un poco de suerte nos veremos de nuevo cuando te venga a comprar un pollo o unos bistecs.

Aquella noche me acosté esperanzada, con el estómago un poco soliviantado por la comilona y pensando en el viaje que nunca haría y en Manolo. Me despertaron los resultados de la primitiva del día anterior, por fin había salido del bucle, cuánta razón tenía la vieja. Definitivamente pude volver a mi vida normal. Me resigné a no viajar a las Bahamas, puesto que no podía gastarme tanto dinero en un viaje y pisé la carnicería de Manolo con miedo, pero no pasó nada, o eso creía yo, porque de esto ya han transcurrido unos cuantos días y sin embargo ayer fui a comprar unas chuletas y cuando salía Manolo me dijo, “hoy cierro a las ocho” y me guiñó un ojo. Miedo me da. Creo que voy a cambiar de carnicero porque Manolo me gusta pero no puede ser.

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Mariscada - Marián Muñoz




¡Culos, sí culos! Con culos se despertó el jueves medio país, aparecían en la pantalla del televisor, del móvil y de la tablet. Nadie supo decir de quien eran ni donde estaban, un video cortito aparentemente grabado con un móvil sin sonido, se veían cuatro culos, tres de hombre ya maduros y uno de mujer. Los canales de televisión y las radios encargaron a sus mejores profesionales investigar su procedencia, intento fallido, ni siquiera el equipo de investigación de la sexta o los de maldita, lo único averiguado que fue bajado de la nube, tal vez por un hacker ávido de gastar una gran broma guarra.

Ningún implicado se dio por aludido, tal vez tuvieron suerte de no verse ya que fue motivo de chanzas y debates sesudos en muchos programas. En las imágenes se ve un plano abierto de cuatro personas en hilera bajándose los pantalones mientras una anciana asustada abre un paraguas ocultándose tras él por tan indecorosa escena. A continuación el objetivo mediante zoom se acerca a uno de ellos, lo que de lejos parecía una gran seta se aprecia con nitidez un buen pegote de caca manchando la nalga y el calzoncillo de su propietario. El siguiente culo muy peludo discurre de pasada. El tercero también de hombre, algo más fino o terso que el resto se ve un pequeño churrito oscuro que aparece entre las nalgas, sin duda mierda, caca o heces, o como quieran llamarlo. La situación es peculiar, tras mostrarnos dichas imágenes todos se agachan y el video se distorsiona y termina.

Dos semanas han pasado ya de la publicación, dos semanas de hipotéticas respuestas y prolíficos debates sobre si reconoceríamos a nuestra familia o amigos mirándoles el culo, en fin, menos mal que cayó en olvidó y ahora sí puedo contarte con pelos y señales lo que realmente ocurrió porque sencillamente fui el provocador de la escena y su grabación.

Me lo había advertido mi mujer ¡tu treta no dará resultado! pero tenía que intentarlo.

El negocio de hostelería iba muy bien gracias a los consejos de mi hija, desplazada en Copenhague mientras hacía su doctorado, renové la barra, las mesas mucho más modernas y unas lámparas chic que me costaron un pastón pero que consumían muy poco. A la gente les gustó el local, la decoración y los platos que servíamos, se hizo trending topic y había colas para sentarse. Tuve que contratar más personal y el esfuerzo económico empezó a surtir efecto. Las letras de los muebles y la vajilla así como el nuevo chef resultaban caros pero si continuábamos así en un par de años pagaríamos todo y comenzaríamos a ganar dinero. Mientras tanto gracias al esfuerzo de mi mujer trabajando en una empresa de limpiezas pudimos salir adelante en casa.

¡Y se cruzó la pandemia! nos obligaron a bajar la persiana, nos dieron el caramelito de cocinar para llevar y todo desde la puerta, sin entrar para nada al local, en el exterior apenas tenía espacio para un par de mesas, desgraciadamente los ingresos dejaron de entrar y tuve que enviar al paro al personal. Yo solito tuve que hacer de cocinero, camarero, de limpiador e incluso algunas veces de repartidor de comida, hasta que un día cerré por saturación, por el agobio de mis deudas y un futuro incierto del que nadie se quería hacer cargo pero al que me obligaban. Las letras seguían llegando y con los ingresos de mi mujer no podíamos pagarlas, estaba desesperado y se me ocurrió un plan.

La idea no era tan mala, habíamos dejado el confinamiento atrás y mis compañeros y yo abríamos tímidamente con la esperanza de que el sacrificio hubiera valido la pena y empezar con ganas una nueva etapa, con todas las precauciones aconsejadas pero intentarlo al menos. Más los políticos no se aclaraban y lo que un día nos permitían al otro no, un caos total y empufado como estaba decidí pedir un crédito para pagar mis deudas, empezar de cero y poco a poco retomar la actividad. Al director del banco le conocía desde hace tiempo y al resto de la plantilla de saludarles cuando venían a desayunar al local. Le hice una visita concertada, rellené los papeles para solicitar el préstamo y además, haciendo gala de buena voluntad invité a marisco a toda la plantilla. Estaba gastando mis últimos cartuchos pensando que era una buena manera de ganarme su aprobación y por supuesto el crédito solicitado. Ni que decir que se pusieron morados tanto por el morapio como por los crustáceos, la mariscada me salió cara pero el objetivo lo creía asegurado.

Llegó el día de acudir al banco para recibir el dinero, el director me llamó a su despacho y tras cerrar la puerta y un montón de palabras vacías me informó que rechazaban mi solicitud. No podía comprender sus motivos, que si no era un negocio solvente debido a la pandemia, que si los ingresos del último año eran irregulares, que si apenas tenía espacio para terraza y tardaría en abrir el interior, en fin que se me cruzaron los cables y empezamos a gritar. En su ayuda llegó el subdirector de la sucursal y el comercial, entre los tres me empujaban hacia la salida y yo intentando quedarme para que me dieran mi crédito. Menos mal que en aquel momento en la oficina sólo había una anciana y una chica joven, me miraban como si estuviera loco, ¡sí, lo estaba! pero ya casi en la puerta consigo calmarme, me suelto de ellos con un gesto de disculpa y cuando la situación ya se había tranquilizado al coger mi pañuelo del bolso y secarme el sudor de la frente noto que tengo la pistola con la que había estado jugando con mi hijo antes de ir al colegio.

La saco y entonces cambiaron las tornas. A sus rostros les faltó el color, haciéndome dueño de la situación les conminé a ir hacia la caja, a los tres, ordené a la cajera ponerse al lado de ellos y apuntándoles con el arma pedí que se bajaran los pantalones y cagaran todo el marisco comido que me habían robado. Juro que no era yo, que no sé qué me pasó por la cabeza pero estaba tan cabreado que lo dije. Se miraban unos a otros asustados, aprovechando mi posición de fuerza le pedí a la chica joven que cogiera el móvil y los grabara. Volví a apuntarles conminándoles a bajarse los pantalones diciendo: ¡De mí no se ríe nadie! Y lo hicieron, ¡vaya si lo hicieron! me asusté cuando la señora mayor abrió el paraguas dicen que trae mal fario, pero me daba igual. Los tenía de frente y no veía sus nalgas, pero solamente viendo la cara de la muchacha valió la pena. Volví a gritarles que cagaran y tan nervioso estaba que le di al gatillo del arma, encendiéndose las luces y el sonido de la pistola de juguete, del susto se agacharon aún más pero rápidamente se repusieron al ver que no era de verdad.

En unos segundos la situación se me fue de las manos, la cajera que llevaba rato apretando el móvil la vi llamando al 112, de un manotazo lo tiré al suelo y les grité ¡ni policía, ni seguridad, ni hostias! aquello lo íbamos a resolver entre los cuatro, comuniqué haberles grabado mientras estaban pedo en mi local, contando cómo el director se tiraba a la cajera a espaldas de su esposa, cómo el más mayor tenía relaciones con el hijo menor de edad del dueño de la gasolinera cada vez que iba a repostar, cómo el subdirector birlaba dinero de caja y por eso las cuentas nunca cuadraban, no por un error informático. Ese sí fue mi momento de gloria, la falta de color en sus caras indicó que acerté de lleno y exigí mi crédito.

Una vez concedido cogí el móvil a la chica y borré la grabación sin verla, lástima que ya la había enviado a la nube aunque no volvió a acordarse de lo sucedido, es sabido que estos chicos de ahora tienen memoria de pez. La pandemia parece que está dando algo de tregua y tengo a todo el personal trabajando fuerte para poder recuperarnos, el crédito lo estoy pagando en cuotas más bajas de lo esperado pero yo cumplo siempre que me dejen.

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El cambio necesita otra educación - Marga Pérez






Con un gran cartel “Políticos, iros a tomar conciencia” Juan García fue recibido en el Centro de Sensibilización y Reeducación Política que le correspondía. Sabía dónde estaban situados los radares fijos , fue lo primero que le enseñaron al salir elegido y poner los pies en el Congreso, pero alguno de los móviles le había jugado una mala pasada.

Los radares se convirtieron, después de años y legislaturas conflictivas, en los dispositivos tecnológicos más efectivos para determinar la buena voluntad de los políticos, su actitud frente al contrario, su capacidad para resolver problemas... Tomaban nota de todo lo que decían para, a través de un sofisticado proceso psico-informático, detectar al político que no estuviera mentalizado de lo que implicaba ser un servidor público. Si era así se le daba la oportunidad de ser reeducado. Todos sabían que había llegado el momento de trabajar por y para el pueblo, de desterrar el quítate tu para ponerme yo, de dejar a un lado los intereses personales y de partido… la sociedad así se lo demandaba. El pueblo no estaba dispuesto a seguir manteniendo a políticos ineptos, corruptos y sinvergüenzas. Esa época estaba más que superada.

Sólo tenían tres oportunidades, si el radar captaba expresiones que impedían el acuerdo, favorecían bloqueos o enmarañaban los avances, el político era carne de reeducación. Los que reincidían tres veces tenía que dedicarse a otra cosa, estaba claro, la política no era para ellos.

Juan García era la primera vez que acudía a un centro de estas características. Sabía lo que implicaba no superarlo y estaba , más que nervioso, expectante . Entró a una habitación a oscuras. Pequeñas luces en el suelo le indicaban el camino a seguir hasta llegar a una especie de cubo con luz propia. Cuando se sentó en el , quedó totalmente a oscuras, las luces desaparecieron. El cubo era de un material que le permitía hundirse de tal manera que quedaba recostado sobre un molde de su propio cuerpo, con la cabeza apoyada , las piernas estiradas y los pies sobre otro cubo más pequeño que, enseguida, adoptó la forma de sus pies. Estaba en la gloria. Podían contarle todo lo que quisieran porque en esa posición podría estar toda la vida…. La habitación en la que se encontraba era grande, de techos muy altos y paredes blancas. La vio cuando, desde algún sitio, proyectaron un inmenso cielo azul que llenaba todo el espacio de luz mañanera. Juan García se vio en medio del cielo sintiendo el calor solar que le acariciaba. No se oía nada. Pasaban nubes… A lo lejos algo se iba acercando. Empezaba a oír graznidos lejanos que crecían poco a poco. Eran gansos volando en formación de V… “Los científicos han descubierto por qué los gansos vuelan juntos formando esa V, todo el grupo aumenta, al menos un 70% su poder de vuelo, en comparación a si lo hiciera un ganso solo. Los gansos que van detrás producen un sonido para estimular a los que van delante para mantener la velocidad, les van dando ánimos, porque el esfuerzo del que va en la punta siempre es mayor. Cuando el líder se cansa, uno de los de atrás toma su lugar”

Entre graznidos destemplados, Juan García escuchaba la explicación y veía cómo, una y otra vez, los gansos se iban turnando en el vértice de la V y cómo los demás gritaban animando a su compañero mientras recorrían kilómetros y kilómetros en busca de tierras más cálidas y alimento. Más de una hora estuvo observando ese peculiar vuelo… SIN COLABORACIÓN NO HAY FUTURO, con esta frase se fueron perdiendo en el horizonte y los graznidos desaparecieron. La sala volvió a quedar a oscuras y enseguida otra proyección introdujo a Juan García en otro ambiente bien distinto. Agua por todas partes. Al desaparecer el sol la temperatura de la sala también bajó y, no sabía por qué, pero sentía una mayor humedad en el ambiente. Un banco inmenso de peces irrumpió lleno de movimientos sincronizados. Una voz en of explicaba cómo los peces se unían para protegerse de los depredadores y ahorrar energía al recorrer largas distancias. Al moverse de forma sincronizada iban más rápido, gastaban menos energía y necesitaban menos alimento. Su supervivencia aumentaba al agruparse. Más del 25% de las especies de peces se organizaban en bancos… Juan García estaba absorto viendo los bruscos movimientos que realizaban todos a la vez, sin chocarse, sin perder el ritmo, hacia arriba, hacia abajo, juntándose, separándose… Era como un baile sin nadie que dirigiese, todos actuaban, sabían qué hacer … Estaba entrando en un estado casi hipnótico cuando el banco desapareció dejando el mismo mensaje: SIN COLABORACIÓN NO HAY FUTURO

Sin pasar por la pausa de la oscuridad se proyectó un paisaje polar, blanco, frío, inhóspito. El viento helador del invierno antártico levantaba polvo de nieve alrededor suyo. La temperatura de la sala también bajó. Juan García sintió cómo un aire frío subía desde los pies hasta su rostro, se respingó. Entre tanto polvo de nieve revoloteando entre hielo empezó a distinguir una masa oscura. Una inmensa masa oscura en continuo movimiento. Eran pingüinos emperadores. Machos incubando un huevo entre sus patas, dándose calor para no morir a menos de 50 º bajo cero, a la intemperie, y con vientos de más de doscientos kilómetros hora dando sobre sus cuerpos. Miles de pingüinos que formaban una inmensa melé en continuo movimiento buscando el calor de todos ellos. El movimiento era rotativo, todos pasaban por los mejores y los peores puestos. El viento polar, el frío, era el problema que les llevaba a actuar así… Después de más de media hora observando a los pingüinos moviéndose entre viento polar, Juan García daría algo por tener a su lado a otros como él que pudiesen darle calor. Estaba helado. Los dientes le castañeteaban... De forma brusca la sala se quedó en silencio, todo se apagó, estaba a oscuras… Juan García esperaba que sucediera algo pero, pasaban los minutos y, no sucedía nada.

- Eh, ¿qué pasa? ¿Hay alguien? - Dijo perplejo

Varias voces contestaron casi a la vez

-Si, estoy aquí.

Cinco personas, como el, estaban haciendo el curso de reeducación. No se habían visto, no se conocían y no sabían qué era lo que estaba pasando, qué hacían allí a oscuras y muertos de frío.

Juan García se levantó y, a gatas, se dirigió hacia la voz que oía más cerca. Los demás hicieron lo mismo y enseguida estuvieron todos sentados en el suelo tratando de entender la situación. Gritaron pidiendo ayuda. Buscaron interruptores de luz, puertas, ventanas. Nada. Estaban en un cajón hermético y nadie les oía. Ellos eran su única ayuda.

Les llevó más de seis horas cambiar su actitud y, juntos, encontrar la salida. Confiar en personas que no conocían de ante mano fue el mayor escollo que tuvieron salvar para que el equipo funcionase, pero lo consiguieron y encontraron la forma de salir de aquel agujero. Fuera, ya sabiendo que eso formaba parte del curso que estaban realizando, se presentaron, todos eran políticos, ninguno del mismo partido y, dos de ellos, enemigos declarados. Antes de separarse tomaron unas cervezas, querían conocerse, seguir juntos. Habían roto la barrera que los distanciaba y ya nada impedía su cercanía. Juan García les confesó entre risas que de buena gana hubiera hecho con ellos lo mismo que hacían los pingüinos, otro reconoció que había visto los cielos abiertos cuando se dio cuenta de que no estaba solo...

Se despidieron felices y confiados en el mañana, tenían claro qué era lo que sentían en ese momento . No lo iban a olvidar.


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Hijos de puta - Marga Pérez

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Sólo los muertos son gente de fiar, decía mi abuela mientras yo la miraba ojiplática ¿Cómo un muerto puede ser alguien de fiar si está muerto? - pensaba- Ahora lo entiendo, si, si, y pienso lo mismo que ella...

Hace unos días me llamó por teléfono una mujer. Me llamó por mi nombre y sabía también mis apellidos. Sabía muchas cosas de mi… Que era madre soltera, que mi hijo estaba entrando en la adolescencia, que hacía varios meses que estaba en paro, que la empresa en la que trabajaba había cerrado como consecuencia de la pandemia, que me quedé en la calle, sin indemnización, con deudas… sabía que estaba desesperada.

-¿Qué quiere de mi?- Le dije.

- No quiero nada, soy yo la que quiero hacer algo por usted…

- No entiendo…

- Es muy sencillo. Estoy enferma, en fase terminal… Me muero y no tengo a nadie a quien dejar mis bienes…

- No sabe cuanto lo siento...y yo ¿qué pinto en ésto?

- Quiero hacerle una donación. Dejarle a usted mi dinero.

-¿A mi? No entiendo por qué, no me conoce de nada…

- Usted me recuerda a mi misma. Hubo una época de mi vida en la que lo pasé muy mal. Ya mayor, tuve la suerte de conocer al que luego fuera mi marido y mi suerte cambió… Murió hace dos años y quedé sola, cargada de dinero y muy enferma… el cáncer, ya entonces, sabíamos que no tenía solución.

- No me estará tomando el pelo ¿verdad? - Le dije, sintiendo que estas cosas podían ser reales y que también podían pasarme a mi.

- No, claro que no. Cuando miras a la muerte a los ojos se te quitan las ganas de tomar el pelo a alguien que lo está pasando mal… No tendría perdón de Dios… Creo que puedo ir al infierno y no me seduce la idea… ¿Sabe? Soy creyente, como usted, fue lo que me convenció de que era la apropiada … No sé si le dije que quiero que usted reparta parte de mis bienes, unos 300.000€, entre personas necesitadas… Lo demás, unos 800.000€ serán suyos.

- ¡Claro! No hay problema…

- Estuve más de un año buscándola y ahora sé que es usted la indicada, que no me equivoco al ofrecérselo…

- Gracias, gracias – Le interrumpo ya convencida- haré las cosas lo mejor que sé, puede confiar en mi, se lo aseguro.

- No podemos perder el tiempo, no me queda mucho... me temo que si no dejo arreglada la donación el estado se quedará con todo. Mi abogado espera su llamada para formalizar el papeleo, le paso por was el número, el le indicará todo lo que desee saber. Yo ya puedo descansar en paz, gracias Atípica, ha sido un placer encontrarte a tiempo, disfruta mucho.

- No hay de qué, señora, la agradecida soy yo, se lo aseguro. Siento que no nos podamos conocer mejor… bueno… descanse... gracias, gracias... muchas gracias- Menuda película que montamos -


Sentí de golpe un gran alivio. Dejaba de tener sobre mi cabeza la espada de Damocles que me acompaña desde que decidí seguir yo sola con el embarazo. Sentí la tranquilidad de saber que cuento con mucho más de lo que necesito, la generosidad de quien nada en la abundancia, la paz de sentirme por fin protegida, la felicidad de la siempre metepatas que, no sabe cómo, pero tiene un golpe de suerte y gana…

Tenía previsto llamar al abogado nada más colgar pero, de sopetón, me puse a soñar. Si, soñar con lo que haría con esa burrada de dinero... Vi la casa de mis sueños... el negocio que nunca pude montar... los estudios que haría mi hijo... la ropa, los viajes, los amigos que tendría… Pero sobre todo vi el cuadro que me había dejado mi abuela en herencia, lo único de valor que ella tenía entre trastos y muebles apolillados en la casa del pueblo y que tuve que empeñar, hace ahora seis meses, para poder seguir pagando los recibos. Estaba tasado en más de treinta mil euros pero sólo me dieron diez mil… Gracias a el vivíamos. No lograba perdonarme. ¡Podría desempeñarlo! Deshacerme de él fue como perder a mi abuela. Ahora volverían a estar con nosotros. No voy a negarlo, estaba como unas castañuelas.

En ese estado de euforia llamé al teléfono que me había pasado y quedé con el abogado en estudiar los documentos que me mandaría por email.

Sobre la marcha llegaron DNIs, de la donante, del abogado, del bufete… todo parecía claro y legal. El tenía prisa en que le mandase mi DNI, la donante estaba muy mal. Yo también tenía motivos para darme prisa, así que lo envié...Cuando me pidió 500€ para acelerar los trámites legales y poder disponer cuanto antes del dinero, me pareció una bagatela, en breve tendría más de un millón... hice la transferencia sin dudarlo y éso que era lo último que nos quedaba del cuadro… … … … … … ...


Cuando era pequeña y no quería ir al cole, recuerdo que le decía a mi madre : ¿Por qué me despiertas si todavía no he soñado? Despertar a la realidad de haber sido engañada, me he aprovechado de ti y me importas un carajo, no compensa, os lo aseguro, aunque hayan avivado nuestros mejores sueños. Hay mucho hijo de puta… Pues éso, que sólo con los muertos.



 

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Quítate tú pa ponerme yo - Marian Muñoz

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La tarde estaba resultando entretenida pese al mutismo de Sonia, había elegido la Universidad Laboral de Gijón para pasear y contarle un poco la historia del monumento, notaba en sus ojos haber despertado interés y parecía que empezaban a conectar. Era su cuarta tarde y Raúl atisbaba respuestas en sus gestos y en su postura al caminar, lo sentía, eran como cualquier par de amigos compartiendo un rato de sábado aunque ella no articulase palabra. Se le ocurrió subir a la torre y ver la ciudad desde su mirador, a esa altura los problemas siempre parecen más pequeños y se relativizan, quizás ayudara a la muchacha.

Al salir al mirador el viento remolineaba su melena alrededor de la cabeza sin perturbarle la visión, miraba fijamente a un punto como si en lontananza algo hubiera llamado su atención. Raúl se giró un momento para indicarle el Jardín Botánico cuando por el rabillo del ojo sintió como Sonia se subía al muro, se sentaba con las piernas colgando hacia el vacío y miró los 130 metros que la separaban del suelo. Le dio un vuelco al corazón y a pesar de sus prácticas veraniegas en una ONG y las clases de la facultad, nunca se había enfrentado a un suicida, no sabía cómo abordarla para que bajara y no ocurriera una desgracia.

La idea había partido del doctor Reverte, psicólogo de la Residencia Madre Tierra para personas con problemas psicológicos, el muchacho había sido su paciente durante cinco años y tras superarlos había encarrilado su vida hacia la medicina, en concreto quería ser psicólogo y ayudar a otras personas como hicieron con él. Aunque su tratamiento había terminado se veían una vez al mes como una charla entre amigos, mientras él le pedía consejo el doctor aprendía los resortes que su paciente utilizaba para superar su enfermedad.

Sonia había llegado en muy mal estado, no hablaba ni se comunicaba con nadie, estaba siempre ausente a pesar de no tomar medicación. La terapia no funcionaba como estaba previsto y viendo al chico tan maduro y tan decidido en ayudar le sugirió pasar una tarde con ella. Primero por los jardines del centro y según su respuesta por lugares cercanos que no tuvieran ocasión de peligro.

Raúl nervioso empezó a hablar a trompicones, se trababa pero aún así seguía hablando para que le mirara, para intentar que le agarrara la mano y bajara, para que depusiese su actitud y retomaran la tranquila tarde que estaban disfrutando hacía apenas cinco segundos, porque ese fue el lapso en que todo cambió. Empezó a cantar y atrajo su atención, no lo hacía mal aunque su voz salía en un hilo muy fino. Cuanto más se concentraba ella en la canción él recuperaba fuerzas, logrando que cantaran juntos y acercándole la mano le pidió cantando que bajara.

Se giró lentamente y se sentó mirando hacia él, ese sólo movimiento puso en alerta al chico a la vez que le relajó, siguió hablando animándola a bajar y escenificando una nueva canción recuperó nuevamente su interés. No sabía que pasaba por su mente pero sin duda el cantar lograba desconectarla de su yo interno devolviéndola al instante que estaban viviendo. El pelo seguía golpeando la cara de Sonia que con un pequeño gesto lo apartó, gesto que aprovecho él para agarrarla y tirando de ella cayeron al suelo del mirador abrazados. El momento lejos de ser tenso logró calmarles, se pusieron de pie y con el susto aún en el cuerpo bajaron en el ascensor hasta el patio de la Universidad, donde sentados en un escalón ella empezó a hablar. Primero con voz tenue y débil que iba tomando potencia según continuaba hablando.

-Quiero acabar con todo, no puedo vivir así, es mejor que me vaya y todos dejarán de sufrir por mí.

-¿Crees que porque te hayas ido no sufrirán, no les dolerá tu recuerdo y se sentirán culpables de tu ida? Estas muy equivocada a los que importas sufrirán mientras vivan por no haber podido ayudarte y sobre todo por no saber cual era tu problema.

-Todo el mundo decía que era afortunada, que era maravillosa mi situación, que todos daban cualquier cosa por estar en mi lugar, pero nadie, nadie sabía lo que me pasaba y a nadie le importaba a pesar de que lo estaban viendo día a día, me quejaba pero cómo me iban a creer, yo siempre era la mala.

-Vale, te escucho, yo si te creo pero si no me cuentas no te puedo ayudar.

-Nadie me puede ayudar, ya no, es muy tarde.

-Mira, si pones palabras a tu dolor éste será más leve y quizás puedas seguir viviendo y hasta superar lo que sea que te pase.

-Vale, tú lo has querido, te lo voy a contar, pero por favor no me interrumpas porque me duele sólo de pensar en ello.

-Claro ¿qué te parece si vamos a la cafetería para estar más cómodos?

-No, lo que tengo que contar no es cómodo y prefiero estar aquí, alejados de todos.

-Bien como tú digas.

-El primer recuerdo que tengo es de los siete años, cuando íbamos a hacer la Primera Comunión, hasta ese momento creo que era feliz, una niña normal con una amiga especial que era mi hermana gemela. Todo lo hacíamos juntas, dormir en la misma habitación, vestir la misma ropa, ir a la misma clase y tener las mismas amigas. No recuerdo si era genial pero era lo que había. Aquel día nos habíamos preparado a conciencia, aprendimos bien el catecismo, bueno, yo sí ella no tanto, el vestido era el mismo para las dos, como en casa teníamos una etapa difícil económicamente comulgó un día antes que yo, y ahí empezó todo porque rompió el vestido. Mi madre intentó remendarlo y que no se notara pero al no ser modista el zurcido era muy basto y todos se fijaron en mi traje.

Después de aquello empezó a meterse conmigo en casa, a romper mis cosas y al responderle siempre me pillaban, se hacía la mártir y yo era la mala. Así fue con mi ropa, mis libros, cuando salíamos con amigas siempre me quitaba mi asiento diciendo “Quítate tú para ponerme yo” y me tiraba al suelo riéndose todas. En clase otro tanto de lo mismo, se hacía pasar por mí para recoger los exámenes con buena nota o salía al encerado cuando me llamaban y al no saberse la lección me ponían a mí el negativo. Intenté separarme de ella haciendo nuevas amistades pero como éramos iguales lograba enemistarme con todas. Fuera donde fuese o estuviera donde estuviese siempre intentando hacerme daño, siempre dejándome mal hasta convertirse en una pesadilla.

Cada vez que me quejaba a mis padres, a mis tíos o a mis profesores me soltaban aquello de que no debía ser egoísta y tener una hermana gemela era algo especial y maravilloso aunque no me diera cuenta en ese momento. Nadie me apoyaba, nadie me escuchaba y nadie podía consolarme porque realmente no sabían si me lo hacían a mi o a ella. Un día comencé a urdir un plan por ver si obtenía algún resultado, dejaría de quejarme y molestarme por sus ataques, dejaría de estudiar para descolgarme un curso y separarme de ella, dejé de salir con amigas e hice deporte algo que ella aborrecía porque no le gustaba sudar, y me callé, de mi boca no saldría una palabra sobre ella ya que si no me hacían caso de que valdría. Como gemelas que éramos teníamos casi los mismos pensamientos, las mismas respuestas y los mismos apetitos pero al comenzar con el deporte empezamos a distanciarnos y así no podía intuir lo que estaba tramando.

Llegó el final de curso y nos dieron las notas, ella pasaba de clase y yo no, no se lo esperaba y al despedirnos hasta septiembre en el mismo patio del colegio me dio una paliza que fue grabada por alumnos y difundida en redes sociales. Tuve que ser hospitalizada por las graves heridas y al ver los videos en televisión, todos se dieron cuenta que no era una quejica sino que era cierto lo que contaba. Estuve un mes hospitalizada mientras hacía rehabilitación y así estar separadas, mis padres se lamentaban pero no sabían cómo tratarnos y la fiscalía de menores lo dejó como una pelea entre hermanas, nada importante. A partir de ese momento les dejé de hablar, sólo para lo imprescindible, total para que valían mis palabras si no les importaban.

Al curso siguiente ella no aprobaba y yo sacaba notazas, la reñían continuamente y eso la tenía muy alterada. Un día en clase fuimos de excursión a la nieve, para no perdernos la profesora nos había emparejado, en mi caso con Ramón, un tío majete que me gustaba aunque nadie lo sabía. Estábamos en la cola para subir en el telesilla hasta la cima y escuchar una charla en la cafetería de arriba, ya sentados y deseando tener un rato a solas con él, apareció mi hermana no sé de dónde y diciendo “quítate tú para ponerme yo” echó abajo a Ramón. Empezó a moverse el asiento y bajamos la barrera, sonreía perversamente no paraba de hablar de no sé qué porque ni la escuchaba, mi mente estaba en ebullición, cuando llegamos arriba apenas quedaba medio metro para bajarnos, la muy imbécil subió la barrera antes de tiempo y sin pensarlo, le dije “quítate tú para ponerme yo” y de un culazo la tiré al suelo, cayó en la nieve y como el terreno tenía bastante pendiente fue resbalando ladera abajo hasta chocar con una roca, partiéndose la cabeza y algo más.

Te puedes imaginar la escena, yo llorando y gritando, todos pidiendo auxilio y mi hermana muerta unos metros más abajo. Nadie vio la escena pues los de atrás estaban extasiados mirando el paisaje y los de arriba cuidando de los que habían llegado. Hubo investigación, me interrogaron y si antes ya era muda me quedé aún más. Desde entonces no sólo me siento culpable en solitario sino que la echo en falta, no sé vivir sin ella, sin su maldad pero con su compañía.

¿Crees que merezco vivir habiendo matado a mi mitad?



Raúl anonadado por la historia de Sonia no acertaba a pensar con claridad, no le salía ni una palabra de consuelo ni de empatía, un nudo en su garganta le dificultaba la respiración. Finalmente después de toser tres veces, respondió.

-No se lo cuentes a nadie, yo te ayudaré, no sé cómo pero lo haré y podrás liberarte de tu hermana algún día, pero lo primero es que hables y expreses tu dolor sin contar lo del empujón porque eso tendría graves consecuencias para ti y muy a mi pesar he de reconocer que ella te provocó.

Volvieron caminando lentamente cogidos de la mano, él siguió visitando al doctor Reverte y Sonia inició una débil mejoría con sus terapias. Raúl acabó su carrera y se especializó en psicología gemelar hasta que llegó la pandemia, la cual ha trastocado los planes de todo el mun

 

 

 

 

 

 

 

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