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En este blog encontrarás los relatos escritos por los participantes del taller de escritura "Entre Lecturas y Café", así como la información de las actividades del club de lectura del mismo nombre.


No hace ni un mes celebramos la boda de mi hermano, y digo bien celebrar porque el hecho de casarse tuvo lugar seis meses antes, una pequeña reunión de seis personas en el salón de actos del Ayuntamiento y otros cuatro esperando afuera, el protocolo mandaba a pesar de ser un día de celebración. Ni besos, ni arroz (está prohibido porque ensucia) ni abrazos, todos con la cara tapada como bandoleros de mirada sonriente, nos chocamos los codos y hasta más ver. Fotos las justas y en actitud separada, para los diez que éramos abultábamos como treinta, además con prisa por dejar la entrada de la casa consistorial libre pues detrás había otro casorio.
Al regreso a casa vi tristeza en la mirada de mis padres no por perder a un hijo puesto que hacía cinco años que vivían juntos en otra ciudad, sino porque una jornada de dicha y felicidad estaba tapada por mascarillas y reglas separatistas de convivencia. Yo me atrevo a deducir que fue tan distinta a la suya o a la de mis abuelos que más que alegría daba pena. Sin que me vieran saqué una vieja caja de latón donde mamá guarda fotos de mis abuelos, entre ellas las de su boda, fotos pequeñas en blanco y negro si no es porque miles de veces la abuela me cantó los nombres de los retratados no sabría deducir quienes eran. Por parte de la abuela nueve hermanos con sus consortes e hijos, cuatro el que menos tenía. Por parte del abuelo seis hermanos de ellos cinco casados y con otros tantos niños apenas algún amigo. Todos juntos posando, o pegaditos en grupos familiares, se veía arroz por el suelo, flores en las manos y el jolgorio natural de una celebración, a pesar que el testimonio era en blanco y negro se adivinaban las mejores galas de cada uno incluso del más pequeño. Entre tanta foto apareció el recordatorio del menú del banquete: Consomé de Ave, pollo asado y para rematar helado con un trozo de tarta nupcial.
Las guardé enseguida pues no quería que me pillaran y evitar comparaciones. Seguí después la consulta al álbum de boda de mis padres. Fotos grandes con esplendido color, caras sonrientes, besos, serpentinas y arroz por el suelo, abrazos y todos apiñados para salir en la foto. Teniendo en cuenta que mi madre tenía cinco hermanos y papá tres, al ser los últimos en casarse había muchos niños y adolescentes además de amigos de los abuelos, amigos de mis padres, hasta el señor cura que los casó y otro más estaban por allí. Calculé que unos noventa o cien personas dispuestas en mesas redondas de diez, algunos muy juntitos posaban sonrientes en las fotos, la alegría era palpable, sobre todo al final de la comida y antes del postre, el tío Valentín casi se carga la tarta nupcial por un tropezón. También guardan como recuerdo el menú del banquete: Entrante de mariscos con ñoclas, centollos, langostinos y vieiras, Crema de bogavante, Lubina al champán, ternera asada y para repetir cordero asado, de postre además de la tarta nupcial biscuit glasé. Agua, vinos, cafés, chupitos y a las nueve de la noche unos canapés acompañados de langostinos y tarta charlota más cafés. Me pareció brutal tanta comida, menudo saco debían tener para probar de todo.
Dejé el álbum en su lugar y me dediqué a pasar las fotos que había tomado con el móvil al ordenador, tenía en mente hacer una composición para cuando celebrásemos la boda de mi hermano. Ese día llegó, también nos pusimos nuestras mejores galas, el restaurante tenía un entorno maravilloso, un pequeño palacete con carpas abiertas en los jardines, mesas de cuatro personas separadas convenientemente según la normativa vigente. Una mesa presidencial donde figuraban los novios y los padres, el resto dispersos aunque nos sentíamos juntos. Hubo fotos con cada grupo de convivencia invitado y mascarilla puesta. Algunos mayores de la quinta de mis abuelos supervivientes de la pandemia, algún tío mío y de la novia que a pesar de las circunstancias se animó a compartir la fiesta porque la gran mayoría declinaron la asistencia, tan reciente el final del estado de alarma muy pocos se lo creían. Algún amigo de los novios y los de casa, a pesar de estar al aire libre sólo había cabida para el cincuenta por ciento de aforo. Sólo hubo dos niños porque tal y como están las cosas es difícil tenerlos. El menú he de decir que fue original: Entrantes.- Dos crujientes de langostinos, dos croquetas de chipirón, dos saquitos de almejas en salsa verde, cecina con dulce de manzana y tostas de paté de cabracho (en platos individuales); sopa de miso y calabaza con queso trufado y cebolletas; rosbif a la inglesa con puré de manzana y pudding de Yorkshire; para terminar tarta nupcial con helado de mango e higos; bebidas y café además de chupitos sin alcohol post comida. Lo más gracioso fue acercarme a las mesas de los mayores haciendo fotos a la vez que contaba los pastilleros posados sobre ellas, unos cuantos la verdad, ahora entiendo porque dicen que estamos sobre medicados, ni siquiera en una celebración olvidamos la medicación.
No ha pasado ni cien años entre las tres celebraciones y el cambio me parece preocupante, algunos detalles de la comida hasta chirrían con tanto nombre y tan poca cantidad, por demás la pandemia está modificando no sólo hábitos sino la forma de relacionarnos, es notorio que las familias son cada vez más pequeñas, cuando antes había cinco, siete o diez hijos, ahora hay dos si es que los hay. El ritmo de vida, nuestras exigencias mundanas de bienestar y la dificultad de sacrificarnos unos años en aras de criar a nuestros vástagos está llevando a la desaparición de nuestra sociedad tal y como la conocíamos por otra que viene de fuera y cuyas preocupaciones son bien diferentes.
Cuando contemplo esas fotos añoro aquellos tiempos en que lo importante era la familia, entre todos se ayudaban cuando había dificultades, el trajín tranquilo que hervía en las casas. Los vecinos eran como familiares al tener trato diario afable y servicial, lástima que todo se pierda. Los ruidos de los que nos rodeamos mientras vivimos actualmente son tan estridentes que no nos permiten apreciar la vida sino pasar por ella hasta que paramos por enfermedad, una desgracia o un alejamiento bien ganado de la actividad, es entonces cuando la disfrutamos sin estridencias.

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Mirad chicas, ya sé que no es así, que debería cumplir con vosotras escribiendo los relatos que acordamos, pero qué queréis que os diga, estoy harta de tanto confinamiento, de tanta humedad, de tanto frío, de levantarme bajo una capa de nubes grises y bajas, de no poder comer en una terraza porque llueve o porque hace viento, de ahorrar. Nunca en la vida había ahorrado tanto y me di cuenta de lo mucho que se gasta saliendo. Pero lo que se disfruta qué. Eso no tiene precio. Una cerveza en una terraza, una comida con familia o amigos, un café a media mañana o a media tarde en compañía e incluso en soledad. Además están los estragos que ha hecho la pandemia en el sector hostelero. Así que una voz en mi cabeza comenzó a decirme con insistencia “vamos lárgate, vete en busca del sol, del verano anticipado, y gasta, gasta en alojamiento, en comidas, en cervezas a media tarde, en cenas, cómprate ropa nueva, gafas de sol, toallas para la playa… ¡Ayuda a los demás! ¡Ayuda! No os podéis imaginar chicas, lo que es luchar contra la voz de tu propia conciencia. De verdad que resulta agotador. Así que lo siento, chicas, pero durante un mes dejaré de mandaros mis relatos, porque hay que sacar a la gente de las colas del paro, hay que consumir, sin desmesura claro está, que tampoco es ponerse a gastar sin ton ni son, pero si gastar todo o una parte de ese dinero ahorrado para que los demás sobrevivan. En fin, pues todo eso, que entre escribir los relatos o ayudar a los demás, me quedo con lo último, así que sintiéndolo mucho ( expresión de cortesía, porque la verdad es que no lo siento nada) yo me piro.

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Siempre fui un poco rara, sé que no es la mejor carta de presentación, pero es la pura verdad. Nunca tuve amigos y tampoco me importaba no tenerlos. Yo era feliz con mis cosas, me gustaba leer, escribir relatos y poemas que después guardaba en el fondo de un cajón, dibujar a carboncillo, sentarme a mirar el mar... Durante la semana iba al instituto y estudiaba mucho, los fines de semana seguía estudiando y dedicaba unas horas a mis pasatiempos. Así transcurrió mi vida, tranquila y sosegada, hasta que comencé a estudiar Medicina en la Universidad y conocí a Octavio.
Octavio era el profesor de Medicina legal y forense, un tipo extraño tanto en su aspecto como en sus ademanes. Su indumentaria era descuidada, a veces sucia, vaqueros desgastados y jerseys roídos aquí y allá. Los pelos con esa largura que va necesitando un corte porque no se acomodan ni queriendo, las barbas de quince días que a veces lucían alguna miga de pan o incluso restos de salsa reseca. Los ojos pequeños, duros, oscuros, como dos puñaladas, escondidos detrás de unas gafas de pasta demasiado gruesas... a mi me provocaba una sensación entre el miedo y el asco. Además Octavio era famoso en la facultad por su arbitrariedad a la hora de calificar los exámenes, motivo por el cual todo el alumnado rogaba, por activa y por pasiva, que no le tocara como profesor. Algunos, evidentemente, no tenían suerte. Cuando llegué al curso en el que se impartía la asignatura Octavio entró en mi vida cual mosca cojonera para ponérmela patas arriba.
Tengo que decir que a aquellas alturas, a pesar de seguir con mis cosas, yo de tonta no tenía un pelo, sabía defenderme cuando era necesario y bajo ningún concepto dejaba que me pisaran. Por otra parte, mi expediente académico debía de estar entre los tres primeros de la facultad, raras veces bajaba del sobresaliente, así que tenía claro que nadie iba a joder mi carrera, ni siquiera un profesor medio chiflado, o más bien, él menos que nadie.
Octavio nos ponía exámenes sorpresa cada dos por tres, como si fuéramos niños de instituto, a mí me daba igual, yo estudiaba todos los días, así que cuando me suspendió el primero me llevé el mayor disgusto de mi vida. Después de llorar por activa y por pasiva, llegó la hora de ir a protestar. Me presenté en su despacho y le exigí que corrigiera el examen delante de mis narices, que tenía derecho a comprobar in situ lo que había hecho mal. No me hizo ni puto caso. Sonrió estúpidamente y me dijo que no me preocupara, que no era para tanto, que si me aplicaba un poco más no tendría problema en sacar un aprobado al final de curso. ¿Un aprobado? Si se pensaba que su maldita asignatura iba a manchar mi expediente académico lo tenía claro el tipo.
Al tercer examen suspenso ya decidí ponerme seria. De nuevo me presenté en su despacho y le dije que no me iba de allí si no me enseñaba el examen. Intentó echarme, pero como vio que me mantenía firme, me hizo una propuesta.
–Sé que eres una buena alumna, pero te falta...no sé, iniciativa tal vez, pero te propongo algo. Estoy haciendo un experimento, ven conmigo abajo y te lo mostraré, si accedes a colaborar conmigo y tu aportación es buena te apruebo la asignatura, e incluso estudiaría la posibilidad de ponerte nota.
Su proposición no me pareció muy ortodoxa, pero no le dije nada y me limité a seguirle. Se dirigió al sótano, donde estaban los cadáveres y las salas de disección, y finamente abrió una puerta que yo y probablemente gran parte del alumnado, no habíamos atravesado jamás. El espectáculo que se presentó ante mis ojos fue dantesco. Había cuatro cadáveres, cada uno en su mesa de disección, dos de hombres y dos me mujeres. Los de hombres tenían el pene y los testículos cortados, su lugar lo ocupaba un remiendo mal hecho; a los de mujeres les faltaban los pechos. Lo peor era que los hombre lucían los pechos de las mujeres y éstas los aparatos genitales de los hombres. ¿Qué significaba todo aquello?
–Experimentos sobre cambios de sexo –dijo aquel chiflado, como si me hubiera leído el pensamiento–, me encantaría que me ayudaras, y si quieres probamos antes...
Caminaba hacia mí mientras se bajaba la cremallera de su sucio pantalón vaquero. Yo me largué de allí cual alma que lleva el diablo. Me fui directamente a mi casa y me encerré en mi habitación. Me encontraba en un estado de nerviosismo extremo y debía calmarme para decidir qué hacer con la cabeza fría. Cuando finalmente conseguí serenarme pensé que lo mejor sería no armar escándalo. Ir al Decano y contarle lo ocurrido con la mayor discreción posible y por supuesto dejar de acudir a las clases de aquel degenerado. Así hice, al día siguiente concerté cita con el señor Decano y le conté de “pe a pa” lo que me había ocurrido con el profesor Octavio, mas me quedé estupefacta ante sus respuesta. Según él los experimentos que hacía el profesor eran perfectamente lícitos, aprobados por la comunidad médica y lo de bajarse la cremallera de la bragueta seguro que eran imaginaciones mías, luego me invitó a largarme, que tenía mucho que hacer, no sin antes recomendarme que estudiara un poco más la asignatura de Don Octavio. Salí de aquel despacho totalmente estupefacta, allí había gato encerrado sin duda alguna, y yo lo iba a liberar sí o sí.
Observé el panorama durante unos días y me di cuenta de que entre el decano y Octavio había una complicidad un tanto sospechosa, o a lo mejor no lo era, pero sabiendo lo que sabía a mí me lo pareció. Así que decidí descubrir lo que ocurría realmente dentro de la sala horrorosa. Robé la llave en un descuido de la chica de la limpieza y una vez dentro coloqué entre unos libros una vieja cámara de vídeo que había pertenecido a mi padre y que hacía siglos que no se usaba, pero funcionaba y me venía de perlas en aquellos momentos. Los dos primeros días no ocurrió nada, pero al tercero obtuve mis frutos y lo que vi fue asqueroso. El señor decano y Octavio echando un polvo, entre ellos, con los cadáveres y finalmente aparecieron dos muchachas que resultaron ser dos alumnas amenazadas como seguramente pretendieron hacer conmigo. No lo dudé un instante, fui con la cinta a la policía. Sin quererlo destapé a aquellos dos degenerados que se dedicaban a hacer orgías asquerosas amenazando a chicas y chicos con suspenderlos si no participaban en sus fiestas. A algunos incluso les pidieron dinero.
Los detuvieron en la facultad, fue todo un espectáculo que no se me olvidará en la vida, ni tampoco la mirada de Octavio sobre mí, cuando se dio cuenta de lo que ocurría e intentó escaparse dos segundos antes de que le pusieran las esposas, diciendo con estúpido orgullo “yo me piro”.

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No me place hablar de mi misma y mucho menos de mi vida, pero haré el esfuerzo en honor a la señorita Amapola, y a todas las profesoras que como ella luchan porque sus alumnos puedan desarrollar con total libertad su potencial intelectual.
Mi nombre es Ana Roncel, aunque durante dieciocho años fui Anita la cabrera. Como podréis suponer mis padres eran cabreros y lo siguen siendo, a pesar de no considerarme ya su hija. Desde que tengo recuerdos siempre tuve que echar una mano en la granja dentro de mis capacidades, algo tan sencillo como ocuparme de los cerdos y las gallinas fue siempre mi cometido. Mi padre y mis dos hermanos mayores cuidaban de las cabras, unas ciento cincuenta si no recuerdo mal. Mi madre la encargada de vender los productos, llevar el papeleo y la quesería. Mi abuela paterna se ocupaba de la casa y el huerto del que nos abastecíamos y en tiempos de bonanza vendíamos.
Vivíamos a las afueras de Sequeros un pueblo pequeño en la provincia de Salamanca, entorno idílico para urbanitas pero para alguien que siempre tiene que estar con las manos sucias no lo era tanto. Mi rutina sólo cambiaba cuando tenía vacaciones en la escuela o en fin de semana. No tenía tiempo libre, ni siquiera para jugar con otros niños, aunque francamente nadie quería hacerlo conmigo. Cuando mi padre salía de casa de madrugada para sacar a los animales al monte me levantaba y aún en pijama iba a la pocilga a echar comida a los cerdos, a continuación me acercaba al gallinero y tras recoger los huevos recién puestos limpiaba un poco la suciedad del suelo. Corría a casa con la cesta y me lavaba bien, vistiéndome para ir a la escuela, tras un ligero desayuno preparado por la abuela cogía mis cuadernos y libros e iba corriendo antes de que cerraran la puerta, como alguna vez me pasó por entretenerme al ayudar en casa.
En la escuela todos se mofaban de mí, decían que olía mal y nadie se me acercaba, claro cómo iban a hacerlo si bien la ropa estaba limpia mis zapatos eran los mismos dentro de la cochiquera que allí, por más que los restregaba el olor no se iba. Me sentaba en una esquina de la última fila del aula intentando pasar desapercibida. En el recreo todos me expulsaban de sus juegos, pronto tuve que aprender a entretenerme sola o aprovechar el tiempo haciendo deberes o repasando lecciones. Debido a ello fui la más aplicada de clase, aparte que estudiar se me daba bien, tengo buena memoria y la comprensión por las matemáticas o las ciencias era mi punto fuerte. Sé que me odiaban, sobre todo Pedrito, el hijo del alcalde y mandamás del pueblo, creía que su mérito era ese, ser hijo de, pero don Anselmo, el maestro, sólo se fijaba en los exámenes y en si sabías la lección en el encerado, a pesar de sacar siempre sobresalientes tampoco me tenía aprecio. La vuelta a casa después de la escuela empezaba con un tazón de potaje y un trozo de pan acompañado de un vaso del agua cristalina de nuestra fuente, en cuanto terminaba me acercaba al huerto y de los frutales cogía una pieza para rematar la comida, ya que hasta la cena no probaría bocado y tenía bastante tarea por delante. Volver a echar de comer a los cerdos además de limpiar a fondo la pocilga, ocuparme nuevamente de recoger huevos, cambiar la paja de las camas de las gallinas y limpiar sus excrementos. Una vez terminadas mis obligaciones ayudaba en casa o en la quesería, según hiciera falta, hasta la hora de la cena en que todos nos reuníamos en torno a la mesa y la comida dejaba de ser frugal. De noche en mi pequeño cubículo bajo la tímida luz de una vela seguía haciendo deberes o estudiando lecciones, ya que en casa tardamos en tener electricidad.
La obligación de estudiar hasta los dieciséis años me vino de perlas, porque mis hermanos lo hicieron hasta los catorce ya que mi padre pronto los reclamó para trabajar con él. Una vez terminada la escuela pasamos al instituto situado en una población cercana cabeza de partido, donde nos concentrábamos niños de toda la comarca. El inicio de esa etapa me llenó de ilusión, el autobús salía muy temprano y no tenía tiempo de ocuparme de mis labores en la granja, algo que fastidió a mi hermano Germán al encargárselo, tan a desgana lo hacía que al regresar por la tarde tenía trabajo doble por su culpa. Aún así estaba encantada con mi nueva situación, para mis compañeros nuevos sólo era Anita, si bien seguía oliendo mal, no era tan intenso al no caminar por barro antes de clase, pudiendo hacer amigas con total normalidad.
Mi tutora de esa etapa se llamaba Amapola, una mujer joven, alegre y simpática muy guapa, al menos para mí lo era. Enseguida destaqué en clase debido a mi costumbre de aprovechar recreos para hacer deberes. Pero la mejor época sobremanera en aquellos años fue en invierno, cuando el frío y las nieves caían sin recato, ¿Por qué? Pues muy simple, en cuanto el autobús tenía problemas para circular, nos alojaban por semana en un albergue cercano al instituto y hasta el viernes de tarde, si es que se podía, nos devolvían a nuestras casas. Mis padres protestaron mucho pero era increíblemente feliz, aquellos encierros me permitieron hacer amistades además de pasar largas horas en la biblioteca del centro, donde no sólo consultaba o leía libros, sino que según turno, permitían manejar algo tan novedoso como un ordenador, aprendí tan rápidamente que me pidieron ayudar a otros niños.
La señorita Amapola pronto se fijó en mí, tomándome como su pupila teníamos largas conversaciones en las que me instruía sobre las cosas más elementales de la vida y de la sociedad, algo que en casa no podía hacer. Me tomó gran cariño y yo la adoraba e idolatraba por su gran dedicación a la enseñanza. Fui pasando cursos y capeando como podía el tema de mis obligaciones en la granja. Al notar en casa mi espabile intelectual empezaron a encargarme del papeleo y documentos que mi madre manejaba, además por supuesto de cuidar los cerdos y las gallinas. Empecé a notar que mis hermanos se ponían celosos a pesar que ya llevaban tiempo tonteando con las novias y el mayor estaba decidido a casarse.
Mi etapa en el instituto llegaba a su fin en su parte obligatoria y cada día estaba más triste al tener que dejarlo, Amapola lo intuía y en una de nuestras charlas lo sacó a relucir, también estaba preocupada por mi futuro, un futuro tan cierto como el de trabajar en la quesería con mi madre. Consideraba que no era mal negocio, pero con mis aptitudes si continuaba estudiando podría llegar a sacar una carrera universitaria y tener un trabajo mejor. El problema era que mis padres no disponían del suficiente capital para enviarme a estudiar fuera y mis dos manos eran imprescindibles para mantener su modo de vida. Aprovechando la boda de mi hermano mayor, la profesora se acercó para hablar con mi familia, pidiéndoles y rogándoles que me permitieran terminar los dos años de bachiller, redundaría en una formación más cualificada con vistas a llevar en un futuro el negocio familiar. Tras una larguísima conversación logró convencerles, prometiendo por mi parte volcarme con ahínco en mis labores y echar una mano en todo lo que pudiera.
El primer paso ya estaba dado, ahora tocaba a Amapola mover los hilos para encontrarme un sponsor que me permitiera vivir y estudiar fuera de casa. El milagro se hizo gracias a la beca Santa Ana de las monjas Dominicas del convento de Las Dueñas, quienes viendo mi historial de estudios se ofrecieron a darme alojamiento y comida en Salamanca a cambio de ayudar en la biblioteca del convento. La beca del ministerio era una buena solución para la matricula de la universidad y gastos de material de estudio, pero se necesitaban datos familiares y la firma de los padres ¿lo conseguiríamos? No dudé y cuando llegó el momento falsifiqué los papeles robando la información necesaria, no sentí ningún remordimiento, tenía la imperiosa necesidad de seguir estudiando, era algo que me fascinaba, siempre quise destacar para no ser sólo Anita la cabrera sino simplemente Anita.
El dinero para la prueba de acceso a la universidad me lo prestó Amapola, asegurándole que con mi primer sueldo lo devolvería. Mis padres no tuvieron conocimiento de nuestro proyecto, si se lo decía se enfadarían muchísimo y nunca me permitirían salir de la granja. Opté no contarles nada hasta los hechos consumados y cuando no hubiera posibilidad de vuelta atrás. No me lo perdonarían nunca pero era mi decisión y mi vida, tarde o temprano lo entenderían. Llegado el momento recibí la carta de admisión en la facultad y tras la difícil tarea de matricularme en secreto llegó el día en que tuve que marchar, posiblemente para no volver jamás. Poco a poco sin que se fueran dando cuenta, sacaba de casa algo de ropa, algún libro o fotografías que quería mantener conmigo en la nueva singladura, una maleta prestada por Amapola escondida en una esquina del gallinero era donde guardaba mis más preciadas posesiones. Cumplí dieciocho años justo una semana antes de mi marcha, no podrían obligarme a quedarme y sí a no volver, pero mi decisión y mi temor a una nueva situación estaba dispuesta a afrontarla. Lo último que me llevé de allí fueron gritos y una fuerte bofetada, mis hermanos me escupieron y mi abuela se escondió en su habitación para no verme. Se hizo duro, muy duro, pero la ilusión por una vida mejor me ayudaba a superarlo y así fue como salió de casa Anita la cabrera y a Salamanca llegó Ana Roncel, antes de irme eché un último vistazo al pueblo y con lagrimas en los ojos grité al aire ¡yo me piro!.

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Un hombre que no llamaba la atención ni por su aspecto ni por sus ropas, entró en un antro de Estambul, miró a su alrededor, buscó la mesa más alejada, se sentó y pidió vino.
Lo siento, no os lo puedo servir, ya sabéis cuáles son las órdenes, dijo el tabernero desconfiando de ese individuo alto y corpulento pues nunca lo había visto en su cuchitril donde antes servía vino y ahora solo té. El desconocido insistió, acercándole unas monedas que el tabernero rehusó, nunca se podía saber quien se tenía enfrente y menos con los rumores que corrían por todas las esquinas como pájaros espantados.
El hombre se conformó con un té que fue bebiendo a pequeños sorbos mientras su mirada de águila astuta se posaba sobre las mesas, los vasos y los movimientos de la concurrencia, algo que no pasó desapercibido al tabernero que sintió escalofríos temiendo, y estaba en lo cierto, que el mayor de los peligros había traspasado la puerta de su casa.
El viajero tenía hambre y sed pero no estaba dispuesto a comer nada en ese lugar inmundo. Además, otro apetito mucho más grande que el que residía en su estómago habitaba en su mente. Y era un apetito voraz. Se había propuesto cazar a cinco y ya solo le faltaba uno. Algo en su interior le decía que estaba en el lugar idóneo para acabar por esa noche su deambular por las calles de Estambul.
El tiempo pasaba sin que nada sucediera. El tabernero lo vigilaba con cautela. Lo notaba nervioso, limpiando de continuo un exceso de sudor con manos temblorosas. Esperaba con ansia que se marchara por donde había venido, pero no parecía tener prisa.
De pronto el viajero observó un movimiento furtivo en uno de los clientes. Estaba sacando algo de un bolsillo. ¡Por fin! ¡Era tabaco! Presa de una excitación incontrolable se levantó de un salto sacando el arma que ocultaba bajo su manto y de un tajó certero cortó la cabeza del fumador que rodó a los pies de una concurrencia espantada y paralizada. El desconocido limpió la sangre de la hoja en la ropa del muerto y tal como había llegado desapareció.
Ya en palacio, el sultán pidió que le sirvieran de comer y de beber. Estaba satisfecho, hambriento y sediento. Una abundancia de platos diversos se dispusieron de inmediato sobre la gran mesa, así como una cantidad importante de alcohol, una de sus grandes pasiones. Mientras la bebida iba haciendo su efecto se preguntaba por qué la gente no obedecía sus órdenes, ya había tenido que ejecutar a unos cientos, se veía que no tenían miedo, igual debía aumentar las penas, aunque ¿qué pena puede ser peor que la muerte? La idea se la había dado el zar Miguel I de Rusia que el año anterior había ordenado amputar la nariz a quienes esnifaran rapé. El era Murad IV, el sultán del gran Imperio Otomano y no iba a ser menos que el zar. Por eso había decidido prohibir el alcohol además del tabaco bajo pena de ejecución inmediata y temiendo que sus servidores no actuaran con la diligencia debida se deleitaba patrullando él mismo las calles e inspeccionando cafés, bares y tiendas de vino. Así no solo sería temido si no que evitaba también que se hablara mal de él, consciente de que el alcohol consumido en las tabernas mataba el miedo y soltaba la lengua. Cuando ya se sintió ahíto continuó bebiendo hasta perder la consciencia, siendo trasladado por los sirvientes a su alcoba. Unos sirvientes que no podrían evitar que su señor acabara muriendo con apenas veintisiete años de una cirrosis alcohólica.

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