La maldad tiene tantas caras como la luna - Cristina Muñiz Martín



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La maldad tiene tantas caras como la luna. Hala, que bonita me ha quedado esta frase. Pero ¿cuántas caras tiene la luna? No sé, voy a mirar, esperad un momento. Pues nada, que solo tiene dos. Qué desilusión. Claro, ahora que recuerdo, lo que tiene son varias fases. ¿Y cuántas serán? Uy, voy a mirar a San google de nuevo. Buffff... era muy largo de leer, no sé por qué la gente se enrolla tanto para explicar algo tan sencillo. No obstante, también me vale. La maldad tiene tantas caras como las fases de la luna. ¿O no? Igual son demasiadas. No sé, casi que lo dejo como al principio. La maldad tiene tantas caras como la luna, es decir, la cara visible y la cara oculta. Sí, eso es más preciso. Bueno, ahora voy a ver que hago con esa frase, si una poesía, un relato o igual hasta me sale una novela. Sí, sería un buen título. Bueno, voy a pensarlo, os dejo, que se me queman las lentejas. Es lo que tiene ser escritora y ama de casa a un tiempo. Y no me quejo, que por lo menos tengo una habitación propia. Ya os contaré. Chao.


 

 

 

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Mapas- Esperanza Tirado

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Adobo guisado, besos de chocolate, dulces de canela y miel… todos esos olores y sabores… son sensaciones de días eternos en casa de los abuelos. Tiempos que se fueron. Que quedan grabados en viejos álbumes de fotos, de hojas sueltas y desordenadas, como un mapa del tesoro que hay que interpretar, reordenando las piezas que van faltando.

Ni caso tiene intentar convencerse de que no son joyas ni plata lo que contienen, sino todo un mundo que se recuerda entre neblinas y toneladas de cariño, de una memoria que se va oscureciendo con el Paso de los años.

Allí está la bici, que heredé de mi padre, debajo del hórreo; era temporada de cosecha, el maíz sobresale por las barandillas. En aquel columpio me rompí el brazo. Aún siento el ‘crack’ del hueso retorciéndose. Recuerdo ufano llegar el lunes a la escuela con mi venda recién puesta para enseñarla los amigos. Miro más arriba y me encuentro con tu risa sosteniendo una cocacola, y el sabor burbujeante de nuestro primer beso me hace cosquillas. Ojalá hubiera un mapa que me ayudara a volver mis pasos hacia esos momentos.

Pero no lo hay, no hay más explicación que lo vivido. Y es que el tiempo pasa fugaz.

 

 

 

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Sesión nicotina - Marga Pérez





-Creo que tuve alguna vez un plan para dejar de fumar pero fracasó. No lo soporto . El verbo fracasar debería dejar de existir. Nunca más hice planes. VIVO.

- Tia, ¡qué razón tienes! VIVAMOS

Tras la confidencia echa al oído las dos amigas, envueltas en humo, se abandonan al placer del tabaco mientras la música, alta la vela, llena todos los rincones del local y de los que allí se encuentran.

Los cigarros me matarán, lo sé, debo conseguir mechero antes de morir (Greg Dulli)

No me busques. Me iré. Recuerda cariño, no fumes en la cama” (Nina Simone)

Tu amor es como ese último cigarro, lo saborearé, ese último cigarro, lo fumaré aguantando el aire esperando que nunca se acabe, pero cuando se fue, se fue, como ese último cigarro” (Bon Jovi)

El tiempo se consume en lo que pones un cigarro en tu boca” (David Bowie)

Fumaba en mi cama porque pensaba que eso me molestaría, pero me encanta ver a las chicas fumar en mi cama” (Hefner)

Fuma negro sucio blanco, crápula español.

Fuma negro sucio blanco, sin bronquio ni pulmón.

Fuma negro sucio blanco, producto nacional…

Que corra la nicotina, hay ducados en la esquina. Que corra la nicotina, ven a vivir al estanco. (Siniestro Total)

Tengo un paquete de cigarrillos. ¿No sabes que esto no es forma de resolver tus problemas ?

¿Por qué no respiras? ¿No ves que mis pensamientos se ahogan en el humo? (Tash Sultana)

Es temprano por la mañana. Estoy aquí sentado con mi chica. Entre cigarrillos y café, ahora. Todo mi corazón grita . Amor, al fin te he encontrado. No me dejes. Y por favor, cariño, ayúdame a fumar un cigarrillo más. Ayúdame a disfrutar” (Otis Redding)

Tiene su gracia levantarse de la cama, un cigarrito, un cafetito, unas galletas y después otro cigarrito. Y alguien llama y con su voz insoslayable va y me dice :”Haz las maletas” Y me preparo a discutir mientras enciendo otro cigarro. Otro cigarro que aún no es el de después. Es anterior, por eso mismo lo destaco. Gracias tabaco” (Javier Krahe)


Ya me pasé fumando la noche entera, sin disipar tu imagen dentro de mi. Voy a fumar de nuevo, y a pedir bebida al saber que luego, por más que traté, sin ti no sirve mi vida” (Hector Lavoe)


Dios es un fumador de la Habana .Veo sus nubes grises. Se que fuma incluso por la noche. Me gusta cariño. Eres sólo un fumador gitano. Tu eres mi maestro después de Dios. Dios es un fumador de la Habana. El mismo me dijo. Ese humo envía al paraíso Lo sé cariño. Eres solo un fumador gitano. Sin ellos, eres infeliz.” (Serge Gainsbourg)


Fumando en el baño de los chicos. Fumando en el baño de los chicos. Profesor no me jodas con tus normas. Todos saben que está prohibido fumar en el colegio” (Motley Crue)


Antes de mi ejecución me gustaría tener un cigarrillo. Y pensar en la vida que solía vivir. Si, este va a ser el último antes de irme porque mi hora ha llegado. Y no queda nada que dar. El sabor del cigarrillo me recuerda al pasado. Cuando las cosas eran puras e inocentes. No podría haber un mejor momento para fumar mi último cigarrillo. Me doy cuenta de que ahora estoy de pie cara a cara con la muerte. No podría haber un mejor momento para fumar mi último cigarrillo. Mi cigarrillo se quemó y sólo quiero gritar y gritar. Tengo miedo de morir, pero no les importa. Si esto es un mal sueño, despiértame ahora, hijo. Estoy meando en mis pantalones, el miedo acaba de empezar. No tengo últimas palabras, porque ya estoy muerto. El fuego en mí se quemó como mi último cigarrillo “(Tim Steinfort)


Es sòlo un cigarrillo y no puede ser tan malo.

Cariño, ¿no me amas ? Sabes que me entristece

Es sólo un cigarrillo como siempre solías hacer

Yo era diferente entonces, no necesito que sean geniales

Es sólo un cigarrillo…

y daña tus bonitos pulmones

bueno, es sólo dos veces a la semana, así que no hay muchas posibilidades

es sólo un cigarrillo.

Pronto serán diez

cariño, ¿no puedes confiar en mi? Cuando quiero parar puedo.

Es sólo un cigarrillo y es un malboro light

Tal vez, pero ¿vale la pena si luchamos?

Es sólo un cigarrillo que recibí de Jamie Lee.

Ella va a recibir una bofetada y yo te voy a dar tres

Es sólo un cigarrillo” (Princess Chelsea)


Los esclavos de nicotina son todos iguales. En una fiesta de caricias o en una partida de póquer. Todo tiene que parar mientras tienen un cigarrillo. Fuma, fuma, fuma ese cigarrillo.Puff,puff, puff y si fumas hasta la muerte. Dile a San pedro en la Puerta Dorada que odias hacerle esperar pero tienes que tener otro cigarrillo.” (Tex Williams)

Nunca hagas caso cuando oigas decir que está prohibido fumar.

Nunca hagas caso cuando oigas decir que está prohibido fumar” (Roberto Carlos)


La conversación en el Club de Fumadores es casi imposible. Hoy , como todos los viernes, hubo sesión musical sobre el tabaco. Es lo que une a sus asociados.

Entre ellos no se habla de planes para dejar de fumar . La palabra fracaso se ha prohibido por unanimidad. ¡Que corra la nicotina!


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El silencio habla - Gloria Losada




No sé bien cómo comenzar a relatar mi experiencia. Podría decir que todos los hombres son gilipollas, pero no me gusta generalizar porque seguro que hay muchos que no lo son. Quizá mejor decir que todos los gilipollas me tocan a mí. Sobre todo mi último novio. En fin, creo que voy a empezar por el principio.

Me llamo María y soy maestra, aunque mi verdadera pasión es la fotografía. Siempre que voy a algún lado lo hago acompañada de mi cámara y así dejo testimonio de la vida, de la común y corriente, porque mis fotos no son nada extraordinario, son fundamentalmente escenas cotidianas y lo cierto es que aunque tengo un blog y alguna red social dedicada a ello en los que me sonríe bastante el éxito, no deja de ser un pasatiempo sin más, a través del cual conocí al tipo en cuestión.

No soy yo mucho de novios. Me casé muy jovencita para escapar de casa y de la represión de unos padres demasiado autoritarios y aquello duró lo que tenía que durar, más bien poco. Cuando ambos nos dimos cuenta de que no funcionaba nos fuimos cada uno por su lado y a otra cosa mariposa. Con Carlos, mi exmarido, siempre conservé una buena amistad, él rehizo su vida con otra mujer, le va de maravilla y de vez en cuando nos vemos, nos saludamos con cariño y nos tomamos un café o unas cañas. Por mi parte no he vuelto a tener nunca ningún compromiso serio, tampoco lo he buscado, conocí a tres o cuatro tíos cada cual más imbécil que el anterior y ninguno me llegó a enamorar, hasta que apareció Javier.

Javier comenzó a hacer comentarios sobre mis fotos. A él también le gustaba la fotografía y llegó un momento en que pasamos de hablar de nuestra afición a hacerlo de nuestra vida personal. No vivíamos demasiado cerca, aunque tampoco extraordinariamente lejos y un día decidimos conocernos. Nos caímos bien y nos hicimos novios. Nos veíamos cada vez que nuestro trabajo nos lo permitía, siempre una vez al mes por lo menos y nos lo pasábamos muy bien juntos. Pero en algún momento de la relación yo empecé a notar cosas que no quise ver, el amor me cegaba, como no. Javier recién había terminado una relación de varios años y no la había superado en absoluto. Ana, su ex, salía a relucir bastante en las conversaciones, tanto, que llegué a hacerme una imagen bastante clara de como debía ser. Un día me enseñó una foto de la tipa de espaldas, desnuda, en una playa. Es que eran asiduos a las playas nudistas. Había colgado la foto en cuestión en una red social, lo cual a mí me pareció un poco fuera de lugar, pero no dije nada, no era cosa mía. Aparte de esa foto, tenía muchas de más de la tal Ana, todas ellas posando cual modelo. La tía no era guapa, pero tenía un estilazo impresionante y en conjunto resultaba, cosa a la que yo, la verdad, no di la menor importancia porque era algo que no me interesaba en absoluto. Llamar la atención por mi físico nunca entró dentro de mis preferencias en la vida, me gustaba más que se me apreciara por otras cosas, la verdad, y si no ya me apreciaba yo a mí misma, no me hacían falta los halagos de los demás.

A veces me hablaba de lo que hacían juntos, que era ver estupideces en la televisión y poco más. Poco a poco yo me iba dando cuenta de varias cosas, de que no había olvidado a Ana, de que si pretendía hacer las mismas cosas conmigo que con ella, la llevaba clara, y de que cuando yo, por algún casual en la conversación, criticaba alguna de las chorradas que le gustaban a Ana, él se ponía a la defensiva.

El día que le dije que era fea, me miró con cara de espanto y me dijo que estaba equivocada, que Ana llamaba la atención por la calle. Valiente hazaña, pensé yo. Cosas como esas dieron al traste con la relación. Yo hacía tiempo que me había dado cuenta de que no me quería, que la quería ella, y le dejé, no por voluntad propia, sino porque estaba segura de que era lo que él deseaba y no se atrevía a hacer, de hecho lo noté aliviado cuando se lo dije. Se acabó y no voy a decir que no me doliera, me dolió mucho, lloré bastante y me costó olvidarlo, a pesar de ser consciente de que era lo mejor. Me dejó tan tocada que cerré mi corazón al amor y me centré en mi profesión y mi afición. No quise saber nada de tíos. Lideré en el colegio un proyecto educativo que tuvo muy buena acogida y por otro lado me organizaron una exposición de mis trabajos de fotografía. Me olvidé de Javier, de Ana y todo lo que no fuera lo que me gustaba hacer en la vida.

A raíz de la exposición me hiceron una entrevista en la prensa y, vaya casualidad, el mismo día que la publicaron recibí una llamada de Javier. Por cuestiones de trabajo venía a la ciudad y si quería tomar un café... creo que no, que no quería, pero por educación y en aras a los buenos tiempos, quedamos. Me contó que había vuelto con Ana y que era muy feliz. Me alegré y me dio pena al cincuenta por ciento. Si era feliz, pues estupendo, pero en el fondo no entendía cómo le gustaba estar con una persona tan simple. Sé que debí de callarme pero mi lengua fue más rápida y se lo dije. Se sonrió y con un deje de rabia en su voz me dijo que lo que yo tenía era envidia. Envidia... yo... de esa tía. Me mordí la lengua. Pensé que la callada por respuesta era lo mejor. Yo también sonreí. Cogí el periódico, lo abrí por mi entrevista y se lo tiré encima de su café.

–Lee – le dije – esta vez no te voy a dar réplica. Lee y que mi silencio te haga pensar.

Y me fui. No le he vuelto a ver, ni falta que me hace. Prefiero mis fotos.


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Dejadme dormir, por favor - Marga Pérez






Despierto y veo muerte. Negocios cerrados. Pobreza. Miedo. Colas del hambre. Incertidumbre. La economía parada. Dolor. Pandemia por doquier. Tristeza. Luchas de poder. Intolerancia. Soledad. Depresión. Bulos. Mujeres maltratadas. Asesinadas. Mascarillas que axfisian . Tormentas devastadoras. Emigrantes que llegan huyendo de algo peor que el virus. Emigrantes que huyen de otros miedos. Gel que todo lo desinfecta. Ataúdes que llenan grandes recintos. Negocios que bajan la persiana. Políticos que no están a la altura. Abrazos virtuales. Inundaciones. Manifestaciones del odio. Hacinamiento de seres humanos esperando respuestas que no llegan. Mentiras. Engaños. Padres que matan a sus hijos para hacer daño a sus madres. Enfrentamientos ideológicos. Campos arrasados. Viviendas anegadas. Tornados. Distanciamiento físico. Ancianos condenados a la soledad. Noticias que se repiten y se repiten y se repiten y se repiten. Falta de libertad. Normas y normas, algunas contradictorias, absurdas, inútiles también. Paro. Ertes. Soledad. Morir sin familia. Viajar al más allá . Dar el paso sin cortejo fúnebre. Sin consuelo. Demencias prematuras, en casas, en residencias, en silencio. Infartos. Ictus. Parásitos. Depresiones. Ciudades en blanco bloqueadas de hielo. Ciudades vacías. Silencio. Aislamiento. Niños privados de abrazos seniles. Tiempo perdido que no vamos a recuperar porque el virus lo engulló sin darnos cuenta. Miedo al contagio. Miedo a salir. Miedo a lo que se sabe, a lo que no sabemos, a lo que podríamos llegar a saber…

Despierto y no me gusta lo que veo. Me niego a poner la mascarilla. Nadie ve el final del túnel. La tele dice cosas que... mejor callaba. No sé cuánto llevo en casa sin salir...

Despierto y vuelvo a empastillarme. Quiero dormir. Mi médico sabe que no he sido programada para sufrir, lo entiende y yo también, así que me piro.


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Escenas cotidianas - Gloria Losada



     Ana y Sebas caminaban despacio cogidos de la mano. Hacía apenas
dos semanas que habían empezado a salir juntos y cuatro que se
conocían, justo cuando ambos habían comenzado el curso en el nuevo
instituto. Ni uno ni otro habían conseguido encajar nunca en sus
antiguos colegios porque eran un poco frikies, si por frikie se puede
entender a alguien que le guste estudiar, le entusiasme el arte y la
historia y pase de emborracharse y de fiestas estúpidas. Puede que
para dos chicos de 16 años no fuera muy normal pero ni uno ni otro
deseaba renunciar a sus gustos por ir con la corriente, así que
encontrarse fue toda una fiesta, su fiesta.
    Aquella tarde habían quedado para rematar un trabajo sobre el arte
rupestre, trabajo precisamente a través del cual se habían conocido y
descubierto. Como había terminado pronto y hacía una agradable tarde
otoñal, salieron a dar un paseo. Al llegar a la altura de Los Canapés,
decidieron sentarse a comer unos paquetes de pipas. Comenzaron a comer
en silencio, solo roto por los tenues chasquidos de las cáscaras al
romperse, hasta que Sebas dijo:
      -Yo creo que estos bancos merecían estar en otro sitio de la
ciudad  donde tuvieran más vistosidad. Son una bonita obra de arte y
casi nadie sabe que existe.
    -Pues sí, podían ponerlos en el parque de Ferrera, o en el de las
Meanas… pero supongo que será difícil sacarlos de aquí. Además  este
es su lugar original. ¿Sabes que los construyeron para que el rey
Carlos III que viajaba de Avilés a Oviedo se sentara a descansar?
    -Eso es lo que se cuenta, pero no es verdad. El rey Carlos III
jamás viajó a Asturias, lo que sí es cierto es que se hicieron por
orden de él, que al parecer le gustaba mucho crear rutas a las afueras
de las ciudades, para que éstas tuvieran más fácil acceso, y
adornarlas con estas historias. No era mala idea, unos bancos para que
la gente descansara, como antes se andaba tanto a pie, o en caballo,
que nos les venía mal tampoco descansar el culo de tanto trote.
      Ambos rieron la ocurrencia de Sebas, mientras seguían comiendo
las pipas y colocando las cáscaras cuidadosamente en el medio de
ambos, para luego tirarlas en una papelera.
     -No los hay en muchos lugares – continuó hablando Ana -. Bueno en
Oviedo hay uno, o había, no recuerdo si sigue existiendo. ¿Te suena
una calle que se llama Silla del Rey? Pues ahí estaba, o está, no sé.
     -Silla del Rey, ni idea, pero podíamos ir un día a ver si la encontramos.
     -Pues sí, sería divertido. Siempre prensé que esa calle tenía un
nombre estúpido, si le hubieran llamado Trono, calle Trono, sería lo
mismo.
    -Ya, pero le faltaría sonoridad.
    -Sí, eso es cierto. Que buenas están las pipas, son un vicio,
cuando empiezo no paro. ¿Sabes Sebas? Yo creo que cuando se hicieron
estos bancos, el lugar tenía que ser perfecto. Quiero decir, hoy están
al lado de un puente de cemento, con vistas a una gasolinera, pero
antes todo eso serían campos… y un río… estaría chulo pasarse las
tardes aquí sentado, leyendo un libro, y de vez en cuando levantar la
mirada y contemplar el paisaje.
    Sebas soltó una risilla.
    -Visto así… - dijo- aunque no creo que por aquel entonces los
aficionados a la lectura leyeran fuera de sus casas. Lo que sí son, un
poco duros, se me está quedando el culo cuadrado. ¿Marchamos?
    -Sí, que en casa cenamos a las ocho y media y son casi las ocho. Vamos.
   -Qué vas a cenar tú con todas las pipas que te has comido.
   -Uy no sabes tú el saque que tengo.
   Tiraron las cáscaras de las pipas a la papelera y continuaron su
camino. Un días más.




Los Canapés - Marián MUñoz




Magdalena del Río nunca usaba su segundo apellido como forma de mostrar desprecio hacia una madre que la abandonó tras destetarla.
Fue en el verano de mis catorce años cuando me propuse trabajar y ganar algo de dinero.  Me había pasado todo el curso encerrada en casa, haciendo deberes, estudiando y viendo películas americanas que llenaron mi mente con ideas de independencia y de disfrutar la vida de otra manera.  Mi mejor amiga se había roto una pierna y su madre no nos permitía visitarla porque según decía “ensuciáis mucho la casa”.  Como me aburría decidí buscarme un entretenimiento remunerado.  El ser de constitución pequeña no me ayudaba con el cometido de canguro, tampoco interesaba en el barrio lo de beber limonada; en tareas de jardinería o limpieza no tenía mucha idea aunque estaba dispuesta a aprender con tal de recibir una paga.  No es que me faltara de nada pero generar mis propios ahorros me hacía sentir mayor.  Comentándolo con una amiga me escuchó Paquita la vecina de al lado, informándome que en la casona buscaban personal para las tardes.
Me armé de valor y entré por el gran portón de la casa azul, los jardines que la circundaban además de vistosos lucían muy cuidados.  Tiré del llamador de la puerta principal y abrió una mujer bajita y gruesa con cara de mal humor.  Me miró de arriba abajo despachándome con cajas destempladas.  Alzando la voz para hacerme oír le conté que buscaba trabajo, me miró nuevamente de la misma forma, reconozco que aún no estaba desarrollada y mi rostro conservaba rasgos infantiles, pero tenía mucha fuerza, la que me daba acarrear con diez o doce libros cada día que iba a la escuela. Intuía que iba a echarme cuando del interior de la casa se oyó una voz de mujer que decía “¡déjala entrar!”
Era la primera vez que me aventuraba en una vivienda como aquella, suelos de madera brillante, paredes profusamente adornadas con grandes cuadros, alfombras gastadas que aún conservaban su esplendor por las esquinas, el recorrido fue corto pero intenso para una mente juvenil impresionable.  En una gran sala y sentada en un sillón orejero granate descansaba una mujer mayor, si bien su peinado y vestimentas oscuras parecían sacadas del siglo pasado su voz demostraba energía y vitalidad.  Me preguntó mi nombre y observando mi pulcritud se levantó del asiento ayudada por un bastón, presta me acerqué para ayudarla.  Se colocó a mi lado y me cogió del brazo, parecía tan débil y escuálida que apreté el suyo a mi costado por si se tambaleara.  Sonrió y sin más preámbulos me dijo “¡estas contratada!”.  Mi tarea consistiría en acompañarla todas las tardes a dar un paseo de seis a ocho, el recorrido lo decidiría ella, debía ser muy puntual y la paga de veinte reales la recibiría el sábado, por supuesto el domingo descansaría como manda la ley de Dios y de la Santa Madre Iglesia.
Salí brincando de allí, tenía un trabajo y me iba a pagar más de lo que había imaginado, no cabía en mí de contenta.  Al día siguiente aparecí puntual y fuimos de paseo con paso lento pero seguro.  Mi obligación no era sólo acompañarla, sino portar una bolsa un tanto voluminosa desconociendo su contenido.  Dejamos atrás su casa y cruzamos la carretera general por donde había un paso de peatones.  Continuamos tranquilamente caminando mientras bordeábamos pequeñas huertas y una avenida arbolada, insistió en subir una pequeña cuesta y en su parte más alta nos detuvimos, habíamos alcanzado nuestro destino, un asiento ornamentado de piedra bastante sucio y descuidado a cada lado del camino.  De la bolsa sacó un pequeño cepillo con el que barrió la superficie del sillar, una vez limpio colocó encima dos vistosos cojines y como si fuera el bolso de Mary Poppins sacó un viejo cuaderno desgastado y empezó a leerlo.
Disimuladamente intenté echar un ojo a la lectura pero al estar escrito con caligrafía tan particular fui incapaz de enterarme de nada, al verme fisgar por encima de su hombro decidió contarme lo que ponía en aquellas anotaciones: “En la segunda mitad del siglo XVIII, se abrió un nuevo tramo en la carretera que transcurría entre Avilés a Oviedo y que unía esta villa con la cuesta del Vidriero.  Este tipo de paseos eran muy frecuentes en la arquitectura de la Ilustración que impulsó el rey de España Carlos III, no sólo servía para adornar parajes con obras monumentales, sino también se utilizaban fuentes, puertas, arcos o bancos de piedra como en los que estamos sentadas, servían para marcar la entrada de las ciudades importantes.  Los Canapés, así se llaman, datan del año 1786 y son obra de José Bernardo de Meana Costales. Se trata de dos bancos de piedra iguales que están situados uno frente al otro, como puedes comprobar, a ambos lados de la carretera y están realizados en sillería, con un asiento dividido en tres partes para apoyar los brazos.  El único escritor de la época que los cita es el famoso Gaspar Melchor de Jovellanos, viajero infatigable por tierras asturianas.  Estos canapés se convirtieron en un importante nudo de comunicaciones y fueron declarados monumento histórico-artístico en 1955.  Si te fijas en la parte alta está escrita una reseña (Reynando la magestad del Señor Don Carlos III se hizo esta obra) y en la de enfrente (A expensas de los propios y arbitrios de esta villa año MDCCLXXXVI), lo curioso es que el rey nunca vino a sentarse en ellos porque dos años más tarde falleció.  Además de la información había dibujos de los bancos y medidas de cada piedra, con comentarios sobre su estado de deterioro”.
El que aquellas piedras que invitaban al reposo tuvieran historia y fueran importantes quedó grabado en mi memoria de adolescente.  
Día tras día el paseo era el mismo, lo único que variaba era sentarnos en un canapé o en el de enfrente, lo tenía todo bien calculado, el tiempo que nos llevaba el paseo, el rato de lectura sobre los cojines apoyados en las frías piedras, apenas hablábamos y tampoco me atrevía a preguntar, hasta que un día nuestra relación se fue relajando e iniciamos conversaciones más personales.  Se interesó por mis estudios, por mi familia y también le pregunté sobre su vida.  Le notaba tristeza al hablar de sí misma, su madre la había abandonado siendo muy pequeña y la crió su padre abogado de afamada reputación, hombre cariñoso y familiar le permitió desde muy niña leer cuanto quisiera de su vasta biblioteca.  Le explicaba con palabras sencillas los casos en los que trabajaba, adquiriendo una cultura inusual para su época.  A los quince años conoció al amor de su vida, un joven que hacía prácticas de Ingeniería en el Ayuntamiento de Avilés, su relación fue un flechazo manteniéndola en secreto hasta que él pudiera terminar su carrera y ganar suficiente para formar una familia.  Cumplidos los diecisiete decidieron casarse, le habían encargado por el Ayuntamiento reformar y rehabilitar los Canapés que diariamente visitábamos.  Solía ir a verle mientras realizaba los trabajos y después él la acompañaba a casa, eran felices hasta que una tarde Magdalena se acercó como siempre y allí en el suelo tendido y lleno de sangre estaba su prometido junto con los hombres de su cuadrilla de trabajo.  Todos estaban muertos.  Él aún sujetaba entre sus manos el cuaderno donde había anotado la historia y las mediciones de los canapés, cuaderno que ella seguía leyendo día tras día para continuar oyendo su voz a través de la lectura de sus anotaciones.
Se había declarado la guerra y un grupo armado llegado desde Oviedo había accedido a la villa por esa entrada, dejando un rastro de muerte a su paso.  Nunca se recuperó de dicha pérdida y tampoco contó nada a su padre que veía como su hija día a día se consumía de dolor.  Se recluyó en casa dedicándose a cuidarle y al fallecer consiguió subsistir de las rentas de pisos y tierras que había heredado.  Nunca le había olvidado y siempre que podía se acercaba a los canapés para cuaderno en mano leer mientras en su mente oía el sonido de la voz de su amado.
Durante diez veranos la acompañé en aquel paseo, diez veranos de confidencias y conversaciones que me instruían no sólo en la vida, sino en la historia y en el arte, porque esa es la carrera que decidí estudiar gracias a su generosa paga.
Una triste tarde de invierno avisada por una prima acudí a su funeral y en el cementerio anegada mi vista por las lágrimas recibí un último encargo, continuar haciendo nuestro recorrido siempre que pudiera para que sus vidas siguieran unidas en el recuerdo.  Para ello me hizo entrega de la bolsa con el cepillo, los dos cojines y aquel maravilloso cuaderno que consiguió encauzar mi vida hacia el arte.