Una
vez hubo un hombre en mi vida, que no los cantamañanas de los
últimos tiempos, que me quiso mucho y sabía que el Concierto de
Aranjuez en la guitarra ,me traía un todavía no sé qué, algo
indescriptible que encendía oleadas de una dulce tristeza en mi
alma, como una premonición. Y a la vez una belleza profunda que
tocaba fibras ocultas de mi existencia.
Aprendió
a tocar gran parte del concierto con su guitarra y con frecuencia me
obsequiaba sus bellos acordes. Incluso cuando tocaba ante el grupo de
nuestros amigos, nos mirábamos y en esa mirada me decía: “es para
ti”.
Comprendió
y comprendí que la vida nos llevaría por distintos derroteros. Las
lecciones de nuestro crecimiento y aprendizaje estaban en caminos que
poco a poco iban divergiendo y con personas que vibraban en otras
notas.
Ha
pasado mucho tiempo, muchas experiencias con emociones de todos los
colores pero hay algo intangible y eterno entre nosotros dos, el
sonido de ese concierto que cada vez que suena nos inunda de aquellas
mismas sensaciones y aquel cariño de juventud. Y para siempre nos
unirá y nos recordaremos en esta maravillosa y nostálgica melodía.
Hoy
te la brindo amigo lector y si al escucharla ruedan por tus mejillas
las dulces saladas lágrimas, acéptalas y bendícelas, igual que
para mí, son agua de limpieza y sanación.

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