
Era
evidente que, ya en aquel momento, pensar estaba sobre valorado . Lo
mismo que amar. A mi el mundo me gritaba : “Descubre”
“Disfruta” “Ven”. Y no era un susurro, era un grito que no
podía dejar de oir, cada día. ¡Era tan joven! Mamá no lo
entendía. Ella ya entonces era de otra época . De aquella del “
Si tu me dices ven lo dejo todo…” Yo era de las que dejaba todo
por viajar, conocer mundos, culturas... trabajar sin ataduras, a
salto de mata, de aquí para allá . Estaba claro que ella no. Ella
dejaría todo por amor…
Así
estaban las cosas cuando recibí la primera carta. No la leí y fue
directamente a la papelera. Sólo con el encabezamiento ya sabía que
no era para mi ... “Estimada señorita…” Seguro que habían
tomado mal el email y había llegado hasta el mío... esa tenía que
ser la explicación . Olvidé el asunto. Punto. Seguí con mis cosas,
pero a los pocos días llegó una segunda y luego una tercera. La
dirección del remitente no me decía nada y me lo tomé a risa.
Creí que me gastaban una broma.
Una
noche mientras cenábamos, la entrada de un mensaje hizo que lo
mirase. Era la cuarta carta. Siempre tenía al lado el móvil y lo
miraba al instante, no lo podía evitar. Mamá no podía con ello así
que le conté lo de las cartas para evitar otra discusión como la
del día anterior. Sabía que le iban a gustar …Cuando terminé de
leerlas sus ojos brillaban .No eran cartas de amor pero eran
preciosas. Entonces lo que decían era lo de menos. Palabras,
vivencias corrientes que cualquiera podía haber escrito pero dichas
de una forma … ¡Cuanta sensibilidad ! Se veía que estaban
escritas sin prisa, buscando el término adecuado, la expresión
precisa, las palabras justas para llegar al corazón. Se notaba que
era alguien acostumbrado a expresarse por escrito. Quizá lo hacía
más a menudo que de forma oral. Allí no sobraba nada pero lo que
callaba aún era mejor. Se adivinaba tras ellas a alguien generoso,
con un corazón apasionado, de esos que se desbordan de humanidad.
Elegante como un buen vino, fino y delicado. Con un sutil sentido
del humor navegando sobre posos añejos de soledad … Ante sus ojos
brillantes barrunté lo que iba a pasar: Mamá se quedó con su
dirección y dejaron de llegar a la mía .
Las
semanas pasaban y mamá no decía nada aunque yo sabía que se
carteaba con aquel desconocido. Sus ojos lo decían, aquel brillo
cantarín la delataba, sin embargo respeté su silencio. Eran sus
cartas y sus historias. Bastante tenía yo con las mías… Era
joven y el mundo me gritaba tan fuerte al oído que le hice caso.
Empecé a viajar . Primero lo hacía por trabajo pero enseguida le
cogí gusto a estar fuera de casa y encontraba mil disculpas para no
volver. Disfruté como una enana en Australia, India, Tailandia,
China, Japón, Sri Lanka…y allí se quedó mi juventud. Me di
cuenta de ello cuando recibí una llamada de la tía Carlota para
decirme si no iba a volver, mamá se moría. Más de veinte años
fuera de casa sin preocupaciones, disfrutando a pierna suelta , sin
responsabilidades, sin cargas de ningún tipo, y, de golpe, los
cuarenta y cinco años que tenía, me pusieron en mi sitio. Cogí el
primer avión que pude pero cuando llegué mamá ya se había ido. Lo
hizo sin ruido, sin molestar a nadie. A mi nunca me había dicho que
estaba enferma. Hacía años que lo sabía y tuvo que ser tía
Carlota quien me lo dijera. Mamá le prohibió hacerlo antes.¡ Qué
mayor estaba! Metida en aquel ataúd parecía que la habían
reducido, le sobraba por todas partes. Tenía el pelo blanco y
arrugas profundas en la frente. Los labios habían desaparecido entre
el pegamento y la falta de carne. Los ojos, a pesar de estar bien
cerrados, resultaban saltones en unas cuencas hundidas y lívidas.
Nunca la habría conocido... por algo no me mandaba fotos ni quería
video llamadas… ¡Menudo deterioro!
Después
del entierro me quedé sola en el piso de mi infancia. Estaba tal
cual. Ni un mueble más, ni un portarretratos menos, allí, sobre la
consola, las fotos de sus muertos, como ella decía: papá, los
abuelos, el tío Genaro, Piluca, la hija de sus padrinos. Desde que
yo tengo memoria le acompañan. Siempre estuvieron ahí. Mamá
hablaba con ellos, decía que a la familia hay que tenerla presente y
ellos siempre lo estaban para ella. En su cuarto el ordenador
desentonaba con los muebles sesenteros. Era lo único casi actual en
la decoración y, sin ninguna intención, me senté frente a él y
navegué sin rumbo abriendo y cerrando carpetas. Descubrí un mundo
gastronómico entre miles de recetas recopiladas, muchas adaptadas a
su enfermedad. Visitas a museos de arte de todo el mundo. Información
de los países por los que me movía. Documentos scaneados ... Cuando
abrí CARTAS pensé, ilusa de mi, que mamá guardaría ahí la
escueta correspondencia que mantuvimos. Pues no. En CARTAS estaba la
correspondencia que iniciara, viviendo con ella, con aquel
desconocido que se había puesto en contacto conmigo. Había miles de
cartas, de él y de ella. Miles de cartas que leí casi del tirón
como quien mira por el ojo de la cerradura. Conocí a mamá a través
de ellas ya que aprovechó la correspondencia con un desconocido para
mostrar su lado más oculto. Para ser más ella misma. Veintitrés
años de su vida ocultos al ojo ajeno que irrumpían de lleno en la
mía sin haberme preparado para éllo. Fue un mazazo de realidad, de
posar los pies en el suelo. En los días que me llevó su lectura
maduré más que en todos los años corriendo por el mundo…
Ellos
dos nunca se conocieron cara a cara e intuía, viendo aún varias en
la bandeja de entrada, que desconocía su fallecimiento. Así que le
escribí para concertar un encuentro, decírselo por email era una
crueldad.
Javier,
que así se llamaba, llegó al parque en el que habíamos quedado
puntualmente. Pensé que una cafetería daría un toque frívolo a un
encuentro tan especial. El parque era el lugar ideal, entre árboles,
flores, pájaros y frescor, las malas noticias eran menos malas. La
vegetación amortigua el dolor . Cura. Acelera la regeneración
celular… Allí estaba yo sentada, en el único banco frente al
kiosko de la música esperando por él. Me sorprendió lo joven que
era. Entenderse tan bien con mi madre me hizo pensar en un señor
mayor, como ella, pero era más como yo, mayor pero no mucho más.
Nos miramos y, en sus ojos, vi que ya lo sabía. Para mi fue un
alivio. Dar malas noticias no se me da bien. A partir de aquí el
encuentro fue de lo más agradable. Nos conocíamos desde siempre.
Mamá hizo de celestina sin saberlo y yo estaba preparada para
valorar el amor en su justa medida. No necesitaba seguir huyendo. Con
el tiempo supe que aquellas cartas no habían llegado por error.
Javier trabajaba en la oficina de correos y allí supo de mi email en
una de mis visitas. Se había enamorado de mi sin conocerme, sabía
cómo iba a ser y esperó. Pura intuición. Su corazón no le
engañaría. Sus cartas reflotaron lo mejor del mío . Me enamoraron.
Sólo necesitábamos el encuentro... Gracias mamá

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