Las vacaciones me abrieron los ojos - Pilar Murillo

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Estábamos en diciembre cuando llamó la hermana de mi madre para invitarnos a pasar las navidades al pueblo donde nacieron las dos, mi tía y mi tío tenían un negocio, un bar junto a su marido. Muchos años íbamos porque así mi madre le ayudaba en fechas tan señaladas.

Yo hacía unos meses que había cumplido los dieciocho, tenía novio y aunque me apetecía ir al pueblo, pues tenía su encanto, no quería dejar a Sergio solo, porque últimamente lo notaba frío y distante y me imaginaba que si lo dejaba solo dos semanas, al volver me encontraría compuesta y sin novio, como se suele decir, no es que fuese desconfiada por costumbre me parecía un buen chico y no creía que fuese de esos de tener doble personalidad, porque era más bien parco en palabras con la demás gente que no fuese yo, era bastante tímido. Para enrollarme con Sergio, tuve que ser yo la decidida, y nunca me tuve por lanzada, más bien sincera, total estábamos en los ochenta, la mujer estaba saliendo de ciertos estereotipos, empezábamos a ser algo más libres.

Le dije a mi madre que sin Sergio no me iba con ella.

-Tú estás loca ¿Qué van a decir tus tíos si llevas a un chico contigo?

-Entonces os vais sin mí. Yo me quedo aquí.

-Peor me lo pones. ¿Quieres estar en boca de todo el barrio?

-Si tanto te importa el qué dirá la gente es que no me quieres.

- ¿Cómo no te voy a querer? Tú estás tonta.

-No me quieres mamá, porque si fuese así, desearías mi felicidad. O va Sergio o me quedo.

Mi madre no tuvo más remedio que entrar por el aro. Yo era mayor de edad ante la ley y ella sabía lo rebelde que podía llegar a ser. Por las buenas muy buena, pero por las malas…, sí o sí la iba a montar así que me dijo un “Ya veremos” bastante resignado.

Lo cierto es que cuando llegó el día Sergio estaba con su maleta, a mi ladito, esperando el tren que nos llevase a mi madre, a mi hermano mayor y a nosotros a aquel pueblo que tenía su encanto. No era pequeño, pero no llegaba a ser una villa, todos los habitantes vivían del campo y del ganado. Una vez allí haríamos planes de ocio y viviríamos juntos en casa de mi familia.

Llegamos por la tarde, a penas dos horas de viaje entre mi ciudad y el pueblecito. Presenté a mi chico a la familia, mi tía no disimuló al mirarlo y luego mirar a mi madre que se encogió de hombros.

Nos asignaron habitaciones, yo dormiría con mi madre, aunque ya llevaba un año acostándome con Sergio en camping o en casa de sus padres cuando no estaban. La habitación de mamá y mía al fondo del pasillo a la derecha y enfrente había un cuarto de baño pequeño. Mis tíos a continuación, Sergio frente a la habitación de los tíos y mi prima Macarena en la habitación de la entrada, de frente a ella estaba la cocina y a continuación un baño completo y más grande que el primero mencionado. Entre la habitación de mi prima y Sergio había un salón. El bar estaba justo abajo.

Sergio, mi prima y yo nos quedamos hablando en la cocina, después de cenar, mi prima y yo no parábamos de hablar con entusiasmo y yo no me estaba fijando y la cara de pasmado que se le había quedado a Sergio cuando miraba a Macarena, una chica con curvas, rubia, de ojos verdes, vestía como Madonna en la película “Quién es esa chica”.

Éramos bastantes diferentes mi prima y yo, ella salió a su madre y a la mía y yo a mi padre, pero también atractiva aunque morena de pelo y piel.

Pensé que estando de vacaciones todo sería mucho mejor entre Sergio y yo, que volvería a ser el que antes era. Allí no había mar, pero había un río de mucho caudal, ese era mi recuerdo de la adolescencia, no tan lejana donde mi prima y sus amigas íbamos a tomar el sol y nos bañábamos en el río. Luego pasábamos por casa de mi tía, nos duchábamos y nos arreglábamos para salir a la sala de juegos, allí jugábamos al billar o al futbolín o a los videojuegos de las maquinas esas gigantes, luego entrabamos en el único pub del pueblo a tomar una Coca-Cola. Pero era invierno. Menos lo de bañarse en el río que más bien se podía patinar sobre él, podíamos hacer todo lo demás. Mi prima y yo hicimos de guías para Sergio. Él parecía encantado y yo de verle así estaba super feliz. Allí no íbamos a tener momentos para los dos solos, pero en un momento dado que estábamos en el pub mi prima vio a unos amigos del pueblo que estudiaban fuera y quiso ir a saludarlos.

-Os dejo solos tortolitos.

-No tienes por qué hacerlo, nos encanta tú compañía.

¿Cómo? ¿Sergio hablando sin que le pregunten? “Me pareció que no era mí Sergio, bueno, ese era el error que nadie pertenece a nadie.

A la semana de estar allí mientras me estaba duchando llaman a la puerta del baño, era Sergio con voz feliz que como tardé tanto en levantarme y él llevaba un rato aburrido que se iba con Macarena a visitar el pueblo de al lado. No me dio tiempo a replicar nada. Cuando salí envuelta en la toalla, fui a mi habitación y me asomé a la ventana. Ya se habían ido.

Así con la toalla envolviendo mi cuerpo me tiré sobre mi cama, la de mi madre ya estaba hecha, miré a la mesita y cogí mi walkman y lo encendí para escuchar al grupo “Alaska y Dinarama” sonaba “Cómo pudiste hacerme esto a mí” y comencé a comerme el coco. Tardaron dos horas en volver. Yo me había ido yo sola a jugar a la maquina del bar de mi tía.

Cuando regresaron yo tenía una cara de mosqueo difícil de cambiar o de disimular.

-¿qué te pasa? _Dijo mi prima.

-Nada, _Le contesté muy seca.

-¿No tendrás celos de tu prima? -Dijo Macarena riéndose_ Qué no te lo voy a comer. Lo que me sobran a mí son pretendientes y no los quiero. Estoy muy bien sola.

Cogí a Sergio de la mano y me lo llevé a paso ligero cerca de la iglesia que a esas horas no pasaba nadie por allí. Le canté las cuarenta, sin darle gritos, pero sí con la voz más alta de lo acostumbrado.

-¿Tú me quieres? _Le pregunté.

-Sí.

-¿Pero me amas? _ Silencio por respuesta_ Dime la verdad.

-Mira, Carlota, yo te quiero, pero hace tiempo que ya no te amo.

-¿Y por qué has seguido conmigo?

-Porque acababa de morir tu padre y no quería hacerte más daño.

-Está bien. Tú te vas hoy o mañana, pero te vas de aquí.

El quedó descompuesto. Lo volvió a llevar Macarena a la ciudad a que comprase un billete de tren para el día siguiente. Todos descubrieron que nos habíamos dejado, mi madre con cara de desaprobación por haberlo invitado y mi tía lo mismo.

Pasaron las horas y sonó el teléfono. Mi prima llamaba a mi tía para decir que no la esperase a dormir que había llevado a Sergio a su ciudad y que sus padres la invitaron a quedarse para no conducir de noche.

Le arrebaté el teléfono a mi tía.

-Macarena, que se ponga Concha… Sí, la madre de Sergio…. Ah ¿que no está Ahí? ¿Y su padre?.... Me ha colgado.

-¿Cómo que te ha colgado? _Dice mi tía_

-Estos dos se han liado en mis narices.

-Mi hija no le hace esas cosas a nadie y menos a su prima carnal.

-Teniendo en cuenta que su madre hace casi treinta años lo hizo…_Dijo mi madre.

Y ahí las dejé discutiendo como cuando eran adolescentes mientras yo me metí en la habitación a llorar de rabia, pero solo diez minutos, luego debía seguir con mi vida y eso era hacer las maletas para irnos al día siguiente.

Cuando desperté desee que fuese un sueño, pero fue verdad y una dura experiencia de vida que me haría crecer, aún era muy joven y me esperarían más fracasos y aciertos.

Mi madre y mi tía se enfadaron solo unos meses, hasta que una de ellas llamó a un programa de televisión y se perdonaron en público. Fue muy emotivo.





 

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Tibores - Marian Muñoz

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¡Pero qué cotilla es Macarena! no hace más que preguntar por mis vacaciones y no le vale un “muy bien” sino que quiere detalles para luego chismorrearlos a toda la oficina. No tengo el cuerpo para contarle nada y mucho menos para recordar a pesar de que el viaje del año pasado fue genial.

Eran las primeras vacaciones de verdad después de la pandemia, la cual pasé encerrada en casa, primero por el confinamiento y luego por la restricción de movilidad. Además de tele trabajar aproveché para sacarme el B1 y el B2 de inglés y francés, una forma de desempolvar mis conocimientos adquiridos en el colegio. Para practicar navegaba por internet leyendo periódicos en dichos idiomas además de informarme sobre ciudades o lugares de interés para visitar en cuanto hubiera ocasión. Trasteando por páginas de aquí y de allá apareció una de intercambio de viviendas (las malditas cookies), parecía estar bien organizada y con fotos espectaculares, aunque no mostraban todo el contenido hasta estar registrado en su página web.

Suelo planear las vacaciones estivales con dos amigas y compañeras de oficina, Marisa y Belén, como el tema parecía interesante lo comenté con ellas para pulsar su parecer. La página era de Suiza, sopesamos incluso viajar en coche hasta allá para así poder tener libertad de movimientos y disfrutar de un turismo intensivo. Hablamos de quien se iba a registrar y qué domicilio ofertar, lógicamente salió el mío, Belén tenía aún pendiente de acondicionar su casa tras el incendio de la cocina al no tener seguro de hogar y el piso de Marisa sólo tiene una habitación además de una cocina pequeña unida al salón, no daban el perfil deseado que requería la página. No tuve más remedio que tragar y teniendo tres dormitorios más salón y cocina independiente resultaba el más adecuado.

Mientras me registraba, hice fotos impersonales de las habitaciones y realicé una leve descripción del entorno. Belén se encargó de planear la ruta y Marisa los hoteles para el camino. Estábamos muy ilusionadas, Suiza era buen destino al contar con ciudades y localidades muy atractivas. Mi duda era el idioma, aunque esperaba que mis conocimientos permitieran desenvolverme bien por aquella tierra. La oferta muy variada e interesante, lo difícil era elegir tanto la localidad como la vivienda o piso a intercambiar. Ya nos habíamos decantado por una cuando llegó a mi correo una solicitud, no se trataba de un suizo sino de un danés que ofrecía su casa justo en las fechas que nosotras queríamos viajar. El propietario se comunicaba en inglés, pero intercalaba frases en español para una más fácil comprensión de su interés. Las fotos eran para quitar el hipo, un edificio moderno de dos plantas con terrazas, jacuzzi, televisión en los tres dormitorios además de una enorme en el salón. Una cocina de revista y vistas espectaculares a un acantilado y a una montaña. Rápidamente las convoqué para hablarles de ésta nueva opción quedando prendadas de la oferta.

Esa misma tarde Marisa buscó diferentes vuelos para Copenhague y conexiones al pueblo de Mullenhorf, en la costa norte, casualmente a tan sólo veinte minutos en tren de la capital. Dudaba si aceptar el intercambio pues temía que fuera un timo, que la casa no existiera o que la persona que había contactado no fuera realmente el propietario. Busqué su nombre por internet, así como en Facebook, lo que vi me convenció de ser una persona de carne y hueso con una vida real y una familia, tras mucho pensarlo decidí arriesgar y acepté. Jugaba a mi favor la baza de que mi vecina de puerta era la encargada de darle la llave y vigilar que todo discurriera con normalidad. Metí en cajas mis efectos más personales y de valor para llevarlos al trastero, aprovisioné la nevera con suficientes alimentos para un día además de dejarles algo de cena preparada según las normas del grupo y tomamos rumbo a Dinamarca.

Unos ciento cincuenta euros nos costaron el avión ida y vuelta además de una tarjeta interrail para movernos por el país. El viaje hasta el aeropuerto sin problemas, tuvimos que coger el metro hacia la estación del ferrocarril y con las paradas en danés nos costó pillarlo, menos mal que la gente era muy amable y nos indicaban por dónde ir. Llegamos al pueblo y mediante una aplicación en el móvil de Marisa encontramos la vivienda. Cruzamos los dedos para que la llave estuviera bajo una estatua delante del portón de entrada. También rezamos para que la clave de desconexión de la alarma fuera cierta. Una vez dentro comenzamos a reír nerviosas y cansadas, del estrés del viaje caímos redondas sin siquiera cenar. Después de echar un rápido vistazo Belén enseguida repartió los dormitorios, me dejaron el principal con baño en su interior, la noche llegó de improviso así que, sin deshacer las maletas, me metí con una camiseta bajo el edredón nórdico de plumas y hasta el día siguiente.

Al levantarnos comimos un desayuno pantagruélico uniendo a la ingesta lo que nos habían preparado para la cena, estábamos realmente hambrientas. La primera jornada la dedicamos a situarnos, caminar por los alrededores buscando tiendas de alimentación, bares o cafeterías y observar en busca de museos o lugares típicos para visitar. Tras almorzar en un Burger y comprar en un supermercado regresamos cansadas, fue Marisa quien propuso un bañito en el jacuzzi, aprobada la moción sugirió que fuéramos desnudas, ya que debido al alto vallado de la finca nadie nos podía ver. Comprobamos antes que no hubiera cámaras de vigilancia o alguna que pudiera estar grabando y confiando en nuestra buena estrella, corrimos por el jardín en pelota picada y riéndonos a carcajadas. He de decir que aquellas burbujas y el agua tan caliente nos subió la lívido y estuvimos un tanto salidas.

No es que seamos lesbianas, aunque creo que Marisa sí lo es, tanto a Belén como a mí nos gustan los chicos, pero ante un buen rato de placer no le hacemos ascos y desde la primera vez en Disneyland París, solíamos hacer un ménage á trois muy placentero, siendo Marisa siempre quien lleva la batuta aportando juguetitos nuevos o posturas raras con las que nos partimos de risa además de gemir de placer. Las vacaciones tenían visos de resultar muy placenteras.

La vivienda estaba decorada estilo minimalista, algunos cuadros en las paredes, repisas y estanterías con muchos tibores de diferentes colores y diseños, unos más austeros y otros más floridos, descubrimos que en la zona de abajo había un taller cerámico, era evidente que alguno de los propietarios le gustaba crear jarrones, una pena que al tener tapa no pudiesen servir para decorar con flores. Si bien los grandes ventanales carecían de cortinas el asistente de voz que también entendía el español nos cerraba las persianas en cuanto se lo pedíamos, deseaba que mi casa más rústica y con escasa tecnología resultara agradable a los daneses. Rosa mi vecina no me llamó en ningún momento, señal de que todo iba bien igual que a nosotras.

Los días transcurrieron haciendo turismo, paseando por la playa cercana o visitando un par de veces Copenhague, todo iba viento en popa y disfrutando a tope de unas vacaciones inolvidables. Dos días antes de marcharnos visitamos un mercadillo por las fiestas del pueblo, una calle llena de casetas y puestos donde ofrecían alimentos, ropa, artesanía, bebidas. Aprovechamos para comprar algún recuerdo y sobre todo curiosear, fue en uno de cerámica atendido por una chica que al oírnos hablar español también lo hizo. Era de Almería y llevaba allí unos quince años, nos preguntó si podíamos quedar por la tarde para charlar e informarla de cómo iba el país. Nos pareció interesante y nos vimos en una cafetería del centro, contó un poco su vida y curiosidades del lugar. Al preguntar por nuestro alojamiento y responderle quiso saber qué opinábamos sobre los tibores, ya que conocía a la dueña al coincidir en un curso de cerámica. Nuestra respuesta no le satisfizo porque volvió a preguntar si teníamos conocimiento de lo que contenían aquellos jarrones. Ciertamente somos curiosas, pero también respetuosas con lo ajeno y no se nos ocurrió mirar en su interior. Acto seguido nos informó que los jarrones o tibores son urnas que contienen cenizas de migrantes fallecidos. Algunos intentan cruzar hacia Suecia o Noruega de polizones, pero si les encuentran al llegar a puerto, las autoridades sancionan fuertemente al capitán del barco y si es reincidente le prohíben volver a atracar en aquellos países, por esa razón cuando el barco está en mitad del viaje vuelven a inspeccionar por si algún polizón se ha colado, si lo encuentran le colocan un salvavidas y lo echan al mar. La mayoría no sabe nadar y aunque supieran las aguas están tan gélidas que pocos sobreviven, arrastrando las corrientes los cuerpos a la costa cercana al pueblo. La dueña pertenece a una ONG que los recoge, les hace una ficha con todos los datos que puedan recabar, incluso una foto, y los incineran. Ella crea las urnas, todas diferentes y en la parte de atrás incrusta un código QR con la información de quien contienen. Suele esperar cinco años por ver si a través de algún organismo u ONG los reclaman y después los lleva al cementerio. Los tiene en su casa porque esas personas han arriesgado sus vidas en busca de un futuro mejor y en esos cinco años les proporciona el calor de su hogar.

Las tres quedamos impactadas, haber vivido y tenido sexo durante esos días a la vista de una docena de muertos no eran nuestras vacaciones planeadas, los propietarios no informaron supongo por temor a no aceptar el intercambio. Esa noche no pudimos pegar ojo, es como si nos sintiéramos observadas, al día siguiente hicimos las maletas, buscamos alojamiento en la capital poniendo pies en polvorosa. El viaje de vuelta en avión fue bueno y al recuperar mi piso no dejaba de sentir un mal sabor de boca. Me sentía frívola y egoísta por pretender simplemente conocer y divertirme en otro país mientras existen personas que fallecen intentando tener una vida mejor.

En Navidades dije a mis sobrinos que aquel año no habría regalos, haría una donación en su nombre a una ONG, si querían desgravarla me tenían que dar el DNI.

A día de hoy y cuando los compañeros están preparando con ilusión sus próximas vacaciones veraniegas, ni Belén ni Marisa ni yo tenemos ganas de tenerlas.



 

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Unas vacaciones para olvidar - Gloria Losada

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Cuando era pequeña y protestaba porque no nos podíamos marchar de vacaciones mi madre siempre me contestaba que las vacaciones eran para los ricos. Puede que exagerara un poco pero en el fondo no le faltaba razón, en el sentido de que si decides marchar por ahí en esos días de asueto lo haces para disfrutar, y para disfrutar se necesita pasta, no andar escatimando gastos a cada instante. Así que si en un momento determinado no se tiene dinerito, pues no pasa nada, se queda uno en casita y ya está, ya llegarán tiempos mejores.

Eso fue lo que debimos hacer este verano mi querido novio Alberto y yo. Todos los años, desde que volvemos de vacaciones, nos ponemos a ahorrar para las próximas, y cuando llegan nos adaptamos al presupuesto que tengamos, a veces más, a veces menos, todo depende de como vayan nuestros respectivos trabajos y de los imprevistos que se presenten, y el de este año fue gordo. El coche se estropeó en pleno mes de mayo y el arreglo se llevó todo el bote vacacional y algo más, adiós viaje a Menorca. Pues bueno, las cosas hay que tomárselas como vienen, no habría viaje a Menorca pero por lo menos conservábamos el coche. Vivimos en una ciudad del Norte, cerca del mar, donde a lo mejor no podemos ir a la playa todo lo que nos gustaría pero con muchos lugares alrededor por descubrir a los que nunca vas porque están tan cerca que parece que no tiene mérito alguno un viajecito hasta allí. Esta era la ocasión. Pero mi novio no opina como yo, según él si no se marcha unos días de casa, no es capaz de desconectar, así que después de darle muchas vueltas y buscar soluciones que nunca iba a encontrar, pues ya le dije que financiar las vacaciones no entraba dentro de mis planes ni de broma, me propuso que nos marcháramos al pueblo, a su pueblo.

Pongámonos en situación, el pueblo de Alberto es un pueblo perdido en el medio de la dehesa extremeña. Sus habitantes parecen vivir en el siglo pasado y no hay nada, pero nada de nada.

Este año han hecho una piscina fluvial y también han abierto una discoteca, o un pub...por probar... – me dijo en su intento por convencerme.

Yo había ido un par de veces, cuando sus padres vivían allí, pero hasta ellos se habían marchado a la ciudad. En el pueblo solo le quedaban dos tías abuelas solteronas más raras que un perro verde y algunos amigos de la infancia. El panorama no era muy alentador, pero como me daba pena le dije que sí. Y para allí nos fuimos.

Llegamos una tarde soporífera, bajo un sol de justicia. Por las calles no se veía ni al Tato.Nada más entrar en casa de aquellas dos mujeres (Sinforosa y Virtudes se llaman), oscura y lúgubre como boca de lobo, me inundó una especie de angustia. Parecía sacada de una película de miedo, los muebles debían de tener mil años y la decoración lo mismo. Había relojes de péndulo, jarrones chinos, figuritas horrorosas y cuadros con personas que parecían observarte desde el fondo de sus ojos oscuros. Tremendo. Eso sí, las dos mujeres nos recibieron con mucho cariño, nos comieron a besos de tal manera, eso que a mí apenas me conocían, que me estuvo escociendo la mejilla cuatro días de las barbas que tienen las pobres.

Nos invitaron al salón, o lo que fuera aquella estancia horrible, y nos ofrecieron un vinito dulce y unas galletas hechas por Sinforosa, a la cual se le daba muy bien la repostería, al parececer. Si no fuera porque estaban un poco reblandecidas hubieran estado muy ricas. Luego nos condujeron a nuestras respectivas habitaciones, sí, habitaciones, a pesar de llevar viviendo juntos casi diez años aquellas viejas nos pusieron a cada uno en un dormitorio. Yo no dije nada delante de ellas pero cuando se fueron puse a Alberto de vuelta y media, el pobre no tenía la culpa de nada, simplemente les había dicho que iba con su novia y claro, para unas damas del siglo pasado si no existía vínculo matrimonial nada de compartir lecho. Yo decidí que no dormiría sola en aquel cuarto, donde, aparte de la cama, había un armario con una puerta que se abría sola por mucho que la cerraras, haciendo un ruído de bisagras inquietante, una mesita de noche con departamento para el orinal, incluido por supuesto, una silla y un cuadro de una pareja muy fea que no se sabía si era foto o dibujo, ah y un crucifijo encima de la cabecera de la cama con un Cristo con una cara de sufrimiento tan grande que casi daban ganas de llorar. Decidí que haría el paripé como si ocupara aquel cuarto para que las viejas no se escandalizaran, pero me iría con Alberto, aunque a decir verdad, su alcoba no desmerecía mucho de la mía, pero por lo menos estaría a su lado.

Aquella misma noche, Raimundo, su amigo de la infancia, uno de los pocos que se había quedado en el pueblo, nos invitó a cenar con él y su mujer. Hacía mucho que no se veían y Alberto aceptó encantado, yo no dije nada, qué iba a decir, era su amigo. Así que me puse mona y nos presentamos en la casa del Raimundo, como todos lo llamaban, y la Pascasia, su mujer. Vaya flash. Nos recibieron con el mismo entusiasmo que las tías. Eran de nuestra edad pero parecían nuestros padres. Yo me sentía totalmente desencajada con mi vestidito de piqué azul pastel, mi pelo cuidadosamente peinado, mi manicura... en fin, que yo iba de punta en blanco y como soy como soy, pues me sentí rara. Aquel hombre tal parecía que había llegado de la granja de cerdos que regentaba y se había sentado a la mesa. Su ropa tenía tanta mierda encima que yo creo que cuando se quitara los vaqueros se mantendrían de pie y tiesos, por no hablar de los restos de... no sé de qué que adornaban sus bajos, los del pantalon, se entiende, y del tufillo nauseabundo que desprendían de vez en cuando. Pascasia tampoco presentaba un aspecto muy deslumbrante, aunque por lo menos estaba limpia, salvo sus uñas, que parecían haber pasado por la manicura francesa pero en oscuro. El pelo estropajoso, le faltaba alguna pieza dental y en aquella cocina, a la que me llevó para que le ayudara a poner la comida en la mesa, en un gesto de familiaridad sin límites, no reinaban precisamente ni la limpieza ni el orden. De cena había croquetas de jamón, tortilla de patatas con ensalada de lechuga y tomate, empanadillas de atún y embutido, todo ello cosecha propia, bueno menos el atún que era de lata. La pobre Pascasia se excusaba diciendo que el Raimundo le había comunicado la cena así de improviso y que no había tenido tiempo de hacer nada más fino... Eran muy amables, y las viandas estaban buenísimas, aunque yo tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para empezar a comer, porque si me imaginaba a aquella mujer, con las uñas negras, dándole forma a las croquetas, se me quitaban las ganas de todo. Durante la cena me invitó a ir al día siguiente a la piscina fluvial, que al parecer era la atracción turística de aquel verano. Le dije que sí, que iría con ella, aunque no estaba yo muy segura... pero bueno, tampoco iba a pasar los días metida en casa.

Aquella noche, en cuanto las tías de Alberto se retiraron a sus aposentos, me fui a su habitación. Él me esperaba espectante, comentamos la cena y el recibimiento y tal... todo muy bien, yo me abstuve de decir lo que pensaba, no quería importunarlo. Luego se puso juguetón y entre risas y caricias y esto y lo otro pues nos pusimos al tema. Aquella cama rechinaba como una condenada pero en medio del frenesí amoroso ni uno ni otro lo tuvimos en cuenta, hasta que escuchamos unos golpes en la puerta. Era la tía Virtudes que había oído ruidos y le preguntaba a su sobrino si estaba bien. Alberto se levantó como un tiro, se medio tapó con la sábana y se acercó a la puerta para calmar a su tía. Cuando volvió a la cama nos miramos. Y por primera vez me manifesté.

No sé si aguantaré los quince días – le dije.

Él, no respondió. Supongo que pensaba lo mismo, o parecido.

El día siguiente, en la piscina, tampoco tuvo desperdicio. Pascasia pasó a buscarme a la hora convenida, venía con un niño pequeño, Pascasín, su hijo de cuatro años, era un niño muy mono, pero se pasó todo el camino protestando porque quería quedarse con su padre en la granja cuidando los gorrinos. Yo tenía la esperanza de que en la piscina encontrara niños con los que jugar y se olvidara del tema, pero tuve suerte a medias. Solo había una niño, Marcialín, cuya madre, Edelmira, era amiga de la Pascasia y allí se vino para con nosotras. Yo extendí mi toalla y me quite mi vestido playero, también me quité la parte de arriba del bikini, como siempre. Las otras dos, que tenían unos bañadores que ya le hubieran gustado a mi abuela para sí, me miraron y luego se miraron entre ellas, bien me di cuenta, pero no dijeron nada. Por lo visto ellas no tenían tetas, o eran distintas a las mías... no sé. Tuve la precaución de ponerme la parte de arriba cuando me fui a bañar, pero me la volví a quitar al regresar a la toalla. Pasamos la tarde tranquilas, aunque Pascasín venía de vez en cuando a solicitar que le llevaran con papá a la granja de cerdos, lloriqueando. La última vez que se acercó su madre le dio un azote en el culo y se acabó el tema. De regreso a casa, ya sin la Edelmira presente, Pascasia me dijo que cómo me atrevía a enseñar las tetas, que allí en el pueblo no estaban acostumbrados a tal cosa. Yo le dije que era lo que hacía siempre y que incluso alguna vez había ido a una playa nudista y allí había estado como Dios me trajo al mundo. Puso una cara de espanto que creí que le iba a dar algo y no me volvió a dirigir la palabra en todo el camino. Al día siguiente estaba corrido por todo el pueblo que la novia del Albertito, el sobrino de la Virtudes y la Sinforosa, era una fresca que enseñaba las tetas a todo el mundo que quisiera vérselas. Llego a oídos de las viejas en la panadería y durante el almuerzo me echaron un sermón de campeonato, eso sí, fueron muy sutiles y en ningún momento levantaron la voz, solo soltaban frases cargadas de ironía, igualito que dardos envenenados, frases como “se ha perdido la decencia”, “ya no hay mujeres que se hagan respetar” y así. Esta vez no me callé, esta vez les solté lo que pensaba, que yo hacía lo que me daba la gana y que no tenía que hacerme respetar delante de nadie, que el respeto ya lo merecía por ser una persona. Se quedaron tan cortadas que ya no volvieron a abrir la boca en toda la comida. Y por supuesto ya no me volvieron a tratar con tanta delicadeza.

Al día siguiente comenzaban las fiestas en el pueblo, si es que a sacar a los santos en procesión cantando después de misa y a una verbena con una orquesta de mala muerte se le pueden llamar fiestas. A la una era la misa, cantada también, como la procesión posterior. Sinforosa y Virtudes se vistieron con suma elegancia, mantilla española incluida. Me ofrecieron una, dando por sentado que las acompañaría a la Iglesia. Les dije que no, que yo no creía en Dios. Alberto me fulminó con la mirada y yo enarqué las cejas. Me conocía de sobras como para saber que yo era una mujer de principios y que no acudía a servicios religiosos ni en las bodas de los amigos.

Disculpadnos, tías, nosotros nos quedaremos haciendo la comida – soltó mi novio balbuceando como un imbécil.

La comida ya está hecha. Allá vosotros, si no os importa arder en los fuegos del infierno es problema vuestro – dijo la Sinforosa, y cogiendo de gancho a la Virtudes se marcharon todas dignas.

Media hora después pasaban con la procesión por delante de la puerta de casa, cantando a grito pelado y dándose golpes de pecho. Luego trajeron al señor cura de invitado a la comida del patrón. El tipo, un viejo colorado y gordinflón que engullía como si no hubiera un mañana, centró su conversación en la importancia del matrimonio, de la familia, de los hijos y todo eso, sin duda informado por aquellas dos arpías de que vivíamos en pecado. Yo lo escuché durante un rato y luego me evadí. Aquella carne asada estaba de vicio y me centré en comer, que visto lo visto era de lo poco que se podía hacer con gusto en aquel pueblo de descerebrados. Al cabo de un rato largo, fui consciente de que el hombre reclamaba mi opinión sobre todas aquellas babosadas que acababa de soltar.

Alberto y yo no pensamos casarnos ni tener hijos, así que siento que su discurso haya caído en terreno baldío.

Se hizo el silencio, solo roto por los sonidos guturales que hacía aquel gorrino comiéndose un pastel de merengue. Sin duda el pecado de la gula se lo pasaba por alto.

A aquellas alturas yo ya estaba en boca de medio pueblo, o del pueblo entero. Era una fresca, una maleducada...lo tenía todo. A mí me importaba un pito, la verdad, pero Alberto andaba un poco cabizbajo, puesto que se echaba la culpa de todo por haberme convencido de pasar las vacaciones allí.

Que no, hombre, que no. Tengo claro que no voy a volver –le dije–, pero también que el tiempo que me quede aquí me voy a divertir.

Aquella noche en la verbena increpé a dos tíos que no dejaban de mirarme las tetas, debían de pensar que iba a hacer top less allí mismo. Les pregunté si sus mujeres tenían las tetas cuadradas o qué. No me contestaron. Luego, ya en casa, la tia Virtudes me pilló entrando en la habitación de Alberto. Me miró con estupor y yo le di las buenas noches amablemente.

Es que tengo ganas de echar una polvete –le dije con claro afán provocador.

Nuestros planes inicales eran quedarnos una semana más, pero estábamos hasta el gorro, así que al día siguiente tomamos las de Villadiego. A las tías les dijimos que nos habían llamado con urgencia del trabajo, creo que ellas también quedaron aliviadas de despedir a unos invitados tan espantosos como nosotros. Que no se preocupen, no tenemos pensado volver.


 

 

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Nuevas flechas del amor - Esperanza Tirado

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Al día siguiente hacíamos como si nada hubiera pasado.

Pero sí que pasaba. Y a veces era cosa seria.

Firmado el divorcio, nos llamaban de Dirección y se nos obligaba a devolver el carcaj con las flechas y una de nuestras alas. Y nos mandaban a clases de readaptación. Para aprender nuevas formas de amor, nuevas masculinidades, los nuevos géneros fluidos y esas cosas.

He aprendido mucho de esas nuevas maneras; aunque confieso que con tanta sigla y tanto color me hacía un lío y veía muy lejos mis dos alitas juntas cada vez que repetía curso.

Algunos, los más tradicionales, no lograban sacarse el curso ni recuperar su ala perdida, ni lanzar otra de esas famosas flechas. Y se fundían en una nube de tristeza. Ese día había tormenta. No solo en los juzgados.


 

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Malos aires - Esperanza Tirado

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Al día siguiente hacíamos como si nada hubiera pasado. Y el runrún de la impresora nos daba los buenos días, mitigando el rencor, que aún flotaba en el ambiente, semiescondido entre los filtros de la ventilación, sin limpiar desde la noche de los tiempos, y que se podía cortar como mantequilla con un cuchillo.

Los gritos de discusiones previas hacían hueco a los nuevos en los armarios, llenos de documentación añeja, que amarilleaba un poco más ante la vergüenza del cruel intercambio de palabras. Los planos se replegaban un poco más en sí mismos difuminando las líneas de sus linderos. Los ordenadores funcionaban un poco más lentos, ante la tormenta que les caía encima. Los neones del techo titilaban, todavía asustados. Alguien llamaría a mantenimiento pensando en que tal vez estaban a punto de fundirse.

La próxima discusión absurda se calculaba disimuladamente en el calendario.

Y cada cual masticaba en su interior el destino de su próxima queja.

La víctima trabajaba impasible, atento a los datos de la pantalla que tenía delante.

Nadie sabía cuándo saltaría el resorte que daría paso al siguiente reproche, a una nueva queja, a un juramento gritado a los cuatro vientos, que bajaría a todos los santos del cielo y los haría enrojecer por la vergüenza de escuchar semejantes barbaridades de nuevo.

El rencor estaba enquistado entre el sudor, el calor y el cansancio general. Deseaba irse de allí. Pero nadie le abría una ventana para volar lejos y que se disipasen por fin los malos aires.

 

 

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Señales claras, por favor - Marga Pérez

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Que mi deambular por este mundo ha estado marcado por las señales espirituales no es ninguna sorpresa para los que me conocéis bien. Me inicié en esta costumbre durante la adolescencia, con mi abuela. Ella creía que los ángeles se comunican con nosotros, nos hablan de tú a tú, nos guían ... y yo acabé creyéndolo. Preguntarme ante cualquier acontecimiento qué era lo que tenía que cambiar, pasó a formar parte de mi rutina diaria desde entonces, sin tan siquiera cuestionarlo.

Las señales siempre han estado ahí, estoy rodeada de ellas y se presentan de sopetón para que yo las interprete. Es así.

Veo señales en el agua derramada sin querer, en el traspiés dado cuando me dirigía al psicólogo, en no encontrar zapatos para la boda de mi mejor amiga, en la lluvia pertinaz cuando me presentaron a Pedro, en la gripe que cogí cuando debía examinarme de conducir… Pero hubo acontecimientos significativos. Determinantes... Como La matanza de Atocha... ¡Fue bestial! Y yo estaba allí. Había ido a casa de mi hermana Elena que estudiaba en la capital. Todavía yo no tenía claro qué era lo que iba a hacer y mataba el tiempo estudiando inglés y fotografía en el pueblo, no fueran a pensar que no hacía nada. Había ido a Madrid con la intención de gastar los dineros de Reyes en las rebajas. Me pareció muy buena idea y a ella también. Llegué el mismo 24 de Enero, al segundo piso del número 55 de la Calle Atocha donde vivía mi hermana con tres compañeras. Preparábamos la cena cuando oímos los disparos…¡ Una salvajada! Oímos gritos, más disparos, carreras, portazos…¡ había sangre por todos lados ! Qué cantidad de policía, cuántas preguntas, cuánta decepción, cuánta rabia... Pero ese acontecimiento fue la señal que necesitaba para darme cuenta que tenía que ser abogada. ¡Estaba clarísimo! así que estudié convencida de que ése era el camino que debía seguir y lo seguí. Trabajé, desde que me licencié, como abogada de la UGT en Gijón. Defendí los derechos pisoteados de trabajadores que lo único que tenían era su trabajo. Estaba totalmente comprometida con los trabajadores a los que defendía y asesoraba. Sólo me tenían a mi. No ganaba mucho pero era feliz. Al menos eso pensaba hasta que en el 2001 me lié la manta a la cabeza y me apunté a un viaje para celebrar los veinte años de nuestra promoción. Nada menos que a Nueva York. Me costó mucho tomar la decisión, no nadaba en la abundancia pero reencontrarme con compañeros que hacía años que no veía inclinaron la balanza a favor y fui … nada menos que cuando los atentados de las torres gemelas. Vi los aviones sobrevolar Manhattan. Vi el fuego y la columna de humo saliendo de entre los edificios que tenía frente al ventanal de mi dormitorio. Vi la polvareda que nos cegaba tras la caída. Vi el horror en la cara de mi compañera de cuarto… y yo estaba allí. Tenía que ser una señal. Algo tan potente, tan destructivo, tan impactante, tenía que suceder para algo importante. Estaba claro, no podía seguir viviendo como lo había hecho hasta entonces…Todo podía ser destruido de hoy para mañana. Llegué a la conclusión de que tenía que aprovechar el tiempo. Que lo estaba desperdiciando pensando sólo en los trabajadores. ¿Y yo? ¿No tenía que pensar también en mi?. La señal era clara y contundente. Tenía que dar un giro a mi vida y cuando volvimos del viaje me puse en contacto con un compañero que andaba en política y encontré el empujón que necesitaba. Tenía que recuperar el tiempo perdido. Mucho dinero y poco trabajo no estaba mal.

Los atentados del 11S eran lo que indicaban. Desde entonces las señales siempre iban en la misma dirección. No había contradicción y mi carrera política despegó poco a poco llegando a puestos de responsabilidad en el partido y en las instituciones.

Hoy por motivos que no vienen al caso me encuentro en Edimburgo. ¡ Qué casualidad! justo cuando la salud de la reina Isabel es valorada como de delicada, falleciendo después de varias horas. Setenta años reinando y sin estar enferma, sin avisar , sin agonía... sin más, va y se muere. Y yo estoy aquí, en medio de la enorme sensación de vacío que ha dejado entre los suyos. En medio de la conmoción mundial por su pérdida. En medio del protocolo que conlleva su fallecimiento. En medio del cambio que supone que Carlos sea el nuevo rey. … ¿Los ángeles me siguen indicando el camino? Sé que es una señal pero no sé qué quieren que haga ¿Tendrá que ver con la muerte? ¿Con la forma en que puede suceder la mía? ¿Con el hecho de que la reina muera en Escocia, lugar proclive al separatismo? ¿Con coincidir su muerte con el día de Asturias? ¿Con estar en Edimburgo teniendo que estar en Madrid reunida con los sindicatos?¿Con el acceso de Carlos al trono... con setenta y tres años? A mi me quedan dos para la jubilación... igual si… Chicos, tendréis que ser más claros. Esta señal me tiene bastante desconcertada, dudo … no sé… voy a esperar a la próxima ¿vale? pero sed más claros porfi, una ya tiene una edad...



 

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Declaración de intenciones para toda la vida - Esperanza Tirado

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Yo, que he vivido tantas vidas, declaro estar cansado de esta última que me ha tocado en suerte. En mala suerte diría.

En la segunda recuerdo que todos nos saludábamos por la calle, quitándonos el sombrero, nos reuníamos en la plaza del pueblo y debatíamos, civilizadamente siempre, sobre los temas de más actualidad.

Claro, no había ni radio ni internet. Maldito invento. Que sí. Que me he vuelto un adicto, lo reconozco. Será por eso que quiero dejar de serlo y finalizar con esta adicción de una vez por siempre. Que no hago más que entrar en webs llenas de cotilleos, malas noticias, youtubers de medio pelo y fake news.

Aunque me falta escribir mi quinta vida. Fue emocionante. Viví la Segunda Guerra Mundial en primera línea y jamás me rozó una bala. Eso sí, el uniforme llegó hecho un asco al llegar la paz. Tuve que devolverlo y pagar una especie de multa por descuidar el material militar. Si los administrativos hubieran estado en las trincheras… Qué sabrán ellos, si nunca han puesto un pie en el barro.

Cuando cantamos Noche de Paz en la Primera Guerra fue hermoso. Bonito momento para recordar. Qué paz se respiraba.

Paz, bonita palabra. Gran invento nunca hecho realidad.

Pero esa fue otra vida, creo que la primera, o fue una previda. No recuerdo.

Tanta infoxicación en internet me está volviendo loco. Quiero parar pero teniendo conexión con datos ilimitados mi teclado echa humo. 

Menos mal que no estuve en el Titanic; ahí sí que hubiera reventado el sistema de comunicaciones, tecleando ayuda a todos los puntos cardinales. 

Después de la Segunda llegaron otras guerras, que también viví, pero con la experiencia de esa se me quitaron las ganas de alistarme en otra más. Ya, con la tele, la radio y los periódicos fue otra cosa. Como una película, pero en realidad la gente moría. Y todos sufrían. 

Seguimos matando por algo que está ahí en alguna parte, y que jamás nadie encontrará.

No aprendemos. No he matado a nadie en ninguna vida, pero estoy harto de repetirme en el dolor. Esta vez lo tengo claro. Acabaré mis vidas y dejaré de sufrir por la humanidad.

Pero antes de que se me corte la conexión contaré mis memorias. 

De mi tercera...o primera... o sexta... vida. Ya no recuerdo cuál fue la más interesante. Tengo que conectarme y googlear un poco más.



 

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