Un martes y trece para recordar - Isabel Marina

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Es difícil la vida cuando se es tan supersticioso como yo. Siempre esquivando gatos negros, evitando pasar por debajo de escaleras, aferrada a amuletos como el ojo turco contra el mal de ojo, la cigua asturiana. No lo puedo evitar. Ya mi madre era una súpersticiosa de aúpa, y yo soy su fiel reflejo.

Así que aquel martes y trece no iba a encontrar el ánimo para salir a trabajar. De acuerdo con mi forma de ver la vida, en cuanto a lo esotérico se refiere, el martes y trece era el peor día de todos, aquel en que te podía ocurrir cualquier desgracia. Por eso, en años anteriores en que había coincidido un martes y trece, siempre me metía en la cama esperando a que pasase, engañando en el trabajo y donde hiciera falta.

Aquel día me desperté con una idea fija: avisar en el trabajo de que me encontraba mal por una mala digestión y que tenía que ir al médico. No iba a tener problemas pues nunca faltaba y era bastante productiva y eficiente. Empecé a buscar el tetéfono de la secretaria cuando de imprevisto me llegó un mensaje al móvil: “El departamento de personal la convoca hoy a una reunión, a las 9, 30, con el director”.

Por primera vez en muchos martes y trece estaba obligada a dejar la cama, a vestirme y a acudir a la oficina. Las caras compasivas de los compañeros me dieron la bienvenida y me hicieron temer mis peores presagios. La empresa llevaba tiempo obteniendo pérdidas y el director de personal era una especie de psicópata que disfrutaba metiéndonos miedo. Pude observar que de su despacho salían personas cariacontecidas y me senté a esperar ser llamada.

Eugenio, que así se llamaba el psicópata, me miró fijamente y me dijo que la situación de la empresa no permitía que siguieran contando con mis servicios, que me agradecían mucho lo que había hecho hasta ahora pero que tenían que rescindir mi contrato.

En situaciones como esta suelo parecer una esfinge. A decir verdad, sentí el estómago lleno de piedras. Me sentí yo misma como una piedra, con una idea fija: ya se está cumpliendo el maleficio de los martes y trece. Tantos años esquivándolo y ahora no hay más remedio que apechugar con eso. Salí bastante desmoralizada pero sé que parecía orgullosa, y Eugenio me miró con cara estupefacta. Nunca había visto tanta dignidad en una persona a la que acababa de despedir, una persona que además necesitaba el pequeño sueldo que su trabajo de administrativo le proporcionaba. Pero así era yo. La injusticia estaba clara, pero era yo la que tenía que hacer frente a la situación que se dibujaba ante mí. Cómo pagar la letra de aquel piso en el que me había metido sin pensarlo demasiado, como pagar las facturas, cómo seguir.

Todo esto bullía en mi interior pero disimulaba, qué bien disimulaba. Hasta el punto de tener fuerza para consolar a los otros compañeros que también acababa de despedir.

Martes y trece, pensé, la agonía ha comenzado. Después, volví absorta en el metro, pensando en la temeridad que había sido salir de la cama un día como ese. La noticia podía haber esperado al día siguiente. Al salir de la estación, di un mal paso y me retorcí el tobillo. ¡Otra vez!, pensé, dolorida, otra vez la mala suerte.

Seguí andando las cuatro calles que separan el metro de mi casa. Por un momento, traté de infundirme ánimo. Yo ya llevaba tiempo aburrida en ese trabajo. No había posibilidad de ascender ni se reconocían mis méritos. Por eso, durante los últimos meses había hablado con algún amigo para cambiar de empresa. Raúl, uno de mis mejores amigos, había hablado con su empresa, y eso podía fructificar, me dije a mí misma. Empezó a sonarme el móvil y era él, Raúl. Dentro de mí hubo un rayo de esperanza. Pero no, la maldición continuaba. Mi amigo sólo quería decirme que no era posible contratarme, que los jefes lo habían meditado y mi perfil no les encajaba. ¡Qué perfil! pensaba yo. Si soy una simple administrativo. De qué manera se edulcoran las cosas cuando se da una mala noticia.

Así que de esta manera iba yo, renqueando por el dolor en el tobillo, tratando de asimilar mi despido y la falta de expectativas, y la letra que tenía que pagar, y los gastos, y la mierda de vida que llevaba, más sola que la una, después de haber firmado mi divorcio, entonces lo recordé, un martes y trece.

Me miraba en los escaparates y veía cómo se escapaban las lágrimas. Qué va a ser de mí, qué más puede ocurrirme hoy. Al pasar frente a un despacho de lotería, decidí comprar varios décimos, como si no acabaran de echarme del trabajo, como si todo fuera normal. Qué más da, pensé, si voy a acabar arruinada. Echemos a volar el sueldo. Enloquecí. Compré veinte décimos de lotería al mismo número, el 34675. Lo pagué con la tarjeta de crédito. Total, qué más da. Si dentro de un año me habrán echado también de casa por no poder pagar la letra del banco.

Cuando llegue a casa, me dieron ganas de gritar. El vecino de arriba se había dejado abierto el grifo y había agua en el salón y en una habitación.

¡No puedo más! le dije al vecino cuando subí hecha un basilisco. Esta mierda de martes va a acabar conmigo. Creo que él se quedó abrumado al ver a una mujer fuera de sí, gesticulando como una loca y arrastrando un pie.

No vuelvo a salir de casa un martes y trece, le grité. Nunca más.

Me pasé un buen rato llorando. No quise cenar. Sí, soy supersticiosa, me dije, con toda la razón del mundo. Mi poca estabilidad se acababa de hacer añicos.

Pasé después dos semanas sin salir de casa. Hacía la compra por internet y tenía el móvil apagado. Llegó veintiuno de diciembre y les dije a mis padres y a mis hermanos que me encontraba mal. La verdad es que mi familia y mis amigos estaban muy preocupados por mí. Al día siguiente, a eso de las dos, empezó a sonar el timbre. Qué pesados los de correos, qué pesados los vecinos. Me planteé no abrir. Llevaba además el mismo pijama sucio desde hacia una semana. Escuché la voz de mi hermana Paula que insistía en que la abriese. Lo hice al fin de mala gana.


¿No has escuchado la radio?, me preguntó. No, ni la radio ni la televisión ni nada, le contesté de mal humor.

Empezó a abrazarme y a darme besos.

  • Nos has hecho millonarios, gritó exultante.

  • ¿Cómo?, le pregunté.

Resulta que a ella y a nuestros padres les había regalado un décimo de lotería. El décimo había sido premiado con el premio gordo.

Se me empezó a nublar la vista. Busqué los otros 18 décimos. Allí estaban, relucientes, en un cajón. Paula y yo echamos la cuenta. Me había convertido en la propietaria de más de siete millones de euros.

Miré mi pequeño piso, ese que con tanto esfuerzo estaba pagando, miré mi pijama sucio y en el espejo contemplé mi aspecto desaliñado. Verdaderamente, metía miedo.

Paula, que no había heredado las creencias supersticiosas de la familia, me abrazó, riendo, y me dijo:


¿Qué? ¿No fue tan mal este martes y trece, verdad?


 

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Verdades - Esperanza Tirado

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La vida es un limón verde y amargo, que te obliga a abrir los ojos, que se burla de ti a la cara, escupiéndote con acidez la realidad de lo que no quieres aceptar. Cuanto antes lo aprendas, menos te costará morder y evitar ser mordida.




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Pisando líneas - Marga Pérez

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Y ése ¿ por qué me mira así?… ¡Será posible! Un criajo sacándome la lengua ¡Qué desfachatez!…Vas a hacerle burla a tu padre…¡Cómo te coja!… Ni un paseo puedo dar ¿Qué coño les hice?… Con ella ésto no pasaba. No me dejan en paz...A saber con lo que me encuentro cuando vuelva… ¡críos de mierda! Cara limón… si, éso me llaman, cara limón….¡Qué poca gracia! ¿Cómo saben dónde vivo? Si los cojo… Sabe Dios lo que encontraré en el buzón… De todo. De todo meten… ¡Qué desfachatez!

Y así, con la mirada extraviada y en pijama, da vueltas a la manzana. Desde que ella se fue no se atreve a más.


 

 

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Donde las dan las toman - Gloria Losada

                                   Gotas Laxantes

 

 

Soy gorda, siempre lo fui, desde niña. Tengo un problema de salud y a pesar de mi moderación en la comida me es muy difícil, por no decir imposible, perder peso. Lo llevo como puedo. Confieso que me gustaría verme más delgada y poder comprar ropa sin necesidad de buscar una tienda acorde con mis kilos, pero lo importante es que mi salud está controlada y puedo vivir sin demasiados inconvenientes, porque bueno, tampoco es para tanto, me sobran treinta o cuarenta kilos, tampoco se crean que no me puedo levantar de una cama ni moverme con soltura. Lo único que no soporto son las burlas. Cuando iba al colegio tube que soportar alguna que otra, pero ahora, de mayor, no paso ni la primera.

Estudié en la escula de Hostelería y soy una buena cocinera. Hace unos meses me salió un trabajo en un restaurante de las afueras, no es gran cosa, pero para empezar mi andadura laboral, tampoco está mal. El sueldo no es muy boyante pero respetan mis horas de trabajo y libro los fines de semana, que debería ser lo normal, pero visto lo visto... En fin, no voy hablar ahora de mis condiciones laborales. El caso es que el restaurante en cuestión es frecuentado por caminoneros y demás gente de paso. Últimamente almuerzan todos los días unos obreros de la construcción que trabajan aquí al lado. La mayoría vienen a lo que vienen, a comer, pagan y se largan, pero uno de ellos siempre tiene algo que decirme relacionado con mi peso. Un día me vio en la cocina y desde entonces no deja de soltar comentarios sobre mi figura, bastante soeces, por cierto. Así que no me quedó más remedio que actuar. En la tarta de limón que pidió de postre le vacié un frasco de laxante. Por la tarde pasó la ambulancia hacia la obra. Al parecer se lo tuvieron que llevar al hospital entre dolores horribles y un hedor nauseabundo fruto de sus.... bueno, ya saben. Estoy muy satisfecha. Cuando vuelva por aquí le voy a preguntar qué tal le sentó la tarta de limón. Seguro que se da por aludido y me deja en paz.

 

 

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Destiempos - Dori Terán

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  Pareciera que los comentarios de la gente reclamen la cotidianidad del clima. En los saludos de los encuentros entre las personas, se intercambia siempre, como algo sorprendente, una nota sobre el comportamiento de la atmósfera palpable.-“Buenos días vecino, que calor tan sofocante tenemos” -“Buenas tardes Pedro, ponme una pechuga de pollo. Ay!! que no sé qué van a pastar tus vacas como siga sin llover”. –“Hola doña Anita, voy al parque a tomar este sol radiante que tenemos” Y es que ya estamos en enero y no hace frio y las nubes no tapan el sol ni quieren llorar. Hasta las cumbres más altas esperan impacientes el manto blanco que enfría los ardores del estío y que tras fundirse en agua con la loca primavera las hará explosionar en esplendor de vida hermosa. Adela saborea feliz este verano eterno e inagotable. No le gusta el frío, ni el viento que enfurecido silba en las ventanas y embravece los mares que se tiñen de gris y rugen en marea de olas gigantes. Lo ha visto una vez cuando Teresa la llevó a su pueblo de marineros a pasar unos días. Pasó mucho miedo. Y el agua,¿çómo va a faltarnos un día el agua?. Solo hay que mirar el río que pasa por el pueblo. Serpentea cuando encuentra la montaña y forma meandros que pregonan su poderío ante ella. Discurre caudaloso y raudo en la llanura silenciosa hasta llegar a la cascada donde en un salto de gigante entona un sonido perfecto, una melodía entre la piedra y la espuma. En Urbel jamás ha faltado el agua. Le ha contado Matías que el poblado se asienta sobre un lago subterráneo que al filtrarse regala arroyuelos y fuentes y que en el descaro de su rebose cuando llueve mucho, escupe por la boca de la cueva que lo contiene, el aluvión de su crecida. Matías sabe mucho sobre esto, bueno, y sobre muchas cosas más. Ha estudiado en una universidad muy buena. Matías es joven y es simpático. Le gusta hablar con los lugareños cuando se acerca los fines de semana para descansar en la casa que un día fue de sus padres. A Adela le gusta escucharle, como es maestro, sabe muy bien cómo hacerse entender. Ella pocas veces ha salido del pueblo. Ya es mayor para emprender caminos. Estuvo a punto de hacerlo cuando Teresa su amiga del alma, se marchó al norte a aquel pueblecito donde el mar se junta con el cielo y huele a sal y a una hierba que reposa en la playa, ocle lo llama Teresa. Pero no, ese no era su lugar. Si agasajas a la tierra con tu trabajo, la tierra te obsequia con la dádiva de alimentos que ves crecer y madurar. Los cuidas, los mimas y son como hijos que te devuelven en gratitud toda su energía. Y ahí quiso quedarse ella Las tierras de Urbel son muy fértiles en lentejas y el hierro de esta legumbre ha legado a toda la personalidad y persona de Adela la valentía y el arrojo para vivir sola, que no en soledad.

Tiene un pequeño huerto que es la admiración de muchos vecinos y la envidia de muchos otros. Tomates que colorean, pimientos verdeando, lechugas de todos los colores, calabacines blancos y verdes, anaranjadas calabazas que expanden ramas y hojas adueñándose del suelo y muchos más hijos. Variedad y calidad. Es Enero y el huerto está en descanso. Adela sigue el calendario de siembra agrícola aunque si el tiempo sigue siendo eterno verano tal vez haya que cambiar ese calendario. Los frutales parecen confundirse en su proceso de maduración y crecimiento Este año las nueces anticipadamente maduras han caído del nogal sin esperar el viento que las ayuda a desprenderse en los meses de octubre y noviembre.

En un rincón de su vergel tiene Adela unas azucenas blancas y amarillas que por la época del año deberían dormir en sus bulbos. El sol camelador las ha dado con su luz y calor el poder de lucir en invierno Adela las contempla cada día desde su ventana. Son preciosas, Esta noche hay un perfume distinto en el aire. El descanso nocturno se vuelve agitado. La pesadilla se cuela en los sueños de Adela. Ve con claridad nítida como Urbel desaparece tragado por el lago subterráneo que emerge violento sin pedir permiso, enfadado por no recibir el alimento que se le debe, la lluvia El ruido ensordecedor de un trueno la arrebata del mal sueño. Corre descalza y observa que tras la ventana están las azucenas mordidas por la lluvia. Van a sufrir su destiempo. Ha llegado el invierno a Urbel. Ojalá que la película de su dormir no sea una premonición, el lago subterráneo ya tiene su alimento y la vida de las bellas azucenas del huerto.




 

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Azucenas - Marian Muñoz

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Lo que nos depara el futuro nunca es seguro, nunca sabemos lo que tras un paso nos podremos encontrar, sin duda la vida es belleza, bondad y alegría, aunque en ocasiones difícilmente las tropecemos. La inocencia y la maldad pueden enfrentarse a cada instante y posiblemente una de las dos pierda en el contacto, en ocasiones quien pensamos es más débil gana la partida.

Cuando contaba diez años mi padre falleció, maduré rápidamente pues mi madre le echaba en falta más que yo, viéndome en la obligación de hacerle los días más agradables, más amenos, para que no se viniera abajo. Estábamos solas, decidiendo yo por ella ser la más fuerte, la más ingeniosa, la más dispuesta a lo que fuera con tal de verle una sonrisa en su rostro y gesto cariñoso hacia mí. Papá trabajaba en una gestoría y mamá como dependienta en una boutique, debido a su horario era quien me llevaba y traía del colegio. Las tardes solía pasarlas en la trastienda haciendo deberes o dibujando mientras la escuchaba atender a las clientas. Hasta que no nos quedamos solas no comencé a ser totalmente autónoma e independiente, haciendo las compras y recados de casa. Con su sueldo más la pensión de viudedad y orfandad nos apañábamos bien, sin grandes lujos, pero sin grandes necesidades, lo peor llegó en el momento de ir a la universidad, mis notas eran buenas, pero no lo suficiente para una beca sustanciosa, por fortuna los hermanos de mi padre nos dieron una solución.

Me pagaban la matrícula y un pequeño apartamento a cambio de atender a tía Carmela, una anciana que residía sola en Salamanca, le tenían mucho cariño por haber ayudado a la familia cuando estuvieron en apuros económicos y lo único que debía hacer era pasarme las tardes con ella, darle la merienda, la cena y acostarla, del resto ya se encargaba una señora que llevaba muchos años cuidándola. No parecía mucho esfuerzo, aunque temía por su carácter, pero al menos podría iniciar mis estudios con apenas costo para mi madre. Acepté la oferta, la distancia de 300 km de casa parecía mucha, pero era la única solución factible a mi porvenir. El apartamento se encontraba cerca de su casa, justo el día antes de comenzar las clases la conocí, una anciana delgada, de cálida sonrisa y muy dicharachera, debido a la edad tenía problemas de movilidad, pero su cabeza parecía estar muy centrada para sus 95 años. Congeniamos y fue ella misma quien me aleccionaba donde estaban los utensilios en la cocina, así como la comida, no fue realmente un trabajo sino el acompañamiento a un familiar muy simpático.

Cierto que apenas disponía de tiempo libre, entre clases, la tía y estudiar. Debía apañarme como fuera y sacrificarme durante unos pocos años para luego conseguir un buen trabajo y ayudar a mi madre. La ciudad invitaba a pasarlo bien con tanto estudiante merodeando, costaba resistirse y alguna vez me relajé con gran sentimiento posterior de culpa, debía ser responsable y centrarme en mis tareas, además la tía lo hacía todo fácil, le gustaba contar batallitas de sus tiempos. Cuando hacía bueno dábamos un pequeño paseo alrededor de su casa, merendábamos en una confitería cercana donde era conocida, íbamos a su farmacia favorita o simplemente nos sentábamos en un banco del cercano parque mirando el deambular de la gente, no me aburría, tampoco en casa donde las noticias del periódico o la televisión siempre eran motivo de conversación. Fue en una de ellas cuando comencé a pensar que las neuronas le patinaban un poco. Habían publicado un documental sobre la vida del poeta Oscar Bonilla al concederle el premio Cervantes. Según contaban hasta en tres ocasiones fue finalista para el Nobel de Literatura. Laureado con diferentes premios y honores eran muy conocidas sus coplas al Cantábrico que le granjearon múltiples reconocimientos por el norte de España.

La tía decía haber tenido, antes de casarse, un affaire con él. Se conocieron veraneando en San Sebastián invitados por un amigo común, allí nació un sentimiento de atracción muy fuerte entre los dos, sentimiento que se perdió al tener que huir él a Sudamérica por un tema político. Quizás fuera cierto lo que contaba, pidiéndome que subiera al desván en busca de la maleta que se había dejado el poeta. Si bien el edificio había sido reformado hacía veinte años, el desván, buhardilla o trastero como quiera que se le llamase estaba tal cual lo construyeron en su día. Aquella tarde entraba poca luz por las claraboyas y una simple bombilla de baja potencia intentaba iluminar la estancia. Vigas altas, oscuras y sucias de madera llenas de telarañas, mucho polvo y suciedad por el suelo además de en los pocos enseres que allí había. Tuve que utilizar la linterna de mi móvil para buscar la dichosa maleta que no apareció, ni ella ni ninguna otra, sospechaba que Carmela no sabía lo que guardaba realmente en su desván.

Me encantaba cuando empleaba palabras francesas como frixider o buduar, para darse un toque chic igual que en sus tiempos de soltera. Durante una temporada estuvo contándome sus amoríos con el poeta, parecía haber hecho una regresión al pasado y lo narraba como si lo estuviera viviendo, escandalizándome en algunos momentos por lo libertinos que pudieron ser para sus tiempos. Insistía un par de veces a la semana que buscara la maleta, en ella hay un tesoro, decía. Pero subía una y otra vez a rebuscar y la dichosa maleta no aparecía. Entre batallita y batallita fue pasando el tiempo, en vacaciones seguía cuidando de ella y era mi madre quien se alojaba en mi piso por unos días y así poder estar juntas y charlar de nuestras cosas para no perder la relación. Estando en el tercer curso una mañana recibí la llamada de la señora que la cuidaba, acababa de avisar al médico pues tía Carmela se encontraba mal. Corrí hacia su casa y la cara del doctor reflejaba preocupación, el corazón mostraba sus 98 años y comenzaba a fallar, aquella tarde murió. Avisamos a mis tíos y a mi madre, ellos se encargaron del sepelio y muy triste acudí a su funeral para luego acompañarla hasta el cementerio, el panteón de su marido era precioso, por fin estarían juntos. Caminando hacia la salida me fijé en una tumba con un plantel florido de azucenas, en ella ponía el nombre de Oscar Bonilla, después de todo iban a estar bien cerca el uno del otro hasta la eternidad.

Los tíos me avisaron para asistir a la lectura del testamento como heredera de mi padre. No estaba interesada en recibir nada porque lo que me pudiera dar ya lo hizo mientras vivía, fue un ser entrañable y carismático del que aprendí mientras me contaba su vida. Aun así, acudí acompañada de mi madre y tras los prolegómenos dejó a mis cuatro tíos el piso donde vivía y unas tierras en las afueras de la capital además de algo de dinero a su cuidadora. Me pareció justo y no me importó, hasta que el notario me nombró como heredera de su desván y todas las pertenencias que en él hubiera. Sé que no debía, pero no pude evitar reírme, el ser la próxima propietaria de una estancia tan, tan, bueno no sé cómo describirla, sucia, fea y cochambrosa, no me pareció ningún legado interesante y creo que lo mismo pensaban mis tíos.

Durante aquellos años mamá había ahorrado lo suficiente y pude continuar alquilando el apartamento y seguir con mis estudios, los cuales terminé. A la graduación vino Fran, mi novio, que estudia arquitectura en Barcelona, aunque estamos muy alejados mantenemos contacto y nos seguimos queriendo al conocernos desde niños. Al día siguiente de la fiesta cogí las llaves del desván para enseñárselo y preguntarle si se podía hacer algo útil con él. Al abrir la puerta tuve la misma sensación que antaño, como si la tía me estuviera esperando abajo llevándole por fin la maleta tan deseada. Aquella mañana hacía un sol que entraba a raudales por las claraboyas y el lugar no parecía tan lúgubre, a la izquierda nada más entrar había un secreter, su secreter, que nunca había estado allí sino en su dormitorio, jamás lo había visto en mis incursiones anteriores. No tenía mucho polvo por lo que intuí había sido subido recientemente. Cerca del mismo el sol se reflejaba en un objeto dorado, era una de las cerraduras de una maleta, quizás la maleta que tanto busqué. Las lágrimas me saltaron de los ojos y no pude evitar sollozar ruidosamente, menos mal que Fran estaba cerca y me consoló. La abrí por fin y, para mi asombro, estaba vacía, el desconcierto se apoderó de mí, pasé del lloro a la risa. No estaba demasiado mal, sucia y vieja, su interior parecía estar en buen estado. Tiré de las gomas de los bolsillos por ver si resistían y mis dedos tropezaron con algo. Una diminuta libreta, de pastas duras y negras, sus pequeñas hojas estaban rayadas, en ella había algo escrito: “Tras la ventana las azucenas estaban mordidas por la lluvia, más su belleza continuaba impoluta debido al resplandor del cielo en cada gota de agua. No hay nada perpetuo, más lo efímero es eterno mientras se recuerde……” Eran las primeras líneas de un poema, lo que tanto ansiaba encontrar tía Carmela y no pude dar con ello.

No tenía duda del valor incalculable de mi hallazgo, mi instinto me pidió seguir curioseando por el secreter, en un cajón oculto a la vista aparecieron cartas que por la firma podrían ser del gran Oscar Bonilla, ¡me las había legado a mí, era su única propietaria! Días más tarde me puse en contacto con la fundación del poeta, les presenté mediante un abogado la obra desconocida y me hicieron una generosa oferta que no rechacé. Invertí el importe en reformar y acondicionar el desván como mini piso. La vida me llevó por derroteros lejos de allí, pero de tarde en tarde me gusta acercarme a la bella ciudad de Salamanca para relajarme, deleitarme con sus monumentos y calles, y como no, para recordar a la dulce tía Carmela quien pensando en su muerte se acordó de mí.

Las paredes del pequeño y coqueto alojamiento las tengo decoradas con cuadros y fotos de azucenas en recuerdo al poeta que tanto amó a la tía.

 

 

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Una historia de provincias - Isabel Marina

                  
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Tras la ventana estaban las azucenas mordidas por la lluvia. Lucía las miró y sintió cómo resbalaban las lágrimas por sus mejillas, adoptando la forma de una extraña lluvia interior. Lucía pensó en la cualidad de algunos estados atmosféricos de asemejarse a estados interiores del alma.

Hay errores que se pagan toda una vida y errores que se cometen desde el principio sin que una se dé cuenta.

Cuarenta años, Lucía llevaba cuarenta años confiando ciegamente en Carlos para que ahora, a la primera de cambio, todo estallase y la abandonase por una mujer más joven. Cómo iban a reírse todos los vecinos, los compañeros de trabajo, todos. Porque la gente es mala, pensaba Lucía, mientras se preparaba un café. La gente es mala, rencorosa y envidiosa. Cuántas miradas insolentes había notado a su alrededor, las tardes en que salían de misa, o en el mercado cuando los sábados la acompañaba.

Carlos siempre había sido un hombre muy guapo, exageradamente guapo, intolerablememente guapo. Había supuesto una auténtica revolución cuando se había asentado en la ciudad, a los veinte años, con su familia.

Un hombre que es como un trofeo que una pasea inconsciente, sin darse cuenta de que es objeto de codicia, de que convierte a su poseedora en la diana de los peores pensamientos.

Ya se lo había dicho su madre después de presentárselo: “ten cuidado, hija. ¿No es demasiado guapo este Carlos? Aquel hombre era la reencarnación de apolo. Alto, con una figura distinguida y una elegancia de movimientos increíble, con una piel suave, suave, hasta hacer perder la cabeza. Y esos ojos verdes y esa sonrisa profidén, y esa exquisita educación, y esa culturaza…Carlos era la perfección encarnada en hombre y se había fijado en ella cuando tenía dieciocho años.

Pero él no se daba importancia. Era un hombre sumamente respetuoso, respetuoso hasta lo inconcebible y muy religioso, con decir que nunca intentó propasarse con ella ni tocarla en zonas que no procedían. Sí, aquella era otra época, de acuerdo, hacía cuarenta años de aquel noviazgo, pero todas las amigas de Lucía se quejaban de que sus novios no paraban hasta que conseguían esa flor que los sacerdotes decían que debían cuidar y proteger.

Carlos ni siquiera la puso en ese brete. Él siempre decía que había que esperar al matrimonio, que no quería ofenderla con deseos brutales y perversos, que solo en el seno de una unión legítima ese acto podía tener sentido. Así que esperaron, pacientemente, diez años de noviazgo, hasta que él sacó las oposiciones a notarías, y se casaron un tres de agosto, en la iglesia principal de la localidad de provincias donde ambos residían.

Lucía, que para los asuntos del sexo era una absoluta ingenua, se dejó hacer en la noche de bodas y apenas sintió nada. No le pareció un asunto tan importante como sus amigas y algunas mujeres de su familia le habían hecho ver. Después, la vida sexual del matrimonio se limitó a una vez al mes, en el intento de que Lucía se quedase embarazada, cosa que Dios no quiso.

Al cabo de unos años, Carlos decidió que ya no era tiempo de tener niños, que eso tampoco era tan importante, y que no estaban obligados a hacerlo todos los meses. Para qué enfangarse con un acto que, digan lo que digan, es tan feo, decía Carlos, un acto que si no sirve para procrear no tiene mucho sentido según la santa madre iglesia. Y Lucía asentía convencida. Así que poco a poco su convivencia fue convirtiéndose en la de dos amigos, dos amigos muy bien avenidos, eso sí.

Mientras empezaba a limpiar la casa, como todas las mañanas, exhaustivamente, Lucía recordaba con nostalgia todas las conversaciones sobre lo divino y lo humano que había tenido con su marido, todos los viajes a Toledo, a Cuenca, a Segovia, los consejos que él le había dado cuando ella discutía con alguna amiga, o con la madre, que seguía teniendo bajo su punto de mira a Carlos, y seguía diciéndole, en privado, con esa mirada afilada: “Te has casado con un hombre demasiado guapo. ¿Estás segura de que te es fiel?”

Pero ella estaba segura, más que segura, ciega por él. Era el suyo un amor que rebasaba todos los límites, una admiración sin fisuras, porque él, su Carlos, no solo era un hombre bendecido por el cielo con una belleza física espectacular, sino un hombre espiritual, un hombre que no daba importancia e incluso sentía repulsión por los bajos instintos. Ella consideraba que esto era ser espiritual, y esa espiritualidad disparaba los más amorosos y puros pensamientos. Carlos para ella era una especie de dios. Y ella tenía la suerte de vivir consagrada a él.

Por eso no comprendió aquel cambio de proceder en su marido, una persona tan respetuosa con ella, con unas costumbres tan dignas y tan acordes con lo que se podría esperar de un notario, de convicciones religiosas firmes y serio, muy serio, a pesar de su belleza física, que no había disminuido apenas, a pesar de tener casi sesenta años.

De repente, empezó a llegar tarde por las noches y a faltar alguna de ellas, con la excusa de tener mucho trabajo. Algunos fines de semana, incluso, aludía a que tenía que ir a Madrid, pues había llegado a un acuerdo con una notaría de allí para efectuar trabajos conjuntos, y no regresaba hasta el lunes. Lucía estaba extrañada, pero ni se le pasaba por la imaginación desconfiar de un hombre que había demostrado durante cuarenta años su absoluta respetabilidad y amor por ella.

Por eso, aquel cuatro de diciembre, hacía exactamente dos meses, Lucía se quedó en shock cuando Carlos le comentó, entre lágrimas, que tenía que poner fin a su matrimonio, que no había sido sincero consigo mismo ni con ella, que había estado viviendo una mentira y se la había estado haciendo vivir a ella también. Que en realidad siempre había sentido rechazo y prevención hacia el sexo porque no eran las mujeres lo que le gustaba, sino los hombres, y que había llegado a descubrirlo con gran sufrimiento, pero que ahora, que había sido capaz de reconocerlo ante sí mismo, no iba a continuar viviendo en la falsedad y la mentira.

Lucía no podía articular palabra ni dar crédito a lo que estaba oyendo, sólo resonaban en ella las palabras de su madre que siempre, a las primeras de cambio, decía lo sabido: “Te casaste con un hombre demasiado guapo y eso es un motivo de intranquilidad”.

Lucía continuó en silencio también cuando Carlos hizo otra mañana sus maletas y le dijo que siempre se ocuparía de que no le faltase de nada, que comprendía que ella le había dedicado su vida y que siempre sería una persona querida para él. ¡Una persona querida!, así, tan fríamente, pensaba Lucía. Esto no puede ser verdad.

Habían pasado cinco meses y Lucía no salía de casa salvo para hacer la compra. Al cabo de dos semanas, varios obreros se acercaron y embalaron las cosas de Carlos y se las llevaron.

Ella siguió en su mutismo, negándose a hacer reproches, negándose a buscar una entrevista con él. Parece que eso a él tampoco le importó demasiado, que fue incluso un alivio.


Y así estaba ahora Lucía. Se había vuelto a asomar a la ventana, había vuelto a ver las azucenas mordidas por la lluvia, con lágrimas en las mejillas y el alma mordida por el desengaño. Además, no se lo creía, no creía que su Carlos ahora fuera un desviado, un mariquita, él, que era tan recto y tan religioso y la envidia de todos. No, seguro que había detrás alguna lagarta, como le había insinuado su madre, que en el fondo la culpaba por tonta, por ignorante.

Hija, a quién se le ocurre casarse con un hombre tan guapo. Esa es una provocación para las mujeres de nuestra ciudad y una preocupación continua. Te lo tienes merecido. Ya ha venido otra a quitártelo, otra que seguro que tiene veinte años y será capaz de darle un hijo, el que tú no has podido. Si es que no podía acabar bien, estaba cantado”.


Y Lucía asentía mirando las azucenas mordidas por la lluvia, mientras pensaba en que tenía que fregar los azulejos, que ya mostraban a las claras su vejez y solo mediante una limpieza exhaustiva podían ofrecer al menos cierta dignidad ante el paso del tiempo que no perdona.


 

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