El fantasma de Balsera - Esperanza Tirado



 

Me dejan solo. Aunque muchos ni siquiera saben que vivo aquí. Ignoran mis palabras, mis gruñidos y mis pataletas desde hace tiempo.

No los culpo. Ellos están a lo suyo. Que es la música. Que acompaña mi soledad con escalas, arpegios, solfeados y algún que otro chirrido estridente de cuerdas de violín, que me crispa un poco. Pero son jóvenes. Tienen tiempo de sobra, si la ilusión y el esfuerzo les acompañan en sus caminos. Y puede que lleguen lejos.

Digo que me dejan solo y me duele pensarlo. Quizá las decoraciones exteriores, con esas gárgolas de cara enfadada, pongan rostro a mis sentimientos. Si es que un fantasma puede sentir.

Como habito en un lugar tan peculiar, y yo mismo soy un ente de características singulares, seguramente sea algo parecido a eso. Una mezcla de pena, soledad y amargura, lo que me sobreviene, cuando pienso que ya no pasearé entre notas musicales, chácharas de adolescentes y correteos escaleras arriba y abajo.

He oído cuchicheos que han crecido hasta llegar a ser noticia en papel. En el periódico, nada menos, que dicen que van a hacer mudanza. Por lo que se ve, son tantos los que sienten pasión por la música que el Palacio se les quedó pequeño hace ya bastante tiempo. Y no creo que sea por mí. Que apenas si abulto lo que media clave de Sol.

Si por mí fuera ampliaría los muros y los jardines de esta Santa Casa, que me acogió en tiempos duros.

Aunque los dueños, según cotilleos de las criadas de entonces, les deben mucho a una de sus ilustres vecinas, Doña Julia, que cedió algunos terrenos al Ayuntamiento para que la ciudad se hiciera más moderna y elegante.

Don Victoriano, que era muy listo, puso el ojo y los dineros y su Palacio soñado se hizo realidad,

Cuando yo llegué, por aire, por mar,…, no recuerdo bien, el Palacio y sus habitantes ya estaban en boca de todos.

Aún no se escuchaba música. Tan solo las órdenes de Don Victoriano a sus criados o las tertulias con otros indianos que regresaron, como él, cargados de fama y fortuna.

A Doña Julia no la querían en sus círculos. Una vez que donó sus propiedades, si te he visto no me acuerdo. Hoy tiene una calle, cerca de donde vivió; desde aquí se lee el rótulo y me alegro mucho por ella. Aunque ella ya no lo disfrute. Pero por entonces… Era mujer y eso suponía ‘no ser de los suyos’. A pesar de todos sus dineros y posesiones.

El eterno dilema.

Pero… ¿Qué sé yo, un simple fantasma, con eterno tiempo libre, para decidir quien sí y quién no?

En fin, que me tendré que ir con la música a otra parte.

O quedarme aquí, en el Palacio. Que ya me conozco el edificio y todos sus rincones como la palma de mi mano. Y estoy la mar de a gusto. Sobre todo en invierno, durante el curso escolar. Pero también en verano, que da el sol y el Palacio reluce. Y viene mucha gente a hacer turismo y se detiene ante la fachada y hacen fotos, mientras escuchan las explicaciones de los guías.

A veces me gustaría hacer travesuras y salir en alguna foto para sorprenderles. Pero mi origen inglés y mi severa educación me obligan a mirar y a escuchar. Ser educado con los visitantes sobre todo. Faltaría más.

Cuando se vayan definitivamente echaré de menos a mis niños y a los profesores. Alguno casi me pilla. Pero nunca lo comentó, lo hubieran tomado por loco. Hace tiempo que se fue, pidió un cambio de destino. Por si acaso, supongo. Aunque tampoco le hubiera hecho nada malo. Tal vez pedirle que tocara algo bonito. Un trocito de ‘Para Elisa’ o parte del Concierto para piano n. º 2, de Serguéi Rachmáninov, esa que suena en la película ‘Breve Encuentro’. Ay, me pongo sentimental, cuando aflora a la superficie mi lado británico.

Quizás las escaleras respiren y descansen después de tantos años sufriendo pisoteos de generaciones de jóvenes músicos en potencia. Que soñaban con escalar un poco más arriba. Algunos subieron la escalera del éxito. Otros se desviaron por el camino y cambiaron las notas por otras aficiones. Y la mayoría decidieron que la música se había acabado.

Tal vez cuando el viento vuele hacia el oeste, camino del Parque de Ferrera, me llegarán las músicas de las nuevas generaciones, o las letras de las cartas que nunca se enviaron y se quedaron flotando en el aire de las oficinas de correos, o en los adoquines de La Ferrería; confundidas con los pasos nocturnos de la chavalería durante los fines de semana.

Disculpen mis malas formas. No me he presentado aún. Esto de ser un fantasma hace que a veces se me pierdan los modales entre las corrientes de aire, que dicen que se forman a nuestro alrededor.

Me llamo Walter, tengo orígenes británicos y soy, o fui, aviador durante unos tiempos muy difíciles para Europa, para Avilés y para el mundo en general.

Acabé aquí por avatares de la vida.

Y ahora no me quiero marchar de la que considero mi casa, este Palacio, la Escuela de Música. Ni de mi ciudad, Avilés.

Y es que como dice la coplilla:

 

Es Avilés la ciudad más hermosa y galante,

tiene comodidades de una ciudad grande


Sea en este Palacio o camino de La Ferrería creo que me quedaré aquí para siempre. Aunque pocos sepan que soy un vecino más. De Avilés, de toda la vida. O casi.


Parte de la letra de "Es Avilés", canción popular avilesina de principios del Siglo XX.

Se puede escuchar entera en este video de youtube: https://www.youtube.com/watch?v=0E1JDZeYWBE



 

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Aún no sé - Marian Muñoz

                                      

 

Las cámaras me intimidaban, acostumbrada sólo a mis alumnos aquel conglomerado de focos, cables y objetivos me pusieron nerviosa. Saqué mi lápiz de dibujo, al tocar su suavidad me transmitió calma consiguiendo el valor necesario para hablar. El programa había grabado un reportaje hacía unos cuantos años y mi presencia iba a corroborar y dar actualidad a unos hechos. El presentador se dirigió a mí con tranquilidad invitándome a relatar mi experiencia, sin alarmismos ni exageraciones, sólo lo vivido.

Soy profesora de dibujo en una localidad costera de Asturias, vivo allí desde muy niña, aunque nací en Avilés. En ella viven mis padres y mi hermana con su familia, somos gente de lo más normal. Tengo tres sobrinos y el más pequeño, Jaime, posee talento artístico como yo, pero lo suyo es la música. Desde bien pequeño ha tenido un oído extraordinario, con las castañuelas de su hermana conseguía interpretar melodías de los dibujos animados y con el xilofón era todo un maestro autodidacta, así que sus padres le apuntaron enseguida a la escuela de música. En ella aprendió lo básico y pronto aconsejaron a mi hermana llevarlo al Conservatorio de Avilés donde aprendería más y a un nivel más alto. Iba tres tardes a la semana, unos quince kilómetros de distancia, al atender también las actividades extraescolares de los mayores me pidieron llevarlo los miércoles pues tengo las tardes libres. Lo hacía con agrado, Jaime es un niño encantador, educado y tranquilo con gran sensibilidad hacia las artes. El viaje es corto y el Conservatorio esta en la zona centro, dejábamos el coche en el parking bajo el ayuntamiento y en dos minutos alcanzábamos la escuela.

Avilés es una ciudad tremendamente atractiva para pintar o dibujar, tiene muchos edificios monumentales y de gran belleza, el conservatorio es una muestra de ello, para mí una maravilla, un palacete único y plasmarlo en papel de lo más entretenido, así que mientras él estaba en clase me sentaba en un banco del pequeño parque trasero o en la plaza de delante, cuaderno en mano dibujaba sus ventanas, salientes, figuras o terrazas, por no hablar de su torre o sus adornos exteriores, en fin un edificio con rincones tan variopintos que son una delicia para la vista. En la parte de atrás existe una terraza cuya base son tres ventanas con remate en arco. Diferentes ornamentos exteriores proporcionan una singularidad y belleza a esa parte del palacio. Entretenía la espera dibujando a carboncillo hasta que los estudiantes y Jaime entre ellos salían de clase, regresábamos a casa y hasta el miércoles siguiente. En apenas mes y medio mejoró mucho según contaban sus padres y él lo confirmaba. Iba contento a clase y yo más contenta de llevarle.

En uno de esos viajes me comentó estar adelantando mucho porque un profesor, un poco raro, le enseñaba trucos para mejorar su técnica. Le pregunté el motivo de la extravagancia respondiéndome que vestía ropa muy gastada y siempre la misma, mientras que su tutor iba más actual y variaba de prendas. Me hizo gracia su comentario y le expliqué que algunos artistas suelen ser un poco raros para hacerse notar y darse importancia. Los dos nos reímos y el tema no fue a más. Seguí dibujando cada tarde, tenía mi cuaderno casi lleno y tras el otoño llegó el frío invierno, un día caía un buen aguacero, al entrar en la escuela el conserje me invitó a quedarme dentro hasta que escampara un poco, me ofreció una silla y me instalé en un rincón para no molestar. Estaba entusiasmada admirando la vidriera del techo cuando oí tocar un piano en mi lado izquierdo. Era mi sobrino practicando una melodía y al lado un profesor le daba indicaciones, no les veía muy bien al estar en penumbra debido a la oscuridad exterior que entraba por las tres ventanas, saqué mi cuaderno y empecé a dibujarles, mejor ocasión imposible combinar dibujo con la música. El timbre de salida me sobresaltó y los alumnos comenzaron a discurrir escaleras abajo, recogí la silla agradeciendo al conserje su amabilidad y por fin se acercó Jaime, ya no llovía y pudimos llegar hasta el parking sin mojarnos.

El mal tiempo se había instaurado guareciéndome las tardes en la cafetería enfrente de la escuela, observando por la ventana seguía dibujando en mi cuaderno entreteniendo la espera. Mis esbozos interesaron al dueño invitándome a exponerlos en su local, según dijo tenía las paredes un poco vacías y llenarlas con mis obras sería animar a la clientela además de poder vender. No me pareció mala idea, estuve por semana escogiendo qué dibujos, poniéndoles marcos y paspartú además de pensar qué precio les pondría, no muy caros pero lo suficiente para que el dueño también pudiera llevarse algo. Así fue como un sábado mi cuñado me ayudó a transportarlos, los colgamos de forma que lucieran y deseamos que las críticas no fueran muy duras. Al miércoles siguiente me informó que había vendido todos los que mostraban imágenes del edificio del Conservatorio al director del mismo, al parecer le habían gustado y se los había llevado inmediatamente, con el resto también había tenido suerte ya que las marinas gustan mucho. Volví muy contenta a casa por el éxito de la muestra, me despedí de Jaime hasta el miércoles siguiente.

Continué con mi rutina hasta la tarde del martes que me llamó mi hermana, había conseguido organizarse mejor y sería ella quien acompañaría a Jaime a clase. Me dio un poco de rabia, pero pensé que era normal, no le di más importancia. Fui yo quien la llamó al martes siguiente por ver si me necesitaba el miércoles para ir hasta Avilés, me volvió a decir que no, se estaban apañando con otros padres. Me pareció perfecto, aunque echaba de menos los viajes con Jaime y mis ratos de dibujo. Ese domingo tuvimos comida familiar y nos divertimos y charlamos, pero hubo un momento en que el pequeño se acercó y me dijo al oído que me echaba de menos pero el director del conservatorio no quería que volviera por allí, algo que no entendía. Sorprendida por la confesión y sin querer chivarme conversé con mi hermana y en un momento dado le propuse volver a llevar el miércoles a mi sobrino. Su cara fue de circunstancias, al guardar silencio le pregunté qué pasaba, confesándome que el director de la escuela le había pedido que no me acercara ni dibujara nada del edificio.

Sorprendida, dolida y muy cabreada no sabía cómo reaccionar a la afrenta, en ningún momento mi comportamiento fue molesto o entorpecí el discurrir de las clases, siempre fui respetuosa tanto en la calle como las dos veces que estuve en el interior y para nada critiqué a profesores o empleados, así que tal injerencia en mi libertad o la de mi hermana y sobrino me pareció una falta de respeto grandísima. Dejé pasar unos días para calmarme, tomando la decisión de ir a hablar con él para ver qué mosca le había picado. El jueves de tarde me acerqué primero por la cafetería para recoger los dibujos no vendidos y el fruto de la venta, después entré en la escuela, el conserje me saludó muy amable felicitándome por la exposición, le pedí hablar con el director para agradecerle la compra de los cuadros, era una buena excusa para que me recibiera y hablar seriamente. En su despacho me respondió que mis dibujos eran los culpables de que no debía aparecer por allí nunca más porque podrían ahuyentar a los estudiantes y a sus padres.

No entendía nada, ¿me había comprado mis creaciones sólo para que nadie las viera? Era cosa de locos, así se lo dije, podían no ser de su agrado, pero de eso a horrorizar había un gran paso. Le pregunté cuál era el que menos le había gustado, me enseñó justo el que había hecho la tarde de lluvia en el interior, Jaime al piano con su profesor. Me dijo muy alterado que ese piano estaba en el auditorio y solo se usaba para recitales, nunca para practicar. Pues pregunte al profesor que estaba con él –contesté furiosa- porque yo no tengo la culpa. ¡Su sobrino nunca ha tocado en ese piano! Oiga, mire, -le dije- yo lo vi, es más no era la primera vez, desde la calle le he visto otras veces con ese profesor, Walter creo que se llama, y está ayudando muchísimo a mi sobrino a mejorar su técnica.

El hombre se puso pálido, el rostro desencajado, creí que le iba a dar algo, finalmente más calmado me explicó que Jaime sólo tenía un profesor que impartía clases en el piso de arriba, nunca salía del aula salvo al terminar la jornada y a quien había dibujado era el fantasma del palacete. Durante la guerra civil un avión cayó en la zona de Miranda y su piloto malherido bajó hasta el centro de la población en busca de ayuda, el edificio al estar vacío nadie pudo ayudarle, falleciendo en él, sus moradores lo habían sentido en más de una ocasión, pero nunca, nadie lo había retratado, y si alguien veía ese dibujo podría cundir el pánico.

El verlo Jaime y yo podría deberse a nuestra sensibilidad especial como artistas, nunca sentimos temor a su presencia, pero fue real.

Volví a llevar a mi sobrino a clase, dibujé otros edificios monumentales y maravillosos cercanos, espero que ningún otro posea fantasmas que puedan aparecer en mis láminas.

Después de mi charla en Cuarto Milenio Iker Jiménez volvió a mostrar el programa de hace años en el que habían grabado cacofonías del supuesto fantasma, ocurrió antes de rehabilitar el Conservatorio y mi experiencia venía a confirmar nuevamente la leyenda de Walter el aviador.

 

 

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La pianista - Gloria Losada

                                        


 

 Tenía 12 años cuando la conocí. Yo acababa de aterrizar en aquel lugar del norte arrastrada por el trabajo de papá, y estaba muy enfadada con el mundo. No me gustaba vivir en aquella ciudad sucia, húmeda y fría, donde no tenía amigos ni me interesaba tenerlos. Así que, en un signo de rebeldía estúpido, cuando salía del colegio daba un rodeo para llegar a casa, retrasando adrede mi llegada para que mi madre se preocupara. Era mi castigo por haberme arrancado de Madrid.

Un día, durante uno de mis paseos sin sentido, pasé por delante de un edificio señorial del que salían unas bellas notas musicales. Me acerqué y a través de una ventana adornada en su parte superior con una cara de un señor, o señora, no sé, que parecía un ángel pero era muy feo, pude ver a una mujer que, ataviada con un vestido negro de épocas pasadas y sentada frente a un piano, aporreaba las teclas con ganas. Parecía chiflada. Además, para mi mente infantil, no se correspondían aquellos aspavientos que hacía con la dulce melodía que salía del instrumento. Me quedé un rato mirándola, como hipnotizada, hasta que la música se detuvo y ella me miró, tal supiera que la estaba espiando, y me sonrió con su boca desdentada y hueca. Salí corriendo de allí como alma que lleva el diablo, muerta de miedo, no sé bien por qué. El caso es que, a pesar de mi temor, a partir de aquella tarde algo me empujaba a pasar en mi rodeo tonto por delante de aquella ventana. Y siempre estaba la pianista, y siempre terminaba mirándome y sonriéndome con su sonrisa negra.

Un día, cuando terminó de tocar, se levantó y se acercó a mí. Yo quise escaparme, pero la misma fuerza extraña que me conminaba a pasar por allí todos los días, me retuvo esperando su encuentro.

--Hola guapa – me dijo con una marcado acento de no sé dónde -- ¿Qué te trae por aquí todas las tardes? ¿Te gusta como toco el piano? ¿Quieres probar?

No supe qué contestar, no me salían las palabras.

--¿Qué te pasa mociña? ¿Te comió la lengua el gato? Tienes vergüenza, eh, pobriña. Anda ven, pasa, que no te voy a hacer daño, mujer.

No me moví del sitio. No es que sintiera miedo, era otra cosa difícil de definir. Solo se me ocurrió preguntar.

--¿Quién eres?

Ella rio con ganas.

--Uy así que eres bien curiosa eh. Me llamo Emilia y soy la mujer de Antonio Palacios, el arquitecto que hizo esta casa. Somos de Pontevedra ¿sabes neniña? Pero mi marido anda por el mundo haciendo casas y yo le sigo.

--¿Y por qué no tienes dientes? – seguí preguntando.

--Ay filliña, una infección me dejo la boca así, lo pase mal de verdad, y casi no puedo comer, pero el dentista ya me está haciendo unos nuevos, lo que pasa que tarda mucho, seis o siete meses me dijo.

--¿Y de quién es esta casa?

--Pues de un señor que se llama Victoriano, Victoriano Fernández Balsera. Es comerciante ¿sabes? Ay, a mi marido le pago muy bien por sus servicios.

--¿Y si no es tu casa por qué estás aquí tocando el piano?

--Para ambientarla un poco, que llena de música ha de estar con el tiempo. Pero deja ya de hacer preguntas, mujeriña. ¿Quieres tocar el piano o no?

Hice un gesto negativo con la cabeza y comencé a andar de nuevo hacia mi casa. Estaba tardando demasiado y me iba a llevar una buena reprimenda. En un momento dado miré hacia atrás y la buena mujer me estaba diciendo adiós con la mano. Yo no le contesté y continué mi camino.

No la volví a ver. A partir de aquel día la casa permaneció cerrada. Supuse que se había marchado con su marido por el mundo a construir alguna que otra mansión y no le di más importancia. El caso es que de pronto mi gusto por la música, que hasta el momento se limitaba a las canciones que oía por la radio y poco más, se acrecentó hasta el punto de convertirse en mi entretenimiento preferido. Comencé a interesarme por tocar algún instrumento y me decanté por el piano. Mis padres, felices de que por fin se me pasara el cabreo del cambio de ciudad y mostrara interés por algo, me apuntaron a unas clases particulares de piano. Me gustaba y tenía dotes para ello, así que cuando corrió la noticia de que se iba a abrir una escuela de música, no dudé un segundo en matricularme para estudiar solfeo y piano. Lo que no me imaginaba era que el edificio que iba albergarla fuera la casa donde tocaba la pianista. Recordé sus palabras, cuando me dijo que la casa había de estar llena de música con el tiempo. Eso era porque ya debía de saber que estaba proyectado implantar allí el conservatorio.

Mi sorpresa fue mayúscula cuando comprobé que mi profesora de piano… ¡era ella! No había cambiado nada, tampoco había pasado mucho tiempo pero… estaba exactamente igual, solo que con dientes y vestida de manera normal, unos vaqueros y un jersey de cuello vuelto rojo. Me gustó verla, a pesar de que cuando la conocí me pareció una persona rara en extremo, y me acerqué jovial a saludarla.

--¡Hola! ¿Te acuerdas de mí? Nos conocimos hace unos años, tú tocabas del piano y yo te veía a través de la ventana.

Me miró cual si estuviera viendo a un fantasma y me respondió que me estaba confundiendo, pero yo sabía que no, e insistí.

--Si, mujer, me contaste que eras la mujer del arquitecto que hizo esta casa, un señor de Pontevedra.

Esta vez me miró con curiosidad y me habló de muy malas maneras.

--Ese señor era mi abuelo, y su mujer, mi abuela Emilia, era pianista. No sé de dónde has sacado toda esa información sobre mi familia, pero te advierto que no me gustan nada esas bromitas.

Me quedé de piedra. No sabía qué estaba pasando. Además aquella estúpida se quejó de mí ante la dirección de la escuela y me dieron un toque de atención. Por otra parte me tomó de ojeriza y nada de lo que hacía estaba bien. Me encontré tal mal que aquellas navidades, con gran dolor por mi parte, abandoné la escuela de Música. Mis padres también se disgustaron mucho, porque no entendían, en realidad ni yo misma entendía, porque estaba segura de que mi profesora era la pianista de antaño, aunque ella se negara a reconocerlo.

Una noche, llorando a lágrima viva por la drástica decisión que había tenido que tomar, tuve una visita inesperada.

-- Anda mujeriña, no llores, que todo tiene remedio menos la muerte.

Asustada me senté en la cama. A mis pies, también sentada, estaba ella, con su vestido negro y su boca desdentada.

--Mi nieta es una estúpida y una amargada, siempre lo fue, y también es una engreída, que se cree que toca el piano mejor que nadie. No me mires así, que sí, que soy lo que estás pensando, un fantasma, que habelos hailos, como las meigas, pero no te preocupes que no te voy a hacer daño ninguno, al contrario. ¿Quieres aprender a tocar el piano? Convence a tus padres de que te compren uno y nos ponemos manos a la obra.

Decidí fiarme del fantasma. Convencer a mis padres no fue tarea fácil, pero finalmente conseguí que se hicieran con un piano de segunda mano. Y comenzaron las clases. Emilia fue una buena maestra. Hoy doy mi primer concierto en la escuela de música. Nadie se explica como he aprendido. Su nieta tampoco y me mira mal, como siempre.



 

 

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Que no te den liebre por gato - Marga Pérez

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Como buen gourmet me gusta todo lo exclusivo que ofrece la gastronomía y, cuando encuentro ostras frescas, cuesten lo que cuesten, las compro... no me puedo resistir. Ayer mismo ¡estaban carísimas! …y para colmo una tenía una gran perla negra en su interior. ¡Indignante! El pescadero se rió de mi cuando fui a pedirle una hoja de reclamaciones… ¡Será zote! Los consumidores tenemos nuestros derechos.

 

 

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Aroma que provoca - Dori terán

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El desasosiego se había instalado en su vida ocupando hasta el aire de su respiración. No comprendía. Marcos no comprendía el cambio de Rosalía. Días de vino y rosas definían y pintaban su relación. Se amaban. La dulce Rosalía siempre amorosa y comprensiva. Siendo apenas unos niños se habían jurado amor eterno, ¿qué la estaba llevando a mostrarle tanto desprecio?. No le hablaba. Ni le miraba siquiera. Así ya para dos meses. Imposible que sospechara nada. El susurraba su nombre con voz suplicante cuando se cruzaba con ella y ella jamás paraba sus pasos y siempre ignoraba su presencia.

Aquella mañana Rosalía freno los pies andantes, los clavó firme y decidida en el empedrado rústico que pavimentaba la calle y de soslayo le dirigió a Marcos una mirada de burla a la vez que esbozaba una leve sonrisa, una mueca con sorna. Los hombros erguidos, la columna recta y la cabeza muy tiesa. Y comenzó a hablar con un tono grave y seco, sarcástico y determinante, sentando cátedra en cada frase. Marcos la miraba sorprendido mientras intentaba asimilar el mensaje que el borbotón de palabras con eco de arenga militar, asaltaba sus oídos y su entendimiento. Había rabia en ella. Había intriga en él. –“Marquitos del alma mía, te lo diré solo una vez y no intentes rebatirme con palabras que camelan para engañar. Lo que mis ojos vieron…eso es lo cierto. Este verano, en la fiesta de Santa Centola me acerqué al limonar. Mi intención era coger unos cuantos limones para añadir al tequila que tras el postre íbamos a degustar. Allí Marquitos, allí estabas con la Encarna tumbada en el prado y tú encima jugando a pasaros un limón de boca a boca entre jadeos y calores. Supe en ese mismo instante como quemabas esas horas de tu ausencia diaria y que siempre tenían vagas explicaciones que yo quería creer. ¡Ay Marquitos Y esta vez ¿qué paso?,¿ Tanto te apremió la urgencia de tu pasión que tuviste que hacerlo en el limonar de mi padre? ¡No volverás a probar mi tequila, ni saborearás mi limón!”

Y con un giro repentino y brusco caminó apresurada desapareciendo en el horizonte de Marcos. Con las manos en la cabeza en un gesto de sorpresa y fastidio Marcos comprendió cuanto había abusado con su doble vida de la bondad e inocencia de Rosalía. La amaba pero la sensación de riesgo y aventura era para su vida rutinaria un elixir exquisito y excitante. Además creía tener todo bien atado y nunca ser descubierto pero el aroma de los limones había embriagado sus instintos haciéndole perder la precaución en su última correría. ¡De ahora en adelante tendría cuidado con los limones!


 

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Infraganti - Marian Muñoz

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¡Qué mal rollo! vaya vergüenza que estoy pasando, sentado en el pasillo frente al despacho del director, esperando a mi madre. ¿Cómo explicarles que no hice burla al profesor? por hambre chupaba un caramelo de limón que me dio el abuelo. Ya sé que en clase no debo comer, pero tenía mucha hambre y el caramelo estaba tan ácido que una mueca de disgusto asomó a mi cara. Por desgracia, justo en ese instante, el profesor me miraba para preguntarme y pensó que le estaba haciendo burla. Se dio por ofendido y me envió al despacho del director, y ahora ¿cómo les convenzo?

¡Ah ya sé! les pediré, por favor, que antes de hablar prueben un rico caramelo de limón del abuelo, y cuando hagan un gesto de desagrado les explicaré que eso fue lo que me ocurrió.

Espero dé resultado, porque sino ¡me veo castigado todas las navidades!

 

 

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Un martes y trece para recordar - Isabel Marina

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Es difícil la vida cuando se es tan supersticioso como yo. Siempre esquivando gatos negros, evitando pasar por debajo de escaleras, aferrada a amuletos como el ojo turco contra el mal de ojo, la cigua asturiana. No lo puedo evitar. Ya mi madre era una súpersticiosa de aúpa, y yo soy su fiel reflejo.

Así que aquel martes y trece no iba a encontrar el ánimo para salir a trabajar. De acuerdo con mi forma de ver la vida, en cuanto a lo esotérico se refiere, el martes y trece era el peor día de todos, aquel en que te podía ocurrir cualquier desgracia. Por eso, en años anteriores en que había coincidido un martes y trece, siempre me metía en la cama esperando a que pasase, engañando en el trabajo y donde hiciera falta.

Aquel día me desperté con una idea fija: avisar en el trabajo de que me encontraba mal por una mala digestión y que tenía que ir al médico. No iba a tener problemas pues nunca faltaba y era bastante productiva y eficiente. Empecé a buscar el tetéfono de la secretaria cuando de imprevisto me llegó un mensaje al móvil: “El departamento de personal la convoca hoy a una reunión, a las 9, 30, con el director”.

Por primera vez en muchos martes y trece estaba obligada a dejar la cama, a vestirme y a acudir a la oficina. Las caras compasivas de los compañeros me dieron la bienvenida y me hicieron temer mis peores presagios. La empresa llevaba tiempo obteniendo pérdidas y el director de personal era una especie de psicópata que disfrutaba metiéndonos miedo. Pude observar que de su despacho salían personas cariacontecidas y me senté a esperar ser llamada.

Eugenio, que así se llamaba el psicópata, me miró fijamente y me dijo que la situación de la empresa no permitía que siguieran contando con mis servicios, que me agradecían mucho lo que había hecho hasta ahora pero que tenían que rescindir mi contrato.

En situaciones como esta suelo parecer una esfinge. A decir verdad, sentí el estómago lleno de piedras. Me sentí yo misma como una piedra, con una idea fija: ya se está cumpliendo el maleficio de los martes y trece. Tantos años esquivándolo y ahora no hay más remedio que apechugar con eso. Salí bastante desmoralizada pero sé que parecía orgullosa, y Eugenio me miró con cara estupefacta. Nunca había visto tanta dignidad en una persona a la que acababa de despedir, una persona que además necesitaba el pequeño sueldo que su trabajo de administrativo le proporcionaba. Pero así era yo. La injusticia estaba clara, pero era yo la que tenía que hacer frente a la situación que se dibujaba ante mí. Cómo pagar la letra de aquel piso en el que me había metido sin pensarlo demasiado, como pagar las facturas, cómo seguir.

Todo esto bullía en mi interior pero disimulaba, qué bien disimulaba. Hasta el punto de tener fuerza para consolar a los otros compañeros que también acababa de despedir.

Martes y trece, pensé, la agonía ha comenzado. Después, volví absorta en el metro, pensando en la temeridad que había sido salir de la cama un día como ese. La noticia podía haber esperado al día siguiente. Al salir de la estación, di un mal paso y me retorcí el tobillo. ¡Otra vez!, pensé, dolorida, otra vez la mala suerte.

Seguí andando las cuatro calles que separan el metro de mi casa. Por un momento, traté de infundirme ánimo. Yo ya llevaba tiempo aburrida en ese trabajo. No había posibilidad de ascender ni se reconocían mis méritos. Por eso, durante los últimos meses había hablado con algún amigo para cambiar de empresa. Raúl, uno de mis mejores amigos, había hablado con su empresa, y eso podía fructificar, me dije a mí misma. Empezó a sonarme el móvil y era él, Raúl. Dentro de mí hubo un rayo de esperanza. Pero no, la maldición continuaba. Mi amigo sólo quería decirme que no era posible contratarme, que los jefes lo habían meditado y mi perfil no les encajaba. ¡Qué perfil! pensaba yo. Si soy una simple administrativo. De qué manera se edulcoran las cosas cuando se da una mala noticia.

Así que de esta manera iba yo, renqueando por el dolor en el tobillo, tratando de asimilar mi despido y la falta de expectativas, y la letra que tenía que pagar, y los gastos, y la mierda de vida que llevaba, más sola que la una, después de haber firmado mi divorcio, entonces lo recordé, un martes y trece.

Me miraba en los escaparates y veía cómo se escapaban las lágrimas. Qué va a ser de mí, qué más puede ocurrirme hoy. Al pasar frente a un despacho de lotería, decidí comprar varios décimos, como si no acabaran de echarme del trabajo, como si todo fuera normal. Qué más da, pensé, si voy a acabar arruinada. Echemos a volar el sueldo. Enloquecí. Compré veinte décimos de lotería al mismo número, el 34675. Lo pagué con la tarjeta de crédito. Total, qué más da. Si dentro de un año me habrán echado también de casa por no poder pagar la letra del banco.

Cuando llegue a casa, me dieron ganas de gritar. El vecino de arriba se había dejado abierto el grifo y había agua en el salón y en una habitación.

¡No puedo más! le dije al vecino cuando subí hecha un basilisco. Esta mierda de martes va a acabar conmigo. Creo que él se quedó abrumado al ver a una mujer fuera de sí, gesticulando como una loca y arrastrando un pie.

No vuelvo a salir de casa un martes y trece, le grité. Nunca más.

Me pasé un buen rato llorando. No quise cenar. Sí, soy supersticiosa, me dije, con toda la razón del mundo. Mi poca estabilidad se acababa de hacer añicos.

Pasé después dos semanas sin salir de casa. Hacía la compra por internet y tenía el móvil apagado. Llegó veintiuno de diciembre y les dije a mis padres y a mis hermanos que me encontraba mal. La verdad es que mi familia y mis amigos estaban muy preocupados por mí. Al día siguiente, a eso de las dos, empezó a sonar el timbre. Qué pesados los de correos, qué pesados los vecinos. Me planteé no abrir. Llevaba además el mismo pijama sucio desde hacia una semana. Escuché la voz de mi hermana Paula que insistía en que la abriese. Lo hice al fin de mala gana.


¿No has escuchado la radio?, me preguntó. No, ni la radio ni la televisión ni nada, le contesté de mal humor.

Empezó a abrazarme y a darme besos.

  • Nos has hecho millonarios, gritó exultante.

  • ¿Cómo?, le pregunté.

Resulta que a ella y a nuestros padres les había regalado un décimo de lotería. El décimo había sido premiado con el premio gordo.

Se me empezó a nublar la vista. Busqué los otros 18 décimos. Allí estaban, relucientes, en un cajón. Paula y yo echamos la cuenta. Me había convertido en la propietaria de más de siete millones de euros.

Miré mi pequeño piso, ese que con tanto esfuerzo estaba pagando, miré mi pijama sucio y en el espejo contemplé mi aspecto desaliñado. Verdaderamente, metía miedo.

Paula, que no había heredado las creencias supersticiosas de la familia, me abrazó, riendo, y me dijo:


¿Qué? ¿No fue tan mal este martes y trece, verdad?


 

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