Me
dejan solo. Aunque muchos ni siquiera saben que vivo aquí. Ignoran
mis palabras, mis gruñidos y mis pataletas desde hace tiempo.
No
los culpo. Ellos están a lo suyo. Que es la música. Que acompaña
mi soledad con escalas, arpegios, solfeados y algún que otro
chirrido estridente de cuerdas de violín, que me crispa un poco.
Pero son jóvenes. Tienen tiempo de sobra, si la ilusión y el
esfuerzo les acompañan en sus caminos. Y puede que lleguen lejos.
Digo
que me dejan solo y me duele pensarlo. Quizá las decoraciones
exteriores, con esas gárgolas de cara enfadada, pongan rostro a mis
sentimientos. Si es que un fantasma puede sentir.
Como
habito en un lugar tan peculiar, y yo mismo soy un ente de
características singulares, seguramente sea algo parecido a eso. Una
mezcla de pena, soledad y amargura, lo que me sobreviene, cuando
pienso que ya no pasearé entre notas musicales, chácharas de
adolescentes y correteos escaleras arriba y abajo.
He
oído cuchicheos que han crecido hasta llegar a ser noticia en papel.
En el periódico, nada menos, que dicen que van a hacer mudanza. Por
lo que se ve, son tantos los que sienten pasión por la música que
el Palacio se les quedó pequeño hace ya bastante tiempo. Y no creo
que sea por mí. Que apenas si abulto lo que media clave de Sol.
Si
por mí fuera ampliaría los muros y los jardines de esta Santa Casa,
que me acogió en tiempos duros.
Aunque
los dueños, según cotilleos de las criadas de entonces, les deben
mucho a una de sus ilustres vecinas, Doña Julia, que cedió algunos
terrenos al Ayuntamiento para que la ciudad se hiciera más moderna y
elegante.
Don
Victoriano, que era muy listo, puso el ojo y los dineros y su Palacio
soñado se hizo realidad,
Cuando
yo llegué, por aire, por mar,…, no recuerdo bien, el Palacio y sus
habitantes ya estaban en boca de todos.
Aún
no se escuchaba música. Tan solo las órdenes de Don Victoriano a
sus criados o las tertulias con otros indianos que regresaron, como
él, cargados de fama y fortuna.
A
Doña Julia no la querían en sus círculos. Una vez que donó sus
propiedades, si te he visto no me acuerdo. Hoy tiene una calle, cerca
de donde vivió; desde aquí se lee el rótulo y me alegro mucho por
ella. Aunque ella ya no lo disfrute. Pero por entonces… Era mujer y
eso suponía ‘no ser de los suyos’. A pesar de todos sus dineros
y posesiones.
El
eterno dilema.
Pero…
¿Qué sé yo, un simple fantasma, con eterno tiempo libre, para
decidir quien sí y quién no?
En
fin, que me tendré que ir con la música a otra parte.
O
quedarme aquí, en el Palacio. Que ya me conozco el edificio y todos
sus rincones como la palma de mi mano. Y estoy la mar de a gusto.
Sobre todo en invierno, durante el curso escolar. Pero también en
verano, que da el sol y el Palacio reluce. Y viene mucha gente a
hacer turismo y se detiene ante la fachada y hacen fotos, mientras
escuchan las explicaciones de los guías.
A
veces me gustaría hacer travesuras y salir en alguna foto para
sorprenderles. Pero mi origen inglés y mi severa educación me
obligan a mirar y a escuchar. Ser educado con los visitantes sobre
todo. Faltaría más.
Cuando
se vayan definitivamente echaré de menos a mis niños y a los
profesores. Alguno casi me pilla. Pero nunca lo comentó, lo hubieran
tomado por loco. Hace tiempo que se fue, pidió un cambio de destino.
Por si acaso, supongo. Aunque tampoco le hubiera hecho nada malo. Tal
vez pedirle que tocara algo bonito. Un trocito de ‘Para Elisa’ o
parte del Concierto
para piano n. º 2,
de Serguéi
Rachmáninov,
esa que suena en la película ‘Breve Encuentro’. Ay, me pongo
sentimental, cuando aflora a la superficie mi lado británico.
Quizás
las escaleras respiren y descansen después de tantos años sufriendo
pisoteos de generaciones de jóvenes músicos en potencia. Que
soñaban con escalar un poco más arriba. Algunos subieron la
escalera del éxito. Otros se desviaron por el camino y cambiaron las
notas por otras aficiones. Y la mayoría decidieron que la música se
había acabado.
Tal
vez cuando el viento vuele hacia el oeste, camino del Parque de
Ferrera, me llegarán las músicas de las nuevas generaciones, o las
letras de las cartas que nunca se enviaron y se quedaron flotando en
el aire de las oficinas de correos, o en los adoquines de La
Ferrería; confundidas con los pasos nocturnos de la chavalería
durante los fines de semana.
Disculpen
mis malas formas. No me he presentado aún. Esto de ser un fantasma
hace que a veces se me pierdan los modales entre las corrientes de
aire, que dicen que se forman a nuestro alrededor.
Me
llamo Walter, tengo orígenes británicos y soy, o fui, aviador
durante unos tiempos muy difíciles para Europa, para Avilés y para
el mundo en general.
Acabé
aquí por avatares de la vida.
Y
ahora no me quiero marchar de la que considero mi casa, este Palacio,
la Escuela de Música. Ni de mi ciudad, Avilés.
Y
es que como dice la coplilla:
Es
Avilés la ciudad más hermosa y galante,
tiene
comodidades de una ciudad grande…
Sea
en este Palacio o camino de La Ferrería creo que me quedaré aquí
para siempre. Aunque pocos sepan que soy un vecino más. De Avilés,
de toda la vida. O casi.
Parte
de la letra de "Es Avilés", canción popular avilesina de
principios del Siglo XX.
Se
puede escuchar entera en este video de youtube:
https://www.youtube.com/watch?v=0E1JDZeYWBE

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