Dormir, dormir y dormir - Marga Pérez

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La incertidumbre del momento introdujo el ruido en su interior. Un ruido continuo que la tiene al borde del desequilibrio. No es capaz de dormir. Por el día pasa desapercibido . Por la noche es insoportable.

El médico le recetó unas pastillas cargadas de infinidad de efectos secundarios , adversos, persistentes, peligrosos, molestos e incluso permanentes, que por supuesto no tomó.

Una noche se quedó dormida observando las imágenes que una vela, encendida para ahorrar energía, se reflejaban sobre ella. Antes había prescindido de la lavadora y dejado la nevera tan solo de alacena... No necesitaba electrodomésticos, se decía mientras pensaba en la electricidad como un invento moderno. Desde entonces la vela forma parte de su ritual para llamar al sueño. Al principio funcionó a las mil maravillas pero a los pocos días el ruido regresó, justo cuando el titilar de la vela llegaba a su fin.

-Es cuestión de dar con el tamaño -Pensó- Necesito una que dure encendida todo el tiempo que quiero dormir.

Cuando la encontró, el ruido ya no regresó al apagarse. Tampoco ella fue capaz de despertar… Algo había fallado en sus cálculos.

 

 

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Profepanda - Esperanza Tirado

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 Me he pasado la noche en vela. Es la décima este mes. Estoy harta. Ni los tapones de la farmacia me sirven ya. Ese ruido incesante es insoportable y me va a volver loca. En el instituto ya me conocen como ProfePanda, y no me extraña. Estas ojeras que gasto son terribles.

He preguntado a algunos vecinos cuando coincidimos en el ascensor, pero ninguno escucha nada raro y todos duermen a pierna suelta.

El portero de la finca me comentó algo de una antigua inquilina que se quedó encerrada en el trastero un invierno gélido, mientras organizaba cajas, maletas y trastos varios. Seguramente sea eso, me dijo; que su alma vaga por los pasillos, arrastrando cajas, lamentándose del frío que sufrió aquella noche.

Me parecieron absurdas esas explicaciones de almas vagantes, trasteros misteriosos o golpes del más allá o del más acá.

Pero antes de que esta caja de tapones se me termine, comenzaré la búsqueda de un nuevo piso de alquiler. No sea que me confundan y me metan en la jaula del zoo. Qué Chulina iba a estar allí.


 

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Vela - Marian Muñoz


 

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Se guareció del aguacero en una iglesia, el portón abierto invitaba a entrar. Carecía de paraguas y gabardina, se lo habían robado nada más llegar a la ciudad. Estaba en precario sin ser capaz de asumir la situación, lo daba todo por perdido, el viaje había sido en balde y su espíritu quebradizo estaba a punto de romperse. Desamparado y triste el silencio del templo le procuró un instante de relax que su mente aprovechó para recordar imágenes de niñez. Su madre dándole una moneda para acercarse al altar y encender una vela, algo que siempre le había intrigado ¿cómo se enterarían en el cielo cual era la rogativa al santo?

Mirando a su alrededor no vio a nadie, se acercó tímidamente hasta el soporta velas, carecía de dinero, pero quería encender una por si le ayudaba a encontrar solución a su desgracia. En ese instante oyó un ruido, lo asoció a un trueno, aunque sonaba más cerca, parecía provenir del coro. La curiosidad le incitó a subir las escaleras viendo a un hombre caído en el suelo, se acercó para auxiliarle pues respiraba con dificultad. Enseguida comprendió que no tenía conocimientos suficientes para ayudarle, llamó rápidamente al 112 quienes enviaron una ambulancia además de indicarle cómo actuar mientras llegaba. Aquella llamada salvó la vida del hombre, diacono de la parroquia, quien apelando a la generosidad de la policía solicitó le localizaran para dar las gracias personalmente a su salvador.

Aquel encuentro promovió un cambio de rumbo, fue el diacono quien le auxilió primero al acogerle en su casa y después al encontrarle trabajo y alojamiento. Semanas más tarde el hombre desesperado, que ya no lo era, entró en el templo, se acercó al porta velas e introdujo en el cajetín unas cuantas monedas ganadas limpiamente con su esfuerzo, convencido que los de arriba sí se enteraban de las rogativas de los de abajo.

 

 

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Deseos cumplidos - Gloria Losada

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Aquella noche el ruido de los truenos se entremezclaba con el ya habitual del piso de arriba. Habitado por ocupas no había noche en que, por una cosa u otra, no la armaran bien armada. Discusiones, gritos, llantos, risas, música a todo volumen... A la luz de las velas, mientras mi bebé lloraba como un poseso, deseé, una vez más que los partiera un rayo. En ese momento el cielo se iluminó y cesó el ruido en el piso de arriba. Poco después el olor a carne quemada me confirmó que Thor, el dios del trueno, había escuchado mis plegarias.

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La sospecha - Cristina Muñiz




Por una de las ventanas del conservatorio se escapaban las notas suaves y delicadas ejecutadas por una profesora de piano. Sentada en una terraza cercana, Marisa se dejó mecer por la melodía que la hizo viajar años atrás, cuando Eduardo estudiaba allí y ella lo esperaba a la salida de sus clases particulares de matemáticas. Cuánto habían cambiado las cosas desde entonces. Ahora, su marido yacía en la cama del hospital con una sentencia de muerte. Y ella no podía despojarse del sentimiento de culpa pese a no ser la causante de su enfermedad.

Todo había empezado dos años atrás: conductas extrañas, llamadas a las que respondía cerrándose en el baño, ausencias injustificadas, mentiras… Y todo ello llevaba escrita la palabra 'sospecha'

Cuántas lágrimas había vertido pensando en una supuesta amante. O más bien amante, sin más, porque no tenía duda de su existencia. Si no fuera así qué otra cosa justificaría su actitud. Ya ni siquiera la buscaba en la cama, él que tan fogoso había sido siempre. Y cuando tu pareja deja de sentir deseo hacia ti algo falla, por no decir todo. Si lo sabría ella. No era la primera. Dos de sus amigas se habían divorciado por los escarceos amorosos de sus parejas. Pero, Eduardo… Eduardo era el amor de su vida y siempre había creído que ella también lo era para él. Comenzó a vigilar cada uno de sus movimientos, a mirar su móvil, a buscar las contraseñas de sus correos, a revisar sus bolsillos, su billetera, su agenda… No halló nada y eso la estaba volviendo loca. Un día se atrevió a preguntarle abiertamente si había otra. Eduardo lo negó con vehemencia. Claro, qué iba a decir, todos los infieles lo niegan hasta que los pillan, si lo sabría ella. Insistió varias veces hasta conseguir enfadarlo. Por qué sospechaba de él si siempre estaba en casa o con ella, salvo por asuntos de trabajo o para hacer deporte. Marisa dudaba. Hablaba consigo misma diciéndose por momentos que estaba segura de la infidelidad de su marido para acto seguido negarlo con rotundidad. Pero la sospecha seguía allí, al acecho, hasta que encontró un nombre desconocido en su móvil con varias llamadas de demasiados minutos. Carmen. Quién era esa Carmen. Dónde la había conocido. Cuándo la veía. La certeza de la infidelidad de su marido la rompió por dentro. No recordaba haberse sentido nunca tan mal. Engañada tras veinticinco años de feliz matrimonio. O supuestamente feliz. ¿Cuánto tiempo la llevaba engañando? ¿Había habido otras? ¿Estaría pensando abandonarla? ¿Lo echaría ella de casa?

Dudas. Dudas, dolor y desilusión por el amor perdido poblaron sus días de sombras y sus noches de insomnio. Sin ser consciente empezó a echar cuentas. Vivían bien aunque no eran pudientes. Poseían el piso donde vivían, dos garajes y un apartamento en una playa del sur. Si lo vendían todo y repartían ¿se arreglarían los dos para no pasar apuros? No. No debía pensar eso. Eso no importaba. O sí. Claro que importaba. Acababa de cumplir cincuenta y dos años y tenía un sueldo de mil trescientos euros. ¿Debería él compensarla o debería arreglarse con su sueldo? Encima de cornuda, apaleada, pensó cabreada. Siempre igual, ellos se lían con otras más jóvenes, porque seguro que es más joven, y nosotras a pasarlas moradas, como Lola que no lo supo hacer, que se dejó llevar por la rabia y renunció a luchar. Pero ella no, ella le sacaría hasta los ojos si fuera preciso. Consultaría con un abogado para saber a qué atenerse.

El tiempo fue pasando sin que se atreviera a preguntarle por Carmen ni a consultar a un abogado. Pero las llamadas seguían allí, sabía el número y las controlaba en la factura digital. Seguro que Eduardo de eso no se daba cuenta. La rabia fue carcomiendo día a día su corazón dolorido, sus ojos se volvieron ciegos y sus oídos sordos a cualquier cosa ajena a los movimientos de Eduardo: si salía o entraba; si dedicaba demasiado tiempo al deporte; si, aunque se duchase, la ropa sucia olía a sudor; qué libros leía; qué música escuchaba…

–Tenemos que hablar –le dijo Eduardo una tarde fría y lluviosa con gesto serio y temblor en las manos.

Marisa sintió una descarga eléctrica. ¿Iba a confesarle su infidelidad? ¿A pedirle perdón? ¿A abandonarla? En un momento cruzaron por su mente un montón de posibilidades. Se sentó dispuesta a escuchar a su marido y su confesión la dejó en schok: padecía una enfermedad incurable. No se lo había dicho antes para no hacerla sufrir, pero Carmen, su doctora, le había aconsejado no demorarlo más; el tiempo se agotaba.

Marisa sintió un profundo alivio y la bola de angustia que tenía alojada en su garganta desde hacía tanto tiempo desapareció como se se hubiera diluido con la lluvia. Ser consciente de sus propios sentimientos la sorprendió y la turbó. No lo podía creer pero era así. Prefería ver a su marido muerto antes que en brazos de otra mujer.

Durante los días posteriores, sintiéndose la más mezquina de las personas, luchó por dar la vuelta a sus sentimiento sin conseguirlo. Ante la disyuntiva de una amante o una enfermedad, pese a la lógica de su cerebro, siempre se imponía su corazón como si estuviera dotado de vida propia.

La música la sacó de sus pensamientos. Las notas suaves y delicadas habían sido sustituidas por otras más fuertes que reconoció como La muerte de Isolda de Wagner.

Marisa no lo sabía, nunca lo sabría, pero la mujer que, con lágrimas en los ojos, estaba transmitiendo su dolor a las teclas del piano, era la amante de su marido desde hacía ya más de cinco años y su nombre era Carmen.


 

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¿Quién dijo que no te quería? - Marga Pérez

                                           

 

María se levantó inquieta después de una noche toledana. Hacía mucho que no tenía pesadillas y puede que éso influyera para que se sintiera así. Tenía palpitaciones, un nudo en el estómago, dolor de cabeza, sensación de irrealidad y además, percibía con claridad que en algún momento iba a pasar algo, como así ocurrió. Algo malo ¡claro! No eran sensaciones agradables las suyas. Todo lo contrario.

Cuando esa tarde llegó al Conservatorio de Música acompañando a su ahijada , la inquietud se acrecentó. Desde pequeña ese edificio le daba miedo. ¡Tenía tantas cosas en su fachada ! Caras que la miraban. Balcones, terrazas y balaustradas por do quier, bajas, altos, redondeadas, cuadradas, salientes, escondidos . Rejas , ventanas raras, jardín tenebroso y recovecos sin fin por los que podría salir de todo... perros, ¡Gatos! No podía con ellos. Sólo de pensar en que uno se le abalanzase desde el muro… Se apretaba contra su madre cuando no le quedaba más remedio que pasar por delante. Incluso cerraba los ojos. Con los años llegó a pensar en el violador escondido tras las rejas, en el pervertido señor mayor, observándola tras los visillos… ¡Malas vibraciones! No lo podía evitar. Ese edificio no le gustaba nada pero su ahijada había insistido . La audición para ingresar en la Sinfónica del Principado era de vital importancia y sólo la tenía a ella para estar entre el público dándole la tranquilidad que necesitaba .No le podía fallar.

Antes de empezar ya tuvo que levantarse al baño. Quizá le había sentado algo mal. El vientre rugía, estaba hinchada, incómoda. Quizá echando fuera sus miasmas todo volvería a su sitio y podría disfrutar del acto, pensó mientras buscaba con urgencia el servicio. Al abrir la puerta se dio de bruces con el cuerpo de una mujer. Estaba muerta, no había duda. Yacía recostada sobre una butaca tapizada en terciopelo verde y sangraba por el pecho con abundancia. El mandil delataba dónde había recibido la agresión. Desde el pecho, blanco impoluto del mandil, corría la sangre hasta más abajo de las rodillas, que se intuían debajo de un uniforme negro… La irrealidad que sentía se hizo tan real que, de golpe, cerró la puerta, se agarró al picaporte y reprimió un grito que luchaba por escapar de su garganta . No quería salir corriendo. Su sensatez le decía que aquello no era normal, que tenía que darle una vuelta a lo que acababa de ver. Se apoyó en la puerta y se vio yendo hacia el baño, abriendo la puerta, si, si, miró, era el baño de mujeres, pero aquello no era un cuarto de baño, era un cuarto de costura, de ropa blanca, una sala de estar de servicio… No era actual. La decoración, los muebles, la mujer... Llevaba cofia, blanca y plisada y uniforme y mandil blanco . Era una mujer del servicio doméstico de otro siglo. Hoy nadie llevaría ese atuendo. El uniforme era largo y el mandil también y la cara… ¿Dónde había visto aquella cara?… Perdone ¿ me deja pasar? Una mujer quería entrar en el bañó y María aún en shok se retiró para facilitarle el paso. Lo que vio al abrir la puerta fue un baño de mujeres, ni más ni menos. Asombrada entró y lo miró y lo tocó y se miró al espejo y no salió de su asombro. No había ni cuarto de costura ni mujer muerta ni escena del siglo pasado. Como por arte de magia su malestar se disipó de la misma manera en que se disipó aquella escena del pasado . Todo se había disipado a la vez mientras la asaltaban preguntas y más preguntas.

Desde ese día buscó respuestas. Ni el psiquiatra ni el psicólogo supieron darle una explicación clara. Estuvo en tratamiento para el estrés . Durmió y durmió, de noche y de día, cada vez que se quedaba quieta, y aunque no quisiera… Hasta que la vio en sueños, si,si, a la muerta. Al principio sólo dormía, ni soñaba, ni se acordaba, ni tampoco era algo que le preocupase. Se tomaba las pastillas y no pensaba en más. La convencieron de que el estrés pasaba factura y que en su caso había desencadenado lo de las visiones. Esa era la mejor explicación. Cualquier cosa antes que admitir que se estaba volviendo loca … Tomar el tratamiento y dormir era lo siguiente. Pero después de varias semanas haciéndolo, en sus sueños empezó a salir aquella mujer muerta sobre la butaca verde de terciopelo manchada de sangre, con cofia y mandil blanco, impoluto, si no fuera por... ¿Un disparo? ¿Una cuchillada? Y su cara cada vez le resultaba más familiar.

Sin decir nada a nadie se acercó a la residencia donde su madre vivía hacía años con la cabeza cada vez más perdida. La memoria cercana era un desastre y la lejana, algo mejor, pero dependía mucho del día y de la hora. Por las mañanas más o menos regía. Según pasaba el día todo se mezclaba. Era como una cocktelera que al agitarse unía lo imposible de unir, pero tan simpático… María solía ir a esa hora pero esta vez lo hizo por la mañana temprano, la necesitaba bien despejada. Hablaron de muchas cosas y entre ellas dejó caer la casa del Conservatorio, lo bonita que era, lo bien que había tocado su ahijada... Su madre no era capaz de recordarla así que sacó el móvil y se la enseñó a todo color. ¡Ah! Si... ya me acuerdo, tengo una foto… Abre ese cajón. Y del cajón María sacó un montón de fotos en blanco y negro, de su madre con su padre, de su abuela y su abuelo, de su madre con su tía Fini, de la casa del Conservatorio con una niña en brazos de la niñera… Su corazón se desbocó, era ella. Esta es la casa, si mamá,¿ quienes son? Tardó en contestar y María pensó que ya todo estaba perdido pero, con un suspiro, su madre empezó … Qué guapa era ¿verdad? ¿Quien, mama? Mi abuela, trabajaba en esa casa, cuidaba a esa niña. ¿Como se llamaba tu abuela? María, como tu. Te puse su nombre. ¿Cómo nunca supe nada de ella? ¿Nunca me dijiste que trabajara allí? ¡chist! ¡chist!. Se puso el dedo en los labios y miró alrededor por si alguien las oyese. No se puede hablar de ella ...¿Por qué?¿ No me digas que hay secretos familiares que desconozco? Bueno, ya eres mayor y a mi no me queda mucho… ¿Si te lo cuento me guardarás el secreto? Claro mamá. Tus secretos son mis secretos ¿A quien los voy a contar? Y empezó a hablar de María, su bisabuela. Que era una joven preciosa, que se había casado con un chico muy guapo, que a los dos años habían tenido una hija, su abuela, que empezara a trabajar en el palacio porque el hambre era mucha y tenían otra boca que alimentar pero...pero… no sabía cómo seguir. ¿Pasó algo? Dijo María para ayudarla. Si, algo debió de pasar porque ella era buena, mamá me lo decía, todos lo sabían… pero se fue. Abandonó al abuelo y a mi madre, pobre, con cuatro añinos… ¿Cómo que se fue? ¿A dónde? ¿Quien os lo dijo? María tenía urgencia por saber. La señora del palacio se lo había dicho al abuelo, que no le quería y que no la buscase, que no iba a volver . Mamá me dijo que su padre lloró hasta la extenuación. Saber que no le quería fue tremendo para el... No volvieron a hablar nunca más de ella, había sido tan duro, las vecinas hablaban y no sabes qué cosas decían... que si se enamorara de alguien del palacio que la llevó a Madrid, que si se dedicaba a la mala vida en Barcelona, que si había cruzado el charco... Ignorarla era lo mejor para protegerse del dolor. No hablar de ella a nadie de la familia era quitarse el estigma del abandono… Mamá me lo dijo cuando estaba embarazada de ti y pensé que no hacía daño a nadie poniéndote su nombre. ¡Sabe Dios lo que tuvo que pasar! ¡pobre!

María no le habló de sus visiones, ni de sus sueños y se fue a su casa a seguir con su vida. Así fue cómo dejó el tratamiento y recuperó la paz. Pasear por los jardines del Conservatorio y sentarse debajo de un gran árbol mientras escucha música de piano, violines e instrumentos de viento, le ayuda a hablar con su bisabuela María. Sabe que sí les quería y está convencida que ahí, en ese jardín, es dónde ella ya descansa en paz.

 

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El fantasma de Balsera - Esperanza Tirado



 

Me dejan solo. Aunque muchos ni siquiera saben que vivo aquí. Ignoran mis palabras, mis gruñidos y mis pataletas desde hace tiempo.

No los culpo. Ellos están a lo suyo. Que es la música. Que acompaña mi soledad con escalas, arpegios, solfeados y algún que otro chirrido estridente de cuerdas de violín, que me crispa un poco. Pero son jóvenes. Tienen tiempo de sobra, si la ilusión y el esfuerzo les acompañan en sus caminos. Y puede que lleguen lejos.

Digo que me dejan solo y me duele pensarlo. Quizá las decoraciones exteriores, con esas gárgolas de cara enfadada, pongan rostro a mis sentimientos. Si es que un fantasma puede sentir.

Como habito en un lugar tan peculiar, y yo mismo soy un ente de características singulares, seguramente sea algo parecido a eso. Una mezcla de pena, soledad y amargura, lo que me sobreviene, cuando pienso que ya no pasearé entre notas musicales, chácharas de adolescentes y correteos escaleras arriba y abajo.

He oído cuchicheos que han crecido hasta llegar a ser noticia en papel. En el periódico, nada menos, que dicen que van a hacer mudanza. Por lo que se ve, son tantos los que sienten pasión por la música que el Palacio se les quedó pequeño hace ya bastante tiempo. Y no creo que sea por mí. Que apenas si abulto lo que media clave de Sol.

Si por mí fuera ampliaría los muros y los jardines de esta Santa Casa, que me acogió en tiempos duros.

Aunque los dueños, según cotilleos de las criadas de entonces, les deben mucho a una de sus ilustres vecinas, Doña Julia, que cedió algunos terrenos al Ayuntamiento para que la ciudad se hiciera más moderna y elegante.

Don Victoriano, que era muy listo, puso el ojo y los dineros y su Palacio soñado se hizo realidad,

Cuando yo llegué, por aire, por mar,…, no recuerdo bien, el Palacio y sus habitantes ya estaban en boca de todos.

Aún no se escuchaba música. Tan solo las órdenes de Don Victoriano a sus criados o las tertulias con otros indianos que regresaron, como él, cargados de fama y fortuna.

A Doña Julia no la querían en sus círculos. Una vez que donó sus propiedades, si te he visto no me acuerdo. Hoy tiene una calle, cerca de donde vivió; desde aquí se lee el rótulo y me alegro mucho por ella. Aunque ella ya no lo disfrute. Pero por entonces… Era mujer y eso suponía ‘no ser de los suyos’. A pesar de todos sus dineros y posesiones.

El eterno dilema.

Pero… ¿Qué sé yo, un simple fantasma, con eterno tiempo libre, para decidir quien sí y quién no?

En fin, que me tendré que ir con la música a otra parte.

O quedarme aquí, en el Palacio. Que ya me conozco el edificio y todos sus rincones como la palma de mi mano. Y estoy la mar de a gusto. Sobre todo en invierno, durante el curso escolar. Pero también en verano, que da el sol y el Palacio reluce. Y viene mucha gente a hacer turismo y se detiene ante la fachada y hacen fotos, mientras escuchan las explicaciones de los guías.

A veces me gustaría hacer travesuras y salir en alguna foto para sorprenderles. Pero mi origen inglés y mi severa educación me obligan a mirar y a escuchar. Ser educado con los visitantes sobre todo. Faltaría más.

Cuando se vayan definitivamente echaré de menos a mis niños y a los profesores. Alguno casi me pilla. Pero nunca lo comentó, lo hubieran tomado por loco. Hace tiempo que se fue, pidió un cambio de destino. Por si acaso, supongo. Aunque tampoco le hubiera hecho nada malo. Tal vez pedirle que tocara algo bonito. Un trocito de ‘Para Elisa’ o parte del Concierto para piano n. º 2, de Serguéi Rachmáninov, esa que suena en la película ‘Breve Encuentro’. Ay, me pongo sentimental, cuando aflora a la superficie mi lado británico.

Quizás las escaleras respiren y descansen después de tantos años sufriendo pisoteos de generaciones de jóvenes músicos en potencia. Que soñaban con escalar un poco más arriba. Algunos subieron la escalera del éxito. Otros se desviaron por el camino y cambiaron las notas por otras aficiones. Y la mayoría decidieron que la música se había acabado.

Tal vez cuando el viento vuele hacia el oeste, camino del Parque de Ferrera, me llegarán las músicas de las nuevas generaciones, o las letras de las cartas que nunca se enviaron y se quedaron flotando en el aire de las oficinas de correos, o en los adoquines de La Ferrería; confundidas con los pasos nocturnos de la chavalería durante los fines de semana.

Disculpen mis malas formas. No me he presentado aún. Esto de ser un fantasma hace que a veces se me pierdan los modales entre las corrientes de aire, que dicen que se forman a nuestro alrededor.

Me llamo Walter, tengo orígenes británicos y soy, o fui, aviador durante unos tiempos muy difíciles para Europa, para Avilés y para el mundo en general.

Acabé aquí por avatares de la vida.

Y ahora no me quiero marchar de la que considero mi casa, este Palacio, la Escuela de Música. Ni de mi ciudad, Avilés.

Y es que como dice la coplilla:

 

Es Avilés la ciudad más hermosa y galante,

tiene comodidades de una ciudad grande


Sea en este Palacio o camino de La Ferrería creo que me quedaré aquí para siempre. Aunque pocos sepan que soy un vecino más. De Avilés, de toda la vida. O casi.


Parte de la letra de "Es Avilés", canción popular avilesina de principios del Siglo XX.

Se puede escuchar entera en este video de youtube: https://www.youtube.com/watch?v=0E1JDZeYWBE



 

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