Cumplir un sueño - Cristina Muñiz


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Avanzaban en fila, las lámparas frontales rivalizando con las sombras de la noche, el frío, insolente, tratando de abrirse paso entre las diversas capas de ropa térmica. En sus estómagos una infusión de achicoria y unas galletas. Los pasos cortos, perezosos, fatigosos… Pese a todo, Nuria se sentía eufórica. Llevaba mucho tiempo soñando con ese momento, desde que había visto un documental sobre una expedición al Everest y algo se removió en su interior. “Un día yo subiré allí”, dijo llamando la atención de su familia. “Sí, y yo bajaré a la fosa de las Marianas” se mofó su hermano.

Nuria comenzó a entrenar durante la semana como si se fuera a presentar a una competición olímpica. No sabía a qué dedicarse en la vida, no había nada que le llamara la atención, que la emocionara, salvo la montaña. Una montaña que visitaba todos los fines de semana integrada en un grupo de escalada para principiantes primero, de gente experta después. El tiempo fue pasando entre gimnasios, carreras al aire libre y paredes de escalada. Finalizado el bachillerato decidió estudiar Ciencias de la Actividad Física y el Deporte, algo que no sorprendió a sus padres, pues el deporte se había convertido en su modo de vida. En cambio, su hermano, aunque no soñaba con descender a la fosa de las Marianas, estudió Ciencias del Mar, abandonó el hogar familiar y se trasladó a vivir al Caribe como instructor de buceo. La casualidad hizo que estuviera en casa el día de su partida. Le había colgado al cuello una cadena con un tiburón “hay que ver que diferentes somos: mar y montaña. Quiero que lleves contigo este amuleto para que vuelvas a casa sana y salva”, le susurró al oído. Luego se había despedido de los tres seres más importantes de su vida con un abrazo emocionado y los ojos luchando por retener las lágrimas.

Nuria sentía su respiración entrecortada, las piernas como si se estuvieran convirtiendo en piedras, pero era normal, estaba bien y llegaría arriba. No buscaba ninguna copa que certificara una hazaña deportiva, tan solo quería alcanzar la cima. La columna continuaba avanzando, comunicándose a menudo con el campo base. Habían tenido suerte, el día era bueno, aunque en ese lugar nunca se sabía. Delante de ella, Marc, su compañero italiano, tropezó arrastrándola en su caída. Por unos instantes sintió que el mundo rodaba alrededor de ella, envuelta en un torbellino de nieve y emociones. Pero la cuerda aguantó. Los otros compañeros aguantaron. Y tan solo habían descendido unos diez metros. El sol ya había hecho su aparición, apagaron los frontales y reanudaron la marcha a través del extenso y peligroso nevero. Desde el campo tres, donde habían pasado la noche, los prismáticos perseguían la multicolor fila india que ya se iba aproximando a la escalera situada plana entre los dos bordes de una gran sima. Pasaron sin problema dos de sus compañeros. Le tocaba a Marc que comenzó a tambalearse ya antes de pisar el primer peldaño. Le gritaron para que avanzara pero permaneció inmóvil, mirando al vacío como si él mismo fuera una estatua de hielo entre el hielo. El jefe de la expedición, Gabriel, se acercó y le ordenó dar un paso atrás. Marc sentía nauseas, dolor de cabeza y desorientación, no estaba en condiciones para continuar la marcha. Debía abandonar y comenzar el descenso y debía hacerlo acompañado. Gabriel se puso en contacto con el campo tres para comentarles la situación y luego pidió un voluntario para bajar con Marc; ya se estaban preparando para subir a ayudarlos. Nadie se ofrecía. Marc ya había empezado a descender con pasos tambaleantes. Durante unos segundos, en el silencio absoluto de la montaña, resonó con fuerza la tensión; todos se habían preparado para llegar arriba. Nuria, aterrada, temblaba de frío y de miedo. No. No podían elegirla a ella, esa era su única oportunidad. De pronto, Felipe, levantó un brazo a modo de despedida y fue tras los pasos de Marc. Nuria respiró aliviada y se relajó. Le tocaba a ella atravesar la escalera. Cuando sus grampones se agarraron con fuerza al primero de los helados peldaños sus ojos se desviaron hacia la inmensa fosa azul y blanca, pese a que le habían advertido de no hacerlo. Obvió los gritos de Gabriel y permaneció un breve momento deleitándose en la inmensidad del abismo. No creía que existiera en el mundo nada más hermoso. Luego, elevó la vista y se concentró hasta llegar al final. Continuaron la ascensión, ya venían varios grupos detrás, ellos habían sido los primeros en salir, aún en mitad de la noche. El aire era cada vez más escaso, la marcha más lenta, el cansancio más acentuado. Nada de eso importaba. Nuria estaba cumpliendo el gran sueño de su vida, pese a todo, pese a lo acontecido tan solo un mes antes, cuando el mundo comenzó a derrumbarse bajo sus pies. Pero estaba allí, como una más de la expedición, luchando para lograr su objetivo. Se fotografiaron en la cumbre, abrazados, satisfechos y agotados. Nuria les pidió una fotografía sola, con el tiburón de su hermano asomando sobre su pasamontañas, haciendo la señal de la victoria con sus dos manos, sintiendo no poder trasmitir la felicidad que la invadía por dentro. Comenzaron el descenso. Desde el campo tres les avisaron de un cambio de tiempo. Debían apresurarse. A Nuria no le importaba lo que pasara a partir de entonces. Solo volver a posar sus grampones sobre la escalera. Asomarse una vez más al vacío. Empaparse de ese mundo salvaje, azul y blanco. Al llegar a la mitad de la escalera, ante la estupefacción de sus compañeros de cordada, se desató, tiró su mochila al fondo del abismo y luego se dejó ir tras ella. Ese era el lugar que había elegido para vivir eternamente. Gabriel, su íntimo amigo, ya en el campo base, roto de dolor, encontró entre sus cosas las tres cartas que Nuria le había dejado. Una para él, otra para sus padres y la tercera para su hermano. Nadie sabía nada pero Nuria estaba sufriendo los primeros síntomas de una enfermedad incurable que en pocos meses la convertiría en un vegetal, sin capacidad para moverse o decidir sobre su vida. Y ella no quería acabar así. Les pedía perdón y les suplicaba que, aunque no estuvieran de acuerdo con su decisión, la respetasen. Su cuerpo viviría para siempre, intacto entre las rocas heladas que tanto amaba, y su espíritu acompañaría a las hileras de escaladores que, como ella, continuarían dando un paso tras otro, en busca de un sueño.

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Dormir, dormir y dormir - Marga Pérez

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La incertidumbre del momento introdujo el ruido en su interior. Un ruido continuo que la tiene al borde del desequilibrio. No es capaz de dormir. Por el día pasa desapercibido . Por la noche es insoportable.

El médico le recetó unas pastillas cargadas de infinidad de efectos secundarios , adversos, persistentes, peligrosos, molestos e incluso permanentes, que por supuesto no tomó.

Una noche se quedó dormida observando las imágenes que una vela, encendida para ahorrar energía, se reflejaban sobre ella. Antes había prescindido de la lavadora y dejado la nevera tan solo de alacena... No necesitaba electrodomésticos, se decía mientras pensaba en la electricidad como un invento moderno. Desde entonces la vela forma parte de su ritual para llamar al sueño. Al principio funcionó a las mil maravillas pero a los pocos días el ruido regresó, justo cuando el titilar de la vela llegaba a su fin.

-Es cuestión de dar con el tamaño -Pensó- Necesito una que dure encendida todo el tiempo que quiero dormir.

Cuando la encontró, el ruido ya no regresó al apagarse. Tampoco ella fue capaz de despertar… Algo había fallado en sus cálculos.

 

 

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Profepanda - Esperanza Tirado

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 Me he pasado la noche en vela. Es la décima este mes. Estoy harta. Ni los tapones de la farmacia me sirven ya. Ese ruido incesante es insoportable y me va a volver loca. En el instituto ya me conocen como ProfePanda, y no me extraña. Estas ojeras que gasto son terribles.

He preguntado a algunos vecinos cuando coincidimos en el ascensor, pero ninguno escucha nada raro y todos duermen a pierna suelta.

El portero de la finca me comentó algo de una antigua inquilina que se quedó encerrada en el trastero un invierno gélido, mientras organizaba cajas, maletas y trastos varios. Seguramente sea eso, me dijo; que su alma vaga por los pasillos, arrastrando cajas, lamentándose del frío que sufrió aquella noche.

Me parecieron absurdas esas explicaciones de almas vagantes, trasteros misteriosos o golpes del más allá o del más acá.

Pero antes de que esta caja de tapones se me termine, comenzaré la búsqueda de un nuevo piso de alquiler. No sea que me confundan y me metan en la jaula del zoo. Qué Chulina iba a estar allí.


 

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Vela - Marian Muñoz


 

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Se guareció del aguacero en una iglesia, el portón abierto invitaba a entrar. Carecía de paraguas y gabardina, se lo habían robado nada más llegar a la ciudad. Estaba en precario sin ser capaz de asumir la situación, lo daba todo por perdido, el viaje había sido en balde y su espíritu quebradizo estaba a punto de romperse. Desamparado y triste el silencio del templo le procuró un instante de relax que su mente aprovechó para recordar imágenes de niñez. Su madre dándole una moneda para acercarse al altar y encender una vela, algo que siempre le había intrigado ¿cómo se enterarían en el cielo cual era la rogativa al santo?

Mirando a su alrededor no vio a nadie, se acercó tímidamente hasta el soporta velas, carecía de dinero, pero quería encender una por si le ayudaba a encontrar solución a su desgracia. En ese instante oyó un ruido, lo asoció a un trueno, aunque sonaba más cerca, parecía provenir del coro. La curiosidad le incitó a subir las escaleras viendo a un hombre caído en el suelo, se acercó para auxiliarle pues respiraba con dificultad. Enseguida comprendió que no tenía conocimientos suficientes para ayudarle, llamó rápidamente al 112 quienes enviaron una ambulancia además de indicarle cómo actuar mientras llegaba. Aquella llamada salvó la vida del hombre, diacono de la parroquia, quien apelando a la generosidad de la policía solicitó le localizaran para dar las gracias personalmente a su salvador.

Aquel encuentro promovió un cambio de rumbo, fue el diacono quien le auxilió primero al acogerle en su casa y después al encontrarle trabajo y alojamiento. Semanas más tarde el hombre desesperado, que ya no lo era, entró en el templo, se acercó al porta velas e introdujo en el cajetín unas cuantas monedas ganadas limpiamente con su esfuerzo, convencido que los de arriba sí se enteraban de las rogativas de los de abajo.

 

 

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Deseos cumplidos - Gloria Losada

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Aquella noche el ruido de los truenos se entremezclaba con el ya habitual del piso de arriba. Habitado por ocupas no había noche en que, por una cosa u otra, no la armaran bien armada. Discusiones, gritos, llantos, risas, música a todo volumen... A la luz de las velas, mientras mi bebé lloraba como un poseso, deseé, una vez más que los partiera un rayo. En ese momento el cielo se iluminó y cesó el ruido en el piso de arriba. Poco después el olor a carne quemada me confirmó que Thor, el dios del trueno, había escuchado mis plegarias.

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La sospecha - Cristina Muñiz




Por una de las ventanas del conservatorio se escapaban las notas suaves y delicadas ejecutadas por una profesora de piano. Sentada en una terraza cercana, Marisa se dejó mecer por la melodía que la hizo viajar años atrás, cuando Eduardo estudiaba allí y ella lo esperaba a la salida de sus clases particulares de matemáticas. Cuánto habían cambiado las cosas desde entonces. Ahora, su marido yacía en la cama del hospital con una sentencia de muerte. Y ella no podía despojarse del sentimiento de culpa pese a no ser la causante de su enfermedad.

Todo había empezado dos años atrás: conductas extrañas, llamadas a las que respondía cerrándose en el baño, ausencias injustificadas, mentiras… Y todo ello llevaba escrita la palabra 'sospecha'

Cuántas lágrimas había vertido pensando en una supuesta amante. O más bien amante, sin más, porque no tenía duda de su existencia. Si no fuera así qué otra cosa justificaría su actitud. Ya ni siquiera la buscaba en la cama, él que tan fogoso había sido siempre. Y cuando tu pareja deja de sentir deseo hacia ti algo falla, por no decir todo. Si lo sabría ella. No era la primera. Dos de sus amigas se habían divorciado por los escarceos amorosos de sus parejas. Pero, Eduardo… Eduardo era el amor de su vida y siempre había creído que ella también lo era para él. Comenzó a vigilar cada uno de sus movimientos, a mirar su móvil, a buscar las contraseñas de sus correos, a revisar sus bolsillos, su billetera, su agenda… No halló nada y eso la estaba volviendo loca. Un día se atrevió a preguntarle abiertamente si había otra. Eduardo lo negó con vehemencia. Claro, qué iba a decir, todos los infieles lo niegan hasta que los pillan, si lo sabría ella. Insistió varias veces hasta conseguir enfadarlo. Por qué sospechaba de él si siempre estaba en casa o con ella, salvo por asuntos de trabajo o para hacer deporte. Marisa dudaba. Hablaba consigo misma diciéndose por momentos que estaba segura de la infidelidad de su marido para acto seguido negarlo con rotundidad. Pero la sospecha seguía allí, al acecho, hasta que encontró un nombre desconocido en su móvil con varias llamadas de demasiados minutos. Carmen. Quién era esa Carmen. Dónde la había conocido. Cuándo la veía. La certeza de la infidelidad de su marido la rompió por dentro. No recordaba haberse sentido nunca tan mal. Engañada tras veinticinco años de feliz matrimonio. O supuestamente feliz. ¿Cuánto tiempo la llevaba engañando? ¿Había habido otras? ¿Estaría pensando abandonarla? ¿Lo echaría ella de casa?

Dudas. Dudas, dolor y desilusión por el amor perdido poblaron sus días de sombras y sus noches de insomnio. Sin ser consciente empezó a echar cuentas. Vivían bien aunque no eran pudientes. Poseían el piso donde vivían, dos garajes y un apartamento en una playa del sur. Si lo vendían todo y repartían ¿se arreglarían los dos para no pasar apuros? No. No debía pensar eso. Eso no importaba. O sí. Claro que importaba. Acababa de cumplir cincuenta y dos años y tenía un sueldo de mil trescientos euros. ¿Debería él compensarla o debería arreglarse con su sueldo? Encima de cornuda, apaleada, pensó cabreada. Siempre igual, ellos se lían con otras más jóvenes, porque seguro que es más joven, y nosotras a pasarlas moradas, como Lola que no lo supo hacer, que se dejó llevar por la rabia y renunció a luchar. Pero ella no, ella le sacaría hasta los ojos si fuera preciso. Consultaría con un abogado para saber a qué atenerse.

El tiempo fue pasando sin que se atreviera a preguntarle por Carmen ni a consultar a un abogado. Pero las llamadas seguían allí, sabía el número y las controlaba en la factura digital. Seguro que Eduardo de eso no se daba cuenta. La rabia fue carcomiendo día a día su corazón dolorido, sus ojos se volvieron ciegos y sus oídos sordos a cualquier cosa ajena a los movimientos de Eduardo: si salía o entraba; si dedicaba demasiado tiempo al deporte; si, aunque se duchase, la ropa sucia olía a sudor; qué libros leía; qué música escuchaba…

–Tenemos que hablar –le dijo Eduardo una tarde fría y lluviosa con gesto serio y temblor en las manos.

Marisa sintió una descarga eléctrica. ¿Iba a confesarle su infidelidad? ¿A pedirle perdón? ¿A abandonarla? En un momento cruzaron por su mente un montón de posibilidades. Se sentó dispuesta a escuchar a su marido y su confesión la dejó en schok: padecía una enfermedad incurable. No se lo había dicho antes para no hacerla sufrir, pero Carmen, su doctora, le había aconsejado no demorarlo más; el tiempo se agotaba.

Marisa sintió un profundo alivio y la bola de angustia que tenía alojada en su garganta desde hacía tanto tiempo desapareció como se se hubiera diluido con la lluvia. Ser consciente de sus propios sentimientos la sorprendió y la turbó. No lo podía creer pero era así. Prefería ver a su marido muerto antes que en brazos de otra mujer.

Durante los días posteriores, sintiéndose la más mezquina de las personas, luchó por dar la vuelta a sus sentimiento sin conseguirlo. Ante la disyuntiva de una amante o una enfermedad, pese a la lógica de su cerebro, siempre se imponía su corazón como si estuviera dotado de vida propia.

La música la sacó de sus pensamientos. Las notas suaves y delicadas habían sido sustituidas por otras más fuertes que reconoció como La muerte de Isolda de Wagner.

Marisa no lo sabía, nunca lo sabría, pero la mujer que, con lágrimas en los ojos, estaba transmitiendo su dolor a las teclas del piano, era la amante de su marido desde hacía ya más de cinco años y su nombre era Carmen.


 

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¿Quién dijo que no te quería? - Marga Pérez

                                           

 

María se levantó inquieta después de una noche toledana. Hacía mucho que no tenía pesadillas y puede que éso influyera para que se sintiera así. Tenía palpitaciones, un nudo en el estómago, dolor de cabeza, sensación de irrealidad y además, percibía con claridad que en algún momento iba a pasar algo, como así ocurrió. Algo malo ¡claro! No eran sensaciones agradables las suyas. Todo lo contrario.

Cuando esa tarde llegó al Conservatorio de Música acompañando a su ahijada , la inquietud se acrecentó. Desde pequeña ese edificio le daba miedo. ¡Tenía tantas cosas en su fachada ! Caras que la miraban. Balcones, terrazas y balaustradas por do quier, bajas, altos, redondeadas, cuadradas, salientes, escondidos . Rejas , ventanas raras, jardín tenebroso y recovecos sin fin por los que podría salir de todo... perros, ¡Gatos! No podía con ellos. Sólo de pensar en que uno se le abalanzase desde el muro… Se apretaba contra su madre cuando no le quedaba más remedio que pasar por delante. Incluso cerraba los ojos. Con los años llegó a pensar en el violador escondido tras las rejas, en el pervertido señor mayor, observándola tras los visillos… ¡Malas vibraciones! No lo podía evitar. Ese edificio no le gustaba nada pero su ahijada había insistido . La audición para ingresar en la Sinfónica del Principado era de vital importancia y sólo la tenía a ella para estar entre el público dándole la tranquilidad que necesitaba .No le podía fallar.

Antes de empezar ya tuvo que levantarse al baño. Quizá le había sentado algo mal. El vientre rugía, estaba hinchada, incómoda. Quizá echando fuera sus miasmas todo volvería a su sitio y podría disfrutar del acto, pensó mientras buscaba con urgencia el servicio. Al abrir la puerta se dio de bruces con el cuerpo de una mujer. Estaba muerta, no había duda. Yacía recostada sobre una butaca tapizada en terciopelo verde y sangraba por el pecho con abundancia. El mandil delataba dónde había recibido la agresión. Desde el pecho, blanco impoluto del mandil, corría la sangre hasta más abajo de las rodillas, que se intuían debajo de un uniforme negro… La irrealidad que sentía se hizo tan real que, de golpe, cerró la puerta, se agarró al picaporte y reprimió un grito que luchaba por escapar de su garganta . No quería salir corriendo. Su sensatez le decía que aquello no era normal, que tenía que darle una vuelta a lo que acababa de ver. Se apoyó en la puerta y se vio yendo hacia el baño, abriendo la puerta, si, si, miró, era el baño de mujeres, pero aquello no era un cuarto de baño, era un cuarto de costura, de ropa blanca, una sala de estar de servicio… No era actual. La decoración, los muebles, la mujer... Llevaba cofia, blanca y plisada y uniforme y mandil blanco . Era una mujer del servicio doméstico de otro siglo. Hoy nadie llevaría ese atuendo. El uniforme era largo y el mandil también y la cara… ¿Dónde había visto aquella cara?… Perdone ¿ me deja pasar? Una mujer quería entrar en el bañó y María aún en shok se retiró para facilitarle el paso. Lo que vio al abrir la puerta fue un baño de mujeres, ni más ni menos. Asombrada entró y lo miró y lo tocó y se miró al espejo y no salió de su asombro. No había ni cuarto de costura ni mujer muerta ni escena del siglo pasado. Como por arte de magia su malestar se disipó de la misma manera en que se disipó aquella escena del pasado . Todo se había disipado a la vez mientras la asaltaban preguntas y más preguntas.

Desde ese día buscó respuestas. Ni el psiquiatra ni el psicólogo supieron darle una explicación clara. Estuvo en tratamiento para el estrés . Durmió y durmió, de noche y de día, cada vez que se quedaba quieta, y aunque no quisiera… Hasta que la vio en sueños, si,si, a la muerta. Al principio sólo dormía, ni soñaba, ni se acordaba, ni tampoco era algo que le preocupase. Se tomaba las pastillas y no pensaba en más. La convencieron de que el estrés pasaba factura y que en su caso había desencadenado lo de las visiones. Esa era la mejor explicación. Cualquier cosa antes que admitir que se estaba volviendo loca … Tomar el tratamiento y dormir era lo siguiente. Pero después de varias semanas haciéndolo, en sus sueños empezó a salir aquella mujer muerta sobre la butaca verde de terciopelo manchada de sangre, con cofia y mandil blanco, impoluto, si no fuera por... ¿Un disparo? ¿Una cuchillada? Y su cara cada vez le resultaba más familiar.

Sin decir nada a nadie se acercó a la residencia donde su madre vivía hacía años con la cabeza cada vez más perdida. La memoria cercana era un desastre y la lejana, algo mejor, pero dependía mucho del día y de la hora. Por las mañanas más o menos regía. Según pasaba el día todo se mezclaba. Era como una cocktelera que al agitarse unía lo imposible de unir, pero tan simpático… María solía ir a esa hora pero esta vez lo hizo por la mañana temprano, la necesitaba bien despejada. Hablaron de muchas cosas y entre ellas dejó caer la casa del Conservatorio, lo bonita que era, lo bien que había tocado su ahijada... Su madre no era capaz de recordarla así que sacó el móvil y se la enseñó a todo color. ¡Ah! Si... ya me acuerdo, tengo una foto… Abre ese cajón. Y del cajón María sacó un montón de fotos en blanco y negro, de su madre con su padre, de su abuela y su abuelo, de su madre con su tía Fini, de la casa del Conservatorio con una niña en brazos de la niñera… Su corazón se desbocó, era ella. Esta es la casa, si mamá,¿ quienes son? Tardó en contestar y María pensó que ya todo estaba perdido pero, con un suspiro, su madre empezó … Qué guapa era ¿verdad? ¿Quien, mama? Mi abuela, trabajaba en esa casa, cuidaba a esa niña. ¿Como se llamaba tu abuela? María, como tu. Te puse su nombre. ¿Cómo nunca supe nada de ella? ¿Nunca me dijiste que trabajara allí? ¡chist! ¡chist!. Se puso el dedo en los labios y miró alrededor por si alguien las oyese. No se puede hablar de ella ...¿Por qué?¿ No me digas que hay secretos familiares que desconozco? Bueno, ya eres mayor y a mi no me queda mucho… ¿Si te lo cuento me guardarás el secreto? Claro mamá. Tus secretos son mis secretos ¿A quien los voy a contar? Y empezó a hablar de María, su bisabuela. Que era una joven preciosa, que se había casado con un chico muy guapo, que a los dos años habían tenido una hija, su abuela, que empezara a trabajar en el palacio porque el hambre era mucha y tenían otra boca que alimentar pero...pero… no sabía cómo seguir. ¿Pasó algo? Dijo María para ayudarla. Si, algo debió de pasar porque ella era buena, mamá me lo decía, todos lo sabían… pero se fue. Abandonó al abuelo y a mi madre, pobre, con cuatro añinos… ¿Cómo que se fue? ¿A dónde? ¿Quien os lo dijo? María tenía urgencia por saber. La señora del palacio se lo había dicho al abuelo, que no le quería y que no la buscase, que no iba a volver . Mamá me dijo que su padre lloró hasta la extenuación. Saber que no le quería fue tremendo para el... No volvieron a hablar nunca más de ella, había sido tan duro, las vecinas hablaban y no sabes qué cosas decían... que si se enamorara de alguien del palacio que la llevó a Madrid, que si se dedicaba a la mala vida en Barcelona, que si había cruzado el charco... Ignorarla era lo mejor para protegerse del dolor. No hablar de ella a nadie de la familia era quitarse el estigma del abandono… Mamá me lo dijo cuando estaba embarazada de ti y pensé que no hacía daño a nadie poniéndote su nombre. ¡Sabe Dios lo que tuvo que pasar! ¡pobre!

María no le habló de sus visiones, ni de sus sueños y se fue a su casa a seguir con su vida. Así fue cómo dejó el tratamiento y recuperó la paz. Pasear por los jardines del Conservatorio y sentarse debajo de un gran árbol mientras escucha música de piano, violines e instrumentos de viento, le ayuda a hablar con su bisabuela María. Sabe que sí les quería y está convencida que ahí, en ese jardín, es dónde ella ya descansa en paz.

 

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