Los restos del naufragio - Gloria Losada

                                                   Mujer, Llorar, Llanto, Rostro, Feminismo

 

 

 

A veces lloro. Todavía. Tampoco mucho, pero después de estos tres años creí que ya no lloraríanunca. Son momentos puntuales. Supongo que depende de cómo esté de sensible, no sé, lo único que sé es que basta con que salga por la tele alguna imagen de La Coruña, o echen una peli de esas que vimos juntos acurrucados en el sofá, o me ponga el perfume que a él tanto le gustaba, o el
vestido mostaza con el que me decía que estaba tan guapa... cosas así. Hay días que no pasa nada, pero otros días, lloro.


Cuando lo conocí yo acababa de separarme después de treinta años y la verdad es que no me apetecía liarme con nadie, necesitaba estar sola, pero ya se sabe, a veces no es lo que uno quiere, es lo que la vida le pone en bandeja y a mí me lo puso a él. Y me enamoré como una idiota. Sin embargo la relación no iba a ser fácil, por un lado vivíamos lejos, por otro él tenía pareja, en eso fue sincero, no me mintió, me mintió en todo lo demás y yo le creí. Me mintió cuando me dijo que me quería, que no sabía, no entendía por qué se había enamorado de mí cuando con ella las cosas le iban bien, me mintió cuando me dijo que en aquel momento no podía dejarla porque había muchos compromisos entre ambos que se lo impedían y que lo mejor era que no nos diéramos prisa, que dejáramos que el tiempo pusiera las cosas en su sitio, y repito, yo le creí. En lugar de escuchar a ese mismo tiempo al que él apelaba, que de vez en cuando me susurraba al oído que era muy valioso y que no merecía la pena que lo perdiera con tipos como aquel, nada, yo ni caso, yo erre que erre, enamorada.


Teníamos la suerte de que, aunque vivía en Vigo, por motivos de trabajo tenía que pasar la semana en La Coruña, y como yo tres días a la semana teletrabajaba, pues fenomenal, me cogía un bus que me llevaba de Santander a la bonita ciudad gallega y me pasaba a su lado dos o tres días, en aquel piso cutre, incómodo e impersonal, que a mis ojos era poco menos que el Palacio de Versalles por el simple hecho de que era allí donde podíamos vivir nuestro amor en libertad.


Poco tiempo teníamos para divertirnos, puesto que tanto uno como otro debíamos seguir haciendo frente a nuestras obligaciones laborales, pero daba igual. Siempre sacábamos un hueco para salir a comer fuera o a cenar, o simplemente tomarnos unas cañas por la Marina. Luego en casa, entre pitillos, café y una simple hamburguesa para cenar, veíamos la tele, a charlábamos o follábamos, sobre todo eso, la verdad, había que aprovechar.


Mi hija mayor Lara, que ya se había independizado y vivía con su novio en Londres, donde trabajaban ambos de enfermeros, me apoyaba y me decía que hacía bien, que disfrutara, que después de haber pasado treinta años al lado de un tío que me había dado más disgustos que satisfacciones, era lo que me merecía; su hermano Fran, que todavía vivía conmigo y tenía el sentido común que nos faltaba a las dos, me decía que estaba loca, así, sin más, pues vale, para mí, en aquellos momentos, bendita locura.


Pero todo se acaba, sobre todo lo bueno, y un día en el trabajo le dijeron que lo de La Coruña tocaba a su fin, que tenía que volver a Vigo. Había llegado el momento de tomar decisiones importantes, puesto que ya no podríamos vernos tan frecuentemente como hasta entonces. Fui yo quien planteó la cuestión y la conversación fue larga, ardua y complicada, y la conclusión muy simple, para él, claro: dejemos que el tiempo nos vaya diciendo. Al principio tragué, pero fue ahí
cuando me di cuenta de que estaba haciendo el imbécil totalmente. Aguanté casi un año más, durante el cual no nos vimos nunca, eso sí mensajitos de watsap todos los días a las mismas horas, hasta que un buen día lo mandé a tomar por culo. Hasta aquí hemos llegado majo, que te den. Fue como consecuencia de algo que me dijo, no recuerdo el qué, pero era algo que me daba a entender
que a aquellas alturas yo me estaba convirtiendo en un problema, que no podíamos seguir así toda la vida. No lo decía claramente, pero lo daba a entender, es decir aparte de un sinvergüenza y un mentiroso, era un cobarde. Le facilité el trabajo y además me di la satisfacción de ser yo la que terminara el asunto.


Lo pasé mal, lo confieso, porque yo le quería, pero bueno, ya tengo una edad y sé que casi nada es eterno, salvo la propia eternidad. Mi mejor amiga Cristina, fue mi mayor consuelo. Yo le decía que no entendía por qué todo había terminado así, si yo siempre había pensado que íbamos en el mismo barco, y ella me contestaba que estaba equivocada, que durante un tiempo habíamos ido a lapar en distintos barcos, el suyo había llegado al puerto que él había querido, el mío había naufragado. Tiene razón, y como un naufragio siempre deja restos, pues estas málditas lágrimas que no acaban de irse no son más que los restos del naufragio, de mi naufragio. Por eso a veces lloro, aunque cada vez menos.

 

 

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Salud - Dori Terán

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Se puso el termómetro para medir la temperatura de su organismo. Los escalofríos hacía rato que invadían su cuerpo y una tiritona continua la llenaba de temblor. Curiosamente no llegaba ni a treintaiseis grados centígrados. Era frío, frío en el alma. Siempre había somatizado en el cuerpo físico las emociones que embargaban su alma. Tenía que ser extremadamente cuidadosa con sus pensamientos, con lo que sentía, con lo que manifestaba hablando o actuando porque sin ninguna pausa y de forma inmediata reaccionaba todo su ser con las más variopintas señales físicas. El miedo se fue adueñando de cuanto acontecía en su vida y de la forma en que lo recibía. Pareciera que algún depredador marino, algo así como un tiburón, estuviese al acecho de su comportamiento para morder sin piedad y llenar de llagas y dolores su existencia.

Encendió la lámpara de la mesita del salón y se tumbó en el sofá. Con la mirada clavada en el techo de la estancia se sintió invadida por los recuerdos. Planeó recrearse en los más gratos para evitar sorpresas de malestares. No le resultaba fácil, su vida como la de todos los seres vivos guardaba en la memoria sonrisas y lágrimas.

A menudo se preguntaba si realmente era así o simplemente teñimos de dolor con nuestra moralidad y miedo lo que nada más son experiencias que la vida nos ofrece para nuestra evolución.

Jaime y Rosa exhibía el grabado en la copa que reposaba en el bar del aparador y la fecha en la que contrajeron matrimonio con un proyecto común que pronto perdió la comunidad. Sus ojos se posaron sobre el cristal del recuerdo y aquel día festivo lleno de ilusión y esperanza fue pasando ante sus ojos como una película de un cuento de hadas.

Ya le estaba doliendo la cabeza y es que una neblina envolvía cada momento que de ese día recordaba. Era la niebla de la decepción y el dolor que ya empañaba cualquier hermosura.

Se levantó presurosa de un salto y se preparó un café ligero al que añadió su pizquita de azúcar y achicoria. El sabor dulcemente amargo le devolvió el bienestar a su cabeza y la claridad a su pensamiento y se habló sin palabras a si misma.-“ Ya basta Rosa, busca lo bello también en lo impermanente, lo útil en lo efímero, la lección en el capitulo”. Se acercó al dormitorio que durante un tiempo había sido el lecho nupcial y de la caja azul de flores sacó una fotografía de Jaime. ¡Mira que estaba guapo! Le miró largamente, con ternura, con emoción. Depositó un beso sobre el cartón y con el corazón le habló-“ Jaime querido, allá donde quiera que la eternidad te haya llevado, mando toda mi gratitud por el tiempo que entrelazamos nuestras vidas, nuestro ser.¡ Fue tan poco tiempo cuando soñábamos con toda una vida! Desde hoy tu memoria en mi será sinónimo de gratitud, la muerte no puede destruir lo que conocimos como un regalo que a muchos se niega. Espérame en el cielo”. La luz de la vida conveniente y fértil se acababa de encender en Rosa como por arte de milagro. Quién sabe si Jaime le envió un ángel que le inspirara y le hiciera comprender donde hemos de buscar la armonía y la salud.

 

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Conspiración - Marga Pérez

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Sabíamos que no iba a ser fácil, éramos conscientes y vimos la dificultad... Hoy por hoy sabemos que son una minoría. El plan se cumplió tal y como se había diseñado: Transmitimos consignas; Reeducamos; Legislamos; Reescribimos libros; Incluso controlamos. Conseguimos conformismo hasta el punto previsto pero, hay que ser conscientes que, ni aunque se les tatúe, acabaremos con la rebeldía. La Agenda 2.100 es clara al respecto. Será la forja total y definitiva del nuevo ser humano, entre robots y humanoides a nuestro servicio. No nos puede temblar el pulso. O se adaptan o se les liquida. 

 

 

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Alas quemadas - Esperanza Tirado

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  En el libro de su destino ya estaba escrito desde antes de que él naciera. Habría de seguir los pasos de la tradición familiar, en la herrería que su tatarabuelo construyó con sus propias manos. Dicen las malas lenguas que con ayuda del mismo Diablo, que vino del Infierno a traerle las brasas con las que el metal es todavía ablandado para darle forma.

Aunque entiende el valor que supone el duro trabajo en la herrería, sus pies y su cabeza siempre sueñan con ir más allá, a un lugar más ligero, más amable, donde lograr que sus alas vuelen. Donde su suave piel no se queme y su pelo rubio no se vuelva tizne.

Eso quisiera también su madre, que cuando le acunaba por las noches le cantaba que dio a luz a un ángel; pero que no le entregó unas alas para irse lejos, ya que debería ser fuerte y luchar por ellas.

Cuando el fuego se calienta en la forja y su padre da un nuevo martillazo contra el viejo yunque, su cuerpo menudo se estremece y sus sueños sucumben chamuscados. Y otro trocito de su alma se quema. Junto con sus incipientes alas, que dejan una nueva cicatriz en su espalda.

 

 

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El Insti - Marian Muñoz

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Estoy emocionado al verme rodeado de tan buena gente en la presentación de mi quinto libro, guardo un recuerdo entrañable de los momentos vividos entre estas paredes con profesores y compañeros de clase, algunos incluso se han atrevido a cruzar nuevamente el umbral del Insti, por el que alegremente salíamos y tan pesarosos entrabamos. Con los años he descubierto que un instituto no es más que un reflejo en pequeño de nuestra sociedad, si logras encontrar la parte buena y mejorar, has logrado tu objetivo.

Como decía nuestro profesor de filosofía Don Samuel, cada uno forja su destino, y el mío quedó ligado a Dimas, nuestro bedel, un hombre afable con eterna sonrisa en su rostro. Como tuviera que reñirte por alguna trastada escuchabas una buena reprimenda por lo demás era un buenazo, todos le queríamos y siempre estaba dispuesto a escucharnos cuando las notas nos daban un disgusto, por eso de niño siempre quise ser como él. Al terminar los estudios en el centro el siguiente paso era ir a la Universidad o hacer un módulo de formación profesional. Lo tuve muy claro desde ese día, iba a preparar oposiciones para bedel.

Familiares y amigos pusieron el grito en el cielo, el trabajo estaba bien pero el sueldo era otra cosa, tenía que seguir formándome para conseguir un puesto mejor, un sueldo mejor es lo que venían a decirme. Ya sabéis que no lograron convencerme y fui el primero de clase que se puso a trabajar. Efectivamente el sueldo era y es muy justito, pero las condiciones laborales increíbles. Algunos de vosotros trabajáis ocho horas con buen sueldo, pero estáis diez o incluso doce horas fuera de casa debido al traslado hasta vuestro lugar de trabajo. Sin embargo, yo lo tengo bien cerca, no hay que madrugar demasiado, somos dos y nos turnamos cuando hay que echar horas de más, pero lo mejor de todo es el trato con los alumnos no creáis que son tan diferentes a como éramos nosotros. Tengo libres puentes y vacaciones escolares y en verano tan sólo nos acercamos para comprobar que todo esté en orden, eso me permite dedicarme a mis aficiones favoritas: viajar y escribir. Este es mi quinto hijo, y agradezco que me acompañéis en el parto, aunque nunca llegaremos a ser familia numerosa.

El título del libro SINSABORES DE UN BEDEL parece triste, pero si os animáis a bucear entre sus líneas veréis que mi ocupación y anteriormente la de Dimas tiene muchos momentos alegres y divertidos.

No voy a aburriros más con mi charla, agradeceros nuevamente vuestra presencia y deseando que seáis tan felices en vuestras vidas como lo he sido escribiendo este libro, gracias.



 

 

 

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Novela - Dori Terán

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 El sol se estrella en la ventana decidido y con fuerza. No pide permiso, invade la habitación como si quisiera cargarla más allá de la vitamina D que la leyenda cuenta que él posee. Cargarla de luz, de energía, de ese misterio cálido, ardiente que encierra en su esencia,…de vida. Escribo esta novela desgarradora que algún día aún lejano se tornará libro. No cuenta historias soñadas aunque si sueños rotos y heridos y también alegrías, emociones y logros que saben a cielo. No cuenta conquistas y hazañas aunque si la forja de una vida valiente y comprometida. –¡A si María¡- Me dice socarrón Ismael- ¿qué valentía es esa?- pregunta mientras me mira muerto de risa. Juega con la consola y a pesar del ruido le llega el murmullo de mi pensamiento ¿Cómo voy hacerle comprender al muchachito de apenas trece años las vivencias cotidianas habidas en una mujer de sesenta?. Ismael tal vez crea que el mundo ha sido siempre como él lo ha encontrado cuando lo nacieron en este planeta. Ismael carece de datos, su existencia es facilona. Aún no ha abierto su gentil boca para pedir, ¡ que digo pedir¡, reclamar con exigencia algo, cuando ya lo tiene. No le importa ni como, ni a través de quién, ni el precio en dinero o sacrificio. Lo tiene. El peligro es inminente en estos sucesos, llegará un día que algo o alguien en la vida le obsequiará un no a cualquiera de sus deseos inmediatos y gratuitos. Estos son los niños y los hombres que eligen el suicidio. Tampoco en la escuela le hablan a Ismael del discurrir de la historia, los retos de cada tiempo, las esclavitudes, los avances, las mentiras, las pérdidas, las mejoras… Solo conoce una historia almibarada, anecdótica, disfrazada, como un cuento de buenos y malos, de reyes y plebeyos, de batallas y sucesiones, de algoritmos políticos... y nunca de un pueblo que jamás nombra personas con nombre y apellido con alma y corazón. Los auténticos protagonistas. Miro a Ismael con cariño y con pena. Ignorar la verdad por dolorosa que sea es siempre una pobreza cruel e inmensa. Revuelvo el pelo de Ismael juguetona y entre carantoñas le doy un beso. Corro a continuar escribiendo mi novela. Hay mucha vida cierta que contar. Espero que muchos Ismael la lean.


 

 

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Último verano - Marga Pérez

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Cuando despertó no sabía dónde estaba. La excesiva claridad le cegaba y el ruido la aturdía. La cabeza le iba a explotar y el estómago le daba vueltas .Todo se movía de forma acompasada: el techo,las olas, los ronquidos … ¿ronquidos? ¿olas? ... ¡Oh cielos! ¡estaba en un barco! sabe dios dónde y en la cama con alguien al que no se atrevía a mirar. Aquello no le podía estar pasando a ella, así que cerró los ojos con la esperanza, que al volver a abrirlos, lo hiciera en su cama. Tenía que ser un mal sueño…

Nada más cerrarlos quedó dormida y al despertar comprobó con estupor que estaba en el mismo sitio. La cabeza ,ya más despejada, le dejó ver el camarote. Sobre su almohada el mar salpicaba el ojo de buey, al bajar ,y después, al subir, cambiaba a azul cielo. Sólo luz. Ese sube-baja era lo que la tenía tan revuelta. Tanto o más que lo que le rodeaba: ropa por el suelo, cristales de una copa, otra derramada, botellas vacías, una con su tanga alrededor del cuello a modo de servilleta, el sujetador sobre la lámpara de sobremesa que oscilaba entre botellas y copas que iban de un lado para otro. La cama deshecha y unas piernas depiladas y musculosas sobre una sábana tan arrugada que, apenas distinguía el resto del cuerpo que ocultaba. Qué mal se sentía… Había bebido como una cosaca en aquella discoteca a la que no quería ir. Cómo no vas a venir, estamos en Ibiza, vístete ya, estamos de vacaciones, ¿me vas a dejar sola? Podías haberme avisado antes de organizar el viaje ¿vale? No hay excusas que valgan, vamos a ir, las dos ¿eh? Vamos a ir… No hubo escapatoria, era el peaje que tenía que pagar por ser su amiga. No tenían nada en común más que ser amigas. Se conocieron en infantil y se acababan de graduar. Siempre juntas. Este era el último verano antes de separarse para ir a la universidad, una a Toronto y la otra a Bruselas. Iba a ser un reto, si . Lo afrontaban con ilusión y, en el fondo, con alivio¡Eran tan distintas!

En la discoteca hubo que beber. La entrada era con dos consumiciones y ella no iba a dejar que Lucy se emborrachara tomando las cuatro. Era su amiga. Sabía que era capaz, la había visto, pero estaban solas, lejos de casa... instinto de protección, le dirá cuando la vea. Las dos consumiciones fueron letales. A ella, que no le gustaba bailar, acabó sobre la barra rodeada de músculos bronceados que se contoneaban como animales en celo ante su presa.. bebía y su vaso siempre estaba lleno. Lucy no aparecía entre sus recuerdos y trataba de recordar, cómo había llegado al barco, cómo había conocido a aquel de las piernas depiladas, qué había pasado entre ellos...Era incapaz. Lo último que recordaba era ella bailando sobre la barra ¡subidón, subidón! Se hubiese comido el mundo.

Se levantó, procurando no hacer ruido, avanzaba con dificultad. Aquello se movía como una coctelera y ella también. Todo le daba vueltas. Necesitaba un sitio donde arrojar tanto malestar. Lo encontró y, como pudo, atinó con el retrete, echó hasta la bilis, así y todo no mejoró. Volvió a acostarse y enseguida sintió sobre su cuello el vaho caliente, apestoso y lujurioso del de las piernas depiladas. Se le erizó todo lo erizable, menos las ganas de sexo. Se dio la vuelta dejando claro que dormir era lo que quería pero sintió su cuerpo sobre ella, y por lo que notaba en el muslo, a punto de ser penetrada. ¿cómo podía tener aquella erección con aquel mareo? Igual el meneo del barco… No sabía nada y quería dormir. Se quitó de encima al musculitos fingiendo arcadas y se encerró en el minúsculo retrete dispuesta a no salir . Se sentó sobre la tapa y entre duermevela y duermevela oía los gritos, los golpes en la puerta y las lindezas que el le dedicaba cuando vio que no quería seguir con el juego.

Ella acurrucada y desnuda se abrazaba las piernas sin ver el final . Cada vez tenía más miedo. No sabía cómo iba a salir de aquella. Rebuscó en los compartimentos que había debajo del lavabo con la esperanza de encontrar un móvil pero sólo encontró una revista de fotografías de barcos, de pescadores con sus capturas, de tiburones colgados por las colas… Menos mal que no era porno, habría potado, seguro.

Ya oscurecía cuando oyó una sirena. Se puso de pie sobre la taza para mirar por el ventanuco. Un barco estaba cerca ¡estaba salvada!

Enseguida oyó la voz de Lucy tras la puerta, abre, no seas tonta, vamos a tierra, pero ¿por qué no abres? Ella tenía los dedos agarrotados, no le salía la voz, lloraba, estaba desnuda, muerta de frío… . Cuando al fin pudo abrir no entendió sus risas, ni la ironía de su tono, ni la algarabía general. Todos sabían algo que ella desconocía. Lucy se lo contó en el hotel compartiendo, como no, la achicoria caliente que tanto le gustaba. Todo lo había preparado ella, era su último verano juntas y quería que lo recordase como el mejor de su vida… Hasta aquí llegó nuestra amistad, querida Lucy, tantos años juntas y ni siquiera admites que a mi me guste el café.¡ Que te den! Y con un portazo puso el punto final a su infancia.


 

 

 

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