Sueños contra serpientes - Esperanza Tirado

                                            víbora, vipera berus -  víboras fotografías e imágenes de stock

 




Mi madre siempre me dijo que nací con buena estrella. Sería porque tuvo un parto rápido, por ser yo la primogénita, o lo que se solía decir en aquellos tiempos a las parturientas inexpertas.


Mis cumpleaños fueron felices, como lo son los de todos los niños queridos. Rodeados de amigos, fantas, familia, sueños y deseos en forma de tartas de merengue y muchas sonrisas desdentadas mirando a cámara.


Al hacerme mayor cambié las fantas por cervezas y cubatas. Dejé un poco de lado a la familia por los amigos. Los de siempre continuaron soñando conmigo. Y me acompañaron algunos nuevos que me enriquecieron en esa etapa vital.


De adulta, las sonrisas desdentadas y las charlas y risas de noches eternas y despreocupadas dejaron hueco a crueles puñaladas por la espalda. Y me vi rodeada de serpientes, que siseaban a mi alrededor; buscando lanzar su veneno a presas confiadas, como era mi caso.


Los amigos de siempre, las cervezas y los cubatas siguieron allí. Fueron el antídoto de aquella dura etapa. Que hube de subir como un ciclista desfondado al que le da la pájara en mitad de un puerto de montaña.


Ahora es mi madre la que me guía desde el firmamento en mis buenos días y en mis noches de pesadilla. En las que todavía peleo con víboras y otros malos bichos.

 

 

 

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Lista de espera - Marian Muñoz

                                        Hombre, Supermercado, Compras

 

 

A pesar de ir bien la empresa y pagarnos puntualmente resultaba tarea ardua llegar a fin de mes. El 2,5% de subida no compensaba el incremento de la electricidad, el agua, el móvil, la cesta de la compra o el alquiler. La solución la dio un compañero en la pausa del café: vivir en el extrarradio. Contaba que los alquileres son más baratos, la alimentación aún aguanta el tirón de subidas y el autobús si sacas un bono por diez viajes regalan dos, y si lo coges antes de las ocho o después de las diecinueve horas cuesta la mitad.

Tras mucho buscar encontré un apartamento coqueto a las afueras, sus grandes ventanales me permiten disfrutar de luz natural hasta última hora de la tarde además de tener tiendas de alimentación y supermercados aún con precios de antes de la guerra de Ucrania. Por fin tengo superávit que estoy ahorrando para irme unos días de vacaciones.

En el edificio de enfrente hay un local con productos frescos y envasados de buena calidad, un día al comprar y pasar por caja el empleado me cobra sólo cuatro artículos y pide que los pague. Me queda uno más, respondí. Insistió en que pagara los cuatro ya pasados, le volví a señalar que quedaba otro, pero al ver que su frente se perlaba de sudor y su cara se contraía, le pagué desconcertada. En cuanto cerró la caja escapó haciendo eses como una serpiente hacia la puerta que ponía Privado. Cuando regresó con otro semblante cobró mi pack de Estrella Galicia y con mi compra fui para casa.

Había olvidado el incidente y al abastecerme un viernes para el finde me pongo a la cola de caja, por cierto, bien larga, me asomo por un lateral y veo con sorpresa que el cajero sólo cobra de cuatro en cuatro artículos, cierra la caja y huye ondulante hacia la puerta de privado, vuelve a los cinco minutos cobrando otros cuatro artículos, haciendo siempre la misma maniobra. Pienso en voz alta “¿Qué le pasará a este hombre?” y la señora de delante se gira y me responde que anda mal de la próstata y en lista de espera para operarse. Salgo de la cola dejando los productos menos necesarios y quedándome solamente con cuatro, hay que ser solidarios.

De eso hace ya unos tres años, el cajero continúa instalado en esa rutina, me fijo en los clientes de la cola y apenas hay alguno que le sobre peso, incluso yo he tenido que arreglarme ropa porque pronto empezó a quedarme floja. Los bloques de edificios de este barrio fueron construidos a mediados del siglo pasado, ninguno tiene ascensor y el trajín de ir con la compra hasta casa y volver a por más productos nos hace subir y bajar escaleras continuamente manteniéndonos en forma, así que lo siento mucho por el cajero, pero ¡Viva la lista de espera!

 

 

 

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Estrellas - Cristina Muñiz

                                       Constelaciones, Galaxia, Estrellas

 

 

Vio las estrellas resplandecientes de esa hermosa noche primaveral y pensó que ir a reunirse con ellas sería la única manera de deshacerse de la serpiente que le atenazaba la garganta.


 

 

 

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Fui estrella - Gloria Losada

                                           Mujer, Sentado, Luz De Sol, Sentar


Cuando era pequeña pasábamos los veranos con los abuelos. Vivían cerca del mar, en una casa muy grande, rodeada de hierba. A mí me gustaba, por las noches, echarme sobre esa hierba y mirar las estrellas. Yo quería ser una de ellas y contemplar el mundo desde tan arriba. Una de aquellas noches me mordió una serpiente venenosa. Estuve a punto de morir y lo que nadie sabe es que durante unos minutos, fui estrella. Luego me inyectaron el antídoto y volví al mundo real.

 

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Interconexión - Dori Terán


                                      Serpiente Negra De Vientre Rojo


La serpiente se arrastraba con agilidad y presura sin perder por ello el movimiento acompasado y rítmico. Un halo de repugnancia se pintaba en la cara de Isabel. Los reptiles siempre le habían causado aversión en el sentimiento y un respigo en la piel. El polvo del suelo creaba en torno al alargado y sinuoso cuerpo del bicho una aureola brumosa propiciada por el incansable serpenteo. Isabel sin despegar los pies del suelo, elevó los ojos al cielo un instante para recuperar una visión más agradable y noble. La mirada ávida de la altura celestial fue interrumpida por un buitre de gran tamaño que en un escandaloso y vertical vuelo dejó de planear con sus alas para precipitarse decidido y veloz a estamparse contra el polvoriento suelo. El gesto desafiante, la mirada helada y segura y el pico entreabierto fueron la antesala de un ataque sin piedad sobre la elegante culebra y en una lid retadora y vencedora la fue engullendo de forma rápida y segura a pesar de las sacudidas y espasmos de la victima.

Isabel contempló la escena inmóvil y petrificada mientras en su pensamiento nacía la consciencia de la conexión eterna que existe y se ejerce entre todo lo creado y vivido.

Equilibrio sublime en la unicidad que somos. Allá en la bóveda nocturna una estrella asentía e iluminaba toda la escena con sus guiños mensajeros.

 

 

 

 

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El pasado no acaba nunca - Marga Pérez

                                          Sütterlin, Escritura A Mano, Tipografía



La gente cree que me crié en una familia feliz. Hubo un tiempo en que yo también lo creía. Parecía feliz, éso si, lo admito. Era una familia acomodada que vivía en lo mejor de Madrid, en una casa fantástica con jardín y servicio doméstico . La posición familiar merecía todo tipo de comodidades. Mi padre era un militar de alta graduación y, por lo que supe más tarde, afín al régimen del generalísimo. Su cargo debía de ser de mucha responsabilidad porque muchos días me acostaba sin que él hubiese llegado. Siempre estaba reunido o de viaje . Mi madre tenía otras responsabilidades, según ella, sociales: El ropero de san Antonio, Cáritas, María de los sagrarios… y un largo etcétera que poco a poco dieron paso al club de tenis y al de golf. Allí compaginaba la práctica de ambos deportes con comidas, cócteles, fiestas y juegos de mesa. Siempre tenía algo que hacer pero nunca sabíamos el qué ni el dónde. Menos mal que estaba Paquita, la tata que ya fuera de mamá, que suplía con creces su ausencia. Era como la abuela que no tenía . Paqui, como yo la llamaba, era mi tabla de salvación. Siempre estaba cuando necesitaba oídos, abrazos, caricias, pasteles o un vaso de leche caliente cuando ya todos dormían. Pero no era mi madre. ¡Me sentía tan sola! Con seis años les pregunté que por qué no tenía hermanos, mis compañeras del colegio los tenían ¿por qué yo no? Entonces era muy pequeña para ver en sus ojos todo lo que ocultaban y que después, poco a poco, fui averiguando.

Necesité mucha terapia para entender que los dolores de barriga, el no querer ir al colegio, la timidez y el miedo a estar sola venían de lo mismo. Cuando empecé a devolver tras las comidas, y a adelgazar, Paqui se preocupó mucho y animó a mamá a que me llevase al médico. Si no fuera por ella igual ni se habría dado cuenta. Yo ya no podía con los huevos, como ella exclamaba. Era una expresión que sólo ella decía y con la que había recibido una bofetada de mi padre, la única, que yo recuerde. Quedé petrificada ante las miradas silenciosas de sus amigos. Sólo tenía ocho años y no entendía nada. Papá quería que tocase el piano ante la expectación de todos. ¡Qué vergüenza! No se me ocurrió mejor disculpa “es que no puedo con los huevos”… Aprendí que éso no podía decirlo en público, sólo con la tata. Ella y yo nos entendíamos. Aquel día no toqué el piano y me tuve que ir a la cama sin cenar. Antes de tener puesto el pijama Paqui ya me había subido un cola-cao con un bollo suizo. No pude reprimir las lágrimas. Entre sus brazos sé que me quedé dormida. Cuando desperté ya la tenía a mi lado contándome historias de cuando ella era pequeña. ¡Era genial! Cuánto la eché en falta cuando murió. No lo vi venir. Creí que era un catarro sin más, o que, como otras veces, no podía con los huevos y tenía que estar en la cama. Así, sin darle más importancia, se fue y me dejó sola. Pero sola, sola. Aquí ya vi que la familia empezaba a hacer aguas. Y a los dos años, cuando murió papá, comprobé que el boquete que había abierto la ausencia de Paqui, se agrandaba peligrosamente. El agua subía y subía… en el entierro me llamaron la atención tres mujeres. No las conocía. Lloraban con tanto desconsuelo como si mi padre fuese también algo de ellas. Me enteré que eran una madre y sus dos hijas. Una sería más o menos como yo y la otra bastante más pequeña. ¡Cómo lloraban, dios! Lo entendí enseguida cuando supe que también eran hijas de papá y, su madre, su amante. Creo que todos, menos yo, lo sabían. Tenía dos hermanas y nadie me había dicho nada. Empecé a ir al psicólogo. El agua ya llegaba al cuello. Me ahogaba… Creía que tenía una familia feliz y lo que iba descubriendo lo desmentía ¿Qué pasó? ¿Cuándo empezó todo a hundirse?

Saber que habíamos vivido una farsa no cambió para nada el ritmo social de mi madre. Yo ya era mayor de edad, y, si siendo menor no entraba en casa, ahora menos. Con veintidós años enfermé y los riñones se dañaron. Necesitaba un trasplante. Mamá estuvo conmigo en todo momento en el hospital. Creía que ella sería la donante, era mi madre. Se negó en redondo a hacerse las pruebas. Las excusas que daba eran incomprensibles para una hija que lo esperaba todo de ella. Acabó cantando de plano. No podía ser la donante porque no era mi madre biológica… Habría dado cualquier cosa porque Paqui estuviera conmigo cuando me lo dijo. El naufragio era ya inminente. El boquete se había agrandado tanto… la necesitaba para poner a salvo mi infancia, para agarrarme a algo inamovible, para no ahogarme…pero Paqui no estaba y me hundí.

Los problemas físicos se arreglaron bastante antes que los anímicos. Ingresé en un centro de salud mental. No sabía quien era. Estaba hundida y necesitaba salir a flote. Seis meses me llevó y sólo conseguía flotar. Encontrar a mi verdadera madre sería el camino para empezar a reconstruir mi vida. El psicólogo así lo creía y empecé la búsqueda.

Fueron años de investigación, puertas cerradas, silencios. Entre los papeles de papá encontré documentos que abrieron nuevos caminos… Ahora tengo cuarenta y ocho años y sólo sé que fui un bebé robado. El pasado es una caja de sorpresas. Sé que encontrar a mi verdadera madre es muy difícil. Estudié derecho y estoy implicada de lleno en una asociación de familiares que buscan a sus bebés … no puedo hacer otra cosa. Tuve que morir a la que había sido para reconstruirme. Hoy no tengo nada que ver con la que fui. Tampoco con mi madre. No tengo familia, sin embargo, no les guardo rencor, haber conocido a Paqui compensa con creces lo que hicieron. Tampoco me siento culpable. Noto con alegría que cada día los huevos me pesan menos. El futuro sigue abierto y hasta los caracoles acaban llegando, lo sé, me lo digo a menudo, hay tiempo.


 

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Reflexión primaveral - Pilar Murillo

                                         Hombre, Hierba, Acostado, Descansando


Tal vez no te lo creas pero yo voy en contra de las corrientes marinas, con gran esfuerzo. Me he salvado al naufragio de todas las calamidades de mi vida, cuando veo que me estoy ahogando a deudas, que me ahogo porque sentimentalmente no me quieren ni como amiga, me ahoga la soledad, pero soy una naufraga que ha llegado a una isla, a mi isla.

Soy tonta de lo buena que soy o soy buena de lo tonta que soy. Ninguna de las dos cosas. Yo lo que pienso es que cada uno tendrá su conciencia y en caso de que no, yo creo en el karma.

Naufragar en la vida no es hundirse, es estar viva, es tener una segunda oportunidad para no meter los mismos fallos. Si te quieres a ti misma sabrás querer a los demás ❤️ y quien no te quiera... Déjalo marchar.

 

 

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