Síndromes - Esperanza Tirado

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Su reflejo le espera, impaciente, como un gemelo malencarado, en la pantalla titilante de su portátil. El síndrome del impostor le impide avanzar por la página en blanco. También la ELA galopante que, en unos meses, le ha dejado las manos inservibles, como garfios. Sueña con ser Peter Pan; qué gran síndrome. Aunque lo intenta, volar fuera de ese cuerpo aprisionado en una silla de ortopedia, llena de cables, poleas y cinturones es imposible.

El síndrome del paciente impaciente, lo denominaba su esposa cuando aún no sabían nada, y aún podía teclear un futuro lleno de historias. Ahora su paciencia con la vida se agota.

 

 

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Un rayo de sol - Dori Terán

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 El cielo gris plomizo añadía tristeza y pesadez al día que se presentaba como un reto incierto y oscuro. Ana salió de la casa paraguas en ristre para guarecerse de la más que posible lluvia amenazadora. Todo el aquí y el ahora evocaba un desafío. -¿Voy a ser capaz de decir todo lo que siento?-pensó Había pasado la noche en vela imaginando mil escenas de la conversación que pretendía. Jaime iba a ser descubierto delante de su mujer. Estaba dispuesta a informar a esa señora quien era y qué sentía en verdad su marido. Dos años de amantes y de promesas vanas. -Ana amor mío, voy a pedir el divorcio, te lo prometo. Eres la razón de mi vida. Tu y yo juntos toda la eternidad.

La larga espera por el cumplimiento del acalorado ofrecimiento habían llenado los días, las horas, los minutos de la vida de Ana de una profunda desilusión y un enojoso cansancio. -¡Se acabó el plazo don Jaime!. Hoy mismo me presento en tu casa y le cuento a tu señora la aventura apasionada que estamos viviendo. No la conozco más que por tus referencias. Ya sé que es una arpía fea, desidiosa y gruñona. Si eso es lo que te intimida para contarle lo nuestro, hoy voy a ahorrarte el trabajo.

Cuando Ana llamó a la puerta, se alisó el cabello mientras esperaba y su cara hizo un mohín decidido y firme. Le abrió una mujer joven, bella muy bella. Una dulzura angelical iluminaba todo el ovalo de su cara y de sus ojos claros se desprendía una mirada luminosa que invitaba a la paz. Nerviosa y un poco atorada Ana susurró- Buenos días, soy amiga de Jaime, ¿puedo pasar?. Con una encantadora sonrisa le contestó- por supuesto- mientras con el brazo le hacía el gesto de adelante al tiempo que girándose llamaba a su marido.

La condujo a un saloncito coqueto y fino y la invitó a sentarse mientras ella salía en busca de Jaime. Ana díó un traspiés antes de posarse en el sofá. Un sonido metálico retumbó leve en la estancia, había pisado algo. Miró con curiosidad y sorprendida vió un sonajero de tres campanillas de colores. Una comprensión repentina alumbró, en su cabeza ¡había un hijo! .

Y al mismo tiempo aparecieron los tres, Jaime con una preciosa niñita en los brazos y su esposa y madre de la criatura. Ana a pesar del temblor y la indignación que la embargaba, se dio cuenta de la palidez en el rostro de Jaime. Un rayo de compasión por aquel bebe y su madre, un asco insufrible por aquel esposo y padre, se instaló en el corazón de Ana y con calma y firmeza mirando a los ojos a Jaime, fraguó una excusa falsa y determinante.- Me voy de viaje y quería devolverte el libro que me prestaste. Muchas gracias Jaime. Me ha gustado mucho.

Abrió el bolso que colgaba de su hombro y sacó el libro que había comprado ayer y aún reposaba allí. Jaime lo cogió, miró el título, “El peligro de estar cuerda” Rosa Montero. De sus mirada emanó un “me doy cuenta” avergonzado y huidizo. Su esposa se acercó curiosa mientras decía- No sabía que lo tenias Jaime. Es muy atractivo, lo leeré.-

Ana se despidió con una sonrisa forzada, con una carantoña a la pequeña y dándose media vuelta se enjuagó una lágrima. Ya en la calle, dio rienda suelta a un llanto salado que le escocía en las mejillas.

El dolor del engaño se mezcló con la gratitud por el conocimiento de la verdad. Miró al cielo y le pareció ver como una nube se abría dejando paso a un rayo de sol.


 

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Memorias del tiempo - Esperanza Tirado

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Con la neogeneración de SuperbotsXPRO todo funciona de modo exacto.

Cada tarea está cronológicamente medida y adaptada a las funciones de cada individuo.

Ya nadie protesta ni estira su media hora de descanso.

La lluvia llega en tiempo y lugar, a cada rincón del planeta donde es necesaria. Los alimentos son cosechados, facturados, seleccionados y repartidos entre las colonias de humanos que aún permanecen en las zonas rojas de vigilancia.

Los más mayores se quedan en la retaguardia, bien dentro de sus habitáculos o en salas comunes para tareas de segunda clase, de menos esfuerzo. Ellos aún conservan recuerdos de otros tiempos; a través del boca a boca han llegado hasta este periodo incierto detalladas descripciones de relojes, calculadoras, sonajeros o lapiceros. Pero nadie ha visto ni uno de esos aparatos. Y, menos aún, saben cómo usarlos.

Todas las costumbres de aquel tiempo quedaron enterradas entre los millones de terabytes compilados en los mega-archivos subterráneos, tras el suicidio del último de la estirpe de los guardianes de contraseñas.

Su negativa a la implantación de megachips de memoria dentro de su organismo fue un acto de valentía. Además de las contraseñas, guardaba su parte de fe en la humanidad.

 

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Quién dijo miedo - Marga Pérez

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Papá grita. Mamá le contesta más alterada que de costumbre. Yo agito nerviosa el sonajero frente al berrido incansable de mi hermano…¡ qué dolor de cabeza! y, mañana, examen ¿cómo estudio?

La lluvia empieza a caer sin ganas pero enseguida suena en la ventana como si fuera a entrar. No esperaba que fuera a haber tormenta. Me dan miedo. No esperaba relámpagos ni truenos. Ni tantos ni tan fuertes ¡Menudo tormentón! … Cuando pasa dejo de oír los gritos de papá. Los de mamá se habían apaciguado. Mi hermano, sin más, se quedó dormido. ¡Puedo estudiar! ... Se fue el dolor.


 

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Swahili - Marian Muñoz

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Verano de mis dieciocho años, voluntariado en un poblado perdido del África profunda, hambruna y enfermedades causadas por una pertinaz sequía. Una tarde todos se dirigen a una explanada cercana, rodean en círculo al chamán de la tribu sentado en cuclillas. Comienza un cántico repetitivo primero en susurros y luego más alto. Al levantarse y dar unos pasos de un baile ritual apreciamos que viste sombrero caribeño de paja y una capa de plumas, de la cual saca un sonajero que agita mientras danza y canta. Me entró tal ataque de risa que me alejé rápido para no pecar de irrespetuosa. Aquella noche cayó suficiente lluvia para cubrir la charca cercana donde bebían los animales, regar la pequeña huerta de la comunidad y llenar los aljibes.

Regresando al hogar el sol calentaba las aceras y el interior de las casas, provocaba incendios y escasez en los pantanos, había que arreglarlo. Sustraje un sonajero al bebé del segundo y con una boa de plumas y la pamela veraniega de mi madre fui al descampado detrás de casa, estuve cuatro días probando sin éxito, se ve que mi swahili no es tan bueno. Ahora estoy intentando explicárselo al médico de guardia en el ala de psiquiatría del hospital.

 

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El buzón - Dori Terán

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Andrés llegó sudoroso al pie de las altas rocas. Nervioso. María le había contado con pelos y señales como Ana había trepado por la empinada falda del macizo con agilidad y ligereza hacía ya dos horas. Salió disparado sin pensarlo más. ”Esta loca va directa al buzón” pensó. La montaña se alza con poder y majestuosidad rodeando el pequeño pueblo. Su perfil caprichoso dibuja la silueta de dos camellos que mirándose de frente se dan un beso y el espacio que separa sus cuerpos arrodillados tiene el contorno casi perfecto del mapa de Africa. Los ojos de los turistas se quedan prendados en el conjunto mientras reflexionan como la naturaleza ha podido esculpir obra tan perfecta y bella. Se les escapa que el viento el sol, el agua de la lluvia, el frio del invierno y los calores del verano son el mejor cincel, las herramientas más puras para este trabajo. Amén de las raíces vegetales de arboles y plantas, las comunidades de hormigas, abejas y otros insectos, el vuelo de los buitres y águilas que allí anidan, las ardillas, los jabalís, los corzos, las culebras y serpientes y tantas y tantas otras vidas que aportan su arte. Andrés recuerda muy bien el periodo en que Santiago fue el alcalde de Urbel. Fue entonces cuando por y a votación popular se decidió instalar un pequeño buzón en lo más empinado de la cabeza del camello macho. Que es el más alto y fornido y carece de la dulzura chica de la hembra. -”Cuando alguien se decida a subir, podrá dejar en el buzón los mensajes que su corazón le dicte ante la visión de nuestro pueblo desde el cielo” argumentó Santiago. Y así, ayudados y asesorados por picadores expertos en clavar en piedras y en equilibrios, quedó prendido con firmeza el pequeño buzón. Cuando el sol se cuela por el mapa de Africa, deja escapar un rayo sobre el buzón y desde abajo brilla de forma intermitente como si mandase un mensaje. Ana camina muchas tardes de la mano de Andrés, enamorados, soñadores. En Setiembre celebrarán su boda. Hace un tiempo ya que la mirada de Ana se escapa durante el paseo al guiño brillante que el buzón le hace. Siempre le guiña, siempre, aunque no haya sol, aunque madrugue la luna o las nubes cubran el firmamento.-“Me llama” imagina Ana. Y la obsesión se apodera de su mente y de su conversación. –“Tengo que subir” le dice a Andrés. Y este pone el grito en el cielo y trata de disuadirla con mil argumentos…”que si es peligroso, que si está demasiado alto, que si un buzón no te llama de ninguna manera, que si es para escaladores..." ” Pero Ana no escucha. Es joven, decidida y experta en dificultades. No tiene miedo, se ha criado en Urbel y recorrido mil veces sus caminos de cabras. Tendrá que arriesgarse a subir sin que Andrés lo sepa, ¡¡está tan impertinente con el tema!!. Y hoy es el día. Andrés enjuaga su rostro con un pañuelo y muy inquieto se estira, se da la vuelta, vuelve a girar…Trata de divisar a Ana, de encontrarla. Decidido en su empeño escala una altura más para llegar al buzón. Y si, allí está su Ana con el buzón abierto y un papel en la mano. Andrés tiembla. Ana le mira y muy pausadamente lee en voz alta lo que pone el papel. –“ Hoy siete de Agosto de 2023 dejo constancia de este recuerdo que me acompañará siempre, entregué mi virginidad a mi amor imposible Andrés. Los camellos del beso eterno son testigos. Maria”. Ana sin más gesto que la indiferencia suelta la nota y comienza a descender por la pendiente ladera. Andrés petrificado maldice al buzón.

 

 

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Incompatibilidades - Esperanza Tirado

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Abrió con su propia llave, se cambió de ropa y colocó la del día siguiente bien estirada en la silla, al lado de la cama. Mientras veía la tele en la cocina se preparó la cena. Terminó los deberes en la mesa del salón. Agotado, se arrastró a su habitación, se puso el pijama a trompicones y se acostó. Cuando llegaron sus padres, tras una larga jornada de trabajo, tampoco se enteraron de que había estado llorando antes de poder dormirse del todo.

 


 

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