Pasados y presentes - Esperanza Tirado

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Su padre es un tal José Luis, me cuenta en mi despacho del registro una anciana venerable, vestida de negro. Quiero ayudar a encontrar e identificar a cuantos más desaparecidos mejor. Pero con ese dato es como buscar una aguja en un pajar gigantesco. Le pregunto si recuerda el nombre de la calle, cuántos hermanos eran… Pero nada. Su padre se llama José Luis, el Pepillo le dicen, es hombre del campo y su madre es la María, la sastra. Y de ahí no salimos, estancados en un pasado eterno que para ella sigue presente.

 

 

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Cerrando el círculo - Marga Pérez

 

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Cuando la vio sintió lo que hacía años pensaba que ya no podría sentir. Fue amor a primera vista. No se lo creía. Pensar que ya se iba de la ciudad… No quería vivir allí. No lo querían. Lo tenía claro. Lo echaban de todos los sitios sin contemplaciones. La calle era su casa y no encontraba a nadie que lo entendiese, que se parase un segundo, que le hablase. Pero aquí sí. Cruzó la calle sin mirar si venía algún coche. Su instinto le apuntaba que a aquellas horas podía hacerlo sin peligro. La rotonda era inmensa y ante él un bosque de frondosos árboles le daba la bienvenida. Recorrió con detenimiento el espacio y escogió con entusiasmo el lugar de su vivienda. Justo en el centro. ¡Era ideal! Una isla desierta. Aislada del trasiego humano, del ruido , de la indiferencia... Allí no molestaba a nadie. La vegetación lo protegería de la mirada de los curiosos… Supo dónde encontrar cartones para pasar esa primera noche y arrullado por el dulce siseo de las hojas y la brisa durmió a pierna suelta. Durmió como hacía mucho que no dormía.

El primer día lo pasó tumbado bajo el árbol que lo cobijara. Se sentía de vacaciones, en el pueblo de su infancia. La tranquilidad, el olor a campo, el silencio, la paz, lo trasladaron a otra época más feliz. No se sentía en una ciudad. Nadie pasaba ante el mirando para otro lado… era el paraíso. Estaba en casa.

Cuando anocheció salió del refugio para recorrer los contenedores de la zona. Solía ver cosas interesantes que no cogía porque no tenía a dónde llevarlas . Ahora era distinto, tenía una casa que acondicionar.

Cuando encontró un televisor supo que las noches de expedición habían terminado. Dio por terminada la búsqueda. Aquel aparato era la guinda del pastel. Sobre unas cajas de fruta embellecía el espacio y le daba un toque de hogar, de normalidad. Cada día se sentaba frente a la tele y no apartaba la vista de la pantalla, no veía nada, no había dónde enchufarla pero no le importaba, ejercía sobre él el mismo poder de atracción que si estuviera encendida… Y así pasaba los días. Los gorriones con su chip, chip, revoloteaban sin que el pudiese desviar su mirada del aparato, sólo el olor dulzón a tabaco de pipa hizo que girase la cabeza y lo viese. Era su padre. Estaba sentado a su lado y veía la tele mientras fumaba. Él lo acompañó encendiendo la suya. Siempre habían compartido esta costumbre. Les gustaba hacerlo juntos. No hablaban. Sólo miraban la tele y fumaban su pipa.

El olor del tabaco debió de atraer a una serpiente que, sigilosa, se introdujo entre ambos. Ya estaba sentada a su lado cuando él se dio cuenta. Qué guapa es, pensaba, mientras la miraba embobado sin poder decir nada. Tan joven como en aquella foto que siempre le acompaña… Ya no había tele, sólo ella. ¡Qué bien huele! … Se acercó, la acarició con dulzura, le dio un beso de buenas noches y se metió en la cama. Mañana es día de colegio, hay que madrugar… Las sábanas huelen a limpio y a tabaco de pipa. No le importa. Es agradable tener cerca a los suyos .

El frío le despierta y ve sobre los árboles, amenazantes, densas nubes negras a punto de soltar el agua que las inflama. La negrura está sobre su cabeza, el silencio lo llena todo, sólo el latido del bosque resuena en su interior. Sabe que debe irse y no se resiste. Sin mirar atrás, abandona su casa. Muy a lo lejos va quedando el ruido de la ciudad, tan ajena, como siempre, al sigilo del misterio.

 

 

 

 

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Hakuna Matata - Marian Muñoz

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Cerca de casa hay un pequeño bosque por el que suelo pasear. El ayuntamiento acondicionó varios caminos y puentes para bordear o cruzar el pequeño río Raíces, ya que según la época suele estar escaso de agua o pletórico de caudal por el que navegan patos a sus anchas. Si bien voy sola en cuanto piso la calle siempre hay alguna vecina que, llevando la misma intención que yo, me acompaña en la caminata, siendo más entretenido si vas de cháchara con alguien, aunque sea una conversación insustancial.

A Edu no le gusta, dice que es muy aburrido y no me acompaña, pero lo he tomado como una costumbre y sin mi caminata diaria no podría dormir. Suelo ir por las mañanas porque no hay ninguna farola en todo el recorrido, supongo que para preservar lo genuino del bosque, pero anteayer me lié cocinando y salí de tarde tras una pequeña siesta. Aún se veía el sol en el firmamento y extrañamente no encontré compañía en el circuito. No me importó porque estoy capacitada para entretenerme yo solita, bueno cualquiera lo estaría si conviviera con Edu.

El paseo discurrió como siempre hasta que llegué a la zona más frondosa del bosque, la luz malamente se colaba entre las copas de los árboles, pero la gravilla me indicaba por donde seguir. Iba distraída observando mi entorno cuando noto un bulto delante de mí. Al acercarme veo asustada que se trata de un Pumba y dos Pumbitos, el susto me paralizó, no sabía qué hacer, recordaba haber leído que en caso de tropezar con uno era mejor no hacer movimientos bruscos para que no se asustaran y atacaran, así que intenté hacerme lo más invisible posible y que se marcharan.

No lo hacían, había algo en el suelo que les atraía y lo comían, pensé en retroceder poco a poco, pero la salida estaba muy cerca y si retrocedía era retrasar más mi huida, sin pensarlo mucho cogí el móvil entre las dos manos y alzándolo al cielo grité “Nant ingoyaaaaaa ma bagithi baba” igual que había visto hacer en el musical del Rey León al que hacía poco había acudido con mis nietos.

Cuando volví a mirarles me observaban, ahora eran cinco adultos Pumba y unos seis Pumbitos, ¡qué agobio! Si corría iba a ser mucho peor a pesar de entrever detrás de ellos las luces encendidas de las farolas de la calle. Respiré profundamente sopesando cómo resolver el asunto ¡cómo no se me había ocurrido antes! si es que soy un genio.

Hakuna matata, vive y deja vivir

Hakuna matata, vive y sé feliz

Ningún problema debe hacerte sufrir

Lo más fácil es saber decir

Hakuna matata

Recordé que había sido Pumba quien lo cantaba en el musical, y como por arte de magia, los animales se movieron alejándose del camino e internándose en el bosque permitiéndome continuar sin problema, aunque muerta de miedo.

Desde ese día en mi cabeza suena continuamente la canción y desconozco el motivo, pero me siento mucho mejor, así que os lo recomiendo: “Hakuna matata”.


 

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Morir antes de morir - Esperanza Tirado

                                        Búscame en el ciclo de la vida: 2709. Aquí no llora nadie

 


Los siguientes serían los niños. Al partir, un mar de lágrimas inundó a sus madres en los muelles del puerto. Muchas desaparecieron, ahogadas en el momento en que los barcos zarparon hacia puertos más seguros, lejos de las bombas. Las madres supervivientes, que lograron flotar entre las lágrimas, dejaron de vivir, esperando noticias de un hijo enviado lejos. a salvo de una bomba que quizá hiciese explotar sus corazones.

 



 

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Salir por pies - Esperanza Tirado

                                                   Sucio, Viejo, Zapatillas, Pies, Pie

 

 

Al nuevo inquilino de la puerta de enfrente le encuentro algo sospechoso. O seré yo y mi manía de examinar hasta el mínimo detalle los zapatos de todo con el que me cruzo. Hace dos meses que vive aquí y aún no se ha cambiado el calzado. Lleva unas zapatillas de corredor, de color fosforito, la mar de llamativas. Me gustan. A él, desde luego, también. Lo que no le gusta tanto son las notas de desahucio que salen de su buzón y aparecen como confeti en el descansillo entre los felpudos. Será por eso que no se las quita.

 

 

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¡Maldito vaso! - Marian Muñoz

                                      Vidrio roto taza 001 - Foto de stock de Roto libre de derechos

 

No lo vi, le juro que no lo vi, pero por favor deme algo fuerte porque me duele muchísimo y no me aguanto – le dije mientras veía en su boca una mini sonrisa perversa que translucía una falta total de empatía.

Daba igual que fuesen las cinco de la madrugada, sólo quería que aquel dolor parase y meterme en la cama. Parecía un sueño, un terrible y mal sueño sin sospechar aún de los problemas que acarrearía aquel accidentado tropezón.

Me levanté como hago muchas veces a beber un poco de agua, pero al entrar en la cocina mi pie pisó algo tan doloroso que caí y me desmayé porque cuando conseguí abrir los ojos estaba empapado en un líquido mal oliente que parecía ser mi orina, sí me había meado encima cuando lo único que ansiaba era un poco de agua.

A pesar del intenso dolor pude vislumbrar gracias a la luz de las farolas que debajo de la mesa de la cocina había cristales, seguramente un vaso roto, y me los había clavado en la planta del pie causándome el desmayo. No entendía lo que ese vaso hacía en el suelo, no recordaba que se me hubiera caído y tampoco haberlo dejado encima de la mesa, pero era evidente que mi pie descalzo lo había pisado.

Como pude y a pata coja conseguí llegar al dormitorio, me cambié de ropa, cogí móvil y cartera después de llamar a un taxi para llevarme a urgencias. Casualmente mi hermana Cristina en su última visita se había dejado las muletas en mi paragüero. Al taxista no le hizo mucha gracia la herida de mi pie porque aún sangraba, pero no podía taparlo ya que corría el riesgo de clavar aún más los cristales en la carne, suponiendo un mayor grado de dolor que superaría con creces mi umbral del mismo. Lo sentía por él, como así se lo dije, procuré no manchar nada más que la alfombrilla para que fuese fácil la limpieza y con un gesto de alivio para ambos, me dejó en la puerta del hospital.

Los celadores andaban un poco adormilados porque a pesar de verme con muletas, no teniendo idea de cómo manejarlas, ni siquiera buscaron una silla de ruedas para aliviar mi incapacidad momentánea. El médico tampoco estaba muy espabilado porque no hacía más que mirar de izquierda a derecha mi pie sin hacer nada. Claro que luego comprobé que estaba en prácticas y no debía más que mirar hasta la llegada del titular, un tipo estirado y repeinado que con aire indulgente comenzó a preguntarme lo que había pasado.

No usó anestesia para mí ni para el pie por lo que al intenso dolor de sacarme los cristales volví a desmayarme, menos mal que había vaciado ya la vejiga. El despertar no fue mejor que en casa porque el dolor seguía siendo insufrible, por más que le pedía algún calmante o sedante o lo que fuera, me daba igual, así no podía continuar porque me volvería loco. Insistí, insistí e insistí, por fin me inyectó un calmante que me dejó tan mareado que no podía sostenerme en pie y tuve que pasar la noche en un box, rodeado de pitidos, quejidos de otros pacientes y doliéndome todo el cuerpo menos el pie, ¡menos mal!, por la dureza de la camilla.

Unas horas más tarde consiguieron que una ambulancia me llevara a casa, como pude llamé a Paco el vecino de abajo que es fisioterapeuta y gracias a él conseguí hacerme las curas y recuperar unas semanas después la movilidad completa del pie. No conseguí saber qué pintaba el vaso roto debajo de la mesa porque no tengo ni perro ni gato, y tampoco comparto la vivienda con nadie, por dicha razón me quedé preocupado por si soy sonámbulo y nunca me había percatado.

Por si acaso he cambiado los vasos por unos de plástico hasta que arregle mi desorden nocturno, si es que lo tengo.







 

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La rueda gira pero el hámster está muerto - Marga Pérez

                                    10 manicuras de uñas para Navidad - Hogarmania 

 

 

No sabía para qué me llamaban. Estaba nerviosa, lo reconozco. Presentarme en las oficinas de Hacienda me inquieta siempre. Igual son cosas mías pero percibo a menudo que desconfían de mí. Que intuyen que les oculto algo, y no van desencaminados. Soy reacia a pagar todo lo que me piden. No entiendo que tengamos que ser siempre los mismos los que mantengamos el sistema mientras que los poderosos se evaden, se esconden en paraísos fiscales y pagan a abogados que conocen todas las triquiñuelas para salir indemnes… Bueno, podéis entender como estaba cuando salió mi número. Me senté frente a una pantalla de ordenador que ocultaba el rostro de la funcionaria que me iba a atender. Supe que era mujer por sus manos. Tecleaba a la vez que emitía un lacónico “Enseguida le atiendo”. No me importó. Aquellas manos eran un imán para mis ojos. No podía dejar de mirarlas. Tenía unas uñas perfectas, como si acabara de hacer la manicura, todas iguales de tamaño, igualmente redondeadas, iguales de brillo aunque cada una de un color. Me maravillaron los pulgares dorados con brillantina al mejor estilo navideño. Los índices brillaban en azul. Una fina raya blanca las dividía dejando una parte lisa y la otra con minúsculos lunares blancos. Los corazones se dividían entre el dorado brilli brilli y el verde con decoración roja imitando el acebo florido. Los anulares combinaban los mismos colores pero al revés, primero el verde acebo y luego el llamativo dorado. Y los meñiques combinaban el azul con pintitas doradas y el dorado liso… Una auténtica obra de arte. La verdad es que me tranquilizó. Una funcionaria con aquellas manos no podía ser una amenaza. Denotaba una personalidad rebelde, sensible, al margen de convencionalismos, sin miedo a saltarse las normas… Cuando salió de detrás de la pantalla supe que me había equivocado. ¡Ya no saben qué hacer para pillarnos desprevenidos!

 

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