Un crack - Esperanza Tirado

                                      Una roca se tira hacia atrás en un tiro de honda apuntando - foto de stock

 

 

 

Dominaremos juntos el universo, decía siendo niños, mientras tirábamos piedras a latas oxidadas con nuestros tirachinas caseros. A mi me entusiasmaba su valentía y le seguía a todos lados. Era el rey del barrio. Un crack, que diría mi nieto.

A día de hoy lo sigue siendo. Cada día hace planes para conquistar la cocina del centro donde estamos ingresados para llevarse el último yogur de arándanos. Y de paso, piropear a la encargada; que siempre le pone un poco de café de verdad en el desayuno.

 

 

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La patada del Cid - Marian Muñoz

                                               El Cid - foto de stock


 


Suelo leer mientras viajo en tren para aislarme del entorno, en esta ocasión soy incapaz pues mi mente no para de recordar imágenes, situaciones, risas y lugares en compañía del tío Eladio. El desplazamiento es para rendirle homenaje en su funeral y posterior entierro en el pueblo. Soy consciente de no ser bien recibido por mi familia, me da igual, tengo tanto derecho o más que ellos a estar presente y despedirme de mi tío favorito, sabiendo que soy también, bueno era, su sobrino favorito.

Una ley ancestral, no escrita, obliga a heredar a los hijos mayores el patrimonio familiar debiendo los demás abandonar el nido y buscarse la vida. Las chicas lo tienen fácil casándose con otros hijos mayores pero los chicos quedamos desamparados al cumplir la mayoría de edad. Mi padre era el mayor y cuando nací aún el hogar era de los abuelos. Soy el último de cinco hijos llevándome diez años con mi hermana Pilar que hasta entonces era la pequeña. Cuando comencé a caminar mi hermano Pedro tenía novia formal y antes de empezar a la escuela celebramos su boda. Al cumplir los seis bautizaron a mi primer sobrino y a los ocho el segundo, tenía más conexión generacional con mis sobrinos que con mis propios hermanos.

Tío Eladio era el segundón, aprovechó al terminar la mili para quedarse en Santander. Trabajó en una vinatería, luego en unos ultramarinos, dos años de camarero, lo que surgiera con tal de poder pagarse cama y comida. Gracias a su espabile entró de chico de los recados en una compañía de seguros en la que poco a poco fue escalando puestos hasta conseguir ser director de la firma en la ciudad. Cada uno de agosto llegaba al pueblo con su flamante coche, su traje caro, sus zapatos brillantes y un sombrero que le hacía parecer actor de cine. Traía regalos para todos, a los hombres puros o señoritas, a las mujeres perfumes, a la abuela lindas telas para hacerse vestidos o algún abrigo o tres cuartos, ya que debido a un accidente de niña le quedó chepa en la espalda y los confeccionados no le valían. A los niños chuches o algún juguete, pero a mí siempre me traía libros: Guillermo Tell, Ricardo corazón de León, Ivanhoe, Robín Hood o tebeos del capitán Trueno. Mientras mis amigos jugaban a indios y vaqueros o policías y ladrones, lo mío eran los caballeros con espada. Recuerdo el año en que una gran caja contenía una brillante capa y una espada de madera, durante mucho tiempo fui el más feliz del pueblo.

Al ser el ojito derecho de la abuela tenía habitación reservada, habitación que compartía conmigo al haber dos camas. En cuanto llegaba mudaba la ropa de señorito por la de trabajo y echaba una mano a los mayores en el campo, tarea que le fascinaba. De constitución más bien enclenque yo libraba de trabajar en la granja o de ayudar en casa pues era cosa de chicas. Tenía todo el tiempo del mundo para imaginar mil aventuras caballerescas en las que masacraba pájaros, lagartos, ratones o al pobre Pinche el perro del abuelo siempre atravesado en el corral, si fuera hoy me hubieran masacrado a mí los animalistas, ¡eran otros tiempos!

Mientras todos dormían la siesta Eladio y yo paseábamos por el pueblo contándome la historia de cada muro, cada capilla, cada casa, cada fuente o cada campo, historias que con el paso de los años se habían convertido en leyenda y las narraba como lo haría un juglar, para que perdurasen en la memoria colectiva. Uno de esos días subimos pueblo arriba y continuamos camino durante un buen rato hasta llegar al Hito, desde donde se puede contemplar una vista del valle en todo su esplendor. Mi pueblo esta en la meseta castellana y desde dicha altura se divisaban en pequeñito los pueblos de la vega, zonas con grandes cultivos y según contaba el tío con importantes ermitas y casas de hidalgos. En aquella ocasión lo que me mostraba era un trocito de leyenda que enriquece a los que allí vivíamos, “la patada del Cid”.

Contaba que el Cid Campeador no fue quien dio la patada, sino su caballo Babieca quien al tomar impulso para cruzar hasta la Peña Camesía dejó la marca de su pezuña. Le miré fijamente por ver si era una broma porque desde Hito hasta esa peña habría más de quince kilómetros de distancia por aire. Se rio de mi suspicacia explicándome que cuando los dinosaurios campaban a sus anchas las dos mesetas estaban unidas, eran una única tierra, tras la glaciación, la erosión del agua y algún que otro terremoto Hito y Camesía se separaron formando la hondonada del valle que veíamos abajo, afirmando que en tiempos de don Rodrigo Díaz de Vivar permanecían más cercanas, por eso pudo saltar de un páramo a otro. ¡Fíjate ahí! Me dijo, y efectivamente en la roca justo en el filo del abismo había una marca parecida a una coz.

A partir de aquel paseo comencé a investigar acudiendo a la biblioteca en los recreos, buscando libros de historia donde contaran vida y andanzas del Cid primero y de otros caballeros después. Dicho interés impulsó mis ganas de estudio y sorpresivamente fui el primero de la familia en ir a la Universidad. La carrera elegida fue historia ¡cómo no! Trabajé primero como interino en la facultad hasta que conseguí plaza de catedrático en Historia Medieval en Salamanca. En esa bella ciudad me instalé y formé una familia además de un circulo de amigos amantes de la caballería y las leyendas rurales. Nunca perdí el contacto con tío Eladio al que profesaba un gran cariño y admiración, siempre compartimos momentos familiares y festivos hasta su convalecencia y posterior fallecimiento.

Por aquel entonces hacía cuatro años que mi padre había muerto y como era costumbre en la familia mis hermanos renunciaron a su herencia, menos yo. Las leyes actuales me amparaban, no quería dinero ni tierras, tan sólo que mi hermano mayor reconociera mi derecho a ser heredero y ser hijo del pueblo. Hubo que pleitear y todos me negaron el saludo, todos menos mis sobrinos que al sentar un precedente ya no tenían que abandonar su casa ni su pueblo para poder vivir la vida que quisieran. No pude volver a la casa familiar, solicité la propiedad de una cuadra cercana a la era, aunque era pequeña fue suficiente para mis retiros veraniegos en la tierra que me vio nacer.

En el momento en que falleció la abuela el tío Eladio dejó de tener su hueco en la casa paterna, hay costumbres arcaicas que estarían fuera de uso salvo porque aún hay gentes interesadas en mantenerlas. El funeral y entierro fue triste y tranquilo, mi hermano mayor pretendió arrebatarme la herencia de mi tío, lástima que su esfuerzo por mantener la hacienda no le dejara ver la nobleza de carácter del difunto ya que donó sus ahorros al arreglo del camposanto e instalar placas por las calles donde brevemente informaban de las leyendas del pueblo.

A pesar de presentar alegaciones al proyecto, actualmente “la patada del Cid” desgraciadamente está bajo el asfalto de una carretera que une el valle con la meseta la cual recorren a diario quienes quieren ahorrarse minutos de viaje, la rapidez en las comunicaciones es vital en nuestra era.

 

 

 

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El que lo encuentre, se lo queda - Esperanza Tirado

                                           Macro de cerca de los niños manos pintando con rotulador. - foto de stock

 

 

Su padre es un tal José Luis. Me ha dicho su apellido, pero con media lengua es difícil entenderle. Y a su madre no la conoce. Dice que se fue. Ya veo, ese 'problema' se le hace un mundo a cualquiera. Y a una madre, más. Parece que se ha quedado tranquilo pintando con los rotuladores. Nunca falla, los entretiene y se olvidan de que están solos. Este centro comercial es enorme, una trampa para pequeños despistados y asustados. Ahora doy el aviso con su descripción por megafonía. Esperemos que el padre no haga lo mismo que su madre. Pobre criatura, ¿Quién lo acogería entonces?


 

 

 

 

 

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Exclusivos - Esperanza Tirado

                                              Cámara, Destello, Paparazzis, Racimo

 

Se apresuraron con el martillo y los clavos para rematar la empalizada de defensa. Ninguno sabía cómo manejar herramientas, a más de una se le partieron varias uñas. A punto del desmayo el tiempo apremiaba; sus vidas de lujo estaban a punto de desaparecer. Al otro lado, aún a lo lejos, se distinguía el polvo que agitaba un ejército de paparazzis, sedientos de una última exclusiva de verano.



 

 

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Una original despensa - Marian Muñoz

                                           Primer plano de una mano masculina abriendo un buzón - foto de stock

 

 

Estoy encantada con mi nuevo piso, es grande y luminoso además por el precio del alquiler anterior ahora pago la hipoteca y al terminar será mío. La desventaja es que si algo se estropea o desluce seré yo y no mi casero quien deba repararlo, además incluso duermo más tranquila. Los vecinos son gente mayor y estoy en el centro a un paso de todo tipo de comercios. Lo bueno es que me pilla a escasos cinco minutos del trabajo, tal es así que en el rato del descanso (desayuno que decimos entre nosotros) me acerco hasta casa a tomarme el café y picar algo, aprovechando para enchufar la olla eléctrica y cuando vuelvo de la jornada tengo el potaje recién cocinado.

Como el cartero pasa antes de mi tiempo de descanso nada más llegar al portal suelo abrir el buzón por si tengo alguna carta. Hace unas semanas encontré en su interior un pack de yogures ¿? El desconcierto fue total, dudo que fuese el cartero, ¡como diantres alguien puede llegar a meter unos yogures por tan exigua ranura! no me cabía en la cabeza. Mosqueada los cogí, miré la fecha de caducidad por si acaso, comprobando que estaban al día los subí a casa y los fui comiendo según cuadró. A la semana siguiente lo encontrado fue media docena de huevos ¿? No entendía nada, parecía una broma, decidí que había una cámara oculta.

Busqué por todo el portal algo que pudiera ser una pequeña lente, no vi nada hasta que fijándome observé justo enfrente de los buzones un cable con una terminación sospechosa. ¡La pillé! Comencé una perorata recriminando la indecencia de meterse en buzón ajeno y recordando la ley de protección de datos anunciando que les iba a demandar por daños y perjuicios a la propiedad intelectual como es mi correo. A todo esto, varios vecinos entraban o salían del portal mirándome con cara rara, supongo que parecería una chiflada, pero estaba convencida de haber pillado la cámara. Hasta que llegó Juani la del segundo y me pregunta que hago hablándole a un cable eléctrico. Respondo que no es eso sino una cámara que nos graba en el portal. Pide que me fije en el aplique de luz que hay al otro lado de la pared, pues es el gemelo al que estoy hablando, ya que al cambiarle la bombilla fundida se rompió la tulipa y están pendiente de comprar una nueva y volver a instalarla.

¡Tierra trágame! Estuve haciendo el ridículo delante de todo el vecindario. Se suele decir que las penas con pan son menos, pues con huevos ni te digo. Me los comí a pares porque eran muy pequeñitos. Dudaba si alguien estaba llenándome la despensa al verme cara de hambre, cosa rara porque soy más bien rellenita.

Cuando ya había olvidado el tema del intruso en mi buzón, un día veo llegar a Pacita, mi vecina de puerta, entra al portal y abre tres buzones, uno de ellos el mío, introduce en uno unas cebollas, en otro una bolsa de manzanas y en el mío un paquete de arroz. ¿? Le pregunto el motivo de hacer eso respondiéndome que tiene prisa para ir a Misa pues hay una cajera en el súper que es muy lenta y se le ha echado la hora encima, si sube a casa no llega a tiempo y por eso deja los alimentos dentro ya que los coge a la vuelta.

Por la tarde fui a hablar con ella sobre el tema ya que el anterior propietario de mi piso es su hijo quien se mudó a otra localidad, los otros buzones son el suyo y el de su hija médico que vive al lado, debido a sus numerosas guardias es la madre quien se encarga de recogerle la correspondencia. Ahora entiendo la razón por la que a veces llama a mi puerta para darme mis cartas, según explicaba se las meten en su buzón. Tengo que reconocer que es una despensa de lo más original y sospecho que tiene dicha costumbre desde hace tiempo, aunque no me había enterado. La visita la hice con un pack de yogures y media docena de huevos, explicándole que el buzón de su hijo ahora era el mío. Se disculpó, quería darme la llave suya, pero al contrario, le di yo la mía al haber cambiado la cerradura y estar más tranquila de que no volverá a pasar. Era muy extraño que alguien pudiera meter unos yogures o unos huevos por la ranura de un buzón de cartas.

El asunto se quedó ahí hasta que hace un par de días al abrir mi buzón me huele muy mal, miro y remiro, pero no veo de donde puede provenir ese hedor. Me surge una sospecha y en ese momento sale Adela del portal, otra vecina mayor amiga de Pacita, le pregunto si sabe algo de ella y me cuenta que hace unos días se cayó en Misa y la tuvieron que llevar al hospital de donde aún no había vuelto. Imaginé que tendría la compra todavía en sus buzones, recordé que en el otro juego de llaves aún no había quitado la vieja del buzón, como los tres tenían la misma, conseguí abrirlos y sacar la comida antes de que se estropeara más y manchara su correspondencia, la cual ni le toqué. Cuando vuelva le explicaré los inconvenientes de tener tan original despensa.

P.D. A veces la realidad supera a la ficción.







 

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Huecos - Esperanza Tirado

                                           Mujer, Soledad, Tristeza, Emociones

 

Entre el tanatorio y la oficina de objetos perdidos se quedó mi alma, vagando afligida, dando vueltas, buscando la tuya, hecha añicos por un camión sin frenos. En casa ahora queda un hueco tan grande, que la pena aumenta. Tanto, que las paredes están desapareciendo.

 

 

 

 

 

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Hiperrealismo divergente - Marian Muñoz

                                            artista femenina trabaja en pintura al óleo abstracta, pincel en movimiento enérgicamente crea obra maestra moderna. dark creative studio donde large canvas se encuentra en easel illuminated. primer plano de ángulo bajo - galeria de arte fotografías e imágenes de stock

 

 

 

Mientras esperaba que apareciera la maleta en la cinta transportadora del aeropuerto consulté el móvil pudiendo ver una llamada perdida de número desconocido. No le di importancia, seguramente alguien se habría equivocado. Al salir al exterior del recinto para coger un taxi sonó el teléfono, el mismo número desconocido volvía a llamar, respondí y mejor no haberlo hecho porque un agente de la policía judicial quería hablar conmigo sobre la aparición de un cuadro.

Volvía cansada después de haber pasado cinco días peritando obras de arte en un palacete de Lugano, siempre recelo cuando alguien del extranjero decide asegurar sus bienes en nuestra empresa, me induce a creer que piensan que nos pueden engañar fácilmente, sea como fuere, mi labor es tasar correctamente los bienes asegurados, sobre todo arte, y el informe que iba a confeccionar tras mi visita iba a dar mucho que hablar en la empresa.

A pesar del cansancio acumulado y las ganas de redactar el informe para tomarme unos días de descanso no fue disculpa para el policía que insistió en verme esa misma tarde, mejor en su oficina donde debía prestar declaración sobre el hallazgo de un cuadro. Me presenté puntual como es mi costumbre, tras saludos y presentaciones me enseñó una fotografía, “del cuadro” que tuvo mucho que ver en que ejerciera mi actual trabajo. Mi rostro denotó cierto desasosiego que pretendí disimular preguntando donde lo habían encontrado y cuál era el motivo de la investigación. Haberlo hallado en la caja fuerte de una antigua galería de arte, supuestamente abandonado, inducía a sospechar que había sido robado o sustraído y por tanto escondido en dicha ubicación. Recurrían a mí como directora de la galería en sus inicios, puesto que los posteriores encargados nunca lo habían visto ni eran conocedores de su existencia.

Al no entender porque no pedían explicaciones a su propietario, la respuesta me entristeció, debido a un accidente de coche llevaba en coma tres meses y su mujer al necesitar liquidez había vendido la galería de arte. Los nuevos propietarios al hacer reformas se toparon con una caja fuerte bien escondida y en su interior apareció un único cuadro, suponiendo que el mismo sería de gran valor avisaron a la Policía Judicial por delitos contra el patrimonio.

Viendo que no tenía escapatoria y que las sospechas podían ser de carácter doloso, me avine a contar todo lo que sabía no sin antes pedir que todas las personas involucradas en la investigación estuvieran presentes en mi declaración porque no quería que posteriormente mis palabras fuesen trastocadas o tomadas por un sentido distinto al dado por mí.

Era el mes de diciembre, antes de las fiestas navideñas cuando vi en el periódico la oferta de trabajo en una galería de arte, tenía experiencia de veranos anteriores en que había estado de prácticas en una. Sólo me faltaban por sacar dos asignaturas de la carrera que seguramente haría en enero, así que mandé mi curriculum y me presenté a la entrevista. No mentí en ningún momento y para cuando me llamaron en marzo ya estaba en posesión del título que me permitía ejercer el cargo de directora. Raúl Armengol era por aquel entonces un personaje en el mundillo del arte, su trabajo en el museo y las frecuentes exposiciones que organizaba le daban cierta notoriedad. Era un apasionado y decidió abrir una galería para dar opción a tantos artistas sin mecenas que tenían dificultad para exponer sus obras. El local era bastante amplio, pero como inicio sólo utilizamos un tercio del mismo hasta ver si lográbamos el éxito soñado. La galería de arte Armengol tomó impulso e hizo de trampolín a muchos desconocidos, el equipo lo formábamos tan sólo cuatro personas, Raúl, mi ayudante Fernando Helguera amigo y compañero de carrera, Araceli Santos la limpiadora, una buena profesional que empleaba productos respetuosos con las obras de arte utilizando sistemas inocuos de aireación, y yo.

Durante dos años de éxito aguantamos con aquel espacio reducido, pero hubo un momento en que fue conveniente ampliar y adaptamos toda la planta baja y la entreplanta para exponer con mayor amplitud y lucir mejor las obras que exponíamos. En la época de la reforma Raúl y yo nos relacionábamos tanto y al ver que nos compenetrábamos en el proyecto iniciamos una relación sentimental que duró cinco años. Durante ese tiempo la galería siguió cosechando éxitos, un ochenta por ciento de las obras expuestas se vendían, la idea era que las familias de clase media tuvieran en su hogar una obra de arte original, por ello los precios debían ser asequibles, esa era una de las premisas. En aquel tiempo solíamos hacer una vez al año una exposición gratuita de artistas noveles, durante dos o tres semanas exponíamos una única obra de autores desconocidos al gran público, a los visitantes se les facilitaba una hoja donde exponían cual era su obra favorita y cuál era el precio que pretendían pagar por ella, siempre que no fuera por debajo de cien euros. Durante dos días llegaban las obras perfectamente embaladas para que nadie pudiera verlas antes de su muestra. Debían estar sin firmar y detrás de las mismas o en un lateral un sobre cerrado con los datos de su autor y un número de teléfono para contactar, a la venta pasaría el artista para firmarlo delante del comprador. Aquel año tuvimos treinta y cinco cuadros y dos estatuas, todo un éxito.

Mientras Fernando embalaba y repartía las obras de la última exposición, fui abriendo y registrando en la base de datos una por una las recién llegadas. Cuando descubrí la última, justo la que acaban de encontrar, no tenía sobre ni ninguna referencia de su autoría. Pensando que quizás al abrir el embalaje podía haber caído o volado rebusqué por todas partes y no encontré nada, aún así la registré como anónimo y le di un número igual que a todas. En ese instante llegó Raúl que fue primero a echar un ojo a las que ya estaban colgadas y al acercarse le mostré el cuadro comentándole que venía sin datos de su autor. Al verla se quedó fijamente mirándola y poco a poco fue poniéndose cada vez más pálido, era como si hubiera visto un fantasma, lo posé sobre el mostrador y me acerqué a él porque temía se fuera a desmayar. Enseguida recuperó el color y cogiendo el cuadro se lo llevó diciendo que él iba a encontrar a su dueño.

Estuvimos durante dos días preparando la exposición y en uno de los descansos me mostró en el móvil como había colgado una foto del cuadro en la que se veía exclusivamente un tercio de la parte superior y gratificaba a quien pudiera darle información sobre su autoría, la recompensa eran doscientos cincuenta euros. El revuelo mediático fue colosal, circulaba por todas las redes sociales y también por la televisión debido a la gran repercusión de la noticia. Por aquellos días si bien seguíamos saliendo juntos él demostraba un gran nerviosismo, continuamente le llegaban al móvil mensajes de personas que decían ser los autores y al ser preguntados por el resto de la imagen desconocían como era. Empecé a sospechar que estaba obsesionado por el tema, para mí no tenía mayor relevancia, ni siquiera era digno de atención, pero algo especial debía poseer para Raúl. El cuadro no se colgó en la galería, la exposición tuvo éxito como siempre todas las obras se vendieron y nadie preguntó por el dichoso cuadro.

Estábamos preparando ya la siguiente exposición cuando llegó Raúl con “el cuadro”, no había logrado contactar con su autor y decidió que lo mejor era dejarlo en la caja fuerte que habíamos instalado para guardar por las noches artículos valiosos que tuviéramos expuestos. Parecía que la obsesión se había apaciguado así que le pregunté el motivo por el que era tan importante para él y me contó una historia.

De niño había vivido una situación muy triste, su padre trabajaba en una plataforma petrolífera en el mar del norte estando bastante ausente de su vida. Un buen día su madre le anuncia que había muerto y ya no volvería a verlo. No hubo funeral ni entierro, pero ella se volvió una persona triste y taciturna, tenía ocho años y dos semanas antes de terminar el colegio marcharon al pueblo a casa de un tío. Ninguno de los adultos le hacía mucho caso y los chavales del lugar aún estaban en clase, por lo que pasaba las mañanas sólo y dando vueltas por el lugar mirándolo todo y observando. Tenía prohibido ir más allá de la torre del reloj, pero un día sin darse cuenta continuó camino llegando a una tapia blanca muy alta y larga.

Parecía que su paseo se cortaba allí y no comprendía el porqué de la restricción, hasta que se percató de un hombre pintando delante del muro, su cuerpo parecía cansado y su rostro estaba tapado por un gran foulard al cuello y un sombrero de paja con ala ancha, delante tenía un caballete en el que con pinceladas representaba un mar visto desde un acantilado. El hombre miraba al muro antes de cada pincelada, aquel gesto le intrigó porque la pared era blanca y no se veía nada a través de ella. Al preguntarle respondió que el muro no le impedía ver lo que había detrás.

No le dio más importancia y cuando las clases terminaron comenzó a divertirse con otros niños, cuanto mejor se lo pasaba peor se encontraba su madre. Un día regresó para ver el muro con sus nuevos amigos, y en el mismo lugar seguía el artista, todos observaron con detenimiento su obra, siendo Raúl el único en alabarla, suponiendo que ese fue el motivo para que al día siguiente encontrara el cuadro a la puerta de casa. Eufórico lo cogió, era muy bonito, colocándolo delante de la chimenea del salón pero al verlo su madre se puso histérica y con un cuchillo empezó a rasgarlo destruyéndolo. Se enfadó mucho y a partir de ese día no volvió a hablar con ella, la rehuía, continuando así hasta que apareció nuevamente el cuadro años más tarde. Era el mismo cuadro, idéntico, este que están viendo, le hizo una foto y acercándose a casa de su madre preguntó por el significado del mismo.

Se llevó una sorpresa al explicarle que su padre no había fallecido, sino que era su autor y su desaparición se debió a un grave accidente en la plataforma, había quedado horriblemente desfigurado, escondiéndose en el mismo pueblo donde se habían conocido, el de su tío donde ella veraneaba de joven. Dándose cuenta que aquel pintor era su padre se volvió loco buscándolo, ofreció una recompensa e incluso acudió a un detective privado por ver si podía localizarlo, cosa que hizo, pero por desgracia esta vez sí estaba muerto, el envío fue su última voluntad realizada por su médico. Pasó noche tras noche sin pegar ojo, digamos que empezó a perder el norte y nuestra relación se deterioró tanto que lo dejamos.

Pude comprobar por los periódicos que se había recuperado y continuó con la galería y sus negocios, supongo que comprendió que su padre si bien le quería intentó ahorrarle un desagradable trauma, no obstante, le había dejado un legado inquietante.

Su progenitor no sólo era buen pintor, sino que había perfeccionado una técnica increíblemente desconcertante. Están viendo el cuadro en esta postura y todos los elementos del mismo tienen sentido, la playa, las olas, los niños jugando, el cielo, pero si lo ponen cabeza abajo, siguen observando el mismo paisaje y a los mismos personajes, como si no lo hubiéramos movido. En todos mis años de profesión no he conocido a ningún artista que alcanzara dicha técnica llamada Hiperrealismo Divergente.




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