
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.
En este blog encontrarás los relatos escritos por los participantes del taller de escritura "Entre Lecturas y Café", así como la información de las actividades del club de lectura del mismo nombre.


Amigas y vecinas
correteando por la calles durante la mañana, sin madrugar, pero sin perder las
escasas horas hasta el almuerzo. La post
comida era otra cosa, por la potente canícula no nos dejaban salir hasta ver el
sol tras los árboles del parque, tiempo que aprovechaba para leer libros de la
pequeña biblioteca del abuelo mientras los mayores sesteaban en sus
habitaciones. La piscina quedaba lejos, aprovechábamos
el descanso del papi para llevarnos con su coche, la playa o el viaje a tierras
extrañas como los que hago ahora era impensable, daba igual, la felicidad que
nos daban los juegos y amigos son un sentimiento nunca más conseguido, el
precio a pagar por crecer.

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¿Fui un héroe, un hombre, un artista, una máscara?
No me queda mucho tiempo. Lo sé. Lo siento en los huesos, en la forma en que el aire se espesa en mi garganta.
He vivido tantas vidas que ya no distingo cuál fue la verdadera. Siento que mi cuerpo se vuelve torpe, ya no responde. He contado lo que debía, lo que sentía. Solo pido que me escuchen, solo una vez más.
Cuando cierre los ojos, no será un final, sino mi triunfo. Siento una extraña paz.
Como si todo lo que fui estuviera, por fin, en su sitio.
Canción: Lázarus, de David Bowie

Purita iba feliz por la calle, su nieto pequeño le había dejado unos cascos con los que escuchaba música grabada en un pequeño reproductor guardado en el bolso, iba feliz oyendo sus canciones favoritas de adolescencia y juventud, iba casi flotando, no sentía su cuerpo setentón, al contrario, su espíritu era el de una muchacha de veinte. Con su bienestar llegó al supermercado de siempre donde hubo de quitarse los cascos para escuchar a Juan el del fiambre y a Tomás el pescadero, si bien sus oídos estaban libres, la música seguía sonando en su cuello y sobre todo en su cabeza.
Apenas compró cuatro cosas y fue directa a caja. Era bastante temprano, habiendo solo clientas madrugadoras de toda la vida. Le tocó Sonia aquel día, la conocía de mucho tiempo, siempre con una palabra amable y una sonrisa, como de costumbre pasó los productos por el escáner y mientras Purita sacaba el dinero del monedero le colocó la compra en su bolsa. Finalmente salió el tique y se despidieron.
Mientras cogía la bolsa echó un vistazo rápido a los papeles que acababan de salir de la máquina, pegando un grito de sorpresa e indignación. Todos la miraron, como si estuviera poseída se quejaba de los tiques descuento que el súper le ofrecía: pastillas para limpiar dentaduras postizas y tinte para colorear las canas.
Con una energía impropia de su edad, empezó a protestar de la injerencia de algunas compañías en vidas ajenas, a santo de qué le ofrecían pastillas para dientes postizos si conservaba perfectamente los suyos, por no hablar de las canas, ni siquiera su difunto Carmelo osó nunca decirle cómo debía cortar su cabello o que color usar, ¡eso era ya el colmo! Ante aquel desmadre momentáneo se unió otra usuaria comentando que al comprar una colonia para su sobrino, días más tarde salieron descuentos para cuchillas de afeitar y condones. Otra más que por haber cogido una colonia de bebé que le gustaba mucho le propusieron descuento en pañales y potitos cuando no podía tener hijos.
La cajera sobrepasada por aquella protesta llamó inmediatamente a la supervisora, quien tras comprobar que más vecinas entraban de la calle fisgando lo que pasaba y uniéndose a la protesta, optó por llamar a la policía a pesar de que la mayoría pasaban de los sesenta. Cuando llegaron los municipales intentando calmar ánimos, no tuvieron más remedio que dar la razón a las alborotadoras y conminar a la supervisora que pidiera al equipo informático cambiar el sistema de descuentos.
Después de aquel desahogo Purita volvió feliz y contenta a casa con la compra y con la sensación de haber librado una pequeña batalla como cuando era joven y corría en las manifestaciones contra el gobierno. ¡Que nadie dude del poder de la música!

Adiós, mamá, adiós. Sí, que cuelgo ya, que no me quedan más monedas y hay
una cola que da vuelta al campamento. Que sí, mamá, que me ducho todos los
días. Como bien, de verdad, hasta los guisantes gordos. La mochila está debajo
de la cama, con la etiqueta que me bordaste. Y no he perdido ni un calcetín, te
lo juro. Cuando vuelva llamo. Vale, llamaré todos los días hasta la vuelta. Te lo
prometo. Celebraremos mi treinta cumpleaños el domingo siguiente.
