El imbécil - Gloria Losada

                                           405606730

 

 

Siempre tuve la sospecha de que el marido de mi amiga Rosario era un poco imbécil, o un mucho. Lo llevaba escrito en la cara, siempre luciendo aquella sonrisa condescendiente, como si fuera el ombligo del mundo. Y ya no digamos cuando abría la boca. Las tonterías que soltaba con apariencia de cosas interesantes y verdaderas eran infinitas. No hacía falta ser muy listo para darse cuenta de que no decía más que burradas. Todo el grupo de amigos le tenía manía, pero como ella era tan maja, pues se soportaba.

Uno de sus temas de conversación preferidos era lo manipulable que era el género humano, menos él, claro está. Las personas de a pie éramos unas pobres estúpidas que nos creíamos todo lo que los poderosos nos contaban con la única intención de controlarnos. Así que cuando anunciaron la gran nevada para Madrid y comenzaron a recomendar salir de casa lo menos posible, pues ya comenzó su perorata, que si lo que querían era que no saliéramos vaya usted a saber el motivo, que si el calentamiento global era un cuento, que si las nevadas las provocaban los aviones, que ni era nieve de verdad ni nada…. Tanto me hartaron sus bobadas que no pude evitar contestarle:

-Claro que no es nieve, es poliestireno, altamente inflamable, cuando caiga la nevada acércale un mechero ya verás como arde y nos quedamos todos calentitos.

Perplejos fue lo que nos quedamos todos cuando el día de la nevada colgó una foto en las redes sociales siguiendo mi consejo y con el comentario siguiente: “Al parecer es nieve de verdad, pero provocada por los aviones o los satélites” Y se quedó tan ancho. Pues eso, imbécil.



 

 

                                                        Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.

El poeta del clima - Esperanza Tirado

                                           227232201




-Corren malos tiempos, pero está tan hermoso el cielo en esta época del año que a veces te olvidas de lo que ocurre en la tierra…

-Perdonen, señores, continuamos con la rueda de prensa. Señor portavoz, cuando quiera…

-Ni confirmo ni desmiento que el calentamiento global sea el principal responsable de la nevada de este invierno. Cuando brille el sol veremos con claridad a dónde nos llevan las pisadas en la nieve. Y recordaremos a los que ya no están aquí.

El inspector del clima, portavoz del gobierno en funciones, dio por concluida la rueda de prensa con un brindis al aire.

-En verano, llegarán las oscuras golondrinas, y se aclarará todo. Miraremos a un cielo raso, azul marino y surcaremos rumbo a un nuevo destino. Y ni tan siquiera las estrellas podrán detener nuestro rumbo.

Ya la sospecha era más que evidente. Dos días después, el inspector/portavoz compareció de nuevo ante los medios para anunciar que presentaba su dimisión; por crear un clima insostenible a capricho de sus malas letras.

Nadie hizo acusaciones de plagio. Ya había tenido suficiente deshonra la que el tiempo le trajo, acompañada de una incertidumbre continua para el resto de los ciudadanos.

Los poetas muertos en sus tumbas respiraron aliviados. No cualquier juntaletras con ínfulas literarias, por muy aplicado que fuera, sería capaz de hacerles sombra.



 

                                                        Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.

El molinillo roto - Cristina Muñiz Martín

                                         Resultado de imagen de molinillo antiguo cafe con tapa verde

 

 

El molinillo de mi madre descansa sobre una de las estanterías de la cocina. Es de madera clara, aunque envejecida por el paso del tiempo, con las partes metálicas de un tono verde pálido. Cada vez que lo miro me acuerdo de ella y de las terribles circunstancias en las que los dos, mi madre y el molinillo, quedaron unidos en mi mente para siempre.

Sucedió una tarde de invierno, al calor de la lumbre. Ella repasaba calcetines ayudándose de su huevo de madera. Yo molía café. Me gustaba darle a la manivela mientras el aroma iba ascendiendo por mis fosas nasales. La radio emitía la novela Ana Rosa, con tropezientosmil capítulos. No nos la perdíamos ningún día.

Papá estaba al llegar y se deleitaba tomando una taza de café a pequeños sorbos, como si temiera acabarlo. Lo hacía solo los sábados, porque el domingo no tenía que madrugar. Era una especie de rito. Sabía que eso le quitaría el sueño, pero decía que no importaba mirando a mamá de una manera especial que yo no conseguía descifrar y que la vida me hizo entender.

Me encantaba moler el café. Echaba los granos por la parte superior del molinillo y comenzaba a darle a la manivela lo más rápido que podía. Era una especie de competición conmigo misma. Y claro, siempre ganaba, porque a medida que los granos se iban quebrando oponían menos resistencia y mis manos bailaban ágiles y alegres. Cuando el cajetín se llenaba vertía el café molido en un bote de hojalata. Al terminar lo limpiaba bien y se lo entregaba a mamá para que lo devolviera a su lugar en la parte alta del aparador, inalcanzable para mí.

Aquel día no fue distinto, salvo que cuando mi madre se levantó para recoger el molinillo, justo en el momento en que nuestras manos se rozaban, sin previo aviso, su cuerpo se desplomó chocando con violencia contra el suelo. No hubiera sucedido nada ni no se hubiera interpuesto en su camino el canto de la mesa que la golpeó con fuerza en la sien convirtiéndome en huérfana. Me arrodillé a su lado, llamándola con insistencia, llorando, asustada por su silencio y por el grueso hilo de sangre que brotaba de su cabeza. Salí a la puerta y grité pidiendo ayuda. Los vecinos, alarmados, corrieron presurosos a mi casa. Mi padre llegó al poco rato. Nunca olvidaré sus alaridos, su desesperación, el golpe que dio encima de la mesa dañándose la mano. Sacaron a mi madre de la cocina para llevarla al dormitorio. El médico no pudo hacer más que certificar la muerte, achacando la caída a un mareo ocasionado por el embarazo del que yo no tenía noticia. Quedé sola en la cocina, sin mi madre y con una mancha de sangre en el suelo y en el canto de la mesa. Entonces lo vi. Al molinillo. Tirado en el suelo como ella, panza arriba y con una esquina rota, como ella también. Lo recogí con mimo y me senté en una banqueta abrazada a ese trozo de madera que hacía breves momentos era el centro de mi felicidad. Tardaron en acordarse de mi. Cuando abandoné la cocina para ir a casa de una vecina, la vi. A mi madre. Tumbada sobre la cama matrimonial con su vestido nuevo, las medias buenas, las manos cruzadas sobre el pecho. Mi padre derrumbado en una silla, sujetando la cabeza entre las manos, como si le pesara mucho.

Volví con mi padre dos días después, sin haberme separado ni un momento de mi molinillo que trataron de arrancarme de los brazos sin conseguirlo.

Ya soy mayor, mucho mayor de lo que era mi madre cuando molí el café por última vez. Nunca más lo volví a hacer, pero el molinillo con una esquina rota me ha acompañado durante todos estos años, pese a mis continuos cambios de domicilio, y aunque debería odiarlo no puedo, porque en él sigue viviendo el aroma del café, la espera del regreso del trabajo de mi padre, el calor entrañable de la lumbre, el huevo de madera, la sonrisa y el tacto de las manos suaves y amorosas de mi madre; mi niñez entera y rota, como ellos.


 

                                                     Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.

El molinillo roto - Marga Pérez

                                    Resultado de imagen de lata de colacao antigua 

 

Que el mundo echase el freno sin contar conmigo, tengo que decir , que no me lo tomé muy bien de entrada. Tenía muchas cosas entre manos inaplazables, vitales, imprescindibles, insustituibles e irreemplazables… planes , reuniones, citas, proyectos que no podía dejar aparcados así como así. Mi agenda echaba humo y el gobierno decidía confinarnos en casa… ¡Menuda hecatombe!

Durante dos días, cual tabardillo, limpié la casa como si no hubiera un mañana. Sentía en el cuerpo tal desazón que no podía estar quieta en ningún sitio, ni pensar en nada, ni disfrutar de lo que hacía, ni escuchar a los demás, ni sentir lo que me estaba pasando…

Como la casa enseguida pasó de limpia a impoluta, bajé al garaje dispuesta a ordenar un cuarto que desde siempre viene siendo el trastero, no solo mio, sino de mis padres, hermanos y algún que otro sobrino. Sé que estas cosas pasan por tener una casa grande, haber sido de siempre la casa familiar y además vivir en ella la tía solterona que siempre presume de que puede con todo. Me está bien empleado.

Pues bajé al garaje ¡ hice una limpieza…! Hacía años que no entraba tan hasta el fondo. No lo recordaba tan grande. Allí detrás, al fondo del todo, había cantidad de cosas de mis abuelos que seguro que mis padres desecharon después de quedarse ellos en la casa tras el fallecimiento del abuelo. Aquí nací yo y aquí me quedé después de que mis hermanos se independizaran, soy la más pequeña. Mis hermanos aún recuerdan cuando se mudaron y lo que disfrutaron teniendo una habitación para cada uno. El piso en el que vivían, según dicen, era bastante pequeño.

Entre las cosas que encontré de los abuelos había un molinillo de café. Era el molinillo de café en uso y utilizado hasta la saciedad antes de que el eléctrico se impusiese como más moderno. Estaba roto pero así y todo me hizo regresar a otra época en que me peleaba con mis hermanos por moler el café, en la cocina antigua, sin prisas. En aquella cocina en que varias mujeres se movían entre labores de mujeres, como si de un ballet se tratase. Una lavando en la pileta, otra entre fogones, humos y olor a comida. Otra en el fregadero, lavando ollas, platos… Mis hermanos atizando la caldera de carbón .. El aparato de radio siempre encendido esperando el consultorio de Elena Francis. Yo, sentada en la mesa de madera de la cocina, con el molinillo y el café. Giraba aquella especie de ala metálica y echaba los granos, lo cerraba, lo ajustaba y ya estaba preparado para moler. Siempre me recordaba a una mariquita, oscura y metálica en vez de una delicada y fina con alas rojas y motas negras …

Le daba vueltas y más vueltas al manubrio. Al principio con más resistencia, tenía que hacer más fuerza…la abuela a veces me ayudaba pero enseguida podía yo, era como coser y cantar. Dejaba de oírse aquel ruido de los granos huyendo de ser triturados pero, no podían resistirse, todos caían en forma de polvo al cajón. Me encantaba abrirlo y vaciarlo en una lata de cola-cao, metálica, color café con leche y lunares blancos que tenía en un lateral escrito: CAFÉ. Había latas de cola-cao, metálicas, medio oxidadas de todos los colores pero todas con lunares blancos. En el lateral el nombre cambiaba HARINA, AZUCAR, ARROZ, GARBANZOS… Qué recuerdos. La despensa estaba llena de esas latas… Ese olor a café recién molido me acompañó siempre sin que yo me diese cuenta hasta entonces en que volví a abrir aquel molinillo...Olía como el de la niñez a pesar de que hacía muchos años que no se usaba. Descubrí así que mi infancia olía a lo que olía aquella cocina, una mezcla de olor a madera lavada con arena, jabón lagarto, cera. Olor a despensa atiborrada donde el aroma a queso curado, el de los chorizos en grasa, el de las patatas en el cajón y el de las frutas y verduras se mezclaba con el de las herramientas, productos de limpieza , latas de cola-cao medio oxidadas y botes de pelargón.

Volviendo a aquella cocina del molinillo, empecé a darme cuenta de que las cosas que realmente tienen importancia no están en mi agenda, de esas puedo prescindir. De hecho estuve dos meses sin echarlas en falta. Si eché en falta el cariño, a mis amigos, a mi familia y sobre todo a mi abuela. Era una mujer muy especial que ahora empiezo a entender, quizá por compartir edad… cuando le decía que tenía miedo, normalmente cuando me acostaba y me apagaba la luz, ella me decía: “ cierra los ojos, respira, tienes todo lo que necesitas” Yo lo hacía pero la paz que siento ahora cuando lo hago no la sentí entonces. Gracias abuela, donde estés.

Si el confinamiento me enseñó a valorar lo que tengo y a vivir con más calma tengo que reconocer también que suelo practicar más a menudo las enseñanzas de mi abuela . Este virus y este mundo convulso en el que vivimos hacen que a menudo me tenga que parar , cerrar los ojos, respirar y decir : Tengo todo lo que necesito. ¡Qué bien me sienta!

 

 

 

                                                 Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.

El molinillo roto - Esperanza Tirado

                                         

 

Todo empezó con una nevada. Pero ya no nieva como antes. Aunque en las noticias nos cuentan que una nevada con nombre propio ha puesto medio país patas arriba.

Antes no poníamos nombres a las nevadas. Nevaba. Y nevaba más. Y volvía a nevar. Y seguíamos con nuestras vidas. A duras y frías penas.

Y cuando salía el sol, los vecinos sacábamos las palas y las herramientas que usábamos para el campo y los animales y limpiábamos un poco el pueblo. Grandes y pequeños arrimaban el hombro. Como hacíamos en las sextaferias de primavera. Aquello sí que eran celebraciones.

Nos caíamos, claro. Con el hielo siempre se resbala la gente. Pero sería por las tropecientas capas de ropa que llevábamos encima que nadie se rompía nada. O llevaban el dolor como podían, con licores y brebajes caseros.

El médico, que vivía a treinta kilómetros, valle abajo, no subía. No tenía coche, venía en carromato, cuando se podía, luego ya en tractor. Las carreteras eran caminos sin asfaltar. Lo de los quitanieves es un invento moderno. Nos calentábamos con los animales, sobrevivíamos cada invierno y lo celebrábamos cada primavera.

En el pueblo, desperdigados entre tres valles, éramos trescientos vecinos. Bastantes para compartir tareas. Aunque con la nieve había inviernos que ni nos veíamos.

Quien no tenía vacas, tenía huerto, algún gocho, colmenas con abejas de verdad. Y hacían queso, miel, cera, sabía tejer lana,… Y todos teníamos nuestra reserva de la matanza y unas pocas pitas que andaban por las caleyas, picoteando lo que cayera. Incluso nieve. Bueno, cuando nevaba mucho mucho mucho, las pitas se quedaban en casa, con nosotros. No diré que debajo de la cama, pero casi. Y en primavera nos juntábamos todos los vecinos que habían sobrevivido al invierno, y repartíamos lo que teníamos, bebíamos, cantábamos y nos apañábamos.

Mi padre, que en gloria esté, construyó una especie de corral junto a lo de las vacas, que no llegaba ni a establo. Así todos teníamos nuestro sitio. Aunque las pitas iban siempre por libre, y más de una acabó en un caldo por irse de excursión durante una nevadona de esas que hacían historia en nuestro pueblo. Y es que ellas no sabían de avisos ni atendían a silbidos como los perros. Que viendo el frío ni asomaban el hocico a la puerta a ladrar, avisando de visitas.

En una de estas, no sabemos cómo lo lograría, apareció por la caleya que daba a mi casa un tipo greñudo y desdentado, subido en un mulo viejo, sucio y despeluchado que arrastraba un carromato aún más sucio y reparcheado. Fue una especie de hito durante la primavera siguiente, cuando todos los vecinos de los valles nos juntamos y se extendió la historia. Adornada de mil formas distintas según quien la contara.

El caso es que supimos de él por los gritos que daba mientras hacía sonar una campana abollada de tanto golpe.

A pesar del frío nos asomamos a ver quién formaba tanto revuelo.

Él, viendo que había público, gritaba más fuerte y aporreaba la campana con más fuerza.

¡¡Buhoneroooo!! ¡¡Comproooo!! ¡¡Vendooo!!! ¡¡Buhoneroooo!!!

Mi madre, que ya se había quedado viuda y con dos hijas, temía que el tipo entrara en casa y nos asaltara.

Con la excusa de que sus gritos iban a hacer caer la nieve de las montañas a las casas del pueblo, salió, entre enfadada y asustada, calzando las madreñas de mi padre y con la garrota de mi abuelo en la mano.

¡Eh, usted! ¡Qué gritos son esos! ¡Que se nos va a venir la nieve abajo! Y a ver quién nos socorre. Que hasta la primavera no vienen los de abajo. Ni los guardias ni nadie del mando.

El ‘mando’ era lo que en los valles conocíamos como el ayuntamiento de hoy día. Que de aquella no lo formaban más que el alcalde, que tenía tierras y muchos dineros, un par de chupatintas con algo de estudios y tres guardias civiles con mucha voluntad y pocos medios.

El tipo, envuelto en capas de mugre, lanas bastas de varios colores, pieles y todo lo que había encontrado en sus caminos, se bajó del burro.

Tosió un poco, bebió algo que sacó de entre las capas y volvió a gritar:

¡¡Buhoneroooo, señora!! ¡¡Vendoooo, cambiooo!!!

Parecía que su repertorio era bastante limitado.

Nosotras, unas crías, asomadas desde las ventanas, mirábamos el ‘espectáculo’ y le lanzábamos la nieve que se había acumulado en las ventanas de la casa.

El tipo, con cara de cansado y aterido de frío, nos ignoraba mientras cogía aire, bebía e intentaba repetir su perorata.

Pero mi madre, harta de escuchar lo mismo, se confió, decidiendo que solo era un inofensivo vendedor. Con ganas de entrar a casa a calentarse, habló alto y claro.

Pero, alma de Dios ¿Cómo se le ocurre venir con estos fríos? Ya que está aquí, ¿Qué es lo que vende que pueda servirnos? Ande, ande, deje el carro ahí fuera que nadie se lo va a quitar.

Y desatando el burro se lo llevó donde las vacas, para que el animal cogiera un poco de calor.

El tipo, agarrando el saco, la siguió y los dos entraron en casa.

Mi hermana había puesto el café de pota al fuego. Y el llar olía amargo y caliente. Mi madre se quitó las madreñas y las dejó en un rincón. La vara de mi abuelo no la soltó por si acaso.

El hombre sacó la botella de entre sus múltiples capas y echó un poco de aquello al café que mi hermana le servía. Y la lengua se le soltó.

Señoras, vengo de León. De allí traigo sartenes, ollas, mantas zamoranas, que son de lo mejor, platos, molinillos de café modernos…

Una de las vacas interrumpió su discurso. Un rebuzno quejoso la siguió.

No le hagan caso –dijo- es un bicho solitario, como su amo. Le gusta ir por libre.

Mi madre, garrota en mano, empezó a examinar todos los cacharros con gesto profesional. Nada parecía convencerla.

Mamá –Mi hermana había cogido el molinillo de café al que yo también había echado el ojo - ¿Y esto...?

Nos puede servir para cuando venga el médico –medié yo- Que ya sabes que no le gusta demasiado el café de pota.

Pues que se apañe con lo que hay, carajo –Mi madre se puso de pie y dio un garrotazo en el suelo. Todos temblamos, el hombre bajó la mirada y las vacas mugieron. Esta vez el burro no dio señales de vida. –Que aquí de toda la vida se tomó el café de la pota y todos llegaron a los noventaymuchos. Menos mi Antonio, que en Gloria esté…

Santiguándose con la mano libre, mi madre se aferraba a sus recuerdos, tan fuerte como a la garrota de mi padre.

Mi hermana miraba el molinillo y me miraba a mí. Y ambas pendientes del buhonero que, con la cara cada vez más colorada, no parecían quedarle fuerzas para repetir las virtudes de sus productos.

O, bueno, tal vez podríamos comprarle algo. –mi madre se estaba ablandando, cosa rara en ella- El molinillo ese, quizá. Pero mucho no podemos darle. Dinero como verá, no hay. Nieve, leña, pitas, huevos, una riestra de chorizos o leche. Escoja.

El hombre miraba a mi madre asintiendo. El calor del llar había entrado en su cuerpo, y poco a poco se fue quitando las capas que lo cubrían.

Debajo de todo aquello solo había un ser humano, enclenque, barbudo, apestoso; y un poco borracho.

Y pasar un anoche aquí, aunque sea entre las vacas… con eso ya estaría pagado el molinillo…

Sus ojos miraban la estancia, a nosotras y sobre todo al fuego del llar, que parecía haberlo hipnotizado con sus chispas saltarinas.

Sea –consintió mi madre, confirmando su decisión con el garrote del abuelo tronando contra la madera del suelo– Con las vacas se va.

Mi mano, más rápida que la de mi hermana, agarró entonces el molinillo como si fuera un tesoro. Mi hermana me echó una mirada que casi me heló el corazón.

El tipo se levantó despacio, arrastrando sus capas, abrió la portilla que daba donde las vacas y se fue con ellas. Aquello no llegaba ni a establo, ni a cobertizo. Bastante hizo mi padre. Pobres vacas. Pobre hombre. Pobres de nosotras.

Nos despertamos a la mañana siguiente de puro frío. El fuego ya se había apagado y me tocaba a mí ir a por leña. Mi hermana había cogido el molinillo mientras yo me calzaba las madreñas y me cruzaba la pañoleta de lana gorda, que picaba horrores, pero era lo mejor contra el frío.

Fui donde las vacas. Ni el burro ni el buhonero estaban ya. Me asomé un poco más. Ya no nevaba, pero estaba todo blanco. A pesar de ello el carromato también había desaparecido. Entré en casa con la leña y encendí el fuego.

Después, todo siguió como cada invierno. El molinillo de café en medio de la mesa quedó como testigo de aquella extraña visita.

Solo lo usamos una vez. Creo que se rompió cuando el cura vino a dar la extremaunción a mi madre. Y quisimos darle café de verdad.

Desde entonces no tomo café. Ese olor me recuerda a la muerte.

Nos hicimos mayores y mi hermana se fue a la capital y se casó con un ricachón. Yo estudié un poco gracias al médico y me coloqué en un banco.

No nos volvimos a ver hasta que un día me llegó una carta muy rimbombante con su nombre reclamándome la propiedad del molinillo roto.

Para mí era más que un recuerdo de mi niñez. Y, a pesar de que era un trasto roto, conseguí quedármelo tras una absurda y amarga disputa. Dejamos de hablarnos para siempre. Hace mucho de eso. Y mucho más desde que ninguna de las dos toma café.

Pero cuando lo saco del armario me vuelvo a ver en aquel pueblo perdido, entre la nieve, con mi padre arreglando la portilla de lo de las vacas y los olores de mi madre cocinando en el llar.

Y la nieve, la leña, las pitas correteando, la leche, el café de pota alimentan lo que queda de este maltrecho cuerpo, que sonríe recordando que la nieve de antes no era tan fría como ahora.








 

 

 

 

                                                       Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.

El molinillo roto - Pilar Murillo

                                            Molinillo de café con granos de café. sobre un fondo de madera.

 

Me costó muchas vueltas de cabeza para decidirme a venir a vivir aquí. La casa de mi abuela, donde todos los veranos me traían mis padres para que ellos siguiesen trabajando en Suiza.

De pequeña no extrañaba demasiado el lugar donde nací porque el pueblo de mi abuela era tan verde como La petit Grave, aldea suiza que está entre Francia y Ginebra. La única diferencia es que los inviernos son muy fríos, la nieve dura hasta bien entrada la primavera. En invierno es todo un manto blanco, pero llegada la primavera es muy verde y florido, así como el pueblo del norte de España de mi abuela.

Mi abuela solo plantaba plantas y alguna hortaliza y animales solo tenía una vaca para su propio consumo de leche, manteca y queso.

Pero me pasaba horas jugando con la niña de los vecinos que sí se dedicaban a la labranza.

Los sábados por la tarde, ya sabía lo que mi abuela iba a hacer, la veía sacar aquel molinillo manual para moler café y cuando empezaba a hervir estaba entrando por la puerta el abuelo de mi vecina.

Ya de mayor supe que aquel señor y mi abuela habían sido novios cuando apenas eran unos críos, pero él se fue a la guerra, tardó en regresar, lo dieron por muerto, entonces a mi abuela le presentaron a mi abuelo, vecino de un pueblo cercano. Yo creo que mi abuela nunca amó a mi abuelo, le tenía cariño, pero amor, se lo tenía al vecino, porque yo se lo notaba en las miradas, aunque intentasen disimular.

El señor había enviudado recientemente y mi abuela ya llevaba un montón de años sola. Mi abuelo se lo había llevado una terrible enfermedad terminal.

Yo desde mi condición de niña adoraba ver a mi abuela canturrear mientras llegaban las 5 de la tarde y sacaba el molinillo y venga a darle vueltas para hacer aquel típico café de manga que impregnaba de aroma toda la casa. El abuelo de mi amiga llegaba, saludaba con una sonrisa adorable y mi abuela lo invitaba a entrar hasta la cocina. Él se sentaba en la cabecera de la mesa y esperaba impaciente a que le posara ante él la taza de café. Yo me sentaba en medio de los dos, tan solo tenía diez años y me encantaba estar en esos momentos en los que la casa entera rezumaba tanta ternura.

Yo con mis manos sosteniendo la barbilla los escuchaba atentamente cuando contaban historias de cuando eran jóvenes. Nunca hablaban de ellos mismos como pareja, sólo eran recuerdos que a mí me parecían cuentos. Muchas veces riamos, o más bien ellos reían y yo les imitaba.

Cuando ya fui adolescente mi abuela y su pretendiente ya estaban avanzados en edad.

Yo era para todos la pequeña suiza, por mi español con acento francés. Seguía siendo amiga de Estela, la vecina, los juegos eran aparentar ser mayor. Fumar a escondidas, espiar a nuestros abuelos, así descubrimos el primer beso que se dieron después de cinco años de estar tomando café todos los sábados a las 5 de la tarde. A él se le cayó la boina al suelo ella fue a recogerla mientras el abuelo de Estela permanecía sentado en la silla. Mi abuela al incorporarse cruzó su mirada con la de él y los dos a la vez se unieron en un beso amoroso, de esos de película, era entre pasional y una fuerza descomunal de deseo reprimido. Se separaron en pocos segundos. Creo que me oyeron la risa que inevitablemente se me escapó. Estela se fue corriendo para casa y nuestros abuelos regresaron a la realidad, entre nerviosismo y vergüenza. El abuelo de Estela se fue tras los pasos de su nieta despidiéndose de mi abuela, tan solo con la mirada y una disculpa apenas perceptible.

Después de esa escena de amor Estela me dejó de hablar y al novio de mi abuela se le prohibió tomar café. Prescripción médica, dijeron. A mi abuela cuando se lo conté, pues le di yo la noticia, se le cayó el molinillo de las manos y se rompió al caer al suelo, ya era un molinillo viejo y guardaba uno eléctrico, regalo de mis padres.

Aquí me veo con el viejo molinillo roto entre mis manos. Mi abuela nunca lo quiso tirar. Ahora lo llevaré a la ciudad a uno de esos señores que arreglan de todo, para ponerlo de adorno en alguna estancia de la casa.

 

 

 

                                                      Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.

El molinillo roto - Marian Muñoz

                                      209329823

 

Al abrir la puerta de la calle se encontró con la inspectora Abril, de una pequeña bolsa sacó un molinillo de pimienta nuevo, no sabía lo que pretendía con aquel regalo pero de su boca no iba a salir ni una palabra sobre lo sucedido a su marido salvo lo que ya constaba en el atestado y estaba dispuesta a defender la versión oficial.

Ambos se conocieron siendo monitores en un campamento de verano, desayunar huevos revueltos salpicados con pimienta negra les propició un acercamiento inesperado y poco a poco aquella amistad culminó en matrimonio. Pedro era un hombre amable, cariñoso, simpático y muy caballeroso, ni siquiera en los primeros años de vida en común mostró signos de otra cosa que no fuera un gran amor por Elisa y una preocupación constante por su bienestar. Al principio ella había intentado encontrar un hueco en el mundo laboral pero al quedarse embarazada lo postergó para volcarse en su hijo. Pedro siguió siendo el mismo enamorado de siempre, atento y servicial aunque demasiado a menudo ausente por motivos de trabajo. Parecía que la vida les seguía sonriendo al llegar el segundo bebé, otro niño, con amplios pulmones que impedían el deseado descanso a la pareja. Las tareas para Elisa eran dobles más atender a su marido la agotaban en ocasiones y él empezó a quejarse, a sentirse relegado por unos mocosos a los que solía ignorar.

Tan centrada estaba Elisa en sus hijos que apenas percibió el cambio de carácter de Pedro, lo justificaba por el estrés en el trabajo y a ser el único que traía ingresos a casa. Día tras día le perdonaba su mal humor, sus quejas continuas y sus desaires, no comprendía el motivo de prohibirle visitar a sus padres o a su hermana que adoraba a sus sobrinos, creía que con el tiempo se le pasaría y volvería a ser el marido cariñoso de siempre no dándole importancia. Cuando se quedó embarazada del tercero las broncas eran algo cotidiano, los insultos, bofetadas y ataques de ira achacándole que no valía para nada, sólo era una coneja que no paraba de parir. Sintió caer en picado la poca autoestima que tenía y lo peor sucedió cuando la empujó por las escaleras estando aún embarazada de seis meses. Dolorida, magullada y tremendamente preocupada por el estado de su bebé acudió sola a urgencias mostrando grandes dotes de actriz al convencerles que su torpeza le impidió ver el escalón. Aquel día le informaron que venía en camino una niña y aparentemente se encontraba bien.

A raíz de aquella caída Elisa comenzó un infierno de desprecios, golpes y violaciones por parte de su marido. Su prioridad era defender a sus hijos de su padre y tenerlo contento a él para que ni los mirase. Procuraba que sus niños pasaran la mayor parte del tiempo en casa de amigos o compañeros de clase conviviendo unas horas en un ambiente de amor y cariño, no de gritos e ira lo habitual en su hogar. Había logrado un deseado equilibrio entre hijos y marido, sacrificándose al ser pasto del mal humor de Pedro. El escaso contacto mantenido con sus padres o su hermana era guardado en secreto. Moratones, heridas o lesiones cutáneas eran siempre consecuencia de su torpeza procurando que al llegar él a casa los niños ya estuvieran durmiendo en sus camas. Creía tenerlo todo controlado hasta que la pequeña Daniela empezó a ser el juguete preferido de su padre. No les quitaba ojo cuando estaban juntos, temía por la niña al ver como la abrazaba, la besaba o la quería acompañar a su cama. Todas las alarmas se dispararon y Elisa empezó a buscar una salida para aquel tormento.

Si se divorciaba él se quedaría con los niños y si se largaba con ellos él la denunciaría y terminaría en la cárcel, no encontraba otra salida que sacrificarse por sus pequeños y suicidarse, encontrando la fórmula para culparle a él y así quedarían en manos de su familia. El único sentido que tenía su vida era ayudar a sus hijos a librarse de su padre, empezando a planear cómo, cuándo y dónde, al mismo tiempo encontrando la manera de que estuvieran bien atendidos.

Si debía morir intentaría dejarlos bien cubiertos con una póliza de vida, un día se lo comentó pues era un gasto más a la economía familiar pareciéndole genial siempre que le pusiera a él de beneficiario, incluso convino en hacerse otra. Iban a ir juntos al seguro pero se las apañó para ir en días separados y contratarla como deseaba. Mientras ideaba su muerte esperó un tiempo prudencial para que no pareciera sospechosa. Siempre desayunaba un revuelto salpicado con pimienta negra molida, costumbre que tenía desde joven y encontraba que esa comida podría ser la solución a su desaparición.

Había leído en una novela de Agatha Christie un asesinato con unas bayas venenosas similares a los granos de pimienta, si estaban secas se podían triturar e ingerir provocando la muerte al instante. Sólo quedaba encontrarlas y ver como implicaba a Pedro para que se las diera y parecer culpable de asesinato. Con los niños recorrió parques, jardines e incluso buscaba en arbustos que rodeasen los edificios. Tardó pero finalmente lo consiguió. Acudió a recogerlas a escondidas, estaban frescas y tuvo que esperar unas semanas para su maduración, las tostó en el horno para lograr una textura parecida al grano de pimienta negra. Por aquellos días acudió a un notario e hizo testamento incluyendo que la custodia de sus hijos recayese en su hermana, casada y sin hijos adoraba a sus sobrinos y los cuidaría maravillosamente.

Estaba dispuesta a morir, había ocultado a todos el maltrato físico y psicológico de su marido, por vergüenza había aceptado cada humillación y que su vida no tenía ningún valor tal como él le repetía. Su sacrificio liberaría a sus pequeños y terminaría con Pedro entre rejas. Escogió el día y envió a los niños con sus padres sin decirle nada a él. Se levantó como siempre preparándose su desayuno de huevos revueltos, él ya no los podía comer por culpa del colesterol y le pidió amablemente que echara pimienta molida en ellos. El molinillo había sido vaciado la víspera rellenándolo con las bayas secas y tostadas, al molerlas no encontraría diferencia con la pimienta. Limpió cuidadosamente el molinillo para que las huellas fueran únicamente las de su marido. Mientras Pedro molía ella de espaldas le preparaba su café, al girarse con la taza humeante entre sus manos, vio como él se terminaba el último bocado del revuelto, asustada por la inesperada escena dejó caer la taza al suelo, partiéndose en añicos y desparramando su contenido. Viendo aquel desaguisado él la golpeó en la cabeza con el molinillo de pimienta, quedando inconsciente a causa del golpe.

Cuando despertó se vio en el suelo de la cocina encima de un charco de café, rodeada de trozos de taza rota y de bolitas pequeñas en las que reconoció las bayas. No había rastro de su marido ni tampoco de los huevos revueltos. Rápidamente se incorporó al ser consciente de la situación y de la posible llegada de la policía, así que aún mareada comenzó a secar el suelo, tiró los cachos de la taza al cubo de basura así como el molinillo roto en dos, recogió una por una las bolitas de baya tirándolas por el fregadero, ya que las de pimienta se encontraban desde el día anterior en la basura. Aún goteando sangre por la herida de la cabeza subió rápidamente al dormitorio, se cambió de ropa y puso la lavadora, inició una actividad frenética haciendo camas, recogiendo juguetes y limpiando todo para la segura visita de la policía. Cuando terminó se fue al baño a curarse la herida de la cabeza que aún sangraba, fue entonces cuando oyó girar la llave en la puerta de la calle, Pedro entraba con un amigo en animada charla dirigiéndose a la cocina. Elisa estaba nerviosa pensando en lo que podría pasar y en como aparecer ante ellos. Oyó abrir la puerta de la nevera y cómo destapaban dos botellas, suponía que de cerveza. Mientras tanto continuó curándose la herida e intentando peinarse para que no se notara, de repente oyó un golpe procedente de la cocina, unos sonidos raros como de ahogo escuchando al amigo gritar el nombre de su marido reiteradamente intentando reanimarle.

Oyó pedir ayuda pero no se movió, aquel hombre no paraba de gritar y de llamarla, el miedo la paralizó, no fue consciente de cuánto tiempo esperó hasta que finalmente bajó las escaleras, aquellas escaleras por las que él la había tirado estando embarazada, lenta y parsimoniosamente acudió a la llamada. Su cara desencajada empezaba a tener un color azulado, jadeaba con dificultad y sus manos intentaban alcanzar algo, quizás el aliento que se le escapaba, hizo acopio de todo su valor llamando a emergencias, fueron los cinco minutos más largos de su vida, cuando aparecieron intentaron reanimarlo trasladándolo a urgencias, donde desgraciadamente falleció. El diagnostico fue de infarto.

La policía inició una investigación y gracias al testimonio del amigo y el personal de emergencias la conclusión fue que la cerveza estaba tan fría que provocó un corte de digestión y el infarto. Dos inspectores de policía se acercaron al domicilio para averiguar más sobre la defunción, la inspectora Abril no parecía convencida de los hechos al ver su herida en la cabeza, estuvo fisgando por la cocina intentando comprender lo ocurrido y desconfiando de lo contado por el amigo, mientras que su compañero daba por buena la versión cerrando el caso. Aquella inspectora fue hasta tres veces a su casa al dudar de ella, se lo notaba, incluso se llevó la bolsa del cubo de basura con el molinillo roto, la taza y los granos de pimienta, nunca se le ocurriría mirar en el desagüe, ni siquiera le hicieron autopsia al tener tan clara la causa de su muerte. La gula había terminado con él y ella podría cuidar adecuadamente de sus hijos volviendo a ser persona y reanudar su vida.

Nunca jamás sabrían lo ocurrido realmente y el sacrificio que había estado dispuesta a hacer. Aquel molinillo roto le devolvió la vida y a los suyos.

 

 

                                                      Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.