Demasiadas excusas - Cristina Muñiz Martín

                                           Hombre Herido Dibujo

 

Salí de casa dando un portazo para dejar clara mi posición una vez más, por mucho que no me quedara más remedio que agachar la cabeza y ceder. Llevaba mi mochila para ir a la playa a darme un chapuzón. Necesitaba relajarme. Pero al poco de entrar en el agua me picó una medusa. ¡Menudo dolor! Si no lloré fue por vergüenza. Me atendieron los de salvamento y, aunque con extremada lentitud, tanto el dolor como el enrojecimiento de la pierna fueron cediendo. Tras esa terrible experiencia, agotado, quedé dormido. Cuando desperté tenía la espalda tan roja como la nariz de un payaso. Abandoné la arena con la camiseta rozándome como si en lugar de haber sido confeccionada con tela lo hubieran hecho con cuchillas afiladas. La mochila la llevaba colgando de la mano con mi aromático bocadillo de chorizo dentro. Fue entonces cuando un perro que me pareció tan grande como un caballo se abalanzó sobre ella, tirándome al suelo. Yo traté de defenderme, dándole en el morro con la mochila y, como resultado, recibí un mordisco en la misma pierna y en el mismo lugar de la picadura. Llegué al hospital en ambulancia. Me curaron la mordedura, el esguince, una herida en el brazo, la quemadura de la espalda y me llevaron a casa. Llegué justo cuando ella estaba a la puerta hablando con su madre que vive en el piso de abajo. Mi suegra ya se iba, menos mal. Ya en casa, Maite comenzó a gritar sin preguntarme por mi evidente mal estado. ¿Se puede saber dónde te has metido? Ibas a la playa un par de horas y han pasado nada menos que siete y encima ni coges el móvil. ¿El móvil? ¿Dónde estaba mi móvil? Comencé a buscarlo por todos los huecos posibles de mi ropa. No lo encontré. ¡Y encima pierdes el móvil de quinientos euros! continuó chillando Maite. Pero, cariño, musité temeroso, mira como vengo. Le enseñé el pie vendado, las heridas del brazo y de la pierna, la espalda quemada. Me miró mosqueada y fue hacía mí como un toro de miura ¡Ya está! ¡Queda todo muy claro! Yo, toda la tarde haciendo las maletas, la tuya y la mía, y tú buscando excusas para no ir de vacaciones. No, si ya lo sabía yo, que con tal de no ir con mi familia eres capaz hasta de suicidarte. Pero mira que te digo, como mañana a las seis en punto no estés en la puerta listo para salir te pido el divorcio. ¡Te juro que te lo pido!,recalcó cruzando el dedo corazón sobre el índice y besándolos con rabia.. Quedé callado, más me valía. Llevábamos meses de discusión en discusión desde que sus padres tuvieron la brillante idea de celebrar sus bodas de noséqué con un crucero familiar. Nos acostamos pues ya era muy tarde pero no logré dormir porque la espalda me escocía, sentía la herida de la pierna como si el perro continuara mordiéndome, la del brazo me rozaba, el pie no sabía donde ponerlo. Si al menos estuviera en la cama podría estirarme o dormir boca abajo, pero en el sofá… Me levanté a las cinco de la madrugada, me arreglé y a las seis estaba a la puerta tan tieso como un guardia de seguridad. Bueno, dijo Maite sin mirarme, voy a llamar un taxi para ir al aeropuerto ¿llevas contigo toda la documentación? ¡Ehhhh? ¿La documentación? Mi cuerpo quedó envuelto de pronto por un sudor más que frío gélido. ¿La tienes o no?, preguntó mi mujer de muy malas maneras. Bueno, yo… espera… Mi mente iba a mil por hora, dónde tenía la documentación, es más, dónde estaba mi mochila con el DNI, el pasaporte, el móvil, el bocadillo de chorizo… Pero ¿cómo no me había dado cuenta antes de su falta? Comencé a ver negro y no sé qué paso a partir de entonces. Desperté en el hospital con un brazo roto y una conmoción cerebral. Y allí apareció la mochila con todas mis pertenencias, excepto el bocadillo de chorizo. Cogí el móvil con ansia para hablar con mi mujer de la que mi madre, mi única acompañante, no sabía nada. No me contestó pero comenzó a mandarme montones de fotos de lo mucho que se estaba divirtiendo en el crucero donde debía de estar yo aunque no me apeteciera nada y hubiera puesto muchas pegas para acabar cediendo de mala gana y al que, al final, no había podido ir en contra de mi voluntad. Por un lado me sentía feliz por haberme librado de unas horrendas vacaciones con toda la familia de mi mujer, incluyendo dos niños aspirantes al título de diablos. Pero por otro lado, que Maite me hubiera dejado abandonado en mis condiciones me dolía un poco. ¿Cómo lo había hecho? ¿Me había dejado a las puertas del hospital o en el portal de casa? Además, no contestaba a mis llamadas, ni respondía los wasaps, tan solo me enviaba fotos. Bueno, estaría un poco molesta pero ya se le pasaría, al fin y al cabo yo no tenía culpa ni de la medusa ni del perro ni del desmayo. De eso no podía acusarme. En unos días a mí me daban el alta, ella regresaría a casa y recobraríamos la normalidad en nuestras vidas hasta la próxima celebración familiar. Es que mi mujer tiene unos prontos de agárrate, pero se le pasan enseguida y seguro que llega feliz de sus vacaciones aunque yo no haya ido. Ay, esperad un momento que acabo de recibir un correo, a ver si es de Maite.

La habitación de Fidel se vio de pronto invadida por una multitud de personal médico y de enfermería; el paciente se ahogaba y se desmayaba a un tiempo, no sabían si de un ataque de ansiedad o de un infarto. En el suelo, el móvil con la pantalla rota dejaba ver las dos manos de Maite con los dedos corazones mirando al cielo, sosteniendo un papel donde se podía leer con nitidez: Solicitud de divorcio.


 

 

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Hiel y miel en vacaciones - Dori Terán

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El final del verano siempre dejaba impreso en el sentir de María una dulce- amarga nostalgia que no encontraba como describir. Desde muy temprana edad aquellos largos vacacionales veranos acababan con un sabor envolvente de alegría y pena a la vez. La confundía esta amalgama de emociones tan ambivalentes y dispares que conseguían la mezcla brumosa de los opuestos. Algunas veces paraba el motor de su veloz vida y buscaba una explicación racional a tan extraña conmoción.

Hoy lunes diez de octubre embebida en la contemplación del paisaje y de los arboles otoñales que muestran ya su vestido nuevo volvió a sentir la punzada de esa rara sensación. Quiso fundirse en el rojo cobrizo del arce y del serbal, en los ocres y marrones del abedul, en el amarillo del haya y el nogal… Siempre había deseado vivir como ellos, raíces ancladas en la tierra avanzando y creciendo bajo ella para abrazar y compartir a sus hermanos más cercanos y tronco y ramas apuntando al cielo, erguidos en busca de la luz, del sol, de la vida. Hoy lunes diez de octubre recompondría el recuerdo de sus veranos en la búsqueda de esa evolución y el origen de esta melancolía.

Desde muy pequeñitos, todo lo pequeñitos que puede evocar la memoria de María, mamá partía todos los veranos con ella y su hermano Juan, a Fuentesbravas. Los abuelos vivían en el pueblo y las labores agrícolas del verano eran pesadas y fatigosas, pero allí estaban las manos incansables de mamá que lo mismo segaban la mies que bieldaban los cereales o preparaban el cocido que todos compartían en la era. Vacaciones infantiles llenas de risas, juegos y cantos, de amigos y compinches, de imaginación al poder y exentas de la más mínima tristeza y que hacían desear la estación del verano durante todo el año.

Y llegó la adolescencia y los primeros amores tiñeron de ilusión el corazón de María y seguramente en esa experiencia se fijó también parte de ese sabor amargo que aún perdura. Carlos le ofreció un mundo romántico adornado por frases que la fascinaban al mismo tiempo que las manos del enamorado recorrían su cuerpo despertando en ella sensaciones desconocidas bajo besos apasionados. Pero un día María se encontró a Carlos besando a Lucia, la bella de la pandilla. Esa sensibilidad intensa que María siempre pone al respeto por la verdad, dejó una huella en su persona y en todas las relaciones amorosas que siguieron en sus días y la impronta de la desconfianza la acompañó siempre nublando la dicha.

¡Que sutilezas nos cambian la vida!

Fue en la juventud explosiva en belleza y vigor cuando María conoció a Román. Vivía en el pueblo y cuidaba sus ovejas. –“No es pastor”- decía su madre,-“Es ganadero”-. Pronto surgió entre ambos la llama de un amor sosegado como Román, ardiente como María. La paz y la ternura que inspiraba Román le devolvió a María la fe en la fidelidad de los hombres. Y durante muchos, muchos veranos, las vacaciones fueron una balsa de serena pasión, de espera ansiosa por el estío ya que Román se quedaba al final del verano atendiendo a sus ovejas y Fuentesbravas era el lugar de su felicidad y de la desventura de su separación pues María volvía a esa ciudad lejana donde se desenvolvía su vida entre la rutina cotidiana y la dulzura de los recuerdos.

Este último verano Román ya no cuidaba sus ovejas, mientras ellas balaban felices al abrigo del casar, el invierno crudo enfermó el cuerpo de su cuidador y su alma voló a otros lugares. María llegó a tiempo de tomar sus manos y así enlazados él pasó el túnel oscuro que lleva a la luz. Todos los años cuando la primavera termina de detonar sus colores, María vuelve a Fuentesbravas y revive toda su historia de amor. La alegría de los amantes y todos sus momentos felices, la tristeza de un adiós que yendo más allá del próximo verano deja abierta una puerta a la esperanza de un encuentro algún día, en la eternidad.

Ya conoce la procedencia de su nostalgia vacacional. La miel y la hiel de la vida la experimentó profundamente siempre en vacaciones.

Lleva su sabor.

 

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No quiero realismo... dame magia - Marga Pérez


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¡¡Por fin a Kenia !! ¡¡vacaciones!!...

No les tengo miedo, de verdad, me encanta África… los animales salvajes... Siempre quise ir de safari ¿Es que no te acuerdas?

...

Siempre soñé con ir en Land Rover entre jirafas, elefantes, cebras... ver hipopótamos, entre barro, pájaros raros...

Si, si, ¡claro! Los guías buenorros, muy buenorros: Negros, brillantes, musculosos... El sexo en la selva va a ser salvaje…

Si, todos tíos, pa chorba basto yo… ya…¡ son mis vacaciones!… Si, todo un mes ... ¡Qué menos! siempre puteadame las merezco ¿o no?

¿Es que quieres venir conmigo?... Voy yo sola…

Tu te lo pierdes… Voy a subir en globo. Entre nubes voy a flipar con el buenorro¿Qué coño quieres que te diga?… ¡Ya! Soy así…¡ Hazte un porro !… Hasta puede que me entiendas...

Pues no, no tengo miedo a nada…¡ Qué emoción! Bajaré por un río con cocodrilos … Nooo, no hace falta que sepa nadar, éso si, el agua ni tocarla no sea que me quede sin manos¡ja ja ja!¡No, no hay peligro! Tranqui, los guías son expertos, saben lo que se hacen ¡faltaría más !…

Si,si, estoy convencida ¡las vacaciones de mi vida!... ¿Sabes que voy a traer un mono?… ¡qué mal pensada!... como animal de compañía... son tan cariñosos…

Si mamá, te contaré ce por be todo lo que vea… Cuando vuelva... de lo que haga ni pío, ¡buena eres tu!… No hace falta que te rías con tanto descaro, sé que me criticas digo lo del sexo … Vale, vale, como siempre… Vale, cambiamos de tema…

- ¡¡Me voy de vacaciones!!… ¡¡A Kenia!!… - Grita entusiasmada.

- ¡Ehhhh, Carmela! ¡déjalo ya! quiero dormir…

- ¿Y qué coño haces tu ahí? Ni soñar puedo sin testigos...


Carmela regresa a la realidad mientras sus vacaciones se disipan, como fuegos de artificio, en la oscuridad de la celda. Las drogas y el aislamiento hacen que, llegada la noche, hable sin saber que lo hace ni que sea escuchada.

Y Carmela pasa así condena flotando entre fantasía, oscuridad, magia...¡ La realidad pa quien la quiera.

 

 

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La vida sobre ruedas - Esperanza Tirado

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Me gusta escuchar el traqueteo de las ruedas de las maletas nuevas. Suenan a ilusión, como a primer día de colegio pero sin colegio.

A vacaciones. A eso suenan.

Disfruto viendo la cantidad de tamaños, modelos y colores que hay. Cada viajero tiene la suya, casi igual a él. Como las mascotas, que dicen que siempre acaban pareciéndose a sus dueños.

La mía, mi maleta, que para mascotas no me da el sueldo de limpiadora en el hotel, es heredada de mi padre. De cuando se vino a trabajar a la ciudad, en la construcción. Es de esas de cuero duro, que pesa un quintal, de color marrón oscuro, y con dos cinchas gordas como cinturones de abuelo fofo. Está en el trastero, criando polvo, con los chismes que estorban en casa.

A veces subo; a ordenar, por nostalgia, por quitarme de las voces de la tele, que Juan parece que está disparando también al malo de la peli, y de las peleas de los chiquillos. Que los quiero mucho a todos, para eso los tuve y para eso me casé. Pero a veces un ratito a solas conmigo misma y mis pensamientos… Y una cervecita bien fría. O dos. Pero a ver quién me cogía escaleras abajo después. Un quinto piso sin ascensor.

Ya no estoy para juergas ni rondas de cervezas interminables con las amigas.

Ay, qué tiempos… A veces nos cruzamos por el barrio, nos saludamos, pero corriendo que tengo que ir a por el pan o a recoger a los chiquillos del cole, que mi Paco tiene turno de noche. Ya otro fin de semana nos juntamos.

Pero pasan fines de semana y pasa el tiempo y cada una a su vida.

Más tiempo y más vida hace que esa maleta llegó aquí. Vino para seis meses, lo que duraría la obra, le dijeron a mi padre. Pero aquí se quedó con ellos dos. Casi cincuenta años, o más. Ya ni me acuerdo cuando dejaron mis padres el pueblo. Puede que ni ellos mismos se acuerden. Yo ya nací aquí.

A veces imagino que cojo esa maleta y hago el viaje de vuelta. Como homenaje a ellos dos. Un recuerdo a su –nuestro- pasado del que no tengo imágenes, solo fotos antiguas de personas muy serias, vestidas de negro y con cara de hambre.

Pero esa maleta me cuenta que podría viajar, volver, pasear por el campo, conocer lo que mis padres dejaron atrás, Y saludar por las mañanas con un ‘¡Buenos días!’ bien alto. Aquí nadie te da los buenos días. Van todos con tanta prisa…

Pero ese pueblo, que no es mío, y ya casi ni de ellos, se quedó en la memoria de los tiempos.

Y ahora los tiempos son otros. Van aprisa, demasiado. Por eso todas las maletas llevan ruedas. Aunque estén de vacaciones, todos van corre que te pillo.

Madrugan mucho, desayunan tres veces por lo menos (eso nos cuenta Fran, el encargado de recoger las mesas cuando termina la hora del buffet, en la salita común a la hora del descanso) y ¡ale! a patear mundo.

Eso es lo mejor, los clientes madrugadores; porque mi compañera Elvira y yo entramos con el carrito de la limpieza y dejamos las habitaciones hechas en un santiamén.

Lo primero que vemos son las maletas, que se quedan siempre descansando a los pies de la cama. A veces, pocas, cuelgan la ropa en el armario para que se le quiten las arrugas.

Elvira es más curiosa que yo y abre puertas y cajones.

Mira Luisi, qué vestidazo. Qué maravilla. –Y hace como que se lo pone y baila.

Siempre se imagina historias de los clientes. ¿Para qué vendrán? ¿A dónde irán tan elegantes? ¿Qué comerán? ¿De bocatas o serán de pico fino y cinco tenedores? ¿Comprarán souvenirs para la familia? ¿Irán a ver El Rey León? ¿O serán cinéfilos gafapastas de versión original? ¿Gastarán el sueldo en ropa de marca?

Si están solo un día no abrimos el armario, nunca cuelgan nada. Pero si es un fin de semana largo, o un puente de esos de cinco días, descubres preciosidades. Y hasta la caja fuerte está cerrada. ¡Qué misterio!

Elvira se pirra por los tacones, pero ya casi nadie trae. Para alguna boda, pero ya se van viendo menos. Era gracioso verla pasearse con el bote de limpiabaños, el plumero y unos taconazos imposibles, desfilando habitación arriba y abajo.

Lo mejor son los pijamas a juego con las zapatillas. La gente se ha vuelto tonta con tanto muñequito de dibujos animados. Pero, sobre todo, las colonias. Me chiflan. A veces me echo un toquecito, un flus flus, que se esconde con el olor del desinfectante del baño. Se siente una como Marilyn Monroe, casi en una película.

Pero la peli dura poco. ¡Qué guarros son algunos! Hay que ver. A sus casas quisiera ir yo, a ver si dejaban los baños como si hubiera pasado Atila con trescientos caballos con la barriga suelta. Esos no traen maleta, sino mochila con mil bolsillos. Que luego vete saber dónde han puesto el agua, o la crema protectora o las tiritas para los pies. ¿Y qué más me dará a mí? Qué tonta soy a veces…

Los hay más curiosos, doblan las toallas que ya no quieren usar para que se las cambies, y te dejan una nota en la mesilla de noche.

Muchas gracias. Una estancia estupenda. Un hotel muy limpio y acogedor. Volveremos.’

No lo hacen, pero se agradece el detalle. Ya que te deslomas haciendo camas y limpiando váteres a mil por hora, que te den una palmadita en el hombro siempre reconforta. Si te pagaran quinientos euros más al mes, mucho mejor. Pero eso ya es una utopía.

Con esos sí que me iría de viaje, aunque fuera con la maleta vieja sin ruedas que mi padre se trajo del pueblo.

Me tomaría unas cañas, como antes, y hasta visitaría todos los museos que se me pusieran por delante. Lo que fuera, con tal de no estar escobilla en mano o riñendo en casa.

Menudas vacaciones me podría pegar.






 

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Escenas en el balneario venido a menos - Isabel Marina

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(*) Variaciones sobre un cuadro de Hopper



Soy el aire que enmudece cuando se acerca a los árboles que rodean la piscina, soy el aire que está quieto, como en un espacio congelado, alrededor de las toallas y los juegos infantiles.


Soy el sol que se cuela entre las copas de los árboles una tarde de agosto, cuando el calor ya empieza a descender y se presiente el fin del verano.


Soy esa atmósfera densa que rodea las paredes de cristal del balneario, donde parejas que ya no recuerdan que se aman sustituyen una caricia cansada por la compañía del agua caliente, ahora que están a las puertas de la vejez.


Soy esas hamacas que se han quedado vacías alrededor del jacuzzi, los ladridos del perro que ha quedado fuera del supermercado, atado, esperando a su dueño.



En el bar del balneario hay un hombre solo que lee el periódico. En realidad, querría leer versos, pero le da vergüenza que los otros turistas le vean. Uno siempre paga la osadía de ser distinto

 Cae la noche y en el restaurante se encuentran más solitarios. Parejas y grupos que se miran a hurtadillas. En realidad, nadie conoce a nadie, aunque lo disimulen, y están juntos por precaución, para no sentirse tan solos. Pero la soledad no es posible taparla, como no se puede tapar el óxido y la falta de mantenimiento del balneario venido a menos.


Soy esa llama que se apaga al final del pasillo, donde viajeros minuciosos cuentan las entradas a los museos de las ciudades que han visitado durante sus vidas y las guardan en una caja que queda para siempre debajo de la cama.


La turista irlandesa pasea a su perro en un coche de niño. El perro está muy viejo y apenas puede andar. Ya sabemos que puede parecer patético, pero la turista sabe la verdad: que por mucho que se engañe, lo único que tiene es este perro que está tan viejo. Hay que reunir coraje para eso, para llevar a tu perro viejo y casi ciego en un carrito de niño y que no te importe lo que piensen los demás.


El hombre que lee el periódico la mira de reojo y se enciende la admiración en su pecho. Al menos ella no disimula. Él no tiene más remedio que sumergirse en el periódico, en las fugaces noticias de hoy, que arden como en una pira continua, cuando en realidad querría estar leyendo versos.


En una de las mesas hay una familia. Uno de los hijos es extraño, el raro, tiene una sensibilidad enfermiza y todos lo saben. Él mira a su padre y siente pena, una pena muy grande, porque trabaja demasiado y cree que puede hacerles felices con este viaje, con los toboganes en la piscina y las visitas a los parques temáticos de alrededor.


Por la noche se enciende la máquina de la felicidad. Eso nunca falla. Los animadores se enfundan sus plumas y sus vestidos de lentejuelas y bailan para los turistas. Un grupo de ellos imita sus gestos, y todos acuden a la playa privada del hotel para seguir bailando una danza donde cada movimiento está milimetrado. Allí se sacan muchas fotos para demostrar después a sus allegados que han sido felices.


El chico que hace las pizzas bebe para olvidar, y también canta y se ríe de los turistas, aunque los ame tiernamente.


También hay sexo por encargo. Y sexo por soledad, como el de la joven austriaca que mira a la española e intenta besarla. No entiende que un beso como ese solo es materia para el olvido, en definitiva, algo tan triste que da pena hasta ponerlo en práctica. O más bien algo tan cansado y desprovisto de belleza y autenticidad que da lástima y pereza. Así que la española, aunque se siente atraída por la turista, decide no besarla. Mira insistentemente el piano de cola del bar-club. Sueña con un artista que venga a tocarlo, un negro guapísimo como el protagonista de sus sueños, un hombre sensible que se enamorará de ella y la hará feliz. La española se avergüenza de sus sueños, y no lo confesaría ni ante un potro de tortura.



Soy ese resto de los gin fizz que quedaron en la última mesa del bar.


Soy el vestigio de la barra de labios en la boca de la austriaca, que se vuelve enfadada a su habitación, después de no haber conseguido besar a la chica española. Vino al balneario pensando que las españolas eran muy alegres. Pero son demasiado tristes.


Soy esa mañana que quiere comenzar demasiado pronto, los platos del desayuno que el camarero del primer turno va colocando ordenadamente, a la espera de los turistas.


Soy, ya de madrugada, el llanto de ese niño, el hijo del hombre que trabaja demasiado. El niño quiere volver a su casa. No necesita entretenimientos. Sólo necesita que su padre no trabaje tanto y esté tranquilo.


Soy la luz sobre el cuadro de Hopper que decora el hall del hotel, cuando todos están durmiendo y solo el lector del periódico se da cuenta de que son protagonistas de ese lienzo aunque se lo quieran ocultar a sí mismos.




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Las vacaciones me abrieron los ojos - Pilar Murillo

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Estábamos en diciembre cuando llamó la hermana de mi madre para invitarnos a pasar las navidades al pueblo donde nacieron las dos, mi tía y mi tío tenían un negocio, un bar junto a su marido. Muchos años íbamos porque así mi madre le ayudaba en fechas tan señaladas.

Yo hacía unos meses que había cumplido los dieciocho, tenía novio y aunque me apetecía ir al pueblo, pues tenía su encanto, no quería dejar a Sergio solo, porque últimamente lo notaba frío y distante y me imaginaba que si lo dejaba solo dos semanas, al volver me encontraría compuesta y sin novio, como se suele decir, no es que fuese desconfiada por costumbre me parecía un buen chico y no creía que fuese de esos de tener doble personalidad, porque era más bien parco en palabras con la demás gente que no fuese yo, era bastante tímido. Para enrollarme con Sergio, tuve que ser yo la decidida, y nunca me tuve por lanzada, más bien sincera, total estábamos en los ochenta, la mujer estaba saliendo de ciertos estereotipos, empezábamos a ser algo más libres.

Le dije a mi madre que sin Sergio no me iba con ella.

-Tú estás loca ¿Qué van a decir tus tíos si llevas a un chico contigo?

-Entonces os vais sin mí. Yo me quedo aquí.

-Peor me lo pones. ¿Quieres estar en boca de todo el barrio?

-Si tanto te importa el qué dirá la gente es que no me quieres.

- ¿Cómo no te voy a querer? Tú estás tonta.

-No me quieres mamá, porque si fuese así, desearías mi felicidad. O va Sergio o me quedo.

Mi madre no tuvo más remedio que entrar por el aro. Yo era mayor de edad ante la ley y ella sabía lo rebelde que podía llegar a ser. Por las buenas muy buena, pero por las malas…, sí o sí la iba a montar así que me dijo un “Ya veremos” bastante resignado.

Lo cierto es que cuando llegó el día Sergio estaba con su maleta, a mi ladito, esperando el tren que nos llevase a mi madre, a mi hermano mayor y a nosotros a aquel pueblo que tenía su encanto. No era pequeño, pero no llegaba a ser una villa, todos los habitantes vivían del campo y del ganado. Una vez allí haríamos planes de ocio y viviríamos juntos en casa de mi familia.

Llegamos por la tarde, a penas dos horas de viaje entre mi ciudad y el pueblecito. Presenté a mi chico a la familia, mi tía no disimuló al mirarlo y luego mirar a mi madre que se encogió de hombros.

Nos asignaron habitaciones, yo dormiría con mi madre, aunque ya llevaba un año acostándome con Sergio en camping o en casa de sus padres cuando no estaban. La habitación de mamá y mía al fondo del pasillo a la derecha y enfrente había un cuarto de baño pequeño. Mis tíos a continuación, Sergio frente a la habitación de los tíos y mi prima Macarena en la habitación de la entrada, de frente a ella estaba la cocina y a continuación un baño completo y más grande que el primero mencionado. Entre la habitación de mi prima y Sergio había un salón. El bar estaba justo abajo.

Sergio, mi prima y yo nos quedamos hablando en la cocina, después de cenar, mi prima y yo no parábamos de hablar con entusiasmo y yo no me estaba fijando y la cara de pasmado que se le había quedado a Sergio cuando miraba a Macarena, una chica con curvas, rubia, de ojos verdes, vestía como Madonna en la película “Quién es esa chica”.

Éramos bastantes diferentes mi prima y yo, ella salió a su madre y a la mía y yo a mi padre, pero también atractiva aunque morena de pelo y piel.

Pensé que estando de vacaciones todo sería mucho mejor entre Sergio y yo, que volvería a ser el que antes era. Allí no había mar, pero había un río de mucho caudal, ese era mi recuerdo de la adolescencia, no tan lejana donde mi prima y sus amigas íbamos a tomar el sol y nos bañábamos en el río. Luego pasábamos por casa de mi tía, nos duchábamos y nos arreglábamos para salir a la sala de juegos, allí jugábamos al billar o al futbolín o a los videojuegos de las maquinas esas gigantes, luego entrabamos en el único pub del pueblo a tomar una Coca-Cola. Pero era invierno. Menos lo de bañarse en el río que más bien se podía patinar sobre él, podíamos hacer todo lo demás. Mi prima y yo hicimos de guías para Sergio. Él parecía encantado y yo de verle así estaba super feliz. Allí no íbamos a tener momentos para los dos solos, pero en un momento dado que estábamos en el pub mi prima vio a unos amigos del pueblo que estudiaban fuera y quiso ir a saludarlos.

-Os dejo solos tortolitos.

-No tienes por qué hacerlo, nos encanta tú compañía.

¿Cómo? ¿Sergio hablando sin que le pregunten? “Me pareció que no era mí Sergio, bueno, ese era el error que nadie pertenece a nadie.

A la semana de estar allí mientras me estaba duchando llaman a la puerta del baño, era Sergio con voz feliz que como tardé tanto en levantarme y él llevaba un rato aburrido que se iba con Macarena a visitar el pueblo de al lado. No me dio tiempo a replicar nada. Cuando salí envuelta en la toalla, fui a mi habitación y me asomé a la ventana. Ya se habían ido.

Así con la toalla envolviendo mi cuerpo me tiré sobre mi cama, la de mi madre ya estaba hecha, miré a la mesita y cogí mi walkman y lo encendí para escuchar al grupo “Alaska y Dinarama” sonaba “Cómo pudiste hacerme esto a mí” y comencé a comerme el coco. Tardaron dos horas en volver. Yo me había ido yo sola a jugar a la maquina del bar de mi tía.

Cuando regresaron yo tenía una cara de mosqueo difícil de cambiar o de disimular.

-¿qué te pasa? _Dijo mi prima.

-Nada, _Le contesté muy seca.

-¿No tendrás celos de tu prima? -Dijo Macarena riéndose_ Qué no te lo voy a comer. Lo que me sobran a mí son pretendientes y no los quiero. Estoy muy bien sola.

Cogí a Sergio de la mano y me lo llevé a paso ligero cerca de la iglesia que a esas horas no pasaba nadie por allí. Le canté las cuarenta, sin darle gritos, pero sí con la voz más alta de lo acostumbrado.

-¿Tú me quieres? _Le pregunté.

-Sí.

-¿Pero me amas? _ Silencio por respuesta_ Dime la verdad.

-Mira, Carlota, yo te quiero, pero hace tiempo que ya no te amo.

-¿Y por qué has seguido conmigo?

-Porque acababa de morir tu padre y no quería hacerte más daño.

-Está bien. Tú te vas hoy o mañana, pero te vas de aquí.

El quedó descompuesto. Lo volvió a llevar Macarena a la ciudad a que comprase un billete de tren para el día siguiente. Todos descubrieron que nos habíamos dejado, mi madre con cara de desaprobación por haberlo invitado y mi tía lo mismo.

Pasaron las horas y sonó el teléfono. Mi prima llamaba a mi tía para decir que no la esperase a dormir que había llevado a Sergio a su ciudad y que sus padres la invitaron a quedarse para no conducir de noche.

Le arrebaté el teléfono a mi tía.

-Macarena, que se ponga Concha… Sí, la madre de Sergio…. Ah ¿que no está Ahí? ¿Y su padre?.... Me ha colgado.

-¿Cómo que te ha colgado? _Dice mi tía_

-Estos dos se han liado en mis narices.

-Mi hija no le hace esas cosas a nadie y menos a su prima carnal.

-Teniendo en cuenta que su madre hace casi treinta años lo hizo…_Dijo mi madre.

Y ahí las dejé discutiendo como cuando eran adolescentes mientras yo me metí en la habitación a llorar de rabia, pero solo diez minutos, luego debía seguir con mi vida y eso era hacer las maletas para irnos al día siguiente.

Cuando desperté desee que fuese un sueño, pero fue verdad y una dura experiencia de vida que me haría crecer, aún era muy joven y me esperarían más fracasos y aciertos.

Mi madre y mi tía se enfadaron solo unos meses, hasta que una de ellas llamó a un programa de televisión y se perdonaron en público. Fue muy emotivo.





 

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Tibores - Marian Muñoz

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¡Pero qué cotilla es Macarena! no hace más que preguntar por mis vacaciones y no le vale un “muy bien” sino que quiere detalles para luego chismorrearlos a toda la oficina. No tengo el cuerpo para contarle nada y mucho menos para recordar a pesar de que el viaje del año pasado fue genial.

Eran las primeras vacaciones de verdad después de la pandemia, la cual pasé encerrada en casa, primero por el confinamiento y luego por la restricción de movilidad. Además de tele trabajar aproveché para sacarme el B1 y el B2 de inglés y francés, una forma de desempolvar mis conocimientos adquiridos en el colegio. Para practicar navegaba por internet leyendo periódicos en dichos idiomas además de informarme sobre ciudades o lugares de interés para visitar en cuanto hubiera ocasión. Trasteando por páginas de aquí y de allá apareció una de intercambio de viviendas (las malditas cookies), parecía estar bien organizada y con fotos espectaculares, aunque no mostraban todo el contenido hasta estar registrado en su página web.

Suelo planear las vacaciones estivales con dos amigas y compañeras de oficina, Marisa y Belén, como el tema parecía interesante lo comenté con ellas para pulsar su parecer. La página era de Suiza, sopesamos incluso viajar en coche hasta allá para así poder tener libertad de movimientos y disfrutar de un turismo intensivo. Hablamos de quien se iba a registrar y qué domicilio ofertar, lógicamente salió el mío, Belén tenía aún pendiente de acondicionar su casa tras el incendio de la cocina al no tener seguro de hogar y el piso de Marisa sólo tiene una habitación además de una cocina pequeña unida al salón, no daban el perfil deseado que requería la página. No tuve más remedio que tragar y teniendo tres dormitorios más salón y cocina independiente resultaba el más adecuado.

Mientras me registraba, hice fotos impersonales de las habitaciones y realicé una leve descripción del entorno. Belén se encargó de planear la ruta y Marisa los hoteles para el camino. Estábamos muy ilusionadas, Suiza era buen destino al contar con ciudades y localidades muy atractivas. Mi duda era el idioma, aunque esperaba que mis conocimientos permitieran desenvolverme bien por aquella tierra. La oferta muy variada e interesante, lo difícil era elegir tanto la localidad como la vivienda o piso a intercambiar. Ya nos habíamos decantado por una cuando llegó a mi correo una solicitud, no se trataba de un suizo sino de un danés que ofrecía su casa justo en las fechas que nosotras queríamos viajar. El propietario se comunicaba en inglés, pero intercalaba frases en español para una más fácil comprensión de su interés. Las fotos eran para quitar el hipo, un edificio moderno de dos plantas con terrazas, jacuzzi, televisión en los tres dormitorios además de una enorme en el salón. Una cocina de revista y vistas espectaculares a un acantilado y a una montaña. Rápidamente las convoqué para hablarles de ésta nueva opción quedando prendadas de la oferta.

Esa misma tarde Marisa buscó diferentes vuelos para Copenhague y conexiones al pueblo de Mullenhorf, en la costa norte, casualmente a tan sólo veinte minutos en tren de la capital. Dudaba si aceptar el intercambio pues temía que fuera un timo, que la casa no existiera o que la persona que había contactado no fuera realmente el propietario. Busqué su nombre por internet, así como en Facebook, lo que vi me convenció de ser una persona de carne y hueso con una vida real y una familia, tras mucho pensarlo decidí arriesgar y acepté. Jugaba a mi favor la baza de que mi vecina de puerta era la encargada de darle la llave y vigilar que todo discurriera con normalidad. Metí en cajas mis efectos más personales y de valor para llevarlos al trastero, aprovisioné la nevera con suficientes alimentos para un día además de dejarles algo de cena preparada según las normas del grupo y tomamos rumbo a Dinamarca.

Unos ciento cincuenta euros nos costaron el avión ida y vuelta además de una tarjeta interrail para movernos por el país. El viaje hasta el aeropuerto sin problemas, tuvimos que coger el metro hacia la estación del ferrocarril y con las paradas en danés nos costó pillarlo, menos mal que la gente era muy amable y nos indicaban por dónde ir. Llegamos al pueblo y mediante una aplicación en el móvil de Marisa encontramos la vivienda. Cruzamos los dedos para que la llave estuviera bajo una estatua delante del portón de entrada. También rezamos para que la clave de desconexión de la alarma fuera cierta. Una vez dentro comenzamos a reír nerviosas y cansadas, del estrés del viaje caímos redondas sin siquiera cenar. Después de echar un rápido vistazo Belén enseguida repartió los dormitorios, me dejaron el principal con baño en su interior, la noche llegó de improviso así que, sin deshacer las maletas, me metí con una camiseta bajo el edredón nórdico de plumas y hasta el día siguiente.

Al levantarnos comimos un desayuno pantagruélico uniendo a la ingesta lo que nos habían preparado para la cena, estábamos realmente hambrientas. La primera jornada la dedicamos a situarnos, caminar por los alrededores buscando tiendas de alimentación, bares o cafeterías y observar en busca de museos o lugares típicos para visitar. Tras almorzar en un Burger y comprar en un supermercado regresamos cansadas, fue Marisa quien propuso un bañito en el jacuzzi, aprobada la moción sugirió que fuéramos desnudas, ya que debido al alto vallado de la finca nadie nos podía ver. Comprobamos antes que no hubiera cámaras de vigilancia o alguna que pudiera estar grabando y confiando en nuestra buena estrella, corrimos por el jardín en pelota picada y riéndonos a carcajadas. He de decir que aquellas burbujas y el agua tan caliente nos subió la lívido y estuvimos un tanto salidas.

No es que seamos lesbianas, aunque creo que Marisa sí lo es, tanto a Belén como a mí nos gustan los chicos, pero ante un buen rato de placer no le hacemos ascos y desde la primera vez en Disneyland París, solíamos hacer un ménage á trois muy placentero, siendo Marisa siempre quien lleva la batuta aportando juguetitos nuevos o posturas raras con las que nos partimos de risa además de gemir de placer. Las vacaciones tenían visos de resultar muy placenteras.

La vivienda estaba decorada estilo minimalista, algunos cuadros en las paredes, repisas y estanterías con muchos tibores de diferentes colores y diseños, unos más austeros y otros más floridos, descubrimos que en la zona de abajo había un taller cerámico, era evidente que alguno de los propietarios le gustaba crear jarrones, una pena que al tener tapa no pudiesen servir para decorar con flores. Si bien los grandes ventanales carecían de cortinas el asistente de voz que también entendía el español nos cerraba las persianas en cuanto se lo pedíamos, deseaba que mi casa más rústica y con escasa tecnología resultara agradable a los daneses. Rosa mi vecina no me llamó en ningún momento, señal de que todo iba bien igual que a nosotras.

Los días transcurrieron haciendo turismo, paseando por la playa cercana o visitando un par de veces Copenhague, todo iba viento en popa y disfrutando a tope de unas vacaciones inolvidables. Dos días antes de marcharnos visitamos un mercadillo por las fiestas del pueblo, una calle llena de casetas y puestos donde ofrecían alimentos, ropa, artesanía, bebidas. Aprovechamos para comprar algún recuerdo y sobre todo curiosear, fue en uno de cerámica atendido por una chica que al oírnos hablar español también lo hizo. Era de Almería y llevaba allí unos quince años, nos preguntó si podíamos quedar por la tarde para charlar e informarla de cómo iba el país. Nos pareció interesante y nos vimos en una cafetería del centro, contó un poco su vida y curiosidades del lugar. Al preguntar por nuestro alojamiento y responderle quiso saber qué opinábamos sobre los tibores, ya que conocía a la dueña al coincidir en un curso de cerámica. Nuestra respuesta no le satisfizo porque volvió a preguntar si teníamos conocimiento de lo que contenían aquellos jarrones. Ciertamente somos curiosas, pero también respetuosas con lo ajeno y no se nos ocurrió mirar en su interior. Acto seguido nos informó que los jarrones o tibores son urnas que contienen cenizas de migrantes fallecidos. Algunos intentan cruzar hacia Suecia o Noruega de polizones, pero si les encuentran al llegar a puerto, las autoridades sancionan fuertemente al capitán del barco y si es reincidente le prohíben volver a atracar en aquellos países, por esa razón cuando el barco está en mitad del viaje vuelven a inspeccionar por si algún polizón se ha colado, si lo encuentran le colocan un salvavidas y lo echan al mar. La mayoría no sabe nadar y aunque supieran las aguas están tan gélidas que pocos sobreviven, arrastrando las corrientes los cuerpos a la costa cercana al pueblo. La dueña pertenece a una ONG que los recoge, les hace una ficha con todos los datos que puedan recabar, incluso una foto, y los incineran. Ella crea las urnas, todas diferentes y en la parte de atrás incrusta un código QR con la información de quien contienen. Suele esperar cinco años por ver si a través de algún organismo u ONG los reclaman y después los lleva al cementerio. Los tiene en su casa porque esas personas han arriesgado sus vidas en busca de un futuro mejor y en esos cinco años les proporciona el calor de su hogar.

Las tres quedamos impactadas, haber vivido y tenido sexo durante esos días a la vista de una docena de muertos no eran nuestras vacaciones planeadas, los propietarios no informaron supongo por temor a no aceptar el intercambio. Esa noche no pudimos pegar ojo, es como si nos sintiéramos observadas, al día siguiente hicimos las maletas, buscamos alojamiento en la capital poniendo pies en polvorosa. El viaje de vuelta en avión fue bueno y al recuperar mi piso no dejaba de sentir un mal sabor de boca. Me sentía frívola y egoísta por pretender simplemente conocer y divertirme en otro país mientras existen personas que fallecen intentando tener una vida mejor.

En Navidades dije a mis sobrinos que aquel año no habría regalos, haría una donación en su nombre a una ONG, si querían desgravarla me tenían que dar el DNI.

A día de hoy y cuando los compañeros están preparando con ilusión sus próximas vacaciones veraniegas, ni Belén ni Marisa ni yo tenemos ganas de tenerlas.



 

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