Sueños de diseño - Esperanza Tirado


 


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Por más que grita, desgañitándose, no es capaz de soltar toda la rabia acumulada que le han dejado en el cuerpo las promesas de los guapos hermanos constructores. A los que ya no ve tan guapos. Aparte de que han hecho adelgazar su cuenta corriente, que está bajo mínimos históricos.

Pero desde que puso la vista en aquella casa, ‘única, para darse un capricho’, según rezaba el anuncio de la inmobiliaria, no pudo resistirse y se tiró a la piscina. Sin agua, porque aún no la habían construido.

Su maravillosa casa soñada, de diseño de revista, se quedó en un esbozo de ordenador, traspasado a un telón; que hacía las veces de valla ante ojos indiscretos. Los suyos incluidos.

Su dinero voló, su casa se convirtió en su ruina, su paciencia se fue lejos. Y los hermanos desaparecieron de su vida, trepando chimenea imaginaria arriba, cual malvados Papás Noeles. Volatilizando así sus sueños de diseño vanguardista.

De vuelta a la casa de sus padres, en su diminuta habitación de adolescente, llena de posters de otros que también eran guapos y que ya tampoco existen, sigue ojeando revistas de decoración, con el alma dolorida por lo que no pudo ser.

A pesar del engaño, a pesar de la rabia que aún no ha terminado de fluir, sus sueños de diseño de interiores continúan latiendo insistentes.

Paciencia, vuelve, susurra ella, cada vez que pasa una hoja y suspira deleitándose en un diseño más maravilloso que el anterior.


 

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Y a nadie le importa - Marga Pérez

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Ella decidió, después de años frente al televisor, que no volvería a ver noticias, ni programas de tertulia política, ni debates. Tampoco volvería a leer periódicos, ni a escuchar la radio, ni a admitir watsaps que la alteren, ni hablaría, además, con quienes no fuesen tolerantes ni tratasen de ponerse en su lugar…

La rabia es mucha. Está cansada de ir contra corriente, de sentir que está siempre en el mismo punto… de ver que nada avanza.

En medio de la rabia decidió cambiar el televisor por la contemplación de las llamas. Dormita frente a la chimenea y a ratos lee y se evade del malestar de su inoperancia . Sabe que todo irá a mejor. Sabe que sólo es cuestión de tiempo. Lo sabe… puede esperar.

 

 

 

 

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El último adios - Pilar Murillo

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Me llamo Saladina Escribano. Me acabo de separar de mi novio, bueno hace ya un año durante el cual estuve hundida.

Conseguí salir de aquél estado de tristeza y decidí mudarme a otra ciudad. Todo lo que fuese para enterrar el pasado.

En esta ocasión decidí vivir en una casa a las afueras de la ciudad, concretamente donde termina y comienza la aldea.

La casa era una ganga, era de principios del siglo pasado, demasiado grande para mí sola, pero siempre me han gustado las casas indianas.

La primera noche que pasé en ella había ruidos, pero me dije a mi misma que las casas viejas donde hay mucha madera meten ruido como si tuviesen vida propia.

Al día siguiente comenzaba una señora para ayudarme con la limpieza y me comentó que ella no dormiría jamás en una casa tan grande. Ni caso le hice, yo soy bastante escéptica para esas ideas de fantasmas, siempre encontré una lógica para todo ello.

Dentro de mi apareció la rabia hacia mi expareja. Estaba pasando de la negación a ese sentimiento de querer odiarlo.

Lo que voy a relatar va a parecer increíble porque yo misma no lo creería si no lo hubiese vívido.

Aquél día de otoño hacia bastante frío y hacia las ocho de la tarde comenzó una fuerte tormenta.

Había una chimenea en la biblioteca. La estancia era amplia, situada en el piso de abajo donde decidí ponerme a leer después de meterme entre pecho y espalda unos suculentos manjares. (Ensalada mixta). Tenía encendida la chimenea desde las siete de la tarde. En poco tiempo calentó la biblioteca.

A un metro del fuego y a tres cuartos frente a él había colocadas dos butacas de piel en color marrón. En una de ellas me había sentado a leer, y no sé cuándo me quedé dormida. Desperté con las doce campanadas de un reloj que desde hacía un mes que vivía allí, jamás había sonado, es más no funcionaba. Luego miré a la butaca de al lado y allí estaba Pablo, mi ex. Me sobresalté pero no pude articular palabra. Sentí un frío helado a pesar de que aún había rescoldos. Tenía que ser visible mi incómoda al verlo. Me sorprendí a mi misma quedándome muda. No pregunté qué hacia allí, me limité a quedar con cara de tonta y a escuchar, porque inmediatamente comenzó a decirme que necesitaba que lo perdonase por el daño que me había causado, que la vida es un soplo de aire y no merece la pena estar enfadados. Luego me dijo adiós y lo acompañé a la puerta, yo misma se la abrí para que se fuese. Ni se acercó a darme un beso, cosa que le agradecí enormemente en ese preciso instante.

Al día siguiente la alarma de la radio se activó y seguidamente se oyeron las noticias. Lamentaban la pérdida del famoso escultor Pablo Trancazo que se había estrellado con su coche a la media noche en la autopista.

¿Soñé que lo vi a la hora de su muerte? ¿Lo vi realmente? Estas incógnitas las dejaré para mí. Solo yo sé lo que ocurrió.

 

 

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Cafés de media tarde - Gloria Losada

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La cucharilla de café cayó al suelo haciendo un ruido de mil demonios. Me quedé

 mirándola un rato, como si estuviera viendo un objeto extraño, porque extraño

 era el lugar de donde había salido disparada, de mi bolso al tratar de sacar un

 paquete de pañuelos que finalmenteno encontré. Me agaché y la recogí. Era

 bonita, antigua, con el mango repujado, aunque estaba un poco amarilleada tal

 vez por el paso del tiempo, o puede que fuera así. Le di unas cuantas vueltas en

 la mano mientras intentaba dilucidar cómo había llegado a mi bolso. No tenía ni

 idea y finalmente pasé del tema. Estaba demasiado cansada como para pensar

 en tonterías, así que tiré la cuchara en el fregadero y me fui directa al dormitorio

 para ponerme el pijama, hacerme luego algo de cenar y sentarme un rato en el

 sofá a ver la tele hasta quedarme dormida, como siempre. Desde hacía dos años

 trabajaba como traductora en una agencia. Había mucho trabajo y mis jornadas

 eran agotadoras, tanto, que la mayoría de los días ni siquiera me daba tiempo a

 comer en casa y lo hacía en un pequeño y acogedor restaurante que había cerca

 de la oficina. Cuando finalmente regresaba al dulce hogar lo hacía mentalmente 

agotada, sin ganas nada, mucho menos de investigar la procedencia de una

 cuchara. Pero cuando apareció la tercera cucharilla la cosa cambió. Ta

 pareciera  que me fuera a nacer una cubertería en aquel bolso. La segunda se 

me salió del mismo al sacar la cartera en el supermercado, la tercera la encontré

 yo misma al rebuscar un paquete de chicles. Las tres eran iguales, idénticas, con

 el mismo tono amarilleado y de tanto verlas acabaron recordándome algo, no

 sabía qué, pero era como si yo las hubiera utilizado en algún momento de mi

 vida. Lo que estaba claro es que alguien me las estaba metiendo en el bolso no 

sé con qué propósito, así que tendría que vigilarlo muy de cerca.


Durante el fin de semana me dediqué a hacer limpieza de objetos inservibles.

 Tenía elmueble del salón a reventar y estaba segura de que muchas de las cosas

 que contenía eran estupideces, pues yo era de las que guardaba por si acaso con

 demasiada frecuencia. Me puse a ello con brío y cuando abrí una caja de cartón

 que contenía viejas fotos me di de bruces con una que guardaba con especial

 cariño. Había sido sacada durante mis años de universidad, en la habitación de

 la residencia de estudiantes en la que vivía y allí estaba con Carlos, mi novio de

 juventud, tomando nuestro café de media tarde, como todos los días. Carlos y yo

 nos conocimos precisamente en esa residencia, aunque él estudiaba

 Empresariales y yo Interpretación. Nos caímos bien desde el principio y

 enseguida nos hicimos novios. Todas las tardes, entre estudio y estudio,

 hacíamos una parada obligada. Nos tomábamos un café y dedicábamos un ratito

 al descanso y a la charla. Fue así durante todos los años de carrera. Nos

 queríamos mucho y éramos muy felices, o al menos eso creía yo, porque cuando

 finalizamos nuestros estudios y cada uno regresamos a nuestras ciudades

 respectivas, que no estaban cerca, Carlos desapareció de mi vida. Gradualmente

 dejamos de tener contacto y un día me dijo que la distancia era un escollo difícil

 de sobrellevar y que era mejor dejarlo. Y lo dejamos. Yo lloré mucho y me juré a

 mí misma no volver a querer nadie. Si el amar a alguien llevaba consigo también

 sufrimiento yo no quería sufrir. Hasta entonces había cumplido mi promesa y

 aunque al principio mi odio hacia Carlos había sido visceral, con el tiempo

 aprendí a aceptar su abandono y a valorar solo los preciosos momentos que

 habíamos pasado juntos, que eran muchos, entre otros, aquellos cafés de media

 tarde. Y la foto que en aquellos momentos sostenía en mis manos era fiel

 testimonio de nuestra felicidad. Y la cucharilla que estaba posada en el plato que

 yo sostenía entre mis manos parecía igual a las que nacían en mi bolso.Me puse

 nerviosa solo de verla. La foto tenía bastante calidad, así que le hice a su vez

 otra foto con el móvil, la aumenté y... no cabía duda, era una cucharilla gemela.

 Pues muy bien... y qué. Ni que no hubiera por ahí cubiertos iguales a montones. 

Solo se trataba de una coincidencia. Ni yo conservaba aquellos objetos que se 

veían en la foto ni creo que Carlos lo hiciera y aunque así fuera, evidentemente,

 era imposible que las dichosas cucharillas fueran la misma. Así que nada,

 despaché el ramalazo de melancolía que me había entrado al ver a mi novio

 fallido y seguí a lo mío.


El lunes, al volver al trabajo, intenté no perder mi bolso de vista. Así hice durante

 aquella semana, después descuidé la vigilancia y lo cierto es que no aparecieron

 más sorpresas en su interior. Me olvidé del tema y me dediqué a disfrutar del

 verano que se avecinaba. Aquel año nos habían puesto jornada intensiva y

 teníamos las tardes libres. En agosto vacaciones. A tomar por saco las

  cucharillas. 

 

Pero en octubre, con el regreso a la rutina, apareció la cuarta cucharilla, y eso

 que había cambiado de bolso. Me lo tomé a risa y me entró una curiosidad

 tremenda sobre el quién y el porqué. Volví a vigilar y en el trabajo nadie se

 acercó a mi bolso, pero cual no sería mi sorpresa cuando un día, de regreso a

 casa, al sacar la tarjeta del bus, a su lado estaba la quinta cucharilla. Me entró la

 risa floja. Ya no sabía qué pensar, pero estaba empezando a tomar forma la idea

 de que alguna fuerza sobrehumana colocaba las malditas cucharillas en mi

bolso. La explicación fue mucho más sencilla. Todo cobró sentido cuando

 apareció la sexta cucharilla, esta vez no en el bolso, sino con el café que siempre

 me tomaba después de comer, en el restaurante. Nunca me hubiera imaginado 

que procedieran de allí, aunque en realidad fuera lo más lógico. En cuanto la vi

 encima del plato la identifiqué e inmediatamente llamé al camarero. Cuando se

 acercó lo sometí a un interrogatorio en toda regla.


--¿De dónde has sacado esta cucharilla?
--De la cocina.
--¿Y quién las mete en mi bolso?
--No sé de qué me estás hablando.
--Claro que lo sabes. Desembucha de una vez.


Y así estuvimos al menos cinco minutos, él que no y yo que sí. Hasta que alguien

 se sentó frente a mí. Era mi novio Carlos. Veinte años más mayor, con menos

 pelo, barba y gafas, pero la misma sonrisa picarona.


--Te reconocí en cuanto te vi –me dijo— y empecé a meterte las cucharillas en el

 bolso para remover tus recuerdos. Nuestro café de media tarde.... Qué felices

 fuimos. La verdad es que durante estos años no te he podido sacar de mi mente.

 Pero no pensé que te volvería a encontrar aquí, en Madrid y en mi restaurante.


No daba crédito. A nada. Ni a la estupidez de las cucharillas, ni a que fuera

 dueño de mi restaurante preferido, ni a santo de qué aparecía de nuevo en mi

 vida.

--Sí, muy felices, por eso me dejaste a la primera de cambio. ¿Y ahora qué

 pretendes? ¿Comprar mi amor con media docena de cucharillas?


Me miró con cara de idiota. Supongo que ni por asomo se esperaba mi respuesta.

 Me levanté y me fui, no sin antes llevarme la sexta cucharilla. No volví por el

 restaurante, fue lo que más me dolió. Las cucharillas eran de plata y un 

anticuario me dio una pasta por ellas. Fue el precio que le cobré a mi Carlos por

 haberme dejado sin los cafés de media tarde.

 

 

 

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Cosas que pasan - Marian Muñoz

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La cucharilla de café cayó al suelo pegando un par de botes antes de detenerse bajo la cama.

Sandra no la oyó.

Estaba ensimismada buscando en su memoria sentimientos de ternura y felicidad que habían motivado acercarse a Raúl, que la enamoraron y la conquistaron durante tantos años. Intentaba insistentemente navegar por los resquicios de su mente para poder una última vez revivir aquella sensación maravillosa que la hizo sentirse grande, poderosa, invencible, sentirse la mujer más dichosa que habitaba la tierra. Le estaba costando, sí, aunque no cejaba en el intento.

Cayó la taza al suelo rompiéndose en pedazos incontables, el ruido esta vez fue mayor.

Sandra seguía sin oír.

Continuaba tan abstraída rebuscando en su pasado que la mente hacía oídos sordos al presente, miraba sin ver y veía sin mirar, como si de un maniquí se tratara. Tampoco oyó el golpe de la cuidadora al empujar la puerta de la habitación y preguntar ¿Qué le pasa a Mario?

Entonces repentinamente Sandra salió de su ensimismamiento, la miró a ella y luego miró al hombre que tenía a al lado, su cabeza calva reposaba encima del plato que antes había soportado la taza y la cucharilla de café, la miraba de reojo inquisitoriamente cómo preguntando qué le había hecho.

Ahí fue cuando tras lanzar un grito se separó enseguida de la escena mientras la cuidadora intentaba reanimar al tal Mario, preguntándola nuevamente qué había pasado. Apenas pudo balbucir que no lo sabía, que creía que era Raúl quien estaba allí sentado porque aquella era su silla de ruedas.

La cuidadora mientras pedía auxilio a sus compañeras de planta respondió afirmativamente, es la silla de Raúl pero él está en su cama, ahí ¿no lo ves? tenía un poco de fiebre porque esta mañana le han puesto las dos vacunas y la silla de Mario la están arreglando.

Sandra le miró por primera vez en aquella tarde.

Su Raúl estaba allí, tranquilo, buscando en su mirada la respuesta a su sonrisa sempiterna instalada en su rostro desde hacía veinte años.

Sandra se derrumbó.

Salió de la habitación dando tumbos como si estuviera borracha. No había querido mirar a la cara a su marido, no había querido verle por última vez y se había acercado como cada tarde haciéndole compañía a la merienda, sólo que en esta ocasión iba a ser una merienda especial.

La dirección del geriátrico había comunicado que la mensualidad del mes siguiente iba a subir debido al aumento de costes por electricidad, alimentos, medicinas y fisioterapia. Todo subía, desgraciadamente la pensión de Raúl era la misma, apenas treinta euros más en enero de ese año y ella también tenía que vivir, tenía que comer algo más que patatas y huevos, hacía ya tres años que no probaba la carne ni el pescado y el último invierno tuvo que acostarse con las botas de descanso de la nieve, no podía costear la calefacción y el frío en casa era cada vez más insoportable. Ella aún estaba bien, deshecha por dentro, pero bien de salud y lo único que la enfermedad de Raúl le permitía era sobrevivir. Ante aquella subida se quedaría en la miseria y no podría pagar ni siquiera la comunidad del piso. Había solicitado ayuda a los servicios sociales quienes al valorar su vivienda le informaron que no tenía derecho a ningún tipo de subvención, que si no tenía más medios de vida vendiera el piso y se fuera a uno más pequeño.

¡Uno más pequeño! Pero si esta viejo y hace cuarenta años del último revoque, no me darán ni para un apartamento, les había respondido ¡cómo iba a vender su casa! ¿adónde iría entonces? Veinte años hacía ya del terrible alzhéimer que se llevó a su marido, porque él se había ido bien lejos pero su cuerpo aún estaba allí. Al principio pudo cuidarle, pero las duras jornadas empezaron a desgastarla y a no poder ayudarle más.

La habían convencido de ingresarlo en un geriátrico.

Ese geriátrico que se había llevado todos los ahorros de su vida por cuidarle, ese geriátrico que ahora pretendía echarla a la calle muerta de hambre para que su Raúl pudiera seguir en su pellejo unos años más.

Se había armado de valor, había rezado todo lo rezable y decidió terminar con él, bueno con aquel cuerpecito que le inspiraba ternura al sonreírla diariamente.

Por eso aquella tarde no le había mirado.

No quería que leyera en su mirada que sería la última vez que se vieran, la última vez de ayudarle a tomarse la merienda y al no querer mirarle lo había reconocido por la silla, se había sentado a su lado y le puso el veneno en su café, un veneno dulce y sabroso al que no haría ascos.

¡Pero que había hecho! ¡Señor, había matado a un inocente!

Echó a correr escaleras abajo llorando agitadamente, sus lágrimas apenas permitían ver los escalones, al llegar a la calle se arrodilló en el suelo sin parar de llorar. Familiares de los residentes se acercaron, la ayudaron a ponerse en pie y calmarla. No podía hacerlo, sólo ella sabía el grave daño inferido y no tenía perdón ¡había matado a un inocente!

La encargada supuso que haber estado presente en el momento del fallecimiento de Mario la había trastornado, llevaba cinco años acudiendo mañana y tarde para acompañar a su marido y era normal haber tomado cariño a Mario, su compañero de habitación. Le dieron un calmante y le pidieron un taxi para regresar a casa, era mejor que se tranquilizase pues ¡son cosas que pasan!




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Entonces sí - Cristina Muñiz Martín

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La cucharilla de café cayó al suelo y su sonido estridente rompió el silencio de la sala dejándonos petrificados. La mirada colérica de mi padre se clavó en mi hermano mayor que se levantó de la silla con extremado cuidado y después, a pasos cortos, se acercó al hombre que reclamaba sin palabras su presencia. El bofetón lo hizo trastabillar y le dejó los dedos marcados. Luego, regresó a su lugar en la mesa y esperó impasible a que la familia, envuelta en un mutismo doloroso, acabara hasta el último resto de los platos. Ya en la cama lo sentí llorar. Me deslicé entre sus sábanas y lo abracé. El correspondió al abrazo y nos dimos calor y aliento mutuo. “Vete a tu cama. Ya estoy bien”, me dijo al cabo de un rato. Cansado por la hora y por la tensión acumulada, quedé dormido de inmediato. Me despertaron los gritos de mamá. Confundido, busqué la figura de mi hermano en la cama vecina, pero estaba vacía. Corrí al dormitorio de mis padres y allí estaba mi hermano mayor, con la sangre de mi padre en sus manos. Le había clavado un cuchillo en el corazón. Permanecía de pie, ausente, ajeno a los gritos de mamá y a los lloros de mis hermanos pequeños; ajeno a los golpes en la puerta; ajeno a la llegada de los vecinos y de la policía. Lo vi alejarse esposado y custodiado por dos guardias, como si un chico de doce años pudiera ser un sujeto peligroso. Ha pasado ya un tiempo y tan solo su ausencia nos impide ser del todo felices. Mamá ha vuelto a vestirse guapa y a ir a la peluquería y a bailar en el salón con nosotros y a reír. Me gusta mucho la risa de mamá, es muy contagiosa y nos lo pasamos muy bien. Hoy, en la cena, a mi hermana pequeña, la quinta hija, se le cayó la cucharilla de café al suelo con la que estaba comiendo el yogur. Un escalofrío recorrió mi espalda al llamar con fuerza a mi mente los recuerdos del suceso de años atrás. Pero el monstruo ya no está, ha desaparecido, como si solo hubiera existido en una película de terror que ha llegado a su fin. Mi hermana se agachó y recogió la cucharilla sin miedo; ella era demasiado pequeña y no recuerda nada de nuestra vida anterior. Mamá solo dijo “Ve a la cocina y coge una limpia”. En esos momentos creí ver en sus ojos una expresión triste seguramente producida por los malos recuerdos. A veces llora, sobre todo cuando nos despedimos de mi hermano mayor tras las escasas visitas que nos permiten hacerle en el centro de menores. Pero ya solo falta un mes para que cumpla su pena. Ya solo falta un mes para que volvamos a estar todos juntos sin el monstruo. Y entonces sí. Entonces ya podré decir que formo parte de una familia feliz.

 

 

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¿Tu cucharilla vuela? - Dori Terán

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La cucharilla de café cayó al suelo y rebotando en la baldosa fue a parar a los pies del cliente de la mesa de al lado. Sandra quiso inútilmente detenerla cuando iba por el aire. Como mujer muy competente, en el plano de su actividad solía desarrollar más de una tarea a la vez. Eso de hacer las cosas de una en una simplemente, se lo dejaba a la inutilidad masculina. Echarse un café al cuerpo antes de entrar en el Banco la llevaba cada mañana a la cafetería Cielo Azul y en la mesa del rincón del fondo apartaba las flores que ornaban y desplegaba papeles y documentos de su carpeta con el afán de ir adelantando labor. Muchos días, más de uno de los papeles quedaba salpicado con gotitas de café. Y hoy con el calor del asombro puesto en los números rojos de la cuenta de Enrique, mientras revolvía apresurada el azúcar en la taza, la cucharilla voló imparable cuando la soltó bruscamente sobre la mesa. El otoño vestía la ciudad de un olor y sabor ventoso y húmedo. Seguramente quedaba poco tiempo de la caricia de ese sol pálido que iba cediendo protagonismo a la belleza de los árboles del parque que lucían sus más preciosos colores mientras regalaban al asfalto una alfombra de hojas. Sandra no lo veía. Tenía los ojos llenos de números, de debe, de haber, de transferencia, de recibos, de créditos…ese era su paisaje. Eficiente para el sistema, para la vida…ajena. Ni siquiera se levantó a buscar la cucharilla, el documento que tenía en sus manos captaba toda su atención y su mente actuaba como una calculadora veloz mientras su cerebro era incapaz de responder a las preguntas que la golpeaban en la cabeza y que invadían todo su ánimo como una pesadilla de incomprensión, de fastidio, de sospecha. Enrique era su marido y se encargaba de la economía de la casa y de las cuentas. Para Sandra suponía un respiro delegar ese cometido aun teniendo que oir las quejas de Enrique que solía recriminarle la misión con su frase favorita-“en casa del herrero cuchillo de palo”. Esta mañana laboral, Sandra decidió liberar a su marido del cometido, ella iba a repasar el balance del último semestre. Seguro que Enrique se lo iba a agradecer, llevaba un tiempo un tanto extraño, callado, taciturno, ni siquiera se quejaba.

Absorta en sus cavilaciones preocupantes ni se apercibió de la presencia de un hombre de pie junto a ella.-“perdón señora, esta cucharilla ha llegado a mis zapatos en un aventurado vuelo desde su mesa”-sonreía socarronamente. Sandra levantó los ojos y se encontró con un atractivo joven y aún desde su despiste manifiesto, la guapura del chico la impresionó.-“lo siento mucho, perdón si le he molestado”-le dijo en un susurro.-“tranquila, no pasa nada” contestó él depositando la cucharilla en el platillo de la taza y volviendo a su mesa. Desde allí cruzaron una mirada que a Sandra se le antojo burlona y una sonrisa afable. Pronto cesó la distracción en Sandra que consultando la hora en el móvil, recogió apresuradamente las hojas extendidas y cruzando la calle entró en sucursal.

La mañana transcurrió con lentitud y entre cliente y cliente y ella volvía a la consulta de la pantalla del ordenador donde nada más llegar a la oficina había abierto la cuenta conjunta que compartía con Enrique. Posaba la mirada una y otra vez, repasaba, analizaba las cifras ingentes de dinero que aparecían como gasto sin un concepto claro del mismo. ¡Enrique tendría que darle muchas explicaciones!. Era jueves y ese era el día de la semana en que tras el cierre horario de la agencia bancaria ella quedaba en el despacho desenvolviendo asuntos bursátiles que requerían prontitud y diligencia. La hora de las explicaciones se atrasaba a la par que la incertidumbre de su entendimiento se sobrecargaba de inquietud y miedo, de vertiginosa intuición de engaño y mentira. Tomó un ligero refrigerio en el Cielo Azul. A las tres de la tarde el ambiente de la cafetería invitaba al celebrar y compartir las muchas viandas apetitosas que debidamente protegidas estaban colocadas en la barra del bar. Apenas probó un sándwich de jamón y queso mientras marcaba en el teléfono el contacto de Enrique. Sin respuesta. Apuró el café con leche que había pedido y de vuelta a la oficina apenas pudo concentrar su atención en el mercado de valores que debía examinar. Estaba descubriendo que hay emociones en la vida que simplemente llenan el espacio total de la existencia y no dejan una sola fisura de entrada para otro sentir. La vida le estaba hablando. La robótica de su alma se rompía en una marejada de sentimientos que le mostraban la esencia humana más allá de los circuitos neuronales, químicos y matemáticos. ¿Es el corazón quién manda lo encerremos como lo encerremos?. Las primeras luces del ocaso vespertino alumbraban la ciudad cuando llegó a casa. Allí estaba Enrique, sentado en el orejero vintage de alegres colores y sujetaba con ambas manos la cabeza inclinada sobre el pecho. La miró y desde la sombra de los ojos culpables habló,-“Sé que has llevado hoy los documentos -suspiró triste y fatigado.- Ya no puedo más, ni puedo ni quiero ocultar lo que siento. Estela y yo…estamos juntos. Hay un nido de amor que va a ser nuestro hogar. He comprado y amueblado la casa a la que me iré con ella. No creo haberte robado nada, en esa cuenta estaba tu dinero pero también el mío.” Y con valentía levantó la cara. El mundo de Sandra giró vertiginosamente…Estela, su mejor amiga. Los partes de Incapacidad Laboral Transitoria empezaron a llegar cada semana al Banco con el nombre de Sandra Rincón Flores. Ya va para dos meses.

Ella se acerca cada mañana al Cielo Azul y pide un café con leche. Frente a su mesa un joven adonis del que ya conoce su nombre, Andrés, la mira, la sonríe, la guiña un ojo esperando que la cucharilla de café caiga al suelo. Y como si tuviera un resorte, la cucharilla otra vez vuela. El la recoge y se la lleva, se sienta a su lado y el destello metálico de la cucharilla alumbra la vida con su alegría y su pena. Sandra ha comenzado a sentir los colores de la naturaleza.


 

 

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