
Es
difícil
la vida cuando se es tan supersticioso como yo. Siempre esquivando
gatos negros, evitando pasar por debajo de escaleras, aferrada a
amuletos como el ojo turco contra el mal de ojo, la cigua asturiana.
No lo puedo evitar. Ya mi madre era una súpersticiosa de aúpa, y yo
soy su fiel reflejo.
Así
que aquel martes y trece no iba a encontrar el ánimo para salir a
trabajar. De acuerdo con mi forma de ver la vida, en cuanto a lo
esotérico se refiere, el martes y trece era el peor día de todos,
aquel en que te podía ocurrir cualquier desgracia. Por eso, en años
anteriores en que había coincidido un martes y trece, siempre me
metía en la cama esperando a que pasase, engañando en el trabajo y
donde hiciera falta.
Aquel
día me desperté con una idea fija: avisar en el trabajo de que me
encontraba mal por una mala digestión y que tenía que ir al médico.
No iba a tener problemas pues nunca faltaba y era bastante productiva
y eficiente. Empecé a buscar el tetéfono de la secretaria cuando de
imprevisto me llegó un mensaje al móvil: “El departamento de
personal la convoca hoy a una reunión, a las 9, 30, con el
director”.
Por
primera vez en muchos martes y trece estaba obligada a dejar la cama,
a vestirme y a acudir a la oficina. Las caras compasivas de los
compañeros me dieron la bienvenida y me hicieron temer mis peores
presagios. La empresa llevaba tiempo obteniendo pérdidas y el
director de personal era una especie de psicópata que disfrutaba
metiéndonos miedo. Pude observar que de su despacho salían personas
cariacontecidas y me senté a esperar ser llamada.
Eugenio,
que así se llamaba el psicópata, me miró fijamente y me dijo que
la situación de la empresa no permitía que siguieran contando con
mis servicios, que me agradecían mucho lo que había hecho hasta
ahora pero que tenían que rescindir mi contrato.
En
situaciones como esta suelo parecer una esfinge. A decir verdad,
sentí el estómago lleno de piedras. Me sentí yo misma como una
piedra, con una idea fija: ya se está cumpliendo el maleficio de los
martes y trece. Tantos años esquivándolo y ahora no hay más
remedio que apechugar con eso. Salí bastante desmoralizada pero sé
que parecía orgullosa, y Eugenio me miró con cara estupefacta.
Nunca había visto tanta dignidad en una persona a la que acababa de
despedir, una persona que además necesitaba el pequeño sueldo que
su trabajo de administrativo le proporcionaba. Pero así era yo. La
injusticia estaba clara, pero era yo la que tenía que hacer frente a
la situación que se dibujaba ante mí. Cómo pagar la letra de aquel
piso en el que me había metido sin pensarlo demasiado, como pagar
las facturas, cómo seguir.
Todo
esto bullía en mi interior pero disimulaba, qué bien disimulaba.
Hasta el punto de tener fuerza para consolar a los otros compañeros
que también acababa de despedir.
Martes
y trece, pensé, la agonía ha comenzado. Después, volví absorta en
el metro, pensando en la temeridad que había sido salir de la cama
un día como ese. La noticia podía haber esperado al día siguiente.
Al salir de la estación, di un mal paso y me retorcí el tobillo.
¡Otra vez!, pensé, dolorida, otra vez la mala suerte.
Seguí
andando las cuatro calles que separan el metro de mi casa. Por un
momento, traté de infundirme ánimo. Yo ya llevaba tiempo aburrida
en ese trabajo. No había posibilidad de ascender ni se reconocían
mis méritos. Por eso, durante los últimos meses había hablado con
algún amigo para cambiar de empresa. Raúl, uno de mis mejores
amigos, había hablado con su empresa, y eso podía fructificar, me
dije a mí misma. Empezó a sonarme el móvil y era él, Raúl.
Dentro de mí hubo un rayo de esperanza. Pero no, la maldición
continuaba. Mi amigo sólo quería decirme que no era posible
contratarme, que los jefes lo habían meditado y mi perfil no les
encajaba. ¡Qué perfil! pensaba yo. Si soy una simple
administrativo. De qué manera se edulcoran las cosas cuando se da
una mala noticia.
Así
que de esta manera iba yo, renqueando por el dolor en el tobillo,
tratando de asimilar mi despido y la falta de expectativas, y la
letra que tenía que pagar, y los gastos, y la mierda de vida que
llevaba, más sola que la una, después de haber firmado mi divorcio,
entonces lo recordé, un martes y trece.
Me
miraba en los escaparates y veía cómo se escapaban las lágrimas.
Qué va a ser de mí, qué más puede ocurrirme hoy. Al pasar frente
a un despacho de lotería, decidí comprar varios décimos, como si
no acabaran de echarme del trabajo, como si todo fuera normal. Qué
más da, pensé, si voy a acabar arruinada. Echemos a volar el
sueldo. Enloquecí. Compré veinte décimos de lotería al mismo
número, el 34675. Lo pagué con la tarjeta de crédito. Total, qué
más da. Si dentro de un año me habrán echado también de casa por
no poder pagar la letra del banco.
Cuando
llegue a casa, me dieron ganas de gritar. El vecino de arriba se
había dejado abierto el grifo y había agua en el salón y en una
habitación.
¡No
puedo más! le dije al vecino cuando subí hecha un basilisco. Esta
mierda de martes va a acabar conmigo. Creo que él se quedó abrumado
al ver a una mujer fuera de sí, gesticulando como una loca y
arrastrando un pie.
No
vuelvo a salir de casa un martes y trece, le grité. Nunca más.
Me
pasé un buen rato llorando. No quise cenar. Sí, soy supersticiosa,
me dije, con toda la razón del mundo. Mi poca estabilidad se acababa
de hacer añicos.
Pasé
después dos semanas sin salir de casa. Hacía la compra por internet
y tenía el móvil apagado. Llegó veintiuno de diciembre y les dije
a mis padres y a mis hermanos que me encontraba mal. La verdad es que
mi familia y mis amigos estaban muy preocupados por mí. Al día
siguiente, a eso de las dos, empezó a sonar el timbre. Qué pesados
los de correos, qué pesados los vecinos. Me planteé no abrir.
Llevaba además el mismo pijama sucio desde hacia una semana. Escuché
la voz de mi hermana Paula que insistía en que la abriese. Lo hice
al fin de mala gana.
¿No
has escuchado la radio?, me preguntó. No, ni la radio ni la
televisión ni nada, le contesté de mal humor.
Empezó
a abrazarme y a darme besos.
Resulta
que a ella y a nuestros padres les había regalado un décimo de
lotería. El décimo había sido premiado con el premio gordo.
Se
me empezó a nublar la vista. Busqué los otros 18 décimos. Allí
estaban, relucientes, en un cajón. Paula y yo echamos la cuenta. Me
había convertido en la propietaria de más de siete millones de
euros.
Miré
mi pequeño piso, ese que con tanto esfuerzo estaba pagando, miré mi
pijama sucio y en el espejo contemplé mi aspecto desaliñado.
Verdaderamente, metía miedo.
Paula,
que no había heredado las creencias supersticiosas de la familia, me
abrazó, riendo, y me dijo:
¿Qué?
¿No fue tan mal este martes y trece, verdad?

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