El tesoro del abuelo - Marian Muñoz

                                             Pantano de Riaño, los siete pueblos sepultados | La historia… | Flickr

 

Sonaba insistentemente el maldito teléfono, abriendo un ojo miré al despertador, marcaba las nueve de la mañana y no era día de curro. Acababa de acostarme a las seis después de celebrar las venideras vacaciones con los del trabajo. Continuaba sonando con premura, decidí cogerlo por si se trataba de una urgencia.

Marta, mi prima, me hablaba toda acelerada al otro lado de la conexión - ¿has visto la tele? – No, claro que no, me aburre lo que ponen en las cadenas y no la veo casi nunca, le respondí. –Pues espabila que te noto adormilada, ha llegado nuestro gran día – Yo estaba dormida, pero algo se había fumado porque tanta excitación no era normal en ella. Por fin me cuenta que el pantano se ha secado, el verano seguirá siendo caluroso, pero hay que actuar rápido antes de perder una oportunidad como esta.

Mis vacaciones empezaban diez días después, nos daba tiempo a prepararnos en conciencia y usar con sensatez esta oportunidad. Mientras tanto volvieron a mi mente imágenes de nuestra niñez, en cuanto nos daban vacaciones mis padres o mis tíos nos llevaban al pueblo con la abuela. Una abuela a la que todos llamaban bruja aporque al vestir completamente de negro, incluso en la cabeza siempre lucía un pañuelo negro deslucido por el tórrido sol.

No parábamos mucho en casa, lo justo para no entristecernos contemplando su semblante, nunca reía, sólo una pequeña sonrisa al recibirnos el primer día y nada más. El pueblo se llama Aldea Nueva de Valdeoliva, nunca me extrañó el nombre, hasta ser mayor no di importancia a su conjunto de viviendas, casas pequeñas con una única altura, todas completamente iguales, tanto por fuera como por dentro y colocadas como hacían las caravanas en el Far West, en medio una explanada con cuatro árboles, una fuente y un par de bancos, eso era la plaza del pueblo donde al atardecer se reunían los mayores con sus sillas para hablar de sus cosas.

Diez años estuvimos veraneando y disfrutando de juegos y amistades infantiles, se accedía por una carretera escarpada que rodeaba al pantano, un embalse al que todos odiaban y sólo años más tarde, cuando la abuela se vino a vivir a mi casa, supimos el triste motivo. No me hizo gracia tenerla de compañera de habitación, pero a pesar de mis ruegos y lloros tuve que amoldarme a su compañía. Por suerte poco a poco el ambiente fue cambiando al dejarnos a ambas los sábados de tarde al cuidado de la abuela, momento en que aprovechaban mis padres y mis tíos con sus amigos, para salir solos a cenar, bailar o lo que fuera y pasar la noche juntas las tres, la abuela, Marta y yo.

La primera conversación comenzó al interesarnos por las gentes y los animales del pueblo, los conocíamos a todos y aunque la ciudad es más fácil para vivir, el ambiente del campo tiene algo que atrae. Empezó a contarnos el origen del pueblo que conocíamos, era nuevo porque el original estaba bajo las aguas del pantano, los ingenieros de la capital habían encontrado un río algo caudaloso y un valle alejado de zonas industriales y urbanas, muy oportuno para hacer un embalse y construir una central eléctrica. Los de Valdeoliva se movilizaron, protestaron ante la iglesia, la casa del gobernador, el ayuntamiento, pero la idea ya estaba en marcha y apenas les dieron tres días para desalojar e irse con sus trastos y animales al nuevo pueblo. El miedo caló hondo en todos ellos e incluso con las últimas mudanzas empezó el agua a pasearse por sus calles. Consiguieron salvar sus animales, sus camas y algunos muebles de cocina, pero debido al nerviosismo muchos lloraron al contemplar cómo pertenencias de valor sentimental se quedaban en las profundidades del pantano.

Mi abuela siempre ha sido muy organizada y consiguió llevarse junto con el abuelo casi todo lo que tenían, pero hubo algo que debido al trajín de aquellas tristes jornadas se olvidó, el tesoro del abuelo. Pegado a su casa estaba el gallinero, un pequeño recinto alambrado con una puerta vieja de madera. En las entrañas del gallinero, lejos de la vista y de la curiosidad de las personas habían escondido una caja de latón con objetos encontrados por él cuando eran novios. Gustaba de ir al monte y meterse en hondonadas, socavones, cualquier hueco que encontrara en la tierra por allí se introducía encontrando piedras raras, trozos de hierro o de madera, huesos pulidos a saber por quién, piedras de colores incluso ámbar. Cada vez que quedaban en las escaleras de la iglesia él le daba un regalo, ella lo custodiaba como si de un tesoro se tratase. En alguna ocasión esa afición le costó más de un susto por entrar en una osera o una madriguera y los animales echarle sin contemplaciones.

Haber tenido que abandonar a prisa y corriendo su casa era algo imperdonable pero olvidar sus pequeños tesoros recuerdo de las correrías del amor de su vida lo tenía como una fijación, como un dolor más grande que haberle perdido para siempre. Cuando hablaba de su casa, de su vida abajo en el valle, de sus vivencias de niñez su semblante cambiaba y se convertía en otra persona. Poco a poco el rictus serio se fue suavizando y comenzó a sonreír, incluso reírse al hacer nosotras alguna trastada, nos conmovió tanto aquel cambio que mientras íbamos creciendo le pedíamos nos contara cosas del pueblo, donde estaba su casa ya que nos íbamos a hacer submarinistas y bajar a rescatar su ansiada caja.

Los años fueron pasando, en el pantano nadie se podía bañar por peligroso debido a las corrientes, los árboles o maleza, incluso objetos que pudieran estar semiahogados enredándose y llevar a una muerte segura a quien se atreviera. Antes de morir la abuela nos pidió un favor muy grande, si alguna vez lográbamos rescatar su caja, teníamos que enterrarla con ella, por supuesto le dijimos que sí, aunque en aquel momento veíamos poco factible hacerlo.

Los años fueron pasando hasta la mañana que la loca de mi prima me despertó sin piedad, Valdeoliva acababa de salir en la televisión. Nos alojamos en una casa rural cerca del pantano, nos comportamos como cualquier turista sacando fotos y fisgando el pueblo que había surgido tras la sequía del pantano, un pueblo entero bastante bien conservado sobre todo la iglesia y una casona cuadrada que aún conservaba maderas de su tejado. No nos atrevíamos a meternos entre las ruinas por si el lodo nos atrapaba, pero al ver a gente del pueblo hacerlo, nos animamos. La abuela nos había explicado con meridiana claridad cuál era su casa y donde estaba el gallinero. Al principio despistadas no costó ubicarnos, pero una vez caminando entre las calles dimos perfectamente con ella. Del gallinero sólo quedaba la puerta tirada en el suelo, miramos alrededor por si alguien nos observaba y rápidamente con una pequeña pala quitamos una buena cantidad de lodo y allí, enrollado en un trapo, encontramos su caja. Excitadas la metimos en la mochila que llevábamos y salimos corriendo del lugar, no sin antes lanzar un beso al cielo porque seguramente la abuela nos estaba viendo.

Regresamos a la ciudad sin mirar en su interior, la prudencia pudo más que la curiosidad y en casa de Marta nos dispusimos a abrirla, no sin antes lavar ligeramente la tela que la cubría, aunque los colores estaban rebajados se notaba que había sido muy vistosa. El latón estaba muy oxidado y nos costó abrirla, pero lo logramos, descubriendo en su interior un tesoro muy bien conservado, tenía razón la abuela, había tres trozos de ámbar incluso uno tenía atrapado un insecto. Puntas de sílex, conchas de moluscos, aros de bronce, un par de estalactitas, puntas de hierro, piedras azules y negras como azabache.

Todo aquello nos parecía de gran valor tanto histórico como económico, pero nos sentíamos en deuda con la abuela, le habíamos dado palabra de enterrarlo con ella y así lo hicimos. El día de su cumpleaños nos acercamos al panteón familiar y con ayuda de personal del cementerio pusimos la caja dentro de su ataúd, tuvimos que pagar bien al operario porque no es algo habitual, pero al menos cumplimos con la palabra dada. Hicimos una anotación en el calendario para dentro de diez años abrir el ataúd, reposar los restos de la abuela en un osario y acceder al pequeño tesoro del abuelo, quien sabe si cuando llegue ese día, con suerte, nos hacemos ricas.




 

 

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Me enfrentaré a la muerte como una heroína volviendo a casa - Marga Pérez

                                      Pendientes de oro blanco - Joyería D. Rincón | Joyerías en Valladolid                             

Me costó reconocerlo. En el primer momento no me dijo nada pero no tenía ninguna duda. Aquello oscuro, sucio, incrustado en no sabía qué masa informe… aquello metálico que nadie sabía qué coño era, aquello, era un pendiente de mamá.

Me costó reconocerlo porque no brillaba, ni tenía la forma de lágrima que tanto le favorecía, ni pendía de su oreja con aquel tintineo tan característico cuando ladeaba la cabeza. No parecía de plata, tampoco un pendiente pero estaba segura de que era uno de los que mamá llevaba a diario desde que los comprara en Santiago, en las platerías tras la catedral, cuando fueron papá y ella a ganar el jubileo... Su brillo nacarado iba saliendo según lo iba frotando. También las rayas de los distintos tipos de engarces … Llegó feliz. Hacía muchos años que no salían juntos a ningún sitio. Aquel viaje marcó un antes y un después en su relación. Ya nada fue igual entre ellos. Nunca nos lo dijo pero algo tuvo que pasar en aquel viaje para que mamá no se quitara esos pendientes ni aquella sonrisa misteriosa y pícara que siempre lucía. Todo la delataba, también el que empezaran a viajar a partir de aquel año santo, y cada vez más. Estaban felices y… ahora ésto… pásese por el anatómico forense, hay varios objetos que queremos que observe con calma, podrían ser vitales para reconocer a sus padres, me dijeron a bocajarro, al teléfono, mientras confiaba en que apareciesen entre los cientos de heridos… Fui ¡cómo no! Era lo que tenía que hacer, aunque estaba convencida de que no iba a servir para nada.

Allí me di cuenta de lo bestia que tuvo que ser aquello, y éso que sólo tuvimos que mirar trozos con algo que no fuese orgánico… ¡y aquel olor! Ahora sé que mamá es una de las víctimas, según parece, del atentado. Lo mismo me da. Podría haber sido un accidente y sentiría lo mismo. Su pendiente incrustado en aquella masa informe me lo estaba diciendo, a mi, pero me resistía a decírselo a nadie más. No podía articular palabra. No sé cuánto tiempo estuve allí mirándolo sin decir nada. Tenía la certeza de que mientras no dijese nada mamá seguiría viva… Seguiría mirando al mar con aquel vestido de rayas cruzado a la espalda mientras la brisa le alborotaba el pelo. Seguiría riendo feliz y despreocupada con mis hijos. Seguiría cantando con papá aquellas canciones que sólo a ellos oía. Seguiría soñando con aquella casa que tantas veces dibujara y que nunca tuvo… mientras que no abriese la boca ella seguiría cocinando aquellas comidas que tanto nos gustaban, quedándose con los niños para que Carlos y yo disfrutásemos a solas de una escapada… Ella lo llenaba todo sin que ninguno nos diésemos cuenta. Estaba pero no la veíamos y, ahora que ya no está, se hace presente a cada instante… ¿Por qué tuviste que ir de viaje?… ¿por qué tuviste que llevar estos pendientes?… ¿por qué? ¿Es que sólo eras feliz cuando te alejabas de nosotros?… … … … ¡¡Eso es!! Sólo viajando erais el uno para el otro, sin hijos, ni nietos, ni trabajo, ni amigos. Solos. El uno para el otro… … … … …

No sabes cuánto te quiero y lo que te voy a echar en falta. Eternamente felices, juntos ya para siempre… gracias mamá… … … …

El funcionario esperó estoicamente, algo retirado, a que Ana dijese algo. Sabía lo difícil que eran los reconocimientos y no quería presionarla pero el silencio de la sala empezaba a hacer mella en el. Se acercó silencioso, apoyó la mano en su hombro y enseguida Ana sacó del bolso un pañuelo, limpió su emoción desbordada , y le miró a los ojos – Es un pendiente de mi madre, estoy segura, siempre los llevaba puestos- reconoció serena . Se levantó y volvió a casa ¡había tanto que vivir!


 

 

 

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Comprender - Esperanza Tirado

                                          Joven tocando la puerta de un amigo 


Hasta que la quisieran como se quiere a una madre, hasta que llegara ese momento en que llamaran a la puerta y la abrazaran como una más de la familia. Solo les pedía eso, un poco de comprensión. Esperaba que llegara ese momento feliz. Que no borraría jamás aquellos días, con todas sus noches, en que su esposa, su madre, dejó de reconocerles, de darles el beso de buenos días, de sonreírles… En sus últimos días había encontrado a alguien que se le parecía tanto. Solo esperaba que ellos también comprendieran aquella semejanza.

 

 

 

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Tejiendo telarañas - Marga Pérez

                                    



 

 El quería volar. Separar los pies del suelo y bailar. Abrir puertas y ventanas a ritmo de gaita. Falar. Empapar de música de violín los rincones. Transformar piedras en palabras blandas… Anegar de luz el Sol. Saltar. Correr. Dinamizar.

El quería volar y se topó con ella, que además de pétalos, tejía telarañas.

Y juntos se colgaron de sus hilos de lana… algunos dicen que se amaban con locura. ¡Locos de amor!… Y tejieron de bondad sus días. Y se lanzaron a vivir el uno para el otro movidos por el aire... Y se enredaron con nubes e hilos de colores, y juntos, trenzaron su mundo… tan acogedor, abierto, transgresor... ¡tan mágico! Dentro, la sonrisa estaba siempre puesta y los brazos dispuestos. Daban lo que hiciera falta.

Abierto.

No saben lo que perdieron los que nunca entraron ...

El quería volar y ella tejer telarañas… juntos se lanzaron a vivir y, no saben cómo, pero un día descubrieron que tenían alas. El viento se las había dejado en la ventana, un lunes de plaza, colgadas de los barrotes... Y volvieron a saltar… ¡¡oh, cielos!! Pero algo pasó… ¿Qué pasó?… porque algo tuvo que pasar... No dijeron esta boca es mía… saltaron y se rompieron los hilos… se paró el viento… perdieron las alas... el telar se vino abajo...… el y ella juntos, con su bondad, su música, su sonrisa, sus ovillos, sus ilusiones y sus miedos… también con sus telarañas... ¡Qué tristeza! En na… Se desmoronó… Todo…

Cerrado.

Alto, muy alto… siento que siguen aquí... Ya no puedo entrar pero los veo cuando cierro los ojos… alto, muy alto… cuando paso y veo SE Alquila

Cuando rememoro otros tiempos más felices…

Gracias pareja y ¡Buen Viaje!


(En recuerdo de Mary y Carlos. El Cafetón)


 

 

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Reformas - Esperanza Tirado

                                       Hormiga, Escarabajo, Insecto, Insecto

 


Se apresuraron con el martillo y los clavos, esperando que los Hermanos televisivos acudieran a su rescate con el diseño de la casa de sus sueños. Cuando el agua de las cañerías les llegaba por las rodillas se dieron cuenta de que su reforma jamás saldría por la tele. Su pesadilla se hizo mayor al descubrir el festín que las termitas habían celebrado a lo largo y ancho de los muebles de madera; comprados de saldo en un mercadillo de antigüedades. Demoler su ruina y volver a casa de sus padres era el plan B que nunca hubieran querido poner en marcha.

 


 

 

 

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Hoy es el día - Marga Pérez

                                          Animal, Rana, Anfibio, Rana De Estanque



Machaco el ajo mientras, de reojo, repaso la receta en la mugrienta hoja ...

¡¡Ajá, por algo ayer no surtió efecto!! No eché la tripa de sapo verde y viscoso.

Vuelvo a empezar.


 

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Locaty Whisky - Marian Muñoz

                              Resultado de imagen de fotos libres baúl de viaje con ropa

      

Es una tarde veraniega de lluvia, el calor no deja siquiera dormir un rato de siesta a la que incita la oscuridad provocada por las nubes. Para estar entretenida opté por ordenar cajones del salón tropezando con una caja vieja de cartón llena de fotografías de mi niñez. Aparecían mis padres, tíos, primos y por supuesto la Locaty Whisky. Un apodo que puse a mi tía Hortensia ya que en cuanto entraba por la puerta de casa antes de saludar ya estaba pidiendo un whisky on the rocks a papá, y no bebía del barato porque decía sentarle mal. Al cabo de tres vasos su conversación era tan chispeante y fluida que sólo podíamos escuchar, no había forma de meter baza.

Era la hermana de papá, forrada de pasta y triviuda. Según contaba, tras morirse el tercer marido se puso el mundo por montera haciendo lo que le daba la gana. Estrafalaria, extravagante, transgresora, todas esas palabras sólo eran adjetivos para su apariencia porque en el fondo era una bellísima persona, un poco libertina y alocada, pero al no hacer daño a nadie no se le podía reprochar. Caminando por la calle todos se giraban a su paso al no tener desperdicio su indumentaria, como si hubiera elegido la ropa a ciegas. Combinaba cuadros con flores, colores chillones, boas de plumas, sombreros según la época del año de lo más inusuales, en fin, no había duda que le importaba un bledo lo que el mundo dijera de ella porque hacía lo que quería.

Tanto en las fotos de joven como ya de mayor mostraba gran belleza, con tipo de modelo sabía contonearse como nadie. Al primer marido lo conoció siendo gogó en un festival, cantante de renombre muy solicitado en funciones por todo el país y parte de Sudamérica. De gogó en la coreografía pasó al coro y en el Mar de Plata se casaron muy enamorados. El susodicho era un calavera, después de la actuación ella le esperaba pacientemente en el hotel, pero ya se sabe, debía alternar con personajes influyentes y con mujeres, por supuesto, hasta que una mezcla de alcohol y drogas lo tumbó en el escenario, quedando viuda muy joven con la fortuna del difunto.

Con la faltriquera repleta se dedicó a la vida nocturna y a dar fiestas para la jet set, hasta conocer a su segundo marido, un banquero ratón de biblioteca pues no paraba de leer estudios de mercado, bolsas y negocios de otros países, siendo su único interés. Además, también era algo rata al no permitirle grandes gastos, había que ahorrar para cuando vinieran mal dadas mientras él invertía en bonos italianos y sisaba a sus clientes. Un infarto sin previo aviso se lo llevó al otro barrio y la pobre viuda quedó nuevamente sola, desconsolada y bien forrada al ser ya dos fortunas las que podía dilapidar.

Tras las estrecheces pasadas comenzó a vivir a su antojo, se le ocurrió ir de crucero por el Mediterráneo, uno bien lujoso donde, por supuesto, no faltara el famoso whisky on the rocks. Entre los pasajeros había un cazafortunas muy apuesto al que enseguida echó el ojo. Aquel hombre le proporcionaba tal placer físico y mental que decidió casarse con él a pesar de ser consciente de lo que era. Una boda romántica bajo la luna de Creta, el capitán los casó y fueron muy felices. En cuanto regresaron a casa contrataron de mutuo acuerdo un seguro de vida siendo beneficiarios el uno al otro. Dos semanas más tarde el casanova recibió una jugosa herencia de una antigua amante quien no se había acordado de borrarle del testamento cuando la abandonó. Ahora, ambos millonarios, pretendían vivir su amor alocadamente a todo lujo, así fue como él perdió la vida estrellándose con un coche Lamborghini, Hortensia desconsolada volvió a recibir otra fortuna más el seguro de vida.

A pesar de todas las desgracias nunca dejó de ser una persona vital y con ganas de disfrutar. Cuando la conocí seguía tan loca como siempre, con amigos eventuales y fiestas nocturnas, aunque ya su conducta era más comedida. Con tanta fortuna compró un chalet en un barrio exclusivo de la ciudad al que acudíamos en su cumpleaños, o venía a los nuestros y en Navidad. Mis tíos y primos acudían a ella para sangrarla económicamente, lo que me chocaba es que nosotros nunca le pedimos nada, al menos no era consciente que así fuera, siendo los únicos que compartíamos celebraciones con ella.

Ir a su casa era una pasada, iba en consonancia a su estrafalaria forma de vestir, lo más destacado su dormitorio, casi tan grande como mi piso, donde resaltaba un biombo tras el cual se cambiaba de ropa y un antiguo baúl vertical de viaje en el que colgaba sus famosos vestidos, guardando en sus cajones lencería de seda, joyas y zapatos de raso. Para una niña de barrio obrero como yo aquello era una pasada. No gustaba de presumir de lujos, pero ante mi boca abierta no podía evitar relatar la historia de cada objeto.

Cuando hablaba de sus maridos terminaba cantando aquello de:

Yo tuve tres maridos y a los tres envenené

Con unas cuantas gotas de cianuro en el café

Pero seguramente no me guardan rencor

Porque han ido directos hacia un mundo mejor



Por supuesto no los había envenenado, pero ponía ese aire de mujer fatal y luego nos reíamos sin parar. Otra de sus cualidades era acertar con el regalo que más deseaba, incluso pensé si tendríamos telepatía porque nunca fallaba sin siquiera pedírselo. A pesar de crecer e ir ampliando estudios nunca dejé de acudir en su cumpleaños y de conversar con cierta frecuencia por teléfono. Primero murió papá y dos años más tarde mamá. Mi trabajo me llevó al extranjero, pero siempre que regresaba le hacía una visita para no perder el contacto que habíamos mantenido en vida de mis padres. En esa etapa estaba delicada de salud gastándose un dineral en especialistas y personal que la atendieran.

Un 5 de marzo, recuerdo que caía una gran nevada, me llamaron los tíos para informarme que estaba ingresada muy grave. Cogí el primer avión que pude más no llegué a tiempo. El funeral estuvo muy concurrido y en el cementerio había mandado construir un mausoleo sencillo pero precioso, ante él nos reunimos la familia que quedaba, cada vez menos. No pude evitar que me diera un bajón, decidiendo ir a la oficina central por ver si tenían algún despacho para mí y poder quedarme en el país aunque perdiera dinero, necesitaba recuperarme en casa y cargar las pilas para cumplir adecuadamente con mis responsabilidades.

Andaba de lo más indolente cuando llamaron a la puerta, un transportista traía un bulto grande a mi nombre, no he pedido nada le dije, más me indicó que venía departe de Hortensia. Depósito el bulto en el salón y al rasgar el papel del envoltorio descubrí el baúl de viaje, la sorpresa me hizo dar un brinco, se había acordado de mí antes de morirse, no paré de llorar hasta que conseguí calmar mi tristeza por la muerte de las personas que más quería, mis padres y mi tía. Supuse que su herencia la estarían tramitando mis tíos, sus hermanos, y que como sobrina había tenido la deferencia de enviarme algo que yo tanto admiraba cuando me lo mostraba. Al abrirlo tenia colgados abrigos y vestidos de temporada, en los cajones bufandas y guantes de invierno hacían compañía a sus joyas y en el cajón de los camisones había un sobre dirigido a mí. Con gran nerviosismo lo abrí y me dispuse a leer la carta, en ella me pedía que no llorara por su ausencia, había sido muy feliz sobre todo por haber contado con personas tan maravillosas en su vida como mis padres, sobre todo mi madre, una gran mujer que había cuidado, educado y formado a lo que ella más quería en este mundo a pesar del apodo que le había puesto de Locaty Whisky.

Hortensia era mi madre biológica, no se creía capaz de cuidar y criar a una criatura, así que habló con su hermano, mi padre, quien buscó la aprobación de mamá y me donó a ellos. Les encomendó que nunca me lo dijeran porque una madre no es sólo la que da a luz, sino la que día a día cuida de una niña que algún día será mujer y no es tarea fácil como para complicarla con explicaciones banales de hijo biológico o de adopción. Me lo confesaba ahora porque quería dejar claro cuál era el motivo por el que me nombraba su única heredera y aunque las arcas estaban algo mermadas seguro que sabría utilizarlo sensatamente. En el sobre había un boleto con los datos de su Administrador, él sabría cómo ayudarme a gestionarlo todo porque siempre había sido muy leal con ella.

En ese instante comprendí la causa por la que mis padres nunca le pidieron dinero ya que vivían con el bien más preciado para ella.

Acepté la herencia, me tomé un año sabático para hacer reforma en el chalet que iba a ser mi hogar, en mi dormitorio seguiría estando el biombo y el viejo baúl, aunque no, no iba a vestir las ropas de mi querida Locaty Whisky esas las dejo para cuando envejezca y me ponga el mundo por montera.

Espero que mañana vuelva a salir el sol pudiendo pasear por la calle y disfrutando de la vida tanto como ella.


 

 

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