Hoy hace un mes - Cristina Muñiz Martín


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Hoy hace un mes que terminó todo para mí; para nosotros. Mejor así, porque ya estaba un poco harta. Tantos años vividos, tanto trabajo, tantas idas y venidas, y al final por culpa de ese bicho verde y microscópico mi vida era un aburrimiento. Que no salgas a la calle, mamá, que tienes muchos años y es peligroso. Que nene, ponte la mascarilla delante de la abuela que la vas a contagiar. Que qué más da si ya tiene un porrón de años, respondía el que me pedía la propina todas las semanas. Todo líos en casa y a todas horas. Y hasta querían encerrarme en mi habitación y llevarme allí la comida y la cena. Me tenían tan harta, pero harta harta, que un día me escapé. No aguantaba más sin ver a Fernando, mi novio, aunque en casa no sabían nada de su existencia. Habíamos planeado fugarnos porque a él también lo tenían medio secuestrado. Salí por la mañana temprano, en cuanto mi hija y mi yerno marcharon a trabajar. De mi nieto no me preocupé, a ese no le interesa nada que no salga por una pantalla. ¡Ay madre! cuando vi a Fernando después de tanto tiempo creí que se me iba a salir el corazón del pecho. A él le debió de pasar lo mismo porque lo primero que hizo fue darme un beso largo mientras me tocaba el culo. Fuimos a la estación del tren y nos dirigimos al sur, al calor, donde nadie imaginara que podíamos estar. Nos hubiera gustado más ir a Benidorm, pero ese sería el primer sitio donde nos buscarían. Recalamos en Cádiz. Qué ciudad, qué luz, qué alegría. Llevábamos bastante dinero con nosotros, lo habíamos ido sacando poco a poco para que no pudieran seguirnos la pista. Sabíamos de sobra que por la tarjeta nos podían localizar. Qué bien lo pasamos. Por la mañana desayunábamos en la terraza y luego dábamos un paseo por la playa. Después íbamos a comer. Siempre a un sitio distinto, probando sabores hasta entonces desconocidos para nosotros. Luego regresábamos al apartamento a dormir la siesta. Bueno, lo que se dice dormir dormir no dormíamos mucho, pero nos metíamos en la cama. Por la tarde nos arreglábamos y nos acercábamos a una pista de baile abierta. Fernando era un excelente bailarín y yo no me quedaba atrás. Bailábamos, reíamos, bebíamos, hacíamos lo que nos daba la gana. Eso sí, no penséis que éramos unos inconscientes, siempre llevábamos el gel para las manos y la mascarilla puesta, además de ir solo a sitios al aire libre. Qué felices fuimos. Duró poco, menos de un mes, pero no cambiaría esos días con Fernando por los diez años anteriores de mi antigua vida. Pero una noche nos acostamos cogidos de la mano y ya no despertamos. Al parecer, según las autopsias, fueron dos infartos. Los dos a la vez. Así estábamos de compenetrados. Qué suerte tuvimos. Habíamos vivido ya una vida y la muerte nos llegó en el mejor momento, sin dolor, sin pena, sin enterarnos. Lo único que nos molestó un poco es que tardaron cuatro días en localizarnos y ya olíamos un poco. Y eso de oler mal delante de extraños nos fastidió. Pero lo que nos irritó fue cuando salimos en las noticias. Una pareja de octogenarios nos llamaron. Qué poco sensibles son los periodistas. Pero en fin, después del primer enfado nos echamos a reír. Si estábamos en la Gloria, qué importancia tenía lo que dijeran de nosotros ahí abajo. Al fin y al cabo nuestras almas volaron unidas ya para toda la eternidad, como dos pájaros libres y dichosos. Y eso ya no lo puede cambiar nada ni nadie.



 

 

 

 

 

 

 

 

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Noches sin luna- Dori Terán

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Hoy hace un mes que todo terminó. Eso me cuenta María. No lo creo. Los ojos que perciben lo que nos rodea, son caprichosos, deforman la realidad según el enfoque subjetivo de nuestra mente O no, tal vez no. Tal vez suceda que no existe una sola realidad sino muchas realidades en la misma.

Dice María que Andrés ha abandonado el pueblo y todas las tropelías que en el cometió. Vivencias vestidas de excesos que dañando principalmente su existencia también rebotaron golpeando las vidas y los sentires de Urvel. Pasiones en movimiento como un balón que lanzado con fuerza desmedida va a chocar bruscamente con un muro recio y sale disparado en su arrojo contra todo lo que encuentra en su camino.

Andrés Había llegado a la urbe vieja hacía solo dos años. Urvel cuna de una brillante historia en el pasado, pertenecía ahora a la España vaciada y aislada en usos y costumbres. Aunque envuelta en una naturaleza generosamente hermosa, conservaba en la esencia de sus calles, de sus puertas y su cielo aromas y recuerdos de dramas violentos e inhumanos de un pasado no tan lejano. Las mentes no quisieron olvidar aquella guerra atroz que dividió todo su mundo y lo transmitían cuando narraban a los jóvenes episodios que envenenaban los corazones de recelos y odios entre los pocos habitantes del lugar impidiendo la evolución del perdón y la paz.

La juventud descarada de Andrés invadió cada rincón y cada alma. Un talante cautivador de sonrisa ancha que se escapaba también por sus negros ojos y acariciaba con la mirada. Pronto ofreció dadivoso y esplendido todo su encanto. Realizó para todos las tareas más costosas del devenir diario. Su casa abrió puertas y ventanas, regaló música, libros, fiesta…alegría. Su hombro apoyó los llantos de los que hubieron de despedir hasta la eternidad a seres amados. Sus abrazos rodearon a quienes necesitaron ternura, sostén…amor. Y como el gran sol, Andrés brilló en Urvel. Parecía que el azul del cielo se hubiese desprendido de viejas nubes grises que se resistían a desaparecer. El río siguió su curso con sonoridad rítmica y armónica llenando el aire de sosiego. La montaña tenía dibujada una sonrisa en la cubierta de nieve. Era invierno y como por arte de magia olía a jazmín. Tal vez fueron los ojos, los oídos, el olfato de la gente lo que se había transformado. Pero cuando quieres más…nada es bastante.

Andrés se lió con María. Sí, se lió, esa es la palabra. Aquello distaba mucho de ser amor. La joven más joven del pueblo quedó cautiva de tanta gallardía. Y comenzaron a vivir la aventura del querer que no es la aventura del amor. Matías hacia la vista pequeña, cerraba los ojos ante la situación…María, su joven esposa siempre volvía a casa. Con eso le bastaba. Pero aquella tarde noche no volvió. Matías se encaminó a la casa de las fiestas, de los apoyos, del adulterio. Retozaban desnudos y ebrios. Y el alma añosa de Matías recobró la herida antigua del alma de Urvel y explotó en él como buen hijo foráneo de su historia. Fue Andrés quien en la lucha con Matías logró enfocar el cañón del rifle de caza hacia la persona de Matías. Le abatió con dos tiros y sin más preámbulos que coger un pantalón, corrió, corrió y corrió hasta desaparecer. Se esfumó en el viento recio que sacude los nogales a la vera del río. Tal vez en el murmullo del agua que salta la escollera para seguir su cauce.

Hoy hace un mes que todo terminó, cuenta María. No lo creo. Yo sé que en las noches sin luna, Andrés visita los sueños de María y unen sus cuerpos con ardor brindando por la alegría de la libertad mientras ella al lado de un Matías ya recuperado y para siempre herido repite dulcemente su nombre.




 

 

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El botón dorado - Gloria Losada

                                       

 Cuando se dio cuenta de que dominaba las nuevas tecnologías, Ricardito Montánchez decidió que ese sería su prometedor futuro. Antes había probado con otras profesiones, entre ellas pastor protestante, guardia jurado y profesor de yoga, pero ninguna se adaptaba a su descomunal inteligencia. El día que desmontó un ordenador y lo volvió a montar cual si de un puzle se tratara, supo que había nacido para ser informático. Que el aparato no funcionara era un detalle sin importancia. Tenía labia el muchacho, así que no le costó mucho que lo contrataran en una importante empresa encargada de llevar el sistema informático de todos los bancos del país, pues prendados quedaron no solo de la oratoria del muchacho, sino de su buena planta, enfundado en un traje azul marino y con una corbata celeste, comprado todo en el mercadillo de Villahermosa del Olmo, que era todos los jueves. Allí se había hecho también con varios libros de segunda mano sobre el tema, editados en el año 77, un poco antiguos, pero que aún así habían aportado fluidez a su natural sapiencia.

Hace apenas una semana que desempeña su puesto. Le encanta el botón dorado de su ordenador. No sabe para qué sirve pero a lo largo de la mañana, después de hacer unas cuantas estupideces lo pulsa con gesto interesante. Ya hay 43 nuevos ricos en este país. El botón de las transferencias funciona que da gusto


 

 

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Tecnología puntera _ Marian Muñoz

                                    

 


  • ¡Mamaa!, ¿qué hace un cúter colgando de una corbata atada a la lámpara del salón?

  • Cariño es tecnología puntera, permite que la emisión de ondas hertzianas circule libremente por el pasillo y llegue mejor a mi tablet en la cocina.

  • ¡Ains! Lo que emite ondas es un ruter no un cúter.

  • ¡Ah, pues a mí me funciona divinamente!



 

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Tiempo para la esperanza - Marga Pérez


                                    

 


Crisis, cambio, miedo, cambio climático, caos económico, virus, pandemia, muerte, paro, cierre, incertidumbre… Ernesto se mira al espejo, sin verse, mientras se acicala. En su interior bullen palabras, emociones, ideas que, durante meses retumban en más cabezas que la suya. No se oye aún la palabra solución

-Palabras, palabras, palabras. Palabras son sólo palabras… tararea sintiendo que le falta el aire.

La tensión en la que vive le hace apretar en exceso el nudo de la corbata…

- Cachisss. Tanta tecnología y seguimos con este trapo al cuello… ¡De ésta no salimos!

 

 

 

 

 

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La vida moderna - Esperanza

                                             



Un hombre se coloca la corbata delante del espejo. Hace un nudo y aprieta. Un tutorial de youtube con voz monótona, sigue su curso en la pantalla de un portátil, indicando instrucciones, modas antiguas y nudos modernos. El hombre odia las corbatas. Odia la tecnología. Odia su trabajo. Odia su vida. Necesita respirar pero a la vez necesita detenerlo todo.

El tutorial llega a su fin. El hombre ya no escucha. Su respiración se va debilitando. Y en un instante se detiene. Su vida también.




 

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La oveja negra - Cristina Muñiz Martín


 

La oveja negra

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En mi familia no importa tu nivel de inteligencia o tu grado de interés, hay que ir a la universidad sí o sí, por lo que yo me enfrentaba a un gran dilema: elegir carrera sin tener predilección por ninguna. Tras mucho pensar decidí que lo mejor iba a ser el sistema de descarte. Derecho no, porque mi padre es abogado y me obligaría a trabajar con él, como le ha sucedido a mi hermano. Arquitectura tampoco, porque mi tío tiene un estudio y me vería en las mismas. Económicas ni de coña, porque mi abuelo no tardaría en sentarme en el consejo de administración de su empresa. Paso a paso, fui tachando carrera tras carrera sin llegar a una conclusión satisfactoria para mí. Pero la semana pasada viendo una película, de pronto se me hizo la luz. Me matriculé en ingeniería informática, ante el asombro de familiares y amigos pues soy de las pocas personas de mi edad que apenas usa la tecnología, salvo el ordenador para jugar y los wasaps para quedar con los amigos. Ni tan siquiera utilizo las redes sociales. Lo que nadie sabe es que mi decisión se basó en que cuando acabe la carrera y acceda a un puesto de trabajo no necesitaré usar corbata. ¡Ni traje ni corbata! Seré el primero de la familia en saltarme esa tradición. Y continuaré siendo la oveja negra de una larga estirpe de hombres estirados, trajeados y encorbatados, algo que me encanta.



 

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