La máquina de borrar recuerdos - Gloria Losada



Mar tocó fondo el día que mandó a Ricardo a la mierda. En realidad no lo mandó por voluntad propia, sino porque se hartó de vivir una relación sin sentido y porque, además, sabía que era lo que él deseaba desde hacía tiempo, acabar con aquello y seguir su vida tranquila y feliz al lado de su mujercita. Desde entonces Mar no era Mar, era solo un reflejo de sí misma. Únicamente conseguía distraerla un poco el trabajo y como solo trabajaba por las mañanas se pasaba las tardes viviendo de recuerdos. Yo iba a verla con bastante frecuencia y siempre me la encontraba de la misma guisa, sentada en el sofá, abrazada a un cojín, llorando y mirado con insistencia el cuadro horrible que presidía una de las paredes y que Ricardo le había regalado haciendo gala, desde mi punto de vista, de una total falta de gusto. Una especie de árbol seco, negro, del que parecían colgar dos ahorcados, sobre un fondo naranja y rojo que lastimaba la vista… para mí era horrible, para Mar era el único regalo que él le había hecho y al que se aferraba con tozuda estupidez para recordar a quién no se merecía.

Conocí a Mar en mis años de instituto. Era una chica un poco tímida, tal vez algo seria al principio, aunque cuando uno se adentraba en su interior se encontraba con una persona noble, cariñosa y muy divertida. A su lado era imposible no esbozar al menos una sonrisa. Pero tenía muy mala suerte en el amor, chico que le gustaba, chico que no le hacía caso o que la dejaba plantada enseguida. Con el tiempo conocería a Fernando, con el que terminó casándose, aunque al cabo de los años el matrimonio fracasó. Yo creo que Mar estaba un poco obsesionada por no quedarse sola, tenía un miedo atroz a la soledad y se aferraba al primero que le comía un poco la oreja. Después de divorciarse de su marido llegó a entender que no es necesario tener un hombre al lado para vivir plenamente y fue entonces cuando la vi realmente feliz. Y fue cuando conoció a Ricardo, la primera vez que la vi realmente enamorada. Se conocieron por internet, a través de una aplicación en la que ambos publicaban relatos (a Mar siempre le había gustado mucho la literatura y escribir era su pasión). Meses más tarde se conocieron personalmente e iniciaron su relación, una relación harto complicada pues Ricardo no solo vivía relativamente lejos, sino que tenía pareja oficial, y a la que, a pesar de decirle por activa y por pasiva a mi amiga que la quería, no pensaba dejar. Pero Mar pensaba que con el tiempo la balanza se inclinaría a su favor. No fue así. Es lo que pasa cuando se tienen tratos con un cobarde, por llamarle algo decente.

A los seis meses comencé a preocuparme. Mar necesitaba ayuda urgente. Por más que todos sus amigos intentábamos ayudarla no era capaz de quitarse a Ricardo ni de la cabeza ni del corazón. Logré convencerla de que debía acudir a un psicólogo y comenzó las sesiones, pero desgraciadamente no parecían servirle de mucho, es más, el llanto arreció y ya no se conformaba con mirar el cuadro, lo descolgaba y se ponía acariciarlo cual si fuera el mismo Ricardo. Hasta aquel día en que pensé que se la había ido la olla del todo.

Me llamo por teléfono y me pidió que fuera inmediatamente a su casa, que tenía algo que contarme. La noté sumamente agitada, así que para allí fui. Efectivamente sumamente agitada me la encontré, extrañamente pletórica. Sonreía por primera vez en mucho tiempo y lo primero que me soltó en cuanto entré en su casa, fue que por fin había encontrado la solución a su problema. Me contó que hacía apenas una hora, al regresar de la consulta del psicólogo había pasado por delante de una tienda dedicada a productos de magia y esoterismo, en cuyo escaparate rezaba la leyenda, “si quieres olvidar, entra”. Al entrar, la dueña, una mujer de melena larguísima color ceniza y ojos verde esmeralda, le había dicho que si quería olvidar había dado con el lugar adecuado, que se trataba de un sistema nuevo, muy efectivo y de total confianza. Le había dado cita para el día siguiente y me pidió que la acompañara, puesto que le habían dicho que seguramente saldría un poco aturdida. Le pregunté si estaba bromeando y se le borró la sonrisa.

-Lo sabía – repuso – sabía que no me creerías, que te parecería una tontería. Pero ¿sabes qué? Es lo que me queda. O eso o tirarme de un puente. Y a pesar de lo mal que lo estoy pasando me gustaría seguir viviendo. No te preocupes, me buscaré a otra persona que me acompañe o iré yo sola.

Creo que en ese preciso momento fui verdaderamente consciente de lo mucho que estaba sufriendo, odié a Ricardo como jamás he odiado a nadie más en mi vida y después de pedirle perdón le dije a mi amiga que sí, que yo iría con ella a borrar sus recuerdos.

Fue muy sencillo. La mujer de melena larguísima y ojos esmeralda le puso una especie de casco en la cabeza conectado a una pantalla y le dijo que pensara constantemente en Ricardo, que ella misma sería consciente de cuándo le había olvidado. Mientras Mar pensaba en aquel imbécil, la señora manejaba un teclado. Al principio pulsaba aquí y allá, luego dejó que todo fluyera. En momento dado me miró y me dijo.

-Ya sé que tú eres una escéptica. Pero cuando se le pase el aturdimiento háblale de ese muchacho y ya verás lo que pasa.

Al cabo de una hora se terminó el proceso. Al principio Mar estaba como ida, pero durante el trayecto se fue recuperando y cuando llegamos a casa era la de siempre, y cuando digo la de siempre me refiero a la de antes de que Ricardo la mandara a tomar viento.

Lo primero que hizo fue descolgar el cuadro de la pared del salón.

-Pero ¿cómo puedo tener esta mierda aquí? – dijo -- ¡Qué horror!

Le dije que siempre le había gustado mucho, que se le había regalado Ricardo.

-¿Quién es ese? – me preguntó mientras hacía añicos el cuadro y lo tiraba a la basura.

Le dije, le conté, le comenté mil cosas sobre su relación con Ricardo y efectivamente, o muy bien fingía, o no recordaba absolutamente nada. Problema solucionado.

Hace unos días apareció Ricardo. La mujer lo dejó y se ha vuelto a acordar de Mar, el muy ladino. Se hizo el encontradizo con ella mientras estábamos juntas tomando un café en una terraza. Cuando lo vi me eché a temblar. Nos saludó muy gentil. Después a mí me ignoró y se dirigió a ella, qué alegría volver a verte, cómo estás y esas cosas. Flipe al ver que ella le contestaba con una sonrisa de oreja a oreja. Cuando se fue me preguntó que quién era ese. Le dije que Ricardo.

-¿El del cuadro? ¿Y yo estuve enamorada de eso? ¡Qué horror!

Creo que le voy a hacer propaganda a la máquina de olvidar, aunque la mujer me pidió que fuera discreta. Esto de que vuelva cuerda a la gente es una maravilla. Y a lo mejor todavía estamos a tiempo de salvar el mundo.

 

 

 

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Ahora vivo con mi hija - Pilar Murillo



(Dedicado a mi madre Isabel G. Villarino)



La protagonista de esta historia es una anciana, dulce y a veces con carácter. Viene para casa después de dar un paseo y en la puerta del portal del edificio se encuentra con una vecina, se sonríen y se saludan, pero la protagonista quiere hablar, necesita hacerlo. La veo muy bien. Pues ya ve, antes nos veíamos porque venía a pasar las navidades con mi hija y mi nieta y ya de paso me quedaba aquí hasta marzo, pero ahora usted y yo nos veremos más. Pues que me he mudado a vivir con mi hija hace pocos días. He tenido un importante achaque hace cuatro años. Ella y mi nieta vivieron unos cuantos meses en mi casa hasta que me recuperé. Ahora he vuelto a tener desajustes, “anemia” y como ha sido varias veces en el mismo año, consideran que no debo vivir sola a mis ochenta y cinco años. Aquella casa que no era mía pero que así la describí porque pagaba religiosamente la renta; ya se queda para el recuerdo. Muchas cosas de las que allí había las traje para la casa de mi hija, mi habitación completa, por ejemplo.

Hemos hecho un intercambio mi nieta y yo, yo he venido a vivir a la que fue su casa, al lado de su madre y ella se ha mudado a un pisito con su novio. Estas cosas tan modernas no me gustan, pero viniendo de mi nieta que es la joven más responsable y educada que conozco, lo llego a entender todo. Ahora nadie se casa, viven juntos como casados y si se llevasen mal, que no es el caso, pues cada uno por su lado, sin falta de divorcio y pagar un abogado, eso me imagino yo que es así. No sé como sería si hay hijos de por medio.

El caso es que mi nieta se llevó mis muebles de salón que no tenían mas de cinco años. Me alegro tanto que se los quede ella... No son tipo modernos de los que suelen comprar la juventud, pero son en plan rústicos, como si fuesen para una aldea. Le gustaron o se conformó mientras ella no tiene que gastar en nada. No se nota nada que estoy muy orgullosa de la chiquilla ¿verdad?

La cosa es que yo en mi antiguo barrio tenía amigas con las que salía a pasear y mientras, charlábamos, de la vida y de la novela de turno que veíamos en Antena 3.

Aquí no conozco a nadie, solo a usted que ya hemos coincidido en el portal unas cuantas veces y me resulta muy agradable conversar con usted, todo sea dicho. Sé que vive usted sola. Fíjese y es mayor que yo. Ay, es verdad, ¡qué tonta! ahora recuerdo que usted vivía con su hermano, hasta que falleció recientemente, el pobre. ¿Le di el pésame? Sí, se lo di otro día que nos cruzamos como hoy. Por cierto, hace usted muy bien en ir a jugar a las cartas al hogar del pensionista. Yo iría si no fuese que no me gustan nada las cartas. Reconozco que están muy bien porque ejercitas la mente. ¿Sabe como la ejercito yo? Contando puntos. Yo hago ganchillo. Me entretiene mucho, aunque ahora veo menos que antes. Tejo por intuición. Todas somos creadoras en mi casa. Mi hija escribe, yo le digo muchas veces que si eso le sirve para algo. Claro que le sirve, pero me sale decirle eso porque se pasa horas y horas encerrada en su habitación escribiendo. Yo cuando me mudé a su casa creí que iba a estar acompañada, pero me deja sola en el salón, ahí con la tele. Hablo con los de la tele, no estoy mal de la cabeza, lo hago desde el año 70 que fue cuando mi marido, que en paz descanse, compró la primera tv que tuvimos, era en blanco y negro, sí. Cuando mi hija se sienta a ver una película conmigo me manda callar todo el rato. Yo voy previniendo a la víctima que alguien va a secuestrar o a matar. Les digo; “Ay qué tonta eres, te van a pillar, Mírala si va a la boca del lobo” y mi hija; “Mamá no te oye, es una película” Los hijos cuando crecen piensan que somos tontas. Ya sé que es una actriz, y que es una película con un guion de esos que escribe ella; pero vamos a ver… ¿No puedo yo meterme en la trama y vivirlo? Pues eso, mis pensamientos los exteriorizo. Que a veces hay que airear las ideas que luego todo se entumece.

Antes le decía que todas somos muy creativas. Mi nieta también. La echo tanto de menos… A veces entro en su cuarto, donde ella dormía cuando vivía con su madre. Sólo entro por oler su olor, por repasar sus cosas que las dejó tal y como estaban. Miro a un cuadro, pintado con acuarela, lo creó ella, aunque no sé qué parte hizo su profesora de dibujo y cual ella, pues era pequeñita cuando lo pintó. No sé qué significa, un árbol cómo seco y sobre ese árbol en ramas diferentes y dándose la espalda, veo… más bien me imagino a un hombre y una mujer, contemplando la puesta de sol. Colores cálidos, dorados, y naranja y delante del árbol como un lago con aguas oscuras. ¿He dicho que estoy orgullosa de mi nieta? ¿Ya se va? Sí, bueno ya es la hora de subir a comer. Suba, suba usted primero. Con este puñetero virus no podemos ni compartir el ascensor. Todos tenemos mucho miedo ¿verdad? Pero salir a pasear hay que salir. (Se dicen adiós con distancia. Observa y deja subir primero a la vecina, luego sonríe y deja salir su último pensamiento en voz alta) Me gusta hablar, ¿qué le voy a hace


 

 

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Nacidos para el arte - Marga Pérez

                                             


   

 


Encontré hace tiempo en el buzón una publicidad que me descolocó por lo directo del mensaje. Me dejó rumiando el resto del día. Iba dirigida a mi. Sabía de mi algo que hacía tiempo que tenía olvidado:


NACISTE ARTISTA ¿TE ATREVES A SERLO?

LLÁMAME, PRIMERA CLASE GRATUITA


Y un teléfono… nada más.

Siempre quise pintar pero en casa nunca hubo interés por el arte. Papá decía que éso del arte era cosa de maricas superfluo melifluo . Lo decía así todo seguido y lo repetía así, todo seguido, cada vez que algo le parecía que no era propio de hombres. Para mi padre había muchas cosas propias de maricas superfluas melifluas…

Como entonces los hombres, según mi padre, tenían que dedicarse a cosas de hombres, seguí sus pasos y aprendí el oficio de zapatero . Estuve diecisiete años poniendo suelas y tapas sin acordarme para nada de la pintura pero, se conoce que lo tenía dentro porque esa publicidad me recordó lo que siempre supe : quería pintar. Me lo recordó con tanta intensidad que después de rumiarlo un par de días decidí que iba a llamar.

-Un viaje largo comienza con un pequeño paso, me dije. Lo di . Llamé.

Era una Academia que acababa de abrir en el barrio. Estaban dispuestos a dar clase de aquella disciplina artística en la que cada uno estuviese interesado: dibujo, pintura, escultura, música, baile, instrumentos, canto, bolillos, patchwork, orfebrería, cocina… lo que fuera. Si no lo tenían programado lo iban a programar. Dicen que la necesidad crea el órgano. En esta academia la necesidad crearía la clase.

Mi barrio era un barrio dormitorio, triste y anodino, lleno de cemento y poco árbol. Había tres bares, un supermercado, farmacia, cuatro tiendas, colegio, centro de salud, hogar del jubilado... y poco más. Entre ellos yo, el zapatero. Era un barrio de trabajadores, no un barrio de artistas. O al menos éso era lo que yo creía…

El primer día que fui a la Academia de arte quedé asombrado de la cantidad de gente que había, no penséis que todos eran niños, adolescentes… No. Había muchos como yo, adultos convencidos de que aún no era demasiado tarde.

El primer curso se me pasó en un santiamén. Fue una toma de contacto con pinceles, colores, bocetos, técnicas, profesores, compañeros… Yo estaba encantado con la clase. El trabajo con los zapatos, que hasta entonces había sido el único motivo de interés de mi existencia, pasó a ser el trabajo que me daría de comer. Nada más. La pintura llenó el resto.

Cada día corría como un poseso para terminar, cerrar el negocio y ponerme a pintar…

El tiempo entonces se detenía.

Cuando cogía el pincel, cerraba los ojos y veía entre colores cómo el infinito se me acercaba. Me daban las tantas dale que te pego a la brocha sobre el lienzo. ¡Ni cuenta me daba !. Entraba en un sin tiempo en el que flotaba como si hubiera sido abducido por una nave extraterrestre, claro que sin haber tenido nunca esa experiencia... en realidad creo que me estaba volviendo un tanto marciano.

¡Era mágico! tengo que aceptarlo... No había sentido nunca algo así.

Lo pensé mucho por mi padre, sabía que no lo iba a entender. Al final dejé que mis emociones fueran las que decidieran. Estaba preparado. ME ATREVÍA A SER ARTISTA

Después de años de trabajo estoy preparando mi primera gran exposición en una importante sala de la ciudad. Les ha gustado mucho el trabajo que realizo y me han presentado como firme promesa del actual panorama cultural. Tengo ya varios cuadros vendidos y otros tantos apalabrados. Me dicen que será todo un éxito.

Pero no he sido el único artista que salió de la Academia. Jaime, jubilado eléctrico, descubrió que su cariño y atención a las plantas llegaba al nivel de arte cuando las combinaba con frutas, troncos secos, botellas… cualquier cosa le servía para formar centros de mesa, conjuntos florales para decorar tiendas, balcones, parterres… Se convirtió en todo un referente en el barrio. Todos querían aprender a hacer aquellos centros tan bonitos. Y el barrio cambió. Cada espacio en barbecho , sucio, con malas hierbas… se llenó de arte floral, de esculturas, de color, de magia.

La música empezó a sonar en las calles . De balcones abiertos salían notas trémulas y ya no tanto, de instrumentos musicales. Niños, mujeres, hombres, guitarras, violines, panderos… hasta con el piano se atrevió alguno. Grupos de mujeres reunidas haciendo prendas de punto, colchas de patchwork, bolsas, manualidades. Bajos comerciales, antes vacíos, cobijaron grupos de bailes regionales, de teatro, restauración de muebles, un coro. Piezas antiguas y viejas, que antes se iban a la basura ahora se valoran . Felisa es la responsable del cambio. Tiene manos de artista y gusto exquisito, todos se la rifan. No se tira nada sin consultar con ella. Todo sirve para decorar.

Se contó también con varios jóvenes grafiteros para pintar un muro que da a la plaza. Zorba, uno de ellos, fue fichado por la Academia para dar clases a un grupo de estudiantes interesados en este arte urbano. Se convirtieron en uno de los grupos más activo y colaborador del barrio…

¿El secreto de todo esto? Todos los que empezamos en la Academia nos atrevimos a ser artistas porque nuestros profesores estaban convencidos de que ya lo éramos. Sólo había que sacarlo a la luz. Nosotros nos convencimos de que lo traíamos de nacimiento. Ya habíamos nacido siendo artistas… Y lo asumimos . Y el arte nos cambió. Y el arte cambió nuestro barrio. Y el arte seguirá y seguirá cambiándonos.



Homenaje a aquellas personas que han nacido para inspirar a otras y regalan belleza y arte.

25 de Octubre día internacional del artista”


 

 

 

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El cielo en la tierra - Dori Terán

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Aunque el sol no lucia la mañana, Inés no estaba dispuesta a seguir viviendo con la pesadilla que envenenaba el aire a tiempo completo, a espacio absoluto.

Hacía ocho meses que el mal sueño fue ganando terreno en la mente y en los corazones de los hombres, en el dolor que generaban las muertes contadas a millares, a millones, en la guerra sorda entre hermanos, en las bocas amordazadas que no podían expresar nada, absolutamente nada que contradijera la versión oficial. Versión ,por otro lado, que continuamente cambiaba de argumentos, de medidas, de informes de expertos unas veces reconocidos mundialmente por sus títulos universitarios que los consagraban como sabios y otras simplemente desconocidos pero celebrados, aceptados y creídos porque el solo nombre de experto sentaba la cátedra de sabiduría y honestidad corroborable. Ah! Y los estudios, los prestigiosos estudios que también con solo decir “según un estudio” eran verdad verdadera que es lo único que puede ser una verdad pues no conocía Inés una verdad que pudiese serlo sin que su esencia fuese verdadera.

Y el miedo, esa emoción que paraliza, que impide toda búsqueda.

Hecha un guiñapo, acurrucada en el sofá, alimentando recelos y pronósticos terribles desde la televisión que en todas sus cadenas repite y compite por presentar las historias de terror más inverosímiles e inciertas. Y ese teléfono que la conecta con mensajes de whatsapp donde el morbo compasivo de tanta gente publica artículos de los periódicos colaboracionistas de esta referencia. Paginas en redes que acusan a diestro y cuando ya está confinado a siniestro y cuando ya está hundido a este y después al otro. Alguien cuelga una cuerda de una lámpara y balancea un cuerpo inerte…mientras otro alguien juega no se sabe bien a qué.

Poco se hablaba de las colas del hambre. Un hambre nuevo, no el que se ha mantenido siempre en un número considerable de la población mundial sin que nadie, incluida ella, se rasgase las vestiduras por ello. Este era el hambre de los que no pueden trabajar porque se cierran a cal y canto sus lugares de trabajo acusados de ser nidos del mal. Nidos que siguen pagando rentas de alquiler, pagos que no gastan de luz y agua, impuestos para mantener a los más espléndidamente mantenidos. Hambre y sed de justicia, hambre de pan y de paz.

Ana le ha contado que los judíos antes de ser llevados a los campos de concentración fueron cerrados en sus barrios…guettos. Seguramente en pos de seguridad, judíos peligrosos. Ana recuerda la guerra.

El día que Inés conoció a Roberto, estaba muy lejos de imaginar cuanta consciencia de vida iba a aportar a su existencia. Llevaba dos años siguiendo sus enseñanzas. Cuestionándolas, sin creencias. Guiada por el mensaje de Roberto: “…nunca creas ni descreas nada, solo experimenta…y quédate con lo que te sirva…” se había lanzado a la aventura, tal cual. Era ya el tiempo en el que la humanidad se convirtió en una y griega Y Un camino que se divide en dos y todos eligen una u otra dirección y a la elección le ocurre como a la ley, el desconocimiento de la misma no te exime de su cumplimiento y las consecuencias de que la cumplas o no. El camino implica búsqueda.

De forma consciente comprendió que ya llegó el momento. Iba a experimentar el impacto de la energía creadora unida a la de tantas personas que se sentían Uno. Despertó de una larga siesta en la que había depositado toda su voluntad e intención en voluntades e intenciones externas.

La niebla que la envolvía se quedó en el exterior. Muchas veces había sospechado que vivía en una realidad virtual que secuestraba su Yo esencial, que no la dejaba ser.

Con pensamientos, sentimientos y acciones comenzó a proyectar el mundo que soñaba y quería crear. Contaba con la fuerza y la fe en la divinidad que reside en la esencia de todos los hombres creados con polvo de estrellas y que tan sutilmente han tratado de borrar los oscuros empañándola incluso con sucedáneos como la religión. Y ahí anda experimentándolo y observándolo en su proyección creadora. Y la embarga una paz que antes añoraba, elevando la vibración de su persona y la del planeta en calidad de amor, sabiendo con certeza que los oscuros se irán un día no muy lejano a vivir a otro lugar más conveniente para ellos y sintiendo en su sensibilidad lúcida que, en algún cercano lugar del Universo, Seres de Luz nos acompañan en el experimento cuyo éxito en un futuro próximo nos permitirá celebrar el Cielo en la Tierra

 

 

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Niebla - Cristina Muñiz Martín

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La niebla se ha adueñado de mi mente, apresando en sus garras mis ansias y mis pensamientos, como si se tratara de una sábana blanca ocultando un piano hermoso en una casa deshabitada.

Todos mis sentidos se expresan a través de esa bruma espesa y blanca. Ya no hay claridad, ni sol, ni luna, ni sonrisas. Solo una especie de tristeza infinita acompañada de una apatía desconocida. Pero sé que esto es un paréntesis, quizá un tiempo necesario para volver a la vida con más fuerza, como ese piano hermoso al que le quitan la sábana que lo cubre, y lo limpian, y lo afinan, cuando regresan sus dueños cargados de maletas de verano y sus notas vuelven a danzar en el aire animosas y alegres.


 

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Desconexión - Dori Terán

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Cada mañana la rutina la llevaba a la estación. El sol aún dormía y la luz fría de las farolas alumbraban el camino. No necesitaba ninguna luz, aunque hubiese cerrado los ojos podría llegar a su destino. El recorrido diario se había grabado en sus pies como un implante inconsciente, seguro y manipulador de cada uno de sus pasos. A veces se preguntaba cómo había llegado a este nivel de automatismo. A menudo intentaba recordar si había cerrado con llave la puerta de su casa, si había bajado la basura, si tal vez la plancha quedó enchufada…si, si, si…, pero no lo conseguía. Todo estaba ejecutado de forma mecánica. Se quedaba tranquila sin dar más vueltas a la mente en el intento de recordar. Tenía asumido que todo se había realizado correctamente de forma mecánica.

Los acontecimientos presentes envueltos en bruma de incertidumbre e incredulidad, llevaban demasiado tiempo sucediéndose, existiendo como una amenaza que se cierne con premeditación y alevosía sobre la vida. Un virus inteligentemente asesino había llenado de miedo el aire que respiramos y los fallecidos se contaban a miles en todo el planeta. El hombre poderoso sediento de más y más poder se veía abatido y desbordado por nano partículas desconocidas en su origen y causando estragos diferentes en el funcionamiento de los aparatos y órganos del cuerpo humano. Dolor, sufrimiento, muerte.

Sabios, investigadores, científicos, virólogos, epidemiólogos, médicos y tantos titulados más con prestigiosas etiquetas y curriculum, no acertaban a explicar, a contener, a sanar la explosiva infección. La desorientación y el caos se fue adueñando de las mentes y los delirios de todo tipo invadieron la subsistencia de las personas. Temor, enfrentamiento, separación…suicidio.

La gente fue aislada en sus casas como fortaleza inexpugnable para el microbio. No se podía trabajar y pronto no se pudo comer. No se podía abrazar y pronto no se pudo amar. Los juicios y los prejuicios ocuparon el lugar del amor. Libertinos, irresponsables, asesinos.

Ella no quedó libre de subir cada día al tren. Su tarea laboral era necesaria según el B.O.E. Todo su ser, su corazón, su espíritu, su psique…necesitaba protección. Incapaz de solventar el terror que la acompañaba, lejos muy lejos de la calma y la lógica, sin saber cómo adquirir tan preciados tributos, decidió sin dudarlo DESCONECTAR. Y como un zombi se pone cada día la mascarilla obligatoria, lava sus manos compulsivamente y las llena de gel hidroalcohólico varias veces en la jornada a pesar del color rojizo de la piel que le avisa de la destrucción de las bacterias protectoras. No se percata. Duerme en la muerte del alma.

 

 

 

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Sus nombres en las piedras ( Los hijos de Santiago) - Esperanza Tirado

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Entre la niebla que envuelve la ciudad varias figuras caminan por sus calles. Algunas con prisas, otras despacio. Todas embozadas, pues el frío de la noche aún se acurruca en las piedras que conforman estas calles. Su historia está escrita en ellas. La de cada nacido entre esos muros, también hechos de piedra. Da igual su origen, todos tienen una piedra, su piedra, que habla de ellos. Su historia entera se puede leer en ella. Desde la casa más humilde a las paredes de la Catedral, siempre majestuosa.

Y la niebla susurra y acoge los secretos de todos, como otro habitante más. Guardando la piedra con un manto blanco y verde de humedad, que a veces protege y a veces daña, sin querer, a su ciudad; llena de piedras, llena de caminos, llena de historias, llena de sueños.

Con la niebla de la mañana suena la campanilla del torno. Hace demasiado frío, apenas si ha salido el sol; así que ha de ser alguien con gran necesidad.

La monja portera se levanta pesadamente de su silla, se arrebuja en su raída manta y a través de la puerta del torno musita un ‘Ave María Purísima’, que nadie responde. Espera unos minutos, hasta que el llanto de un bebé la despierta del todo.

¡Madre de Dios, una criatura! ¡Pobriña mía!

Y da la vuelta al torno para recoger un capazo raído en el que un bebé de apenas días llora, de hambre o frío. Da igual. Envuelto entre trapos es acogido en el hospital, que llaman. El Hospital Real, que es para todos los que vienen a esta ciudad, que a todos acoge, y a todos da calor y comida. Esa es su misión. Las piedras dan calor.

La monja envuelve entre sus mangas el capazo y camina por los fríos pasillos. Cruza el Claustro de San Marcos, donde el agua de la fuente está escarchada haciendo figuras en los caños. Siempre se detiene a mirar y siempre se asombra de esa magia de la mañana. Pero esta mañana es diferente. Tiene prisa.

Con el niño arrebujado corre lo más que le permiten sus cargadas piernas, enredadas entre sus gruesa saya; y por fin, llega a una sala enorme con camas, cunas y alacenas llenas de botes con puré y jarras de leche de granjas cercanas para alimentar a las criaturas que, como él, son llevadas hasta el torno. Hasta ellas, que cuidarán de todos los que lleguen.

La desesperación es mucha. Hay poco trabajo, poco dinero y casi siempre muchas bocas que alimentar. Algunos a veces mueren de pura necesidad. Los padres cargarán con esa cruz toda su vida, viviendo en una niebla perpetua. Pero la vida sigue y hay que buscar alimento y abrigo para los que quedan. Y para los que puedan venir después.

Y en el hospital, las monjas, aunque pobres, algo más tienen para mantener a esas criaturas desgraciadas. Como es un Hospital Real ellas tienen permiso para permanecer allí alojadas. Aunque no pueden moverse libremente por las dependencias. Tan solo por sus celdas, las cocinas, el refectorio menor, donde comen y rezan, la inclusa y la hospedería de mujeres.

Para asistir a misa tienen permiso para salir fuera, a la Catedral, el edificio más grande de la ciudad, que preside la Plaza principal. Que a las siete en punto abre sus puertas para ellas y para todos los peregrinos que llegan.

Pero en esta mañana no hay tiempo de misas. Santiago las perdonará después. El niño sigue llorando. La monja es asistida por otras dos compañeras más. Que enseguida abren armarios y sacan mantas y ropa menuda para que el bebé no pase más frío.

Una novicia, a la que le toca el turno de mañana, prepara el biberón con la leche bien caliente. Mientras el llanto de pequeño despierta a los que duermen en sus cunitas de la inclusa. Algunos tuvieron suerte de cruzar el torno. Siguen con vida años después. Y de vez en cuando, ya hombres de provecho, visitan a sus ‘primeras madres’ con regalos y víveres para que la cadena de cuidados siga su curso.

No solo la de afuera, la más visible y que protege a todos los que entran en el edificio. La invisible, la que nadie ve porque nadie entra en esa zona, es casi más poderosa. Y hace que los cuidados de las monjas hagan fuertes a esos niños y niñas que llegan en los huesos.

Madre de Dios, hermanas, ¿Qué tenemos aquí?

Una monja, de mayor edad que las demás, entra con paso firme. Todas se quedan quietas, alrededor de la hermana portera que sigue sosteniendo al bebé.

Hermana, es un expósito recién recogido.-le responde.

Tiene hambre. -La vocecilla de la novicia se hace un hilo de voz ante la mirada de la monja.

Hambre y Sed de Justicia, como tantos en esta ciudad. Y en el Orbe entero. ¡Ay, Santiago! ¡Cuándo detendrás esta desgracia! ¡Oh, pecadores del Mundo! ¡Tantas criaturas infelices!

Su letanía de lamentos y maldiciones asusta a los que dormían en cunas y camitas. Algunos llantos alertan a las monjas. Que no dan abasto para tranquilizar a sus pequeños.

Un niño de unos ocho años, de grandes ojos negros como el azabache, aparece por la puerta con un gran cubo de leche. Mira a la monja que maldice con los ojos aún más grandes. De milagro se ha librado de un pescozón suyo, como es costumbre.

Hermanas, Padre está en el carro esperándome. Si quieren más, háganme las rayas que quieran en la mano.

Dejando el cubo, enseña las palmas de sus manos sucias y sonríe mostrando un gran hueco en su boca.

Gracias, Yago. De momento no necesitamos más. Tenemos la alacena hasta arriba. Dile a tu madre que si puede, nos guarde calabazas cuando os salgan de sobra en el huerto. Que las papillas son buenas para los que aún no tienen dientes.

Sí, hermana -La sonrisa de Yago se torna seria cuando se da cuenta del pequeño que sostiene la monja. -¿Es nuestro?

Sí, hijo. Es nuestro. Es otro hijo de Santiago. Es de la ciudad. Es de todos. Entre todos lo cuidaremos.

Ha tenido suerte ¿A que sí, hermanas?

Antes de que reciba respuesta, una voz y un par de silbidos le hacen girarse.

Me tengo que ir, hermanas. Es Padre. Hoy toca reparto general. Y tenemos que estar en casa de vuelta antes de la anochecida.

Y, sin casi decir adiós, sus ojos del color del azabache se esfuman. Afuera, en la calle fría y desierta, unos caballos relinchan y las ruedas de un carro repiquetean contra las piedras, cortando la niebla.

El bebé sigue llorando. La monja lo acuna un poco más fuerte, mientras otra novicia ha puesto sábanas y mantas limpias en una camita. Lo depositan con cuidado en ella y le desvisten.

Entre los llantos, un grito:

¡¡Su pie!! –La novicia primera no puede contenerse- ¡¡No está!!

¡Jesús, María y José! ¡No hace falta gritar así, niña! –Riñe la monja de edad que ha regresado– Todas lo hemos visto. Criatura... Por eso te han traído aquí.

Y su voz se torna cálida, mientras se hace hueco en la cuna y es ella la que cambia al bebé, sucio de varios días. Con buena maña lo arropa y lo saca de la camita. Con la mano libre recoge el biberón de manos de la novicia, que hace una reverencia y escapa lejos de la habitación y de la monja.

A veces se pregunta por qué ha de estar aquí en lugar de corriendo por el empedrado de la ciudad, como su hermano. Luego recuerda que su padre, en algún tipo de negocio con hombres de alto rango, la cedió a ella con su dote al Hospital Real. Ser mujer en estos tiempos resulta injusto y hasta un estorbo piensa para sí a veces.

Pero al menos yo tengo dos pies. Y puedo ayudar aquí. Y si no tomo los votos tal vez podría casarme… Qué será de este pobre rapaz…

Ave María Purísima. -Al llegar a la hornacina se santigua y se arrodilla mientras siguen bullendo pensamientos en la cabeza.

Alguien la llama desde alguna parte del edificio. Las piedras hacen ecos. Y se queda un momento escuchando. Siempre le resulta mágico y las monjas le riñen, que parece una alelada mirando a la niebla sin ver nada, y que el Diablo se la va a llevar sin que nos demos cuenta, le dicen siempre. Pero ella disfruta esos segundos antes de obedecer y hacerse de nuevo invisible en sus quehaceres.

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Ego te baptizo in Nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti, amen.

La fórmula de las palabras en latín, de boca de la voz profunda del cura, resuena en la capilla. Las monjas y las novicias asistentes se santiguan y besan por turnos al pequeño Andrés.

Algún día habrá de visitar a su Patrón, aquel por el que recibió su nombre en las aguas bautismales. Todos los congregados desean que sea posible, puesto que ‘A San Andrés de Teixido vai de morto o que non foi de vivo’. Y este pequeño tiene menos posibilidades que los otros hijos de Santiago de sobrevivir sin ayuda.

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Pero a veces se obran milagros. Y tal vez Santiago y San Andrés, en una extraña alianza santa hacen que Andresiño crezca sano. Lo del pie a medio formar no pareció ser un problema; excepto para lograr ser adoptado por alguna familia. Nadie quiso a un bebé incompleto.

Pero el pequeño fue cumpliendo años, y corría y jugaba y ayudaba en las cocinas, en la inclusa y hasta iba a las canteras con los trabajadores a ayudarles o a recoger lo que ellos dejan para las monjas y para sus hermanos, todos hijos de Santiago. Muchos canteros recordaban su humilde origen y seguían devolviendo a las monjas el favor y la ayuda de haber sobrevivido.

La primera vez que fue a la cantera a llevarles algo de comida y ropa de abrigo Andresiño se asustó. No se veía nada. Solo piedra pelada cubierta por una densa capa de niebla. Sintió que algo se lo tragaría y se escondió tras los capazos de las herramientas. Las carcajadas de los hombres hicieron que se avergonzara, de su miedo y de su pie a medio hacer.

Chico, no nos tengas miedo. Y no te avergüences de tu pie.- Habló uno de los hombres, el de más edad, dándose cuenta del problema del niño.

-¿Cómo te llamas? – preguntó otro, animándolo a acercarse.

Andrés,… Andresiño… por el Santo de Teixido.

Tienes dos manos y parece que eres fuerte, Andresiño. –le animó otro de ellos- Si quieres puedes quedarte con nosotros y aprender a ser un buen canteiro.

¿Un qué? – Andresiño perdiendo su miedo, miraba a la cara al grupo de hombres de cuerpos rudos y sucios de tierra y manos callosas.

Un canteiro, un trabajador de las piedras. –Le explicó el hombre mayor- Santiago es exigente. Siempre hay que lograr que esté presentable para los peregrinos y para los de aquí. Un par de brazos siempre vienen bien. Trabajo no falta.

Y le entregó una pequeña herramienta y una piedra marcada con una T del revés. Que Andresiño examinó con curiosidad.

No sabemos escribir, pero sabemos tallar. Esos signos que ya conocerás son nuestros nombres en las piedras. Vivimos rodeados de ellas. También los habrás visto por las calles de toda la ciudad, en el suelo y en las paredes de las casas. Este oficio viene de antiguo. –continuaba explicando ante los ojos atentos de Andresiño- El Maestro Mateo fue nuestro primer jefe de obra. No llegamos a conocerle, eso fue hace muchos años... –la nostalgia invadió su relato- Pero sigue siendo venerado. En ese cuadrado imperfecto, que veces cuesta encontrar, se esconden la belleza y el misterio de la vida… ¿Me entiendes, rapaz? ¿Has entrado a la Catedral por el Pórtico de la Gloria?

Andresiño asentía fuerte, moviendo la cabeza arriba y abajo, aunque la perorata del hombre a veces le confundía. Recordaba esas mañanas tempranas de densa niebla, yendo a oír misa a la Catedral de la mano de las monjas, y mirar hacia arriba. Los colores de las caras de los santos siempre le fascinaban.

Pues bien –continuó otro de los canteiros– Él fue quien lo diseñó. Y muchos como nosotros fueron los que con sus manos tallaron esas figuras hasta que se convirtieron en las personas en piedra que ves ahora. Gracias a sus colores los peregrinos llegaban a la Catedral a través de la niebla. El Pórtico les acogía. Y allí finalizaban su Camino después de muchas jornadas de sendas pedregosas, lluvia, densas nieblas, frío y otros infortunios. Algunos ni siquiera llegaban a abrazar al Santo...

Y esas marcas –señaló un nuevo canteiro que se unió al círculo que ya rodeaba a Andresiño– son todas distintas, no hay una igual a otra. Cuentan una historia. Nuestra historia. La historia de cada canteiro que fue haciendo grande a la Casa de Santiago, que es la de todos. Hay que saber leerlas aunque no hayas ido jamás a una escuela ¿Me entiendes? – Andresiño volvió a cabecear arriba y abajo- Protegen a la Catedral de la niebla, del mal, de las calamidades. Y nos protegen a todos nosotros.

Y delante de la cara de Andresiño hizo como unos juegos malabares, sacando una nueva piedra tallada. Esta vez era negra y alargada.

Esto es una figa –se la colocó alrededor del cuello con un fino cordón de cuero- Tiene magia, poder, la fuerza de la tierra. Y te protegerá siempre. De cualquier mal, de la niebla que te aceche y te confunde y que te hará desviarte de tu rumbo.

Todos tenemos una –En la pechera de todos Andresiño descubrió una diminuta y brillante sombra negra.

Y el canteiro de mayor edad añadió:

Recuerda esto Andresiño… Andrés, pues ya eres uno más de entre los nuestros: Los nombres grabados en las piedras te guiarán siempre por el camino correcto. Ellos, Santiago, las monjas del Hospital y San Andrés, de quien recibiste el nombre, serán por siempre tu Guía. Con la figa al cuello y las almas de todos los canteiros, hijos de Santiago velando por ti, ni el Diablo ni la niebla más densa te atraparán jamás.







NOTA: La frase que aparece en rojo y en cursiva está tomada de la página

https://www.monasteriordearmenteira.es/os-canteiros-y-el-misterio-de-la-piedra/

 

 

 

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