¡Esto
sí que es vida! En lo alto el sol, la tumbona, una piña colada en
el taburete, las palmeras meciéndose al vaivén de una suave brisa
marina y un brillante resplandor en el agua de la piscina, ¡esto es
vida! Me lo merezco tras haberlo pasado tan mal y ser ignorada por
mi familia. Mi desgracia es tan antigua como la historia de Caín y
Abel, no hubo derramamiento de sangre pero no por ganas de mi hermana
Concha, la peor traidora con la que he podido toparme.
En
casa éramos cuatro, mi padre empleado en un taller de vehículos, mi
madre currante a tiempo parcial en una frutería aunque más bien era
a sueldo parcial porque horas echaba las que hicieran falta, la
fresca de la familia mi hermana Concha dos años mayor y yo, la tonta
del bote que nunca se enteraba de nada, responsable, obediente,
educada y sobre todo perdona vidas. Ahora en la lejanía me doy
cuenta de lo ingenua que fui, como todos hacían lo que querían
menos yo que hacía lo que debía y por ese motivo malgasté mi vida.
No tengo amigos ni amigas, ni siquiera un medio novio o algo así,
jamás ningún hombre me ha besado o invitado a tomar algo, al estar
siempre atendiendo a la tía abuela Remedios, una vieja egoísta y
cascarrabias que me maltrataba.
Recuerdo
una infancia feliz con mi madre en casa, mi hermana y yo en armonía
jugando en el patio plácidamente, una familia normal hasta que
cumplí los ocho. Mamá empezó a trabajar en la frutería porque el
negocio de papá empezaba a flojear y dos niñas creciendo requerían
muchos gastos. Se suponía que mi hermana debía cuidarme pero
pronto empecé a apañármelas sola, no sólo no miraba para mí sino
que faltaba a clase, no hacía su cama o recogía su ropa siempre
desperdigada, fue raro que no intentara imitarla porque recoger,
limpiar, fregar o prepararme un bocadillo para llenar mi estomago me
resultaba complicado en aquel entonces. Ante tal desorganización y
no poder razonar con ella, mis padres optaron por dejarme en casa de
Remedios, hermana de mi abuelo materno, que vivía sola en una vieja
casona a las afueras del pueblo, la ayudaría y haría compañía a
cambio de cuidarme.
Al
principio fue cariñosa, almorzaba y merendaba con ella, incluso me
ayudaba con los deberes o me entretenía enseñándome a dibujar y a
pintar, aún sonreía y pedía amablemente la ayudara en algunas
cosas, pero el reuma comenzó a producirle fuertes dolores, teniendo
que acompañarla a menudo al médico quien le daba medicación que la
atontaba o la trastornaba, comenzando a ser una mujer repulsiva,
egoísta, mal encarada, chillona y muchas cosas más que prefiero
callar. Aquellas tardes apacibles dibujando o contemplando el jardín
con una taza de chocolate se convirtieron en amargas y agobiantes a
pesar de poner mi empeño en hacerlo todo como ella quería, aún así
nunca estaba conforme y terminaba riñéndome.
No
era una niña perfecta pero me gustaba aprender y por tanto ir a
clase, tener mi entorno recogido y llevarme bien con mis semejantes,
por ello era obediente, disciplinada y paciente, cualidad que empecé
a practicar y perfeccionar bien pronto. A pesar de mis quejas mis
padres no podían dejar su trabajo, mi hermana ni en sueños echaba
una mano convirtiéndose poco a poco en un ser salvaje rayando en la
delincuencia, así que tuve que bregar solita con la situación,
tragar y seguir hacia adelante como buenamente pude. Los años
fueron pasando y la tía Reme inició una merma evidente en su estado
físico y mental, más de una vez me veía obligada a abandonar las
clases para acompañarla al médico o a urgencias y a pesar de ser
menor de edad era yo quien explicaba síntomas, dolores o malestar
que padecía, preferían hablar conmigo antes que con la antipática
de mi tía. Me esforzaba tanto en los estudios que fui merecedora de
matrículas y becas e intenté acceder a la universidad sin costo
alguno para mis padres, pero justo el día del examen la tía ingresó
en urgencias y nadie de mi entorno accedió a acompañarla, con nadie
no quiero decir sólo mis padres o mi hermana, sino mis tíos,
sobrinos de ella o alguno de mis primos más cercanos. Ahí empecé
a llevar el primer varapalo y a sentirme defraudada. Perdí una
segunda ocasión de presentarme al examen debido a una avería en
casa de tía Reme, finalmente opté por olvidarme de la universidad y
mis sueños de ser periodista.
Era
consciente que a pesar de cuidarla debía prepararme para conseguir
trabajo en el futuro, la tía no iba a durar eternamente, siendo
justos en agradecimiento bien podía nombrarme heredera de sus
bienes, la casona con unas diez fincas arrendadas más un edificio de
inquilinos y bajos en el centro del pueblo. No obstante siendo
realista los primeros herederos serían siempre sus sobrinos, así
que lo tuve claro, debía formarme para ganarme la vida de alguna
manera.
En
aquella casa había una máquina de escribir decidiéndome por un
curso online de administrativo. Los idiomas siempre fueron fáciles
para mí y tanto la gramática como la ortografía me resultaron
agradables de estudiar conseguiendo el título. Entre los compañeros
de curso nos comunicábamos ofertas de empleo, oposiciones, así fue
como supe de las convocadas para la Comunidad Económica Europea, no
parecían difíciles y además te sufragaban los gastos de
desplazamiento si vivías a más de quinientos kilómetros de
distancia del lugar del examen, como era mi caso. Tan sólo iba a
faltar día y medio, confiando que algún alma caritativa me
sustituiría esta vez. Presenté la solicitud y al llegarme la carta
de convocatoria casualmente la tía estaba ingresada por una
arritmia, más fácil no podía ser al tener que hacerla compañía
solamente dos tardes ayudándola a cenar. Tras consultar con mi
hermana y pintándoselo fácil aceptó placenteramente, inusualmente
amable no puso reparo alguno pues sentía no tener más contacto con
ella. Vi el cielo abierto, preparé el viaje y me fui despreocupada,
mi hermana se estaba convirtiendo en mejor persona, eso pensé yo, y
el examen me fue bastante bien aunque los demás opositores decían
lo mismo. Sólo quedaba esperar resultados.
Tía
Remedios volvió más fastidiada de lo que estaba, al parecer su
corazón delicado estaba cansado y como era inviable una operación
mejor en casa estando tranquila. Pasó unos días angustiosos con
constantes visitas de médico y enfermera hasta que falleció. A los
funerales acudió toda la familia y vecinos que en vida no la habían
aguantado pero que hipócritamente comenzaron a mostrarle cariño. A
la semana siguiente del funeral comencé a recoger mis cosas y
regresar con mis padres, limpié, ordené y preparé la casa para
quien fuera a heredarla, y me dirigí tranquila al despacho del
abogado por si había noticias del testamento. Me pidió que me
sentara pues la tía había testado a favor de mi hermana Concha,
desheredando al resto de familiares por no haberla atendido en vida.
Me desmayé de la impresión, al recuperarme le pregunté por la
fecha del último testamento, justo la del día que falté para el
examen de la oposición.
Menos
mal que Concha estuvo unos días desaparecida porque si la hubiera
pillado la hubiera matado. Visité uno por uno a todos los miembros
de la familia y como se sentían culpables ninguno me dio su apoyo,
incluso mis padres también me fallaron. No tenía donde ir ni de
que comer así que volví a casa odiando a todos y buscando la manera
de largarme de allí. Cuanta ruindad por parte de mi hermana y
cuanta envidia debía tenerme para hacer algo así. Al cabo de unos
días apareció Concha con dos cajas de cartón, en una estaba la
máquina de escribir y en otra los lápices de colores, acuarelas,
dibujos y libretas con los que de pequeña me había entretenido tía
Reme. Me dio una carta escrita de puño y letra por la vieja en la
que me dejaba en herencia lo que contenían las dos cajas. Me sentí
estafada, burlada, estuve a punto de prender una hoguera con todo
aquello, pero las fuerzas me fallaron y caí en depresión, quería
morirme, a nadie importaba, era un cero a la izquierda y cuanto antes
me fuera mejor para ellos. No me levantaba de la cama nada más que
para ir al baño y como no comía, cada vez lo hacía menos. En una
de esas ocasiones tropecé con la caja de los dibujos desparramándose
por el suelo todo su contenido.
Entonces
asomó el cuaderno de la tía con el dibujo al que tanto cariño
tenía, siempre miraba con admiración aquellos colores tan fuertes,
rojo, amarillo, negro, tenían una fuerza y un brillo inusuales.
Salí de mi somnolencia y comencé a observar la lámina. Nunca supe
si era un ocaso o una tierra en llamas, aquel árbol escuálido
resistía en pie a pesar de la furia del color. Por primera vez lo
observé con otros ojos, fijándome en el más pequeño detalle de
sus pinceladas y di con la firma, Martinasky, un año, 1950. Tras un
frugal paseo por la cocina para beber y comer algo, más bien poco al
haberse encogido mi estomago tras tantos días sin comer, mi vocación
periodística me instigó a investigar por internet aquel nombre.
Una mujer llamada Martina se había iniciado de niña en el arte
gracias a una joven aupair que la cuidó un verano, para que nadie
criticara sus dibujos firmaba bajo un pseudónimo, Martinasky,
manteniéndolo a lo largo de su carrera profesional llegando a ser
una de las mejores artistas del momento, sus obras estaban en museos
famosos y sus esculturas amenizaban las calles de muchas capitales
europeas. Era una gran artista de reconocida fama mundial y ¡yo
tenía un cuaderno con sus dibujos! Seguí investigando su vida, sus
andanzas, sus obras, descubrí que existía una Fundación
Martinasky, pero antes de decirles nada tenía que averiguar por qué
la tía disfrutaba tanto con aquellos retazos de colores y el motivo
por el que los guardaba con tanto cariño.
Me
pasé dos días leyendo información sobre la artista, sobre su
familia, sobre sus estudios, inquietudes y formación, pero seguía
sin aparecer la conexión entre las dos, hasta que una de las viejas
del pueblo que siempre había sido amable conmigo me hizo una visita.
Al ser de la edad de tía Reme no paré de preguntarle por su vida,
sus andanzas, al parecer tuvo mala suerte en la vida ya que al ser la
pequeña le correspondió cuidar muchos años de su madre y luego de
su padre, sin conocérsele novio ni marido alguno. Si bien antes de
enfermar su madre había querido conocer mundo y se fue de aupair a
Francia, de donde tuvo que regresar intempestivamente por la grave
enfermedad de su progenitora.
Ya
conocía la relación entre las dos que justificaba la posesión de
dichos dibujos. Me puse en contacto con la Fundación Martinasky
contándoles por encima la historia e intentando que algún experto
viniera y certificara la legitimidad de la obra. Intentaron
comprarme el cuaderno por unos 250.000,00 €, tras un periodo de
reflexión decidí consultar con la casa de subastas Christie en
España, quienes al comprobar la autoría y la pertenencia, se
ofrecieron a subastarlo partiendo de los 750.000,00 €. Me frotaba
las manos pensando en el dinero que podía percibir y en ningún
momento conté a nadie mis proyectos, bueno tampoco había a quien,
porque no me hablaba con nadie y mucho menos con la delincuente de mi
hermana quien dilapidaba la herencia en juergas.
El
desprenderme de la acuarela me dolía por tener grato recuerdo de
aquellas tardes sentadas bajo el almendro, apoyadas en una mesa de
mármol mientras pintaba y ella la contemplaba abstraídamente. Pero
el posible dinero me resarcía de lo vivido y de mí sacrificada
dedicación. Llegó el día de la subasta, me invitaron y presencié
estupefacta como el importe iba subiendo sin apenas ruido, ni jaleo,
ni voces, unos por teléfono, los presentes levantando una tarjeta, y
se vendió por 1.350.000,00 €. ¡Era millonaria! Casi me da un
patatús, tuve que acudir a un banco para abrir una cuenta y regresé
a casa volando porque mis pies no tocaban suelo de lo eufórica que
iba. Encima de la cama encontré una carta de la CEE, el resultado
del examen de la oposición, que nervios al abrirla no atinaba con el
dedo y tuve que coger un cuchillo de la cocina ¡había aprobado!
Tenía que incorporarme en el plazo de dos meses en Bruselas.
Y
por eso estoy aquí en la República Dominicana, en un Luxury Resort,
disfrutando de la playa, las comidas, los bailes, los masajes y
excursiones que he contratado durante este mes, porque el próximo me
voy a Bruselas en busca de apartamento. No me despedí de nadie, a
nadie conté mi maravillosa suerte y espero que en mucho tiempo no me
busquen porque yo a ellos no pienso hacerlo.
Escribí
una carta a Martinasky narrándole suavemente la vida de tía Reme y
la herencia que me dejó, es una mujer mayor pero aún tiene la
cabeza en su sitio y como vamos a estar cerca pues vive en Holanda me
ha invitado a su mansión, ahora sólo me queda encontrar pareja
entre mis compañeros, o quién sabe si algún político.

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