La soledad de ayer y hoy - Pilar Murillo

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Dieciséis años tenía. Aburrida adolescencia en una aldea en el norte de Asturias a pocos km del cabo de Peñas. Comenzaba el otoño y los sábados eran tan mustios y tristes como lo son ahora.

Me sentía sola. De repente ponía un LP de la Mode, un grupo de tecno-pop de principios de los 80, era de mi hermano. Sólo lo podía escuchar en su “tocata” cuando él no estaba; porque a él nunca le gustó que le anduviese con sus cosas, así que era algo prohibido y eso me llevaba a animarme un poco.

Mi canción preferida era “Aquella chica” que decía así “La soledad envuelve a aquella chica que está en la barra medio tirada, pendiente solo de su pensamiento que el diablo solo sabe en donde estará” ¡y ya estaba!, la magia hacía que me identificase con aquella chica sola de la canción que según iba sonando el disco iba cambiando de estado de ánimo, como cambiaba el mío. “No te preocupes por aquella chica, todo es mentira, está actuando…”

¿Qué soledad era más poderosa o distinta? ¿La de aquella adolescente “que aún no ha cumplido los veinte años” o la de la mujer madura que sigue escuchando a la Mode en spotyfi?

Estar sola en mi adolescencia era triste porque en un pueblo cuando oscurece no hay gente por la calle y no había sitios donde ir. Mi madre planchaba sobre la mesa de la sala o hacía cena o remendaba algún calcetín que apenas se notaba que en algún momento había estado roto. La tv en blanco y negro de fondo y yo resoplando, ¿Qué hacer un sábado a las 7 de la tarde, un día cualquiera de noviembre? Me encerraba en la habitación de mi hermano ya no me interesaba husmear en los cajones de su mesilla de noche, ya sabía de memoria que me iba a encontrar. El reloj de mi padre, una caja con billetes antiguos, algún mechero, una pipa, alguna chapa de esas que se ponían en la cazadora. Una libreta donde anotaba todos los nombres de las chicas con las que había salido hasta entonces. En la estantería estaba su tocata y sus LP´s y ponía esa canción una y otra vez hasta animarme y dar algún paso de baile. En una hora ya me habría hartado de estar allí y saldría de la habitación para irme a la mía a leer el último libro adquirido en círculo de lectores.

Ahora soy una mujer madura y triste. La ley de la vida ha cobrado el destino por el que todos debemos pasar. Los hijos se van de casa, pero viene tu madre ya anciana a hacerte compañía hasta que se va para siempre, o se va tal y como era y queda su olor y la veo en mi imaginación caminar por el pasillo, estar sentada en el sofá.

Después de 34 años vuelvo a sentir lo mismo. La soledad en noviembre, pero en una ciudad, sales y apenas ves gente, por otras circunstancias. Aquí no vive mi hermano, que tampoco es que haya cambiado mucho de cuando él tenía 18 años, podría adivinar que no tiene la libreta con el nombre de las chicas que le gustaban, pero hoy en día hay Facebook y seguro que tiene un montón de contactos que son chicas que le gustan.

Me encierro en mi habitación, pero mi madre no está haciendo la cena, ni planchando, ni cosiendo, simplemente no está y es a ella a la que echo de menos, no a mis amistades, que sé que están si mando un wasap.

En mi cuarto leo el libro “A corazón abierto” de Elvira Lindo. Leo a ratos y despacio, en voz alta, vocalizando, como si fuese retrasada. Escucharme a mi misma me da algo de compañía. Cuando me harto de leer o me quedo con la boca seca, me levanto y voy a por agua y de repente me acordé de la Mode, por eso me ha dado por escribir de la soledad. El ánimo en una tarde-noche de noviembre, curiosamente mañana hace un mes que mi madre ha fallecido y pienso en ese momento trágico y me siento como una niña huérfana, qué sola se debe sentir una niña así. Yo fui huérfana de padre, pero apenas lo sentí. Mi padre era una fotografía, era el dios a quien rezaba cuando necesitaba ayuda, cuando era adolescente y me enfadaba con mi madre me imaginaba que mi padre tampoco la soportaba y que él estaba en Alemania viviendo otra vida.

Cuando eres adolescente puedes llegar a ser cruel con la gente que te quiere y de adulta agradeces que tu madre haya sido madre y padre a la vez, egoístamente agradeces que no hubiese rehecho su vida y se sacrificase por nosotros.

La soledad era aquella de mi adolescencia y es esta de mi madurez, cuando estando con gente me siento vacía, porque no es un estado elegido, cuando eliges estar sola se disfruta.

 

 

 

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Tu soledad y la mía - Gloria Losada

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María se levanta casi siempre sobre las 10 de la mañana. Está despierta desde mucho antes, pero sus dolores de huesos no le dan tregua y donde mejor está es en la cama. A veces, en el invierno, desayuna y se vuelve a acostar, que total para lo que tiene que hacer, bien le llegan las horas.

María tiene 86 años y vive sola desde que hace tres su marido, Raimundo, pasara a mejor vida. Lo echa mucho de menos. No le daba mucha conversación, todo hay que decirlo, su marido siempre fue hombre de pocas palabras, pero le hacía compañía. Por la mañana le iba a por el pan y por las tardes, mientras ella echaba una pequeña siesta, él bajaba al bar a jugar la partida con sus amigos. Luego veían un poco la tele, cenaban, volvían a ver la tele… y al marchar a la cama siempre le llevaba un vasito de leche para tomar la pastilla de la tensión. No sabe bien por qué, pero el recuerdo de ese gesto tan simple le provoca que una lágrima traicionera resbale por su mejilla y le hace ver lo sola que se siente.

María y Raimundo no tuvieron una infancia fácil, como casi toda la gente de su época. Salvo que fueran ricos, criarse en la posguerra tuvo más luces que sombras, entre cartillas de racionamiento y el miedo reflejado en los rostros de muchos. Luego las cosas fueron mejorando. Raimundo trabajó como ferroviario y ella crió a los dos hijos que tuvieron Luis y Carmen. Cuando su marido murió su hija insistió para que se fuera a vivir con ella. Pero María le dijo que no, que todavía se valía por sí misma. Ni por un instante pensó que se iba a sentir tan sola. Además Carmen tiene su vida. Se divorció hace años, no tuvo hijos y está a punto de jubilarse como profesora. Siempre está de aquí para allá, así que ella solo sería una carga y por nada del mundo desea serlo.

Luis, por su parte, le dejó caer que siempre podría ir a vivir a una residencia, que las de ahora no son como las de antes, ahora tienen todas las comodidades, hasta médico. Claro que son más caras, pero entre su pensión y lo que él podría aportar… por eso no habría problema. Podía pensárselo. Pero María no tenía nada que pensar, a pesar de que la soledad caía sobre ella día tras día como una pesada losa, mientras pudiera valerse por ella misma nadie la sacaría de su casa. Además está Lucía, su nieta preferida, la pequeña de Luis. Desde hace cosa de dos meses la visita casi todas las tardes. Y eso la reconforta.

Lucía acaba de cumplir 26 años. Trabaja de recepcionista en un hotel. Un año después de morir su abuelo se independizó. Quería probar lo que era vivir sola. No es que le molestaran sus padres y su hermano, que por cierto no se va de casa ni aunque lo echen el tío, pero creía que ya era hora de lanzarse. Y le gustó. Gozaba de total libertad para entrar y salir cuando le venía en gana, no tenía que dar cuentas a nadie si la casa estaba ordenada o no, si iba a llegar tarde o temprano… que sí, que vivir sola era una gozada. Le gustaba tanto que había fines de semana en los que ni siquiera salir a tomar algo. Era feliz viendo una película, leyendo un libro o escuchando música, no le hacía falta nada más.

Últimamente se le ha dado por visitar a su abuela casi a diario, cuando los turnos de trabajo se lo permiten. Y es que un día se dio cuenta de que estaba un poco triste. Seguramente echaba de menos al abuelo, toda la vida juntos… y ahora se le había borrado la sonrisa y había perdido brillo en sus ojos. Lucía está segura de que necesitaba compañía. Pues por ella no va a quedar. Cuando tiene libre las tardes va a verla y pasa con ella una horita o dos, ven la tele, o simplemente charlan, a veces incluso se queda a cenar. Sin las mañana las que libra siempre salen a dar un paseo, a no ser que el tiempo no acompañe. Algún día hasta se la llevo de compras y le compró…¡unos pantalones! María no quería, pensaba que su nieta estaba loca, pantalones ella, pero al final le dio la razón, anda que no son calentitos para el invierno.

Lucía piensa en lo que es la soledad. Para unos un disfrute, para otros un lastre. Y da por bueno sacrificar la satisfacción que le produce su propia soledad si con ello pone un punto de color en la soledad no buscada de su abuela. La soledad….sentimiento ambiguo donde los haya.

 

 

 

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El cuadro del famoso - Cristina Muñiz Martín



 –Me diciste que íbamos a ver cuadros de un famoso, pero ¿esto qué es abuelo?, eso lo hago yo y más mejor –dijo la niña a voz en grito en medio de la exposición.

Decenas de ojos se clavaron en ese par de inesperados personajes. Algunos, riéndose en su fuero interno por compartir la opinión de la pequeña; otros haciendo un mohín de desprecio, moviendo molestos sus copas de champán; todos sorprendidos por tan insólita intromisión en la fiesta de inauguración de uno de los pintores más apreciados de la región.

Manuel no sabía dónde meterse. En esos momentos le hubiera gustado tener el poder de hacerse invisible y desaparecer. Había llevado a la niña ilusionado con la intención de empezar a inculcarle su pasión por el arte. Bien era verdad, que las pinturas de su amigo Kike, Kaik, como firmaba su obra y se hacía llamar, nunca le habían gustado y le parecían infantiles. Pero él tampoco entendía mucho de arte moderno, le gustaba más el clásico, y si todo el mundo decía que era bueno… Además, vendía bastante.

Kaik se acercó a ellos con una sonrisa en la boca. Manuel intentó susurrar algo parecido a una disculpa pero su amigo, con esa expresión falsa que tanto conocía, le indicó que no se preocupara que todo estaba bien.

–Hola pequeña, así que el cuadro no te gusta –dijo agachándose para ponerse a su altura.

–No, yo no dijí eso, dijí que eso lo podía pintar yo más mejor, ¿Tú eres el pintor famoso del que me habló el abuelo?

–Sí, soy yo.

–Pues para ser tan viejo ya tenías que saber pintar de verdad –dijo la niña contundente.

Kaik se puso en pie y miró su cuadro con detenimiento, mientras el grupo de personas invitadas no le quitaban ojo.

–¿Tú que ves ahí? –le preguntó a la pequeña.

–Veo un bosque que se quemó y un árbol quemado con dos hombres sentados arriba, en las ramas. Están tristes, porque claro como se quemaron. Pero no sé por qué no se caen. ¿Los quemados se mueren o quedan quemados para siempre?

–¿Habéis oído? –preguntó Kaik a la concurrencia. ¿Alguno de vosotros había visto a esos dos hombres? Fijaros bien, pueden parecer dos manchas, pero ahí están, contemplando el desastre, aunque hay algo esperanzador.

–¡El sol! ¡El sol” –gritó la niña. No se bajan del árbol porque por ahí –dijo apuntando con el dedo al color amarillo-- está llegando el sol y todo volverá a ser de colores y a los árboles les volverán a salir las hojas.

Kaik aplaudió y tras él todos y cada uno de los presentes en la sala.

–Tu nieta tiene un gran potencial. Parece mentira, tan pequeña y ha visto lo que no logran muchos adultos –le dijo Kaik a Manuel cuando se despidieron, aliviado por su desaparición, deseoso de seguir aceptando las adulaciones de los invitados y satisfecho de haber podido dominar la situación, rompiendo la tensión originada por las palabras de la niña.

Cuando salieron las opiniones de los expertos en los periódicos y revistas de arte sobre la inauguración de Kaik, en todas ellas alababan el cuadro del que habló la niña, dando por válida su interpretación, aumentándola con palabras grandilocuentes e incluso incomprensibles. Por supuesto, la pintura se vendió a un precio elevado.

Mientras tanto Manuel tuvo que lidiar durante días con las preguntas de su nieta.

–Abuelo, ¿los quemados se mueren o quedan quemados para siempre?

–Si se queman mucho se mueren, pero si se queman poco igual no.

–Yo te digo quemados de verdad, como los del árbol del cuadro.

–Pues… supongo que se morirán.

–Entonces si están muertos por qué no se caen.

–Pues porque es una pintura, y el artista no quiso que se cayeran.

–¿Y eso se puede hacer?

–¿El qué?

–Pintar lo que se quiera.

–Claro que sí.

–Pues voy a pintar un cuadro más mejor que el de tu amigo. Y para que lo sepas, no pinta nada bien, es un tramposo.

Dicho esto, la niña cogió el álbum y la caja de pinturas que le había regalado su abuelo y se puso a pintar muy seria, concentrada, mezclando formas y colores durante casi una hora.

–Mira abuelo, ya lo hicí. ¿A qué es mucho más mejor que el del árbol quemado?

Manuel sonrió admirado. Su nieta tenía alma de artista y ella lo sabía. Llegaría muy lejos, mucho más que Kaik con sus pinturas infantiles. Y si no tenía suerte, siempre podría dedicarse a ser crítica de arte.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Afiladas - Esperanza Tirado





Cuando me enteré de que me engañaba todo mi ser se tiñó de rojo.

Había otra. Otras. Muchas más.

Otras como yo, tontas, crédulas, enamoradas, que habíamos caído a sus pies embelesadas por sus palabras, por esos ojos color miel que te tocaban sin tocarte, que hacían que tu cuerpo se estremeciera de puro éxtasis. Llegabas al rojo, pasando por todos los colores posibles.

Hasta que el rojo se instaló en mi alma, en mi cabeza. En todo mi ser. En todas nosotras. En todas aquellas tontas que habíamos caído enamoradas y rendidas a su encantos. Y a todas, una tras otra, o a la vez, o por pares, nos fue engañando. Y todas pasamos por la misma galería cromática y también por la sentimental, desde la adoración a la incredulidad y finalmente la ira.

Y fui, fuimos, atando cabos. Y conociéndolas. Conociéndonos.

Sin querer, o a propósito fue dejando pistas. Para unirnos. Quizá no lo pretendiera, más bien al revés. Pero los hombres, a veces, son torpes cuando se trata de mentir a demasiadas mujeres al mismo tiempo.

Un pañuelo perdido, una tarjeta de un hotel de un extrarradio anodino, un aroma a jazmines que él supuestamente detestaba, un juego de té inglés ideal, una camisa carísima de unos almacenes que jamás se le ocurriría pisar, unas flores preciosas por un aniversario que para mí no existió, un reloj nuevo con unas iniciales que no eran las mías, un fin de semana de mucho trabajo, reuniones de ejecutivos encorbatados, bebiendo y fumando. ¿Fumando? En casa no fumaba. En la nuestra, quiero decir, en la mía.

Tantos detalles y faltas de ellos, a la vez.

¿Cómo nos conocimos nosotras? Es una historia curiosa. Un culebrón a muchas bandas, la verdad. Yo, que creía ser la única esquina, el único apoyo de su recta y bella figura.

Pero mi mente no estaba tan afilada como pensaba; y se me escaparon esos pequeños indicios que luego fui viendo claros. El rojo fue dejando paso a un paisaje de otras tonalidades. Morado, negro, gris… Hasta que vi la luz. No la del túnel del más allá, pero algo parecido, aunque más mundano.

Igual que les ocurrió a ellas, que poco a poco empezaron a afilar las garras, en busca de porqués a ese engaño, de la ‘otra’, de esa vida oculta de él.

Y fuimos reuniendo nuestras pistas, yendo de compras, aparentemente. Es fácil para una mujer fingir irse una tarde de compras, nadie sospecharía que tienes a una detective en tu interior, a sitios donde no habíamos puesto los pies ni los ojos previamente.

Y nuestros pies y nuestros ojos acabaron una tarde reuniéndose en el mismo sitio, a la misma hora, en la misma planta de ‘regalos especiales’ de aquellos almacenes carísimos en los que yo jamás habría entrado, si no hubiera sido por esa Miss Marple que me nació de la ira y la sospecha del engaño de mi marido, el que yo creía mi maravilloso amor.

Al principio, todas dábamos vueltas, admirando y toqueteando objetos que no íbamos a comprar. Echábamos ojeadas a ver si la ‘otra’ estaba allí. Seguíamos curioseando, pasillo arriba y abajo, nos chocábamos convenientemente, un ‘disculpe, señora’ salía de nuestros labios, una media sonrisa, una tosecilla, una mirada de ‘esa zorra es la que me lo ha quitado’.

Alguna se cansó de dar vueltas y cogió el ascensor para cambiar de planta y de vistas.

Yo seguí investigando, hasta que mi vejiga dijo ‘basta’. Incómoda bajé las escaleras como una exhalación. En el baño me encontré a dos de ellas. Qué rapidez. Incluso se habían presentado, con cautela, y estaban contrastando información. Mi vejiga explotaba, tenía más urgencia. Pero las oía cuchichear mientras, encerrada en mi cubículo, pensaba cómo afrontaría la situación. Dejé que la cadena desaguara varias veces, por incomodarlas y por darme tiempo a mí misma. Cuando salí, no éramos tres sino seis. Miré a las viejas conocidas y a las nuevas, que reconocí de la planta de arriba.

¿Eres…?

La pregunta no terminaba de salir de nuestras gargantas pero un ‘sí’ mudo confirmaba nuestras sospechas.

La rubia era la de la camisa carísima, la pelirroja, inglesa además, la del juego de té, una morena entrada en carnes olía a jazmines, una choni mal peliteñida trabajaba en el hotelito… Fuimos uniendo las piezas del puzzle. Hasta que formamos una especie de foto de familia poco común.

Y yo quise odiarlas pero no pude. No pudimos. Nos abrazamos en unos baños públicos con una sororidad y sinceridad extrañas en otro momento a todas en otras circunstancias.

Quisimos afilar nuestras uñas y rasgar las caras de aquellas que nos habían robado a ‘nuestro marido perfecto’.

En realidad, la perfección de aquel hombre era una pintura, un efecto óptico, un trampantojo de todos los colores, que nos hizo ver amor en sus ojos y en su corazón; cuando en realidad solo había interés, sexo, comodidad, diversión. Éramos su juego. Su puzzle, unos juguetes, que montaba y desmontaba a su capricho.

Ese amor parecía tener tantas ramificaciones como un árbol centenario. Pero en lugar de ser verde y frondoso, él estaba podrido por dentro.





Inspirada en ‘Hay algo afilado y ardiente en la primera infidelidad de un matrimonio’, verso de ‘La Belleza del Marido’ poema de Anne Carson.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Martinasky - Marian Muñoz



 


¡Esto sí que es vida! En lo alto el sol, la tumbona, una piña colada en el taburete, las palmeras meciéndose al vaivén de una suave brisa marina y un brillante resplandor en el agua de la piscina, ¡esto es vida! Me lo merezco tras haberlo pasado tan mal y ser ignorada por mi familia. Mi desgracia es tan antigua como la historia de Caín y Abel, no hubo derramamiento de sangre pero no por ganas de mi hermana Concha, la peor traidora con la que he podido toparme.

En casa éramos cuatro, mi padre empleado en un taller de vehículos, mi madre currante a tiempo parcial en una frutería aunque más bien era a sueldo parcial porque horas echaba las que hicieran falta, la fresca de la familia mi hermana Concha dos años mayor y yo, la tonta del bote que nunca se enteraba de nada, responsable, obediente, educada y sobre todo perdona vidas. Ahora en la lejanía me doy cuenta de lo ingenua que fui, como todos hacían lo que querían menos yo que hacía lo que debía y por ese motivo malgasté mi vida. No tengo amigos ni amigas, ni siquiera un medio novio o algo así, jamás ningún hombre me ha besado o invitado a tomar algo, al estar siempre atendiendo a la tía abuela Remedios, una vieja egoísta y cascarrabias que me maltrataba.

Recuerdo una infancia feliz con mi madre en casa, mi hermana y yo en armonía jugando en el patio plácidamente, una familia normal hasta que cumplí los ocho. Mamá empezó a trabajar en la frutería porque el negocio de papá empezaba a flojear y dos niñas creciendo requerían muchos gastos. Se suponía que mi hermana debía cuidarme pero pronto empecé a apañármelas sola, no sólo no miraba para mí sino que faltaba a clase, no hacía su cama o recogía su ropa siempre desperdigada, fue raro que no intentara imitarla porque recoger, limpiar, fregar o prepararme un bocadillo para llenar mi estomago me resultaba complicado en aquel entonces. Ante tal desorganización y no poder razonar con ella, mis padres optaron por dejarme en casa de Remedios, hermana de mi abuelo materno, que vivía sola en una vieja casona a las afueras del pueblo, la ayudaría y haría compañía a cambio de cuidarme.

Al principio fue cariñosa, almorzaba y merendaba con ella, incluso me ayudaba con los deberes o me entretenía enseñándome a dibujar y a pintar, aún sonreía y pedía amablemente la ayudara en algunas cosas, pero el reuma comenzó a producirle fuertes dolores, teniendo que acompañarla a menudo al médico quien le daba medicación que la atontaba o la trastornaba, comenzando a ser una mujer repulsiva, egoísta, mal encarada, chillona y muchas cosas más que prefiero callar. Aquellas tardes apacibles dibujando o contemplando el jardín con una taza de chocolate se convirtieron en amargas y agobiantes a pesar de poner mi empeño en hacerlo todo como ella quería, aún así nunca estaba conforme y terminaba riñéndome.

No era una niña perfecta pero me gustaba aprender y por tanto ir a clase, tener mi entorno recogido y llevarme bien con mis semejantes, por ello era obediente, disciplinada y paciente, cualidad que empecé a practicar y perfeccionar bien pronto. A pesar de mis quejas mis padres no podían dejar su trabajo, mi hermana ni en sueños echaba una mano convirtiéndose poco a poco en un ser salvaje rayando en la delincuencia, así que tuve que bregar solita con la situación, tragar y seguir hacia adelante como buenamente pude. Los años fueron pasando y la tía Reme inició una merma evidente en su estado físico y mental, más de una vez me veía obligada a abandonar las clases para acompañarla al médico o a urgencias y a pesar de ser menor de edad era yo quien explicaba síntomas, dolores o malestar que padecía, preferían hablar conmigo antes que con la antipática de mi tía. Me esforzaba tanto en los estudios que fui merecedora de matrículas y becas e intenté acceder a la universidad sin costo alguno para mis padres, pero justo el día del examen la tía ingresó en urgencias y nadie de mi entorno accedió a acompañarla, con nadie no quiero decir sólo mis padres o mi hermana, sino mis tíos, sobrinos de ella o alguno de mis primos más cercanos. Ahí empecé a llevar el primer varapalo y a sentirme defraudada. Perdí una segunda ocasión de presentarme al examen debido a una avería en casa de tía Reme, finalmente opté por olvidarme de la universidad y mis sueños de ser periodista.

Era consciente que a pesar de cuidarla debía prepararme para conseguir trabajo en el futuro, la tía no iba a durar eternamente, siendo justos en agradecimiento bien podía nombrarme heredera de sus bienes, la casona con unas diez fincas arrendadas más un edificio de inquilinos y bajos en el centro del pueblo. No obstante siendo realista los primeros herederos serían siempre sus sobrinos, así que lo tuve claro, debía formarme para ganarme la vida de alguna manera.

En aquella casa había una máquina de escribir decidiéndome por un curso online de administrativo. Los idiomas siempre fueron fáciles para mí y tanto la gramática como la ortografía me resultaron agradables de estudiar conseguiendo el título. Entre los compañeros de curso nos comunicábamos ofertas de empleo, oposiciones, así fue como supe de las convocadas para la Comunidad Económica Europea, no parecían difíciles y además te sufragaban los gastos de desplazamiento si vivías a más de quinientos kilómetros de distancia del lugar del examen, como era mi caso. Tan sólo iba a faltar día y medio, confiando que algún alma caritativa me sustituiría esta vez. Presenté la solicitud y al llegarme la carta de convocatoria casualmente la tía estaba ingresada por una arritmia, más fácil no podía ser al tener que hacerla compañía solamente dos tardes ayudándola a cenar. Tras consultar con mi hermana y pintándoselo fácil aceptó placenteramente, inusualmente amable no puso reparo alguno pues sentía no tener más contacto con ella. Vi el cielo abierto, preparé el viaje y me fui despreocupada, mi hermana se estaba convirtiendo en mejor persona, eso pensé yo, y el examen me fue bastante bien aunque los demás opositores decían lo mismo. Sólo quedaba esperar resultados.

Tía Remedios volvió más fastidiada de lo que estaba, al parecer su corazón delicado estaba cansado y como era inviable una operación mejor en casa estando tranquila. Pasó unos días angustiosos con constantes visitas de médico y enfermera hasta que falleció. A los funerales acudió toda la familia y vecinos que en vida no la habían aguantado pero que hipócritamente comenzaron a mostrarle cariño. A la semana siguiente del funeral comencé a recoger mis cosas y regresar con mis padres, limpié, ordené y preparé la casa para quien fuera a heredarla, y me dirigí tranquila al despacho del abogado por si había noticias del testamento. Me pidió que me sentara pues la tía había testado a favor de mi hermana Concha, desheredando al resto de familiares por no haberla atendido en vida. Me desmayé de la impresión, al recuperarme le pregunté por la fecha del último testamento, justo la del día que falté para el examen de la oposición.

Menos mal que Concha estuvo unos días desaparecida porque si la hubiera pillado la hubiera matado. Visité uno por uno a todos los miembros de la familia y como se sentían culpables ninguno me dio su apoyo, incluso mis padres también me fallaron. No tenía donde ir ni de que comer así que volví a casa odiando a todos y buscando la manera de largarme de allí. Cuanta ruindad por parte de mi hermana y cuanta envidia debía tenerme para hacer algo así. Al cabo de unos días apareció Concha con dos cajas de cartón, en una estaba la máquina de escribir y en otra los lápices de colores, acuarelas, dibujos y libretas con los que de pequeña me había entretenido tía Reme. Me dio una carta escrita de puño y letra por la vieja en la que me dejaba en herencia lo que contenían las dos cajas. Me sentí estafada, burlada, estuve a punto de prender una hoguera con todo aquello, pero las fuerzas me fallaron y caí en depresión, quería morirme, a nadie importaba, era un cero a la izquierda y cuanto antes me fuera mejor para ellos. No me levantaba de la cama nada más que para ir al baño y como no comía, cada vez lo hacía menos. En una de esas ocasiones tropecé con la caja de los dibujos desparramándose por el suelo todo su contenido.

Entonces asomó el cuaderno de la tía con el dibujo al que tanto cariño tenía, siempre miraba con admiración aquellos colores tan fuertes, rojo, amarillo, negro, tenían una fuerza y un brillo inusuales. Salí de mi somnolencia y comencé a observar la lámina. Nunca supe si era un ocaso o una tierra en llamas, aquel árbol escuálido resistía en pie a pesar de la furia del color. Por primera vez lo observé con otros ojos, fijándome en el más pequeño detalle de sus pinceladas y di con la firma, Martinasky, un año, 1950. Tras un frugal paseo por la cocina para beber y comer algo, más bien poco al haberse encogido mi estomago tras tantos días sin comer, mi vocación periodística me instigó a investigar por internet aquel nombre. Una mujer llamada Martina se había iniciado de niña en el arte gracias a una joven aupair que la cuidó un verano, para que nadie criticara sus dibujos firmaba bajo un pseudónimo, Martinasky, manteniéndolo a lo largo de su carrera profesional llegando a ser una de las mejores artistas del momento, sus obras estaban en museos famosos y sus esculturas amenizaban las calles de muchas capitales europeas. Era una gran artista de reconocida fama mundial y ¡yo tenía un cuaderno con sus dibujos! Seguí investigando su vida, sus andanzas, sus obras, descubrí que existía una Fundación Martinasky, pero antes de decirles nada tenía que averiguar por qué la tía disfrutaba tanto con aquellos retazos de colores y el motivo por el que los guardaba con tanto cariño.

Me pasé dos días leyendo información sobre la artista, sobre su familia, sobre sus estudios, inquietudes y formación, pero seguía sin aparecer la conexión entre las dos, hasta que una de las viejas del pueblo que siempre había sido amable conmigo me hizo una visita. Al ser de la edad de tía Reme no paré de preguntarle por su vida, sus andanzas, al parecer tuvo mala suerte en la vida ya que al ser la pequeña le correspondió cuidar muchos años de su madre y luego de su padre, sin conocérsele novio ni marido alguno. Si bien antes de enfermar su madre había querido conocer mundo y se fue de aupair a Francia, de donde tuvo que regresar intempestivamente por la grave enfermedad de su progenitora.

Ya conocía la relación entre las dos que justificaba la posesión de dichos dibujos. Me puse en contacto con la Fundación Martinasky contándoles por encima la historia e intentando que algún experto viniera y certificara la legitimidad de la obra. Intentaron comprarme el cuaderno por unos 250.000,00 €, tras un periodo de reflexión decidí consultar con la casa de subastas Christie en España, quienes al comprobar la autoría y la pertenencia, se ofrecieron a subastarlo partiendo de los 750.000,00 €. Me frotaba las manos pensando en el dinero que podía percibir y en ningún momento conté a nadie mis proyectos, bueno tampoco había a quien, porque no me hablaba con nadie y mucho menos con la delincuente de mi hermana quien dilapidaba la herencia en juergas.

El desprenderme de la acuarela me dolía por tener grato recuerdo de aquellas tardes sentadas bajo el almendro, apoyadas en una mesa de mármol mientras pintaba y ella la contemplaba abstraídamente. Pero el posible dinero me resarcía de lo vivido y de mí sacrificada dedicación. Llegó el día de la subasta, me invitaron y presencié estupefacta como el importe iba subiendo sin apenas ruido, ni jaleo, ni voces, unos por teléfono, los presentes levantando una tarjeta, y se vendió por 1.350.000,00 €. ¡Era millonaria! Casi me da un patatús, tuve que acudir a un banco para abrir una cuenta y regresé a casa volando porque mis pies no tocaban suelo de lo eufórica que iba. Encima de la cama encontré una carta de la CEE, el resultado del examen de la oposición, que nervios al abrirla no atinaba con el dedo y tuve que coger un cuchillo de la cocina ¡había aprobado! Tenía que incorporarme en el plazo de dos meses en Bruselas.

Y por eso estoy aquí en la República Dominicana, en un Luxury Resort, disfrutando de la playa, las comidas, los bailes, los masajes y excursiones que he contratado durante este mes, porque el próximo me voy a Bruselas en busca de apartamento. No me despedí de nadie, a nadie conté mi maravillosa suerte y espero que en mucho tiempo no me busquen porque yo a ellos no pienso hacerlo.

Escribí una carta a Martinasky narrándole suavemente la vida de tía Reme y la herencia que me dejó, es una mujer mayor pero aún tiene la cabeza en su sitio y como vamos a estar cerca pues vive en Holanda me ha invitado a su mansión, ahora sólo me queda encontrar pareja entre mis compañeros, o quién sabe si algún político.



 

 

 

 

 

 

 

 

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La máquina de borrar recuerdos - Gloria Losada



Mar tocó fondo el día que mandó a Ricardo a la mierda. En realidad no lo mandó por voluntad propia, sino porque se hartó de vivir una relación sin sentido y porque, además, sabía que era lo que él deseaba desde hacía tiempo, acabar con aquello y seguir su vida tranquila y feliz al lado de su mujercita. Desde entonces Mar no era Mar, era solo un reflejo de sí misma. Únicamente conseguía distraerla un poco el trabajo y como solo trabajaba por las mañanas se pasaba las tardes viviendo de recuerdos. Yo iba a verla con bastante frecuencia y siempre me la encontraba de la misma guisa, sentada en el sofá, abrazada a un cojín, llorando y mirado con insistencia el cuadro horrible que presidía una de las paredes y que Ricardo le había regalado haciendo gala, desde mi punto de vista, de una total falta de gusto. Una especie de árbol seco, negro, del que parecían colgar dos ahorcados, sobre un fondo naranja y rojo que lastimaba la vista… para mí era horrible, para Mar era el único regalo que él le había hecho y al que se aferraba con tozuda estupidez para recordar a quién no se merecía.

Conocí a Mar en mis años de instituto. Era una chica un poco tímida, tal vez algo seria al principio, aunque cuando uno se adentraba en su interior se encontraba con una persona noble, cariñosa y muy divertida. A su lado era imposible no esbozar al menos una sonrisa. Pero tenía muy mala suerte en el amor, chico que le gustaba, chico que no le hacía caso o que la dejaba plantada enseguida. Con el tiempo conocería a Fernando, con el que terminó casándose, aunque al cabo de los años el matrimonio fracasó. Yo creo que Mar estaba un poco obsesionada por no quedarse sola, tenía un miedo atroz a la soledad y se aferraba al primero que le comía un poco la oreja. Después de divorciarse de su marido llegó a entender que no es necesario tener un hombre al lado para vivir plenamente y fue entonces cuando la vi realmente feliz. Y fue cuando conoció a Ricardo, la primera vez que la vi realmente enamorada. Se conocieron por internet, a través de una aplicación en la que ambos publicaban relatos (a Mar siempre le había gustado mucho la literatura y escribir era su pasión). Meses más tarde se conocieron personalmente e iniciaron su relación, una relación harto complicada pues Ricardo no solo vivía relativamente lejos, sino que tenía pareja oficial, y a la que, a pesar de decirle por activa y por pasiva a mi amiga que la quería, no pensaba dejar. Pero Mar pensaba que con el tiempo la balanza se inclinaría a su favor. No fue así. Es lo que pasa cuando se tienen tratos con un cobarde, por llamarle algo decente.

A los seis meses comencé a preocuparme. Mar necesitaba ayuda urgente. Por más que todos sus amigos intentábamos ayudarla no era capaz de quitarse a Ricardo ni de la cabeza ni del corazón. Logré convencerla de que debía acudir a un psicólogo y comenzó las sesiones, pero desgraciadamente no parecían servirle de mucho, es más, el llanto arreció y ya no se conformaba con mirar el cuadro, lo descolgaba y se ponía acariciarlo cual si fuera el mismo Ricardo. Hasta aquel día en que pensé que se la había ido la olla del todo.

Me llamo por teléfono y me pidió que fuera inmediatamente a su casa, que tenía algo que contarme. La noté sumamente agitada, así que para allí fui. Efectivamente sumamente agitada me la encontré, extrañamente pletórica. Sonreía por primera vez en mucho tiempo y lo primero que me soltó en cuanto entré en su casa, fue que por fin había encontrado la solución a su problema. Me contó que hacía apenas una hora, al regresar de la consulta del psicólogo había pasado por delante de una tienda dedicada a productos de magia y esoterismo, en cuyo escaparate rezaba la leyenda, “si quieres olvidar, entra”. Al entrar, la dueña, una mujer de melena larguísima color ceniza y ojos verde esmeralda, le había dicho que si quería olvidar había dado con el lugar adecuado, que se trataba de un sistema nuevo, muy efectivo y de total confianza. Le había dado cita para el día siguiente y me pidió que la acompañara, puesto que le habían dicho que seguramente saldría un poco aturdida. Le pregunté si estaba bromeando y se le borró la sonrisa.

-Lo sabía – repuso – sabía que no me creerías, que te parecería una tontería. Pero ¿sabes qué? Es lo que me queda. O eso o tirarme de un puente. Y a pesar de lo mal que lo estoy pasando me gustaría seguir viviendo. No te preocupes, me buscaré a otra persona que me acompañe o iré yo sola.

Creo que en ese preciso momento fui verdaderamente consciente de lo mucho que estaba sufriendo, odié a Ricardo como jamás he odiado a nadie más en mi vida y después de pedirle perdón le dije a mi amiga que sí, que yo iría con ella a borrar sus recuerdos.

Fue muy sencillo. La mujer de melena larguísima y ojos esmeralda le puso una especie de casco en la cabeza conectado a una pantalla y le dijo que pensara constantemente en Ricardo, que ella misma sería consciente de cuándo le había olvidado. Mientras Mar pensaba en aquel imbécil, la señora manejaba un teclado. Al principio pulsaba aquí y allá, luego dejó que todo fluyera. En momento dado me miró y me dijo.

-Ya sé que tú eres una escéptica. Pero cuando se le pase el aturdimiento háblale de ese muchacho y ya verás lo que pasa.

Al cabo de una hora se terminó el proceso. Al principio Mar estaba como ida, pero durante el trayecto se fue recuperando y cuando llegamos a casa era la de siempre, y cuando digo la de siempre me refiero a la de antes de que Ricardo la mandara a tomar viento.

Lo primero que hizo fue descolgar el cuadro de la pared del salón.

-Pero ¿cómo puedo tener esta mierda aquí? – dijo -- ¡Qué horror!

Le dije que siempre le había gustado mucho, que se le había regalado Ricardo.

-¿Quién es ese? – me preguntó mientras hacía añicos el cuadro y lo tiraba a la basura.

Le dije, le conté, le comenté mil cosas sobre su relación con Ricardo y efectivamente, o muy bien fingía, o no recordaba absolutamente nada. Problema solucionado.

Hace unos días apareció Ricardo. La mujer lo dejó y se ha vuelto a acordar de Mar, el muy ladino. Se hizo el encontradizo con ella mientras estábamos juntas tomando un café en una terraza. Cuando lo vi me eché a temblar. Nos saludó muy gentil. Después a mí me ignoró y se dirigió a ella, qué alegría volver a verte, cómo estás y esas cosas. Flipe al ver que ella le contestaba con una sonrisa de oreja a oreja. Cuando se fue me preguntó que quién era ese. Le dije que Ricardo.

-¿El del cuadro? ¿Y yo estuve enamorada de eso? ¡Qué horror!

Creo que le voy a hacer propaganda a la máquina de olvidar, aunque la mujer me pidió que fuera discreta. Esto de que vuelva cuerda a la gente es una maravilla. Y a lo mejor todavía estamos a tiempo de salvar el mundo.

 

 

 

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Ahora vivo con mi hija - Pilar Murillo



(Dedicado a mi madre Isabel G. Villarino)



La protagonista de esta historia es una anciana, dulce y a veces con carácter. Viene para casa después de dar un paseo y en la puerta del portal del edificio se encuentra con una vecina, se sonríen y se saludan, pero la protagonista quiere hablar, necesita hacerlo. La veo muy bien. Pues ya ve, antes nos veíamos porque venía a pasar las navidades con mi hija y mi nieta y ya de paso me quedaba aquí hasta marzo, pero ahora usted y yo nos veremos más. Pues que me he mudado a vivir con mi hija hace pocos días. He tenido un importante achaque hace cuatro años. Ella y mi nieta vivieron unos cuantos meses en mi casa hasta que me recuperé. Ahora he vuelto a tener desajustes, “anemia” y como ha sido varias veces en el mismo año, consideran que no debo vivir sola a mis ochenta y cinco años. Aquella casa que no era mía pero que así la describí porque pagaba religiosamente la renta; ya se queda para el recuerdo. Muchas cosas de las que allí había las traje para la casa de mi hija, mi habitación completa, por ejemplo.

Hemos hecho un intercambio mi nieta y yo, yo he venido a vivir a la que fue su casa, al lado de su madre y ella se ha mudado a un pisito con su novio. Estas cosas tan modernas no me gustan, pero viniendo de mi nieta que es la joven más responsable y educada que conozco, lo llego a entender todo. Ahora nadie se casa, viven juntos como casados y si se llevasen mal, que no es el caso, pues cada uno por su lado, sin falta de divorcio y pagar un abogado, eso me imagino yo que es así. No sé como sería si hay hijos de por medio.

El caso es que mi nieta se llevó mis muebles de salón que no tenían mas de cinco años. Me alegro tanto que se los quede ella... No son tipo modernos de los que suelen comprar la juventud, pero son en plan rústicos, como si fuesen para una aldea. Le gustaron o se conformó mientras ella no tiene que gastar en nada. No se nota nada que estoy muy orgullosa de la chiquilla ¿verdad?

La cosa es que yo en mi antiguo barrio tenía amigas con las que salía a pasear y mientras, charlábamos, de la vida y de la novela de turno que veíamos en Antena 3.

Aquí no conozco a nadie, solo a usted que ya hemos coincidido en el portal unas cuantas veces y me resulta muy agradable conversar con usted, todo sea dicho. Sé que vive usted sola. Fíjese y es mayor que yo. Ay, es verdad, ¡qué tonta! ahora recuerdo que usted vivía con su hermano, hasta que falleció recientemente, el pobre. ¿Le di el pésame? Sí, se lo di otro día que nos cruzamos como hoy. Por cierto, hace usted muy bien en ir a jugar a las cartas al hogar del pensionista. Yo iría si no fuese que no me gustan nada las cartas. Reconozco que están muy bien porque ejercitas la mente. ¿Sabe como la ejercito yo? Contando puntos. Yo hago ganchillo. Me entretiene mucho, aunque ahora veo menos que antes. Tejo por intuición. Todas somos creadoras en mi casa. Mi hija escribe, yo le digo muchas veces que si eso le sirve para algo. Claro que le sirve, pero me sale decirle eso porque se pasa horas y horas encerrada en su habitación escribiendo. Yo cuando me mudé a su casa creí que iba a estar acompañada, pero me deja sola en el salón, ahí con la tele. Hablo con los de la tele, no estoy mal de la cabeza, lo hago desde el año 70 que fue cuando mi marido, que en paz descanse, compró la primera tv que tuvimos, era en blanco y negro, sí. Cuando mi hija se sienta a ver una película conmigo me manda callar todo el rato. Yo voy previniendo a la víctima que alguien va a secuestrar o a matar. Les digo; “Ay qué tonta eres, te van a pillar, Mírala si va a la boca del lobo” y mi hija; “Mamá no te oye, es una película” Los hijos cuando crecen piensan que somos tontas. Ya sé que es una actriz, y que es una película con un guion de esos que escribe ella; pero vamos a ver… ¿No puedo yo meterme en la trama y vivirlo? Pues eso, mis pensamientos los exteriorizo. Que a veces hay que airear las ideas que luego todo se entumece.

Antes le decía que todas somos muy creativas. Mi nieta también. La echo tanto de menos… A veces entro en su cuarto, donde ella dormía cuando vivía con su madre. Sólo entro por oler su olor, por repasar sus cosas que las dejó tal y como estaban. Miro a un cuadro, pintado con acuarela, lo creó ella, aunque no sé qué parte hizo su profesora de dibujo y cual ella, pues era pequeñita cuando lo pintó. No sé qué significa, un árbol cómo seco y sobre ese árbol en ramas diferentes y dándose la espalda, veo… más bien me imagino a un hombre y una mujer, contemplando la puesta de sol. Colores cálidos, dorados, y naranja y delante del árbol como un lago con aguas oscuras. ¿He dicho que estoy orgullosa de mi nieta? ¿Ya se va? Sí, bueno ya es la hora de subir a comer. Suba, suba usted primero. Con este puñetero virus no podemos ni compartir el ascensor. Todos tenemos mucho miedo ¿verdad? Pero salir a pasear hay que salir. (Se dicen adiós con distancia. Observa y deja subir primero a la vecina, luego sonríe y deja salir su último pensamiento en voz alta) Me gusta hablar, ¿qué le voy a hace


 

 

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