En la taberna del cuco (el hombre que casi siempre está borracho) - Gloria Losada

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Últimamente se ha convertido en mi refugio. Nunca lo pensé, jamás entró en mis planes tirarme a la bebida, pero la vida da muchas vueltas, y hoy por hoy la botella se ha convertido en mi mejor amiga y la esquina de esta mugrienta barra de bar en el mejor lugar para olvidarme del mundo. ¡Malditas mujeres! Es gracias a ellas que estoy aquí, por sus desprecios que me han roto el corazón y el alma a pesar de que les di lo mejor de mí.

Todo comenzó cuando Amelia me dejó tirado, abandonado como un perro después de media vida juntos, echando por la borda muchos años de amor sin motivo aparente. Una tarde, al regresar a casa, me la encontré con las maletas preparadas y con un adiós en los labios. Se le había terminado el amor, ya sólo me quería como un amigo, ya no despertaba en ella la pasión de antaño; excusas, únicamente excusas estúpidas, frases hechas vacías de sentimiento alguno que brotaban de su garganta con premura, atropelladamente, me atrevería a decir que casi sin pensar. Le faltó tiempo para correr en brazos de otro que le supo dar lo que yo no pude, aunque juro que durante todo el tiempo que estuvimos juntos la amé con locura. Nunca fui capaz de dilucidar en qué le fallé, por más que lo pensé y le di cien mil vueltas a su repentino abandono, y sin encontrar más salida ahogué mi desesperación en el alcohol, pues sólo estando ebrio conseguía apartarla de mi mente por unas horas.

Así fue que comencé a frecuentar la taberna del Cuco, un cubano pendenciero que no tenía reparos en dejar la botella a mi lado para que me sirviera yo mismo y empapara mi cuerpo en alcohol hasta que los efluvios me salieran por las orejas. Eso era lo que hacía tarde tras tarde, noche tras noche, acomodado en la esquina de la barra, en silencio, sólo en medio del gentío, mirando sin ver, escuchando sin oír. Por las tardes los lugareños se acomodaban en las mesas para jugar su partida al mus o al dominó, mirándome con recelo; por las noches, sin embargo, la taberna se convertía en un festival de música y jolgorio en medio del cual yo pasaba desapercibido. En realidad me daba lo mismo que se fijaran en mi o no, yo lo único que deseaba era beber y olvidar, nada más

Una noche, en aquel antro nauseabundo, conocí a Inés. Apareció de repente detrás de la barra, sirviendo copas con desparpajo y cierto descaro. Inés era una muchacha bonita, de pechos prominentes y piernas de infarto que llamaba la atención a todo aquel que osaba poner los pies en la taberna. Cautivaba a todos con su hermosa sonrisa, con su expresión pícara e ingenua, pero también sabía sacarse de encima con sutileza a todos aquellos babosos que la desnudaban con la mirada y que hubieran dado todo lo que tenían por pasar una noche entre sus sábanas.

Había oído decir que la taberna no era sino la tapadera de otros negocios sucios que tenía el Cuco, así que se me dio por pensar que la nueva chica era sólo una de sus putas y a mí no me interesaba, jamás me interesó el negocio del sexo, y esa vez no iba a ser diferente. Por eso cuando la muchacha, amablemente, me dijo que la botella no era buena compañera, la mandé a la porra sin contemplaciones, haciendo gala de una mala educación poco habitual en mí, pero influenciado, sin lugar a dudas, por la borrachera que llevaba encima. Contrariamente a lo que pudiera parecer, la chica no se amedrantó ante mi desplante y tarde tras tarde, noche tras noche, se acercaba a mí sonriendo y me soltaba alguna frase para la que nunca obtenía respuesta.

Cierta tarde en la que sin motivo aparente Amelia parecía querer regresar a mi cabeza con una intensidad inusual, Inés se sentó a mi mesa e intentó llevarse la botella de ginebra que ya estaba medio vacía.

Apenas son la siete y ya estás borracho como una cuba, así que me voy a llevar la botella. No sé por qué te empeñas en castigar tu cuerpo de esta manera pero yo no voy a ser cómplice de tu destrucción.

Harto de escucharla, le arrebaté de malos modos la botella de las manos y le espeté que me dejara en paz, que yo no necesitaba consejos de nadie y menos suyos, que las putas no eran quién para decirme lo que debía o no debía hacer, además ¿qué interés tenía ella en que yo dejara de beber? Se acercó a mí y me dijo dos cosas: la primera, que ella no era ninguna puta, que se ganaba la vida de camarera porque no había encontrado nada mejor y de algo había que vivir, y lo segundo, que en que yo dejara de beber tenía el mayor interés de todos, que yo le gustaba y que no quería que malgastara mi vida. Confieso que me dejó muy sorprendido. La piltrafa humana en la que me había convertido no le podía gustar a nadie, pero semejante confesión tuvo el efecto de revolucionar mi autoestima, que, dicho sea de paso, estaba por los suelos. No me quedó más remedio que pedirle disculpas por mi soez comportamiento, disculpas que aceptó como si mis palabras no la hubieran herido en absoluto.

Fue entonces cuando debí de darme cuenta de que Inés no tenía sentimientos, pero no lo hice, al contrario, comencé a verla con otros ojos, empecé a fijarme en sus pechos turgentes, en su culo prieto, en sus largas piernas, en sus ojos negros como el carbón....en su manera de hablarme, dulce envolvente, cálida.

En las noches en las que los clientes escaseaban se acercaba a mi lado y me hablaba de no se qué cosas, incitándome a contarle, a decirle, y yo contaba y decía. Le hice partícipe de mi desgracia, busqué su consuelo, su comprensión, quise que de sus labios salieran las palabras precisas que me ayudaran a olvidar a Amelia, que corroborase lo ruin que había sido conmigo, y ella me escuchaba y asentía y de vez en cuando pasaba su mano por mi cara en una caricia que me derretía por dentro.

Encontrada, pues, la nueva ilusión que necesitaba en mi vida, dejé de beber. Yo sólo quería complacerla, hacerle ver que era un hombre íntegro, cabal, que pasado el bache podía ser el mismo de siempre, aquel que ella nunca había conocido, darle la oportunidad de hacerlo, sorprenderla, conquistarla...enamorarla.

Una noche la invité a mi casa y accedió. Hicimos el amor como locos, como si se nos fuera la vida en ello, sorbiéndonos, lamiéndonos, tocándonos, derrochando una pasión que parecía haber estado aprisionada y a la que por fin podíamos dar rienda suelta. Y a aquella noche siguió otra, y otra y muchas noches más y yo....me enamoré de nuevo como un imbécil y como imbécil que era me creí correspondido en un amor que jamás existió.

Cierta mañana, al volver del trabajo, la vi por la ciudad de la mano de un tipo que, evidentemente, no era yo. Al principio pensé estar viendo visiones, no podía ser que me volviera a ocurrir, que la mujer a la que amaba de nuevo me la arrebatara otro, pero después de seguirlos a una distancia prudencial no me cupo la menor duda.

Cuando aquella noche le quise pedir cuentas, sonriendo, como siempre, me dijo que no me equivocara, que entre ella y yo no había ningún compromiso ni lo iba a haber nunca.

Tal vez debí decírtelo antes –me dijo– pero las cosas son así. Aquel que tú viste es mi marido. Lo quiero, lo adoro, estoy enamorada de él hasta la médula, pero un desgraciado accidente lo convirtió en impotente y yo no puedo vivir sin sexo. Simplemente busco en ti o en cualquier otro, lo que él no puede darme. Ahora estoy a gusto a tu lado, mañana no lo sé.

Me enfurecí, le llamé de todo, pero el amor que sentía por ella hizo que acabara llorando como un niño, suplicándole que me quisiera, que dejara a aquel hombre inservible y que se quedara mi lado.

Eso no es posible. Nunca te hablé de amor, ni de compromiso...lo siento, pero le amo a él. Sé que te he utilizado, que me he portado mal contigo pero ¿hubieras querido estar a mi lado sabiendo la verdad? Antes de estar contigo tuve otras dos relaciones esporádicas. A ambos les conté la verdad en nuestro tercer o cuarto encuentro. El primero no quiso saber nada de mí, el segundo, al principio pareció entenderlo, pero poco a poco su supuesta comprensión se esfumó y comenzó a hablarme de amor, de boda y de un montón de estupideces más. Supongo que no es fácil de comprender.

¿Tu marido lo sabe? ¿Lo consiente? – le pregunté absolutamente sorprendido.

Cuando ocurrió el accidente que casi termina con su vida y supimos el estado en que iba a quedar, mi marido me quiso abandonar. Creía que era lo mejor para mí, dejarme libre para que rehiciera mi vida al lado de otro hombre, pero yo le rogué y le supliqué una y mil veces que continuara a mi lado. Yo le amaba, pasara lo que pasara nunca iba a dejar de quererle. Tanto le supliqué que decidió quedarse. Durante un tiempo vivimos como cualquier matrimonio normal, lo único que faltaba entre nosotros era el contacto sexual. Yo lo echaba de menos, pero lo suplía con....bueno prefiero no entrar en detalles. Una noche, Diego, mi esposo, me propuso que buscara otro hombre que pudiera satisfacer mis necesidades. Por supuesto yo me negué, incluso me enfadé con él, pues no podía entender que él pensara que yo podía llegar a hacer semejante cosa. Pero después.... Un día conocí a un hombre que me gustó y al que yo le gusté. Después de unos cuantos encuentros terminamos en la cama. Todo fue mucho más fácil de lo que pensaba, al fin y al cabo sólo es sexo, algo de lo que los hombres siempre disfrutasteis y que a las mujeres nos fue negado. El resto ya lo sabes. Imagino que querrás que me marche, estás en tu derecho.

Se marchó y a mí no me quedó más remedio que aceptar mi soledad. Las mujeres, por una cosa o por otra, no aguantan a mi lado, debo de hacerme a la idea. Por eso he vuelto a la botella y a la esquina de la barra de la taberna del Cuco, todas las tardes, mientras veo como los viejos echan su partida al mus o al dominó; todas las noches, cuando todo se transforma en alegría y jolgorio, para olvidar a Amelia, a Inés y a todas las mujeres del mundo. Levanto mi copa brindando con nadie, e imaginando un rostro femenino sin identidad, pienso en un frase a manera de absurda venganza: que te den.

 

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Caleidoscopio - Dori Terán

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Cuando era pequeña, una niña quiero decir porque aún hoy soy pequeña, mi padre me regaló un día un caleidoscopio.

Pura artesanía!!El era cristalero trabajaba entre cristales coladores  de luz para estancias, coches y....almas

Sus manos de artista montaron el artilugio. Lo rellenó de trocitos de gomas de colores. Aquellas gomas con las que mamá ataba mis cabellos en dos graciosos moñitos en mi cabeza.

Supongo que le hizo muy feliz mi cara de asombro al mirar en el tubo caleidoscópico

Magia!!, eso era, magia...de otra manera no podía explicarse la belleza y perfección de las formas geométricas en continuo movimiento y cambio.

Esa magia me acompañó durante muchos años y creo que también aquella inocencia.

Un día perdí ambas en los avatares de la vida. Pero en un tiempo de profunda introspección, aceptación y cambio volví a recobrarlas y también fue junto a él. Una enfermedad larga y difícil que sin embargo, nos dejó, me dejó una gran lección de crecimiento y amor.

Recuperé en mi memoria y en mi corazón toda la explosión de los  colores y formas de aquel caleidoscopio. Y cuando más brillaba, él, mi padre, nos dijo adiós. Se fue a la eternidad con la misión cumplida y dejándonos un  gran legado de amor y perdón.

Ahora disfruta de su libertad y en las noches  cuando las estrellas juegan a hacer mil guiños, nos saluda amoroso y protector como los colores de aquel caleidoscopio.

Gracias a todos los que compartisteis aquel primer caleidoscopio, los avatares que vinieron luego y sobre todo esta última etapa de deterioro y enfermedad .

Que la belleza del caleidoscopio   que me dejó os acompañe siempre.

Te quiero papá. 

 

 

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Y ahora qué - Gloria Losada

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Bueno, por fin estoy aquí, ya era hora, estaba un poco harta de tanta agonía y total para esto, para venir a parar a esta salita blanca y aséptica, donde espera un montón de gente no sé muy bien para qué, supongo que para tener el primer encuentro con Dios, aunque esto... no sé, no me imaginaba el cielo así, tan feo, tan desangelado... ¿o acaso estaré a las puertas del infierno? No, no, no puede ser, no he sido yo tan mala en la vida como para venir a parar a hacerle compañía a Belzebú, yo no he pasado más que penalidades, incluso a la hora de morir, dos días de agonía, sin poder casi respirar, ni moverme, escuchando todo lo que ocurría a mi alrededor, creo que me merezco el cielo, vaya que si, pero esto es todo tan raro.

De vez en cuando se abre la puerta del fondo y entra alguien, aunque tampoco acabo de entender por qué, nada se escucha y sin embargo alguien se levanta y entra y lo más curioso es que no vuelve a salir, ¡qué cosas, madre mía! ¡Quién me iba a decir a mí que el otro mundo era tan raro! Yo que me lo imaginaba entre nubes de algodón y que va, nada que se le parezca. El caso es que hasta aquí he llegado ¿y ahora qué? No puede ser que me vaya a quedar aquí para siempre así sin más, sin encontrarme con mi difunto marido, Eustaquio, aunque bien pensado...no sé si quiero encontrarme con él, no fue muy buen marido que digamos, más bien al contrario, pero bueno, supongo que no es momento para pensar en esas cosas, lo que pasó pasó y no hay que darle más vueltas.

-¡Asunción García!

¡Anda, juraría haber oído mi nombre!

-¡Asunción García!

Pues si, me están llamando y la vocecilla procede de la puerta del fondo, será que por fin me ha llegado el turno de encontrarme con Dios Nuestro Señor. ¡Ay, que nerviosa estoy! Esto de conocer a Dios es muy fuerte, pero que muy fuerte.

Pero....¿qué estoy viendo allí? Al otro lado de la puerta...me parece que la que me está llamando es Puri, mi nieta....¡Ay Dios mío! ¡Pobrecilla! Se murió en un accidente de moto hace apenas unos meses y nos dejó a todos destrozados, su madre, de hecho, no ha conseguido levantar cabeza ni creo que lo consiga nunca, anda que cuando sepa que yo estoy con la Puri...pero qué cosas digo ¿cómo lo ha de saber? en fin voy a llamarla a ver si me ve.

-¡Puri! ¡Puri! ¿No me conoces? Soy la abuela Asunción.

Uy, si viene hacia mí, me ha conocido, ¡Qué bien! Mi querida niña, que gusto estar de nuevo a su lado, aunque mira por dónde, está con las mismas pintas de siempre, no tiene vergüenza ninguna, toda la cara llena de esos....pendientes raros o como quiera que se llamen, y esos pelos enmarañados...desde luego qué desfachatez, ni en el cielo se ha dignado a cambiar de aspecto.

-¿Qué pasa abuela? Tú por aquí, que alegría verte, vieja, cuando vi en mi lista que te tocaba entrar ya me imaginé que podías ser tú, te dejé ya muy mayor y era previsible. Te daría un beso y un abrazo pero no puedo, ya te habrás dado cuenta de que, a pesar de que nos podamos ver, no tenemos cuerpo.

Vaya estupideces que dice esta niña, no hemos de tener cuerpo.

-Tú siempre con tus bobadas hija, tú tienes tu cuerpo y yo el mío, como siempre, sólo que estamos aquí en el otro mundo.

-No entiendes nada abuela, esto no es un cuerpo, ¿tú no ves que el mío quedó partido a la mitad en el accidente? Esto es sólo un aspecto visual, una ilusión óptica podríamos decir.

-¿Ilusión qué?

-Nada, es igual abuela, pero anda ven que te voy a explicar lo que pasa aquí. Fíjate abuela, ¿tu ves todas estas estanterías que nos rodean llenas de libros?

-Claro que las veo, soy vieja pero no ciega.

-Pues no te imaginas lo que son.

-Libros ¿qué van a ser? Aunque lo que no acabo de entender es qué hacen tantos libros aquí en el cielo, no me digas que esto es una especie de escuela y que tenemos que ponernos a aprender, que yo ahora con mi edad no estoy para esos trotes.

-Pero si tú ya no tienes edad, además no te preocupes, estos libros no son para aprendérselos, estos libros son vidas, abuela, son todas las vidas del mundo, las que hubo y las que habrá, todas las vidas que la gente ha vivido y las que se han de vivir.

Esta nieta mía siempre fue un poco rara, pero últimamente andaba por muy mal camino, yo creo que se drogaba o algo así, aquí por lo visto debe hacer lo mismo, porque las tonterías que dice no son muy normales.

-Purita, hija, no digas más tonterías y llévame junto a Dios, que para eso debes de estar aquí ¿no? Para guiarme hasta el altísimo.

-¡Ay abuela! ¿Pero todavía con eso? Dios no existe abuela, ni el cielo, ni el infierno, ni ninguna de las bobadas que te decían en la Iglesia.

-Entonces ¿esto qué es? ¿qué hacemos aquí? ¿qué nos va a pasar ahora?

-Muchas preguntas juntas, viejita. A ver, escucha con atención, la gente que se muere, como tú y como yo, todos los seres humanos que se mueren vienen a parar aquí, a este lugar, que no es ni cielo ni infierno, sólo es el tránsito a otra vida. Y en todos estos libros están las vidas, una de las cuales puedes elegir para ser vivida.

-¿Me quieres decir que yo ahora puedo consultar esos libros, leer la vida que hay en cada uno y elegir la que más me guste para volver a vivir?

-Caramba, me sorprendes. Lo has entendido a la perfección. No me digas que no es ideal La gente suele pensar dos cosas, o que nos morimos y todo se acaba o que después hay otra vida espiritual, pero es mentira, simplemente se vuelve a vivir, así de sencillo. Ahora te toca escoger. Y si me permites darte un consejo, elige una buena vida, una vida llena de alegría, de suerte, de dinero, de placer incluso ¡qué carajo! Ya lo has pasado bastante mal.

-Puri, no digas palabrotas. Pero a ver, hay algo que no entiendo. Si la gente puede elegir su vida ¿por qué hay gente que sufre? Lo lógico sería que eligieran la mejor de las vidas.

-Es que la gente suele ser muy vaga, abuela, como a casi nadie le gusta leer, llegan aquí, ven tanto libro, se asustan y eligen uno al azar y claro, después pasa lo que pasa. Bueno, y no te lo pierdas, hay gente que elige al azar por gusto, porque les gusta la aventura.

-¡Qué cosas! Pues Purita, hija, estoy un poco disgustada, yo que venía con la ilusión de encontrarme con Dios...

-Venga abuela, déjate de dioses, piensa que vas a volver a vivir, y esta vez la mejor de las vidas posibles.

-Por cierto, ¿y tú? ¿qué haces tú aquí? Hace ya unos meses que te has muerto ¿por qué tú no has elegido vida?

-Una metedura de pata mía, ya sabes como soy. Verás, aquí, en este... llamémosle recinto, siempre tiene que haber alguien que guíe a los que llegan, vamos, que hagan lo que estoy haciendo yo, y se va pasando el turno a aquel que esté interesado en quedarse aquí durante una temporada. A mi me llamó la atención el asunto y como siempre me gustó probar cosas nuevas, pues me quedé aquí, pero hija, desde que llegué yo nadie muestra interés por quedarse y ya empiezo a estar un poco harta. Además, fíjate que ahora que estás tú aquí podríamos elegir vidas paralelas, ¿te imaginas lo bien que nos lo podríamos pasar abuela?

Yo no estoy tan segura, pero no se lo voy a decir porque le va a parecer mal.

-Si hija, seguro que nos lo pasaríamos en grande.

-Pues venga vamos allá, a ver ¿qué quieres una vida nueva o prefieres una ya vivida?

-No te entiendo, yo creo que estas cosas no están hechas para mi.¿No podría morirme sin más? Estoy pensando que casi lo prefiero.

-Pero qué dices vieja, de eso nada, además no se puede. Te explico, como el tiempo tal y como lo entendemos los humanos tampoco existe...

-¿Cómo que no existe? Y lo que marcan los relojes, las horas ¿qué son entonces? ¿no son tiempo?

-Uy abuela, déjalo, anda, a lo que me refiero es que puedes elegir vivir la vida de...por ejemplo, de Cleopatra.

-¡Jesus! ¿Y para qué querría yo ser Cleopatra? Purita, estás como una cabra y yo estoy empezando a disgustarme.

-No abuela, no te disgustes, mira, creo que voy a elegir yo por ti ¿te parece?

-Elige hija, elige, porque me estoy armando un lío....

-Como tuviste una vida muy perra, llena de trabajos y privaciones, dedicada a cuidar de un hombre que no te merecía y a unos hijos que en su mayoría fueron unos ingratos... te voy a elegir una vida de disfrute y de placer ¿qué te parece vieja?

¡Ay Dios mío! ¿A dónde me va a enviar esta chiquilla?

-Bueno, como quieras, pero acaba de una vez.

-Ven conmigo.

Ahora me hace caminar, con lo cansada que estoy. Pues sí que es grande esto, estantería tras estantería llenas de libros, Jesus, qué cosas.

-Ya hemos llegado abuela. Mira, este es el libro de tu nueva vida, yo lo voy a colocar sobre esta mesa y tú te pones en frente. En unos segundos irás a parar al vientre de tu nueva madre.

Yo creo que esta nieta mía está chocheando, pero bueno, tendré que hacerle caso, porque si no estoy viendo que no voy a salir de aquí ni queriendo. A ver, me coloco aquí delante......vaya....que sensación más placentera.....como si me estuviera deshaciendo....o desapareciendo....me vuelvo humo......mmmmm.

-Adiós abuelita, vas a vivir la vida que te mereces. A ver si puedo ir pronto a hacerte compañía. Vas ser Nerea, cortesana griega, amante y amada por los dioses y por los hombres, murió a los cuarenta y seis años,ya se que no es una vida larga, más bien cortita, pero no podrá ser más intensa. Pásatelo bien, te lo mereces.

¡Siguienteeee! Wilson Rodrigues, a ver si éste quiere quedarse en mi lugar.

 

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Despedida - Dori Terán

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Sopla el viento en el día gris de esta despedida,

arrastra dolores y penas de guerra y amor.

Lágrimas en soledad pidiendo perdón,

abrazos de energía en la distancia.

y una estela de esperanza en el adios.

Viniste en la noche a decirme “me voy”

dejaste un mensaje en mi corazón

y supe que en esa partida

un halo de amor despertó.

Fuera del espacio y del tiempo humano

fuera de la realidad no real,

en este contacto del alma,

ambas lo sabemos, ambas lo sentimos

ambas recordamos....lo que va a pasar.

Que los ángeles del cielo

los que se ríen con tus dichos al entrar,

nos protejan a todos con aura de verdad

y nos guiñen desde el cielo las estrellas

y nos silbe el oleaje desde el mar

y nos empape la lluvia que limpia

y nos perfume la flor de azahar.

Que estos hijos recojan besos y risas

semilla sana para sembrar.

Que la tierra así tratada sea vergel de paz

y tu nombre y tu partida,

para siempre nos recuerde y nos aliente

en la misión de amar.


Tenía un lirio dibujado en su frente y repasando su vida. Tenía un gracias en la boca hasta cuando estaba dormida. Tantas veces nos peleamos disputando la partida!! .Tantas veces nos quisimos en generosa acogida.!!Fuiste de mis mejores maestras en mis errores sin medida. Fuiste una reconciliación secreta en encuentros sin brisa. Que los ángeles te amparen en una nube de dicha. Lirios iré a llevarte...como siempre...a escondidas.



 

 

 

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Pasos perdidos - Esperanza Tirado

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Dorsal listo. Un paso más. Calzando las zapatillas de siempre. Dos pasos más. Porque correr es bueno. Otro paso más. Aunque volver a correr después de un año es raro. Hay que tener esperanza. Un paso más.

Pero… ¿y si algo falla? Dos pasos menos ¿Y si el virus rebrota entre la marea de corredores? Dos pasos menos.

Ya en la línea de meta. Un paso más. Gran ambiente de fiesta. Dos pasos más. Aunque echo de menos tantas caras conocidas… Dos pasos menos.

Aprieto dientes y zapatillas contra el asfalto. Dos pasos más. Pinchazos en las piernas y en el corazón. Dos pasos más. Ya casi estoy ahí. Los colores me envuelven y me mareo. Un paso menos. Abro los ojos. En la línea de salida de ¿2019? Pasos perdidos.


 

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Adiós, agur, au revoir - Marian Muñoz

                                         Woman relaxing on a Brazilian beach in sunny day with a caipirinha glass on the side. Only the feet appearing in the photo. In the background coconut palms and a beautiful beach in northeastern Brazil


¡Me voy! Le dije, se dio media vuelta riéndose y fue lo peor que hice, el temor a lo desconocido a un futuro incierto en un lugar quizás más difícil, el sentimiento del reproche familiar o la falta de dinero para mantenerme fueron quizás las razones por las que no me fui y a partir de ese momento aprovechó mi cobardía torturándome con su desprecio, con sus silencios, con sus ausencias y su frialdad, menospreciándome como persona o peor aún como esposa. Me quedé y empezó mi calvario, a olvidarme de mi para subsistir a su maltrato psicológico, comencé a no pensar convirtiéndome en un autómata cumpliendo con las labores de casa, le preparaba comidas que nunca probaba al hacerlo fuera, a saludar por la calle sin ver realmente a quien, mi cabeza se embotó, se acorchó y dejé de pensar de sentir y razonar para solamente seguir viva un día más.

Nunca me puso una mano encima aunque lo hubiera preferido porque demostraría algún sentimiento por su parte. No me hablaba sólo lanzaba miradas de desprecio o burla doliéndome más que cuando salía temprano por la puerta y ni regresaba a dormir. Me convertí en una zombi escondiendo mis sentimientos al huir de la confrontación, al sentirme satisfecha con escuchar el televisor hablándome de vidas de otras gentes, me conformé durante no sé cuánto tiempo pero hubiera seguido así mientras viviera, al menos no me quitaba la tarjeta del banco para mis necesidades.

Un día de verano tendiendo la ropa en la azotea del edificio chorreaba de sudor, el sol caía a plomo y tocaba lavar sabanas y toallas, el calor molestaba tanto que ansiaba terminar para bajar al frescor de la vivienda pero apareció él, él que nunca se dignaba a subir para nada se acercó y con su sonrisa sibilina me espetó que al terminar de tender me marchara de casa, había encontrado una mujer mejor que yo, más guapa, más inteligente y graciosa sobre todo mejor cocinera y amante que yo. Hice como siempre oírle sin escucharle, pero él insistió diciéndome que ya era hora de que me fuera tal y como había dicho hace un año. No sé si la culpa la tuvo el sol o su actitud chulesca e impertinente que noté calor subiendo y bajando por mi cuerpo, una especie de fuerza interior que asumía sin saber qué era. Mientras terminaba de tender la última prenda él se acercó al muro de la azotea asomándose hacia abajo, nunca me arrimaba por tener vértigo y un séptimo piso me da pavor, puse la última pinza, cogí el barreño de plástico que unos segundos antes contenía la ropa y dirigiéndome a él que en ese instante se volvía hacia mí se lo arrojé tan fuerte que perdió el equilibrio y cayó hacia atrás, mientras su cuerpo sobrepasaba el murete no me quitaba ojo y en su mirada leía una única pregunta ¿qué haces?

Oí el golpe seco sobre el asfalto, en esa parte del edificio la acera es estrecha pues el ayuntamiento se empeñó en construir una vía de servicio para que el autobús regresara más rápido hacia el centro en donde antes había un descampado disfrutado por los niños. Me di media vuelta sin sentir nada, el calor me seguía agobiando y deseaba cuanto antes llegar al frescor de casa. Bajé tranquilamente las escaleras, entré y sentí un burbujeo en el estomago, en la cocina cogí un puñado de avellanas y me senté ante el televisor para ver mi novela favorita. Hubo un momento en que oía más el ruido de sirenas en la calle que los diálogos de los actores, me asomé a la ventana por ver qué ocurría pero lo que fuera sucedía en la otra fachada del edificio de la que no tenía visión, los reflejos de las luces y un corrillo de personas indicaban que algo había pasado. De repente oí sonar imperiosamente el timbre de la puerta y al abrir apareció el vecino de abajo todo sofocado diciéndome que algo muy grave había pasado en la calle. Rápidamente apareció a su lado una mujer vestida de policía preguntándome si era la mujer de Juan, al responderle que sí sugirió que me sentara, que instante tan surrealista se supone que debo ser yo quien les invite a pasar y sentarse, pero eran ellos los que me pedían que lo hiciera, les hice caso y utilicé la silla descalzadora del recibidor.

Ha ocurrido una desgracia, decía la policía, su marido se ha caído desde la azotea, el barreño de la ropa amortiguó el golpe y no se mató pero al intentar ponerse de pie un autobús urbano lo atropelló y está muerto. La risa quería salir de mi garganta no sé ni cómo aguanté, pensar que no murió al caer desde la altura de siete pisos sino que lo remató un autobús, como pude disimulé e intenté mostrar alguna lágrima pero no salían. Para ganar tiempo mostré mi asombro e incluso sugerí si se trataba de una broma de mal gusto o de algún programa de esos de la tele, pero no, seguían afirmando que mi marido estaba muerto, entonces aparecieron unas tímidas lágrimas a mis ojos y después un llanto desmesurado, una llorera que no era capaz de apaciguar al liberar toda la presión padecida desde hacía meses. El médico del SAMU me puso una inyección relajante y me facilitó una pastilla para tomar antes de acostarme por la noche. Mucha gente había presenciado la caída y el atropello avisando rápidamente a mi cuñada y demás familiares. El vecino no paraba de decirme que su primo abogado gratuitamente me ayudaría a denunciar al conductor del autobús y todo iría bien al haber tantos testigos que estaban prestando declaración en el atestado.

Mi cuñada fue la primera en presentarse, una arpía que jamás me invitaba a cumpleaños o celebraciones familiares tan sólo a su hermano, luego mis suegros y por último mis padres, el ambiente estaba descontrolado, todo eran sollozos, gritos de dolor y echarme las culpas por dejar que tendiera la ropa él, un hombre, pero la inyección estaba cumpliendo bien su cometido porque todo me daba igual, los míos y los otros nunca me ayudaron ni me escucharon así que ese día yo iba a hacer lo mismo, además tenía la excusa perfecta, la inyección. Ellos arreglaron el funeral, el entierro y el primo abogado del vecino me ayudó con los trámites administrativos de mi nuevo estado, viuda. Cómo no lo iba a hacer gratuitamente si mi marido le había prestado dinero para abrir su despacho y ahora él confiaba en que yo no le pidiera reintegrar nada por desconocerlo, pero eso de ser viuda me abrió la mente tan acorchada que padecía, encontré el escondrijo de los papeles ilegales de Juan y además de la pensión y la indemnización por el remate del autobús, contraté a un matón para que todos los deudores reintegraran por la vía rápida lo prestado.

Hoy, en todos los aspectos, me encuentro mejor y mejor, esta caipiriña esta de muerte.




 

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Julieta y Romeo - Marga Pérez

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Julieta nació con una historia de amor bajo el brazo. Nació a los nueve meses de que su madre flipase frente al televisor con “Romeo y Julieta” en versión película. Quedó tocada por aquella historia y decidió que llamaría así a su hija, aunque aún no sabía que estaba embarazada de ella.

Julieta creció con Shakespeare como parte de la familia. En la estantería de su dormitorio se multiplicaban versiones infantiles, juveniles y adultas de la tragedia. Crecían con ella al mismo ritmo que sus ilusiones hasta convertirse ella misma en parte de la historia que tantas veces había repetido. Encontrar a Romeo pasó entonces a ser su objetivo prioritario.

Creció dando calabazas a cualquiera que se le acercase y no se llamase como su enamorado ideal. Tuvo varios enamorados que por ella se habrían casado en secreto, envenenado, matado… pero Julieta se reservaba sólo para Romeo. Sólo en él podía ver ese amor que da fuerza, que apasiona, que empuja a la audacia y a la valentía, que hace soñar...

Creció soñando. Los chicos con los que convivía eran sosos, les faltaba arrojo, valor, osadía. Los veía pusilánimes, egoístas, infantiles, caprichosos, inmaduros. No tenían nada que ver con Romeo. Necesitaba encontrar a un Romeo que, como ella, creciese impregnado de los valores del auténtico. Un Romeo a la altura de la Julieta en la que ella se había convertido.

No penséis que Julieta no estudió, si lo hizo, y también empezó a trabajar y se rodeó de amigos y salió de fiesta. Nada había en ella que la distinguiese de cualquier otra joven de su edad. Hoy vive en una ciudad moderna, a años luz de la medieval Verona, donde espera conocer algún día a Romeo.

Pero los años pasan y a Julieta no se le pone a tiro ningún Romeo, así que aprovecha las redes sociales para solicitar amistad a los pocos que encuentra antes de que se le pase el arroz.

A los italianos los descarta de entrada. Unos cuantos no responden a su solicitud, cuatro o cinco son demasiado jóvenes, otros tantos viven bastante lejos de ella...-Tiene que ser este, a una hora de coche- Julieta lo tiene claro, es su Romeo, hay señales inequívocas: sobre la marcha acepta su solicitud de amistad, es de su quinta, está cerca… no puede ser otro, seguro que el también espera encontrarse un día con ella, con Julieta..

No hay tiempo que perder y después de intercambiar varios mensajes deciden quedar para conocerse. Julieta está ilusionada, se ve a su lado recitando diálogos y frases que de memoria repite desde niña…

Una despedida es tan triste que te diré “hasta mañana” hasta el amanecer”

Es al separarse cuando se siente y se comprende la fuerza con que se ama”

Si tengo que guardarme un objeto tuyo para recordarte, significa que te voy a olvidar”

Es casi ley, que los amores eternos son los más breves”

Creía conocer el amor hasta que tu belleza sedujo a mis ojos”…

Ojos, mirad por última vez. Brazos, dad vuestro último abrazo. Y labios, que sois puertas del aliento, sellad con un último beso”


Se le acelera el pulso imaginando el encuentro con su amado y no deja de repetir aquellas frases que recuerda, una y otra vez , ocupan sus pensamientos mientras se arregla para la cita.

Las arreboladas mejillas, el brillo febril de sus ojos y la verborrea de su discurso expresan con claridad el estado anímico de Julieta cuando se encuentra con el en la cantina de la estación.

Romeo aparece ante sus ojos en un halo de irrealidad cercano al paroxismo. No hay gente, ni ruido, sólo el en medio de una nebulosa onírica y su corazón desbocado a punto de abandonarla.

Seguro que hablaron, Julieta tenía tablas suficientes para mantener el tipo, hablar de cualquier cosa sin que se notase del todo su agitación. Hablaron, éso seguro, pero imposible saber de qué y cómo siguió el hilo de la conversación. Lo que si sabemos es el momento exacto en que Julieta regresa a la realidad del momento…

- Parece que estábamos predestinados a conocernos- Le dice Julieta sonriente y feliz

- ¿Ah si? ¿Por qué lo dices?

- Romeo, Julieta…- La cara de no saber qué es lo que quiere decir, hace que Julieta deje de ver halos, nebulosas y despierte en medio del barullo de gente que les rodean.

-Shakespeare… La tragedia de Romeo y Julieta…- No entiende nada, ella tampoco.

-Ahhh, Romeo… -dice el al fin – Me lo pusieron por mi abuelo, estuvo en Italia en su juventud y desde entonces le llamaron el italiano. Mi madre pensó que era mejor ponerme un nombre italiano para recordarlo que no el suyo, se llamaba Robustiano, pero nadie lo llamaba ya así... Romeo creo que le gustaba más… Y ¿qué dices de una tragedia?

Julieta ya ve a Romeo con total claridad. Ve su incultura, su atuendo hortera,su pelo grasiento, sus manos toscas, su barriga... y lo que ve no le gusta. Se da cuenta que pertenecen a dos mundos incompatibles y sin decir nada, se levanta y se dirige hacia la salida. Ya casi había cruzado la puerta cuando rectifica, vuelve a la mesa que ocupa Romeo y le deja el paquete que con sus propias manos había envuelto con tanto primor. Desaparece sin esperar a su reacción cuando ve el libro de Williams Shakespeare: Romeo y Julieta.

Romeo antes de subir al tren tira el libro en una papelera – Estoy yo para tragedias...- murmulla mientras otra cita ya concertada ocupa todos sus pensamientos.

 

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