Una historia de provincias - Isabel Marina

                  
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Tras la ventana estaban las azucenas mordidas por la lluvia. Lucía las miró y sintió cómo resbalaban las lágrimas por sus mejillas, adoptando la forma de una extraña lluvia interior. Lucía pensó en la cualidad de algunos estados atmosféricos de asemejarse a estados interiores del alma.

Hay errores que se pagan toda una vida y errores que se cometen desde el principio sin que una se dé cuenta.

Cuarenta años, Lucía llevaba cuarenta años confiando ciegamente en Carlos para que ahora, a la primera de cambio, todo estallase y la abandonase por una mujer más joven. Cómo iban a reírse todos los vecinos, los compañeros de trabajo, todos. Porque la gente es mala, pensaba Lucía, mientras se preparaba un café. La gente es mala, rencorosa y envidiosa. Cuántas miradas insolentes había notado a su alrededor, las tardes en que salían de misa, o en el mercado cuando los sábados la acompañaba.

Carlos siempre había sido un hombre muy guapo, exageradamente guapo, intolerablememente guapo. Había supuesto una auténtica revolución cuando se había asentado en la ciudad, a los veinte años, con su familia.

Un hombre que es como un trofeo que una pasea inconsciente, sin darse cuenta de que es objeto de codicia, de que convierte a su poseedora en la diana de los peores pensamientos.

Ya se lo había dicho su madre después de presentárselo: “ten cuidado, hija. ¿No es demasiado guapo este Carlos? Aquel hombre era la reencarnación de apolo. Alto, con una figura distinguida y una elegancia de movimientos increíble, con una piel suave, suave, hasta hacer perder la cabeza. Y esos ojos verdes y esa sonrisa profidén, y esa exquisita educación, y esa culturaza…Carlos era la perfección encarnada en hombre y se había fijado en ella cuando tenía dieciocho años.

Pero él no se daba importancia. Era un hombre sumamente respetuoso, respetuoso hasta lo inconcebible y muy religioso, con decir que nunca intentó propasarse con ella ni tocarla en zonas que no procedían. Sí, aquella era otra época, de acuerdo, hacía cuarenta años de aquel noviazgo, pero todas las amigas de Lucía se quejaban de que sus novios no paraban hasta que conseguían esa flor que los sacerdotes decían que debían cuidar y proteger.

Carlos ni siquiera la puso en ese brete. Él siempre decía que había que esperar al matrimonio, que no quería ofenderla con deseos brutales y perversos, que solo en el seno de una unión legítima ese acto podía tener sentido. Así que esperaron, pacientemente, diez años de noviazgo, hasta que él sacó las oposiciones a notarías, y se casaron un tres de agosto, en la iglesia principal de la localidad de provincias donde ambos residían.

Lucía, que para los asuntos del sexo era una absoluta ingenua, se dejó hacer en la noche de bodas y apenas sintió nada. No le pareció un asunto tan importante como sus amigas y algunas mujeres de su familia le habían hecho ver. Después, la vida sexual del matrimonio se limitó a una vez al mes, en el intento de que Lucía se quedase embarazada, cosa que Dios no quiso.

Al cabo de unos años, Carlos decidió que ya no era tiempo de tener niños, que eso tampoco era tan importante, y que no estaban obligados a hacerlo todos los meses. Para qué enfangarse con un acto que, digan lo que digan, es tan feo, decía Carlos, un acto que si no sirve para procrear no tiene mucho sentido según la santa madre iglesia. Y Lucía asentía convencida. Así que poco a poco su convivencia fue convirtiéndose en la de dos amigos, dos amigos muy bien avenidos, eso sí.

Mientras empezaba a limpiar la casa, como todas las mañanas, exhaustivamente, Lucía recordaba con nostalgia todas las conversaciones sobre lo divino y lo humano que había tenido con su marido, todos los viajes a Toledo, a Cuenca, a Segovia, los consejos que él le había dado cuando ella discutía con alguna amiga, o con la madre, que seguía teniendo bajo su punto de mira a Carlos, y seguía diciéndole, en privado, con esa mirada afilada: “Te has casado con un hombre demasiado guapo. ¿Estás segura de que te es fiel?”

Pero ella estaba segura, más que segura, ciega por él. Era el suyo un amor que rebasaba todos los límites, una admiración sin fisuras, porque él, su Carlos, no solo era un hombre bendecido por el cielo con una belleza física espectacular, sino un hombre espiritual, un hombre que no daba importancia e incluso sentía repulsión por los bajos instintos. Ella consideraba que esto era ser espiritual, y esa espiritualidad disparaba los más amorosos y puros pensamientos. Carlos para ella era una especie de dios. Y ella tenía la suerte de vivir consagrada a él.

Por eso no comprendió aquel cambio de proceder en su marido, una persona tan respetuosa con ella, con unas costumbres tan dignas y tan acordes con lo que se podría esperar de un notario, de convicciones religiosas firmes y serio, muy serio, a pesar de su belleza física, que no había disminuido apenas, a pesar de tener casi sesenta años.

De repente, empezó a llegar tarde por las noches y a faltar alguna de ellas, con la excusa de tener mucho trabajo. Algunos fines de semana, incluso, aludía a que tenía que ir a Madrid, pues había llegado a un acuerdo con una notaría de allí para efectuar trabajos conjuntos, y no regresaba hasta el lunes. Lucía estaba extrañada, pero ni se le pasaba por la imaginación desconfiar de un hombre que había demostrado durante cuarenta años su absoluta respetabilidad y amor por ella.

Por eso, aquel cuatro de diciembre, hacía exactamente dos meses, Lucía se quedó en shock cuando Carlos le comentó, entre lágrimas, que tenía que poner fin a su matrimonio, que no había sido sincero consigo mismo ni con ella, que había estado viviendo una mentira y se la había estado haciendo vivir a ella también. Que en realidad siempre había sentido rechazo y prevención hacia el sexo porque no eran las mujeres lo que le gustaba, sino los hombres, y que había llegado a descubrirlo con gran sufrimiento, pero que ahora, que había sido capaz de reconocerlo ante sí mismo, no iba a continuar viviendo en la falsedad y la mentira.

Lucía no podía articular palabra ni dar crédito a lo que estaba oyendo, sólo resonaban en ella las palabras de su madre que siempre, a las primeras de cambio, decía lo sabido: “Te casaste con un hombre demasiado guapo y eso es un motivo de intranquilidad”.

Lucía continuó en silencio también cuando Carlos hizo otra mañana sus maletas y le dijo que siempre se ocuparía de que no le faltase de nada, que comprendía que ella le había dedicado su vida y que siempre sería una persona querida para él. ¡Una persona querida!, así, tan fríamente, pensaba Lucía. Esto no puede ser verdad.

Habían pasado cinco meses y Lucía no salía de casa salvo para hacer la compra. Al cabo de dos semanas, varios obreros se acercaron y embalaron las cosas de Carlos y se las llevaron.

Ella siguió en su mutismo, negándose a hacer reproches, negándose a buscar una entrevista con él. Parece que eso a él tampoco le importó demasiado, que fue incluso un alivio.


Y así estaba ahora Lucía. Se había vuelto a asomar a la ventana, había vuelto a ver las azucenas mordidas por la lluvia, con lágrimas en las mejillas y el alma mordida por el desengaño. Además, no se lo creía, no creía que su Carlos ahora fuera un desviado, un mariquita, él, que era tan recto y tan religioso y la envidia de todos. No, seguro que había detrás alguna lagarta, como le había insinuado su madre, que en el fondo la culpaba por tonta, por ignorante.

Hija, a quién se le ocurre casarse con un hombre tan guapo. Esa es una provocación para las mujeres de nuestra ciudad y una preocupación continua. Te lo tienes merecido. Ya ha venido otra a quitártelo, otra que seguro que tiene veinte años y será capaz de darle un hijo, el que tú no has podido. Si es que no podía acabar bien, estaba cantado”.


Y Lucía asentía mirando las azucenas mordidas por la lluvia, mientras pensaba en que tenía que fregar los azulejos, que ya mostraban a las claras su vejez y solo mediante una limpieza exhaustiva podían ofrecer al menos cierta dignidad ante el paso del tiempo que no perdona.


 

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Azucenas tras la ventana - Marga Pérez


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- ¡Hasta el moño! Limpio a viejos, uno tras otro ¡treinta y cinco! una mañana y otra y otra y otra, cada día ¿estudié para ésto ?… Si, si, Carmen, dímelo ¿ESTUDIÉ PARA ESTO?…

Y se para junto a Carmen que, como si no la oyese, mira embobada la pared sucia y desconchada que hay detrás de la ventana.

- Ya… ya lo sé, tu no tienes la culpa…¡ Explotada! Eso es lo que estoy ¡EXPLOTADA! Y todo por una mierda de sueldo… Si supieras lo que nos pagan … una mierda y todavía tengo que aguantar lo de ¡sonríe! ¡No puedes tener ese careto con los ancianos! …Ganas me dan de reir, pero a carcajadas.

¡Listo! ¡Ya nos vamos!: Baño limpio, habitación limpia, viejita impoluta ¡Todo como la patena! … ¡Que no te rasques! ¡Tranquila, tranquila! Ya nos vamos... ¡Ah! sólo quedan las azucenas... como no tengo nada que hacer... además, flores para la señora… Ufff…¡El colmo! Si me tocase la lotería aquí no me pillan, te lo aseguro, y éso que tu eres de las mejores, ¿eh? ¡De las mejores! Aunque no camines. Ya quisiera yo que todos estuvieran tan calladitos como tu ¡¡Uffff…!! No sabes lo que tengo que aguantar…

Y empujando la silla sale de la habitación con Carmen, intentado esbozar una dulce sonrisa.


Tam, Tam ,Tam... Parecía que no llegábamos ... creía que íbamos con retraso . Tam tam, tam... Desde el pasillo oigo las campanadas... Qué raro es esto del tiempo, unos días parece que no corre y otros… cómo vuela… Luz ¡Da gusto! Mi habitación es tan oscura… Aquí el sol entra hasta el pasillo. No me extraña que me pongan gafas de sol, veo tanto desde que me operé … en cuanto se vaya me las quito.

¡Cuánta claridad! no veo nada …Ya… ya. Con la mano dando sombra mejora... ¡Ahora si!...El jardín… ¡Qué guapo! No me canso de mirarlo… Mira cuántos han bajado hoy...¡Qué suerte! Con la silla harían falta más chicas… Una vez al mes y si hace bueno… Creo que fue eso lo que dijeron cuando tu ya no podías … ¿Te acuerdas? Debajo de aquel árbol… ¿O sería de aquel otro? … Este parece muy joven… ya… desde aquel sentados en la yerba veíamos la portilla de casa...y las ventanas … todavía veo a mamá asomada mirándonos… Mira que no saber cual es el árbol… Hace tanto … Tenía un tronco inmenso, rugoso… ¿te acuerdas? se me enganchaba la chaqueta… siempre apoyados en él…tu y yo, siempre hablando. La abuela decía que pelando la pava… Si, es este...¿seguirá estando el corazón que dibujaste con la navaja?… Del otro lado, a donde me llevaste para enseñarme... no sé qué me digiste… Pero allí sólo me besaste… Desde ese lado no nos veían… el corazón me lo enseñaste después... pusiste nuestras letras. Ese fue nuestro sitio de los besos ¡Qué críos éramos! … trepábamos, corríamos uno detrás del otro, jugábamos a la gallinita, a adivinanzas… ¡Qué se yo! Contigo no existía el tiempo… Goyo¿Cómo era aquello de las azucenas?… Tras la ventana por la lluvia mordidas estaban las azucenas… o algo así. Cómo me reí de ti… ¿Cómo va a morder la lluvia? te dije a carcajadas mientras te ponías tan colorado… aún hoy me duele aquella risa que tanto te azoró… Volvería a aquel instante para borrarla… tu me dirías lo de las azucenas y yo te miraría ¿con admiración?… si,si, con admiración, y te daría un beso, en los labios… ¡qué vergüenza! No, no soy una fresca… ¡Qué sofoco!... Ahora entiendo las flores de mi habitación… esta chica habla tanto… me prometiste que no faltarían. Sé que las plantaste para mi… si, lo sé aunque a veces no me acuerdo... Enseguida me perdonaste ¡Qué bueno eres!… Siempre juntos aquí, en nuestro jardín. Cuando te fuiste dejaron que te acompañase. La directora fue la que me bajó, ya sabes, no hay personal… Menudo coche pusieron y éso que el cementerio está a dos pasos… iba tan a gusto sentada a tu lado … allí fue cuando dejé de hablar… Oí que tengo un trastorno pos no sé qué … pero no, no hablo porque no quiero… ya, ya sé, a los que están con trastorno no los llevan a esas actividades de hablar, cantar y tirarnos la pelota… A mi, mientras, me dejan aquí, en la ventana… a las doce. Todos los días. Por éso no hablo. Hoy creí que no llegaba… la chica estaba despepitada… ¡limpia con un remango!… ¡No calla!... Que si iba a jugar a la lotería, que si hasta el moño de los viejos, que si deja de rascarte...ah! y que la explotan… y yo como si nada… ¿sabes? A mi no tarda nada en peinarme . No tengo pelo para moño… … No sé, la cara se me está quedando de tonta de tanto ponerla ¿Habrá bombas aquí? Igual de la guerra… ¿Te acuerdas aquello que encontramos cerca del río? … ¡Menudo revuelo! Pudimos saltar por los aires como decía el señor maestro…¡explotar! como dice ella ¿Y si digo lo que pienso?… ¿Me saldrán las palabras? Igual grito… o me salen gallos ¿Te imaginas? ...si, si, me río pensando en la cara que pondrían… ¡Vaya! Aquí viene otra vez la del moño… lo de siempre, que la comida se enfría…¿Ya es la hora de comer?… Contigo el tiempo vuela... Goyo, no te vayas, vuelvo enseguida… ¿Y por qué estás sólo en el jardín?… Desde mi habitación no te veo… Tampoco entra el sol. Dicen que me van a cambiar… Si hablase, igual… No, no quiero hablar, sólo contigo, mi amor…¡ah! y gracias por las flores … Espérame ¿eh? que se enfría la comida … no te vayas, vuelvo…

 

 

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La tía Úrsula - Gloria Losada

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No sé qué hacemos mi madre y yo aquí, en el despacho de un notario, dispuestas a escuchar las últimas voluntades de la tía Úrsula. Después de como acabó nuestra relación con ella, hace ya unos cuantos años, ni mamá ni yo volvimos a acordarnos de aquella vieja bruja, mucho menos pensamos que nos fuera a dejar nada en herencia, claro que a lo mejor no estamos aquí para eso, yo qué sé, no tengo ni idea, lo que sí sé es que me molesta bastante estar esperando en esta sala fría e impersonal, una hora después de que habíamos sido citadas. Ni que el tiempo del notario fuera más importante que el nuestro.

La tía Úrsula era la hermana mayor de mi abuela. Se odiaban y no me extraña. Mi abuela era una santa y Úrsula una víbora. Emigró a Cuba después de robarle el novio a mi abuela y allí los dos miserables hicieron fortuna. Cuando se olieron la revolución marcharon a Miami y allí continuaron amasando dinero, hasta que el marido murió y ella regresó a España. Se compró una mansión a las afueras de la ciudad y allí vivía, sin contacto alguno con la familia, Lo que sabíamos de ella lo sabíamos por las habladurías que se comentaban. Ni siquiera acudió al entierro de su hermana, de mi abuela, aunque a decir verdad a nadie de la familia importó lo más mínimo.

Poco después de morir mi abuela mis padres se separaron. En realidad él dejó a mamá por otra más joven y bonita. Mamá sufrió mucho y yo también, pues ni la una ni la otra nos imaginamos jamás cosa semejante. Además se olvidó de nosotras por completo. Mi madre no tenía ni oficio ni beneficio, lo típico, como él ganaba bien, ella no se ocupó nunca de obtener su sustento, y no sabía hacer nada especial, así que se metió a limpiar oficinas, escaleras, lo que saliera. Pasamos del todo a la nada, pero era lo que había y no nos quedaba más remedio que afrontarlo como fuera.

Un día mamá recibió la sorprendente llamada de la tía Úrsula. Al parecer la vieja no se podía valer por sí misma a causa de una enfermedad en los huesos o algo así y le ofrecía a mi madre trabajar cuidando de ella y de la casa por un sueldo más que aceptable, mucho más de lo que ganaba limpiando. Mamá aceptó de inmediato. No pensó, ni por un instante, en las humillaciones que tendría que soportar.

El primer día me llevó con ella, no recuerdo bien el motivo. Fue la primera vez que vi a la bruja, apoyada en su bastón, vestida de negro riguroso, nos esperaba en la biblioteca, una amplia estancia repleta de libros desde el suelo hasta le techo. En cuanto llegamos comenzó a hablarle a mi madre diciéndole cosas horribles sobre mi padre y su abandono, sobre la poca cabeza que tenía y lo irresponsable y estúpida que había sido siempre. Mi madre bajaba la cabeza y callaba y yo no entendía nada. Cuando salimos de allí le dije a mi madre que no quería trabajara para ese demonio.

Bah, mujer, la tía Úrsula siempre fue así, pero nunca ha llegado la sangre al río, ella puede decir lo que quiera, pero en la familia nunca nadie le hizo el menor caso. Además, me paga muy bien y nos hace falta el dinero.

Era cierto, el dinero nos hacía falta, pero no sabía yo si soportar humillaciones a cambio de dinero sería una buena idea. El caso es que aquel primer encuentro, al menos por mi parte, se fue olvidando. Mamá atendía a la vieja y yo estudiaba. A veces mi madre llegaba tarde a casa porque la bruja le exigía quedar más tiempo por esto o lo otro, eso sí, de pagarle extras nada de nada. Otras veces entraba en casa con semblante serio, incluso con señales visibles de haber llorando, seguramente después de haber soportado sabe Dios qué. Yo le preguntaba, pero ella nunca me contaba nada, solo decía que estaba cansada, que había tenido un día duro, nada más.

Conforme el tiempo iba pasando yo notaba a mi madre más triste y no me cabía ninguna duda que era por culpa de la maldita tía Úrsula, así que un día me presenté en la mansión por sorpresa. Entré como perico por su casa y me dirigí a la biblioteca, donde según mi madre se pasaba el día aquel engendro y sí allí estaba, apoyada en su bastón y mirando por la ventana hacia el jardín, donde mi madre hablaba con el jardinero.

Tras la ventana estaban las azucenas mordidas por la lluvia.

Dijo la vieja a voz en grito, como declamando. Luego soltó una carcajada y siguió hablando sola.

Es una fantástica frase para mi nuevo poema. A ver si esa estúpida acaba de hablar de una vez con Marcial y se pone a escribir mis poesías.

Que yo sepa la lluvia no muerde, muerden los perros... y las víboras, como usted.

La vieja, que no se había percatado de mi presencia, dio un respingo y se giró hacia mí.

¿Pero qué haces tú aquí, niña impertinente? ¿Cómo has entrado?

Por la puerta, como se suele entrar en las casas, pero vamos, si sé que voy a escuchar esos versos tan pésimos casi que me quedo fuera.

Levantó el bastón con ademán de querer golpearme, pero al faltarle el apoyo trastabilló y casi da con sus huesos en el suelo. En ese momento entró mi madre. Venía totalmente empapada. Me miró asombrada y me preguntó qué hacía allí.

A fastidiar, ha venido a fastidiar –gritó la tía Úrsula–, por lo visto es tan imbécil como tú, como su abuela y como el resto de la familia. Casí me caigo por su culpa y ha entrado en mi casa sin permiso, así que este mes recibirás la mitad de tu sueldo como castigo. Ya tengo que soportar todas tus torpezas como para encima tener que aguantar que tu hija venga a humillarme a mi propia casa.

No dejé que mi madre abriera la boca. Yo fui más rápida.

No se preocupe, vieja bruja, guárdese todo su dinero, cómaselo si es que le sobra tanto que no sabe que hacer con él. Mi madre no va a trabajar para usted nunca más mientras en este mundo esté yo para evitarlo.

La tía Úrsula me miró incrédula, mi madre también, y yo la tomé por brazo y juntas salimos de aquella casa maldita. Mamá me reprochaba lo que había hecho con la cantinela de que nos hacía falta el dinero. Pero no le hice ni caso, claro que nos hacía falta, pero así no.

Yo acababa de cumplir los dieciocho y encontré trabajo como cajera en un supermercado. Poco después ella entró en el mismo establecimiento como limpiadora y así nos olvidamos de la víbora. Hasta hoy, que estamos en el despacho del notario, no sabemos muy bien para qué. Uy mira aquí está, el señor este tan estirado a ver que nos cuenta. Pues dice que nos va a leer el testamento, que es muy breve y no sé qué mas.

Lego todos mis bienes a Laura Gonzalez Puentes, (esa soy yo) mi sobrina nieta, hija de mi sobrina Mercedes Puentes Alba, por ser la única persona que ha tenido el coraje suficiente como para enfrentarse a mí”

Eso es todo. Tengo en la punta de la lengua decir que no quiero nada, pero miro a mi madre, que desde que el canalla de mi padre la abandonó no ha dejado de trabajar como una burra y pienso que por fin ha llegado nuestra hora. Le digo al notario que si nos puede gestionar la venta de la mansión. Nos dice que ya se ha puesto en contacto con él un comprador dispuesto a pagar una cifra que al escucharla casi me da un pasmo. Además nos comunica también el dinero que hay en el banco. Si administramos bien las cantidades tenemos la vida solucionada. Nos sonreímos. Al final hemos sido nosotras las que le hemos sacado provecho a la vieja tía Úrsula. Que se pudra en el infierno.


 

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Vacíos - Esperanza Tirado

                                      estar solo es algo que todos tenemos que experimentar - mujer tristeza fotografías e imágenes de stock                                                   

 

 

Jugueteando tras los amplios ventanales de la sala como cuando era una niña y afuera llovía a mares. Así la encontraban el día de visita, cuando iban. Ella les sonreía con los ojos perdidos en su infancia. Allí tenía su refugio; aunque ellos nunca lo entendieron. Hacía ya tanto tiempo que dejaron de entenderla y atenderla…

Y había días en que ninguna amable señorita, vestida de blanco, la iba a buscar a su habitación y la conducía despacito, como a ella le gustaba, a la sala común.

Al principio de llegar recordaba su casa. Un piso cómodo, amplio, con buenas vistas. Y a su marido, que había sido un buen hombre, trabajador, honesto. Y bien guapo, con esa sonrisa que le gustaba tanto.

Le venían destellos de una vida llena de amor, felicidad, y muchos gritos y risas de niños. Muchas meriendas y muchos desayunos, la cocina abarrotada de un pequeño ejército.

Y después, poco a poco, la casa se fue vaciando. Ella en un sillón, tejiendo o leyendo una novela de misterio de Agatha Christie. O alguna otra de amor, de Corín Tellado. Y él en el otro sillón, con su pipa y su periódico. La tele, cada vez más grande, llenando el vacío que los hijos no eran capaces de ocupar. Tantos quehaceres, tantos trabajos de ida y vuelta, horarios imposibles…

Excusas.

Es que he quedado con los antiguos compañeros de la Universidad.

No te preocupes, nos vemos otro fin de semana.

Besos a papá. ¿Qué tal sigue de sus achaques?

El próximo puente largo me acerco a casa.

Te haré el cocido que tanto te gustaba. Con sus tres vuelcos.

Cuando llegue de Méjico te traeré una Virgencita de Guadalupe, que sé que la abuela le tenía devoción.

Que os llamo a cobro revertido, perdonadme. Es que el cambio de moneda es tan confuso. Besos para los dos.

Estamos bien, no os preocupéis, que tenéis mucho lío en el trabajo.

Y así, una semana tras otra. La Virgencita nunca llegó. El hijo que la iba a traer tampoco. Cambio de destino. Cambio de ruta comercial. Cambios y más cambios.

La vida cambiaba tan deprisa que ya no recordaba cuántos hijos habían tenido. Y él a su lado en el sillón, cada vez más enjuto, se disolvía y casi parecía que el sillón se lo tragaba. Y ella, con la pila de libros sin leer en la mesita, las gafas colgando de la cadenilla, su vista cada vez más opaca.

Una tarde de verano caluroso, de siesta obligada, el sillón lo abrazó para siempre. Ella lo sintió respirar y toser fuerte y luego ya no.

Y entonces sí vinieron todos a abrazarla, a despedirse de su padre, que tanto les había dado.

Todos formales, de negro riguroso, dando la mano y recibiendo pésames de amigos, conocidos y extraños.

Una imagen confusa, como una película en la que los protagonistas eran otros. Ella no estaba allí, o sí. Demasiado cansada, demasiado mayor, demasiado aturdida. No reconocía ni a sus propios vástagos. Tan cambiados estaban. Tanto tiempo después.

Sus ojos volvieron a ver, alguno de sus hijos se decidió y la llevó al médico. Cataratas. Cosas de la edad. Volvió a ver, pero ya no tenía ganas de ver nada. Y a quien sí quería ver era ya imposible, porque se había ido a otro sofá.

Ahora venían todos sus hijos a abrazarla. Ay, cuánto tiempo perdido…

Cuántas estaciones. Primavera. Verano, Otoño. Invierno. Uno tras otro, las hojas del calendario se fueron cayendo. Hubiera decorado la casa entera con aquellas hojas, rotuladas a mil colores, con tantas fechas familiares, reuniones, cumpleaños, Navidades, Reyes Magos, excursiones de fin de curso, vacaciones de verano en la playa o en la casa del pueblo, alguna boda, los nacimientos de los primeros nietos…

Después de ver hacia atrás la dejaron sola de nuevo. Ocupaciones. Trabajo. Más excusas.

Sola, se entretenía, leía algo, ya no tanto como entonces. Y miraba a la calle, imaginando vidas emocionantes. El balcón, lleno de flores de antaño, apenas si albergaba una o dos macetas de azucenas, las favoritas de él. De vez en cuando, los domingos, después de misa y antes del vermut, le regalaba un ramito del puesto de la plaza.

Pero empezó a tener miedo a asomarse, no fuera a darle un mareo con tanto movimiento como había. Sobre todo, los días de tormenta con esos truenos que le daban pavor. Tras la ventana las azucenas estaban mordidas por la lluvia, que barría las calles de gente y de vida.

A veces, torpemente, abría las puertas para revivir aquellas flores ya marchitas.

Entonces, después de un fuerte aguacero, llegó la caída. Que preocupó a los vecinos, porque ya no se la cruzaban en el ascensor ni en el portal; y alguno escuchó algún ‘ay, ay, ay, que me muero sola…’. Que llamaron al 112 y de allí directa al hospital. Sola. Sin nadie.

Hasta que alguien pudo contactar con alguno de los hijos, obligándoles a regresar a su origen.

Mamá no se puede quedar en casa.

Sola. Imposible.

En mi casa, no hay sitio. Es un minipiso.

Yo llego del trabajo a las ocho de la noche.

¿Una cuidadora?

¿Por horas? ¿Interna? Muy caras.

¿Y el piso? ¿Lo vendemos?

Ya veremos… Cuando ella no esté…

Discusiones entre hermanos que ya no se conocían. Adultos extraños, con apellidos comunes.

Decisión unánime. En una residencia estaría mejor atendida. Cada uno pagaría una parte. Entre cinco, no habría problema.

¿Visitarla?

Depende. Yo no tengo tiempo.

Yo viajo.

Mis horarios son una locura.

De acuerdo. Cuando se pueda…

Y así pasó lo que le quedaba de su vida. Volvió a leer, a recordar y a olvidar a la vez. A pasear por el jardín cuando hacía sol. A jugar a las cartas o a mirar la tele sin verla cuando llovía. O a quedarse en su habitación, intentando rellenar los vacíos de su corazón; que pronto inundaron su memoria hasta que esta se ahogó en un pozo negro. Y ella ya no fue ella.

Y no hubo ni visitas, ni libros, ni paseos, ni flores, ni hijos, ni recuerdos. Nada más que ella y su ausencia.

 

 

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El collar de perlas - Cristina Muñiz

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Mi indignación fue grande cuando al abrir la caja vi el collar de perlas. Era exactamente igual al que había visto la semana anterior en el cuello de su joven amante. Si hay algo que odio de él, que me exaspera, es su falta de imaginación.



 

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¡Y ahora qué! - Marian Muñoz

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Tres años de noviazgo nos planteó casarnos. Nos queríamos, pero dar el paso adelante era difícil por la familia de Roberto, nos arriesgamos y lo propusimos en casa. Hicimos la petición formal intercambiando regalos y la voz cantante la llevó mi futura suegra: el banquete y los trajes los pagamos nosotros.

No íbamos a reñir, sobre todo cuando se enterase que tras el viaje de novios a Salou no íbamos a regresar, a Rober le habían ofrecido un trabajo en Tarragona, la empresa nos había buscado un apartamento y deseábamos huir del pueblo donde nacimos, crecimos y nos enamoramos, pero de pequeño que es nos ahogaba a veces.

En apenas tres meses mi querida futura suegra consiguió poner fecha, restaurante e iglesia. Me llevó a la mejor tienda de novias de la capital donde me tomaron medidas y ella elegiría la tela, sólo pedí que no llevara piedras, ni abalorios y encaje lo menos posible y si pudiera ser de cuello en pico mucho mejor, pues la madre naturaleza me ha dotado de un gran pecho que suelo disimular con escotes.

A la segunda prueba ya se adivinaba como iba a ser el vestido, seda salvaje de tejido grueso, pues decía que en abril todavía hace frío y no debía resfriarme, eso sí la espalda bien al aire, casi hasta donde pierde su casto nombre y el escote recto hasta tocarme el cuello. Respiré profundamente dedicándole la mejor de mis falsas sonrisas, empecé a olerme que no me deseaba como nuera.

A la siguiente prueba, ya definitiva, el traje era el mismo, pero con una cola de tres metros del mismo género que el vestido, al caminar el cuello se me subía ahogándome, debiendo dar un paso y recular para tomar aire. Lo peor vino al mirarme en el espejo, ahí sí que la indignación me puso roja, entre los dos pechos había una hermosa perla cosida en la tela, justo para que el punto de atracción fueran mis tetas además de intentar ver mi culo por la espalda. Volví a respirar profundamente, conté hasta diez, regalándole otra falsa sonrisa, ¡sí o sí, me casaba y ella se quedaría sin hijo!

Doña Isabel, mi futura suegra, es una mujer totalmente empoderada, tanto el alcalde como el cura párroco hacen lo que ella dice, enfrentarme no estaba en mis planes y Rober conocía de mano lo insufrible que es, por eso llevábamos nuestro viaje en secreto agravado con ser hijo único. Tenía que aguantar por el bien de los dos.

La víspera de la boda trajeron a casa el vestido de novia, lo colgamos en la barra de la cortina de mi dormitorio para que no se arrugase, mi madre no dijo nada ni le pregunté. Cenamos como siempre y me retiré temprano con la excusa de madrugar al día siguiente para ir a la peluquería. En la intimidad de mi habitación miré y remiré aquella perla y decidiendo descoserla con mucho cuidado, cuando se enterase ya sería tarde y seguro que no montaba un escándalo por muy Doña Isabel que fuera. La guardé en mi joyero para dársela después de la boda.

Madrugué y a las ocho treinta estaba en la pelu, del pueblo de al lado, porque en la de siempre seguro que vecinos y familiares iban a volverme tarumba. Me habían lavado la cabeza y puesto los rulos gordos, en la cara una mascarilla verde para que luciera radiante todo el día, metida bajo el secador y con las manos en remojo para hacerme la manicura. La tranquilidad del salón me invitó a cerrar los ojos y relajarme, en mi imaginación ya me veía dando el sí quiero a mi amado Roberto, en ello estaba cuando un golpe en la puerta al abrirse hizo que todas dirigiéramos la mirada hacia allí. Una pareja de municipales entró y a voz en grito preguntaron si estaba Elena Martínez.

Quise hablar, pero la mascarilla estaba tan dura que me sentía como la Lomana llena de botox sin poder mover los labios. Levanté el dedo en señal de que era a mí a quien buscaban.

  • Acompáñenos que han puesto una denuncia contra usted.

  • Lo siento, pero hasta que no esté lista no me muevo de aquí (susurré con los labios juntos)

Me sacaron las manos del cuenco con agua y me dieron una tolla para secarme, apagaron el secador, lo levantaron y uno a cada lado me cogieron de las axilas y me llevaron al coche patrulla. Abrieron la puerta de atrás y me metieron dentro, igual que una delincuente. Menudo revuelo se armó en la peluquería y en la calle llena de curiosos.

En diez minutos que tarda el viaje hasta mi pueblo les pregunté, con esfuerzo, quien me había denunciado y porqué. Me informaron que mi suegra había ido a casa para ayudarme a poner el vestido, lo vio colgado y sin perla, la buscó por el suelo por si se había descosido y al no encontrarla preguntó por mí. Mis padres le contaron que estaba en la peluquería, fueron a buscarme a la de siempre pero allí no estaba y como mi coche tampoco, llamó a los municipales para poner denuncia por el robo de la perla, me había fugado con ella, dieron parte de la matrícula de mi coche y lo encontraron aparcado en una calle del pueblo cercano. Preguntando en todas las casas llegaron al salón de belleza donde me localizaron.

Cuando llegamos vecinos, amigos y familiares taponaban la calle. Me bajaron del coche y todo quisqui sacándome fotos (para colgar seguramente en twitter o Instagram). En el interior de mi casa aún estaba Doña Isabel haciendo aspavientos con las manos. Mi madre lloraba desconsolada y mi padre aún en pijama estaba descolocado.

  • ¡Ladrona! ¿Qué has hecho con mi perla?

  • Está en mi joyero, contaba dársela más tarde.

  • Mentira, en tu habitación no hemos visto ningún joyero.

  • Porque lo tengo escondido.

  • ¡Ajá, querías robarla!

  • No señora, iba a entregársela después del banquete.

  • ¡Pues venga, dámela ahora!

Entré en mi dormitorio con la policía y mi futura suegra en los talones, dije que el joyero lo tenía escondido y que nadie debía saber dónde, así que todos fuera menos los municipales. Lo saqué de su escondite, lo abrí y cogieron la perla, en cuanto se giraron para salir guardé nuevamente el joyero. Se la quitó al vuelo al policía y con mucha rabia me soltó: Si no te gusta la perla y tampoco el diseño del traje, me lo llevo, ¡cásate de camisón!

Descolgó el vestido de la barra y sujetándolo con las dos manos se llevó el vestido además de la perla. Salió a la calle en dirección a su casa, detrás los municipales al no haber denuncia. Mi madre seguía llorando desconsolada y mi padre en pijama descolocado. Salí también a la calle y continuaron haciéndome fotos.

¡Y ahora qué! ¿Quién me lleva de vuelta a la peluquería?



 

 

 

 

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La Favorita - Esperanza Tirado

                                       Resultado de imagen de perla negra

 


Su preciosa, su belleza negra, su adorado tesoro, su rincón del amor y desahogo de sus rutinas. Su Perla hermosa. Así la llamaba. La había elegido él mismo de entre tantas que por allí pasaban, año tras año. Había tenido otras favoritas, pero como ella, ninguna.

Él era el dueño de todo, de todas ellas. Y cuando entraba por la puerta se hacía un silencio de respeto.

Nadie la tocó, ni osó acercarse a ella. Ni siquiera para invitarla a una copa. Nunca más allá. Era su Perla. Era toda suya.

Por eso, cuando una mañana la descubrieron muerta en la cama queen size de su habitación, su indignación, su dolor, su impotencia, fueron tales que decidió cambiar el rumbo de su vida.

Vendió el local, ordenó derribarlo para que no quedaran rastros de su pasado, que ahora sentía vil y sucio. Dividió sus ganancias y consiguió que todas sus chicas, futuras Perlas, no perdieran su brillo. Esa no era la vida que merecían.

 

 

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